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domingo, 19 de diciembre de 2010

El Lugar Donde No Vuelan Las Palomas: Capítulo XXXVII-He perdido mi corazón


C’mon and show them you

r love. [1]

Rip out the wings of a butterfly.

Rip out the wings of a butterfly-HIM

-Tobías, cielo, ponnos unas birras, ¿quieres?-dijo Sharon poco después de entrar en el bar, sonriéndole dulce.

Él todavía conservaba las ojeras y la palidez que había adquirido la semana anterior, al emborracharse de tristeza y de nostalgia, al entregarse a los brazos de aquella horrible droga, mas esbozaba una sonrisa sincera, a la par que tremendamente tierna cuando notó la mirada de Sharon acariciarle. Me senté en un taburete, absorta en mis pensamientos, mientras encendía un cigarrillo.

-Emily, deberías dejarlo.-me lo arrebató, reprendiéndome preocupada.-No querrás volver a enfermar…

-Vosotros tampoco me ayudáis demasiado.-contraataqué, sonriendo.-En cuanto llegas aquí, te falta tiempo para encender un porro.-posteriormente, señalé a Tobías, el cuál rebuscaba en la nevera por nuestras bebidas, ajeno a la conversación.-Y el señorito parece una chimenea.

-Pues dejo yo también de fumar.-golpeó con el puño la barra, decidida.

Negué, sonriendo, colocando mi mano sobre su puño.

-Era una broma. Sé que lo necesitas.

Le besé la mejilla suavemente. Mis labios resecos la presionaron, intentando sentir el calor que desprendía. Sharon cogió mi mano con mucha delicadeza y la arrimó a la marquita azul de su pecho. Me separé, sin apartar la mano de aquel lugar, y la miré, sonriendo. Ella me guardaba en aquel lugar enfermo. Yo la guardaba también muy, muy cerca de mi cicatriz. De repente, desvié la mirada a su escote, donde yacía un corazón de metal ennegrecido, con una pequeña cerradura en el centro. No pude evitar rozarlo con dos de mis dedos, sintiendo el artificial frío que desprendía.

-¿Y esto?-le pregunté, sin dejar de mirarlo.

-Oh,-ella también desvió la mirada hacia el colgante.-lo compré esta tarde. Lo vi en una tienda del centro.

Colocó sus pulgares agarrando la cadena, separándola de su pecho. Pude ver que al lado del corazón había una llave del mismo metal, con piedrecillas negras brillantes incrustadas, considerablemente más grande. Fruncí el ceño.

-Esta llave es enorme, Sharon. No cabe en esta cerradura.

-Por eso lo he comprado.-sonrió.-Mira, por mucho que la llave lo intente-comenzó a moverla, forcejeando por meterla.-nunca llegará a encajar con la cerradura. Probará. Seguirá probando. Y lo único que hará es deformarla, hasta acabarla destrozando completamente, de modo que ninguna llave pueda abrir el corazón jamás.

En ese momento, llegó Tobías con las cervezas. Una para ella, otra para mí, y otra para él. No tenía a mucha gente en el bar, a pesar de ser ya medianoche, con lo que se escabulló un poco del trabajo. Acerqué el vaso a mi boca. Aquel licor bajaba por mi garganta frío como una ráfaga de hielo, provocándome un leve e imperceptible escalofrío. Tobías agarró la botella y bebió de ella, sosteniéndola con dos dedos por el cuello. Sharon solamente mojó los labios en la espuma, dejando en ella un rastro rojizo, su marca. Comenzamos a hablar de cosas sin importancia.

Apenas recuerdo qué eran. El tiempo, quizás, las ganas de fiesta, los motes en japonés. Un hombre se acercó a Sharon por detrás mientras hablábamos, y comenzó a manosearla. Frunció el ceño tras tanta risa, quizás agotada de que la tratasen así.

-Ahora no estoy de servicio.-explicó, con crudeza.

-Vamos, nena, lo necesito. Haz una excepción, joder.-murmuraba entrecortadamente, escondiendo la cabeza en su cuello, mientras le subía la falda frenéticamente.-Que ya mismo me corro.

Sharon se revolvió en sus brazos, apartándose de él de manera brusca. Clavó sus dos ojos marrones en él, los cuáles desprendían una frialdad nunca manifestada ante sus clientes.

-¡Te digo que ahora no estoy de servicio, coño!-repitió, algo más fuerte.-Te esperas un poco, que ahora voy.

-¡Bah!-musitó, alejándose cabreado.-No vales tanto la pena.

Noté en sus ojos que le había molestado el comentario. Imaginé por qué; casi toda su vida había sido tratada como un objeto a vender, como una moneda de cambio. Cada vez soportaba menos que la gente se comportase así con ella. Desde que andábamos juntas, comenzaba a ver un mundo lejos de todo aquello. Sabía que podía aspirar a más, que podía ser la princesa que siempre deseó, quizás casarse, tener hijos, formar una familia. Tener un empleo decente, aunque no le pagasen tan bien. Aún así, supo disimularlo, ocultándose tras el vaso de cerveza. Tobías le cogió de la mano, provocando que ambos se sonrojasen notablemente.

-Vales la pena y lo sabes.-susurró, convencido.-Vales muchísimo la pena.

-Gracias, cielo.-correspondió entre susurros, apretando un poco su mano.

En ese momento, sin más previo aviso, alguien entró en el bar, provocando un estentóreo ruido al abrir la puerta. Todos nosotros giramos la cabeza, intentando adivinar de quién se trataba. Noté que Sharon quería soltar la mano de Tobías, pero al mismo tiempo, se aferraba a ella con mucha fuerza, notablemente asustada. Aquella persona, ataviada con una camisa mal abrochada y un pantalón vaquero desgastado, la agarró por la muñeca, separándola bruscamente de la barra, con una de sus manos recias y toscas, adornadas con varios anillos.

-No.-gimió ella, forcejeando.

-Vamos.-respondió, tajante.

-David, no por favor.-sollozó.-Por favor.

-Vamos.-gruñó, empujándola lejos de nosotros.

Tobías y yo saltamos de repente, mirando al nuevo acosador con furia.

-¡Déjala, malnacido!-grité.

-Deja a la chavala en paz.-dijo a la vez Tobías, haciendo que su voz grave y rabiosa retumbase en todo el bar.

-No os metáis en esto, por favor.-suplicó Sharon, dejándose llevar por su novio.

Me quedé quieta, comprendiéndola perfectamente. Desde luego, si David era como Robert, se sentiría mal si intentan defenderla, y lo pagaría con ella. Esa es la definición que tienen esos asquerosos de “virilidad”. Tobías, que apretaba sus puños con fuerza, se inclinó hacia delante, provocándole. Le agarré un brazo a tiempo, clavando mis uñas en él a modo de reprimenda. Supo interpretarlo, y retrocedió, dejando que David y Sharon saliesen por la puerta juntos, casi como si fuesen amo y esclava.

-¿Por qué no me dejaste ir a por él?-preguntó Tobías, indignado.

-Básicamente, porque os mataría a los dos. ¿No te das cuenta, Tobías? Ese tío está lo suficientemente loco como para sacar una navaja y clavársela en el cuello.

Por un momento, la imagen del cuello de Sharon emanando ríos y ríos de sangre entre los brazos de David me hizo estremecerme. Apuesto que la mente de Tobías había imaginado lo mismo, pues se tornó completamente pálido.

-Pero… ¿Por qué, joder?-clavó la mirada en la barra, frunciendo el ceño.

-Para nosotros dos, Sharon es una mujer, una persona, con vida, con conciencia, con sentimientos. Para él, para todas esa gente que se acerca a ella para follarla, es como…no sé… como un animal. Como una vaca que solo se quiere para que de leche. Y si la matan, harán un festín con su carne y punto. A por otras tantas que sean más jóvenes y sumisas. Eso es lo que hacen.-ladeé la cabeza, para poder mirarle a los ojos.

Aquella desgarradora realidad había hecho mella en él. Dejó escapar una infinidad de profundos suspiros, apoyando los puños en la barra. No le cabía en la cabeza, no era capaz de asimilar que pudiesen tratar de aquella forma a alguien que le importaba tantísimo. Coloqué una mano sobre la suya, intentando calmarle. Pude entrever cerca de su corazón, latiendo al unísono, aquella pequeña llave. Carcomida, antigua, maltratada, roída, mas bella a la vez, levemente brillante. En el pecho de Sharon, una cerradura se deformaba poco a poco, casi imperceptiblemente para todos excepto para ella. Me pregunté si alguna vez probarían a ver si aquella frágil llave encajaba en la cerradura, y pudiese abrir aquel corazón, ver lo que hay dentro, sanarlo. Mientras, se limitarían a mirar cogidos de la mano a través de los kilómetros y las barreras que los separan cada noche, cómo la sangre lo corroe y lo hiere.

Me mantuve largo rato en el bar, hablando con Tobías, mas sumida a la vez en mis pensamientos. Miré el reloj nerviosa varias veces, viendo cómo morían los minutos en mi pulso. Hasta llegar a la hora. Una hora hacía entonces que Sharon se había ido. Comencé a inquietarme. El hostal en el que solían alojarse ella y David cuando le venía el calentón estaba casi al cruzar la calle, y, por lo que me había dicho, el sexo con él no duraba apenas media hora; solía acudir a ella con un bulto prominente en los pantalones, deseoso por reventar y salir, por lo que muchas veces ni tenían que calentar. Opté por levantarme apresurada, ante la mirada atónita de Tobías.

-¿A dónde vas?

