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domingo, 19 de diciembre de 2010

El Lugar Donde No Vuelan Las Palomas: Capítulo XXXVII-He perdido mi corazón


C’mon and show them you

r love. [1]

Rip out the wings of a butterfly.

Rip out the wings of a butterfly-HIM

-Tobías, cielo, ponnos unas birras, ¿quieres?-dijo Sharon poco después de entrar en el bar, sonriéndole dulce.

Él todavía conservaba las ojeras y la palidez que había adquirido la semana anterior, al emborracharse de tristeza y de nostalgia, al entregarse a los brazos de aquella horrible droga, mas esbozaba una sonrisa sincera, a la par que tremendamente tierna cuando notó la mirada de Sharon acariciarle. Me senté en un taburete, absorta en mis pensamientos, mientras encendía un cigarrillo.

-Emily, deberías dejarlo.-me lo arrebató, reprendiéndome preocupada.-No querrás volver a enfermar…

-Vosotros tampoco me ayudáis demasiado.-contraataqué, sonriendo.-En cuanto llegas aquí, te falta tiempo para encender un porro.-posteriormente, señalé a Tobías, el cuál rebuscaba en la nevera por nuestras bebidas, ajeno a la conversación.-Y el señorito parece una chimenea.

-Pues dejo yo también de fumar.-golpeó con el puño la barra, decidida.

Negué, sonriendo, colocando mi mano sobre su puño.

-Era una broma. Sé que lo necesitas.

Le besé la mejilla suavemente. Mis labios resecos la presionaron, intentando sentir el calor que desprendía. Sharon cogió mi mano con mucha delicadeza y la arrimó a la marquita azul de su pecho. Me separé, sin apartar la mano de aquel lugar, y la miré, sonriendo. Ella me guardaba en aquel lugar enfermo. Yo la guardaba también muy, muy cerca de mi cicatriz. De repente, desvié la mirada a su escote, donde yacía un corazón de metal ennegrecido, con una pequeña cerradura en el centro. No pude evitar rozarlo con dos de mis dedos, sintiendo el artificial frío que desprendía.

-¿Y esto?-le pregunté, sin dejar de mirarlo.

-Oh,-ella también desvió la mirada hacia el colgante.-lo compré esta tarde. Lo vi en una tienda del centro.

Colocó sus pulgares agarrando la cadena, separándola de su pecho. Pude ver que al lado del corazón había una llave del mismo metal, con piedrecillas negras brillantes incrustadas, considerablemente más grande. Fruncí el ceño.

-Esta llave es enorme, Sharon. No cabe en esta cerradura.

-Por eso lo he comprado.-sonrió.-Mira, por mucho que la llave lo intente-comenzó a moverla, forcejeando por meterla.-nunca llegará a encajar con la cerradura. Probará. Seguirá probando. Y lo único que hará es deformarla, hasta acabarla destrozando completamente, de modo que ninguna llave pueda abrir el corazón jamás.

En ese momento, llegó Tobías con las cervezas. Una para ella, otra para mí, y otra para él. No tenía a mucha gente en el bar, a pesar de ser ya medianoche, con lo que se escabulló un poco del trabajo. Acerqué el vaso a mi boca. Aquel licor bajaba por mi garganta frío como una ráfaga de hielo, provocándome un leve e imperceptible escalofrío. Tobías agarró la botella y bebió de ella, sosteniéndola con dos dedos por el cuello. Sharon solamente mojó los labios en la espuma, dejando en ella un rastro rojizo, su marca. Comenzamos a hablar de cosas sin importancia.

Apenas recuerdo qué eran. El tiempo, quizás, las ganas de fiesta, los motes en japonés. Un hombre se acercó a Sharon por detrás mientras hablábamos, y comenzó a manosearla. Frunció el ceño tras tanta risa, quizás agotada de que la tratasen así.

-Ahora no estoy de servicio.-explicó, con crudeza.

-Vamos, nena, lo necesito. Haz una excepción, joder.-murmuraba entrecortadamente, escondiendo la cabeza en su cuello, mientras le subía la falda frenéticamente.-Que ya mismo me corro.

Sharon se revolvió en sus brazos, apartándose de él de manera brusca. Clavó sus dos ojos marrones en él, los cuáles desprendían una frialdad nunca manifestada ante sus clientes.

-¡Te digo que ahora no estoy de servicio, coño!-repitió, algo más fuerte.-Te esperas un poco, que ahora voy.

-¡Bah!-musitó, alejándose cabreado.-No vales tanto la pena.

Noté en sus ojos que le había molestado el comentario. Imaginé por qué; casi toda su vida había sido tratada como un objeto a vender, como una moneda de cambio. Cada vez soportaba menos que la gente se comportase así con ella. Desde que andábamos juntas, comenzaba a ver un mundo lejos de todo aquello. Sabía que podía aspirar a más, que podía ser la princesa que siempre deseó, quizás casarse, tener hijos, formar una familia. Tener un empleo decente, aunque no le pagasen tan bien. Aún así, supo disimularlo, ocultándose tras el vaso de cerveza. Tobías le cogió de la mano, provocando que ambos se sonrojasen notablemente.

-Vales la pena y lo sabes.-susurró, convencido.-Vales muchísimo la pena.

-Gracias, cielo.-correspondió entre susurros, apretando un poco su mano.

En ese momento, sin más previo aviso, alguien entró en el bar, provocando un estentóreo ruido al abrir la puerta. Todos nosotros giramos la cabeza, intentando adivinar de quién se trataba. Noté que Sharon quería soltar la mano de Tobías, pero al mismo tiempo, se aferraba a ella con mucha fuerza, notablemente asustada. Aquella persona, ataviada con una camisa mal abrochada y un pantalón vaquero desgastado, la agarró por la muñeca, separándola bruscamente de la barra, con una de sus manos recias y toscas, adornadas con varios anillos.

-No.-gimió ella, forcejeando.

-Vamos.-respondió, tajante.

-David, no por favor.-sollozó.-Por favor.

-Vamos.-gruñó, empujándola lejos de nosotros.

Tobías y yo saltamos de repente, mirando al nuevo acosador con furia.

-¡Déjala, malnacido!-grité.

-Deja a la chavala en paz.-dijo a la vez Tobías, haciendo que su voz grave y rabiosa retumbase en todo el bar.

-No os metáis en esto, por favor.-suplicó Sharon, dejándose llevar por su novio.

Me quedé quieta, comprendiéndola perfectamente. Desde luego, si David era como Robert, se sentiría mal si intentan defenderla, y lo pagaría con ella. Esa es la definición que tienen esos asquerosos de “virilidad”. Tobías, que apretaba sus puños con fuerza, se inclinó hacia delante, provocándole. Le agarré un brazo a tiempo, clavando mis uñas en él a modo de reprimenda. Supo interpretarlo, y retrocedió, dejando que David y Sharon saliesen por la puerta juntos, casi como si fuesen amo y esclava.

-¿Por qué no me dejaste ir a por él?-preguntó Tobías, indignado.

-Básicamente, porque os mataría a los dos. ¿No te das cuenta, Tobías? Ese tío está lo suficientemente loco como para sacar una navaja y clavársela en el cuello.

Por un momento, la imagen del cuello de Sharon emanando ríos y ríos de sangre entre los brazos de David me hizo estremecerme. Apuesto que la mente de Tobías había imaginado lo mismo, pues se tornó completamente pálido.

-Pero… ¿Por qué, joder?-clavó la mirada en la barra, frunciendo el ceño.

-Para nosotros dos, Sharon es una mujer, una persona, con vida, con conciencia, con sentimientos. Para él, para todas esa gente que se acerca a ella para follarla, es como…no sé… como un animal. Como una vaca que solo se quiere para que de leche. Y si la matan, harán un festín con su carne y punto. A por otras tantas que sean más jóvenes y sumisas. Eso es lo que hacen.-ladeé la cabeza, para poder mirarle a los ojos.

Aquella desgarradora realidad había hecho mella en él. Dejó escapar una infinidad de profundos suspiros, apoyando los puños en la barra. No le cabía en la cabeza, no era capaz de asimilar que pudiesen tratar de aquella forma a alguien que le importaba tantísimo. Coloqué una mano sobre la suya, intentando calmarle. Pude entrever cerca de su corazón, latiendo al unísono, aquella pequeña llave. Carcomida, antigua, maltratada, roída, mas bella a la vez, levemente brillante. En el pecho de Sharon, una cerradura se deformaba poco a poco, casi imperceptiblemente para todos excepto para ella. Me pregunté si alguna vez probarían a ver si aquella frágil llave encajaba en la cerradura, y pudiese abrir aquel corazón, ver lo que hay dentro, sanarlo. Mientras, se limitarían a mirar cogidos de la mano a través de los kilómetros y las barreras que los separan cada noche, cómo la sangre lo corroe y lo hiere.

Me mantuve largo rato en el bar, hablando con Tobías, mas sumida a la vez en mis pensamientos. Miré el reloj nerviosa varias veces, viendo cómo morían los minutos en mi pulso. Hasta llegar a la hora. Una hora hacía entonces que Sharon se había ido. Comencé a inquietarme. El hostal en el que solían alojarse ella y David cuando le venía el calentón estaba casi al cruzar la calle, y, por lo que me había dicho, el sexo con él no duraba apenas media hora; solía acudir a ella con un bulto prominente en los pantalones, deseoso por reventar y salir, por lo que muchas veces ni tenían que calentar. Opté por levantarme apresurada, ante la mirada atónita de Tobías.

-¿A dónde vas?

-A buscarla. Está tardando demasiado.

-Emily, si te encuentras con él, puede hacerte daño.-recordó mis palabras.-Déjame ir contigo.

-Tú tienes que quedarte trabajando. Pero te mantendré informado, tranquilo.

Me aferré a mi bolso y salí corriendo, no sin antes dejar en la barra el dinero de las cervezas y un par de dólares de propina. Observé a lo lejos, en mi frenética carrera, que Klaus se encontraba rebuscando en la basura como siempre, canturreando una vieja canción. Intenté no distraerme con él y fui directa a aquel hostal. Me detuve en la puerta. Era tremendamente antiguo, con las paredes del color del cemento, y un cartel de neón azul que rezaba el nombre allá en lo alto, intentando ensombrecer con su grotesco fulgor a las propias estrellas. Entré, sintiendo cómo el sudor resbalaba por mi nuca, y apoyé una mano en la recepción, rogando por atención. Una mujer gorda, con una peluca rubia cardada y medias de red me miraba con sorna.

-Perdone. Ha… ¿Ha visto a una mujer alta, de cabello rizo, largo, con un corsé negro con el dibujo de una columna vertebral en el centro?

Ella hizo el gesto de hacer memoria, pero apuesto a que supo desde el principio a quién me refería.

-Puede.-respondió.

Golpeé con ambos puños en la mesa, mirándola fijamente, casi inquisitiva.

-Escúchame, esa mujer puede estar el peligro ahora mismo. Vino con su novio hace una hora, tengo miedo de que le pasara algo. Tiene que decirme dónde coño se aloja.

Bajó la mirada. Vi en aquellos ojos que quizás había vivido algo parecido, una empatía que le hizo darme una llave, sin mirarme. Tenía una etiqueta que rezaba “14”.

-Es la copia de la llave de la habitación de la chavala. La quiero de vuelta, ¿estamos?

-Sí. Gracias, gracias, gracias.

Me apresuré a darme la vuelta y subir las escaleras a trote, subida en mis enanos y anchos tacones. Millones de ideas agolparon mi cabeza, al compás de mi corazón acelerado. Me seguía repitiendo a mí misma que no era normal que Sharon tardase tanto tiempo en salir de aquel asqueroso motel, y al mismo tiempo intentaba tranquilizarme a mí misma, pensar que tenía que haber alguna otra explicación, que quizás se había marchado a casa, o se había ido con algún cliente. “No, no, no, no” replicaba al rato mentalmente “Si lo hubiese hecho, me habría llamado”. Llegué al piso en el que ella estaba alojada, el primero. Recorrí todo el pasillo, buscando el número 14 encima de alguna puerta, escrito, al igual que los otros, en rotulador negro permanente. En cuanto lo encontré, me detuve en seco. Me cercioré. 14. Era aquella la habitación, aquella la entrada. Introduje la llave en la cerradura, insegura, y a la vez con necesidad de ver a Sharon de una vez por todas. Pensé también en David, pensé que quizás me reprendería por estar allí, quizás lo pagaría con ella. Negué con la cabeza, intentando auto-convencerme de que tenía que entrar en aquel lugar. Hice girar la llave. La puerta se entreabrió sola. Di un paso al frente, introduciéndome en la habitación. Nadie.

