viernes, 12 de marzo de 2010

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XXVIII-Ángel



Mas non temas, que antre mil[1]
N’hai máis que un anxo antre os demos,
N’hai máis que un atormentado
Antre mil que dan tormentos.

Xan- Rosalía de Castro.

Apenas un par de noches más repetí aquella rutina de ir al bar de Tobías a hablar con Sharon, y ya había dejado de sentirme extraña. Sí, aquella gente era ahora mi gente. Aquellos a los que nadie en su sano juicio se acercaría. Una fuerte empatía comenzaba a atarme a ellos. Podía ver todo aquel sufrimiento en sus ojos, y me sentía terriblemente identificada. Sí, el dolor es algo que une, realmente. Todos, seamos quienes seamos, lo sentimos. El dolor nos hace ser quién realmente somos. Todos los días, alguien se muere ante nuestros ojos, sea física o emocionalmente, y nos empeñamos en no verlo, como unos jodidos ingenuos, y hacer como que no va con nosotros. Si no va hoy, irá mañana, y entonces será cuando nos lamentemos.

Recuerdo un día con claridad. Me dirigía a nuestro garito de siempre; sedienta, ansiosa de alcohol que llevarme a la boca. Amy estaba con Lorelay en casa, así que no tendría de qué preocuparme, eso sí, no debería trasnochar demasiado. Paseé por aquella calle, mojada por las lágrimas, en la que moraban todo tipo de personas enfermas, pobres, y tristes. Sí, tristes. No hacía falta verles llorar. Sus ojos translucían todo aquel dolor. Odiaba pasar por aquel lugar, pero no podía ocultármelo a mí misma. Ese era el mundo, por mucho que me disgustase. De repente, giré la cabeza y lo vi. Era un señor bastante mayor, de unos 60 años. Tenía la ropa toda rota, la cara sucia, y la mirada perdida. Estaba sentado en un banco, comiéndose los restos de una manzana podrida que seguramente se había encontrado en la basura. En aquel momento, llegó una pandilla de indigentes, que intentaron quitársela. Todo sucedió tremendamente rápido. Él forcejeó con ellos, pero no fue capaz de conseguir lo que él mismo había ganado. Intenté ir a socorrerle, pero el grupo se marchó corriendo. El pobre anciano, permaneció en el banco, temblando asustado. Un hilo de sangre comenzó a caerle por la nariz. Entonces sí que casi me da algo allí mismo. Me torné pálida. Le pasaba igual que a mí. Yo también habría sangrado. Una movida así me haría sangrar. Aunque no hizo nada. Se limitó a hablar solo, mientras se encharcaba. No pude esperar más, me acerqué a él.

-Hola.-le dije, con voz dulce. Me miró con miedo.- ¿Estás bien?

Desvió los ojos hacia el suelo. Luego volvió a clavarlos en mí, llevándose las manos a la nariz, como intentando detener la hemorragia.

-Yo también sangro mucho por la nariz. Sé lo que eso.

Saqué una cajita de pañuelos de papel del bolso y le entregué uno. Retrocedió.

-No temas, no voy a hacerte daño. Yo no soy como esos capullos. Acerca un poco la cara, te limpiaré yo.

Sorprendentemente, me obedeció. Lo hice con muchísimo cuidado, intentando que no se asustase. En cierto modo, me recordó a lo que le había hecho a Terry cuando nos conocimos. Cuando lo hube hecho, volvió a palparse la zona. Al cerciorarse de que ya no sangraba, sonrió.

-¿Tienes hambre?-le pregunté.

Asintió, decidido. Recordé que tenía un sándwich en el bolso. Lo había llevado a la oficina, pero al final no lo había comido. La verdad es que desde lo que le pasó a Terry, mi apetito volvió a menguar. Se lo entregué.

-Toma. Es para ti.

-Para mí.-repitió.

Lo cogió rápidamente y comenzó a hincarle el diente. Seguramente hacía muchísimo tiempo que no probaba algo así. Sonreí. Me alegré de haberle ayudado. Opté por levantarme, pues me encontraba de cuclillas, y seguí mi camino.

-Tengo que irme. Nos vemos.-le dije, para despedirme.

-¿Tienes que irte? ¿Nos vemos? Nos veremos si tienes que irte.-respondió, mientras me alejaba.

Entré en el bar. Sharon y Tobías, apoyados ambos en la barra, charlaban animadamente. Se palpaban. Él el hombro, el brazo. Ella, la espalda. Permanecí en la puerta, intentando averiguar qué estarían diciendo. Tobías, al verme, le dijo:

-Mira, ahí viene.

-¿Pasa algo?-pregunté.

-Estábamos hablando de tu tatuaje.-respondió Sharon.- Tobías quiere hacerse uno.

Suspiré aliviada. Por un momento había pensado que murmuraban algo malo sobre mí.

-¿Me lo enseñas?-dijo él, tímidamente.

-Hombre, tampoco es plan de desnudarme en pleno bar.

-Venga, mujer, yo te tapo.

Lo hice. Le di la espalda a él, y me subí la camiseta, sin llegar a enseñar el pecho. Sharon me escoltaba por delante. En cuanto pudo verlo, se quedó con la boca abierta.

-¿Qué te dije?-bramó ella.- ¿Es bonito o no?

-Es precioso. Joder, debió doler bastante.

-No te creas. Estaba decidida a hacerlo, así que no me importó demasiado el dolor. Además, un hombre hecho y derecho como tú, no debería preocuparse por eso.

Nos reímos. Me bajé la camiseta, y nos acercamos ambas a la barra, para poder seguir hablando los tres.

-¿Qué quieres tatuarte, Tobías?-le pregunté.

-Ni idea. Supongo que un tribal, como el que me hice aquí.-se palpó entones en el bajo vientre.-o alguna de estas mariconadas.

-Tienes que hacerte algo que te guste, aunque no sea lo común. Simplemente, busca en tu corazón, y sigue tu instinto. Yo fue lo que hice. Así acabé con una paloma en la espalda.

-¿Por qué una paloma?

-Es algo muy complejo. Tampoco es plan de ponerme a explicarlo.

-Yo también tenía pensado en hacerme uno.-dijo Sharon.- Pero no estoy demasiado convencida aún.

-¿Qué tienes que pensar?-le reprendí, sonriendo.- Un tatuaje se hace a lo loco, sin pensar siquiera.

-Me gustaría tatuarme un ángel.-irrumpió Tobías, después de reflexionar sobre ello. Miró hacia Sharon.- Un ángel hermosísimo. En el pecho.-le sonrió. Se sonrieron.

-No es mala elección.-sentencié.- ¿Verdad?-dije con picardía finalmente, mirando a Sharon.

Ella se acercó a Tobías y, suavemente, posó una de sus manos en la zona que él había mencionado.

-Sería precioso. Yo también podría hacerme un ángel. No en el pecho, porque no puedo, pero… Quizás en la espalda, como Emily.

Tobías, que se había sonrojado, agarró la mano de Sharon y la miró con preocupación.

-¿Por qué no puedes? ¿Pasa algo?

Se tornó pálida. Temía que descubriese su secreto. No debía saberlo, pero no le salían las palabras para tranquilizarlo. Tuve que intervenir.

-No pasa nada, Tobías. Olvídalo.

Se separaron. Me miró. Estaba agradecida de haberla ayudado. Le devolví la sonrisa. Sabía que ella no permitiría ver preocupado a Tobías. Me fui pronto a casa. Los dejé solos, bebiendo codo con codo, riendo. La sonrisa blanca y perfecta de Sharon se reflejaba en los ojos verdes de Tobías, que la miraban con una tremenda atención. Existía una perfecta armonía entre ellos.

Pasaron apenas un par de días más hasta que volví a reencontrarme con aquel señor. En lugar de ir al bar, preferí sentarme en un banco a esperar a Sharon y poder ir juntas. Lo vi; me observaba, sin atreverse a acercarse, desde la otra punta de la calle. Opto finalmente por hacerlo. Sonreí, para que no tuviese miedo. Se quedó parado en una esquina del banco, mirándome de arriba abajo.

-Hola.-me dijo.

-Hola.-respondí, cordialmente.- Te acuerdas de mí, ¿verdad?

-Sí que me acuerdo. Me diste de comer y me limpiaste el otro día.

A pesar de ser mayor, tenía voz de niño, y bajaba la mirada avergonzado. Me acerqué a él, sin levantarme del banco.

-Siéntate, no tengas miedo.-propuse.- Mira, te he traído un pastelito.-rebusqué en el bolso y lo saqué. Lo había comprado para comer en la oficina, nuevamente, pero no había tenido hambre.

Él me obedeció. Se sentó a mi lado y cogió lo que le ofrecía. Mientras comía con avidez, me miraba con admiración. Yo lo observaba con ternura, sonriendo. Al acabar de comer, me dijo algo que se me quedó grabado para siempre:

-Señorita, no finjas. Sé lo que eres.

-¿Cómo?-le pregunté extrañada.

-Eres un ángel.-afirmó, con contundencia.-Un ángel bonito.

Le miré. Él estaba completamente seguro de lo había dicho, y seguramente estaba esperando a que se lo corroborara. Tragué saliva. Todavía no me creía lo que acababa de oír. Un ángel…

-Alguien así no es sino un ángel.-continuó.- Eres demasiado bonita.

Sonreí. Se le veía esperanzado con mi presencia, con su mentira. Me enternecí, pero no supe qué decirle.

-Tienes que salvarnos, mi ángel. Tienes que salvarnos.-me miró.- Estamos muy mal. Todos estamos mal, y nos morimos, ángel. ¡Nos morimos!

-Yo…-titubeé.

-El otro día, vi a un bebé morir en brazos de su mamá. Su mamá gritaba, gritaba cosas… y lloraba.

Me recordó en aquel momento a mi hijo, a Jimmy, cuando se había muerto. También murió en mis brazos, ante mis ojos. Nunca me perdonaré haberlo permitido. Debí haber denunciado a Robert en lugar de huir, y quizás así seguiría vivo... y Terry y yo cuidaríamos de él. Bajé la cabeza. Él me acarició el pelo.

-Tienes que ayudarnos.-repitió mientras me enderezaba.- Mi ángel.

-No puedo.

-Sí que puedes, te envía Dios.

Y él seguía con lo mismo. Desvié la mirada. En ese momento, vi a Tobías sacando la basura. Quise saludarle, pero antes de que pudiese reaccionar, el señor con el que estaba dijo:

-Llora mucho.

-¿Quién?

-Él.-respondió, señalando a Tobías.- Sale a fuera y llora. Se pasa mucho tiempo llorando, y parece que no respira.

Lo miré. Vestido de luto perpetuo, con aquella piel blanca, aquellos ojos verdes, aquel aspecto enfermizo y débil, pero a la vez tremendamente bello. Un destello de la luna hizo que brillase la marca que había dejado en su rostro una lágrima. Ajeno a todo, volvió a meterse en el bar.

-Un día-dijo- se ahogará con las lágrimas.

-Se morirá de tristeza.-dije, imitando las palabras de Angus.

Giré entonces la cara para poder mirar a mi interlocutor. En cuanto lo hice, sonrió, como si mi mirada le produjese una gran calma.

-Ni siquiera sé cómo te llamas.-dije.

-Klaus. Me llaman Klaus.

-Yo me llamo…

-¡No me lo digas!-exclamó Klaus.- No soy digno de saber el nombre de un ángel.

Me quedé sorprendida, pero no quise contradecirle.

-¿Por qué estás aquí?-preguntó.- No es un sitio bonito para ti.

-Estoy esperando a una amiga.-sonreí.- Es aquella.-señalé a Sharon con la cabeza, mientras ella descansaba en una esquina. Giró la cabeza y, al verme, me guiñó un ojo.

-Ah, eres amiga de Bloody.

-¿Bloody?

-Sí, ella se llama Bloody.

La sangrante… Supuse que sería un apodo. Quizás por eso Tobías la llamaba Blood. Me pareció extraño el nombre, le di vueltas.

-Creo-prosiguió Klaus.- que se llama así porque sangra.

Lo miré sorprendida. Tuve un mal presentimiento.

-¿Sangra?-le pregunté, ansiosa.

-Sí. A veces llega aquí un chico con ojos de mar-seguramente se refería a ojos azules o grisáceos.- Y se la lleva. Se la lleva a un coche y se van. Cuando vuelven, ella vuelve sangrando. Sangra mucho y tiembla. Y las piernas… las piernas parece que no le responden…

Entonces lo comprendí. Comprendí por qué ella siempre colgaba el teléfono de golpe, el moratón que tenía en el hombro, que dependiese de David para ir a cualquier sitio… Se veía a la legua, pero nunca me lo había confirmado, y me aferré en creer que yo estaba equivocada. Miré a Klaus. No hablé nada más con él. Me despedí y me fui al bar.