-A buscarla. Está tardando demasiado.

-Emily, si te encuentras con él, puede hacerte daño.-recordó mis palabras.-Déjame ir contigo.

-Tú tienes que quedarte trabajando. Pero te mantendré informado, tranquilo.

Me aferré a mi bolso y salí corriendo, no sin antes dejar en la barra el dinero de las cervezas y un par de dólares de propina. Observé a lo lejos, en mi frenética carrera, que Klaus se encontraba rebuscando en la basura como siempre, canturreando una vieja canción. Intenté no distraerme con él y fui directa a aquel hostal. Me detuve en la puerta. Era tremendamente antiguo, con las paredes del color del cemento, y un cartel de neón azul que rezaba el nombre allá en lo alto, intentando ensombrecer con su grotesco fulgor a las propias estrellas. Entré, sintiendo cómo el sudor resbalaba por mi nuca, y apoyé una mano en la recepción, rogando por atención. Una mujer gorda, con una peluca rubia cardada y medias de red me miraba con sorna.

-Perdone. Ha… ¿Ha visto a una mujer alta, de cabello rizo, largo, con un corsé negro con el dibujo de una columna vertebral en el centro?

Ella hizo el gesto de hacer memoria, pero apuesto a que supo desde el principio a quién me refería.

-Puede.-respondió.

Golpeé con ambos puños en la mesa, mirándola fijamente, casi inquisitiva.

-Escúchame, esa mujer puede estar el peligro ahora mismo. Vino con su novio hace una hora, tengo miedo de que le pasara algo. Tiene que decirme dónde coño se aloja.

Bajó la mirada. Vi en aquellos ojos que quizás había vivido algo parecido, una empatía que le hizo darme una llave, sin mirarme. Tenía una etiqueta que rezaba “14”.

-Es la copia de la llave de la habitación de la chavala. La quiero de vuelta, ¿estamos?

-Sí. Gracias, gracias, gracias.

Me apresuré a darme la vuelta y subir las escaleras a trote, subida en mis enanos y anchos tacones. Millones de ideas agolparon mi cabeza, al compás de mi corazón acelerado. Me seguía repitiendo a mí misma que no era normal que Sharon tardase tanto tiempo en salir de aquel asqueroso motel, y al mismo tiempo intentaba tranquilizarme a mí misma, pensar que tenía que haber alguna otra explicación, que quizás se había marchado a casa, o se había ido con algún cliente. “No, no, no, no” replicaba al rato mentalmente “Si lo hubiese hecho, me habría llamado”. Llegué al piso en el que ella estaba alojada, el primero. Recorrí todo el pasillo, buscando el número 14 encima de alguna puerta, escrito, al igual que los otros, en rotulador negro permanente. En cuanto lo encontré, me detuve en seco. Me cercioré. 14. Era aquella la habitación, aquella la entrada. Introduje la llave en la cerradura, insegura, y a la vez con necesidad de ver a Sharon de una vez por todas. Pensé también en David, pensé que quizás me reprendería por estar allí, quizás lo pagaría con ella. Negué con la cabeza, intentando auto-convencerme de que tenía que entrar en aquel lugar. Hice girar la llave. La puerta se entreabrió sola. Di un paso al frente, introduciéndome en la habitación. Nadie.

Me mantuve en silencio, intentando encontrar algún rastro de vida. Miré a los lados, frunciendo el ceño. Fue entonces cuando, al agudizar el oído, escuché un feble ronroneo. Me di cuenta enseguida de que era nada más y nada menos que una respiración. Se me erizó la piel. Me centré en intentar averiguar cuál era la fuente. Di otro paso más. Desde aquel ángulo, pude verlo perfectamente. Una melena negra, desperdigada por el suelo, al otro lado de la cama. Me temí lo peor. No, no podía ser. Avancé hacia aquel lugar, asomándome para ver aquella porción de suelo. Ella estaba tirada en él, ladeada, de espaldas a la puerta. No se movía.

-¡Sharon!-chillé, cayendo de rodillas a su lado.-Sharon, contéstame.

La moví de un lado a otro, intentando amordazar el llanto. Su única respuesta fueron los débiles y casi imperceptibles movimientos que ejecutaban sus hombros al respirar. La cogí en brazos y apoyé su cabeza en mis piernas, boca arriba. Pude colocarla, esquivando todo mi nerviosismo, de manera que facilitase su respiración. Fue entonces cuando entreabrió los ojos con dificultad. Los clavó en mí y yo en ella.

-Emily…-articuló, sin apenas voz.

Una de sus blanquísimas manos se instauró con dificultad en su pecho y lo oprimió, agarrándose a su corsé, embargada por un insoportable dolor. La comisura de sus carnosos labios presentaba una raja sanguinolenta, que dejaba escapar todo aquel líquido, que se deslizaba grácilmente por su barbilla, generando pequeñas gotitas que caían rítmicamente sobre su escote. Sus brazos se encontraban llenos de moratones y golpes, así como las piernas, las cuales dejaba yacer inertes a ras del suelo. Aparté su cabello negro de delante de los ojos. En ellos vi el más desgarrador ademán de sufrimiento.

-Sh…Sharon… ¿Qué te ha….qué te ha hecho ese hijo de puta?-pregunté, completamente nerviosa, entre lágrimas de incredulidad.

Ella no pronunció palabra.

-¡Sharon, por amor de Dios, por lo que más quieras, dime algo!-chillé, histérica.

No pudo contestarme. Tan solo dejó escapar de sus labios un gemido débil, como si intentase llorar de dolor. Se centró posteriormente en seguir respirando. Me quedé completamente en blanco durante un momento, mirando a los lados con angustia, mirándola luego a ella, sintiendo cómo su vida, los trozos de las resquebrajadas alas de aquella mariposa, se escapaban entre mis dedos, rompiendo en pedazos cada vez más pequeños, como si fuese una hoja marchita y seca. Fue entonces cuando la tomé en brazos e intenté levantarme, al tiempo que pronunciaba, trémula, mi inminente necesidad:

-Tenemos que ir al hospital.

-N…No.-gruñó Sharon, posando sus delicados y finos tacones en el suelo, provocando un leve tintineo.

-Sharon, joder, ¿estás loca o qué?-ella se limitó a agarrarse a la cama, buscando un lugar seguro donde afianzar su, ahora deteriorado, equilibrio.

-No quiero que David me pille.-sollozó, dejando escapar de sus ojos, ya empapados, una sola lágrima, aunque cerrase con fuerza los párpados para intentar librarse de alguna más.

-No te va a pillar.-intenté convencerla.-Pero tienes que ir, por favor, no puedo dejar que te pase nada. No quiero perderte, coño, eres mi mejor amiga.

Volvió a cerrar los ojos, apretando con mucha fuerza los labios. Aquel dolor se extendía, se embravecía, pugnaba contra su mórbido y cansado ser, golpeaba, la asolaba como si fuesen rachas de olas, recorriendo su cuerpo de arriba abajo, arrasando con todo placer que se encontraba a su paso. Consiguió enderezarse, todavía ligeramente encorvada hacia delante, y me miró de soslayo.

-Podemos salir por la puerta de atrás.-susurró.

Asentí, convencida de que aquella era la mejor solución. Sharon hizo un esfuerzo para sacar adelante su pie izquierdo y comenzar a andar, aferrándose a mi brazo, clavando las uñas en él. En cuanto salimos de la habitación, ambas aceleramos el paso, por la posibilidad de que David volviese a la habitación, mas todavía preservando la lentitud, con el propósito de que no se hiciera todavía más daño. Ella me guió, sin equivocarse en el rumbo, hacia una puerta blanca, en cuyo tope se hallaba un cartel que rezaba “Exit” en letras verdes sobre un fondo blanco, que se volvía fosforito en ausencia de luz. Era la salida de incendios. La abrí, empujando con fuerza hacia mí, dejando que Sharon se apoyase en una pared. En cuanto la puerta estuvo abierta de par en par la miré, esperando que tomase una decisión. Quizás durante unos segundos persistió en su mente la duda entre arriesgarse o perderlo todo. Optó por lo que una mujer fuerte como ella habría escogido. Extendió el brazo para aferrarse al manillar, encorvando su cuerpo magullado y caminó lo más rápido que le fue posible hacia fuera. Llegamos a una calle oscura y diminuta, feblemente iluminada por unas farolas con cristales descuartizados, que dejaban las bombillas al descubierto, al igual que la carne de Sharon, expuesta al frío de la noche, que la corroía, desgarraba sus heridas como si tirase de cada uno de sus extremos. Cruzó los brazos bajo su pecho, en las costillas, mientras cogía aire para soltar un escupitajo manchado de sangre en la acera. Volví a acercarme a ella y dejar que me agarrase el brazo en cuanto me hube orientado. Teníamos que ir hacia la izquierda. Y luego, subir por una calle cuesta arriba.

Por el camino, Sharon se fue librando poco a poco de los zapatos de tacón mientras caminaba, dejándolos a ambos esparcidos en la cuneta. Pudiendo posar los pies en el suelo, encontró la libertad que necesitaba para seguir andando. La miré, en cuanto me percaté que iba descalza, a pesar del gélido rocío que flotaba en el aire nocturno. Ella esbozó una sonrisa dulce y cansada, antes de mirar hacia abajo y orientar la boca al suelo para poder dejar caer otro chorro de sangre. Nos encaminamos por aquella calle empinada, en donde se vislumbraba el hospital a lo alto. Ni un solo coche transitaba por la carretera, por lo que no podría llevarnos. Sharon cayó un par de veces al suelo, agotada, deshaciéndose en sollozos que no contenían lágrimas para llorar.