Me mantuve en silencio, intentando encontrar algún rastro de vida. Miré a los lados, frunciendo el ceño. Fue entonces cuando, al agudizar el oído, escuché un feble ronroneo. Me di cuenta enseguida de que era nada más y nada menos que una respiración. Se me erizó la piel. Me centré en intentar averiguar cuál era la fuente. Di otro paso más. Desde aquel ángulo, pude verlo perfectamente. Una melena negra, desperdigada por el suelo, al otro lado de la cama. Me temí lo peor. No, no podía ser. Avancé hacia aquel lugar, asomándome para ver aquella porción de suelo. Ella estaba tirada en él, ladeada, de espaldas a la puerta. No se movía.

-¡Sharon!-chillé, cayendo de rodillas a su lado.-Sharon, contéstame.

La moví de un lado a otro, intentando amordazar el llanto. Su única respuesta fueron los débiles y casi imperceptibles movimientos que ejecutaban sus hombros al respirar. La cogí en brazos y apoyé su cabeza en mis piernas, boca arriba. Pude colocarla, esquivando todo mi nerviosismo, de manera que facilitase su respiración. Fue entonces cuando entreabrió los ojos con dificultad. Los clavó en mí y yo en ella.

-Emily…-articuló, sin apenas voz.

Una de sus blanquísimas manos se instauró con dificultad en su pecho y lo oprimió, agarrándose a su corsé, embargada por un insoportable dolor. La comisura de sus carnosos labios presentaba una raja sanguinolenta, que dejaba escapar todo aquel líquido, que se deslizaba grácilmente por su barbilla, generando pequeñas gotitas que caían rítmicamente sobre su escote. Sus brazos se encontraban llenos de moratones y golpes, así como las piernas, las cuales dejaba yacer inertes a ras del suelo. Aparté su cabello negro de delante de los ojos. En ellos vi el más desgarrador ademán de sufrimiento.

-Sh…Sharon… ¿Qué te ha….qué te ha hecho ese hijo de puta?-pregunté, completamente nerviosa, entre lágrimas de incredulidad.

Ella no pronunció palabra.

-¡Sharon, por amor de Dios, por lo que más quieras, dime algo!-chillé, histérica.

No pudo contestarme. Tan solo dejó escapar de sus labios un gemido débil, como si intentase llorar de dolor. Se centró posteriormente en seguir respirando. Me quedé completamente en blanco durante un momento, mirando a los lados con angustia, mirándola luego a ella, sintiendo cómo su vida, los trozos de las resquebrajadas alas de aquella mariposa, se escapaban entre mis dedos, rompiendo en pedazos cada vez más pequeños, como si fuese una hoja marchita y seca. Fue entonces cuando la tomé en brazos e intenté levantarme, al tiempo que pronunciaba, trémula, mi inminente necesidad:

-Tenemos que ir al hospital.

-N…No.-gruñó Sharon, posando sus delicados y finos tacones en el suelo, provocando un leve tintineo.

-Sharon, joder, ¿estás loca o qué?-ella se limitó a agarrarse a la cama, buscando un lugar seguro donde afianzar su, ahora deteriorado, equilibrio.

-No quiero que David me pille.-sollozó, dejando escapar de sus ojos, ya empapados, una sola lágrima, aunque cerrase con fuerza los párpados para intentar librarse de alguna más.

-No te va a pillar.-intenté convencerla.-Pero tienes que ir, por favor, no puedo dejar que te pase nada. No quiero perderte, coño, eres mi mejor amiga.

Volvió a cerrar los ojos, apretando con mucha fuerza los labios. Aquel dolor se extendía, se embravecía, pugnaba contra su mórbido y cansado ser, golpeaba, la asolaba como si fuesen rachas de olas, recorriendo su cuerpo de arriba abajo, arrasando con todo placer que se encontraba a su paso. Consiguió enderezarse, todavía ligeramente encorvada hacia delante, y me miró de soslayo.

-Podemos salir por la puerta de atrás.-susurró.

Asentí, convencida de que aquella era la mejor solución. Sharon hizo un esfuerzo para sacar adelante su pie izquierdo y comenzar a andar, aferrándose a mi brazo, clavando las uñas en él. En cuanto salimos de la habitación, ambas aceleramos el paso, por la posibilidad de que David volviese a la habitación, mas todavía preservando la lentitud, con el propósito de que no se hiciera todavía más daño. Ella me guió, sin equivocarse en el rumbo, hacia una puerta blanca, en cuyo tope se hallaba un cartel que rezaba “Exit” en letras verdes sobre un fondo blanco, que se volvía fosforito en ausencia de luz. Era la salida de incendios. La abrí, empujando con fuerza hacia mí, dejando que Sharon se apoyase en una pared. En cuanto la puerta estuvo abierta de par en par la miré, esperando que tomase una decisión. Quizás durante unos segundos persistió en su mente la duda entre arriesgarse o perderlo todo. Optó por lo que una mujer fuerte como ella habría escogido. Extendió el brazo para aferrarse al manillar, encorvando su cuerpo magullado y caminó lo más rápido que le fue posible hacia fuera. Llegamos a una calle oscura y diminuta, feblemente iluminada por unas farolas con cristales descuartizados, que dejaban las bombillas al descubierto, al igual que la carne de Sharon, expuesta al frío de la noche, que la corroía, desgarraba sus heridas como si tirase de cada uno de sus extremos. Cruzó los brazos bajo su pecho, en las costillas, mientras cogía aire para soltar un escupitajo manchado de sangre en la acera. Volví a acercarme a ella y dejar que me agarrase el brazo en cuanto me hube orientado. Teníamos que ir hacia la izquierda. Y luego, subir por una calle cuesta arriba.

Por el camino, Sharon se fue librando poco a poco de los zapatos de tacón mientras caminaba, dejándolos a ambos esparcidos en la cuneta. Pudiendo posar los pies en el suelo, encontró la libertad que necesitaba para seguir andando. La miré, en cuanto me percaté que iba descalza, a pesar del gélido rocío que flotaba en el aire nocturno. Ella esbozó una sonrisa dulce y cansada, antes de mirar hacia abajo y orientar la boca al suelo para poder dejar caer otro chorro de sangre. Nos encaminamos por aquella calle empinada, en donde se vislumbraba el hospital a lo alto. Ni un solo coche transitaba por la carretera, por lo que no podría llevarnos. Sharon cayó un par de veces al suelo, agotada, deshaciéndose en sollozos que no contenían lágrimas para llorar.

-Emily, no puedo más. No puedo más.-decía.

La ayudaba a levantarse, convenciéndola de que era lo mejor. La dejaba apoyarse en una pared y recuperar el aliento, antes de seguir caminando. No se quejaba, aunque notaba en su rostro un intenso ademán de dolor. Solamente en alguna ocasión murmuraba un leve “¿Crees que queda mucho?”, aunque sin meterme prisa. A sus ojos, la cuesta se hacía cada vez más encumbrada, y el objetivo, aquel edificio que emanaba una fulgurante luz blanquecina, se vislumbraba borroso y distante. Sus labios carnosos seguían brotando aquel líquido bermejo, que soltaba destellos transparentes si se miraba a trasluz de la luna. El frío se había apoderado ya de su piel. Sus heridas latían con fuerza por dentro. Se abrían, como capullos en flor. Soltó un gemido débil, casi imperceptible. Se fue deteniendo.

Sus dedos comenzaron a aflojar la presión sobre mi brazo, y resbalaron poco a poco por él. Un paso más. Inspira. Levanta el pie del suelo. Expira. La sangre se entremezcla con la saliva y resbala por su barbilla. Inspira. Le pesan los párpados. El dolor se acentúa. Luego va menguando. Lentamente. Expira. Apoya la cabeza en mi hombro y se deja caer en el suelo, provocando un ruido seco.

Me di la vuelta asustada. Me arrodillé a su lado, chillando su nombre. Tenía los ojos cerrados, todavía los recuerdo, se veían sus párpados pintados de sombra de ojos negra. El color de sus labios era todavía de un rojo más intenso, mas comenzaba a cuajar la sangre que los teñía, y la saliva se iba evaporando. Sus manos no se movían, permanecían inertes en el suelo. Acerqué mi rostro al suyo. Mi aliento salía despedido contra su boca, con ritmo frenético, agitado, ansioso. En cambio, no encontré respuesta por su parte. Sin siquiera haberlo pensado, coloqué dos de mis dedos sobre su cuello de cisne, estirado hacia atrás, sucumbiendo a la ley de la gravedad. No sentí nada. No sentí su corazón. Tenía que sentirlo. La llamé gritando con mucha más fuerza, sin llegar a creérmelo. Alcé la cabeza. El hospital no estaba lejos, todavía había esperanza. Tomé su frágil cuerpo en mis brazos, dejando que las extremidades y el cabello quedasen a merced del aire, cayendo lánguidos, escapándose de mi cuerpo. ¿Aquella sería la última vez que la mariposa hubo agitado sus alas? No. No podía serlo. Comencé a correr todo lo rápido que me dejaron las piernas. Desgarradores sollozos se escapaban, camuflados en mi respiración agitada. “Vamos, Sharon, aguanta, joder, aguanta. Ya estamos llegando, aguanta” gritaba, me repetía a mí misma, le repetía a ella. Ni un solo movimiento por su parte. Era cierto entonces. Había muerto. No dejé de correr, llorando desconsolada. No quería hacerme a la idea de que la había perdido. Hacía apenas unos minutos estaba en el bar con Tobías y conmigo. Nos habíamos bebido una cerveza, la había visto sonreír, me enseñó el collar, apartándose el cabello coqueta, y me dijo que era su corazón, el corazón que nadie era capaz de abrir. No, no, me seguía diciendo, tenía que volver a hacerlo latir.

La puerta del hospital se abrió automáticamente ante mis ojos, alumbrándome con aquella cegadora luz blanca. Me quedé en silencio, respirando agitadamente, enfrente de recepción. No tenía fuerzas ni para seguir avanzando. Sostuve a Sharon contundentemente, para no dejarla caer, para no hacerle daño, como quien sostiene el esqueleto de una mariposa, que aunque sabe que no hay nada dentro, que no hay vida en él, la trata con una especial delicadeza. Médicos, enfermeros, limpiadores, clavaban sus ojos atónitos en mí, y luego en Sharon, observando cómo sus heridas iban dejando de gotear. Pude arrancar un solo sonido de mi garganta, con voz ronca, pesada, como un gemido de dolor:

-Está muerta.

Esas dos palabras hicieron que todo el personal corriese hacia nosotras, y me la arrebatasen de los brazos de repente, la arrancasen, sin darme tiempo ni a despedirme. Caí de rodillas en el suelo, clavando la vista en las marmóreas baldosas, levemente salpicadas por la sangre de Sharon, al igual que mi ropa, la cual la notaba rozar húmeda mi piel. Continué llorando, aunque más resignada, sin aquel nerviosismo inicial. Imborrable de mi memoria aquella sensación de que todo había terminado. Aquella mujer que se había acercado a mí la primera vez que había ido a radioterapia, que me había sonreído de aquel modo, que me había invitado a tomar un café, a la que había ayudado y la que me había ayudado a mí…Mi Sharon; mía, mía, mía, mía, era la que estaba acostada en aquella camilla, dejando caer sus brazos a ambos lados, completamente inmóviles, mientras intentaban reanimarla, presionando su pecho con ambas manos. Estuve a punto de decirles que parasen, pero no encontré las fuerzas suficientes. Un enfermero me tendió la mano, ayudándome a levantarme, a la que no tuve más remedio que aferrarme, para luego dejarme caer sobre él, con la cabeza ladeada, sin perder de vista a Sharon. Los médicos, que se estaban volcando en ella completamente, abrieron de forma brusca su corsé, haciendo saltar algunos de los broches que conformaban la cerradura. Colocaron entonces varias ventosas por su pecho, así como tres o quizás cuatro, mientras uno de ellos sostenía entre sus manos con contundencia dos placas metálicas, conectadas a una máquina plateada, poseedora de una pantalla negra que era apuñalada por una línea horizontal de color verdoso, que producía un sonido monótono, chirriante, tremendamente desagradable. La máquina emanó entonces un estentóreo chillido, antes de que el médico dejase las placas sobre el pecho de Sharon. Me enderecé de forma brusca en cuanto noté que la electricidad que le había pasado aquel metal la hizo convulsionarse. Luego, volvió a permanecer inerte. Entrelacé mis manos, acercándolas a mis labios, comenzando a bisbisear una oración, entre lágrimas, dejando que se introdujesen sobre mi lengua sin importarme, notando su continuo sabor mientras seguía escuchando los gritos de aquellos médicos, que repetían una y otra vez la operación.

-Padre Nuestro que estás en el Cielo, santificado sea tu Nombre…

-¡Apartaos!

-Venga a nosotros tu Reino…tu…vamos Emily…danos hoy nuestro pan…

-¡200! ¡Cargad!

-De cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden…

-¡290!

-No nos dejes caer en la tentación…Y líbranos del Mal…-separé las manos, temblando de la excitación.-Vamos, Sharon, tú puedes, joder.-murmuré, como si estuviese hablando con ella, alentándola.