-Adiós, ángel.-me dijo.

-Adiós.-respondí, sonriendo.

Llegué al bar y me senté en una banqueta, enfrente de la barra. ¿Tenía que salvarlos? ¿De qué? ¿Cómo? Y pensar que ahora me tomaban por un ángel. Todo se volvió muy confuso para mí en aquel momento. Tobías estaba apoyado en la pared, al otro lado de la barra, fumando. No llevaba mitones. Me extrañó.

-Hola, Emily.-me dijo, al verme.- ¿Qué te pongo?

Entonces fue cuando lo vi. Un escalofrío recorrió mi columna, haciendo que me latiese con más fuerza el corazón. En la muñeca de Tobías, la derecha, la cuál dejó entrever cuando se apartó un mechón de pelo de la cara. Tenía unas cicatrices, rectas, que se la atravesaban una y otra vez, se entrecruzaban; eran rosadas, rojizas, profundas. Reconocí esas heridas. Terry tenía una también en la muñeca. Pero Tobías tenía más, muchas, tantas… Por eso llevaba mitones. Lo miré horrorizada. No me podía creer que él quisiese hacerse algo así. Comprendí entonces por qué lloraba.

-Una birra.-dije, intentando aparentar normalidad.

Sonrió. Aguantando el pitillo con los labios, como solía hacer, sacó una botella de la nevera y la colocó en la barra. En ese momento, sin que pudiese impedirlo, mis dedos se acercaron a la botella y rozaron la muñeca de Tobías muy suavemente. Estaban calientes aquellas cicatrices; nunca olvidaré la manera en la que aquel calor se quedó impregnado en la yema de mis dedos, estimulando todos y cada uno de los poros de mi piel. De repente, y sin más previo aviso, retiró bruscamente la mano y la arrimó hacia su pecho.

-¡No me toques la muñeca!-gritó.- ¡No me la toques!-temblaba.

-No te he tocado nada, Tobías, solo iba a coger mi cerveza.-le dije, sorprendida, intentando que no se diese cuenta de mi curiosidad.

Noté que jadeaba muy fuerte, como si tuviese ansiedad. Se tapó las heridas con la manga de la camiseta, nervioso.

-No tenías que haberlo visto.-dijo, con voz temblorosa.

No supe qué contestar, su reacción me había dejado sin habla. Entonces, entró Sharon en el bar. Se acercó a nosotros, sonriendo. En cuanto vio a Tobías, su rostro mudó en preocupación.

-¿Te encuentras bien, mi niño?-preguntó.- ¿Te pasa algo en la mano?

Él se tapó las heridas con más insistencia. Noté que se había tornado pálido. No contestó, se dio media vuelta y se fue, con la cabeza baja, mordiéndose los labios. Sharon se había quedado impresionada, prácticamente horrorizada, añadiría. Le comprendí. Él nunca habría querido que su secreto fuese conocido, y menos por Sharon. Nunca lo permitiría. Seguramente pensaría que ese conocimiento cambiaría su manera de verle. Supe lo que sentía. Estaba avergonzado, avergonzado por haber nacido en un mundo que no le corresponde, que le es completamente ajeno. Sí, él también necesitaba que le dijeran lo bonito que es aquel pulso lacerado, rajado, resquebrajado. Me recordó a lo que Terry había hecho con mi cicatriz, y tuve ganas de acercarme a él y decírselo, reproducir aquellas palabras: “qué bellas son”; ver cómo sus ojos translucen felicidad, por una vez en su amarga existencia, y sus labios, sus carnosos y perfectos labios, esbozaban una sonrisa. De repente, y después de hablar con el otro empleado del bar, salió apresurado hacia la puerta, con las manos en los bolsillos de la sudadera. Sharon lo agarró por un brazo en cuanto pasó por nuestro lado.

-Tobías, ¿qué te pasa?-hablaba suplicante.

Él lo sacudió con insistencia, haciendo que ella se echase para atrás, como si le hubiese arreado. Clavó la vista en el suelo, no quería que viese en cada uno de sus rasgos la más pura expresión del dolor, ni quería sentirse juzgado por su mirada. Salió del bar y la puerta se golpeó provocando un sonido fuerte, pero a la vez sordo y frágil. Lo observamos. Posteriormente desvié con suavidad la vista hacia Sharon. Tenía los ojos húmedos. Seguro que aquellas lágrimas rogaban por salir y acudir a su encuentro a través del aire.

-Déjale solo, Sharon.-le dije, seriamente.- Lo necesita.

Giró la cabeza, extrañada.

-¿Sabes lo que tiene?-me preguntó, con ansias de recibir una respuesta.

-Lo intuyo, eso es todo.

Sonreí levemente. No quería que se preocupase, Tobías no lo habría permitido. Ahora compartía un secreto con él. Ella comprendió que quería cambiar de tema. Cogió un pitillo del bolso y lo encendió.

-Oíste, Emily, te he visto hablar con aquel viejo…

-¡Ah, con Klaus! ¿Qué pasa con eso?

-Verás… Ese tío está loco; es esquizofrénico o algo así. Yo que tú no me acercaría demasiado.-echó el humo del cigarro a lo largo de toda su estructura.- No quiero que vengas a verme y acabes muerta… o algo menos fuerte, no quiero asustarte, que acabes asustada o eso, ¿comprendes?

Me reí, tapándome la boca con una mano. Pensé en que si lo contaba, me tomaría por loca a mí también. Ella levantó una ceja.

-¿Qué te hace tanta gracia?-gruñó.

-No me hará daño, Sharon, tranquila.-le respondí, entre carcajadas.

-¿Y tú qué coño sabes?-frunció el ceño.

La miré con una sonrisa en los labios. Me resultaba extraño decírselo:

-Piensa que soy un ángel.

Se echó ligeramente hacia atrás.

-¿Hablas en serio?

-¡Y tan en serio! Ni siquiera quiere saber mi nombre. Dice que no es digno conocer cómo se llama un ángel enviado por Dios.

-¿Un ángel?-todavía no se lo acababa de creer.

-Sí.

-¿Tú?-me señaló.

Asentí.

-¿A santo de qué?

-Un día, hace poco, le di de comer. Hoy me vio y me lo soltó sin más.

-No, si tienes una suerte… El único loco con el que te topas, y te toma por un ángel. Hay que joderse.-se echó a reír.

-Me dio pena, Sharon, voy a seguirle el juego.

-¿Por qué?

-Necesita algo en lo que aferrarse, algo en lo que creer… un milagro, eso es todo.

-No pensarás convertirle el cartón de vino en dinero, o algo así.

-Esto es serio.-la miré.- Sólo quiere tener esperanza.

-Como veas.-sonrió.

Recordé entonces lo que me había contado sobre ella. Pensé en comentárselo.

-Además, me contó tu alias.-dije.

-¿Qué alias?

-Bloody.

Su rostro mudó por completo.

-Ah, ese.-desvió la mirada hacia el suelo.- No solo es mi “alias”, Emily.-hablaba con seriedad.- Es mi sombra. Me persigue a dondequiera que voy, limitando mis actos, haciendo que no sea yo la que obra, acaparando toda la atención. La odio. Pero es una parte insoluble dentro de mí. No hay modo de arrancarla fuera.

Se le notaba esa rabia en la voz, ese desprecio, por el alter ego que le perseguiría durante el resto de su vida.

-¿Por qué Bloody? ¿Por qué no… no sé… Springtime, por ejemplo?

-Me lo escogió David. Le gustaba ese apodo. Suena como a vampiresa, y como tengo manía de morder cuando follo, me venía de perlas. Además, Springtime es muy, muy poco sexy, perdona que te diga.-sonrió.- Aunque… si quieres la verdad… preferiría haberme llamado Butterfly…-bajó la cabeza y se rió.- Chō no chi, o algo así.

Sonreí. Quise sacar entonces el otro tema a relucir, el más doloroso. Tenía que hacerlo. Ahora era su ángel.

-También-dije con seriedad.- he oído que David…-la miré. Nos miramos. Sabía qué iba a preguntarle.- te pega. ¿Es cierto?

Sharon giró la cabeza. Se mordió los labios. Me moví para poder mirarla a los ojos.

-¿Es cierto o no?-grité.

Me miró. No quería decírmelo. No tenía otra opción.

-¡Sharon, joder, contesta!

Entonces cerró los ojos y asintió con mucho dolor. Recuerdo perfectamente cómo aquellas lágrimas resbalaban por sus mejillas, y cómo temblaba. La miré indignada. No quería haber oído aquello.

-Lo sabía.-bajé la mirada.- ¡Joder! ¡Y no quise verlo!

Ella seguía llorando. Lloraba en silencio. Recordaba. Sufría.

-¡Eres una mujer fuerte, Sharon! ¡Tienes que salir de eso!

Entonces fue cuando explotó. Sí, toda aquella rabia, toda aquella impotencia, colisionaron en su interior, hicieron que estallase en miles de lágrimas, provocaron aquella intensa congoja cuando me reprochó:

-¡No soy una mujer fuerte, a ver si te enteras! ¡Siempre dices lo mismo, que tengo que luchar, pero estoy harta! ¡Tú puedes luchar porque tú eres fuerte! ¡Yo soy una puta débil de mierda que te la chupa por cuatro duros y punto!

Entonces, cayó en el asiento, suspirando y gimiendo. La abracé. Apoyé mi mejilla en su cabeza. Le besé en el pelo. Sentía como si entre mis propios brazos estuviese yo, cuando Robert me maltrataba.

-No llores. Encontraremos una solución, te lo prometo.

Sharon lo negaba con la cabeza. Y lloraba. Todavía recuerdo aquel llanto, cómo entraba por mis oídos y hacía que me estremeciese. La acerqué hacia mí.

-Te lo prometo.-repetí.

La mantuve en mis brazos mucho tiempo. No sé cuánto, pero mucho. Lo suficiente como para recordar con exactitud todo aquel dolor. Le dije tantas cosas para intentar tranquilizarla… Ella necesitaba hechos. Indudablemente. Ella, Tobías, Klaus. Necesitaban hechos.

Me fui del bar en cuanto Sharon se hubo tranquilizado. Volvió entonces Tobías, me crucé con él en la puerta. Tenía los ojos rojos; sus preciosos ojos verdes. Me miró. ¡Cuánta tristeza había en aquella mirada! Se tapaba las cicatrices aún con insistencia, como si fuese lo más oculto de sus ser, que estaba destinado a ser visto por gente extraña. Sus adentros, sus entrañas, sus miedos, sus inquietudes, todo. A merced del otro, a merced del mundo, a merced de él mismo. Era un castigo con el que tendría que vivir el resto de su vida.

Me dirigí al hospital, como siempre, siguiendo el mismo camino, sin cambiar ni siquiera de acera. Aquello se volvió una costumbre. Entré en la habitación. Sí, todo seguía igual. ¿Todo? Dentro de mí millones de cosas habían cambiado. Ahora era un ángel.

“Un ángel. Salvador. Redentor. Sin alas, sin halo, pero un ángel. Ahora tengo un cometido. Tengo que liberar a almas atormentadas y solas de su pesada carga. Suena épico, lo sé. ¿Imposible? No lo creo. Mi propia liberación depende de ellos. Necesito ver que aquel cuerpo blanco y dotado de perfección no vuelve nunca más a ser azotado, ni maltratado, ni humillado; que aquellos ojos verdes, brillantes, como esmeraldas, no vuelven a derramar ni una sola lágrima; que aquella nariz arrugada y roja del frío no vuela a sangrar nunca más por el miedo. Y estoy segura de que voy a conseguirlo. No tengo ninguna duda. Soy un ángel.”


[1] Pero no temas, que entre mil/ No hay más que un ángel entre los demonios, / No hay más que un atormentado/ Entre mil que dan tormentos.

domingo, 21 de febrero de 2010

El Lugar Donde No Vuelan Las Palomas: Capítulo XXVII- El síndrome del Lecho Vacío



Come to bed, don’t make me sleep alone
[1]
(…)
Never wanted it to be so cold
Just I didn’t drink enough to say you love me.


Lithium-Evanescence


Nada. No había nada a mi alrededor. Se desvanecieron los árboles, la calle, la noche. Todo. Lo único que me envolvía era un halo blanco de niebla, que imposibilitaba mi visión. Estaba sola. Hacía frío. ¿Por qué demonios hacía tanto frío?

-¿Hay alguien?-alcé la voz, intentando ser oída.

Mi eco es la única respuesta. El vestido blanco que portaba se movía como si formase parte del ambiente, confundiéndose con él. Se me congelaban los brazos, las piernas, la cara. Mis manos oprimieron mi pecho instintivamente. Me dolía cada latido que emanaba mi corazón. Intenté gritar de nuevo, pero mi garganta parecía estar recubierta de hielo, y no ser capaz de articular ni el más primitivo sonido. Quise morirme allí mismo.