-Emily, no puedo más. No puedo más.-decía.

La ayudaba a levantarse, convenciéndola de que era lo mejor. La dejaba apoyarse en una pared y recuperar el aliento, antes de seguir caminando. No se quejaba, aunque notaba en su rostro un intenso ademán de dolor. Solamente en alguna ocasión murmuraba un leve “¿Crees que queda mucho?”, aunque sin meterme prisa. A sus ojos, la cuesta se hacía cada vez más encumbrada, y el objetivo, aquel edificio que emanaba una fulgurante luz blanquecina, se vislumbraba borroso y distante. Sus labios carnosos seguían brotando aquel líquido bermejo, que soltaba destellos transparentes si se miraba a trasluz de la luna. El frío se había apoderado ya de su piel. Sus heridas latían con fuerza por dentro. Se abrían, como capullos en flor. Soltó un gemido débil, casi imperceptible. Se fue deteniendo.

Sus dedos comenzaron a aflojar la presión sobre mi brazo, y resbalaron poco a poco por él. Un paso más. Inspira. Levanta el pie del suelo. Expira. La sangre se entremezcla con la saliva y resbala por su barbilla. Inspira. Le pesan los párpados. El dolor se acentúa. Luego va menguando. Lentamente. Expira. Apoya la cabeza en mi hombro y se deja caer en el suelo, provocando un ruido seco.

Me di la vuelta asustada. Me arrodillé a su lado, chillando su nombre. Tenía los ojos cerrados, todavía los recuerdo, se veían sus párpados pintados de sombra de ojos negra. El color de sus labios era todavía de un rojo más intenso, mas comenzaba a cuajar la sangre que los teñía, y la saliva se iba evaporando. Sus manos no se movían, permanecían inertes en el suelo. Acerqué mi rostro al suyo. Mi aliento salía despedido contra su boca, con ritmo frenético, agitado, ansioso. En cambio, no encontré respuesta por su parte. Sin siquiera haberlo pensado, coloqué dos de mis dedos sobre su cuello de cisne, estirado hacia atrás, sucumbiendo a la ley de la gravedad. No sentí nada. No sentí su corazón. Tenía que sentirlo. La llamé gritando con mucha más fuerza, sin llegar a creérmelo. Alcé la cabeza. El hospital no estaba lejos, todavía había esperanza. Tomé su frágil cuerpo en mis brazos, dejando que las extremidades y el cabello quedasen a merced del aire, cayendo lánguidos, escapándose de mi cuerpo. ¿Aquella sería la última vez que la mariposa hubo agitado sus alas? No. No podía serlo. Comencé a correr todo lo rápido que me dejaron las piernas. Desgarradores sollozos se escapaban, camuflados en mi respiración agitada. “Vamos, Sharon, aguanta, joder, aguanta. Ya estamos llegando, aguanta” gritaba, me repetía a mí misma, le repetía a ella. Ni un solo movimiento por su parte. Era cierto entonces. Había muerto. No dejé de correr, llorando desconsolada. No quería hacerme a la idea de que la había perdido. Hacía apenas unos minutos estaba en el bar con Tobías y conmigo. Nos habíamos bebido una cerveza, la había visto sonreír, me enseñó el collar, apartándose el cabello coqueta, y me dijo que era su corazón, el corazón que nadie era capaz de abrir. No, no, me seguía diciendo, tenía que volver a hacerlo latir.

La puerta del hospital se abrió automáticamente ante mis ojos, alumbrándome con aquella cegadora luz blanca. Me quedé en silencio, respirando agitadamente, enfrente de recepción. No tenía fuerzas ni para seguir avanzando. Sostuve a Sharon contundentemente, para no dejarla caer, para no hacerle daño, como quien sostiene el esqueleto de una mariposa, que aunque sabe que no hay nada dentro, que no hay vida en él, la trata con una especial delicadeza. Médicos, enfermeros, limpiadores, clavaban sus ojos atónitos en mí, y luego en Sharon, observando cómo sus heridas iban dejando de gotear. Pude arrancar un solo sonido de mi garganta, con voz ronca, pesada, como un gemido de dolor:

-Está muerta.

Esas dos palabras hicieron que todo el personal corriese hacia nosotras, y me la arrebatasen de los brazos de repente, la arrancasen, sin darme tiempo ni a despedirme. Caí de rodillas en el suelo, clavando la vista en las marmóreas baldosas, levemente salpicadas por la sangre de Sharon, al igual que mi ropa, la cual la notaba rozar húmeda mi piel. Continué llorando, aunque más resignada, sin aquel nerviosismo inicial. Imborrable de mi memoria aquella sensación de que todo había terminado. Aquella mujer que se había acercado a mí la primera vez que había ido a radioterapia, que me había sonreído de aquel modo, que me había invitado a tomar un café, a la que había ayudado y la que me había ayudado a mí…Mi Sharon; mía, mía, mía, mía, era la que estaba acostada en aquella camilla, dejando caer sus brazos a ambos lados, completamente inmóviles, mientras intentaban reanimarla, presionando su pecho con ambas manos. Estuve a punto de decirles que parasen, pero no encontré las fuerzas suficientes. Un enfermero me tendió la mano, ayudándome a levantarme, a la que no tuve más remedio que aferrarme, para luego dejarme caer sobre él, con la cabeza ladeada, sin perder de vista a Sharon. Los médicos, que se estaban volcando en ella completamente, abrieron de forma brusca su corsé, haciendo saltar algunos de los broches que conformaban la cerradura. Colocaron entonces varias ventosas por su pecho, así como tres o quizás cuatro, mientras uno de ellos sostenía entre sus manos con contundencia dos placas metálicas, conectadas a una máquina plateada, poseedora de una pantalla negra que era apuñalada por una línea horizontal de color verdoso, que producía un sonido monótono, chirriante, tremendamente desagradable. La máquina emanó entonces un estentóreo chillido, antes de que el médico dejase las placas sobre el pecho de Sharon. Me enderecé de forma brusca en cuanto noté que la electricidad que le había pasado aquel metal la hizo convulsionarse. Luego, volvió a permanecer inerte. Entrelacé mis manos, acercándolas a mis labios, comenzando a bisbisear una oración, entre lágrimas, dejando que se introdujesen sobre mi lengua sin importarme, notando su continuo sabor mientras seguía escuchando los gritos de aquellos médicos, que repetían una y otra vez la operación.

-Padre Nuestro que estás en el Cielo, santificado sea tu Nombre…

-¡Apartaos!

-Venga a nosotros tu Reino…tu…vamos Emily…danos hoy nuestro pan…

-¡200! ¡Cargad!

-De cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden…

-¡290!

-No nos dejes caer en la tentación…Y líbranos del Mal…-separé las manos, temblando de la excitación.-Vamos, Sharon, tú puedes, joder.-murmuré, como si estuviese hablando con ella, alentándola.

-¡300! ¡Apartaos!

-Venga, hazlo por Tobías, hazlo por mí, Sharon, no puedes dejarnos solos, joder, venga.

-¡Cargad otra vez! ¡Tenemos que conseguir un latido!

-No me dejes, Sharon, te prometí que íbamos a luchar juntas. No dejaré que vuelva a hacerte daño, lo juro, pero tienes que seguir viviendo. Vamos, Sharon, respira.

Recuerdo con claridad aquel momento. Atravesaron mis oídos unos continuos pitidos, algo lentos, mas continuos, no se detenían. Alcé la cabeza de golpe. Los producía ella, salían de dentro de ella, estaba viva. Me tapé la boca con las manos, llorando de felicidad, liberando toda la tensión que había guardado dentro. Sólo por el hecho de saber que aquel sonido era el de su corazón, lo sentía como si fuesen dulces caricias que me brindaba en el interior de mis oídos. Una manada de médicos y enfermeros se la llevaron de allí de repente, sin que pudiese haberla llenado de besos. Siempre he pensado y siempre voy a pensar que mis súplicas habían tenido algo que ver. El enfermero que había estado a mi lado me guió hacia la sala de espera, indicándome que me sentara en una silla. Lo hice, algo más calmada, aunque sin dejar de llorar, como si se hubiese abierto una fuente. Aunque noté que aquellas lágrimas ya no eran de amargura, de nerviosismo, de tristeza e impotencia. Eran de alivio, de felicidad, de alegría, aunque todavía siguiese tensa. Estuve un buen rato en la sala de espera. Cogí un par de revistas, aunque apenas les presté atención. Media hora.

Un enfermero, de unos 40 años largos, entró en la sala de espera entonces, de manera automática, como un robot, con expresión neutra en su rostro. En cuanto noté que se acercó a mí, me apresuré el levantarme, aunque apoyó una mano en mi hombro, haciendo presión hacia abajo para que volviese a tomar asiento.

-Es usted la acompañante de la mujer que reanimamos en la entrada, ¿cierto?-me cuestionó, con un tono de voz seco y cortante.

-Sí, soy yo.-respondí de manera serena, a pesar de que mis manos continuasen temblando, y estos escalofríos se acrecentasen en el momento en el que me había dirigido la palabra.

-¿Podría decirme su nombre?

-¿El de ella?-asintió, cerrando los ojos, moviendo de arriba abajo su afilada y ancha mandíbula, a la par que sus mejillas fláccidas.-Se llama Sharon. Sharon…-intenté recordar su apellido. Fruncí el ceño.-No sé, tiene un apellido extraño.-lo único que logré rescatar de mi memoria fue a canción que me había cantado aquella vez, dedicada a su hijo, la nana de Holanda.-Es holandés. El apellido es holandés.