-¡300! ¡Apartaos!

-Venga, hazlo por Tobías, hazlo por mí, Sharon, no puedes dejarnos solos, joder, venga.

-¡Cargad otra vez! ¡Tenemos que conseguir un latido!

-No me dejes, Sharon, te prometí que íbamos a luchar juntas. No dejaré que vuelva a hacerte daño, lo juro, pero tienes que seguir viviendo. Vamos, Sharon, respira.

Recuerdo con claridad aquel momento. Atravesaron mis oídos unos continuos pitidos, algo lentos, mas continuos, no se detenían. Alcé la cabeza de golpe. Los producía ella, salían de dentro de ella, estaba viva. Me tapé la boca con las manos, llorando de felicidad, liberando toda la tensión que había guardado dentro. Sólo por el hecho de saber que aquel sonido era el de su corazón, lo sentía como si fuesen dulces caricias que me brindaba en el interior de mis oídos. Una manada de médicos y enfermeros se la llevaron de allí de repente, sin que pudiese haberla llenado de besos. Siempre he pensado y siempre voy a pensar que mis súplicas habían tenido algo que ver. El enfermero que había estado a mi lado me guió hacia la sala de espera, indicándome que me sentara en una silla. Lo hice, algo más calmada, aunque sin dejar de llorar, como si se hubiese abierto una fuente. Aunque noté que aquellas lágrimas ya no eran de amargura, de nerviosismo, de tristeza e impotencia. Eran de alivio, de felicidad, de alegría, aunque todavía siguiese tensa. Estuve un buen rato en la sala de espera. Cogí un par de revistas, aunque apenas les presté atención. Media hora.

Un enfermero, de unos 40 años largos, entró en la sala de espera entonces, de manera automática, como un robot, con expresión neutra en su rostro. En cuanto noté que se acercó a mí, me apresuré el levantarme, aunque apoyó una mano en mi hombro, haciendo presión hacia abajo para que volviese a tomar asiento.

-Es usted la acompañante de la mujer que reanimamos en la entrada, ¿cierto?-me cuestionó, con un tono de voz seco y cortante.

-Sí, soy yo.-respondí de manera serena, a pesar de que mis manos continuasen temblando, y estos escalofríos se acrecentasen en el momento en el que me había dirigido la palabra.

-¿Podría decirme su nombre?

-¿El de ella?-asintió, cerrando los ojos, moviendo de arriba abajo su afilada y ancha mandíbula, a la par que sus mejillas fláccidas.-Se llama Sharon. Sharon…-intenté recordar su apellido. Fruncí el ceño.-No sé, tiene un apellido extraño.-lo único que logré rescatar de mi memoria fue a canción que me había cantado aquella vez, dedicada a su hijo, la nana de Holanda.-Es holandés. El apellido es holandés.

Apuntó en nombre en un informe, repitiendo la sílaba “ahá” varias veces.

-¿Tiene seguro médico?

-No.-me apresuré en contestar. La última vez que la había acompañado al hospital, cuando había tenido aquel dolor, lo había mencionado. Además, dudo que alguna puta tenga seguro.-Pero yo me haré cargo de los gastos, descuide.

Asintió, escribiéndolo mientras tanto. Se giró para irse, cuando me apresuré en volver a llamarle.

-¿Cómo está ella?

-Todavía sigue en quirófano. Cuente con media hora más de operación, como mínimo.-agitó una mano levemente, dándome a entender que era un mínimo muy relativo.

Le dejé irse. Todavía no me explico cómo fui capaz de permanecer allí, sentada en el asiento de gomaespuma cubierta por una tela verde, clavando la mirada en la pared amarilla, tan amarilla como la bilis, pensando. Sentía dentro de mí un equilibrio entre la tranquilidad y el nerviosismo, que me hacían mantenerme prácticamente inmóvil, mas respirando profundamente por la preocupación. Había pasado una hora y todavía no había tenido noticias. La gente iba y venía, lloraba, sonreía, rezaba, cuchicheaba, bisbiseaba, algunos incluso fumaban. En aquel momento ni siquiera me apetecía un pitillo. Era lo de menos. Quizás sólo me estaba preparando mentalmente por si los médicos me revelaban que había muerto. Cada vez que lo pensaba, que visualizaba la escena, que me repetía mentalmente “Señora, lamento decirle que su acompañante ha muerto”, me invadía, al principio una frialdad sin antecedentes, como si no me lo acabase de creer; luego, un par de lagrimitas corrían por mis mejillas, tras un escalofrío que cruzaba mi columna vertebral de arriba abajo. Una hora y media, minuto más, minuto menos. Entró el mismo enfermero, indicándome esta vez que me levantase, mediante un gesto de manos, sin moverse del marco de la puerta. Me levanté de un salto, yendo hacia él preocupada. “Dios, Dios, Dios, que no me lo diga, que no me lo diga”.

-¿Cómo…?

-Acaba de salir de quirófano. Está bastante grave todavía, tenía tres costillas y una muñeca fracturadas, el hombro dislocado y tuvo una hemorragia interna en el estómago, pero se pondrá bien, si no hay ninguna complicación.

Solté un hondo suspiro de alivio, tapándome la boca con ambas manos, desviando la mirada al techo. Sé que Él tuvo algo que ver en su curación, siempre pensaré que fue gracias a mis incesantes rezos. Volví a mirar al enfermero, mientras aquella opresión inicial en el pecho se iba poco a poco aminorando, mas sin perder el malestar. Le pregunté dónde se encontraba. Habitación 120. Se ofreció a acompañarme, y yo accedí gustosa. Aquel hospital nunca lo había pisado; ni siquiera sabía que existía más que de oír hablar alguna vez de él. Montones de yonkys con sobredosis, comas etílicos, personas desnutridas y hambrientas, prostitutas golpeadas, desgarradas, amedrentadas. Era el hospital de los suburbios, donde podían brindarles un mínimo de atención médica a aquellos de los que nadie se hace cargo. Todos ellos me miraban con tristeza en los ojos, con angustia. Quizás muchos conocían a Bloody, la habían visto en la entrada, como casi todo el personal de urgencias, y también habían rezado por ella. Tragué saliva, siguiendo los pasos del enfermero, que me guiaban a la habitación de Sharon.

Me encontré enfrente de la 120 después de una caminata que me pareció eterna, después de un casi perpetuo viaje en ascensor. Le di las gracias al sanitario en voz muy bajita, mientras abrí bruscamente la puerta, con rapidez. Necesitaba verla, quería verla, y la vi. Estaba tumbada en la cama, tapada por una fina sábana blanca, al lado de la ventana. Tenía los ojos cerrados; había sucumbido a los brazos de la anestesia, de los cuales despertaría de un momento a otro. Su rostro, blanquecino debido a la luz que proyectaba la ventana sobre él, seguía siendo tan hermoso como siempre, tan perfecto, amigable, encantador, como el de una princesa. Mechones de cabello negro como la noche, artificiales, caían sobre la almohada como una cascada, acunando su semblante. Me costó acercarme, mas cuando di un paso adelante, sentí que no quería dejar de caminar hasta notarla lo más cerca que pudiese. Le cogí la mano mientras tomaba asiento en un sillón color crema que había al lado de la cama. Estaba caliente, la sentí, estaba caliente, había sangre transitando por su interior. Mis dedos se aferraron a su carne como garfios, al tanto que mi labio inferior volvía a temblar, a convulsionarse contra el tope de mi barbilla. Alcé la mirada, con un golpe de mis párpados, para clavarla en la infinidad de máquinas a las que estaba conectada, como si intentase conocer para qué servían todas y cada una. Un respirador, un electrocardiograma y electroencefalograma, suero, y otro cúmulo de cables a los que no le encontré utilidad. Los pitidos de su corazón desgarraban el silencio que imperaba en aquella habitación, que compartía con otras tres personas a las que no pude identificar. Deje escapar un suspiro trémulo, doblando mi cuello para inclinarme hacia delante, pudiendo tocar el dorso de la mano de Sharon con mi frente. Ignoro cuánto tiempo me mantuve así, con los ojos cerrados, regulando mi respiración hasta que se volvió completamente monótona, cada inspiración completamente igual a la anterior, al igual que cada uno de los movimientos de su corazón, cada uno igual que su predecesor, pero de un momento a otro, y sin que me diese cuenta, la mano pareció agitarse, estirar los dedos, encogerlos, haciendo notar los huesos de sus nudillos. Alcé la cabeza bruscamente, como si me hubiese arreado, mirándola fijamente, intentando cerciorarme de que estaba efectivamente despierta. Parpadeó varias veces, frunciendo el ceño en un ademán de soltar un gruñido. Hizo un esfuerzo para arrancarlo de su garganta, un gutural sonido, como si fuese la más primitiva expresión de dolor. En ese mismísimo instante una lágrima cayó del centro de mis ojos, casi sin sentirla rozar con mis mejillas, directamente del lacrimal a las sábanas, sin dejar de clavar mi mirada en ella, esbozando esta vez una sonrisa.

“¡Sharon!” ahogué el grito, al tirarme encima de ella en el mismo momento, abrazándola muy fuerte, oprimiendo mi boca en su hombro. Siseó ella en respuesta. No me había dado cuenta de que había sido sometida a una operación de hora y media, y que sus costillas, su brazo, su cuerpo, eran frágiles como un cristal. Me separé un poco, sollozando fuertemente, todavía sin poder asimilar lo que había pasado, actuando sin siquiera pensar. Extendió aquel brazo que no le habían escayolado hacia mí, para poder acercarme a ella de nuevo. Me acomodé en su pecho muy poco a poco esta vez, primero la sien, despacio, muy bien, repetía, después el oído, y luego hice un poco de presión, para poder acomodarlo en el esternón, aunque lo acerqué un poco a mi derecha. Cerré los ojos, volviendo de nuevo a gemir, sin poder evitarlo.

-Pensé que te había perdido.-entreabrí los ojos, lo justo para ver cómo su pecho se elevaba un poco, siguiendo las directrices de su respiración, y por el peso de mi cabeza bajaba a los pocos centímetros.-Pensé que te había perdido.-reiteré, frunciendo el ceño, dejando caer unas lágrimas.

Sharon tragó saliva. Sonoramente, la escuché a la perfección. Con la yema de sus dedos rozó una marca rojiza que rodeaba su cuello, en la que no me había fijado hasta entonces. La miré de soslayo, observando de cerca los poros irritados, la carne desgarrada, como la de las personas a las que intentan ahorcar, cuya piel se abrasa hasta el punto de quedar gravados los pliegues del arma homicida. En la suya, podían distinguirse unas finas argollas.

-Emily…-susurró con un hilo de voz, soltando un quejido que hizo estremecerse sus frágiles costillas.- ¿Es que no lo comprendes?

Fruncí levemente el ceño, alzando la barbilla para verla mejor.

-¿A qué te refieres?

Su mano acarició con más ahínco la piel rojiza de su cuello, en tanto que hacía ademán de gemir, sin ser capaz debido al inhumano dolor que residía en el interior de su cuerpo, y que sólo podía exteriorizar mediante un gutural gruñido, que acababa en un principio de sollozo, que se sofocaba casi al momento. Cerró los ojos, sacando de la nada una lagrimita que recorrió las líneas de dolor de su rostro níveo, como tallada en cristal. Aquella voz que salió de su garganta no parecía la suya; era el más primitivo ademán de sufrimiento:

-He perdido mi corazón.

Apresaba el pijama con sus manos, con cuidado de no agarrar también mi melena, para poder volver a gemir disminuyendo el dolor, notando cómo se le descolocaban las costillas. Me había quedado completamente inmóvil, fijando la mirada en el electrocardiograma, ¿qué era acaso aquello que pitaba tan insistentemente, que provocaba tan puntiagudas subidas, tan vertiginosas bajadas, que se iba acelerando, sufría una leve convulsión para disminuir el ritmo, mas con otro sollozo volvía a aumentarlo? Había perdido toda la esencia, toda vida, la llave… No tenía dónde encajar. La envolví con mis brazos, alzando la cara para poder besar sus mejillas procurando calmarla. Separé su cabello de sus lágrimas con mucho cuidado, para después rozar la zona con los labios. Tranquila, lo vamos a recuperar, ya lo creo que sí. Pero ahora tranquilízate, ¿vale?

En ese momento, y sin previo aviso, un chillido de dolor. Incesante. Un teléfono.