De repente, una sombra. Sabía de quién era aquella sombra, la había visto muchas veces. Tantas, que la imagen de su rostro se proyectó en mi mente.

-¡Terry!

Corrí hacia él lo más rápido que pude. Bajo mis pies, cientos de cristales invisibles me los cortaban, herían, sangraban. Pero yo no cesé en mi carrera. Sólo él podría paliar mi dolor, y hacer que desapareciese aquel frío. Parecía estar cada vez más lejos, y la niebla seguía impidiendo que viese con claridad. Seguí. No podía más, me dolía. Seguí, jadeando. En cuanto me encontré detrás de él, lo abracé con fuerza. Apoyé la cabeza en su espalda, buscando allí descanso. Con mis manos cruzadas en su pecho, le agarré la camisa con fuerza. Necesitaba notar su tacto, sentir que estaba allí. Se dio la vuelta. Nos miramos. Volví a agarrarle la camisa.

-Terry, quiero que me mientas. Necesito que me mientas. Dime que tú no hiciste nada de eso, que conseguiste el dinero de cualquier otra forma. Me lo creeré todo, lo prometo, y cuanto más grande sea la mentira, con más gusto me la voy a creer. Dime que te tocó en la lotería, o que te lo prestó un amigo. Por favor.

Una expresión nula se dibujó en su rostro. Sus ojos me miraban con frialdad, como si no hubiese vida en ellos.

-Terry, dime algo.

El más absoluto de los silencios se hizo en aquel páramo.

-¿Por qué no hablas?-comencé a llorar. Mi tono de voz se elevó.

Mis lágrimas suplicaban una sola palabra de su boca, pero no la conseguí. Simplemente siguió observándome. Bajé la cabeza. No se me ocurría modo alguno de hacer que me contestase, ni que me dijese algo, lo que fuese. Erguí suavemente la mirada.

-Dime al menos que me quieres.

Se aproximó entonces a mí. Lo abracé sin dejar de llorar. Lejos de cumplir mi deseo, comenzó a besarme el cuello, con mucha suavidad; aquella que le caracterizaba. Me mordí los labios. Seguía sin poder oírle hablar. De repente, sentí cómo se caía mi vestido al suelo, dejándome desnuda, dejándonos a ambos. La niebla blanca era ahora nuestra única ropa, lo único que podría guarecernos del frío. Su lengua comenzó a lamerme las lágrimas, como si tuviese sed. Me besó luego el pecho, que dejaba entrever mi corazón palpitante en mi piel transparente. Lo abracé, acerqué con mis manos su cabeza hacia mí, mirándolo, sollozando aún. Esperé, como una ingenua, aquella respuesta, aquella declaración que le había pedido. Pero él permaneció allí, acariciándome el sexo con sus largos dedos, haciendo que me excitase, besándome el corazón, provocando que latiese más fuerte. Su saliva me envolvía, como si con ella quisiese tejerme un segundo vestido. Aunque yo seguía llorando, y respiraba fuerte.

-¡Eh!-se oyó entonces.

Era un grito estridente. Cogí a Terry por los hombros y lo levanté, para poder envolverlo en mis brazos, amedrentada.

-¿Qué ha sido eso?-dije, temblando.

No obtuve respuesta, pero la preocupación parecía hacerse patente en su rostro. Miraba de un lado a otro y me abrazaba con fuerza.

-¡Eh!-un segundo chillido, todavía más fuerte, flotaba en el ambiente.

Me acerqué todavía más a él. Lo miré. Agarré con contundencia una de sus manos, intentando que no me dejase sola ante el eminente peligro. Él también ejerció presión sobre la mía.

-Tengo miedo, Terry.

En cuanto pronuncié esas palabras, aquella mano que sostenía, se convirtió en arena, al igual que todo su cuerpo, en apenas unos segundos. Ningún quejido de dolor salió de sus labios. Simplemente, un suspiro. Miré aquellos restos aterrorizada. Me llevé las manos a la cabeza. Una ilusión, sólo había sido eso. Había dejado que me amase un montón de arena, un espíritu, nada.

-¡Eh!

Me agarré con fuerza el pelo, mientras miraba hacia los lados, llorando. Estaba más cerca. Estaba desnuda, desprotegida y vulnerable ante cualquier amenaza.

-¿Qué quiere de mí?-grité.

-¡Despierta!

Abrí los ojos, lentamente. Estaba en el parquecito, sentada en el mismo banco que aquella noche. Y aquel que me llamaba era simplemente un basurero, de unos 40 años que no dejaba de moverme de un lado a otro. Todo había sido un sueño, una pesadilla. No había ningún inquietante lugar frío y blanco, no había ninguna voz que amenazase con hacerme daño, mi piel no era transparente, ni dejaba entrever mi corazón; y quizás lo que más me alivió, no existía ningún Terry que se convirtiese en arena. Eso sí, igualmente no podría hablarme. Seguramente aquello había sido producto de las intensas emociones y las dolorosas imágenes que habían surcado ayer mi retina. El basurero me miraba de mal humor.

-Levántese, aquí no queremos vagabundos.-me conminó.

-Oiga, yo no soy ninguna vagabunda.

Desvié inconscientemente la mirada hacia mi ropa. Estaba manchada de sangre. Al tocarme la nariz confirmé que había tenido una hemorragia.

-Y aún por encima, yonky. Lo que nos faltaba.-seguramente había pensado que aquella sangre era resultado de la cocaína.- Anda, fuera de aquí antes de que llame a la policía.

Me levanté, y me di la vuelta, incorporándome a la calle. Aquel sueño me había parecido tan real, que era como si realmente fuese Terry quien me estuviese acariciando, quien me besaba, aquel que me abrazaba con dulzura, con ímpetu. Me agarré los brazos, intentando imitar aquella sensación, pero no era lo mismo. Me dirigí al banco, a retirar el dinero. Apenas eran las 7 y cuarto. Me llevó unos 5 o 10 minutos en llegar al parque. Me senté en un banco, embadurnada aún de sangre. Nuestro contacto estaría al caer. Intenté no parecer sospechosa, y escondí el sobre con el dinero tras mi espalda. Sin más previo aviso, un hombre, moreno, aproximadamente de la edad de Terry, se plantó delante de mí.

-¿Eres Emily?

-Sí.

-Soy el navajas. Vengo a recoger el…ejem… el ese.

-La pasta, ¿verdad?-dije, entregándole el sobre.

-No lo digas tan alto.

En cuanto lo agarró, optó por esconderlo en el bolsillo.

-Ernesto es un tío de palabra. No volverá a hacerte nada. Eso sí, no le cuentes esto a nadie o será peor.

-Tranquilo.

Se dio la vuelta para marcharse. Me levanté yo entonces y lo agarré por un brazo. Me miró, frunciendo el ceño.

-¿Qué tienes?

-¿Podría preguntarte una cosa?

Se extrañó. Aún así, quiso escuchar lo que tenía que decirle.

-Dime cómo era Terry.

Sí, necesitaba saber qué se escondía detrás de mi mejor amigo, de la persona que siempre había querido por encima de mí misma. Desde que había sabido que era sicario, se había vuelto en un completo desconocido.

-Tú lo sabrás mejor que nadie, ¿no?-contestó.

-Ya no sé qué pensar. Por favor, respóndeme.

Expiró con fuerza el aire por la nariz.

-No te va a gustar lo que vas a oír.

-No me importa.

-Verás, yo me llevaba bien con Terry, pero no podía evitar tenerle respecto. Además, por muy amigo suyo que fueses, como es el caso de Ernesto, o por mucho que le lamieses el culo, siempre te iba a mirar con aquella frialdad, como si tuviese algo contra ti. Era el más insensible de todos. Lo veías sostener la pipa con una decisión, y disparar, sin temblarle el pulso.-comenzó entonces a reírse.- Recuerdo una vez que teníamos que liquidar a un tipo y Terry fue el que se encargó. Cogió un cristal de botella que había en el suelo y le segó la garganta. El cabrón sangraba como un puto conejo.

Me tapé los oídos. Cerré de golpe los ojos. No quería imaginarme a Terry matando a nadie, y menos de esa forma. ¿Insensible? Nunca habría sido capaz de encasillarle en aquel adjetivo.

-¡Joder!-gemí.- ¡Cállate de una vez!

-¿Qué me calle? ¡Si eras tú la que me pidió que te lo contase!

Tenía razón. Quizás no estaba preparada para enfrentarme a aquella realidad. Me llenaba de angustia tener que meterme en la cabeza que él siempre había sido un asesino. Que me había engañado. Él, que era la única persona en la que había confiado. El navajas posó una de sus recias manos en mi hombro.

-En su defensa, sólo puedo decirte que si hacía esto, era por ti. Él nunca lo confirmó, es más, a uno que le preguntó le rompió la nariz, pero… Dicen que estuviste muy enferma, y que para que te pusieras bien, teníais que pagar mucha pasta. Terry se metió en esto hace cosa de unos meses, y dicen que fue porque negoció con Ernesto que le diese el dinero por adelantado, y que él se lo devolvería como los asesinos sabemos. Y mira, yo no soy la clase de tío al que le gusta la patrañada cursi, es más, me pone malo, pero…joder, algo así no se hace por cualquiera. Ten en cuenta que puedes morir a la mínima, ya ves lo que le ha pasado, y siendo amigo de Ernesto, dudo que no supiese de qué iba el negocio. Yo seguramente no haría algo así por ninguna de las pibas con las que estuve hasta ahora, ni harto vino, vamos. Vale que todos aquí somos unos putos sádicos, pero tenemos nuestro corazoncito.

Entonces fue cuando lo comprendí todo. De dónde había sacado el dinero, las llamadas, las salidas por la noche. Las cosas encajaban a una velocidad de vértigo. Pensé en cuando se había herido el brazo. Seguramente lo habían hecho en defensa propia. ¿Por qué no me lo había contado? No me podía creer que me ocultase algo así.

-El maricón aquel tenía una pipa enganchada en la puta pierna, y le disparó.-recordó con amargura el navajas, hablando solo.-Debimos haberlo previsto, sabiendo de quién se trataba, pero no. El jefe no quería un “no” por respuesta. Y lo mandó contra ese hijo de puta. Si le hubiese disparado yo y hubiese quedado en coma, no pasaba nada, que no tengo familia, ni mierda, pero él… Fue más rápido. ¡Si Terry hubiese sido un poco más rápido!... Menos mal que está muerto. Que se pudra. Le está bien empleado, por cabrón. Terry lo hizo por pasta, vale, pero aquel maricón de los cojones lo hizo porque quiso. Si yo ya decía que ir contra un sicario era una locura, pero no, había que eliminarlo y punto. ¡Mierda, joder!-gruñó finalmente, golpeando una lata con fuerza con el zapato.

¿Contra un sicario? Tenía razón el navajas, Terry se había metido en camisa de once varas. Algo así era una muerte segura, hasta yo lo sabía. Debían pagarle algo muy gordo para que hiciese algo así. Por mí, que eso era lo que más me dolía.

-Me voy, tengo que hacer unos recados.-dije, para despedirme.

-Un placer hablar contigo. Me caes bien.

Me di la vuelta para irme, cuando él murmuró, como para sí:

-No me extraña que Terry se hubiese sacrificado por ella. Es guapísima. Guapísima.-repitió.

Me dirigí entonces al hospital de nuevo, andando, soportando las miradas de todo el mundo al ver mi ropa encharcada de sangre. Igualmente, entré con naturalidad en el edificio, y subí las escaleras con rapidez y agilidad. Necesitaba abrir aquella puerta, que rezaba en lo alto “272”, observar de nuevo lo que había dentro, que nada había cambiado desde a primera vez que no había visto. Esta vez no pude quedarme en la puerta observando, no fui capaz. Me acerqué a él, lentamente, sin dejar de mirarle. Sí, estaba como siempre, quizás un poco más pálido, pero no había cambiado. Era, simplemente, como si estuviese dormido, eso es. Me senté en un sillón que había a un lateral de la cama. Deslicé una de mis manos hasta llegar a tocar la suya. Estaba fría, casi rígida. La acaricié, suavemente, intentando captar cada uno de los huesos, de los músculos, que la conformaban; recorriendo con mi dedo cada una de las venas que se dejaban entrever. Lo miré. Aquellos ojos, que hacía apenas un día estaban rebosantes de vida, eran en ese momento el puro reflejo de la muerte. Dejé escapar una lágrima, que cayó en las sábanas como si fuese lluvia. Unas palabras vinieron a mi mente, como si fuese un discurso elaborado expresamente para él:

“Hoy he dormido contigo. Hoy me he entregado plenamente a ti. Hoy he vuelto a sentirte cerca. Y en un par de minutos, en un paraje onírico, no te imaginas lo que llegamos a hacer. Hemos descansado en el frío, nos hemos follado a la niebla, he respirado tu aire, has bebido mis lágrimas. Sólo te pido que cada vez que vuelva a llorar, desde la otra punta de la ciudad, conviertas mi llanto en besos”.