Apuntó en nombre en un informe, repitiendo la sílaba “ahá” varias veces.

-¿Tiene seguro médico?

-No.-me apresuré en contestar. La última vez que la había acompañado al hospital, cuando había tenido aquel dolor, lo había mencionado. Además, dudo que alguna puta tenga seguro.-Pero yo me haré cargo de los gastos, descuide.

Asintió, escribiéndolo mientras tanto. Se giró para irse, cuando me apresuré en volver a llamarle.

-¿Cómo está ella?

-Todavía sigue en quirófano. Cuente con media hora más de operación, como mínimo.-agitó una mano levemente, dándome a entender que era un mínimo muy relativo.

Le dejé irse. Todavía no me explico cómo fui capaz de permanecer allí, sentada en el asiento de gomaespuma cubierta por una tela verde, clavando la mirada en la pared amarilla, tan amarilla como la bilis, pensando. Sentía dentro de mí un equilibrio entre la tranquilidad y el nerviosismo, que me hacían mantenerme prácticamente inmóvil, mas respirando profundamente por la preocupación. Había pasado una hora y todavía no había tenido noticias. La gente iba y venía, lloraba, sonreía, rezaba, cuchicheaba, bisbiseaba, algunos incluso fumaban. En aquel momento ni siquiera me apetecía un pitillo. Era lo de menos. Quizás sólo me estaba preparando mentalmente por si los médicos me revelaban que había muerto. Cada vez que lo pensaba, que visualizaba la escena, que me repetía mentalmente “Señora, lamento decirle que su acompañante ha muerto”, me invadía, al principio una frialdad sin antecedentes, como si no me lo acabase de creer; luego, un par de lagrimitas corrían por mis mejillas, tras un escalofrío que cruzaba mi columna vertebral de arriba abajo. Una hora y media, minuto más, minuto menos. Entró el mismo enfermero, indicándome esta vez que me levantase, mediante un gesto de manos, sin moverse del marco de la puerta. Me levanté de un salto, yendo hacia él preocupada. “Dios, Dios, Dios, que no me lo diga, que no me lo diga”.

-¿Cómo…?

-Acaba de salir de quirófano. Está bastante grave todavía, tenía tres costillas y una muñeca fracturadas, el hombro dislocado y tuvo una hemorragia interna en el estómago, pero se pondrá bien, si no hay ninguna complicación.

Solté un hondo suspiro de alivio, tapándome la boca con ambas manos, desviando la mirada al techo. Sé que Él tuvo algo que ver en su curación, siempre pensaré que fue gracias a mis incesantes rezos. Volví a mirar al enfermero, mientras aquella opresión inicial en el pecho se iba poco a poco aminorando, mas sin perder el malestar. Le pregunté dónde se encontraba. Habitación 120. Se ofreció a acompañarme, y yo accedí gustosa. Aquel hospital nunca lo había pisado; ni siquiera sabía que existía más que de oír hablar alguna vez de él. Montones de yonkys con sobredosis, comas etílicos, personas desnutridas y hambrientas, prostitutas golpeadas, desgarradas, amedrentadas. Era el hospital de los suburbios, donde podían brindarles un mínimo de atención médica a aquellos de los que nadie se hace cargo. Todos ellos me miraban con tristeza en los ojos, con angustia. Quizás muchos conocían a Bloody, la habían visto en la entrada, como casi todo el personal de urgencias, y también habían rezado por ella. Tragué saliva, siguiendo los pasos del enfermero, que me guiaban a la habitación de Sharon.

Me encontré enfrente de la 120 después de una caminata que me pareció eterna, después de un casi perpetuo viaje en ascensor. Le di las gracias al sanitario en voz muy bajita, mientras abrí bruscamente la puerta, con rapidez. Necesitaba verla, quería verla, y la vi. Estaba tumbada en la cama, tapada por una fina sábana blanca, al lado de la ventana. Tenía los ojos cerrados; había sucumbido a los brazos de la anestesia, de los cuales despertaría de un momento a otro. Su rostro, blanquecino debido a la luz que proyectaba la ventana sobre él, seguía siendo tan hermoso como siempre, tan perfecto, amigable, encantador, como el de una princesa. Mechones de cabello negro como la noche, artificiales, caían sobre la almohada como una cascada, acunando su semblante. Me costó acercarme, mas cuando di un paso adelante, sentí que no quería dejar de caminar hasta notarla lo más cerca que pudiese. Le cogí la mano mientras tomaba asiento en un sillón color crema que había al lado de la cama. Estaba caliente, la sentí, estaba caliente, había sangre transitando por su interior. Mis dedos se aferraron a su carne como garfios, al tanto que mi labio inferior volvía a temblar, a convulsionarse contra el tope de mi barbilla. Alcé la mirada, con un golpe de mis párpados, para clavarla en la infinidad de máquinas a las que estaba conectada, como si intentase conocer para qué servían todas y cada una. Un respirador, un electrocardiograma y electroencefalograma, suero, y otro cúmulo de cables a los que no le encontré utilidad. Los pitidos de su corazón desgarraban el silencio que imperaba en aquella habitación, que compartía con otras tres personas a las que no pude identificar. Deje escapar un suspiro trémulo, doblando mi cuello para inclinarme hacia delante, pudiendo tocar el dorso de la mano de Sharon con mi frente. Ignoro cuánto tiempo me mantuve así, con los ojos cerrados, regulando mi respiración hasta que se volvió completamente monótona, cada inspiración completamente igual a la anterior, al igual que cada uno de los movimientos de su corazón, cada uno igual que su predecesor, pero de un momento a otro, y sin que me diese cuenta, la mano pareció agitarse, estirar los dedos, encogerlos, haciendo notar los huesos de sus nudillos. Alcé la cabeza bruscamente, como si me hubiese arreado, mirándola fijamente, intentando cerciorarme de que estaba efectivamente despierta. Parpadeó varias veces, frunciendo el ceño en un ademán de soltar un gruñido. Hizo un esfuerzo para arrancarlo de su garganta, un gutural sonido, como si fuese la más primitiva expresión de dolor. En ese mismísimo instante una lágrima cayó del centro de mis ojos, casi sin sentirla rozar con mis mejillas, directamente del lacrimal a las sábanas, sin dejar de clavar mi mirada en ella, esbozando esta vez una sonrisa.

“¡Sharon!” ahogué el grito, al tirarme encima de ella en el mismo momento, abrazándola muy fuerte, oprimiendo mi boca en su hombro. Siseó ella en respuesta. No me había dado cuenta de que había sido sometida a una operación de hora y media, y que sus costillas, su brazo, su cuerpo, eran frágiles como un cristal. Me separé un poco, sollozando fuertemente, todavía sin poder asimilar lo que había pasado, actuando sin siquiera pensar. Extendió aquel brazo que no le habían escayolado hacia mí, para poder acercarme a ella de nuevo. Me acomodé en su pecho muy poco a poco esta vez, primero la sien, despacio, muy bien, repetía, después el oído, y luego hice un poco de presión, para poder acomodarlo en el esternón, aunque lo acerqué un poco a mi derecha. Cerré los ojos, volviendo de nuevo a gemir, sin poder evitarlo.

-Pensé que te había perdido.-entreabrí los ojos, lo justo para ver cómo su pecho se elevaba un poco, siguiendo las directrices de su respiración, y por el peso de mi cabeza bajaba a los pocos centímetros.-Pensé que te había perdido.-reiteré, frunciendo el ceño, dejando caer unas lágrimas.

Sharon tragó saliva. Sonoramente, la escuché a la perfección. Con la yema de sus dedos rozó una marca rojiza que rodeaba su cuello, en la que no me había fijado hasta entonces. La miré de soslayo, observando de cerca los poros irritados, la carne desgarrada, como la de las personas a las que intentan ahorcar, cuya piel se abrasa hasta el punto de quedar gravados los pliegues del arma homicida. En la suya, podían distinguirse unas finas argollas.

-Emily…-susurró con un hilo de voz, soltando un quejido que hizo estremecerse sus frágiles costillas.- ¿Es que no lo comprendes?

Fruncí levemente el ceño, alzando la barbilla para verla mejor.

-¿A qué te refieres?

Su mano acarició con más ahínco la piel rojiza de su cuello, en tanto que hacía ademán de gemir, sin ser capaz debido al inhumano dolor que residía en el interior de su cuerpo, y que sólo podía exteriorizar mediante un gutural gruñido, que acababa en un principio de sollozo, que se sofocaba casi al momento. Cerró los ojos, sacando de la nada una lagrimita que recorrió las líneas de dolor de su rostro níveo, como tallada en cristal. Aquella voz que salió de su garganta no parecía la suya; era el más primitivo ademán de sufrimiento:

-He perdido mi corazón.

Apresaba el pijama con sus manos, con cuidado de no agarrar también mi melena, para poder volver a gemir disminuyendo el dolor, notando cómo se le descolocaban las costillas. Me había quedado completamente inmóvil, fijando la mirada en el electrocardiograma, ¿qué era acaso aquello que pitaba tan insistentemente, que provocaba tan puntiagudas subidas, tan vertiginosas bajadas, que se iba acelerando, sufría una leve convulsión para disminuir el ritmo, mas con otro sollozo volvía a aumentarlo? Había perdido toda la esencia, toda vida, la llave… No tenía dónde encajar. La envolví con mis brazos, alzando la cara para poder besar sus mejillas procurando calmarla. Separé su cabello de sus lágrimas con mucho cuidado, para después rozar la zona con los labios. Tranquila, lo vamos a recuperar, ya lo creo que sí. Pero ahora tranquilízate, ¿vale?