[1] Vamos, enséñales tu amor. Arráncale las alas a una mariposa.

sábado, 7 de agosto de 2010

El Lugar donde no vuelan las palomas: Capítulo XXXV-Rastros de vida


Las mariposas son los más efímeros insectos que la naturaleza ha podido degustar. Solamente unos pocos días, quizás uno o dos, dura su corta existencia. Desde que se rompe la crisálida, la mariposa sólo debe buscar un macho con el que aparearse. Tras hacerlo, comenzará a agonizar lentamente hasta morir. Unos animales tan bellos, de vistosos colores, de acompasados vuelos, solamente deben encontrar, por así decirlo, el amor verdadero para morir en paz. Quizás la mariposa macho se encuentra tan cerca que todos los días se cruzan, y ella no puede verle. ¿Qué pasa si la hembra escoge la pareja equivocada? ¿Se morirá sin saber cuál es el sentimiento del amor más puro? ¿Acaso ese sentimiento no puede existir para ella? El tiempo se agota. Llegará el momento en el que la grácil mariposita agite por última vez las alas. ¿Podrá gozar de una noche, una sola noche, con él? Puede que nunca llegue a saberlo. Su bella y frágil naturaleza le encaminará hacia ese camino sin retorno llamado Muerte.

-¡Puaf!-gruñó Klaus agitando los brazos.- ¡Cuántos bichos hay aquí!

-No son bichos, son polillas.-extendí uno de mis dedos para que se posara una de ellas.-Estamos en la época.

-¡No me gustan! ¡Son feos!

-Que van a ser feos.-la observé de cerca, intentando que no se escapara.-Las polillas son las mariposas de la noche, ¿sabías?

-Ah, ¿sí?-se sentó a mi lado.

-Sí, solamente aparecen por la noche, y salen en busca de luz.

-Pero ángel, por la noche no hay luz.-negó convencido con la cabeza.

-Por el día la gente las mata, ¿no te das cuenta? Por eso salen por la noche, para estar seguras. Apenas encuentran la luz que buscan, por eso son animales tristes que persiguen metas que jamás pueden alcanzar.-moví el dedo ligeramente para dejarla volar.

-¡Caray, cuánto sabes, ángel!-asintió.

Me sonrojé ligeramente. En aquella cálida noche me sentía como pez en el agua sentada en aquel banquito con Klaus. Las polillas volaban a nuestro alrededor y se enredaban en mi pelo, provocándome una gran satisfacción. Rondaban alrededor de todas las prostitutas que cumplían con su labor, más sensuales que nunca. Las mariposas de la noche solo reconocen a las verdaderas princesas. Sharon también estaba entre ellas, cerca de nosotros dos, siendo la luz más atrayente de todas. Permanecía agarrada a los hombros de un hombre de unos 50 años. Sus gruesos labios recorrían el arrugado rostro del cliente como si fuesen exploradores de tierras desconocidas y yermas. Aquellas desgastadas manos la agarraban de las caderas con una descomunal fuerza, provocando dolorosos pliegues en su falda. Observé desde lejos aquella escena, que mezclaba una majestuosa voluptuosidad por parte de ella y una asquerosa repulsión por parte de él. Klaus notó mi interés y la miró igualmente.

-Es muy bonita.-dijo, convencido.

-Sí, sí que lo es.

-Además, es muy buena.

Le miré, algo desconcertada.

-¿Os tratáis?-le pregunté.

Lo negó con la cabeza.

-No, pero mira cómo le da besitos a ese señor. Ella siempre le da besitos a todo el mundo. La gente que da muchos besitos tiene un corazón muy grande, ¿no lo sabías?

-Sí, claro.

Volví a mirarla. No iba a explicarle a Klaus que Sharon le daba besos a la gente a cambio de dinero; el funcionamiento de la prostitución es demasiado complejo para una persona como él. Aunque no iba desencaminado su razonamiento: era realmente amable, la mejor amiga que haya podido tener. Observé con detenimiento su expresión de falso placer mientras el viejecito me seguía hablando.

-No debe ser fácil llevar un corazón tan grande.-afirmó, ladeando la cabeza.-Seguro que debe pesar mucho.

-Que va.-respondí, entre leves carcajadas.-Lo lleva bien, ¿no ves?

-No sé.-torció el labio.

Entonces fue cuando sucedió, como si de un presagio se tratara. Noté que, tras tenerlos cerrados todo el tiempo, Sharon abrió los ojos de repente, transluciendo miedo en ellos. Sus uñas se clavaron en la espalda de su falso amante, y sus mejillas se tornaron completamente pálidas, como la nieve, como las velas, como la muerte. Sus labios dejaron de besar aquel arrugado cuello y soltaron un desgarrador chillido. Ese fue el momento en el que cayó en el suelo de rodillas, gritando de dolor, oprimiéndose el pecho. El señor que la acompañaba la dejó caer como si se tratase de basura, sorprendido por lo que estaba pasando.

-¿Lo ves, ángel?-dijo Klaus.-Te dije que no resistiría.

Me había quedado petrificada, no sabía cómo actuar. Ni siquiera me creía lo que estaba pasando. Al ver la primera lágrima colisionar contra el suelo, reaccioné bruscamente.

-¡Sharon!

Corrí hacia ella y me tiré en el suelo a su lado, sentada encima de mis piernas. Coloqué una mano sobre su espalda y otra sobre su escote para mantenerla erguida. Ambas temblábamos.

-Sharon.-murmuré, de nuevo con la mente en blanco.

Ella levantó la cabeza. Vio como el cliente se escabullía como si no la conociese, mirando de vez en cuando hacia atrás.

-¡Eso! ¡Vete, maricón de mierda! ¡Tus putos muertos! ¡Lo que quieres es que te la levanten, y luego la pasta, pal moro! ¡Hijo de perra! ¡Rastrero de los cojones!

-Sharon, cálmate.-le reprendí, haciendo fuerza sobre su esternón.- ¿Qué te pasa?

Giró la cabeza hacia mí. Sus ojos translucían un grandísimo sufrimiento.

-No te preocupes, Emily.-sin apartar las manos del pecho, intentó levantarse, pero no tardó en derrumbarse de nuevo, chillando, derramando lágrimas.

-Que no me preocupe, dice. ¡¿Cómo coño no me voy a preocupar?! ¡Ya me estás diciendo qué te pasa!

Intenté apartar sus manos del pecho, de aquel en el que tenía la marca azulada de la radio, pero ella me empujó con un brazo.

-¿Recuerdas aquel dolor que te dije, Emily, el que me venía por culpa del…?-bajó la cabeza y gruñó de nuevo.

Hice memoria. Me lo había dicho una vez en el bar, el día en el que su tierno beso se que quedó grabado en la piel, en los dedos.

-Sí, sí lo recuerdo. Sh…Sharon, ¿puedes levantarte?-la agarré por un pulso e intenté hacerlo. Ella se dejó, logrando ponerse en pie.

Las piernas le temblaban todavía, y una de sus manos aún se aferraba a la zona dolorida, agarrando con fuerza el corsé negro. Gimió un par de veces, del esfuerzo.

-Tenemos que ir al médico.

-¡No!-se apresuró en contestar, clavando la mirada en mí.

-Pues no puedes trabajar así, ni de coña.-pensé con nerviosismo en qué hacer, mirando hacia los lados ansiosa.-Vamos a tomar algo, así podrás descansar.

Sharon asintió débilmente. No sin esfuerzo, comenzó a andar cabizbaja, con mi ayuda, hacia nuestro bar predilecto. Al entrar por la puerta, los ojos verdes de Tobías se clavaron en nosotras, horrorizados. Seguramente al verla en aquel estado se disparó su preocupación.

-Tobías, ponle un vaso de agua.-le ordené, mientras le ayudaba a ella a sentarse.

-P…Pero ¿qué le pasa?…-se apoyó en la barra para verla mejor. Noté que él también temblaba.

-Solo está un poco mareada.-respondí, para tranquilizarle.-Tráele el agua.

-Ni agua ni ostias.-murmuró Sharon.-Lo que necesito es un porro. Se me pasará al fumarlo, siempre se me pasa.-sacó de su bolso la cajita plateada, entre escalofríos. Miró a Tobías posteriormente, haciéndole tragar saliva.-Porque me dejas, ¿verdad?

-Sí, sí te dejo.

-Igualmente, vete a por el agua.-concluí.

Él me obedeció. Las manos de Sharon desenvolvían con rapidez un pitillo, cuyo tabaco mezcló con un trozo quemado de la maría que tenía dispuesta en una plancha. Le puso un nuevo filtro y lo envolvió habilidosamente, aunque con nerviosismo. Deslizó por el fino papel la lengua para cerrarlo. Su expresión translucía el dolor más absoluto. Lo introdujo en la boca y encendió la punta con un mechero. Al expulsar el humo, se le notaba la voz más calmada, aunque no dejaba de oprimir su pecho.

-Dentro de nada ya no me dolerá.

-Sharon, no puedes seguir así.-afirmé, tajante.- ¿No te das cuenta de que el tratamiento no te está haciendo nada?

-No estoy ciega, ¿vale? Lo sé igual que tú.

-¿Entonces por qué no te operas?

-Ya te lo dije.-le dio otra profunda calada al porro.-Porque tengo miedo.

-No me lo trago, ¿qué quieres que te diga? La Sharon que yo conozco se embarca en cosas más peligrosas, como andar chantajeando a sicarios, y no creo que le asuste una operación de la que hasta yo salí viva.

Giró la cara llena de ira, sosteniendo su preciado porro con fuerza. Chupó el filtro de nuevo y expulsó el humo con fuerza.

-¿Quieres que te diga la razón? ¿Eh? Pues es porque no me dejan.

-¿David no te deja operarte? Ridículo.-alcé una ceja.

-A mí también me lo parece, pero él me gestiona el dinero, así que no me lo dará si no le sale de la polla, y se da la casualidad de que es el caso.

-¿Pero por qué no quiere?

-No lo pillas, ¿verdad?

-Pues no, por eso espero que me lo expliques.

Tragó saliva, quejumbrosa.

-Nadie quiere a una puta sin un pecho, ¿entiendes? No le es rentable.

-¡Tócate los huevos! Maldito cabrón…-murmuré.

-Quizás tiene razón, Emily, una mujer sin un pecho…

-…Es tan mujer como cualquiera, no me vengas con mariconadas.-interrumpí.-No puedes ponerte de su parte porque sabes que no tiene razón. Si una mujer manca es una mujer, una mujer sin un pecho también lo es.

Bajó la cabeza.

-Entonces…

-Entonces que va siendo hora de que le plantes cara. No vas a estar sufriendo, poniendo en juego tu vida, porque a él le salga de la punta del mismísimo nabo.

Asintió, con algo de dificultad. Le dio otra calada al porro y se mantuvo en silencio, hasta que llegó Tobías con un vaso de agua entre sus manos. Lo dejó en la barra, cerca de Sharon, y la miró a los ojos.

-¿Estás mejor?

-Un poco, gracias por preocuparte. Eres un encanto.-le acarició la mejilla suavemente, sin separar del pecho la otra mano, mientras el porro descansaba en el cenicero.

-Las gracias no se merecen.-sonrió levemente.

Se sentó enfrente de nosotras, en un taburete al otro lado de la barra, y encendió un cigarro, al cual le dio una profunda calada, agarrándolo entre el índice y el corazón. Se liberó del humo en cuanto lo separó de los labios, como si tuviese necesidad de respirar aire más fresco y puro. Sharon bebió un par de traguitos entrecortados de agua antes de volver a fumar. Poco tardó en acabar el porro, alzando sus cejas en una mezcla entre incredulidad y horror.

-Emily, no me pasa.-murmuró.- ¡No me pasa! ¡Tendría que haberme pasado ya!

-Tenemos que ir a urgencias, sin excusas.-le ordené.

-No tengo coche.

Recordé que nunca llevaba el mío a aquella zona, por miedo a que me lo robasen.

-Mierda, ni tengo el mío aquí.-gruñí.

Tobías se levantó del asiento enérgico, sosteniendo el pitillo en la comisura de los labios.

-Yo sí que tengo, puedo llevaros.-exclamó.

-De puta madre.-dije, agarrando a Sharon por un pulso.-Vamos.

Ella no se rebeló. Sabía igual que yo que su estado no era nada bueno. Débilmente, nos siguió a ambos hasta el maltrecho vehículo de Tobías. Estaba aparcado detrás del bar. Era pequeño, negro y bastante antiguo. Seguramente era de segunda mano, a juzgar por su aspecto. Acercó sus llaves al contacto e hizo que los seguros de las puertas saltasen, dándonos plena libertad para subir.

-Iros metiendo.-nos ordenó, mientras apuraba el pitillo apoyado en el maletero.

Tanto Sharon como yo nos sentamos en el asiento de atrás. Tenía que estar cerca de ella por si le pasaba algo. Me dirigió una mirada con un ápice de reproche, seguramente por su deseo de que él no se enterase de su enfermedad. Ninguno de los dos sabía lo mucho que se ocultaban mutuamente. Sentí que se estremecía el coche cuando Tobías cerró la puerta del conductor con fuerza. Tiró el cigarrillo consumido por la ventanilla mientras murmuraba, agarrando con la otra el volante:

-Agarraos.