Me acurruqué en el sillón. La tristeza me asoló en tan solo un instante. Ahora tendría que volver a casa, que enfrentarme al caer la noche a dormir sola, en la cama que ambos compartimos. En aquellas sábanas frías, sin gozar del calor de su cuerpo. ¿Era tan alto el precio que debería pagarse con su vida o con la mía? Me puse a pensar. Si no me hubiese acostado con él aquella noche, nunca habríamos tenido a Amy. El estrés producido por la niña y el trabajo seguramente hicieron que triplicara mi dosis diaria de tabaco y, con ello, apareciese la enfermedad. La enfermedad, esa había sido la raíz del problema. Si no la hubiese tenido, Terry no se vería obligado a hacer aquello, por consiguiente, no estaría allí. Todo sucedió tan deprisa, que habría sido imposible detener su rumbo.

Miré el reloj. Las 3. ¿Realmente había desperdiciado toda la mañana en el hospital, sin ni siquiera comer nada? Me incorporé y decidí levantarme. Debía ir a casa. Había pasado la noche lejos de mi hija, seguramente se preguntaría qué había sido de mí. Crucé la estancia, intentando captar en el acto cada una de las sensaciones que sentía al estar allí. Procurando que mi mente nunca olvidase aquella imagen, que nunca le olvidase a él. Antes de irme, giré la cabeza para poder observarle por última vez. Acto seguido, salí y cerré con cuidado la puerta, como si no quisiera despertarle.

Llegué a casa al cabo de un cuarto de hora, debido al atasco. Aparqué en el garaje, como siempre. En cuanto lo hube hecho, me miré por el espejo retrovisor. Mis ojos revelaban claramente lo mucho que había llorado, pues estaban casi despintados. Cogí la sombra de ojos que guardo en el bolso y me retoqué un poco. Por lo menos, Amy no sospecharía. Me peiné con los dedos, pues estaba algo desaliñada. Recordé que tenía el vestido manchado de sangre; debía quitármelo. Salí entonces del coche. Me situé enfrente a la puerta de casa. Debía aparentar naturalidad. Por Amy. Por mí.

Timbré, pues no llevaba las llaves conmigo. Tuve suerte, pues la que me abrió fue Lorelay. Sabía que estaría cuidando de la niña, siempre lo haría. Me miró con preocupación. Dejé entrever una tímida sonrisa, intentando calmarla.

-¿Dónde te metes?-preguntó, desquiciada.- ¡Me tenías preocupada!

-No podía volver a casa, Lorelay. No podía permitir que Amy me viese llorar, ¿comprendes?

Suspiró, apartando la mirada. Seguramente no sabía cómo mencionar el tema.

-Liza me lo ha contado todo. ¿Cómo está?

-¿Cómo va a estar? ¿Crees que iba a despertar de la noche a la mañana?

Se acercó a mí y me abrazó. Me sentí segura al estar en los brazos de alguien plenamente conocido. Yo también la abracé fuerte. Desearía haber llorado en aquel momento, junto a mi hermana, pero mis ojos habían agotado todas sus lágrimas, y lo único que salió de mí fue una respiración fuerte, que intentaba arrancar toda la tristeza de mi cuerpo.

-Lo siento, Emily.-murmuró.

Me separé de ella, con mucha dulzura. Me miró. También lo quería. Todos lo queríamos, y no podríamos evitar echarlo de menos. Era como si fuese mi marido, parte de nuestra familia. Justo por eso no debían enterarse de lo que era realmente.

-¿Dónde está la nena?-pregunté.

-Está en su habitación, haciendo los deberes. ¿Se lo vas a contar?

Supe a lo que se refería. Enmudecí un instante, negándolo rotundamente con la cabeza.

-Por supuesto que no. No lo entendería. ¿Cómo iba a entenderlo?

Parecía que intentaba convencerme a mí misma de mi propio argumento. Lorelay asintió. Comprendió mi decisión. Seguramente era la más correcta. Algo así no era fácil de explicar. Ni siquiera yo alcanzaba a entenderlo muy bien. Era algo tan extraño. No era muerte, todavía había un ápice de vida en su interior; tampoco era un sueño, se habría despertado al percibir mi presencia, como lo hacía todas las mañanas. Era un concepto demasiado confuso.

Dejé que Lorelay se fuese para dirigirme a mi habitación. Me cambié de ropa lo más rápido que pude, para poder ir al cuarto de Amy. Tendría que dominarme. Sabía de antemano que me hablaría de su padre, y no podía permitir que una sola lágrima surcase mis mejillas, o toda la mentira que había estado tejiendo cuidadosamente durante la mañana no habría servido de nada. Asomé la cabeza por la puerta entreabierta. Ella se encontraba enfrente al escritorio, dibujando con sus lápices de colores, los cuales estaban esparcidos por la mesa. Me aproximé por detrás, sin que ella se diese cuenta de que estaba allí. La abracé por detrás, haciendo que dejase de pintar, asustada, y la besé en una mejilla muy fuerte. La había echado tanto de menos, había pensado tanto en ella. Me miró entonces con aquellos ojitos grises que había heredado de mí, para cerciorarse de quién era. Sonrió, y me abrazó, colocando su cabeza en mi pecho.

-¡Por fin has venido, mamá! ¿Dónde estabas?

-He salido a hacer unos recados. Lorelay y tú estabais dormidas, así que no quise despertaros. ¿Te he preocupado?

Asintió, mirándome con ojos tristes.

-Pensé que te había pasado algo.

-Lo siento, cariño. La próxima vez te avisaré, lo prometo.

Bajé ligeramente la cabeza y la besé en el pelo.

-¿Qué te parece si vamos a la cocina a tomar un helado?-le pregunté, sonriendo.

-¡Vale!

Dicho esto, se separó de mí, y me cogió de la mano para ir juntas. Seguramente no querría volver a perderme de vista. Al llegar allí, se sentó en la mesa, mientras yo rebuscaba en el congelador.

-¿De qué lo quieres: de vainilla o de chocolate?

Dudó un momento antes de contestar.

-¡De chocolate!

Se lo preparé en poco tiempo. En cuanto lo vio enfrente de ella, se relamió. Era una golosa, como yo. Aunque todo lo que me había pasado aquel año me había hecho adelgazar muchísimo, hasta el punto en que mi cuerpo prácticamente se había reducido a un cúmulo de piel y huesos. Quizás por eso Amy me preguntó:

-¿No vas a comer uno, mamá?

-No, cariño, no tengo hambre.

-Por cierto,-al oír esas palabras, sentó cómo se me aceleraba el corazón.- ¿y papá? ¿No ha venido contigo?

Me senté entonces a su lado, mirándola con serenidad. Suspiré hondo antes de comenzar a contárselo.

-Mira, Amy, papá se ha ido a un viaje de empresa a Europa esta mañana.

Se quedó en blanco, con la boca entreabierta. No se acababa de creer lo que le estaba diciendo.

-¿Cuándo se fue? Y… Y… ¿Cuándo va a volver?

-Esta mañana, muy, muy temprano. Todavía no me dijo cuando vendría. Seguramente pronto. Dentro de unos meses o así.

Le acaricié una mejilla. Estaba completamente pálida. No debí habérselo soltado de aquella manera, pero necesitaba librarme de aquella mentira.

-No te preocupes. Me dijo que te traería un regalito.

-Pero no me dijo adiós. Quería decirle adiós antes de que se fuera.

Comenzó a llorar, tapándose la cara con las manos. Con aquellas manos pequeñas y dulces. La envolví en mis brazos, intentando devolverle la calma. Contuve las lágrimas, mientras le decía, con amargura en la voz:

-A mí tampoco me dijo adiós. No pudo decírnoslo.

Amy seguía llorando desconsolada, quise tranquilizarla, mirándola con muchísima ternura.

-No llores más, mi vida. Ya verás como vuelve. Y cuando vuelva, todo será como antes. No pasa nada.

Noté cómo se iba calmando, cómo disminuían sus gemidos entrecortados, y su respiración recuperaba el ritmo normal. La besé de nuevo.

-Tómate el helado, anda.-le dije.- No hay nada que quite más la tristeza que el chocolate.

Le guiñé un ojo, intentando que sintiese mi complicidad. Sonrió levemente. Yo la acompañé. Quería que sintiese que me tenía a mí a su lado. Estuve pensando en lo que me había dicho, en que Terry no se había despedido de ella. Era lo único que necesitaba de él: un beso, unas últimas palabras que llevarse al recuerdo. ¿Y cuáles eran esas últimas palabras para mí? “A las 9 estaré aquí”. Todavía me cuesta creer que le insistiese tanto con que llegase pronto a casa, cuando nunca llegó. Resultaba casi irónico.

Al caer la noche, volví al bar. Intenté encontrar a Sharon en el trayecto de ida, pero no había rastro de ella. Seguramente estaría trabajando. Me senté en un taburete enfrente a la barra al llegar allí. Me resultaba todo tan extraño. Hacía un par de noches, me encontraba a aquellas horas en la cama con Terry, sintiendo cómo me abrazaba por detrás, y en aquel momento estaba en un garito alejado de la mano de Dios, en un barrio al que nadie iría en su sano juicio. En medio de mis pensamientos llegó Tobías a atenderme. Estaba nuevamente ataviado con ropa negra, con unos mitones en las manos, y sosteniendo un pitillo entre los labios. Al verme, me sonrió con ternura.

-Tú otra vez por aquí, ¿eh?-dijo.- ¿Qué tal te encuentras hoy?

-Algo mejor. Gracias.

-De nada. ¿Te hace un pito?-al preguntármelo, sacó una caja de cigarros del bolsillo.

-Sí, por Dios, lo necesito.

Dejé que me lo introdujese suavemente en la boca. Una vez allí, sacó un mechero negro, en el cuál estaba dibujado un pentagrama dorado, y me lo encendió, dejando que aspirase fuertemente el humo. Lo saqué, mientras saboreaba el regusto amargo del pitillo, y luego lo expulsé, experimentando un gran placer al hacerlo. Hacía demasiado tiempo que no recordaba qué se sentía.

-Y eso que teóricamente lo tengo prohibido.-murmuré, mirando hacia aquella droga, como si estuviese hablando con ella.

-Putos matasanos.-dijo Tobías.- El tabaco es la mejor medicina, que no te engañen.

-Amén.-sonreí levemente.

Volví a darle otra calada. Él seguía allí conmigo, fumando hombro con hombro. Me sentaba algo mal estar allí sin consumir nada, además de estar gorroneándole cigarrillos, así que le pedí:

-Tráeme una birrita, Tobías.

Con una sonrisa en los labios, obedeció mi mandato. La verdad es que no me apetecía demasiado, pero una birra baja bien. De repente, y mientras posaba el vaso enfrente de mí, llegó Sharon. Iba vestida con una diminuta falda negra y un corsé rojo, que realzaba de una manera asombrosa su figura. A sus espaldas, acarreaba con una mochilita con forma de corazón con unas alas de murciélago. Al verla, noté que Tobías se sonrojaba. Escuchaba su respiración fuerte y temblorosa desde el otro lado de la barra. Ella se acercó a nosotros, contenta.

-Hola, chicos. Veo que habéis hecho buenas migas. ¿Qué hacéis?

-Ya ves, aquí fumando.-respondí.

Le miró entonces a él. Sonrió, por compromiso, pero se notaba que seguía alterado. Ella se le acercó y le preguntó, sin dejar de mirarle a los ojos:

-¿Te encuentras mal, Tobías? No tienes buena cara.

Tragó saliva. No sabía qué contestar, no le salían las palabras. La súbita presencia de Sharon había provocado su enmudecimiento. Ella, con mucho cuidado y dulzura, deslizó sus largas y rojizas uñas por su cuello, y le acarició una mejilla con la otra mano. Se observaron mutuamente, sin mediar palabra. Entonces sí que se tornó roja la cara de Tobías, y las uñas, que yacían en su yugular, vibraban con mucha delicadeza, al ritmo de su corazón. Sharon se rió con picardía.

-¿Qué pasa, mi niño, que no me hablas? Ni que te hubiese arreado.

-N… Nada…-consiguió contestar.- Es que estoy… un poco cansado, eso es todo.

-Menos mal. Ya me estaba preocupando.

-¿Quieres algo?

-Lo de siempre, ya sabes.

Mientras rebuscaba en la nevera del bar, se le oyó decir:

-Hoy nos ha llegado un tinto cosecha del 62. Me gustaría que fueses la primera en probarlo.

