Mostrando entradas con la etiqueta capítulo XXVI. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta capítulo XXVI. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de febrero de 2010

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XXVI (3ª parte)-Los susurros de la muerte



La ciudad se abrió entonces ante mí como si fuese una prostituta lúbrica. Caminé sin rumbo, sin mirarle a los ojos a la gente. Simplemente veía sus zapatos, sus abrigos. Y yo me encontraba desprotegida ante el frío de la noche. Solamente un finísimo vestido me cubría, un vestido de fiesta, aunque aquella fiesta se había convertido en el preludio de un planto. Dejé que las lágrimas se deslizasen por mis mejillas, no quise seguir reprimiéndolas. Ahora tenían toda la libertad del mundo para vagar por las aceras como yo lo estaba haciendo. No sé cuánto tiempo estuve andando. Quizás horas. Horas que salían despedidas, como los suspiros que escapaban de mis labios. ¿Por qué él? Era el único pensamiento que rondaba en mi mente. Me parecía inconcebible que alguien pudiese haberle hecho algo así, tan horrible.

Todo cambió en un instante. En el mismo instante en el que pisé los suburbios. Las luces tenues que iluminaban la calle me hacían ver, en cierto modo, en qué nos hemos convertido los habitantes de este mundo. Hombres de aspecto sospechoso me miraban de arriba abajo, arrinconados en las paredes como ratas, y sus rostros irradiaban un profundo desprecio por la raza humana. Mujeres, cubiertas por paños sucios, con las manos y los pies cubiertos de llagas, dejaban fluir por sus ojos lágrimas amargas que corroían sus vasos oxidados y vacíos de monedas, y que mojaban las cabecitas de sus hijos. Viejos, personas perturbadas, hambrientas, buscaban en la basura alimento como aquel que busca un tesoro escondido. Seguí avanzando. Llorando. No me gustaba aquel sitio, quería darme la vuelta, pero algo me hizo avanzar. Quizás era el sentimiento de no querer volver a acercarme al hospital, ni a casa. Sólo quería estar sola.

Llego entonces a la zona quizás más sórdida del lugar. Decenas de prostitutas se apiñaban al pie de la carretera, intentando que algún coche se las llevase. Se acariciaban los senos, movían sus cuerpos como si fuesen serpientes, sus lascivas lenguas danzaban en sus bocas. Fue entonces cuando la vi. Sostenía un cigarro en la mano, mientras se bajaba de un Sedán blanco, que tenía los cristales tintados de azul. Su falda minúscula, negra como la noche, ondeaba al viento, al igual que sus cabellos. Su piel marmórea destacaba entre aquella oscuridad. Sus labios rojos. Sus ojos grandes y castaños. Su corsé. No había ninguna duda. Me quedé petrificada, no sabía qué decir. Vi que se alejaba del coche y se arrimaba a la pared, cansada.

-Sh… ¿Sharon?

Dudo si me oyó o fue mera casualidad, pero giró la cabeza y me miró. Y yo la miré. Ninguna nos figurábamos que algo así podría llegar a pasar.

-¿Emily?-se acercó a mí apresurada.- ¿Qué haces aquí?

Entonces sí que no pude soportarlo más. Dejé escapar un sollozo que hizo temblar mis párpados y me eché a llorar, abrazada a Sharon, acurrucada en su pecho como una niña. Quise escuchar los latidos desenfrenados de su corazón. Seguro que ella no se temía que descubriese su secreto. No aquella noche. No en aquel lugar. No en aquella situación. Me miraba, casi como mira una madre a su hija dolida y llorosa.

-¿Qué ha pasado?-preguntó, preocupada, apoyando una de sus blanquísimas manos en mi cabeza, arrimándome todavía más hacia ella.

-Es… Es Terry… él…

No era capaz, ni siquiera, de hablar. Mi respiración se hacía dificultosa. Mis lágrimas encharcaban mi cara. No podía soportarlo más.

-Ven, vámonos.

Me cogió de la muñeca y tiró de mí. Me dejé llevar. Ni siquiera era capaz de ver con claridad hacia donde me llevaba, hasta que me vi sentada en un taburete.

Sí, estaba en un garito mugriento y horrible, lleno de chulos, de fulanas, y de gente que inspiraba poca confianza. Se acercó a nosotros un chico alto y guapo, de unos 20 y tantos años, que vestía una indumentaria oscura. Tenía los ojos verdes y el pelo castaño. Era el camarero.

-¿Qué te pongo, Blood?-preguntó, mirando hacia Sharon, con una voz grave y sensual.

-Lo de siempre. ¿Tú quieres algo, Em?

-No, gracias.-murmuré.

Él se dio la vuelta y comenzó a trabajar.

-¿Qué le ha pasado a Terry? Cuéntamelo.

-Verás… es que me llamaron del hospital… está en…-me costaba decirlo. Decir aquella palabra.- ¡Está en coma, Sharon! Yo… yo pude hacer nada… Además, después de salir de la habitación vino… Vino hacia mí un tío, que me soltó que Terry le debía dinero…y que estaba muy buena… y no sé qué…

Sharon se tornó pálida. Sabía que tendría que decírmelo. Ella sabía algo que yo desconocía, quizás desde hacía mucho tiempo. Lo noté en sus ojos, cuando se llevó la mano a la frente y susurró:

-¡Qué jodidos bastardos!

-¿Qué pasa?

Levantó un poco la mirada, que se dejaba entrever entre dos de sus dedos.

-¿Qué pasa?-repetí, todavía más nerviosa.

-Mira,-respondió, exhalando un hondo suspiro.- seguramente Terry sabía que este día llegaría. Y, bueno, no sé qué le parecería si yo te lo contase, pero, en fin. Emily, él… Es un… sicario.