Tras girar la llave en el contacto, pisó el acelerador. Aquel coche comenzó a correr a lo máximo que daba. Al mirar el contador, me di cuenta de que ir a 120 km/hora por una ciudad era un suicidio. Sharon, atemorizada, se aferró a su cinturón, gruñendo de dolor. Yo me agarré al asiento de Tobías para gritarle:

-¿Es que te has vuelto loco? ¡Nos vas a matar!

-Tranquila, yo controlo.-contestó, sereno.

-No me gusta cuando dices eso porque significa todo lo contrario y lo sabes.

Dirigimos la mirada a la carretera, observando cómo nos llevábamos por delante un semáforo en rojo, provocando numerosos golpes de claxon por parte del resto de conductores. Le agarré por el cuello.

-¿Estás ciego o qué? ¡Te juro que te corto la cabeza en cuanto lleguemos al hospital!

-Si llegamos.-murmuró Sharon, retorciéndose de dolor en su asiento.

Al llegar a una rotonda, comenzamos a girar a una gran velocidad, siendo atraídos hacia los lados con furia. Aún clavando las uñas en el asiento del conductor me movía, perdiendo el poco equilibrio que tengo y golpeando el hombro izquierdo contra la ventana reiteradas veces.

-Tobías, ¿tú te has metido antes de conducir?-bromeé, aunque con expresión seria.

Me miró alzando una ceja, sin que Sharon llegase a verle.

-Vale, eso es un sí.-me confirmé a mí misma dirigiendo la mirada al frente de nuevo, concienciándome de nuestra inminente colisión.

Gracias a Dios y a todas mis oraciones, llegamos sanos y salvos al aparcamiento del hospital, aunque nosotras llevábamos el corazón desbocado. Él se salió del coche completamente tranquilo, abriéndonos posteriormente las puertas. Al tocar tierra firme, Sharon se abrazó a mí temblorosa. Alargué el brazo.

-Las llaves.-le ordené a Tobías.-A la vuelta conduzco yo.

-No seas exagerada.

-Ni exagerada ni nada. Llaves.-moví los dedos.

Chasqueó la lengua mientras me las entregaba resignado.

-Bah.-murmuró.

Las agarré contundentemente cuando cayeron sobre mi mano.

-Vamos dentro.-miré a Sharon. Estaba todavía más pálida, y se oprimía con mucha más fuerza.

-Voy ahora.-dijo él, sacando de nuevo la cajetilla de tabaco.

Nos acercamos las dos a la recepción, donde una enfermera releía papeles sentada en una silla blanca. Sharon apoyó el hombro cerca de ella y carraspeó un par de veces hasta que le prestó atención algo desganada.

-¿Quiere algo?-preguntó.

-Verá, es que necesito que me vea un médico.-respondió con dificultad.

-¿Me dice su nombre y apellido?

-Sharon Spierenburg.-murmuró, con voz apagada

-Ahá.-lo apuntó en un informe.- ¿Tiene seguro médico?

-No.

-Le cobraremos cuando salga, ¿de acuerdo, señorita…-dudó un rato en el apellido, el cual revisó en el papel.- Spierenburg?

-De acuerdo.

-Pase a la sala de espera.-la señaló. Estaba a la derecha de nuestra posición.

Se apoyó en mi brazo para que le ayudase a caminar. Sus piernas se encontraban demasiado frágiles como para moverse. La sala a la que nos mandaron entrar era minúscula, con las paredes verdes y los asientos incómodos y blancos. Las mesas de madera que servían de revisteros estaban completamente vacías. Era un lugar deprimente y desolador como pocos. Nos sentamos juntas, en una fila de bancos vacía. Ella estaba enfrente de una mujer embarazada que temblaba mirando hacia los lados, nerviosa. Era palpable su empatía. ¿Acaso también estaba sufriendo lo que Sharon había sufrido? Al poco tiempo, salió del baño un chico que parecía ser su acompañante. Escuché el hondo suspiro de mi amiga al verle, mientras intentaba acomodarse en el asiento. Seguro que necesitaba también que su novio estuviese a su lado. En medio de mis pensamientos, entró Tobías, con las manos en los bolsillos del pantalón; sonrió levemente al vernos. Se sentó al lado de Sharon y no le quitó ojo de encima, observándola de arriba abajo.

-Bloody.-le murmuró, acercando el rostro a ella.- ¿Qué te pasa? Sabes que puedes contármelo.

-No te preocupes, no es nada.-respondió ella esbozando una falsa sonrisa.

-P…Pero ¿dónde te duele? ¿Aquí?

Posó una de sus manos en el pecho de Sharon, provocando admiración por su parte. Intentó palpar donde ella sentía aquel desgarrador malestar, aunque no encontraba el lugar exacto. La torera negra que cubría sus hombros lo ocultaba. Le miró resignada. ¿De qué serviría ocultárselo? Seguramente su preocupación le resultó lo suficientemente admirable como para agarrar su pulso con fuerza y dirigirlo hacia la marquita azul, en aquel momento invisible.

-Aquí.-susurró.

Tobías comenzó a catar con los dedos la zona que ella le había marcado con curiosidad. Ladeó la cabeza, sin apartar la mirada de su pecho. En cambio, la mirada angustiada de ella se dirigía al rostro de él.

-¿Lo notas?-le preguntó, hablando muy despacito.

Seguramente se refería al bultito apenas visible que se encontraba bajo tan grotesca marca. La expresión de Tobías mudó en preocupación, con lo que su respuesta se vio respondida con una rotunda afirmación. No hacía falta explicarle nada más. Ante la sorpresa de ambas, apartó los dedos que con tanta dulzura habían recorrido el dolorido sitio. Sharon se llevó una mano a la boca para comenzar a morderse las uñas. Temía haberle hecho daño.

-Estoy…Estoy seguro de que no es nada.-dijo él titubeando.-Yo también siento a veces como…como una opresión en el pecho, pero no es nada, no es nada, pasa enseguida. Te…Te pondrás bien, ya lo verás.

Aquel intento de calmarla era sin duda una estrategia para calmarse a sí mismo. Ella lo notó enseguida, y con su tierna y a la vez triste mirada le agradeció sus palabras. Una tímida sonrisa fue esbozada en sus labios completamente rojos, como la sangre.

-Gracias, Tobías.-musitó.

Las esperanzas estaban completamente rotas para ella: frágil, débil, etérea, enferma, dolorida, sufridora. Pero mientras él las conservase, todavía habría cabida para un ápice de alegría. Quizás pequeño y casi invisible, transparente, pero estaría allí. Sharon miró hacia el suelo, seguramente para no volver a toparse con la mirada verde como el veneno de Tobías. Aunque aquel era un veneno lo suficientemente dulce como para beber de él hasta la saciedad. De repente, salió la enfermera por 2ª y última vez en nuestra estancia.

-Señorita Spierenburg.

Los tres nos levantamos a la vez. Sharon me miraba, yo la miraba a ella, Tobías miraba a la enfermera, con ojos casi acusadores. Ella fue la que nos detuvo antes de que saliésemos hacia la consulta para advertirnos:

-Solo pueden entrar dos personas a la consulta.

Sospecho que Sharon no lo dudó ni un instante.

-Tobías, será mejor que tú te quedes aquí. No tardaremos nada.

Él abrió ligeramente la boca para replicarle, aunque comprendió que no era bienvenido y se abstuvo de decir nada. Seguramente fue entonces cuando se dio cuenta de que la balanza estaba equilibrada: que ambos se ocultaban algo. Quizás era mejor que no supiesen el secreto del otro. No valía la pena que ella agotase las pocas lágrimas que pudiesen albergar sus lacrimales; y en correspondencia a su tristeza, que él se arrimara con más ahínco a su dama blanca. Posé una mano sobre el hombro de Sharon. Supo inmediatamente lo que quería decirle y asintió. Miró a Tobías por última vez antes de entrar en la consulta. Su rostro confirmaba nuestras sospechas: sí, él también lo había notado.

Entramos en la angosta consulta casi al mismo tiempo. El médico, un señor de unos 50 y tantos años cuya cabeza estaba repleta de pelos grises, nos miraba atentamente, sin perdernos ni un instante de vista. Nos sentamos enfrente de él en dos sillas blancas en cuanto la enfermera nos dejó solos. Sharon le miró preocupada, sin dejar de palparse el pecho.

-Oiga,-dijo.-sé muy bien lo que tengo. Lo único que quiero es que me de algo para calmar el dolor.

Sonaba quejumbrosa su voz, casi suplicante de un bálsamo. El médico le respondió sin apenas mover los labios, secamente:

-Siéntese en la camilla y desnúdese de cintura para arriba.

Ella torció el labio al escucharlo, pero cedió finalmente. Se desabrochó el corsé, tras quitarse la torera, y los dejó caer encima de su asiento. Encontró descanso en la camilla dura, con los hierros tapados por una sábana blanca. Se apartó la melena, dejándola descansar en un solo hombro, para que el médico pudiese posar el estetoscopio en su perfecta espalda convexa. Se mantuvo completamente recta mientras el médico le mandaba respirar hondo, mientras cerraba la cortina que nos separaba. Aún así, echando la cabeza algo hacia atrás, pude entrever sus ojos cerrados mientras respiraba pesadamente, cogiendo aire por la nariz y dejándolo escapar por sus labios color carmín. Tras escuchar un rato su ronroneo, se abrió la cortina y pude verla. Y en aquella camilla no vi a Bloody esta vez exhibiendo sus pechos con lujuria encima de una cama; vi a una frágil Sharon cubriéndoselo recatadamente con ambas manos, temblorosa en una sala de urgencias. Cada vez que me miraba, era como si me estuviese pidiendo que la matase. Intenté mantener una sonrisa cálida para ella entre toda la frialdad de mi cuerpo. En ese momento, el médico abrió la puerta y llamó a una enfermera, balbuceando nombres extraños y largos, seguramente de medicamentos. No tardó en venir ella con una aguja con la punta completamente afilada, aparte de otro instrumental. Se sentó al lado de Sharon en la camilla y comenzó a frotarle una zona del brazo, aquella que casi era azul por el reflejo de las venas, con un algodón y alcohol. Nos explicaron que iban a inyectarle un calmante para el dolor. Aguantó estoicamente el pinchazo, aunque mordiéndose los labios y desviando la mirada para no tener que verlo. Posteriormente, le taparon la zona con un algodoncito y un poco de gasa. Antes de que nos marcháramos, formularon las palabras mágicas; “Ingresará el importe en efectivo en recepción”.

Tobías nos esperaba sentado en la sala de espera. Tenía la mirada clavada en el suelo, apoyando sus brazos en ambas rodillas. Sharon se acercó a él con algo de dificultad y le golpeó el hombro. Levantó suavemente la cabeza, aún algo perdido. Le agarró por un brazo y, con su escasa fuerza, le ayudó a levantarse. Ya de pie, él le agarró la cadera para caminar uno con el apoyo del otro. En cuanto nos vimos los tres fuera, Tobías nos acribilló a preguntas.

-¿Cómo estás, Blood? ¿Qué te han hecho? ¿Qué te han dicho?

-Cálmate un poco, ¿quieres?-respondió Sharon riendo cansada.-Aún te va a dar algo.

-Está bien, no tienes de qué preocuparte Tob.-dije.-Le han inyectado un calmante, eso es todo.

Abrí las puertas del coche con las llaves que antes me había entregado. Me senté en el sitio del conductor; ellos dos se sentaron juntos atrás. En cuanto hube cerrado las puertas, ajusté los espejos. Reflejados en uno de ellos vi a Tobías y a Sharon mirarse mutuamente. Quizás, y como se suele decir, sobraban las palabras. Comencé a conducir despacio, deslizando mis manos suavemente por el volante. No soy la mejor conductora, pero al menos ninguno de nosotros sufría histeria. Al cabo de un rato, pregunté, sin separar los ojos de la carretera:

-¿Cómo vas, Sharon?

-Shhh…-escuché en respuesta.

Giré la cabeza levemente. Tobías se posaba un dedo en los labios indicando que guardase silencio. Ella tenía la cabeza apoyada en su hombro y dormía profundamente. La acarició; primero el pelo y fue bajando lentamente al cuello hasta el pecho, al llegar allí detuvo sus dedos en seco. La miraba con una desbordante ternura, quizás pensando en lo fuerte que parece y lo delicada que es en realidad. Efímera como una mariposa la envolvió en los brazos, como si tuviese miedo a desgarrarla, a romperla. En cuanto llegamos al bar, me detuve.

-Habrá que dejarla en su piso.-murmuró Tobías.

-Yo no sé dónde es. Despiértala.

Torció el labio, no conforme con la idea. No obstante, se dio cuenta de que era la única solución y la movió suavemente de un lado a otro con una mano, hablándole con voz dulce.

-Blood, despierta anda. Despierta.