-¡Qué honor, Tobías!-exclamó ella, llevándose una mano a la mejilla.

-Te lo mereces, Blood. Es más, invita la casa.-sentenció, mientras se lo servía en una radiante copa de cristal.

-¡Oh, qué encanto! Valió la pena que volvieses a hablar. Muchísimas gracias.

De repente, se oyó un grito de uno de los tantos clientes que se apiñaban en la barra, ansiosos de su néctar:

-¡Chaval! ¿Estás sordo, o qué?

-Bueno, os dejo solas. Ya me contarás.-dijo Tobías, suspirando.

-Descuida, lo haré.

Dicho esto, él se fue apresurado a atenderles. Sharon se quedó mirándole, algo atontada.

-¿No es monísimo?-musitó.

Antes de que pudiese responderle, recuperó la compostura.

-Bueno, a otra cosa. ¿Cómo estás?

-Un poco mejor, gracias.

-No es fácil superar algo así. Poco a poco. ¿Qué tal tu primera noche sola?

-Llámame loca, pero la pasé en un parque.

-¿En un…?

-Sí, me quedé dormida en un banco.

Sharon se tapó la boca, se moría de risa.

-Sí,-refunfuñé.- tú ríete.

-Lo siento, Em, pero es que… Sólo se te puede ocurrir a ti.

-Lo sé.

Mientras ella se secaba las lágrimas, comencé a pensar en el sueño, en aquellas sensaciones. ¿Debería contárselo?

-Sharon.

-Dime.-respondió, mientras encendía un porro.

-Tuve un sueño, ayer, un poco extraño…

-Creo que voy a tener que cobrarte por cada vez que tenga que interpretar un sueño tuyo. Es coña, cuéntame.

-No quiero que lo interpretes. Sé muy bien qué significaba. Lo que pasa es que… Soñé con Terry, y… no sé… Era como si estuviese conmigo… Lo sentía con tanta claridad…

-¡Ahá!-contestó Sharon, poniendo carita detectivesca.- a ti lo que te pasa es que tienes el Síndrome del Lecho vacío.

-¿Qué coño es eso?-pregunté, con curiosidad.

-¿No sabes qué es...? Bueno, es verdad, lo inventé yo. Pero dudo que no te haya pasado alguna vez.

Inspiró el porro con fuerza. Expiró, y sus palabras salieron despedidas danzando con el humo:

-El Síndrome del Lecho vacío, se da cuando pierdes a alguien, por el motivo que sea, con el que pasabas la noche. Ya sea un amante, como un marido, como un padre.

-¿Y un amigo?-pregunté, reprendiéndole en el acto por insinuar que Terry y yo éramos "amantes".

-También, también. El caso es que te sientes sola en la cama, pero no sólo en la vuestra, sino en cualquier sitio que duermas. Intentas evocar su presencia para paliar el dolor. A veces es tan fuerte tu convencimiento, que puedes llegar a sentir como si estuviese todavía allí. El tacto de las sábanas se convierte en el de sus manos; el viento azotando la ventana, en su respiración; el tic-tac del reloj de la mesita, en el sonido de su corazón. Se convierte en dueño absoluto de tus sueños, y los domina a su gusto. Y es todo tan real, que es como si estuviese allí.-se agarró los brazos, como si lo sintiese.- Luego te despiertas, y ya no queda nada. Es como un fantasma que resurge cada noche y muere al llegar el alba. Se duplica el sufrimiento al levantarse, pero compensa al volver a la cama. Es como si nunca se hubiese ido del todo.

Había descrito mis síntomas a la perfección. Me sentí menos extraña, pues supuse que ella también había pasado por eso.

-¿Y cómo se cura?

-Olvidando. Es la única forma.

Bajé la cabeza.

-Nunca olvidaré a Terry. Es superior a mí.

La miré entonces. Su cara reflejaba algo de preocupación.

-Estaré enferma toda la vida.-murmuré.

-Tampoco es tan malo. Es cuestión de acostumbrarse. Por lo menos algo de él se queda contigo.

-Es cierto… Algo de él.-me repetí a mí misma.

Retorné pronto a casa. Amy estaba en casa de la tita, así que tendría que dormir completamente sola aquella noche. No podría esconderme eternamente, pues tendría que enfrentarme a ese momento tarde o temprano. Nuestra cama. Mía y de Terry. Vacía. Con las sábanas blancas nuevas, limpias. Frías. Tan frías. Me mantuve un buen rato sentada encima, sin atreverme a acostarme. Era como si estuviese esperando, como antaño, a que viniese él de tomar los medicamentos, me besase en el pelo, y poder acostarnos juntos. No ocurriría. Tenía que hacerme a la idea. Me dirigí al armario para ponerme el camisón. Al quitarme la camiseta, pude contemplar nuevamente la cicatriz. Esta vez nadie me diría lo bonita que es, nadie calmaría mi dolor interno. La miré. Solas. Nos había dejado solas. ¿Por qué? ¿No había nadie que lo mereciese más que él? Maldije a quién le había disparado. Lo maldije tanto. Llegué a alegrarme de que estuviese muerto. Aunque fuese Terry el que quisiese asesinarlo. ¿No podía haberlo dejado vivir a él? Ojalá, pensaba, se hubiese muerto en el acto, y no lo hubiese hecho. Si me hubiese topado con él, si estuviese vivo, lo mataría con mis propias manos. Me dirigí a la cama. Me acosté, tapándome con las sábanas. Hacía tanto frío. Allí, entre toda la oscuridad que me rodeaba, quise encontrarle. De repente, aquellas sábanas se tornaron en un tacto conocido. El sonido del viento que entraba por la ventana, el reloj. Todo, tal y como Sharon lo había descrito. Gocé de la enfermedad. De aquel síndrome con el que iba a convivir el resto de mi vida. De su ficticia presencia. Dueño de mis sueños. Mi Terry. Comencé a llorar. Quería tenerlo allí de verdad. Lo necesitaba. Sentía como si mi vida se escapase por la ventana, acompañando a aquella falsa respiración. Cerré los ojos, entre lágrimas. Rememoré en un solo instante todos los momentos que vivimos juntos. Cuando bromeábamos sobre irnos a las Bahamas, cuando bailamos y dejé escapar toda mi voluptuosidad, mi enfermedad... Todo.

Pero mi lecho seguía completamente vacío.

[1] Ven a la cama, no me hagas dormir sola (…)/ Nunca quiso ser tan frío/ Sólo que no bebí lo suficiente como para decir que me amabas.

miércoles, 10 de febrero de 2010

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XXVI (3ª parte)-Los susurros de la muerte



La ciudad se abrió entonces ante mí como si fuese una prostituta lúbrica. Caminé sin rumbo, sin mirarle a los ojos a la gente. Simplemente veía sus zapatos, sus abrigos. Y yo me encontraba desprotegida ante el frío de la noche. Solamente un finísimo vestido me cubría, un vestido de fiesta, aunque aquella fiesta se había convertido en el preludio de un planto. Dejé que las lágrimas se deslizasen por mis mejillas, no quise seguir reprimiéndolas. Ahora tenían toda la libertad del mundo para vagar por las aceras como yo lo estaba haciendo. No sé cuánto tiempo estuve andando. Quizás horas. Horas que salían despedidas, como los suspiros que escapaban de mis labios. ¿Por qué él? Era el único pensamiento que rondaba en mi mente. Me parecía inconcebible que alguien pudiese haberle hecho algo así, tan horrible.

Todo cambió en un instante. En el mismo instante en el que pisé los suburbios. Las luces tenues que iluminaban la calle me hacían ver, en cierto modo, en qué nos hemos convertido los habitantes de este mundo. Hombres de aspecto sospechoso me miraban de arriba abajo, arrinconados en las paredes como ratas, y sus rostros irradiaban un profundo desprecio por la raza humana. Mujeres, cubiertas por paños sucios, con las manos y los pies cubiertos de llagas, dejaban fluir por sus ojos lágrimas amargas que corroían sus vasos oxidados y vacíos de monedas, y que mojaban las cabecitas de sus hijos. Viejos, personas perturbadas, hambrientas, buscaban en la basura alimento como aquel que busca un tesoro escondido. Seguí avanzando. Llorando. No me gustaba aquel sitio, quería darme la vuelta, pero algo me hizo avanzar. Quizás era el sentimiento de no querer volver a acercarme al hospital, ni a casa. Sólo quería estar sola.

Llego entonces a la zona quizás más sórdida del lugar. Decenas de prostitutas se apiñaban al pie de la carretera, intentando que algún coche se las llevase. Se acariciaban los senos, movían sus cuerpos como si fuesen serpientes, sus lascivas lenguas danzaban en sus bocas. Fue entonces cuando la vi. Sostenía un cigarro en la mano, mientras se bajaba de un Sedán blanco, que tenía los cristales tintados de azul. Su falda minúscula, negra como la noche, ondeaba al viento, al igual que sus cabellos. Su piel marmórea destacaba entre aquella oscuridad. Sus labios rojos. Sus ojos grandes y castaños. Su corsé. No había ninguna duda. Me quedé petrificada, no sabía qué decir. Vi que se alejaba del coche y se arrimaba a la pared, cansada.

-Sh… ¿Sharon?

Dudo si me oyó o fue mera casualidad, pero giró la cabeza y me miró. Y yo la miré. Ninguna nos figurábamos que algo así podría llegar a pasar.

-¿Emily?-se acercó a mí apresurada.- ¿Qué haces aquí?

Entonces sí que no pude soportarlo más. Dejé escapar un sollozo que hizo temblar mis párpados y me eché a llorar, abrazada a Sharon, acurrucada en su pecho como una niña. Quise escuchar los latidos desenfrenados de su corazón. Seguro que ella no se temía que descubriese su secreto. No aquella noche. No en aquel lugar. No en aquella situación. Me miraba, casi como mira una madre a su hija dolida y llorosa.

-¿Qué ha pasado?-preguntó, preocupada, apoyando una de sus blanquísimas manos en mi cabeza, arrimándome todavía más hacia ella.

-Es… Es Terry… él…

No era capaz, ni siquiera, de hablar. Mi respiración se hacía dificultosa. Mis lágrimas encharcaban mi cara. No podía soportarlo más.

-Ven, vámonos.

Me cogió de la muñeca y tiró de mí. Me dejé llevar. Ni siquiera era capaz de ver con claridad hacia donde me llevaba, hasta que me vi sentada en un taburete.

Sí, estaba en un garito mugriento y horrible, lleno de chulos, de fulanas, y de gente que inspiraba poca confianza. Se acercó a nosotros un chico alto y guapo, de unos 20 y tantos años, que vestía una indumentaria oscura. Tenía los ojos verdes y el pelo castaño. Era el camarero.

-¿Qué te pongo, Blood?-preguntó, mirando hacia Sharon, con una voz grave y sensual.

-Lo de siempre. ¿Tú quieres algo, Em?

-No, gracias.-murmuré.

Él se dio la vuelta y comenzó a trabajar.

-¿Qué le ha pasado a Terry? Cuéntamelo.

-Verás… es que me llamaron del hospital… está en…-me costaba decirlo. Decir aquella palabra.- ¡Está en coma, Sharon! Yo… yo pude hacer nada… Además, después de salir de la habitación vino… Vino hacia mí un tío, que me soltó que Terry le debía dinero…y que estaba muy buena… y no sé qué…

Sharon se tornó pálida. Sabía que tendría que decírmelo. Ella sabía algo que yo desconocía, quizás desde hacía mucho tiempo. Lo noté en sus ojos, cuando se llevó la mano a la frente y susurró:

-¡Qué jodidos bastardos!

-¿Qué pasa?

Levantó un poco la mirada, que se dejaba entrever entre dos de sus dedos.

-¿Qué pasa?-repetí, todavía más nerviosa.

-Mira,-respondió, exhalando un hondo suspiro.- seguramente Terry sabía que este día llegaría. Y, bueno, no sé qué le parecería si yo te lo contase, pero, en fin. Emily, él… Es un… sicario.

-No, es imposible.-dije, sin pensar.

-Cuando flaquea la esperanza, nada es imposible.

-Pero… ¿por qué? ¿Cómo no me lo dijo?

-Escucha, tú estabas muy enferma. Lo que menos te convenía era que te lo contase. Lo jodería todo. Una puta puede serlo porque le obliguen, pero un asesino lo es porque quiere. Sabía bien que no estaba ayudando a las Hermanitas de la Caridad. Sabía perfectamente lo que hacía… Pero lo hacía por ti.

Me quedé petrificada, llorando, luchando por respirar. ¿El mismo Terry que había sido mi amigo durante tanto tiempo, con el que había tenido una niña, era un… asesino? Sentía como si fuesen conceptos rotundamente contrarios. Mi mente se negaba a aceptarlo.