-No, es imposible.-dije, sin pensar.

-Cuando flaquea la esperanza, nada es imposible.

-Pero… ¿por qué? ¿Cómo no me lo dijo?

-Escucha, tú estabas muy enferma. Lo que menos te convenía era que te lo contase. Lo jodería todo. Una puta puede serlo porque le obliguen, pero un asesino lo es porque quiere. Sabía bien que no estaba ayudando a las Hermanitas de la Caridad. Sabía perfectamente lo que hacía… Pero lo hacía por ti.

Me quedé petrificada, llorando, luchando por respirar. ¿El mismo Terry que había sido mi amigo durante tanto tiempo, con el que había tenido una niña, era un… asesino? Sentía como si fuesen conceptos rotundamente contrarios. Mi mente se negaba a aceptarlo.

-No es cierto. Te habrás equivocado.-titubeé.

-Yo lo conocía, Em. Lo vi con mis propios ojos. Era él, el mismo de la fotografía que me enseñaste.

-¿Y tú de qué coño conocías a Terry?-pregunté, llena de ira esta vez al comprobar su certeza.

-La verdad es que no pensaba contártelo. Pensarás que soy… Bueno, es que lo soy, para qué vamos a engañarnos ahora.

Cogió de su bolso negro la cajita plateada y el papel de liar. El camarero se acercó a nosotros, sonriendo, sosteniendo con los dientes un pitillo. Posó con delicadeza una copa de vino en la mesa, agarrándola con sus dedos blanquecinos y largos.

-Aquí tienes, preciosa.-dijo, mirando hacia Sharon, clavando en ella sus dos enormes ojos, de aspecto cercano a dos gemas verdosas.

-Oye, Tobías, ¿me dejas fumar un porrito?

Él expiró con fuerza por la nariz, como intentando decirle que estaba en contra. Ella se impulsó con los pies y se fue acercando poco a poco a su rostro, apoyando su enhiesto pecho en la barra.

-Por favor, Tobías. No se notará, lo juro.

Pronunció esas palabras con una tremenda dulzura, susurrando, acercando su boca a la del chico, como si estuviesen a punto de estrellarse una contra la otra. Le acarició una mejilla, dejando resbalar por ella sus bermejas y largas uñas. Él intentaba mantener la compostura, pero se derretía, se debilitaba, y deseaba tanto aquel beso como desea agua un sediento.

-Está bien, pero que no se entere el jefe. Sabes que si me pilla, me echa fuera.-cedió.

-Descuida. Gracias, encanto.

Le besó, sí, sin llegar a tocarle del todo los labios, en una comisura. Sus mejillas comenzaron a arder. Sharon se separó lentamente y volvió a su sitio, guiñándole un ojo. En cuanto Tobías se dio la vuelta para continuar con su tarea, comenzó a liar su ansiada droga.

-Los sicarios se creen Dios. No digo que sea el caso de Terry, pero por regla general, piensan que son superiores por llevar consigo una pipa y saber usarla. A veces, para divertirse, y poder mandar en alguien, vienen en manadita junto a nosotras. Y ni siquiera nos podemos acercar a ellos, sino que son ellos-lo recalcó.- los que se acercan a nosotras, para coger la que más les gusta. Nos tratan como si fuésemos burros a vender. Aunque, bueno, mueven mucha pasta, así que nos pagan bien.”

“Ese día en concreto era un sábado. Sábado noche, como dice la canción. Llegó a nuestro terreno el grupito de Ernesto Galván, compuesto esencialmente por: el navajas, el pollas (nombre ingenioso, pues la tiene como mi meñique de grande) y otro chaval. Ese era Terry. Ernesto es el que se acercó a ti en el hospital, seguro. Tiene una gran atracción hacia las mujeres y cualquier agujerito que estas posean, sobre todo si es de cintura para abajo. Odio a ese tío, pero soy su favorita, y me paga generosamente, así que no puedo tener queja. “

“Él se arrimó a mí como una lapa, y los otros no dudaron ni un segundo en hacer lo mismo con algunas de mis compañeras. Bueno, todos… menos Terry. Lo miraban todas, pero no quiso escoger ninguna. Me pareció extraño, porque tenía allí para escoger a la flor y nata. Dominatrices, sumisas… Todo lo que desease. Ernesto, después de estar manoseándome un rato, se dio cuenta. “

“-¿Qué pasa, no te decides?- al ver que Terry no contestaba, me dio una palmada en el culo y le dijo:- Coge esta, que folla como Dios. Te la presto hoy, pero no te me malacostumbres. “

“-Trátamelo bien.-me susurró. “

“-Descuida. “

“Me acerqué entonces a él lentamente, balanceando las caderas como si fuesen un péndulo, manteniendo el contacto visual. Lo agarré por los hombros. Estaba temblando. “

“-Tranquilo, no voy a hacerte daño. Seré una niña buena. “

“Comencé entonces a desabrocharle lentamente la camisa, solo un par de botones. Introduje la cabeza en un lateral de su cuello y comencé a clavarle los dientes en la yugular, suavemente, sin llegar a hacerle daño. Una vez. Y otra…”

Noté que se excitaba, o eso creí. Seguramente por la tensión y los nervios le grité, fuera de mí:

-¡Maldita puta!

-Eh, eh, eh. Puta sí, pero de maldita nada.

-¡Te has follado a Terry!

-No me dejas ni acabar, hija.