Abrió los ojos muy lentamente. Se separó de él y se desperezó. Aún seguía pareciendo débil y cansada. Nos indicó, con voz apagada, el camino hacia su piso. Al llegar allí, Tobías le abrió la puerta, pues salió primero. Ella le sonrió por el gesto, pero tropezó con el bordillo de la acera y cayó de rodillas.

-¿Estás bien?-preguntamos ambos a unísono.

-Sí, sí.-respondió, levantándose con la ayuda de Tobías.-Solo que estoy agotada.

-¿Podrás ir al piso sola?-habló él.

-Sí, no te preocupes.

-Si eso, que te lleve el moreno en brazos.-dije, señalándole.

Sharon y yo nos reímos, aunque él se puso colorado como una manzana. Desvió la mirada, con el fin de no toparse de nuevo con la de ella. Me di cuenta de que estaba nervioso, así que pasé de seguir puteándole y dejamos a Sharon en la puerta.

-¿Estarás bien?-le susurré antes de irme, mientras Tobías abría el coche.

-Tranquila. Mala hierba nunca muere.-sonrió levemente.- ¿Recuerdas?

Aquella frase la había dicho yo cuando estaba ingresada para operarme. Respondí a su sonrisa.

-Tú no eres una mala hierba.

-¿Qué soy entonces?-alzó una ceja.

-Una mariposa.-me di la vuelta y subí al asiento del conductor de nuevo.

Al día siguiente, la llamé por la mañana, mientras estaba en el trabajo. Los otros tomaban un descanso a la par que pegaba el oído al teléfono para poder escucharla hablar. Su voz sonaba menos dolida y más contundente que aquella noche.

-¿Cómo estás?

-Mejor, mejor. Aún algo aturdida.-se rió suavemente.- ¿Sabes? Menos mal que no subisteis conmigo.

-¿Por?

-David estaba en casa.

Me estremecí.

-¿Te hizo algo?

-Digamos que no me recibió con caricias.

-Sharon, me parece ridículo que no le dejes. Te mereces algo mejor que eso.-dije, con convencimiento de mis palabras.

-No voy a hacerlo. Si no lo hice, no lo haré ahora que estoy débil.

-Pero, joder, un día te va a matar.

-Si no me mata él, me matará el cáncer, ¿qué más me da?-hablaba con amargura.

No quise discutir mucho más con ella. No tardé en colgar encolerizada. Sé que se daba cuenta perfectamente de lo que pasaba, ¿por qué no hacer nada? Seguramente fue la experiencia la que me enseñó eso. El problema es que no querría bajo ningún concepto que Sharon tuviese que sufrir lo que yo sufrí.

Era más por la tarde, cerca de las 7, cuando me vi sentada en el jardín de mi casa, sintiendo la hierba bajo mis pies, rozando mis piernas. Observé a mi hija Amy correr por el campo entusiasmada, riendo. Iba detrás de una mariposa. Era de color azul, bastante común por nuestra zona en aquella época del año. Sonreí levemente al ver sus esfuerzos por atraparla. En cuanto lo hizo, se acercó a mí, encerrando al animal entre sus manos.

-A ver…-asomé la cabeza.-Es preciosa, Amy.

-¿Verdad que sí?-la miró ella también, sonriendo.

Asentí, mientras deslicé mi dedo por las alas. Se quedó impregnado en él un polvito azulado, el cual mi hija miró con curiosidad.

-¿Qué es eso, mamá?-preguntó, añadiendo luego, triste.- ¿Está enferma?

-No, no.-sonreí.-Esto son los trozos de vida de la mariposa.

-¿Trozos de vida?

-Exacto.-palmeé a mi lado.-Siéntate.

Lo hizo, mirando mis dedos con curiosidad.

-Los trozos de vida son los recuerdos de la mariposa. Cada uno de estos polvitos es un recuerdo que guarda.

-Ahhhh.-asintió.

-Mira, si te fijas bien… Este es el recuerdo de cuando rompió la crisálida para convertirse en una mariposa.-señalé una zona de mi mano.

-¡Guau!

-Y esta-señalé otra-de cuando comenzó a volar por primera vez.

Amy miraba mis manos asombrada, casi incrédula.

-Dime tú qué ves.

-Yo no veo nada, mamá.-torció el labio disgustada.

Fue entonces cuando recordé que era solo eso, una invención. Suspiré.

-No pasa nada, cariño.-le acaricié el pelo.- ¿Qué te parece si volvemos a casa? Podrías ayudarme a hacer un pastel.

-¡Vale!-exclamó, levantándose y soltando la mariposa en el momento.

Sonreí levemente y nos metimos en casa. Antes de cerrar la puerta, le eché un último vistazo a aquel grácil animal azul. Me recordaba a ella.

Los días estaban contados para la dolorida mariposa. Su frágil corazón solamente le proporcionaba los suficientes latidos como para seguir volando, apenas a ras del suelo. Y mientras deja que los pájaros le picoteen las alas, seguirá mirando al cielo que aspira, sin esperanzas de alcanzarlo. Quizás otras mariposas intenten ayudarla; quizás una con el corazón tan grande que pueda latir por los dos. Pero ella seguirá aferrándose a lo que tiene, a un clavo ardiendo, permitiendo que le destrocen los sueños. Mientras, la paloma volará bajito para poder ir recogiendo las alas desgarradas, para respirar el polvillo que desprenden. Sus trozos de vida.

lunes, 12 de julio de 2010

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XXXIV- Hablando en pasado


Casual figures of tired hours[1]
The confused code number, riddle without words
(...)
[We fall, as at cinema
It would not be sad, it would be ridiculous]
And we will be for ever
Together
Shout has gone out, in a house window
The world without "us"
(...)
[Do not surrender, to live is to be in fight]
Day for two, one houses
Fear, wall, saliva, coma
From here all bad is visible in red paints
And you are powerless
Identification of a corpse as in news speak - bodies
You should be courageous
(...)
Ice in my hands
The rain in eyes will rush back
Coma.

Koma-Slot
(La canción original es en ruso, esta es la traducción más o menos fiable al inglés)



Paredes blancas, rugosas, conocidas. Deslizo mis dedos, sintiendo cada uno de los socavones que la forman. El vuelo de un vestido, camisón acaso. El lazo que se anuda bajo mi pecho se mueve de un lado a otro. Al compás de mi andar. Taconeo. Fuerte, sonoro, rítmico. Sale de mis pies, ¡imposible! Una puerta se abre. Luz cegadora, que absorbo con la totalidad de mi retina. Y allí está. Es Terry. Somos él y yo en una misma habitación. Puedo ver sus ojos abiertos. ¿Debería sorprenderme? Solo sonrío.

-Mi reina linda.-susurra.

Me acerco con rapidez. Mi escaso equilibrio se rehabilita. Adopto el pasear de una modelo, de una princesa, de una equilibrista. Un pie delante del otro. Un pie delante del otro. Comienzo a verle con claridad. No hay duda de que está despierto. Abro las piernas y me subo a la cama. Apoyo un puño. Otro puño. Le miro. Le domino. Le consumo. Se acelera mi respiración. Entrecortada. Rápida. Agitada. La suya no la escucho, aunque agudice el oído. Nada.

-¿Qué quieres hacer, Emily?

-¿Que qué quiero? Darte la mejor noche de tu vida.

Me agarra por las caderas. Movimiento seco. Caigo sobre la cama. Ahora es él el que me mira. La Dominatriz se deja dominar como un corderito. Dejo yacer las manos sobre la almohada. Mi ropa desaparece. El viento se la lleva. El aire me trae una ráfaga de voluptuosidad. Le beso en los labios. Tras tanto tiempo. No existe sabor más dulce que el de los besos olvidados. Ni dolor más profundo que el de las caricias ausentes. Desliza sus manos. Destino, mi cicatriz. Mi corazón comienza a golpear con fuerza. Mis sienes. Mi pecho. Las yemas de mis dedos. Tiemblan. Él retira los hilos suavemente. Como si fuesen cordones de un corsé. Me abrazo a su cuello. Ahora el corazón tiene por donde escapar, como si me renegara. Nunca había sentido tanto amor en un solo momento. Late demasiado fuerte. Le beso el cuello. Me caen las lágrimas.

-Terry, tienes que despertar.-agarro su cara. Necesito que me mire.-Tienes que volver a casa. Amy y yo te necesitamos, yo te necesito. No puedo seguir sin ti. No aguanto.

Baja la mirada. Me esquiva. Todo comienza a hacerse borroso, a desvanecerse en la oscuridad.

-¡Terry!-un grito. Silencio. Susurro.-Te perdono.

*Bip Bip Bip*

Abro los ojos, aún envueltos por legañas escarchadas.

-Mierda.-consigo murmurar, mientras alzo el brazo débilmente para apagarlo. En cuanto lo hago, dejo que caiga fuera de la cama.

Me giro, en un impulso, y miro a mi lado. Sigue sin haber nadie. ¿Tendría que ser de otra manera? Suspiré hondo.

-Adoro estar enferma.-murmuré, gruñendo.

El Síndrome volvía a carcomer mis sueños, y cada vez con más frecuencia y más ferozmente. La ausencia se hacía demasiado larga, y no podía atreverme a caer en la resignación. Sé que volvería; volvería, y yo le diría todo lo que necesitaba decirle. Pero pasaban las horas, los días, los meses, y lo único que paliaba mi dolor era mirar hacia el pasado. Luego, todo lo que en otro tiempo me había hecho feliz, se rompía en mis dedos como si fuese un dulce cristal. Hablar en pasado es algo que te hace ver que lo que tuviste en otro tiempo se ha ido, se desvaneció, y no volverás a recuperarlo jamás; pero yo no podía hacerlo. No hasta que no hubiese esperanza.

Me levanté de la cama con dificultad. Corrí a preparar a Amy para ir a la escuela y luego encaminarme hacía el trabajo. Era la rutina de siempre, que había perdido interés y emoción, si es que alguna vez lo había tenido. Me sentía vacía cada mañana, como si me faltase algo esencial. Hasta que no lo recuperase, todo sería en blanco y negro.

-Mamá.-me dijo Amy cuando estábamos en el coche.- ¿Hablaste con papá?

Era la típica mentira. Iba a mantenerla viva costase lo que costase hasta que todo volviese a su cauce. Sin separar las manos del volante, comencé a hablar serenamente:

-Sí, cielo. Me dijo que está bien, y te manda muchos saludos.

-¿Por qué nunca llama cuando puedo hablar con él?-noté que su tono era triste y lastimoso.

-Porque está muy ocupado. Pero no te preocupes, cuando vuelva, ya lo harás.

Apenas se me ocurrían argumentos para tranquilizarla, aunque tampoco es que aquella mañana estuviese muy lúcida. Lo único que necesitaba era volver a acostarme en la cama y soñar…

En la oficina apenas presté atención a mi trabajo. Miraba para la pantalla del ordenador, pero no veía nada; oía a los clientes, pero no les escuchaba. Apoyaba la cabeza sobre la palma de mi mano y me fijaba cada poco en el reloj. Interminables minutos se paseaban por mi mente, recordándome que estaba un minuto más lejos de él. Quise buscar reposo a mi alma atormentada en los recuerdos. Sí, aquella mañana de junio, en el recreo. Yo siempre estaba sola, o acompañada por unas chavalas que hablaban de temas de los que no entendía, y me tenía que mantener en silencio. En pleno verano, y aún llevaba un abrigo, debido a mi algidez crónica, y me acurrucaba en las escaleras del patio a pensar en mis cosas sin que nadie me molestase. Mi mente era un mundo aparte que nadie podía pisotear, en el que nadie podía entrar, que nadie podría destruir. Estando absorta en mis pensamientos, llegó Terry y se sentó junto a mí. No me había percatado de su presencia, así que golpeó mi hombro. Me asusté.

“-Pensé que eras otra persona.-me excusé.

Nos levantamos, para poder dejar pasar a unos profesores.

-¿Cómo puedes aguantar una chaqueta así en pleno verano?-se rió.

-Ya te dije que siempre tengo frío, no es culpa mía.

Me miró como solía, acariciándome con sus ojos color tequila, siendo la única persona cuya presencia me provocaba sosiego en lugar de terror.

-¿Sabes? Cuando seamos más mayores, tenemos que escaparnos a las Bahamas.

La que me reí a carcajadas entonces fui yo.

-¿A las Bahamas a qué, si puede saberse?

-Es un sitio cálido, alejado de la mano de Dios, paradisíaco, con playita, sol... Tú olvidarías para siempre lo que se siente al tener frío y yo…-se lo pensó durante un instante.-Yo renegaría de mi identidad para siempre y comenzaría desde cero.

-¿Por qué?-me eché un mechón de pelo para detrás de la oreja.-Me gusta tu identidad.

-Hay demasiadas cosas que no sabes.

Bajé la mirada. Sabía que no iba a contarme nada.