-No es cierto. Te habrás equivocado.-titubeé.

-Yo lo conocía, Em. Lo vi con mis propios ojos. Era él, el mismo de la fotografía que me enseñaste.

-¿Y tú de qué coño conocías a Terry?-pregunté, llena de ira esta vez al comprobar su certeza.

-La verdad es que no pensaba contártelo. Pensarás que soy… Bueno, es que lo soy, para qué vamos a engañarnos ahora.

Cogió de su bolso negro la cajita plateada y el papel de liar. El camarero se acercó a nosotros, sonriendo, sosteniendo con los dientes un pitillo. Posó con delicadeza una copa de vino en la mesa, agarrándola con sus dedos blanquecinos y largos.

-Aquí tienes, preciosa.-dijo, mirando hacia Sharon, clavando en ella sus dos enormes ojos, de aspecto cercano a dos gemas verdosas.

-Oye, Tobías, ¿me dejas fumar un porrito?

Él expiró con fuerza por la nariz, como intentando decirle que estaba en contra. Ella se impulsó con los pies y se fue acercando poco a poco a su rostro, apoyando su enhiesto pecho en la barra.

-Por favor, Tobías. No se notará, lo juro.

Pronunció esas palabras con una tremenda dulzura, susurrando, acercando su boca a la del chico, como si estuviesen a punto de estrellarse una contra la otra. Le acarició una mejilla, dejando resbalar por ella sus bermejas y largas uñas. Él intentaba mantener la compostura, pero se derretía, se debilitaba, y deseaba tanto aquel beso como desea agua un sediento.

-Está bien, pero que no se entere el jefe. Sabes que si me pilla, me echa fuera.-cedió.

-Descuida. Gracias, encanto.

Le besó, sí, sin llegar a tocarle del todo los labios, en una comisura. Sus mejillas comenzaron a arder. Sharon se separó lentamente y volvió a su sitio, guiñándole un ojo. En cuanto Tobías se dio la vuelta para continuar con su tarea, comenzó a liar su ansiada droga.

-Los sicarios se creen Dios. No digo que sea el caso de Terry, pero por regla general, piensan que son superiores por llevar consigo una pipa y saber usarla. A veces, para divertirse, y poder mandar en alguien, vienen en manadita junto a nosotras. Y ni siquiera nos podemos acercar a ellos, sino que son ellos-lo recalcó.- los que se acercan a nosotras, para coger la que más les gusta. Nos tratan como si fuésemos burros a vender. Aunque, bueno, mueven mucha pasta, así que nos pagan bien.”

“Ese día en concreto era un sábado. Sábado noche, como dice la canción. Llegó a nuestro terreno el grupito de Ernesto Galván, compuesto esencialmente por: el navajas, el pollas (nombre ingenioso, pues la tiene como mi meñique de grande) y otro chaval. Ese era Terry. Ernesto es el que se acercó a ti en el hospital, seguro. Tiene una gran atracción hacia las mujeres y cualquier agujerito que estas posean, sobre todo si es de cintura para abajo. Odio a ese tío, pero soy su favorita, y me paga generosamente, así que no puedo tener queja. “

“Él se arrimó a mí como una lapa, y los otros no dudaron ni un segundo en hacer lo mismo con algunas de mis compañeras. Bueno, todos… menos Terry. Lo miraban todas, pero no quiso escoger ninguna. Me pareció extraño, porque tenía allí para escoger a la flor y nata. Dominatrices, sumisas… Todo lo que desease. Ernesto, después de estar manoseándome un rato, se dio cuenta. “

“-¿Qué pasa, no te decides?- al ver que Terry no contestaba, me dio una palmada en el culo y le dijo:- Coge esta, que folla como Dios. Te la presto hoy, pero no te me malacostumbres. “

“-Trátamelo bien.-me susurró. “

“-Descuida. “

“Me acerqué entonces a él lentamente, balanceando las caderas como si fuesen un péndulo, manteniendo el contacto visual. Lo agarré por los hombros. Estaba temblando. “

“-Tranquilo, no voy a hacerte daño. Seré una niña buena. “

“Comencé entonces a desabrocharle lentamente la camisa, solo un par de botones. Introduje la cabeza en un lateral de su cuello y comencé a clavarle los dientes en la yugular, suavemente, sin llegar a hacerle daño. Una vez. Y otra…”

Noté que se excitaba, o eso creí. Seguramente por la tensión y los nervios le grité, fuera de mí:

-¡Maldita puta!

-Eh, eh, eh. Puta sí, pero de maldita nada.

-¡Te has follado a Terry!

-No me dejas ni acabar, hija.

“Bueno, a lo que iba, mientras lo mordía, me apartó suavemente de él. Lo miré extrañada. A todos les pone que les muerda, pero él me miraba con una gran seriedad. Cogió su cartera del bolsillo y me agenció 50 dólares, que es más o menos lo que cobro. Me quedé anonadada. “

“-Toma, haz con ellos lo que te parezca, yo me largo. “

“Y lo dijo sin titubear, convencido de lo que estaba haciendo. Guardé el dinero en el bolso, sin dejar de mirarle. Le habló entonces a Ernesto: “

“-¿Oíste? Quédate tú con tus putas, yo me voy a casa con mi chica y mi hija. “

“Después de soltarle eso, se fue. Desapareció en la noche, adentrándose en aquella calle oscura solo para volver a casa contigo. Luego Ernesto, en fin, quiso terminar la faena conmigo y ese ya es otro tema aparte.”

-¿”Mi chica”?-mi garganta fue capaz de pronunciar, trémula, aquella frase.

-Él te quería Em.-dijo Sharon, en su defensa, mirándome a los ojos.- Te ha sido fiel, te ha cuidado, aunque tuviese que... matar. Y eso es algo que valoro. Otros tíos en su situación podían acabar liándose conmigo y arrepentirse al acabar de follar, que no es la primera vez que se da el caso. Pero él no, sabía perfectamente con quién quería pasar la noche. Prefirió acostarse en la cama contigo, abrazarte, y dormir-recalcó esta última palabra.- en lugar de dejar que una extraña lo comiese a besos y le cumpliese sus fantasías sexuales. Y es una acción muy bella.

-¡Pero Sharon! ¡Ha matado a gente! ¿Es que no lo entiendes?

Me tapé los ojos con las manos. No. Aquello parecía una pesadilla. No podía ser real. Ella giró suavemente la cabeza y se dirigió nuevamente a Tobías:

-Tráenos una tila, anda.

Él le hizo un gesto con la cabeza, indicándole que le había oído. Yo, ajena a todo, seguía repitiéndome a mí misma, intentando convencerme:

-Terry es un asesino… Un asesino… Un… Un asesino…

Sharon me cogió de las manos, separándomelas de la cara. Nuestras miradas se cruzaron. Ella también tenía los ojos algo húmedos.

-No lo juzgues así.

-Pero él…

-Pero nada. Las fronteras del Bien y el Mal están mucho más difuminadas de lo que nos han hecho creer siempre. Por ejemplo… ¿Estaría mal que un padre robase pan para darle a sus hijos?

Enmudecí, no supe qué contestar.

-Hay tantas respuestas a esta pregunta como personas hay en el mundo.

-Pero lo de Terry es distinto.

-No es distinto, todo lo contrario.-hablaba con convicción y entereza.- ¿Estaría mal matar por preservar la vida de una madre, de una hermana, de una hija, de una sobrina, de una amiga… de una “chica”? Él lo hacía para que no palmases, ¿no te das cuenta? Si no lo hubiera hecho, estarías muerta, y dejarías huérfana a una niña de 5 años.

-Déjalo, Sharon. No quiero seguir pensando en él.

Ahora todo se tornaba realmente confuso. La falta de respuesta a sus preguntas, sobre todo a esta última, me producía un gran dolor. ¿El pan…? ¿La vida…? ¿La muerte…? ¿El Bien…? ¿El Mal…? Llegó entonces mi tila, portada por Tobías.

-¿Te encuentras bien?-me preguntó, posándome una de sus manos en mi mejilla, como intentando notar el calor que desprendía.

Asentí con dificultad. Aunque sabía que no era cierto, optó por dejarnos solas de nuevo, cosa que agradecí. De repente, Sharon se giró y miró por una de las ventanas del bar. Había visto algo.

-Emily, mira.-señaló entonces a un hombre vestido con una gabardina negra, por la pinta, sudamericano.- ¿No será ese el tipo que te abordó en el hospital, por un casual?

Lo miré detenidamente, a través de mis lágrimas. Desde luego, era la misma ropa, el mismo aspecto, el mismo pelo, los mismos rasgos… Los mismos ojos.

-Es él. Es él.-repetí.

-Seguro que no se espera que estés aquí.

Noté un pícaro destello en su mirada.

-¿Qué pretendes?

-¿Le gustan los chantajitos a Ernesto? Muy bien. Vamos a jugar a su propio juego.

Comprendí a donde quería llegar.

-¿Estás loca, Sharon? ¿Quieres que me mate?

-No creo que te haga daño. Dudo que quiera que desveles quién es a la policía. Además, ten en cuenta que los sicarios no pueden matar a las mujeres, o les pagan con la misma moneda. Te estaré vigilando, por si acaso; si veo que te pone una mano encima, salto.

Me sentí segura entonces. Segura y llena de ira. Rememoré sus palabras llenas de prepotencia, como si creyese que podía mandar en Terry y en mí, y que podría hacer con nosotros lo que le viniese en gana. Salí del bar apresurada, sin acabar de tomar la tila, y me acerqué por detrás a él. No me veía. Le empujé con rabia. Se giró, frunciendo el ceño.

-¿Qué coño tienes, niñata?-gritó.

-Para tu información, soy aquella a la que le estuviste tocando las pelotas en el hospital, ¿te acuerdas de mí? La “Chica” de Terry.

-¡Ah! Así que eres tú.-su tono de voz cambió. Se estaba burlando de mí.- ¿Ya tienes el dinero, o es para que encargue las coronas de flores para tu querido?

-Mira, maricón, sé quién eres, sé lo que haces y con quién lo haces. Y puede que le cuente todo a la pasma, no puede, es que lo haré. ¿Es eso lo que quieres, Ernesto?-pronuncié su nombre lentamente, para que pudiese asimilar cada una de las sílabas que salían despedidas de mis labios.

-¡Me cago en la madre que te parió!

-Lo tienes fácil para cerrarme la boca. Simplemente, déjanos a Terry y a mí en paz. Mientras vivamos, no quiero volver a verte.

-Si me denuncias, lo denunciarás también a él.

-¿Y ahora qué importa?-una lágrima escapó de mis ojos.- ¡Está en coma! ¿Crees que le va a afectar mucho?

Me miró con desprecio, el cuál fue recíproco.

-Está bien.-cedió.-Pero los 5000 dólares no me los quita nadie.

-4000.

-¿Me estás vacilando, puta?

-Es todo lo que tengo en el banco. Lo tomas o lo dejas.

Era cierto. O quise creer que lo era. Ernesto, al ver que me estaba poniendo a su altura, erguió el brazo, seguramente para arrearme. Quizás por los reflejos que adquirí con los años, pude agarrarle la muñeca con fuerza antes de que me golpease. Lo miré colérica.

-¡A mí no me levanta la mano ni Dios! ¡Ahora, no!-grité, retorciéndosela, apretándosela con fuerza.

Después de forcejear un rato, consiguió que le soltase. Se tocó la muñeca, en la cual estaban impresos mis dedos.

-Mañana-dijo Ernesto.- vendrá a recogerte los 4000 uno de mis hombres al parque del centro de la ciudad a las 7 y media de la mañana. Más te vale ir sola.

-Tranquilo, seré una puta, como bien dices, pero soy mujer de palabra. Eso sí.-añadí, con tono amenazante.- Más te vale a ti no hacerle nada a Terry, así que no quiero verte ni en mi casa, ni en el hospital, ni en mi trabajo, ni en ningún sitio en donde yo te vea, porque si no, esta “puta” va a cantar como una soprano.

-Entendido.

Me di la vuelta y me dirigí al bar, para poder volver a hablar con Sharon. No me podía creer lo que había hecho, cómo me había encarado con un sicario. Y no sólo eso, sino que no había dejado que me pegase. Después de tantos años, de toda mi infancia, toda mi juventud, recibiendo palizas, había aprendido a defenderme. No pude evitar pensar en mi padre, que se estaría revolviendo en su tumba si supiese lo que había hecho. Atravesé la puerta del bar con la cabeza gacha, intentando reprimir la ira que todavía perduraba en mi interior. Me senté al lado de Sharon, sin mediar palabra, y me bebí la tila de un trago. Ella no me quitaba ojo de encima.

-¿Qué le has dicho?-me preguntó.

-Lo he chantajeado, como dijiste.