“Bueno, a lo que iba, mientras lo mordía, me apartó suavemente de él. Lo miré extrañada. A todos les pone que les muerda, pero él me miraba con una gran seriedad. Cogió su cartera del bolsillo y me agenció 50 dólares, que es más o menos lo que cobro. Me quedé anonadada. “

“-Toma, haz con ellos lo que te parezca, yo me largo. “

“Y lo dijo sin titubear, convencido de lo que estaba haciendo. Guardé el dinero en el bolso, sin dejar de mirarle. Le habló entonces a Ernesto: “

“-¿Oíste? Quédate tú con tus putas, yo me voy a casa con mi chica y mi hija. “

“Después de soltarle eso, se fue. Desapareció en la noche, adentrándose en aquella calle oscura solo para volver a casa contigo. Luego Ernesto, en fin, quiso terminar la faena conmigo y ese ya es otro tema aparte.”

-¿”Mi chica”?-mi garganta fue capaz de pronunciar, trémula, aquella frase.

-Él te quería Em.-dijo Sharon, en su defensa, mirándome a los ojos.- Te ha sido fiel, te ha cuidado, aunque tuviese que... matar. Y eso es algo que valoro. Otros tíos en su situación podían acabar liándose conmigo y arrepentirse al acabar de follar, que no es la primera vez que se da el caso. Pero él no, sabía perfectamente con quién quería pasar la noche. Prefirió acostarse en la cama contigo, abrazarte, y dormir-recalcó esta última palabra.- en lugar de dejar que una extraña lo comiese a besos y le cumpliese sus fantasías sexuales. Y es una acción muy bella.

-¡Pero Sharon! ¡Ha matado a gente! ¿Es que no lo entiendes?

Me tapé los ojos con las manos. No. Aquello parecía una pesadilla. No podía ser real. Ella giró suavemente la cabeza y se dirigió nuevamente a Tobías:

-Tráenos una tila, anda.

Él le hizo un gesto con la cabeza, indicándole que le había oído. Yo, ajena a todo, seguía repitiéndome a mí misma, intentando convencerme:

-Terry es un asesino… Un asesino… Un… Un asesino…

Sharon me cogió de las manos, separándomelas de la cara. Nuestras miradas se cruzaron. Ella también tenía los ojos algo húmedos.

-No lo juzgues así.

-Pero él…

-Pero nada. Las fronteras del Bien y el Mal están mucho más difuminadas de lo que nos han hecho creer siempre. Por ejemplo… ¿Estaría mal que un padre robase pan para darle a sus hijos?

Enmudecí, no supe qué contestar.

-Hay tantas respuestas a esta pregunta como personas hay en el mundo.

-Pero lo de Terry es distinto.

-No es distinto, todo lo contrario.-hablaba con convicción y entereza.- ¿Estaría mal matar por preservar la vida de una madre, de una hermana, de una hija, de una sobrina, de una amiga… de una “chica”? Él lo hacía para que no palmases, ¿no te das cuenta? Si no lo hubiera hecho, estarías muerta, y dejarías huérfana a una niña de 5 años.

-Déjalo, Sharon. No quiero seguir pensando en él.

Ahora todo se tornaba realmente confuso. La falta de respuesta a sus preguntas, sobre todo a esta última, me producía un gran dolor. ¿El pan…? ¿La vida…? ¿La muerte…? ¿El Bien…? ¿El Mal…? Llegó entonces mi tila, portada por Tobías.

-¿Te encuentras bien?-me preguntó, posándome una de sus manos en mi mejilla, como intentando notar el calor que desprendía.

Asentí con dificultad. Aunque sabía que no era cierto, optó por dejarnos solas de nuevo, cosa que agradecí. De repente, Sharon se giró y miró por una de las ventanas del bar. Había visto algo.

-Emily, mira.-señaló entonces a un hombre vestido con una gabardina negra, por la pinta, sudamericano.- ¿No será ese el tipo que te abordó en el hospital, por un casual?

Lo miré detenidamente, a través de mis lágrimas. Desde luego, era la misma ropa, el mismo aspecto, el mismo pelo, los mismos rasgos… Los mismos ojos.

-Es él. Es él.-repetí.

-Seguro que no se espera que estés aquí.

Noté un pícaro destello en su mirada.

-¿Qué pretendes?

-¿Le gustan los chantajitos a Ernesto? Muy bien. Vamos a jugar a su propio juego.

Comprendí a donde quería llegar.

-¿Estás loca, Sharon? ¿Quieres que me mate?

-No creo que te haga daño. Dudo que quiera que desveles quién es a la policía. Además, ten en cuenta que los sicarios no pueden matar a las mujeres, o les pagan con la misma moneda. Te estaré vigilando, por si acaso; si veo que te pone una mano encima, salto.

Me sentí segura entonces. Segura y llena de ira. Rememoré sus palabras llenas de prepotencia, como si creyese que podía mandar en Terry y en mí, y que podría hacer con nosotros lo que le viniese en gana. Salí del bar apresurada, sin acabar de tomar la tila, y me acerqué por detrás a él. No me veía. Le empujé con rabia. Se giró, frunciendo el ceño.

-¿Qué coño tienes, niñata?-gritó.

-Para tu información, soy aquella a la que le estuviste tocando las pelotas en el hospital, ¿te acuerdas de mí? La “Chica” de Terry.

-¡Ah! Así que eres tú.-su tono de voz cambió. Se estaba burlando de mí.- ¿Ya tienes el dinero, o es para que encargue las coronas de flores para tu querido?

-Mira, maricón, sé quién eres, sé lo que haces y con quién lo haces. Y puede que le cuente todo a la pasma, no puede, es que lo haré. ¿Es eso lo que quieres, Ernesto?-pronuncié su nombre lentamente, para que pudiese asimilar cada una de las sílabas que salían despedidas de mis labios.

-¡Me cago en la madre que te parió!