En ese momento, y sin previo aviso, un chillido de dolor. Incesante. Un teléfono.


[1] Vamos, enséñales tu amor. Arráncale las alas a una mariposa.

sábado, 7 de agosto de 2010

El Lugar donde no vuelan las palomas: Capítulo XXXV-Rastros de vida


Las mariposas son los más efímeros insectos que la naturaleza ha podido degustar. Solamente unos pocos días, quizás uno o dos, dura su corta existencia. Desde que se rompe la crisálida, la mariposa sólo debe buscar un macho con el que aparearse. Tras hacerlo, comenzará a agonizar lentamente hasta morir. Unos animales tan bellos, de vistosos colores, de acompasados vuelos, solamente deben encontrar, por así decirlo, el amor verdadero para morir en paz. Quizás la mariposa macho se encuentra tan cerca que todos los días se cruzan, y ella no puede verle. ¿Qué pasa si la hembra escoge la pareja equivocada? ¿Se morirá sin saber cuál es el sentimiento del amor más puro? ¿Acaso ese sentimiento no puede existir para ella? El tiempo se agota. Llegará el momento en el que la grácil mariposita agite por última vez las alas. ¿Podrá gozar de una noche, una sola noche, con él? Puede que nunca llegue a saberlo. Su bella y frágil naturaleza le encaminará hacia ese camino sin retorno llamado Muerte.

-¡Puaf!-gruñó Klaus agitando los brazos.- ¡Cuántos bichos hay aquí!

-No son bichos, son polillas.-extendí uno de mis dedos para que se posara una de ellas.-Estamos en la época.

-¡No me gustan! ¡Son feos!

-Que van a ser feos.-la observé de cerca, intentando que no se escapara.-Las polillas son las mariposas de la noche, ¿sabías?

-Ah, ¿sí?-se sentó a mi lado.

-Sí, solamente aparecen por la noche, y salen en busca de luz.

-Pero ángel, por la noche no hay luz.-negó convencido con la cabeza.

-Por el día la gente las mata, ¿no te das cuenta? Por eso salen por la noche, para estar seguras. Apenas encuentran la luz que buscan, por eso son animales tristes que persiguen metas que jamás pueden alcanzar.-moví el dedo ligeramente para dejarla volar.

-¡Caray, cuánto sabes, ángel!-asintió.

Me sonrojé ligeramente. En aquella cálida noche me sentía como pez en el agua sentada en aquel banquito con Klaus. Las polillas volaban a nuestro alrededor y se enredaban en mi pelo, provocándome una gran satisfacción. Rondaban alrededor de todas las prostitutas que cumplían con su labor, más sensuales que nunca. Las mariposas de la noche solo reconocen a las verdaderas princesas. Sharon también estaba entre ellas, cerca de nosotros dos, siendo la luz más atrayente de todas. Permanecía agarrada a los hombros de un hombre de unos 50 años. Sus gruesos labios recorrían el arrugado rostro del cliente como si fuesen exploradores de tierras desconocidas y yermas. Aquellas desgastadas manos la agarraban de las caderas con una descomunal fuerza, provocando dolorosos pliegues en su falda. Observé desde lejos aquella escena, que mezclaba una majestuosa voluptuosidad por parte de ella y una asquerosa repulsión por parte de él. Klaus notó mi interés y la miró igualmente.

-Es muy bonita.-dijo, convencido.

-Sí, sí que lo es.

-Además, es muy buena.

Le miré, algo desconcertada.

-¿Os tratáis?-le pregunté.

Lo negó con la cabeza.

-No, pero mira cómo le da besitos a ese señor. Ella siempre le da besitos a todo el mundo. La gente que da muchos besitos tiene un corazón muy grande, ¿no lo sabías?

-Sí, claro.

Volví a mirarla. No iba a explicarle a Klaus que Sharon le daba besos a la gente a cambio de dinero; el funcionamiento de la prostitución es demasiado complejo para una persona como él. Aunque no iba desencaminado su razonamiento: era realmente amable, la mejor amiga que haya podido tener. Observé con detenimiento su expresión de falso placer mientras el viejecito me seguía hablando.

-No debe ser fácil llevar un corazón tan grande.-afirmó, ladeando la cabeza.-Seguro que debe pesar mucho.

-Que va.-respondí, entre leves carcajadas.-Lo lleva bien, ¿no ves?

-No sé.-torció el labio.

Entonces fue cuando sucedió, como si de un presagio se tratara. Noté que, tras tenerlos cerrados todo el tiempo, Sharon abrió los ojos de repente, transluciendo miedo en ellos. Sus uñas se clavaron en la espalda de su falso amante, y sus mejillas se tornaron completamente pálidas, como la nieve, como las velas, como la muerte. Sus labios dejaron de besar aquel arrugado cuello y soltaron un desgarrador chillido. Ese fue el momento en el que cayó en el suelo de rodillas, gritando de dolor, oprimiéndose el pecho. El señor que la acompañaba la dejó caer como si se tratase de basura, sorprendido por lo que estaba pasando.

-¿Lo ves, ángel?-dijo Klaus.-Te dije que no resistiría.

Me había quedado petrificada, no sabía cómo actuar. Ni siquiera me creía lo que estaba pasando. Al ver la primera lágrima colisionar contra el suelo, reaccioné bruscamente.

-¡Sharon!

Corrí hacia ella y me tiré en el suelo a su lado, sentada encima de mis piernas. Coloqué una mano sobre su espalda y otra sobre su escote para mantenerla erguida. Ambas temblábamos.

-Sharon.-murmuré, de nuevo con la mente en blanco.

Ella levantó la cabeza. Vio como el cliente se escabullía como si no la conociese, mirando de vez en cuando hacia atrás.

-¡Eso! ¡Vete, maricón de mierda! ¡Tus putos muertos! ¡Lo que quieres es que te la levanten, y luego la pasta, pal moro! ¡Hijo de perra! ¡Rastrero de los cojones!

-Sharon, cálmate.-le reprendí, haciendo fuerza sobre su esternón.- ¿Qué te pasa?

Giró la cabeza hacia mí. Sus ojos translucían un grandísimo sufrimiento.

-No te preocupes, Emily.-sin apartar las manos del pecho, intentó levantarse, pero no tardó en derrumbarse de nuevo, chillando, derramando lágrimas.

-Que no me preocupe, dice. ¡¿Cómo coño no me voy a preocupar?! ¡Ya me estás diciendo qué te pasa!

Intenté apartar sus manos del pecho, de aquel en el que tenía la marca azulada de la radio, pero ella me empujó con un brazo.

-¿Recuerdas aquel dolor que te dije, Emily, el que me venía por culpa del…?-bajó la cabeza y gruñó de nuevo.

Hice memoria. Me lo había dicho una vez en el bar, el día en el que su tierno beso se que quedó grabado en la piel, en los dedos.

-Sí, sí lo recuerdo. Sh…Sharon, ¿puedes levantarte?-la agarré por un pulso e intenté hacerlo. Ella se dejó, logrando ponerse en pie.

Las piernas le temblaban todavía, y una de sus manos aún se aferraba a la zona dolorida, agarrando con fuerza el corsé negro. Gimió un par de veces, del esfuerzo.

-Tenemos que ir al médico.

-¡No!-se apresuró en contestar, clavando la mirada en mí.

-Pues no puedes trabajar así, ni de coña.-pensé con nerviosismo en qué hacer, mirando hacia los lados ansiosa.-Vamos a tomar algo, así podrás descansar.

Sharon asintió débilmente. No sin esfuerzo, comenzó a andar cabizbaja, con mi ayuda, hacia nuestro bar predilecto. Al entrar por la puerta, los ojos verdes de Tobías se clavaron en nosotras, horrorizados. Seguramente al verla en aquel estado se disparó su preocupación.

-Tobías, ponle un vaso de agua.-le ordené, mientras le ayudaba a ella a sentarse.

-P…Pero ¿qué le pasa?…-se apoyó en la barra para verla mejor. Noté que él también temblaba.

-Solo está un poco mareada.-respondí, para tranquilizarle.-Tráele el agua.

-Ni agua ni ostias.-murmuró Sharon.-Lo que necesito es un porro. Se me pasará al fumarlo, siempre se me pasa.-sacó de su bolso la cajita plateada, entre escalofríos. Miró a Tobías posteriormente, haciéndole tragar saliva.-Porque me dejas, ¿verdad?

-Sí, sí te dejo.

-Igualmente, vete a por el agua.-concluí.

Él me obedeció. Las manos de Sharon desenvolvían con rapidez un pitillo, cuyo tabaco mezcló con un trozo quemado de la maría que tenía dispuesta en una plancha. Le puso un nuevo filtro y lo envolvió habilidosamente, aunque con nerviosismo. Deslizó por el fino papel la lengua para cerrarlo. Su expresión translucía el dolor más absoluto. Lo introdujo en la boca y encendió la punta con un mechero. Al expulsar el humo, se le notaba la voz más calmada, aunque no dejaba de oprimir su pecho.

-Dentro de nada ya no me dolerá.

-Sharon, no puedes seguir así.-afirmé, tajante.- ¿No te das cuenta de que el tratamiento no te está haciendo nada?

-No estoy ciega, ¿vale? Lo sé igual que tú.

-¿Entonces por qué no te operas?

-Ya te lo dije.-le dio otra profunda calada al porro.-Porque tengo miedo.