-¿Y?

-Conseguí que nos dejase en paz, a mí y a Terry, pero tengo que darle pasta.

-¿Quiso golpearte?

Enmudecí un instante, sosteniendo en mis manos el vaso de tila vacío, que todavía emanaba un poco de calor.

-No.-respondí, secamente.

No hizo falta decir nada más. Sharon comprendió mi silencio, sabía cómo me sentía.

-Mejor será que te vayas a casa. Hoy has vivido demasiadas emociones.

La miré a los ojos, dejando desbordar toda la inocencia que podía albergar mi interior.

-No quiero dormir esta noche sola.-susurré.

Nos fundimos entonces en un abrazo. Necesitaba sentirla de nuevo, antes de irme. Tenía razón, lo mejor sería irse a casa.

-Mañana volveré.-le dije.

-Estoy aquí tomándome un descanso por ahí de las 10 o las 11, habitualmente.

Me levanté y me di la vuelta para irme. Antes de poder llegar a la puerta, Sharon me dio una palmadita en la espalda.

-Ánimo, cariño.

No la miré, pero una leve sonrisa surcó mi rostro, antes de traspasar el umbral de la puerta. El frío de la noche comenzó a agrietarme los labios. ¿Por qué no podría llegar da una vez el alba? Me encaminé hacia ninguna parte, desandando lo que había andado anteriormente, alejándome de aquel barrio, acercándome cada vez más a la razón de mi sufrimiento. El aura de aquel lugar comenzaba a notarse a lo lejos. Realmente, no quería dormir sola aquella noche. No quería volver a mi cama, a nuestra cama, y notar heladas las sábanas, notar que soy la única que yace debajo de ellas, saber que no estará conmigo. ¿Nunca? Sólo el tiempo lo sabe.

Recorrí aquellos caminos por los que tantas veces había pasado, camino del hospital. Al girar la cabeza, vi a lo lejos unos bancos. Aquellos bancos en los que nos habíamos sentado hacía apenas unos días a mirar las palomas. Estaba vacío, no había ningún ser alado en sus alrededores. Me senté allí. El banco estaba frío. Me respaldé. Pensé durante mucho tiempo en lo que me había dicho Sharon, en lo del padre que roba, y lo del hijo… ¿Cómo dos valoraciones tan contrarias podían colisionar entonces en mi cabeza? Terry había matado a gente, y lo odiaba, pero por otro lado era inevitable no necesitarle, no querer estar con él, no llorar. Le di muchas vueltas, intentando buscar algo que lo defendiese, pero a la vez, que lo inculpase. Miraba de vez en cuando al hospital. Las luces de algunas habitaciones estaban encendidas. ¿Cuál era la suya? ¿Todavía brillaba?

Pasadas las horas, la brisa de la noche comenzaba a acunarme y acariciarme, como una madre que intenta hacer dormir a su hijo. Un sopor recorrió mis párpados de un modo escalofriantemente rápido, haciendo que quisiera cerrarlos. Las luces se proyectaban en el suelo. Lo único que se veía era aquella sombra, sola. Después, se volvió todo oscuro.

jueves, 28 de enero de 2010

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XXVI (2ª parte)-Los susurros de la muerte


No puedo describir con palabras lo que sentí. Era como una impotencia espantosa, culpa, incertidumbre, incredulidad. El auricular, que sostenía en la mano, resbaló y permaneció colgando, pendiendo de un hilo enrollado para no caer en el suelo. Me había quedado petrificada. No podía creer lo que acababa de oír.

-Emily, ¿te pasa algo?-preguntó Liza, extrañada.

Me di la vuelta bruscamente, liberándome de mi inmovilidad, y salí de la cocina, seguida por mi hermana.

-¡Em! ¿A dónde vas?

-Ven.-le ordené, cogiéndola por la muñeca, simplemente para que se callase y no alarmase al resto.

Cogí las llaves del coche y me metí dentro. En cuanto nos hubimos abrochado el cinturón, metí marcha atrás y aceleré todo lo posible para poder llegar lo antes posible a mi destino. Me salté un par de semáforos en rojo, mientras Liza gritaba una y otra vez:

-¿Qué coño te pasa? ¿Estás loca o qué?

Fingí que no la había escuchado. En mi mente, solamente había un pensamiento vigente, que intentaba, sin éxito, tranquilizarme. “Es mentira. Tiene que ser mentira. Debe ser un error”. ¿Realmente lo sería?

Aparqué en la puerta misma del hospital St. Bleeding Mary, en doble fila. No era un buen momento para ponerme a hacer maniobras para aparcar. Entre corriendo, sin haber cerrado con llave el coche. Me planté delante de la recepcionista, jadeando, nerviosa.

-¿La habitación de Terence Grives?-pregunté, susurrando. Ni yo misma me creía que estuviese diciendo esas palabras.

Esperaba escuchar una respuesta como “aquí no hay ningún Terence Grives”. No me importaba que me tomase por loca. Aunque, después de ojear el registro en el ordenador, su respuesta fue otra.

-La 272

Me estremecí. Subí las escaleras apresurada, escuchando los pasos de mi hermana siguiéndome. Al llegar arriba, ella consiguió agarrarme por una muñeca y detenerme.

-¡Emily, dime de una vez qué pasa!

Ella también estaba irritada. Me mordí los labios. Lo negué con la cabeza, se lo negué, me lo negué a mí misma. Dejó entonces que prosiguiese mi camino. De repente, me vi enfrente de aquella puerta. Me cercioré de que era el mismo número. 272, no había la menor duda. Desvié la vista hacia el picaporte, cuyo aspecto me pareció cercano al de una espada, que me heriría si lo hiciese girar. Posé la mano en él. Confié en abrir la puerta y descubrir que no era él, que simplemente se habían equivocado. ¿Cuántas serían las posibilidades de que eso ocurriese? Me puse nerviosa. Por un lado, no quería ver lo que había detrás de aquella puerta, pero por otro lo deseaba, para poder acabar con la incertidumbre de una vez. Liza avanzaba lentamente por el pasillo, mirándome. Esperaba que tomase alguna decisión, y que pudiese por fin saber lo que le escondía. Pensé que quizás sería mejor dar la vuelta e irme, pero ahora que había llegado hasta allí, no me marcharía sin saberlo.

Me armé de valor. Dejé que por un momento actuase mi frialdad. Giré el picaporte en un movimiento seco. Abrí la puerta. Se detuvo mi respiración. Silencio.

Dejé caer mis brazos a lo largo de mi cuerpo. Sentí como si mi corazón se hubiese desgarrado al ver lo que vi. Era él, ¡él! No se movía. No quise cerrar los ojos, no podía, necesitaba saber ciertamente que era Terry. No. No podía serlo. Llegó entonces Liza. Quizás ella podía observarlo objetivamente. Se le encharcaron los ojos de lágrimas. Se tapó la boca con ambas manos.

-Es… Es… ¡Oh, Dios!-balbuceó.

No me cupo ninguna duda. Era cierto. Terry, mi Terry, se moría, se estaba muriendo. Me dejé caer en el suelo de rodillas. Cuando golpearon el suelo, un gran estremecimiento recorrió mi cuerpo. Jadeé, no me llegaba el aire. Mis manos se aferraron a mi cabeza, buscando algo seguro. Sentí que me palpitaba el corazón con fuerza, me producía dolor, se me oprimía. Quise llorar, pero no podía ni arrancar las lágrimas. Estaba muerta; todavía respiraba, pero ya no había vida dentro de mí.

-Emily… Emily-decía Liza gimoteando. Lloraba y lloraba y gemía y gemía.- ¡Emily!

Quise volver a mirarle. Necesitaba cerciorarme de nuevo. Le salían cables de todos lados, como si fueran serpientes, devorándolo y matándolo con su veneno. Quise acercarme a él, acariciarle, tocarle, poder sentir que seguía vivo, pero mis piernas no me respondían. Solté un sollozo desde lo más hondo de mi pecho. Quizás ese era el último resto de vida que había en mí. Me había quedado completamente vacía por dentro. De repente, escuché pasos. Supuse que sería algún médico, con lo cuál me levanté apresurada y me giré hacia la puerta. Efectivamente, un médico nos miraba. Seguramente estaría esperando a que me calmase, para poder hablar con él. Me acerqué, y lo miré con los ojos húmedos.

-Qu… ¿Qué le ha…?... ¿Qué le ha pasado?-no era capaz de pronunciar una frase, era como si se me cerrase la garganta.

-Ha sufrido un disparo que le segó una arteria. Gracias a Dios hemos conseguido extraerle la bala, pero la hemorragia era demasiado fuerte. Siento comunicarle que se encuentra en coma.

Comencé a temblar. Bajé la vista. ¿En coma? Podría quedarle alguna esperanza.

-¿Quién le hizo esto, joder, quién?-grité, manchándome las manos de la sangre que brotaba salvajemente de mi nariz.

-No podemos saberlo, señorita.

Era obviamente absurdo preguntárselo. Aún así, pude escupirle, llena de rabia:

-Ustedes nunca saben nada.

Me fui de allí, pisando fuerte. No podía estar allí ni un solo segundo más.

-Emily…-dijo mi hermana. Lloraba. Me agarraba por un brazo. No quería que la dejase sola.

Pero esta vez necesitaba la soledad.

-Déjame, joder.-me temblaba la voz, las piernas. Estaba ¿llorando? Supongo que mis ojos todavía albergaban en ellos algo de esencia vital.

Aceleré el paso cuando me vi en el pasillo, bajo la atenta mirada del médico, de todos los sanitarios, de mi hermana. Me dirigí hacia la puerta de entrada. Ahora no sólo emanaban lágrimas de mi cuerpo, sino también sangre. Normal que estuviese sangrando; nunca había estado tan nerviosa, tan triste, como ahora. Impotencia era lo que sentía, porque, ¿qué iba a hacer? Esperar. Esperar a que sucediese un milagro. Preguntarme todo el rato “¿y si…?”. No. No va a pasar. Ese es el peor dolor que existe.

De repente, cuando llegué a fuera y pude, al fin, respirar aire puro, un hombre me cogió por un brazo. Me di la vuelta bruscamente, todavía llorando y sin limpiarme de la sangre. Pensé que quizás había pensado que me encontraba mal.

-Te he visto salir de la habitación de Grives.-dijo, con una voz cavernosa y profunda.

Su mirada fría y metálica se clavó en la mía, que translucía el terror y la curiosidad que me producía, no sólo su repentina presencia, sino el hecho de conocer a Terry.

-¿Quién eres?-pregunté.

-Debes ser Emily.-dijo, ajeno a mis palabras. Me puse nerviosa al saber que también sabía mi nombre.- Terry me ha hablado de ti.

-¿Que te ha…?

-Eras la niña de sus ojos. Qué pena que ahora esté así, ¿no? Pero bueno, son gajes del oficio.

¿Oficio? ¿Qué oficio? Me abstuve en preguntar, estaba demasiado asustada.

-Por cierto, no sé si Terry te lo ha comentado, pero me debe dinero. Por la cara que pones, supongo que no sabías nada, ¿me equivoco? Son 5.000 dólares. Vendré al hospital a recogértelos el lunes. Espero por vuestro bien que los tengáis.

No contesté. No me parecía una pregunta adecuada que hacer en un momento así, a una persona que ni siquiera conoces, por mucho dinero que te deba. Temí, por un momento, que ese dinero fuese con el que Terry pagó mi tratamiento. En ese momento, el desconocido me tocó la nariz con una de sus recias manos, y me miró, como si él fuese un ser superior, que ejerciese control sobre mí.

-Estás mucho más buena de lo que imaginaba. Y si te quitas la sangre de la cara, estás para comerte todo el coño.

Lo aparté de mí con fuerza. No quería seguir oyéndole hablar. No quería ni verle. Tan sólo era una persona cualquiera, que podría convertirse, por razones que escapaban a mi comprensión, en mi sombra a partir de entonces. Me fui. Necesitaba apartarme de aquel lugar. Quería olvidarme de todo. Comencé a vagar por la calle sin rumbo. Dios sabe a dónde iría a parar.


(Sigue en la tercera parte =3)

domingo, 24 de enero de 2010

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XXVI (1ª parte)-Los susurros de la muerte



Can’t tell the reasons[1]
I did it for you.
When lies come intro truth
I sacrifice for you.
(…)
You won’t forgive me
But I know you’ll be allright.