-Lo tienes fácil para cerrarme la boca. Simplemente, déjanos a Terry y a mí en paz. Mientras vivamos, no quiero volver a verte.

-Si me denuncias, lo denunciarás también a él.

-¿Y ahora qué importa?-una lágrima escapó de mis ojos.- ¡Está en coma! ¿Crees que le va a afectar mucho?

Me miró con desprecio, el cuál fue recíproco.

-Está bien.-cedió.-Pero los 5000 dólares no me los quita nadie.

-4000.

-¿Me estás vacilando, puta?

-Es todo lo que tengo en el banco. Lo tomas o lo dejas.

Era cierto. O quise creer que lo era. Ernesto, al ver que me estaba poniendo a su altura, erguió el brazo, seguramente para arrearme. Quizás por los reflejos que adquirí con los años, pude agarrarle la muñeca con fuerza antes de que me golpease. Lo miré colérica.

-¡A mí no me levanta la mano ni Dios! ¡Ahora, no!-grité, retorciéndosela, apretándosela con fuerza.

Después de forcejear un rato, consiguió que le soltase. Se tocó la muñeca, en la cual estaban impresos mis dedos.

-Mañana-dijo Ernesto.- vendrá a recogerte los 4000 uno de mis hombres al parque del centro de la ciudad a las 7 y media de la mañana. Más te vale ir sola.

-Tranquilo, seré una puta, como bien dices, pero soy mujer de palabra. Eso sí.-añadí, con tono amenazante.- Más te vale a ti no hacerle nada a Terry, así que no quiero verte ni en mi casa, ni en el hospital, ni en mi trabajo, ni en ningún sitio en donde yo te vea, porque si no, esta “puta” va a cantar como una soprano.

-Entendido.

Me di la vuelta y me dirigí al bar, para poder volver a hablar con Sharon. No me podía creer lo que había hecho, cómo me había encarado con un sicario. Y no sólo eso, sino que no había dejado que me pegase. Después de tantos años, de toda mi infancia, toda mi juventud, recibiendo palizas, había aprendido a defenderme. No pude evitar pensar en mi padre, que se estaría revolviendo en su tumba si supiese lo que había hecho. Atravesé la puerta del bar con la cabeza gacha, intentando reprimir la ira que todavía perduraba en mi interior. Me senté al lado de Sharon, sin mediar palabra, y me bebí la tila de un trago. Ella no me quitaba ojo de encima.

-¿Qué le has dicho?-me preguntó.

-Lo he chantajeado, como dijiste.

-¿Y?

-Conseguí que nos dejase en paz, a mí y a Terry, pero tengo que darle pasta.

-¿Quiso golpearte?

Enmudecí un instante, sosteniendo en mis manos el vaso de tila vacío, que todavía emanaba un poco de calor.

-No.-respondí, secamente.

No hizo falta decir nada más. Sharon comprendió mi silencio, sabía cómo me sentía.

-Mejor será que te vayas a casa. Hoy has vivido demasiadas emociones.

La miré a los ojos, dejando desbordar toda la inocencia que podía albergar mi interior.

-No quiero dormir esta noche sola.-susurré.

Nos fundimos entonces en un abrazo. Necesitaba sentirla de nuevo, antes de irme. Tenía razón, lo mejor sería irse a casa.

-Mañana volveré.-le dije.

-Estoy aquí tomándome un descanso por ahí de las 10 o las 11, habitualmente.

Me levanté y me di la vuelta para irme. Antes de poder llegar a la puerta, Sharon me dio una palmadita en la espalda.

-Ánimo, cariño.

No la miré, pero una leve sonrisa surcó mi rostro, antes de traspasar el umbral de la puerta. El frío de la noche comenzó a agrietarme los labios. ¿Por qué no podría llegar da una vez el alba? Me encaminé hacia ninguna parte, desandando lo que había andado anteriormente, alejándome de aquel barrio, acercándome cada vez más a la razón de mi sufrimiento. El aura de aquel lugar comenzaba a notarse a lo lejos. Realmente, no quería dormir sola aquella noche. No quería volver a mi cama, a nuestra cama, y notar heladas las sábanas, notar que soy la única que yace debajo de ellas, saber que no estará conmigo. ¿Nunca? Sólo el tiempo lo sabe.

Recorrí aquellos caminos por los que tantas veces había pasado, camino del hospital. Al girar la cabeza, vi a lo lejos unos bancos. Aquellos bancos en los que nos habíamos sentado hacía apenas unos días a mirar las palomas. Estaba vacío, no había ningún ser alado en sus alrededores. Me senté allí. El banco estaba frío. Me respaldé. Pensé durante mucho tiempo en lo que me había dicho Sharon, en lo del padre que roba, y lo del hijo… ¿Cómo dos valoraciones tan contrarias podían colisionar entonces en mi cabeza? Terry había matado a gente, y lo odiaba, pero por otro lado era inevitable no necesitarle, no querer estar con él, no llorar. Le di muchas vueltas, intentando buscar algo que lo defendiese, pero a la vez, que lo inculpase. Miraba de vez en cuando al hospital. Las luces de algunas habitaciones estaban encendidas. ¿Cuál era la suya? ¿Todavía brillaba?

Pasadas las horas, la brisa de la noche comenzaba a acunarme y acariciarme, como una madre que intenta hacer dormir a su hijo. Un sopor recorrió mis párpados de un modo escalofriantemente rápido, haciendo que quisiera cerrarlos. Las luces se proyectaban en el suelo. Lo único que se veía era aquella sombra, sola. Después, se volvió todo oscuro.

jueves, 28 de enero de 2010

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XXVI (2ª parte)-Los susurros de la muerte


No puedo describir con palabras lo que sentí. Era como una impotencia espantosa, culpa, incertidumbre, incredulidad. El auricular, que sostenía en la mano, resbaló y permaneció colgando, pendiendo de un hilo enrollado para no caer en el suelo. Me había quedado petrificada. No podía creer lo que acababa de oír.