-No me lo trago, ¿qué quieres que te diga? La Sharon que yo conozco se embarca en cosas más peligrosas, como andar chantajeando a sicarios, y no creo que le asuste una operación de la que hasta yo salí viva.

Giró la cara llena de ira, sosteniendo su preciado porro con fuerza. Chupó el filtro de nuevo y expulsó el humo con fuerza.

-¿Quieres que te diga la razón? ¿Eh? Pues es porque no me dejan.

-¿David no te deja operarte? Ridículo.-alcé una ceja.

-A mí también me lo parece, pero él me gestiona el dinero, así que no me lo dará si no le sale de la polla, y se da la casualidad de que es el caso.

-¿Pero por qué no quiere?

-No lo pillas, ¿verdad?

-Pues no, por eso espero que me lo expliques.

Tragó saliva, quejumbrosa.

-Nadie quiere a una puta sin un pecho, ¿entiendes? No le es rentable.

-¡Tócate los huevos! Maldito cabrón…-murmuré.

-Quizás tiene razón, Emily, una mujer sin un pecho…

-…Es tan mujer como cualquiera, no me vengas con mariconadas.-interrumpí.-No puedes ponerte de su parte porque sabes que no tiene razón. Si una mujer manca es una mujer, una mujer sin un pecho también lo es.

Bajó la cabeza.

-Entonces…

-Entonces que va siendo hora de que le plantes cara. No vas a estar sufriendo, poniendo en juego tu vida, porque a él le salga de la punta del mismísimo nabo.

Asintió, con algo de dificultad. Le dio otra calada al porro y se mantuvo en silencio, hasta que llegó Tobías con un vaso de agua entre sus manos. Lo dejó en la barra, cerca de Sharon, y la miró a los ojos.

-¿Estás mejor?

-Un poco, gracias por preocuparte. Eres un encanto.-le acarició la mejilla suavemente, sin separar del pecho la otra mano, mientras el porro descansaba en el cenicero.

-Las gracias no se merecen.-sonrió levemente.

Se sentó enfrente de nosotras, en un taburete al otro lado de la barra, y encendió un cigarro, al cual le dio una profunda calada, agarrándolo entre el índice y el corazón. Se liberó del humo en cuanto lo separó de los labios, como si tuviese necesidad de respirar aire más fresco y puro. Sharon bebió un par de traguitos entrecortados de agua antes de volver a fumar. Poco tardó en acabar el porro, alzando sus cejas en una mezcla entre incredulidad y horror.

-Emily, no me pasa.-murmuró.- ¡No me pasa! ¡Tendría que haberme pasado ya!

-Tenemos que ir a urgencias, sin excusas.-le ordené.

-No tengo coche.

Recordé que nunca llevaba el mío a aquella zona, por miedo a que me lo robasen.

-Mierda, ni tengo el mío aquí.-gruñí.

Tobías se levantó del asiento enérgico, sosteniendo el pitillo en la comisura de los labios.

-Yo sí que tengo, puedo llevaros.-exclamó.

-De puta madre.-dije, agarrando a Sharon por un pulso.-Vamos.

Ella no se rebeló. Sabía igual que yo que su estado no era nada bueno. Débilmente, nos siguió a ambos hasta el maltrecho vehículo de Tobías. Estaba aparcado detrás del bar. Era pequeño, negro y bastante antiguo. Seguramente era de segunda mano, a juzgar por su aspecto. Acercó sus llaves al contacto e hizo que los seguros de las puertas saltasen, dándonos plena libertad para subir.

-Iros metiendo.-nos ordenó, mientras apuraba el pitillo apoyado en el maletero.

Tanto Sharon como yo nos sentamos en el asiento de atrás. Tenía que estar cerca de ella por si le pasaba algo. Me dirigió una mirada con un ápice de reproche, seguramente por su deseo de que él no se enterase de su enfermedad. Ninguno de los dos sabía lo mucho que se ocultaban mutuamente. Sentí que se estremecía el coche cuando Tobías cerró la puerta del conductor con fuerza. Tiró el cigarrillo consumido por la ventanilla mientras murmuraba, agarrando con la otra el volante:

-Agarraos.

Tras girar la llave en el contacto, pisó el acelerador. Aquel coche comenzó a correr a lo máximo que daba. Al mirar el contador, me di cuenta de que ir a 120 km/hora por una ciudad era un suicidio. Sharon, atemorizada, se aferró a su cinturón, gruñendo de dolor. Yo me agarré al asiento de Tobías para gritarle:

-¿Es que te has vuelto loco? ¡Nos vas a matar!

-Tranquila, yo controlo.-contestó, sereno.

-No me gusta cuando dices eso porque significa todo lo contrario y lo sabes.

Dirigimos la mirada a la carretera, observando cómo nos llevábamos por delante un semáforo en rojo, provocando numerosos golpes de claxon por parte del resto de conductores. Le agarré por el cuello.

-¿Estás ciego o qué? ¡Te juro que te corto la cabeza en cuanto lleguemos al hospital!

-Si llegamos.-murmuró Sharon, retorciéndose de dolor en su asiento.

Al llegar a una rotonda, comenzamos a girar a una gran velocidad, siendo atraídos hacia los lados con furia. Aún clavando las uñas en el asiento del conductor me movía, perdiendo el poco equilibrio que tengo y golpeando el hombro izquierdo contra la ventana reiteradas veces.

-Tobías, ¿tú te has metido antes de conducir?-bromeé, aunque con expresión seria.

Me miró alzando una ceja, sin que Sharon llegase a verle.

-Vale, eso es un sí.-me confirmé a mí misma dirigiendo la mirada al frente de nuevo, concienciándome de nuestra inminente colisión.

Gracias a Dios y a todas mis oraciones, llegamos sanos y salvos al aparcamiento del hospital, aunque nosotras llevábamos el corazón desbocado. Él se salió del coche completamente tranquilo, abriéndonos posteriormente las puertas. Al tocar tierra firme, Sharon se abrazó a mí temblorosa. Alargué el brazo.

-Las llaves.-le ordené a Tobías.-A la vuelta conduzco yo.

-No seas exagerada.

-Ni exagerada ni nada. Llaves.-moví los dedos.

Chasqueó la lengua mientras me las entregaba resignado.

-Bah.-murmuró.

Las agarré contundentemente cuando cayeron sobre mi mano.

-Vamos dentro.-miré a Sharon. Estaba todavía más pálida, y se oprimía con mucha más fuerza.

-Voy ahora.-dijo él, sacando de nuevo la cajetilla de tabaco.

Nos acercamos las dos a la recepción, donde una enfermera releía papeles sentada en una silla blanca. Sharon apoyó el hombro cerca de ella y carraspeó un par de veces hasta que le prestó atención algo desganada.

-¿Quiere algo?-preguntó.

-Verá, es que necesito que me vea un médico.-respondió con dificultad.

-¿Me dice su nombre y apellido?

-Sharon Spierenburg.-murmuró, con voz apagada

-Ahá.-lo apuntó en un informe.- ¿Tiene seguro médico?

-No.

-Le cobraremos cuando salga, ¿de acuerdo, señorita…-dudó un rato en el apellido, el cual revisó en el papel.- Spierenburg?

-De acuerdo.

-Pase a la sala de espera.-la señaló. Estaba a la derecha de nuestra posición.

Se apoyó en mi brazo para que le ayudase a caminar. Sus piernas se encontraban demasiado frágiles como para moverse. La sala a la que nos mandaron entrar era minúscula, con las paredes verdes y los asientos incómodos y blancos. Las mesas de madera que servían de revisteros estaban completamente vacías. Era un lugar deprimente y desolador como pocos. Nos sentamos juntas, en una fila de bancos vacía. Ella estaba enfrente de una mujer embarazada que temblaba mirando hacia los lados, nerviosa. Era palpable su empatía. ¿Acaso también estaba sufriendo lo que Sharon había sufrido? Al poco tiempo, salió del baño un chico que parecía ser su acompañante. Escuché el hondo suspiro de mi amiga al verle, mientras intentaba acomodarse en el asiento. Seguro que necesitaba también que su novio estuviese a su lado. En medio de mis pensamientos, entró Tobías, con las manos en los bolsillos del pantalón; sonrió levemente al vernos. Se sentó al lado de Sharon y no le quitó ojo de encima, observándola de arriba abajo.

-Bloody.-le murmuró, acercando el rostro a ella.- ¿Qué te pasa? Sabes que puedes contármelo.

-No te preocupes, no es nada.-respondió ella esbozando una falsa sonrisa.

-P…Pero ¿dónde te duele? ¿Aquí?

Posó una de sus manos en el pecho de Sharon, provocando admiración por su parte. Intentó palpar donde ella sentía aquel desgarrador malestar, aunque no encontraba el lugar exacto. La torera negra que cubría sus hombros lo ocultaba. Le miró resignada. ¿De qué serviría ocultárselo? Seguramente su preocupación le resultó lo suficientemente admirable como para agarrar su pulso con fuerza y dirigirlo hacia la marquita azul, en aquel momento invisible.

-Aquí.-susurró.

Tobías comenzó a catar con los dedos la zona que ella le había marcado con curiosidad. Ladeó la cabeza, sin apartar la mirada de su pecho. En cambio, la mirada angustiada de ella se dirigía al rostro de él.

-¿Lo notas?-le preguntó, hablando muy despacito.