Frozen- Within Temptation


La desconfianza es uno de los peores sentimientos que pueden existir entre dos personas. Por mucho que la quieras, comienzas a no creerle. Sus palabras se tornan ambiguas y flotan vagamente por el aire; las observas, y ni te esmeras ya en saber si son verdad o mentira. Es aún peor que el desamor, peor que el odio, pues estos sentimientos afloran de ella, como si fuesen capullos palpitantes de una planta repleta de espinas afiladas, que se abren, y explotan, y hieren. Los secretos son sus hijos; su existencia crea recelo, tensión. Viven ocultos en los rincones más inhóspitos de la mente y, cuando los obligas a salir, se aferran a todos tus sesos como un niño caprichoso se aferra a un osito de peluche en una juguetería. Todo eso devora las entrañas, crea gruesos muros invisibles entre la gente, desgarra vidas. Y cuando la desconfianza aparece, no hay manera de librarse de ella.

Recuerdo un día en especial. Un jueves por la noche. Aquel jueves por la noche. Mientras hacía las tareas de la casa, miraba el reloj de reojo, en un impulso por saber, no qué hora era, sino cuándo vendría Terry. Desde hacía bastante tiempo, venía más tarde que de costumbre a casa. Sé que trabajaba en un taller de coches de una marca bastante famosa, y eso le robaba mucho tiempo, pero sabía que algo no iba bien. Apenas hablábamos, desconozco por qué. Quizás es porque por la boca muere el pez.

Llegó él a las 10 de la noche, bastante más tarde de lo habitual. En cuanto sentí que se cerraba la puerta de la entrada, un clarísimo sonido perfectamente audible en el silencio de la noche, un escalofrío recorrió mi columna. No quise ir a recibirle, me mantuve impasible ante el fregadero, con un par de cuchillos en la mano. Fue entonces Terry el que entró a la cocina a saludarme.

-Buenas noches, reina.-dijo, abrazándome por detrás.

-No haces más que llegar a la hora que te sale de la polla.-le reprendí, sin ni siquiera mirarle.- Y aún por encima vienes haciéndome mimitos.

-Los siento, Emily. Ya sabes cómo es esto. Entre el arreglo de coches, las llamadas de los jefazos, la contabilidad… No es porque no quiera estar con vosotras, ni mucho menos.

-Podrías esforzarte en venir un poco más pronto algún día. Apenas pasas tiempo con la niña.

Era cierto; Amy iba a dormir a las 9 y media, así que apenas podía ver a su padre. Si él había venido a vivir con nosotras era, justamente, para que pudiésemos educarla los dos, para que pudiese tenernos cerca de ambos.

-Descuida.

Me di la vuelta. Ya no me importaba dejar de mirarle. Sonreí. En el fondo, estaba deseando verle.

-¿Qué tal el trabajo?-me preguntó.

Los días de reclusión en casa se habían acabado; ya me habían dado el alta, aunque seguiría trabajando sólo por las mañanas. Habían pasado únicamente 3 días desde que pude reincorporarme, así que aún me estaba adaptando al nuevo ritmo de vida, después de varias semanas.

-Bien, un poco cansada.

Advertí entonces que tenía la cazadora puesta todavía. Me acerqué a él y comencé a desabrocharle los botones.

-Quítate eso, que te vas a asar.-le ordené.

-No, que tengo frío.-me contradijo, mientras su hombro se libraba de una sacudida, con el fin de apartarme.

-Por favor, Terry, que tengo la calefacción al máximo.

Conseguí desabotonársela. Entonces fue cuando la vi, aquella mancha de sangre en la camisa, cerca de su hombro izquierdo. No era demasiado grande, pero sí lo suficiente como para introducirse en mis ojos como si fuera una aguja y que mi cerebro la tradujese como la visión del mismo horror.

-Sangre… ¿Cómo coño te has hecho esto?-le pregunté.

Intenté palpársela, para cerciorarme de que lo era realmente. Él se apartó bruscamente. Su rostro se tornó serio.

-Tuve un accidente en el taller. No es nada, ya he ido a urgencias.

-¿Y qué te dijeron?

-Nada, me vendaron, me pusieron la vacuna del tétanos por si acaso y santas pascuas.

-¿Por qué no me llamaste? Podría haber ido contigo.

-Estaba sangrando a chorros. En lo primero que pensé fue en ir al hospital, no en andar llamando a la gente.

-No es a la gente, Terry, es a mí.

-Mira, olvídalo. Estoy agotado, me voy a ducharme.

Quiso esquivar el tema, pero mi preocupación no hizo caso a sus palabras tranquilizadoras y quiso saber más.

-Déjame verla.

Él se detuvo en seco y se dio la vuelta para mirarme.

-¿Para qué la quieres ver, Emily? Por favor…-le puse nervioso. Eso indicaba algo.

-Para saber cómo la tienes. Déjame verla.-repetí.

-No, ya me han puesto la cura.

-Te pongo otra. Esa la debes tener sucia ya; te ha traspasado la sangre a la camisa.

-La sangre la tenía de antes. Estoy bien, en serio.

-Mejor, pero déjamela ver.-insistí.

-Que no, coño.

-¿De qué tienes miedo? ¿De que te retuerza un dedo dentro? Hombre, por favor.

-¡Que te estoy diciendo que no!

En ese momento, me apartó con un brazo, haciendo que casi perdiese el poco equilibrio que tengo. Luchando por mantenerme de pie, me sentí realmente desvalorizada, como si volviese atrás, intentando aferrarme al presente. Hasta Terry se quedó inmóvil; él tampoco se veía capaz de haberme hecho algo así. Se dio la vuelta bruscamente y se dirigió a la sala de estar. Necesitaba un lugar donde poder esconderse de sí mismo, una puerta que golpear y poder liberar toda su rabia reprimida. Aquel sonido estentóreo y fuerte parecía estar indicándome que me fuese. En un impulso, me acerqué a la puerta. Necesitaba escucharle, lo que fuese de él. Ni un solo sonido, ni de arrepentimiento, ni de nada. Silencio. Subí las escaleras y me encerré en la habitación. No quería estar en el mismo piso que él.

Y todo eso por culpa de una herida. Eso era lo que más me chirriaba. La desconfianza tiene extraños compañeros de viaje. Pequeñas minucias, detalles insignificantes, desembocan con su ayuda en discusiones sin sentido. Una, tras otra, tras otra. Entonces es cuando surge el odio. Aunque, por mucho que me engañase, nunca sería capaz de odiar a Terry.

Lo que más me impresionó, sin embargo, era que pudiese agredirme físicamente, a pesar de no haberme hecho daño. Dicen que los hijos de personas maltratadoras somos mucho más propensos a imitar el modelo de nuestros padres, pues son la referencia más directa de la realidad que tenemos. Ambos encajábamos con el perfil de personas maltratadas, pero no por eso le hemos arreado una paliza a nuestra hija, ninguno de los dos. Supongo que en un momento de ira ciega, no sabes muy bien lo que haces.

De repente, al cabo de un rato, sentí que se abría la puerta muy despacio. No quise mirar hacia atrás, sabía de sobra quién era.

-Emily…

No obtuvo respuesta. Permanecí sentada en la cama, dándole la espalda.

-Lo siento, yo… Llevo unos días un poco estresado, y me enciendo por nada.

-Que estés estresado no te da derecho a arrearme.-dije, fríamente.

-Perdón…

-Tuve que aguantarle muchas cosas a Robert, y a mi padre.-proseguí, como si no le hubiese escuchado.- Siempre he pensado que tú eras distinto a ellos, y quiero seguir pensándolo, así que no te quiero pasar ni una, aunque solamente sea un empujón.

-¿Qué coño quieres que haga, Emily?

En su voz se notaba que no sabía qué hacer. No había manera de volver atrás. Necesitaba mi perdón. Respiró hondo. Lo miré de reojo.

-Mira, sé que esto puede sonar cursi y todo lo que quieras. Es más, te doy permiso de que me cruces la cara en cuanto acabe de hablar. Pero… Eres todo lo que tengo. Desde que éramos críos intentaste apartarme de mi camino, que me llevaba a la autodestrucción, e intentaste que fuese un niño bueno como tú. Me ayudaste… hasta a perpetuar mis propios genes, aunque sean una mierda y quizás sería mejor que acabase en mi la estirpe, pero lo hiciste. Y me beneficiaste con ello. Bueno, nos beneficiaste. Aunque esto pueda sonar… no sé… de libro de amor barato, lo pienso todas las noches, y todos los días, y me doy cuenta de que no voy a permitirme el lujo de perderte, no sin antes luchar. Y menos por una discusión así, por supuesto. Ni yo soy quién, ni tú lo mereces.

Me di la vuelta. Una enorme sinceridad era irradiada en cada una de sus palabras. Un grandísimo estremecimiento atravesó mi columna.

-Puedes arrearme si quieres.-dijo.- Ojo por ojo, ¿no? Venga, sin miedo.

-¿Cómo voy a arrearte, tonto?-le respondí, dulcemente.

-Así te quedarás más tranquila y quedará la deuda saldada.

Me animé entonces. Me di cuenta de que alguien como Robert o mi padre no me pediría algo así ni en sueños. Con la mano en tensión, le arreé en la mejilla. Descargué todos mis nervios en aquella bofetada. Intenté no pensar que era él a quién se la daba, pues si no me habría detenido en seco.

-En comparación-dijo Terry, frotándose la mejilla.- yo te he dado una caricia.

Solté un par de carcajadas.

-Dijiste que sin miedo, ¿no?

-Aunque fuese un poco más suave, no pasaba nada.

Ambos nos reímos. La verdad es que parecía que todo volvía a ser como antes. Me acerqué un poco más a él, y le pregunté, evitando mirarle a los ojos:

-¿Es verdad todo lo que me dijiste antes?

-Claro, ¿por?

-Me parece increíble que pienses eso de mí. Fue muy tierno.

Él no quiso decir nada, ni yo añadí nada más. Él ya sabía lo que me había parecido su discurso. La verdad es que yo pensaba lo mismo de él. Era una persona sin la que no podría vivir.

Varios días después, fue cuando el destino me empujó hacia las cuerdas. Había perdido muchas cosas a lo largo de mi vida, y lo había llevado con valor y entereza. Pero es desesperante que te arrebaten algo tan importante. Llegas a desear que te lleven a ti también. Por la tarde, Terry y yo habíamos hablado antes de que se fuese a trabajar después de comer.

-Recuerda-dije.- que por la noche vienen mis hermanos y la tita a cenar.

Era viernes. Los había invitado. Tenía ganas de que viniesen a comer a mi casa, pues me encantaba ser una anfitriona.

-Ya me lo has repetido 20 veces, Emily. Soy cortito, pero tanto, tanto…

-Es para que te acuerdes de que hoy tienes que venir pronto. Prométemelo.

-Te lo prometo. A las 9 estoy aquí como un clavo.

-Eso espero.

Le besé en la mejilla, él hizo lo mismo conmigo. Quise que ese beso permaneciese gravado en mi subconsciente, y aún parece que siento su tacto en mi piel. Simplemente un beso. Lo traje tantas veces a la memoria, que lo recuerdo con total exactitud. Desprendían sus labios una cálida y dulce influencia, que logró que algo de calor se introdujese en mi rostro eternamente frío. Un beso… su beso… nuestro beso…

Pronto llegaron la tita y mis hermanos, justo mientras preparaba el pavo que tenía en el horno.

-Parece que estamos en acción de gracias.-decía la tita Margarite.

Me mantuve bastante tiempo en la cocina, acompañada de Liza, mientras se hacía la comida y el resto de los comensales se entretenían haciéndole mimos a Amy. A cada rato miraba el reloj. Las 9 menos cuarto, menos diez, menos cinco, en punto, y cinco, y diez, y cuarto… Comenzaba a desesperarme.

-¿Qué te pasa, Em?-preguntó Liza.-Te veo tensa.

-¿Cómo no voy a estarlo? El cabrón de Terry todavía no ha venido, y eso que le dije a las 9, ¡a las 9! Pero nada, como quien habla con las paredes.

Me mordí las uñas, me anduve con el pelo, me temblaban las manos, se me crispaban los nervios, apretaba los dientes. Y media. El pavo ya estaba hecho, pero no había rastro de Terry.

-Pues comemos sin él.-propuso Lorelay, que estaba al tanto de todo, a pesar de encontrarse en otra sala.

-No, no comemos sin él, me niego. Tiene que estar al caer.

Ahora depositaba mi confianza en él. Albergaba la esperanza de que viniera. Quizás porque la ira inicial se había transformado en miedo. De repente, sonó el teléfono que había instalado en la cocina. Lo cogí, nerviosa, pensando que era él. Nada más lejos de la realidad.

-¿Sí?

-Perdone, ¿esta es la casa del señor Terence Grives?-una voz masculina, seria, adusta, me hablaba al otro lado.

-Sí, lo es. ¿Quién llama?


(sigue en la 2ª parte)


[1] No puedo contarte las razones/ Por las que lo hice por ti/ Cuando las mentiras se convierten en verdades/ Me sacrifico por ti (…)/ No me perdonarás/ Pero sé que estarás bien.