-Aunque-prosiguió.-piénsatelo. Viviríamos en cabañas de madera, ¡podríamos ser vecinos! Nos pasaríamos el día en la playa, sin preocupaciones. Y… tú llevarías florecitas hawaianas en el pelo.-agarró las puntas y las palpó, moviéndose emocionado de un lado a otro.

-¿Hibiscos?

-Hibiscos, eso.

Sonreí dulcemente.

-No es mala idea, me encantaría fugarme contigo…”

-Vuelve a la realidad, Emily.-me murmuré a mí misma.

Miré a mi alrededor. Habían pasado demasiadas cosas desde aquel día. No, Terry no había renegado de su dolorosa identidad, ni yo me había librado del intenso frío que regía mi cuerpo. No había islas paradisíacas ni cabañas de madera; tendríamos que permanecer eternamente atrapados en este lugar donde no vuelan las palomas, al igual que el melancólico Tobías, la dolida Sharon, el inocente Klaus… Ninguno de nosotros conseguía escabullirse a su paraíso alejado de la mano de Dios, permanecíamos resignados en aquel Averno que se disfraza de ciudad. Cada uno viviendo su propio Infierno, teniendo que refugiarse en el pasado. ¡Tantas cosas habían pasado desde que nos habíamos prometido fugarnos juntos! Me había quedado viuda, separado, tuve dos hijos y dos hijos me murieron, Terry volvió a plantar semilla en mi vientre y me dio una hermosa niña, mi corazón corroído por la enfermedad quiso detenerse para siempre… Quizás algún día el Síndrome lo consiga.

Dejé a Amy en casa de Lorelay tras salir del trabajo y me encaminé al hospital. No comí, no quería hacerlo. Tan solo quería verle. Poder contemplar su piel blanquecina, sus ojos sin brillo, sus labios pálidos. Me acerqué al sillón que había junto a la cama y me senté en él. Me imaginé que era simplemente un sueño, que simplemente estaba dormido y que en cualquier momento podría despertar, y devolverle a mi vida aquella parte que le faltaba, que estaba en letargo. Me acurruqué en mi asiento, buscando aquellos brazos que no tenía, y le observé detenidamente. No tenía nada que decirle, nada que expresarle en palabras; tan solo tenía para él el dolor y la incertidumbre que se entreveían en mis lágrimas. No podía prometerme no llorar cuando estuviese allí, era imposible no hacerlo. En aquella ciudad, solamente podía ver palomas morir, pero no por volar, sino por tener cortadas las alas. Un par de lágrimas se deslizaron por mis mejillas. Llegué a desear que se hubiese muerto a causa de aquel disparo y poder ahorrarse todo ese dolor. Era una lucha cuerpo a cuerpo con la imperturbable y temida Muerte en la que no podía prestar ninguna ayuda; era Terry contra Ella y Ella contra Terry, y era aún imposible saber quién iba a ser el vencedor.

En ese momento, abrieron la puerta. Agarré instintivamente la pistola de mi bolso al no observar al extraño huésped ataviado con una bata blanca.

-Identifíquese.-dije, secamente.

-¿Q…qué me identifique?-tartamudeó.

-Sí, identifíquese inmediatamente.

Dejé entrever la pistola, apartando la mirada de él.

-P…Pues yo conocía a… yo le conocía…eh…

Empuñé con ira el arma y le apunté sin titubear. Observé cómo levantaba las manos asustado.

-¡No me venga con monsergas!

-¡Eh! ¡Eh! ¡B…baje eso! ¡No voy a hacerle nada!

-Le estoy diciendo que quién es.-seguí en mis trece, con frialdad.

-S…soy compañero de trabajo de él… de Terry…Trabajamos juntos en el taller.

Dejé caer mis manos sobre las rodillas.

-¿Charlie?

-Exacto.-asintió.-Ande, guarde la pistola, que m…me pone nervioso.

La guardé de nuevo en el bolso, sin dejar de observarle de arriba abajo con recelo, aunque con algo de admiración. Aquel era el Charlie del que tanto había oído hablar.

-No esperaba que hubiese nadie más aquí.-dijo, más tranquilizado.-Así que ahora le toca identificarse a usted.

-Yo soy Emily.

-¿Emily? ¿La novia de Terry? ¿Esa Emily?

-¿Qué otra Emily quería que fuese?-me encogí de hombros.

-En…Encantado de conocerla. Terry me había hablado muchísimo de usted.-me ofreció la mano.

-Lo mismo digo.-respondí, algo más cordial, estrechando su mano con delicadeza.

Al haber un par de sillones en la habitación, Charlie arrimó uno de ellos, que yacía en una esquina, al mío, que estaba al lado de la cama de Terry, para poder observarle en todo momento. No me inmuté ante los movimientos de su compañero, volví a clavar la vista en la cama, y en el cuerpo álgido que descansaba en ella, como si no hubiese nada ni nadie más en la habitación. Seguramente, al percibir esto, intentó sacar algún tema de conversación:

-Eres tan guapa como Terry decía, veo que no exageraba.-su voz sonreía, pero no encontró respuesta por mi parte.

“Olvidar lo que se siente al tener frío”, cuánto deseé entonces haber escapado con él lejos cuando tuve la ocasión. Lejos, lejos, lejos…

-Era buen chaval, y muy trabajador, por cierto. Es una pena que le haya pasado esto, siempre los mejores…

Siempre los mejores… ¿Se van? ¿Caen, como castillos, como torres de naipes? Ninguna de aquellas dos cosas le había pasado. Fruncí ligeramente el ceño, aunque seguí sin añadir nada.

-El chollo en el taller es mucho si no está él, los otros son mucho más vagos. La verdad es que es una gran pérdida.

Sin dejar de mirar a Terry dormir su interminable sueño, opté por arrancar furiosa aquellas palabras de mi boca:

-Escucha, no es una gran pérdida porque no lo hemos perdido. No hables en pasado sobre él.-giré la cabeza para mirarle, rozando la ira.- ¡No está muerto, no lo está! ¡Aún seguirá hablando contigo y trabajando contigo! ¡Seguirá diciendo…mintiendo, acerca de que soy guapa! ¡Sigue siendo buen chaval! ¿Es que no lo comprendes?

Volvió a ponerse nervioso, su voz le delataba.

-Lo s…lo siento mucho.

Me senté en el sillón de nuevo, pues me había levantado con el enfado. Charlie no tardó mucho en irse, seguramente tachándome de rara. Rara no sé, pero sí paranoica, y sí dolida. Me incliné sobre la cama. Necesitaba sentirle cerca, poder susurrarle.

-¿Por qué se empeñan en darlo todo por perdido? ¿Es que así somos los humanos, seres que nos rendimos, que dejamos de luchar, de creer, de tener ilusión, solamente por ver el objetivo alejado de nosotros? ¿Por qué hablan de ti en pasado, Terry? El navajas, Charlie… Cierran el capítulo de tu vida airosos, trocando el tiempo verbal de sus afirmaciones, echan por tierra todo lo que estás luchando.-bajé la mirada.-No sé si me estás escuchando, pero te aseguro que mientras siga latiendo tu corazón no me voy a dar por vencida.-negué con la cabeza.- ¿Crees que una princesa dejaría morir la esperanza de recuperar a su enano?-me reí levemente.-Nunca lo haría. Si no, ¿quién va a hacerle recuperar la alegría? La vida me enseñó a hablar en futuro y pensar que quizás algún día podamos irnos juntos a las islas paradisíacas de las que me hablabas. ¿Te acuerdas?...-sonreí con tristeza.-Tengo que recuperarte como sea.

De repente, un ruido enervante y molesto envolvió la habitación, haciendo que me despertase de mi ensoñación de repente. Sonaba como un chillido agudo, como el grito de dolor que desgarra una garganta reseca. Miré alarmada al frente, luego a los lados. Era mi teléfono móvil.

-¿Sí?

-Emily.-Supe enseguida de quién se trataba. Aquel pronunciar nervioso no me dejaba la menor duda.

-Tobías, ¿qué pasa?

-Tenemos que hablar.

-¿Ha pasado algo?-mi rostro translució preocupación

-No, no, no. Solo quiero hablar. Teníamos que contarnos algo.

-¡Ah, es cierto!-asentí.- ¿Cuándo te viene bien?

-Por mí, vente ahora. Acabo de levantarme.-parecía cierto, a juzgar por su voz apagada.

Miré mi reloj de muñeca con curiosidad. Eran las 5 de la tarde. El tiempo se pasa volando cuando te encierras entre los recuerdos que residen en tu melancólica mente.

-¿Dónde quieres que hablemos?-le pregunté.

-En mi casa, mismo.

Tras haberlo hablado, colgué. El camino quizás se me haría largo, y volvería a aflorar el dolor, como si fuese pisando las espinas que llevo clavadas en el alma. Miré a Terry. Había perdido tanto, tanto, tanto en aquella cama. ¿Podría perder más? Me levanté silenciosamente y volví a dirigirme, sin miedo a que me pillasen los médicos, a aquella sala pequeñita. Y allí, en aquella cartera, estaba la fotografía. “Do it for her”. Seguramente él hablaba sobre ella en pasado, como si nunca volviese a repetirse aquel momento, con nostalgia. Quizás no podríamos sacar una foto igual, pero él sí podía seguir viviendo. La guardé en el bolsillo y salí de la habitación. Volví a mirarle. Quizás era hora de rendirme yo también.

Incomprensiblemente, mi sentido de la orientación se había despertado completamente y me dirigí certera al piso de Tobías, no sin la imagen mental de la fotografía, de Terry. El recuerdo de sus ojos, de sus palabras. “Renegar de mi identidad”, “olvidar lo que se siente al tener frío”, volar como las palomas, lejos, donde nadie pudiese encontrarnos juntos, simplemente lejos. Cerré los ojos. Una lágrima fue limpiada por el viento cautelosamente, como si fuese un leve pañuelo bordado con gotitas de lluvia. Mi rostro comenzó a mojarse por el llanto del cielo, y por el mío propio. Era la empatía que los ángeles y los astros mostraban hacia mi pena. Cada paso que daba era un segundo más del pasado. Al llegar a la casa de Tobías, escampó como si nada. Aún así, seguía sin calentar el sol.

-Pasa.-me invitó a entrar, ya arriba.

Estaba tal y como la recordaba, quizás más desordenada si cabe. Miré hacia los lados con curiosidad mientras escuchaba los soplidos con los que Tobías se liberaba del humo de su cigarro. Colgué la chaqueta, pues estaba empapada, en una percha en cuanto entré. Posteriormente, nos dirigimos a su habitación, en cuya cama me senté. Me agarré ambos brazos, y comencé a tiritar, acurrucándome en mí misma.

-Eh, ¿te pasa algo?-me preguntó, colocándose enfrente de mí.

-Tengo mucho frío.-murmuré, entrecortada, mirándole desde abajo.-Muchísimo.

-Eso es por la calefacción.-comenzó a pasear por la estancia.-Está jodida desde hace años. En cuanto sopla un poco de viento, es como estar dentro de un mausoleo.

Comenzaron a temblarme los labios. Sentí cómo toda mi piel se erizaba hasta dolerme.

-Estoy congelada.-susurré, todavía en voz más baja, como si se estuviese apagando.

Tobías, que notó al momento mi malestar, se dirigió al armario. Bajé la mirada. Sin previo aviso, sentí una calurosa y suave influencia en los hombros. Me estaba tapando con una sudadera azul de algodón.

-Espero que así entres en calor.-sonrió, recordándome aquella vez en la que él había sufrido tanto frío.

-Gracias, Tobías.

-No se merecen.

Volvió a hacer hincapié en colocarme debidamente la sudadera. Agarré los dos extremos y le sonreí. Entonces, me rozó suavemente una mano con una de las suyas, aquella que estaba completamente resquebrajada.

-Tienes las manos ardiendo.-le dije.

-Pues será ahora, porque no suelo.

-¿También las tienes frías?

-Templadas, supongo. Cuando me rajo se enfrían un poco.-le miré con curiosidad, aclaró.-Será por la pérdida de sangre.

Le miré, algo entristecida. Realmente, aquel no era el día adecuado para hablarme de heridas.

-Ibas a contarme lo de tu hermano.-cambié de tema.