-Emily, ¿te pasa algo?-preguntó Liza, extrañada.

Me di la vuelta bruscamente, liberándome de mi inmovilidad, y salí de la cocina, seguida por mi hermana.

-¡Em! ¿A dónde vas?

-Ven.-le ordené, cogiéndola por la muñeca, simplemente para que se callase y no alarmase al resto.

Cogí las llaves del coche y me metí dentro. En cuanto nos hubimos abrochado el cinturón, metí marcha atrás y aceleré todo lo posible para poder llegar lo antes posible a mi destino. Me salté un par de semáforos en rojo, mientras Liza gritaba una y otra vez:

-¿Qué coño te pasa? ¿Estás loca o qué?

Fingí que no la había escuchado. En mi mente, solamente había un pensamiento vigente, que intentaba, sin éxito, tranquilizarme. “Es mentira. Tiene que ser mentira. Debe ser un error”. ¿Realmente lo sería?

Aparqué en la puerta misma del hospital St. Bleeding Mary, en doble fila. No era un buen momento para ponerme a hacer maniobras para aparcar. Entre corriendo, sin haber cerrado con llave el coche. Me planté delante de la recepcionista, jadeando, nerviosa.

-¿La habitación de Terence Grives?-pregunté, susurrando. Ni yo misma me creía que estuviese diciendo esas palabras.

Esperaba escuchar una respuesta como “aquí no hay ningún Terence Grives”. No me importaba que me tomase por loca. Aunque, después de ojear el registro en el ordenador, su respuesta fue otra.

-La 272

Me estremecí. Subí las escaleras apresurada, escuchando los pasos de mi hermana siguiéndome. Al llegar arriba, ella consiguió agarrarme por una muñeca y detenerme.

-¡Emily, dime de una vez qué pasa!

Ella también estaba irritada. Me mordí los labios. Lo negué con la cabeza, se lo negué, me lo negué a mí misma. Dejó entonces que prosiguiese mi camino. De repente, me vi enfrente de aquella puerta. Me cercioré de que era el mismo número. 272, no había la menor duda. Desvié la vista hacia el picaporte, cuyo aspecto me pareció cercano al de una espada, que me heriría si lo hiciese girar. Posé la mano en él. Confié en abrir la puerta y descubrir que no era él, que simplemente se habían equivocado. ¿Cuántas serían las posibilidades de que eso ocurriese? Me puse nerviosa. Por un lado, no quería ver lo que había detrás de aquella puerta, pero por otro lo deseaba, para poder acabar con la incertidumbre de una vez. Liza avanzaba lentamente por el pasillo, mirándome. Esperaba que tomase alguna decisión, y que pudiese por fin saber lo que le escondía. Pensé que quizás sería mejor dar la vuelta e irme, pero ahora que había llegado hasta allí, no me marcharía sin saberlo.

Me armé de valor. Dejé que por un momento actuase mi frialdad. Giré el picaporte en un movimiento seco. Abrí la puerta. Se detuvo mi respiración. Silencio.

Dejé caer mis brazos a lo largo de mi cuerpo. Sentí como si mi corazón se hubiese desgarrado al ver lo que vi. Era él, ¡él! No se movía. No quise cerrar los ojos, no podía, necesitaba saber ciertamente que era Terry. No. No podía serlo. Llegó entonces Liza. Quizás ella podía observarlo objetivamente. Se le encharcaron los ojos de lágrimas. Se tapó la boca con ambas manos.

-Es… Es… ¡Oh, Dios!-balbuceó.

No me cupo ninguna duda. Era cierto. Terry, mi Terry, se moría, se estaba muriendo. Me dejé caer en el suelo de rodillas. Cuando golpearon el suelo, un gran estremecimiento recorrió mi cuerpo. Jadeé, no me llegaba el aire. Mis manos se aferraron a mi cabeza, buscando algo seguro. Sentí que me palpitaba el corazón con fuerza, me producía dolor, se me oprimía. Quise llorar, pero no podía ni arrancar las lágrimas. Estaba muerta; todavía respiraba, pero ya no había vida dentro de mí.

-Emily… Emily-decía Liza gimoteando. Lloraba y lloraba y gemía y gemía.- ¡Emily!

Quise volver a mirarle. Necesitaba cerciorarme de nuevo. Le salían cables de todos lados, como si fueran serpientes, devorándolo y matándolo con su veneno. Quise acercarme a él, acariciarle, tocarle, poder sentir que seguía vivo, pero mis piernas no me respondían. Solté un sollozo desde lo más hondo de mi pecho. Quizás ese era el último resto de vida que había en mí. Me había quedado completamente vacía por dentro. De repente, escuché pasos. Supuse que sería algún médico, con lo cuál me levanté apresurada y me giré hacia la puerta. Efectivamente, un médico nos miraba. Seguramente estaría esperando a que me calmase, para poder hablar con él. Me acerqué, y lo miré con los ojos húmedos.

-Qu… ¿Qué le ha…?... ¿Qué le ha pasado?-no era capaz de pronunciar una frase, era como si se me cerrase la garganta.

-Ha sufrido un disparo que le segó una arteria. Gracias a Dios hemos conseguido extraerle la bala, pero la hemorragia era demasiado fuerte. Siento comunicarle que se encuentra en coma.

Comencé a temblar. Bajé la vista. ¿En coma? Podría quedarle alguna esperanza.

-¿Quién le hizo esto, joder, quién?-grité, manchándome las manos de la sangre que brotaba salvajemente de mi nariz.