Seguramente se refería al bultito apenas visible que se encontraba bajo tan grotesca marca. La expresión de Tobías mudó en preocupación, con lo que su respuesta se vio respondida con una rotunda afirmación. No hacía falta explicarle nada más. Ante la sorpresa de ambas, apartó los dedos que con tanta dulzura habían recorrido el dolorido sitio. Sharon se llevó una mano a la boca para comenzar a morderse las uñas. Temía haberle hecho daño.

-Estoy…Estoy seguro de que no es nada.-dijo él titubeando.-Yo también siento a veces como…como una opresión en el pecho, pero no es nada, no es nada, pasa enseguida. Te…Te pondrás bien, ya lo verás.

Aquel intento de calmarla era sin duda una estrategia para calmarse a sí mismo. Ella lo notó enseguida, y con su tierna y a la vez triste mirada le agradeció sus palabras. Una tímida sonrisa fue esbozada en sus labios completamente rojos, como la sangre.

-Gracias, Tobías.-musitó.

Las esperanzas estaban completamente rotas para ella: frágil, débil, etérea, enferma, dolorida, sufridora. Pero mientras él las conservase, todavía habría cabida para un ápice de alegría. Quizás pequeño y casi invisible, transparente, pero estaría allí. Sharon miró hacia el suelo, seguramente para no volver a toparse con la mirada verde como el veneno de Tobías. Aunque aquel era un veneno lo suficientemente dulce como para beber de él hasta la saciedad. De repente, salió la enfermera por 2ª y última vez en nuestra estancia.

-Señorita Spierenburg.

Los tres nos levantamos a la vez. Sharon me miraba, yo la miraba a ella, Tobías miraba a la enfermera, con ojos casi acusadores. Ella fue la que nos detuvo antes de que saliésemos hacia la consulta para advertirnos:

-Solo pueden entrar dos personas a la consulta.

Sospecho que Sharon no lo dudó ni un instante.

-Tobías, será mejor que tú te quedes aquí. No tardaremos nada.

Él abrió ligeramente la boca para replicarle, aunque comprendió que no era bienvenido y se abstuvo de decir nada. Seguramente fue entonces cuando se dio cuenta de que la balanza estaba equilibrada: que ambos se ocultaban algo. Quizás era mejor que no supiesen el secreto del otro. No valía la pena que ella agotase las pocas lágrimas que pudiesen albergar sus lacrimales; y en correspondencia a su tristeza, que él se arrimara con más ahínco a su dama blanca. Posé una mano sobre el hombro de Sharon. Supo inmediatamente lo que quería decirle y asintió. Miró a Tobías por última vez antes de entrar en la consulta. Su rostro confirmaba nuestras sospechas: sí, él también lo había notado.

Entramos en la angosta consulta casi al mismo tiempo. El médico, un señor de unos 50 y tantos años cuya cabeza estaba repleta de pelos grises, nos miraba atentamente, sin perdernos ni un instante de vista. Nos sentamos enfrente de él en dos sillas blancas en cuanto la enfermera nos dejó solos. Sharon le miró preocupada, sin dejar de palparse el pecho.

-Oiga,-dijo.-sé muy bien lo que tengo. Lo único que quiero es que me de algo para calmar el dolor.

Sonaba quejumbrosa su voz, casi suplicante de un bálsamo. El médico le respondió sin apenas mover los labios, secamente:

-Siéntese en la camilla y desnúdese de cintura para arriba.

Ella torció el labio al escucharlo, pero cedió finalmente. Se desabrochó el corsé, tras quitarse la torera, y los dejó caer encima de su asiento. Encontró descanso en la camilla dura, con los hierros tapados por una sábana blanca. Se apartó la melena, dejándola descansar en un solo hombro, para que el médico pudiese posar el estetoscopio en su perfecta espalda convexa. Se mantuvo completamente recta mientras el médico le mandaba respirar hondo, mientras cerraba la cortina que nos separaba. Aún así, echando la cabeza algo hacia atrás, pude entrever sus ojos cerrados mientras respiraba pesadamente, cogiendo aire por la nariz y dejándolo escapar por sus labios color carmín. Tras escuchar un rato su ronroneo, se abrió la cortina y pude verla. Y en aquella camilla no vi a Bloody esta vez exhibiendo sus pechos con lujuria encima de una cama; vi a una frágil Sharon cubriéndoselo recatadamente con ambas manos, temblorosa en una sala de urgencias. Cada vez que me miraba, era como si me estuviese pidiendo que la matase. Intenté mantener una sonrisa cálida para ella entre toda la frialdad de mi cuerpo. En ese momento, el médico abrió la puerta y llamó a una enfermera, balbuceando nombres extraños y largos, seguramente de medicamentos. No tardó en venir ella con una aguja con la punta completamente afilada, aparte de otro instrumental. Se sentó al lado de Sharon en la camilla y comenzó a frotarle una zona del brazo, aquella que casi era azul por el reflejo de las venas, con un algodón y alcohol. Nos explicaron que iban a inyectarle un calmante para el dolor. Aguantó estoicamente el pinchazo, aunque mordiéndose los labios y desviando la mirada para no tener que verlo. Posteriormente, le taparon la zona con un algodoncito y un poco de gasa. Antes de que nos marcháramos, formularon las palabras mágicas; “Ingresará el importe en efectivo en recepción”.

Tobías nos esperaba sentado en la sala de espera. Tenía la mirada clavada en el suelo, apoyando sus brazos en ambas rodillas. Sharon se acercó a él con algo de dificultad y le golpeó el hombro. Levantó suavemente la cabeza, aún algo perdido. Le agarró por un brazo y, con su escasa fuerza, le ayudó a levantarse. Ya de pie, él le agarró la cadera para caminar uno con el apoyo del otro. En cuanto nos vimos los tres fuera, Tobías nos acribilló a preguntas.

-¿Cómo estás, Blood? ¿Qué te han hecho? ¿Qué te han dicho?

-Cálmate un poco, ¿quieres?-respondió Sharon riendo cansada.-Aún te va a dar algo.

-Está bien, no tienes de qué preocuparte Tob.-dije.-Le han inyectado un calmante, eso es todo.

Abrí las puertas del coche con las llaves que antes me había entregado. Me senté en el sitio del conductor; ellos dos se sentaron juntos atrás. En cuanto hube cerrado las puertas, ajusté los espejos. Reflejados en uno de ellos vi a Tobías y a Sharon mirarse mutuamente. Quizás, y como se suele decir, sobraban las palabras. Comencé a conducir despacio, deslizando mis manos suavemente por el volante. No soy la mejor conductora, pero al menos ninguno de nosotros sufría histeria. Al cabo de un rato, pregunté, sin separar los ojos de la carretera:

-¿Cómo vas, Sharon?

-Shhh…-escuché en respuesta.

Giré la cabeza levemente. Tobías se posaba un dedo en los labios indicando que guardase silencio. Ella tenía la cabeza apoyada en su hombro y dormía profundamente. La acarició; primero el pelo y fue bajando lentamente al cuello hasta el pecho, al llegar allí detuvo sus dedos en seco. La miraba con una desbordante ternura, quizás pensando en lo fuerte que parece y lo delicada que es en realidad. Efímera como una mariposa la envolvió en los brazos, como si tuviese miedo a desgarrarla, a romperla. En cuanto llegamos al bar, me detuve.

-Habrá que dejarla en su piso.-murmuró Tobías.

-Yo no sé dónde es. Despiértala.

Torció el labio, no conforme con la idea. No obstante, se dio cuenta de que era la única solución y la movió suavemente de un lado a otro con una mano, hablándole con voz dulce.

-Blood, despierta anda. Despierta.

Abrió los ojos muy lentamente. Se separó de él y se desperezó. Aún seguía pareciendo débil y cansada. Nos indicó, con voz apagada, el camino hacia su piso. Al llegar allí, Tobías le abrió la puerta, pues salió primero. Ella le sonrió por el gesto, pero tropezó con el bordillo de la acera y cayó de rodillas.

-¿Estás bien?-preguntamos ambos a unísono.

-Sí, sí.-respondió, levantándose con la ayuda de Tobías.-Solo que estoy agotada.

-¿Podrás ir al piso sola?-habló él.

-Sí, no te preocupes.

-Si eso, que te lleve el moreno en brazos.-dije, señalándole.

Sharon y yo nos reímos, aunque él se puso colorado como una manzana. Desvió la mirada, con el fin de no toparse de nuevo con la de ella. Me di cuenta de que estaba nervioso, así que pasé de seguir puteándole y dejamos a Sharon en la puerta.

-¿Estarás bien?-le susurré antes de irme, mientras Tobías abría el coche.

-Tranquila. Mala hierba nunca muere.-sonrió levemente.- ¿Recuerdas?

Aquella frase la había dicho yo cuando estaba ingresada para operarme. Respondí a su sonrisa.

-Tú no eres una mala hierba.

-¿Qué soy entonces?-alzó una ceja.

-Una mariposa.-me di la vuelta y subí al asiento del conductor de nuevo.

Al día siguiente, la llamé por la mañana, mientras estaba en el trabajo. Los otros tomaban un descanso a la par que pegaba el oído al teléfono para poder escucharla hablar. Su voz sonaba menos dolida y más contundente que aquella noche.

-¿Cómo estás?

-Mejor, mejor. Aún algo aturdida.-se rió suavemente.- ¿Sabes? Menos mal que no subisteis conmigo.

-¿Por?

-David estaba en casa.

Me estremecí.

-¿Te hizo algo?

-Digamos que no me recibió con caricias.

-Sharon, me parece ridículo que no le dejes. Te mereces algo mejor que eso.-dije, con convencimiento de mis palabras.