-Cierto.-asintió.-Aunque no sé muy bien por donde…empezar.-se rascó la nuca algo nervioso. Seguramente los gritos de una pandilla de niños que jugaban en la calle lo hacían inquietarse todavía más.-Viví toda mi infancia con mi madre y mi hermano Jesse. No teníamos ni un duro, y menos desde que murió mi padre, cuando yo era muy pequeño. ¿Sabes? Es curioso que no recuerde estar con mi padre, jugar juntos, ni nada de eso. Lo único que recuerdo de él es verlo acostado en el ataúd en el velatorio. Eso ya hace que te preguntes… no sé… ¿por qué papá está ahí? ¿Por qué duerme en un sitio tan estrecho?-se rió leve.-Desde entonces, mi madre se volcó mucho en Jesse. De mí, básicamente pasaba bastante, por lo menos de hacerme mimos y eso. Decía que me parecía demasiado a mi padre.-torció el labio.-Un día, mi hermano y yo estábamos jugando al fútbol y comenzó a toser mucho. Le llevamos al hospital. Tuberculosis, una enfermedad de fácil curación en un país como este. Pero no teníamos pasta, y como ratas hay a montones…-hablaba con ironía y amargura.- ¿Qué más dará una más que una menos? ¡Si se reproducen continuamente!-suspiró angustiado.-No es fácil a los 9 años ver cómo se apaga una vida. Lo único que sabes de la muerte es lo que viste en los comics, ¿y sabes qué? Ahí solo mueren los malos, y mi hermano no era de los malos. Un mocoso de 4 años no puede guardar maldad.-negó con la cabeza, convencido.-Me pasé toda su enfermedad durmiendo a su lado, arrodillado al pie de la cama. Al principio mi madre me echaba la bronca por si me contagiaba, pero llegó un momento en el que comenzó a darle igual, porque veía que se le escapaba todo de las manos. Hasta que una mañana me desperté… y nada. Nada, la noche se lo había llevado. Se lo había llevado y no iba a volver.-se mordió los labios.

-Tobías, tranquilo.-le acaricié la espalda, deslizando mi mano de arriba abajo.

-No…No pasa nada.

-Hoy te noto muy nervioso.-hice que me mirase, apoyando mis dedos en los laterales de su cuello. Sentí, sobre la yugular, lo fuerte y rápido que latía su corazón.-Quizás no deberías habérmelo contado hoy.

-Que va. Este es el día idóneo para sacar mierda, lo necesito.-se le notaba mucho más sereno, pero con algo de congoja en la voz.-Aparte, ahora te toca a ti.

-¿A mí?-confiaba en que no se acordaría.

-Ibas a contarme tu experiencia, lo de tu hermana.

-Ah, ya. No tiene mucho que contar, fue todo muy rápido.-intenté sortear el tema.- Teníamos 5 años ella y 6 años yo. Estábamos jugando con las cometas y una se enganchó en un árbol. Subió a cogerla y…se calló, y se partió la cabeza.

Tobías palpó una de sus sienes, como si él sintiese ese desgarrador y mortal dolor.

-Joder.-murmuró.-Debió ser muy fuerte para ti.

-Lo fue.-le miré a los ojos.- ¿Quieres que te cuente un secreto?

Asintió, con curiosidad.

-Eres a la primera persona a la que se lo cuento.-bajé la cabeza.

-Para todo hay una primera vez.-sonrió. Otra vez aquella sonrisa amiga y dulce.

Mi hondo suspiro se escondió entre las risas de los niños de la calle.

-Verás, tras perder a mi hermana tuvimos que mudarnos a la ciudad. Aquella casa estaba teñida de sangre, y no podíamos permanecer allí, con el recuerdo fresco de su muerte en la memoria. Estaba haciendo la maleta de mis juguetes cuando escuché un ruido procedente del jardín. Me asomé por la ventana y la vi. Era una paloma. Bajé a verla y… Tenía un ala arrancada, perdía mucha sangre. Quizás cuando llegué aún quedaba algo de vida en ella, pero se desvaneció al poco tiempo. Después de haber reprimido tantísimas lágrimas al morir mi hermana, lloré con todas mis fuerzas enfrente de aquella paloma muerta. Quizás fue entonces cuando me percaté de que ninguna de las dos volvería.

Bajé la cabeza apesadumbrada. Desde aquel día a mis tiernos 6 años, las palomas se cruzaron en mi vida continuamente, alentándome, hundiéndome…

-Las palomas te recuerdan a ella, ¿verdad?

Negué con la cabeza.

-Aquella al menos era mi infancia. La infancia que perdí.

Las lágrimas pugnaban por volver a escaparse de mis ojos. No hice nada por frenarlas. No podía retenerlas ni un segundo más, estaban haciéndome demasiado daño. Di descanso a mis párpados al apoyar las pestañas en mis mejillas. Fluían aquellas dóciles gotitas de agua, del agua que emanaba mi más honda melancolía. Fueron las palomas las que me trajeron de vuelta todo aquel sufrimiento. De repente, me vi envuelta en un calor dulce, muy dulce, que intentaba paliar aquella dolorosa algidez. Sentí un tejido suave rozando mi mejilla, a la par que una estructura frágil que la sostenía. Entreabrí los ojos entre sollozos entrecortados. Me encontraba abrazada intensamente a Tobías. Introduje las manos en sus costados y me aferré a su espalda, agarrando con fuerza la camiseta negra. En cada una de aquellas lágrimas iba una pequeña declaración de mi agradecimiento. Comencé a gemir de una manera tan fuerte que era como si me estuviesen arrancando la piel del alma. Tobías me acarició el pelo susurrando frases tranquilizadoras. No recuerdo lo que me decía, pero sí cómo me calmó aquella voz grave y profunda.

Sin previo aviso, llegó un momento en el que él me apartó violentamente y se levantó de la cama. Le miré entre lágrimas, asustada por su reacción. Abrió la ventana, pudiendo mirar a la cara a aquellos escandalosos chiquillos. Me acerqué a él con rapidez, mientras cogía aire, se apoyaba en el alféizar y, posteriormente, gritaba con todas sus fuerzas:

-¡Putos mocosos de mierda callaos de una Santísima vez si no queréis que os meta un palo por el puto culo! ¿¡Queda clarito!?

Los niños se quedaron callados, conmocionados. Uno de ellos rompió a llorar. Tobías, aún cabreado, cerró de golpe la ventana.

-¿Estás loco?-le reprendí.- ¿Cómo se te ocurre decirles eso?

-¡M…Me estaban poniendo del hígado, joder! ¡No los aguantaba ni un…ni un solo segundo más!

Le miré a los ojos, tras haberme liberado de las lágrimas. Estaba pálido. El labio inferior le temblaba suavemente. Me fijé en su nariz posteriormente.

-Tobías-me acerqué a él, hablándole con voz serena.-volviste a recaer, ¿no es cierto?

-No.-le seguía temblando el labio.

-No me mientas.-volví a centrarme en la nariz. Pequeñas estelas titilantes confirmaban mi afirmación.

Bajó la cabeza. No quería que le viese morderse los labios. Encogió los puños y los apretó con fuerza.

-Contéstame, Tobías.

-Sí, ¿vale?-levantó la cabeza bruscamente-¡Sí, me volví a meter! ¡Pero es que no podía…no podía! ¿Tú sabes cuántas noches llevo sin dormir? ¿Quieres que te las enumere? Para que te hagas una idea, ¡llevo desde que me quité! ¿Tú sabes cuánto tiempo es eso? ¿Crees que puedo estar sin dormir toda la puta vida?-esta vez eran las manos las que le temblaban. Rompió a llorar.-Sé que os he defraudado, a ti y a Bloody… Vosotras confiabais en mí y yo lo eché todo a perder. Pero no pude, no pude, no… Tenía que hacerlo si quería ponerme bien.

-Tobías, tranquilo. Hiciste lo que pudiste.-apoyé la mano en su hombro. Le miré a los ojos inclinando ligeramente la cabeza.- ¿Vas a contárselo?

Negó con la cabeza.

-No puede saberlo. No quiero que se desilusione. Ella no tiene la culpa de que yo sea un perdedor.-se dejó caer sobre la cama, como si se le hubiese agotado la vida. Acostado, se tapó la cara con ambas manos, sollozando intensamente.-Blood, perdóname.-murmuraba.

-¿Cuántas te tomaste?-me senté a su lado y le acaricié la rodilla.

-Me pegué un tiro…-se corrigió al ver que no entendía.-Me metí una raya de coca ayer por la noche, a las 4 de la madrugada y… y dos de cristal hoy por la mañana. Pude dormir hasta las 8 y media. Eso es mucho para mí, ¿sabes?

Le miré con tristeza. “Perdóname” me susurró a mí esta vez mientras se retorcía de dolor encima de la cama. Me recosté a su lado, apoyando la cabeza encima de su pecho. Suspiré. No podía regañarle. Aquel día me estaba matando.

-Quizás fue demasiado brusco dejarlo de repente. Mejor que vayas disminuyendo poquito a poco.

Se incorporó de repente.

-No, no, no, no, ni de coña. No pude hacerlo y no voy a volver a probar. No, no quiero volver a pasar todas aquellas noches en vela no, no, no, no.

Nos miramos mutuamente. Seguramente él esperaba algún reproche por mi parte. Lo que hice fue permanecer sentada a su lado, repitiéndome aquellas palabras dolida:

-La solución es hablar en pasado, ¿no? No os veis capaces de hacer algo y habláis en pasado. No veis ninguna salida y habláis en pasado. Creéis que así está todo perdido, que no hay remedio de cambiarlo, ni de que vuelva a nosotros. El pasado, pasado está, ¿no es cierto? ¿No decís así siempre? Es fácil tirar todo por la borda y decir que no se puede cambiar, que no se puede hacer nada. Pensáis que todo se arregla hablando en pasado.

-Emily…-se le notaba apesadumbrado.

Me levanté de la cama.

-Tengo que irme.

-No, Emily.-me agarró por un brazo.-No te vayas. Perdóname, por favor. Te he dicho que lo necesitaba.

Solté su mano, no sin esfuerzo. En circunstancias normales habría permanecido a su lado, pero necesitaba escabullirme de todo y de todos. Estaba harta de escuchar hablar en pasado. El portazo débil que provocó la puerta le hizo entrever toda mi tristeza. Sin ni siquiera haberme librado de la sudadera, me encaminé hacia ningún lado, amparada por la niebla. Volví a estallar en llanto, pero aquel era mucho más calmado, aunque más melancólico. Saqué del bolso aquella fotografía. Que lo hiciera por mí. Quizás yo tenía que hacer algo por él a cambio. ¿Pero el qué? Resistir a la tentación de hablar en pasado me parecía una buena meta. No quería decir que Terry “había sido” un buen padre, que me “había ayudado” durante toda mi vida. ¿Por qué? Porque seguiría siendo un buen padre, porque me seguiría ayudando. Porque Terry no estaba muerto, aunque sí lo estuviese la esperanza. Tampoco lo estaba Tobías, y podía volver a intentar dejarlo. Él era una persona fuerte y sabía que podía hacerlo. Si no era por él, ni por mí, ni por Bloody siquiera, que lo hiciese por su hermano. Que no volviese a meterse lo que nunca le permitiría al pequeño. Pero él era otro que se rendía, agotado por la dura batalla que se había librado entre él y sus pensamientos, y que hablaba de su lucha en pasado. Podría volver a llevarla a cabo, todavía con más fortaleza, y sin duda sería capaz de vencerla. Pero, ¿cómo devolver al presente a la gente que deja sus miedos en el pasado? Seguí caminando, escuchando de música de fondo el ruido seco de mis taconcitos. Agarré con ahínco la sudadera mientras la otra mano acercaba a mi pecho la fotografía. Cerca de mi cicatriz latía el pulso de la más absoluta angustia. Como si de un imán se tratase, la calle donde trabajaba Sharon, a la que acudía noche tras noche, me atrajo de nuevo. Las dos veces que más había sufrido mi sentido de la orientación me había guiado hacia allí. Intenté salir apresuradamente, pero me encontré entre la basura con mi amigo Klaus.

-¡Ángel! Hacía tiempo que no te veía.-se acercó a mí pletórico.

-Ahora no puedo hablar, Klaus.-le respondí con voz frágil y quebrada.

Me miró de arriba abajo antes de dar media vuelta e irme. Aunque no me dejó, pues me llamó a gritos de nuevo.

-¿Qué quieres?

-Ángel, ángel, ¿qué es eso?-señaló mi mano, aquella que sostenía la fotografía.

La miré por última vez. El brillo, la luz que se reflejaba en mi pelo, en mi rostro, en mi sonrisa. Mi camisón etéreo y volátil. Su cámara, su flash, su cariño. Su deseo. Su motivación. Hazlo por ella.

-Esto, Klaus, son sueños rotos.



[1] Figuras casuales de horas cansadas/ El confuso código punza sin palabras/[Caemos, como en el cine/No debería ser triste, sino ridículo]/Y estaremos juntos/Siempre/El chillido se escapó, en la ventana de una casa/El mundo sin “nosotros”/ [No te rindas, vivir es luchar]/Un día para dos, un hogar/Miedo, paredes, saliva, coma/Desde aquí todo lo malo es visible en pinturas rojas/Y tú estás sin fuerzas/La identificación de un cadáver como en las noticias-cuerpos/Tienes que ser fuerte/Hielo en mis manos/La lluvia de mis ojos caerá/Coma.