-No podemos saberlo, señorita.

Era obviamente absurdo preguntárselo. Aún así, pude escupirle, llena de rabia:

-Ustedes nunca saben nada.

Me fui de allí, pisando fuerte. No podía estar allí ni un solo segundo más.

-Emily…-dijo mi hermana. Lloraba. Me agarraba por un brazo. No quería que la dejase sola.

Pero esta vez necesitaba la soledad.

-Déjame, joder.-me temblaba la voz, las piernas. Estaba ¿llorando? Supongo que mis ojos todavía albergaban en ellos algo de esencia vital.

Aceleré el paso cuando me vi en el pasillo, bajo la atenta mirada del médico, de todos los sanitarios, de mi hermana. Me dirigí hacia la puerta de entrada. Ahora no sólo emanaban lágrimas de mi cuerpo, sino también sangre. Normal que estuviese sangrando; nunca había estado tan nerviosa, tan triste, como ahora. Impotencia era lo que sentía, porque, ¿qué iba a hacer? Esperar. Esperar a que sucediese un milagro. Preguntarme todo el rato “¿y si…?”. No. No va a pasar. Ese es el peor dolor que existe.

De repente, cuando llegué a fuera y pude, al fin, respirar aire puro, un hombre me cogió por un brazo. Me di la vuelta bruscamente, todavía llorando y sin limpiarme de la sangre. Pensé que quizás había pensado que me encontraba mal.

-Te he visto salir de la habitación de Grives.-dijo, con una voz cavernosa y profunda.

Su mirada fría y metálica se clavó en la mía, que translucía el terror y la curiosidad que me producía, no sólo su repentina presencia, sino el hecho de conocer a Terry.

-¿Quién eres?-pregunté.

-Debes ser Emily.-dijo, ajeno a mis palabras. Me puse nerviosa al saber que también sabía mi nombre.- Terry me ha hablado de ti.

-¿Que te ha…?

-Eras la niña de sus ojos. Qué pena que ahora esté así, ¿no? Pero bueno, son gajes del oficio.

¿Oficio? ¿Qué oficio? Me abstuve en preguntar, estaba demasiado asustada.

-Por cierto, no sé si Terry te lo ha comentado, pero me debe dinero. Por la cara que pones, supongo que no sabías nada, ¿me equivoco? Son 5.000 dólares. Vendré al hospital a recogértelos el lunes. Espero por vuestro bien que los tengáis.

No contesté. No me parecía una pregunta adecuada que hacer en un momento así, a una persona que ni siquiera conoces, por mucho dinero que te deba. Temí, por un momento, que ese dinero fuese con el que Terry pagó mi tratamiento. En ese momento, el desconocido me tocó la nariz con una de sus recias manos, y me miró, como si él fuese un ser superior, que ejerciese control sobre mí.

-Estás mucho más buena de lo que imaginaba. Y si te quitas la sangre de la cara, estás para comerte todo el coño.

Lo aparté de mí con fuerza. No quería seguir oyéndole hablar. No quería ni verle. Tan sólo era una persona cualquiera, que podría convertirse, por razones que escapaban a mi comprensión, en mi sombra a partir de entonces. Me fui. Necesitaba apartarme de aquel lugar. Quería olvidarme de todo. Comencé a vagar por la calle sin rumbo. Dios sabe a dónde iría a parar.


(Sigue en la tercera parte =3)

domingo, 24 de enero de 2010

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XXVI (1ª parte)-Los susurros de la muerte



Can’t tell the reasons[1]
I did it for you.
When lies come intro truth
I sacrifice for you.
(…)
You won’t forgive me
But I know you’ll be allright.

Frozen- Within Temptation


La desconfianza es uno de los peores sentimientos que pueden existir entre dos personas. Por mucho que la quieras, comienzas a no creerle. Sus palabras se tornan ambiguas y flotan vagamente por el aire; las observas, y ni te esmeras ya en saber si son verdad o mentira. Es aún peor que el desamor, peor que el odio, pues estos sentimientos afloran de ella, como si fuesen capullos palpitantes de una planta repleta de espinas afiladas, que se abren, y explotan, y hieren. Los secretos son sus hijos; su existencia crea recelo, tensión. Viven ocultos en los rincones más inhóspitos de la mente y, cuando los obligas a salir, se aferran a todos tus sesos como un niño caprichoso se aferra a un osito de peluche en una juguetería. Todo eso devora las entrañas, crea gruesos muros invisibles entre la gente, desgarra vidas. Y cuando la desconfianza aparece, no hay manera de librarse de ella.

Recuerdo un día en especial. Un jueves por la noche. Aquel jueves por la noche. Mientras hacía las tareas de la casa, miraba el reloj de reojo, en un impulso por saber, no qué hora era, sino cuándo vendría Terry. Desde hacía bastante tiempo, venía más tarde que de costumbre a casa. Sé que trabajaba en un taller de coches de una marca bastante famosa, y eso le robaba mucho tiempo, pero sabía que algo no iba bien. Apenas hablábamos, desconozco por qué. Quizás es porque por la boca muere el pez.

Llegó él a las 10 de la noche, bastante más tarde de lo habitual. En cuanto sentí que se cerraba la puerta de la entrada, un clarísimo sonido perfectamente audible en el silencio de la noche, un escalofrío recorrió mi columna. No quise ir a recibirle, me mantuve impasible ante el fregadero, con un par de cuchillos en la mano. Fue entonces Terry el que entró a la cocina a saludarme.

-Buenas noches, reina.-dijo, abrazándome por detrás.

-No haces más que llegar a la hora que te sale de la polla.-le reprendí, sin ni siquiera mirarle.- Y aún por encima vienes haciéndome mimitos.

-Los siento, Emily. Ya sabes cómo es esto. Entre el arreglo de coches, las llamadas de los jefazos, la contabilidad… No es porque no quiera estar con vosotras, ni mucho menos.

-Podrías esforzarte en venir un poco más pronto algún día. Apenas pasas tiempo con la niña.

Era cierto; Amy iba a dormir a las 9 y media, así que apenas podía ver a su padre. Si él había venido a vivir con nosotras era, justamente, para que pudiésemos educarla los dos, para que pudiese tenernos cerca de ambos.

-Descuida.

Me di la vuelta. Ya no me importaba dejar de mirarle. Sonreí. En el fondo, estaba deseando verle.

-¿Qué tal el trabajo?-me preguntó.

Los días de reclusión en casa se habían acabado; ya me habían dado el alta, aunque seguiría trabajando sólo por las mañanas. Habían pasado únicamente 3 días desde que pude reincorporarme, así que aún me estaba adaptando al nuevo ritmo de vida, después de varias semanas.

-Bien, un poco cansada.

Advertí entonces que tenía la cazadora puesta todavía. Me acerqué a él y comencé a desabrocharle los botones.

-Quítate eso, que te vas a asar.-le ordené.

-No, que tengo frío.-me contradijo, mientras su hombro se libraba de una sacudida, con el fin de apartarme.

-Por favor, Terry, que tengo la calefacción al máximo.

Conseguí desabotonársela. Entonces fue cuando la vi, aquella mancha de sangre en la camisa, cerca de su hombro izquierdo. No era demasiado grande, pero sí lo suficiente como para introducirse en mis ojos como si fuera una aguja y que mi cerebro la tradujese como la visión del mismo horror.

-Sangre… ¿Cómo coño te has hecho esto?-le pregunté.

Intenté palpársela, para cerciorarme de que lo era realmente. Él se apartó bruscamente. Su rostro se tornó serio.

-Tuve un accidente en el taller. No es nada, ya he ido a urgencias.

-¿Y qué te dijeron?

-Nada, me vendaron, me pusieron la vacuna del tétanos por si acaso y santas pascuas.

-¿Por qué no me llamaste? Podría haber ido contigo.

-Estaba sangrando a chorros. En lo primero que pensé fue en ir al hospital, no en andar llamando a la gente.

-No es a la gente, Terry, es a mí.

-Mira, olvídalo. Estoy agotado, me voy a ducharme.

Quiso esquivar el tema, pero mi preocupación no hizo caso a sus palabras tranquilizadoras y quiso saber más.

-Déjame verla.

Él se detuvo en seco y se dio la vuelta para mirarme.

-¿Para qué la quieres ver, Emily? Por favor…-le puse nervioso. Eso indicaba algo.

-Para saber cómo la tienes. Déjame verla.-repetí.

-No, ya me han puesto la cura.

-Te pongo otra. Esa la debes tener sucia ya; te ha traspasado la sangre a la camisa.

-La sangre la tenía de antes. Estoy bien, en serio.

-Mejor, pero déjamela ver.-insistí.

-Que no, coño.

-¿De qué tienes miedo? ¿De que te retuerza un dedo dentro? Hombre, por favor.

-¡Que te estoy diciendo que no!

En ese momento, me apartó con un brazo, haciendo que casi perdiese el poco equilibrio que tengo. Luchando por mantenerme de pie, me sentí realmente desvalorizada, como si volviese atrás, intentando aferrarme al presente. Hasta Terry se quedó inmóvil; él tampoco se veía capaz de haberme hecho algo así. Se dio la vuelta bruscamente y se dirigió a la sala de estar. Necesitaba un lugar donde poder esconderse de sí mismo, una puerta que golpear y poder liberar toda su rabia reprimida. Aquel sonido estentóreo y fuerte parecía estar indicándome que me fuese. En un impulso, me acerqué a la puerta. Necesitaba escucharle, lo que fuese de él. Ni un solo sonido, ni de arrepentimiento, ni de nada. Silencio. Subí las escaleras y me encerré en la habitación. No quería estar en el mismo piso que él.

Y todo eso por culpa de una herida. Eso era lo que más me chirriaba. La desconfianza tiene extraños compañeros de viaje. Pequeñas minucias, detalles insignificantes, desembocan con su ayuda en discusiones sin sentido. Una, tras otra, tras otra. Entonces es cuando surge el odio. Aunque, por mucho que me engañase, nunca sería capaz de odiar a Terry.

Lo que más me impresionó, sin embargo, era que pudiese agredirme físicamente, a pesar de no haberme hecho daño. Dicen que los hijos de personas maltratadoras somos mucho más propensos a imitar el modelo de nuestros padres, pues son la referencia más directa de la realidad que tenemos. Ambos encajábamos con el perfil de personas maltratadas, pero no por eso le hemos arreado una paliza a nuestra hija, ninguno de los dos. Supongo que en un momento de ira ciega, no sabes muy bien lo que haces.

De repente, al cabo de un rato, sentí que se abría la puerta muy despacio. No quise mirar hacia atrás, sabía de sobra quién era.

-Emily…

No obtuvo respuesta. Permanecí sentada en la cama, dándole la espalda.

-Lo siento, yo… Llevo unos días un poco estresado, y me enciendo por nada.

-Que estés estresado no te da derecho a arrearme.-dije, fríamente.

-Perdón…

-Tuve que aguantarle muchas cosas a Robert, y a mi padre.-proseguí, como si no le hubiese escuchado.- Siempre he pensado que tú eras distinto a ellos, y quiero seguir pensándolo, así que no te quiero pasar ni una, aunque solamente sea un empujón.

-¿Qué coño quieres que haga, Emily?

En su voz se notaba que no sabía qué hacer. No había manera de volver atrás. Necesitaba mi perdón. Respiró hondo. Lo miré de reojo.

-Mira, sé que esto puede sonar cursi y todo lo que quieras. Es más, te doy permiso de que me cruces la cara en cuanto acabe de hablar. Pero… Eres todo lo que tengo. Desde que éramos críos intentaste apartarme de mi camino, que me llevaba a la autodestrucción, e intentaste que fuese un niño bueno como tú. Me ayudaste… hasta a perpetuar mis propios genes, aunque sean una mierda y quizás sería mejor que acabase en mi la estirpe, pero lo hiciste. Y me beneficiaste con ello. Bueno, nos beneficiaste. Aunque esto pueda sonar… no sé… de libro de amor barato, lo pienso todas las noches, y todos los días, y me doy cuenta de que no voy a permitirme el lujo de perderte, no sin antes luchar. Y menos por una discusión así, por supuesto. Ni yo soy quién, ni tú lo mereces.

Me di la vuelta. Una enorme sinceridad era irradiada en cada una de sus palabras. Un grandísimo estremecimiento atravesó mi columna.

-Puedes arrearme si quieres.-dijo.- Ojo por ojo, ¿no? Venga, sin miedo.

-¿Cómo voy a arrearte, tonto?-le respondí, dulcemente.

-Así te quedarás más tranquila y quedará la deuda saldada.

Me animé entonces. Me di cuenta de que alguien como Robert o mi padre no me pediría algo así ni en sueños. Con la mano en tensión, le arreé en la mejilla. Descargué todos mis nervios en aquella bofetada. Intenté no pensar que era él a quién se la daba, pues si no me habría detenido en seco.

-En comparación-dijo Terry, frotándose la mejilla.- yo te he dado una caricia.

Solté un par de carcajadas.

-Dijiste que sin miedo, ¿no?

-Aunque fuese un poco más suave, no pasaba nada.

Ambos nos reímos. La verdad es que parecía que todo volvía a ser como antes. Me acerqué un poco más a él, y le pregunté, evitando mirarle a los ojos:

-¿Es verdad todo lo que me dijiste antes?

-Claro, ¿por?

-Me parece increíble que pienses eso de mí. Fue muy tierno.

Él no quiso decir nada, ni yo añadí nada más. Él ya sabía lo que me había parecido su discurso. La verdad es que yo pensaba lo mismo de él. Era una persona sin la que no podría vivir.

Varios días después, fue cuando el destino me empujó hacia las cuerdas. Había perdido muchas cosas a lo largo de mi vida, y lo había llevado con valor y entereza. Pero es desesperante que te arrebaten algo tan importante. Llegas a desear que te lleven a ti también. Por la tarde, Terry y yo habíamos hablado antes de que se fuese a trabajar después de comer.

-Recuerda-dije.- que por la noche vienen mis hermanos y la tita a cenar.

Era viernes. Los había invitado. Tenía ganas de que viniesen a comer a mi casa, pues me encantaba ser una anfitriona.

-Ya me lo has repetido 20 veces, Emily. Soy cortito, pero tanto, tanto…

-Es para que te acuerdes de que hoy tienes que venir pronto. Prométemelo.

-Te lo prometo. A las 9 estoy aquí como un clavo.

-Eso espero.

Le besé en la mejilla, él hizo lo mismo conmigo. Quise que ese beso permaneciese gravado en mi subconsciente, y aún parece que siento su tacto en mi piel. Simplemente un beso. Lo traje tantas veces a la memoria, que lo recuerdo con total exactitud. Desprendían sus labios una cálida y dulce influencia, que logró que algo de calor se introdujese en mi rostro eternamente frío. Un beso… su beso… nuestro beso…

Pronto llegaron la tita y mis hermanos, justo mientras preparaba el pavo que tenía en el horno.

-Parece que estamos en acción de gracias.-decía la tita Margarite.

Me mantuve bastante tiempo en la cocina, acompañada de Liza, mientras se hacía la comida y el resto de los comensales se entretenían haciéndole mimos a Amy. A cada rato miraba el reloj. Las 9 menos cuarto, menos diez, menos cinco, en punto, y cinco, y diez, y cuarto… Comenzaba a desesperarme.

-¿Qué te pasa, Em?-preguntó Liza.-Te veo tensa.

-¿Cómo no voy a estarlo? El cabrón de Terry todavía no ha venido, y eso que le dije a las 9, ¡a las 9! Pero nada, como quien habla con las paredes.

Me mordí las uñas, me anduve con el pelo, me temblaban las manos, se me crispaban los nervios, apretaba los dientes. Y media. El pavo ya estaba hecho, pero no había rastro de Terry.

-Pues comemos sin él.-propuso Lorelay, que estaba al tanto de todo, a pesar de encontrarse en otra sala.

-No, no comemos sin él, me niego. Tiene que estar al caer.

Ahora depositaba mi confianza en él. Albergaba la esperanza de que viniera. Quizás porque la ira inicial se había transformado en miedo. De repente, sonó el teléfono que había instalado en la cocina. Lo cogí, nerviosa, pensando que era él. Nada más lejos de la realidad.

-¿Sí?

-Perdone, ¿esta es la casa del señor Terence Grives?-una voz masculina, seria, adusta, me hablaba al otro lado.

-Sí, lo es. ¿Quién llama?


(sigue en la 2ª parte)


[1] No puedo contarte las razones/ Por las que lo hice por ti/ Cuando las mentiras se convierten en verdades/ Me sacrifico por ti (…)/ No me perdonarás/ Pero sé que estarás bien.