-No voy a hacerlo. Si no lo hice, no lo haré ahora que estoy débil.

-Pero, joder, un día te va a matar.

-Si no me mata él, me matará el cáncer, ¿qué más me da?-hablaba con amargura.

No quise discutir mucho más con ella. No tardé en colgar encolerizada. Sé que se daba cuenta perfectamente de lo que pasaba, ¿por qué no hacer nada? Seguramente fue la experiencia la que me enseñó eso. El problema es que no querría bajo ningún concepto que Sharon tuviese que sufrir lo que yo sufrí.

Era más por la tarde, cerca de las 7, cuando me vi sentada en el jardín de mi casa, sintiendo la hierba bajo mis pies, rozando mis piernas. Observé a mi hija Amy correr por el campo entusiasmada, riendo. Iba detrás de una mariposa. Era de color azul, bastante común por nuestra zona en aquella época del año. Sonreí levemente al ver sus esfuerzos por atraparla. En cuanto lo hizo, se acercó a mí, encerrando al animal entre sus manos.

-A ver…-asomé la cabeza.-Es preciosa, Amy.

-¿Verdad que sí?-la miró ella también, sonriendo.

Asentí, mientras deslicé mi dedo por las alas. Se quedó impregnado en él un polvito azulado, el cual mi hija miró con curiosidad.

-¿Qué es eso, mamá?-preguntó, añadiendo luego, triste.- ¿Está enferma?

-No, no.-sonreí.-Esto son los trozos de vida de la mariposa.

-¿Trozos de vida?

-Exacto.-palmeé a mi lado.-Siéntate.

Lo hizo, mirando mis dedos con curiosidad.

-Los trozos de vida son los recuerdos de la mariposa. Cada uno de estos polvitos es un recuerdo que guarda.

-Ahhhh.-asintió.

-Mira, si te fijas bien… Este es el recuerdo de cuando rompió la crisálida para convertirse en una mariposa.-señalé una zona de mi mano.

-¡Guau!

-Y esta-señalé otra-de cuando comenzó a volar por primera vez.

Amy miraba mis manos asombrada, casi incrédula.

-Dime tú qué ves.

-Yo no veo nada, mamá.-torció el labio disgustada.

Fue entonces cuando recordé que era solo eso, una invención. Suspiré.

-No pasa nada, cariño.-le acaricié el pelo.- ¿Qué te parece si volvemos a casa? Podrías ayudarme a hacer un pastel.

-¡Vale!-exclamó, levantándose y soltando la mariposa en el momento.

Sonreí levemente y nos metimos en casa. Antes de cerrar la puerta, le eché un último vistazo a aquel grácil animal azul. Me recordaba a ella.

Los días estaban contados para la dolorida mariposa. Su frágil corazón solamente le proporcionaba los suficientes latidos como para seguir volando, apenas a ras del suelo. Y mientras deja que los pájaros le picoteen las alas, seguirá mirando al cielo que aspira, sin esperanzas de alcanzarlo. Quizás otras mariposas intenten ayudarla; quizás una con el corazón tan grande que pueda latir por los dos. Pero ella seguirá aferrándose a lo que tiene, a un clavo ardiendo, permitiendo que le destrocen los sueños. Mientras, la paloma volará bajito para poder ir recogiendo las alas desgarradas, para respirar el polvillo que desprenden. Sus trozos de vida.

viernes, 25 de junio de 2010

El Lugar Donde No Vuelan Las Palomas: Capítulo XXXIII-Tsubame no Hime


“Ding, dong”

-¡Ya vaaa!

Oí unos pasos sordos procedentes del pasillo de un piso en medio de ninguna parte, en un lugar donde, si tuviese dos dedos de frente, nunca entraría. De repente, abren la puerta. Vi a una Sharon sofocada, con el pelo algo revuelto y con un corsé en la mano. Su pecho níveo parcialmente cubierto por un sujetador se elevaba y volvía a caer a gran velocidad. En un lateral llegué a ver la marquita de la radio.

-Pensé que no llegarías tan pronto.-me dijo, tragando saliva entre jadeos.

-Lo siento si te he molestado.

-Que va, aún estaba escogiendo la ropa.-sonrió y me invitó a entrar.

La habitación tenía una grandísima cama en el centro. Montones de ropa yacían encima de ella, enfrente de un gran y desgastado armario. Sharon se acercó a su vestimenta y me invitó a sentarme:

-No te quedes ahí embobada.-pretextó.

Me dejé caer sobre la cama. Así de cerca, percibí unos rastros de sangre seca relativamente recientes en las impolutas sábanas blancas. No dudé en deducir de quién era. Sharon cogió un par de corsés y sus respectivas faldas y me los enseñó.

-¿Pongo el negro y lila con la falda lila… o el negro con la falda de tartán?

Torció el labio. Me rasqué la cabeza e hice la combinación mental.

-Creo que el conjunto negro y lila. Es más elegante.

-Gracias, Em. ¡Ah! Y antes de que se me olvide…

Se levantó a toda prisa y rebuscó en su armario. Mi vestido. Era rojo, con una enormísima abertura en la espalda y un escote generoso. El vuelo era asimétrico y translucía mucha movilidad.

-¡Es precioso, Sharon!

-Pruébatelo.-sonrió.

Me quité el pantalón y el jersey. Por encima, y tapando las piernas con unas medias negras que ella me había mandado traer en una mochilita, me puse el vestido. Me quedaba como un guante y mostraba mi tatuaje en toda su plenitud.

-Joder, muchas gracias.

-De nada mujer, para eso están las amigas.

-Por cierto,-exclamé, metiendo la mano en la mochila.-te traje algo.

-¿Quién te manda traer nada?

Le entregué ilusionada un paquetito de color azul eléctrico. Sharon lo abrió ilusionada. Su interior hizo que se tapase la boca con ambas manos. Un pañuelito negro de calaveras. Ahora podría esconder su cabeza, sin preocuparse por su burdo injerto, sentirse libre.

-Muchísimas gracias.-me besó en la mejilla.

Agarró el pañuelo y se dirigió al espejo. Allí, recogió su falsa melena en un mono y la ocultó con él. Se miró coqueta. Realmente, estaba hermosa. Encontré en ella una frágil perfección, en su piel blanca, sus rasgos enfermizos, su pelo escondido, que quizás poca gente descubriría. Quizás el hecho de verme envuelta en su misma enfermedad me confirió el poder de ver algo bello en ella. Intenté desviar el tema:

-¿Y de calzado qué pongo?

Se alejó del espejo y rebuscó arrodillada en su armario tras pensarlo unos segundos.

-¿Qué tal esto?-me enseñó unos enormes tacones negros.

-Eh…-me torné pálida.- Verás, Sharon… yo…

-Tú… qué.

-No sé andar en tacones. Por lo menos, que no sean más grandes que medio meñique.

Sharon se mordió los labios, esbozando una sonrisa.

-¿Hablas en serio?

-Y tan en serio. Todos los tacones que tengo son anchos y de pocos centímetros.-me rasqué la cabeza, un poco avergonzada.

Entonces sí que no pudo contenerse y estalló en una estentórea risa, tapándose la cara con las manos. Torcí el labio.

-No le veo la gracia.-refunfuñé.

-Es que…-balbuceó entre carcajadas.- ¡Ay, Dios! Como no vayas descalza…

-No es culpa mía, es mi equilibrio. No tengo equilibrio.

-¿Qué no tienes equilibrio?

-Lo decía mi profesora de gimnasia del instituto, y lo he corroborado. Quizá algún día llegué a tenerlo y se fue…-giré la cabeza.

Sharon, que había dejado de reír, pero aún conservaba una sonrisa, esta vez de ternura, volvió a entregarme los zapatos negros y dijo:

-Si alguna vez lo tuviste, vamos a recuperarlo.-me guiñó un ojo.

Sonreí levemente. No sé por qué me sentí segura; puede que por tener a mi lado una mano que me agarrase si cayese. Llevaba demasiado tiempo golpeándome contra el suelo, teniendo lejos e inmóvil la mano que siempre me agarraba.

Pronto nos hubimos arreglado. Nunca me había visto tan sensual. Mi delicada y estrecha figura, casi preocupantemente delgada, cobraba un nuevo sentido de voluptuosidad envuelta en aquel vestido rojo, como si se derramase sangre sobre la tela. En mis pies, unos tacones negros cual noche oscura hacían que aumentase un par de centímetros y estilizaban mis piernas. En la espalda, mi paloma tatuada se mostraba al mundo como un ave fénix que renace todavía con más fuerza. En el pecho, se entreveía mi cicatriz rosada; intenté taparla acortando el escote del vestido, pero Sharon me agarró la mano:

-Tiene que importarte una mierda que la vean. No querrás ser presa de ella toda la vida, ¿no?-arqueó una ceja.

-Tienes razón, Sharon.-bajé la mano, lentamente, rendida.-Pero es difícil acostumbrarse.

-Comprendo…

Salimos del piso. Sharon llevaba las llaves metidas en un compartimento del bolso, seguras, para que nadie nos las quitase. Por el camino, me contó que íbamos a ir a cenar a un restaurante japonés que está cerca del bar antes de ir a bailar.

-Las camareras son dos hermanas, japonesas.-me explicó.-Su familia suele trabajar en la cocina, aunque a veces las ayudan con las mesas y la caja registradora. Suelo comer allí siempre antes de ir a trabajar, sola. Ellas me hacen mucha compañía. Y ¿sabes? Esto es muy curioso… Dicen que no se acostumbran a los nombres ingleses, por lo que suelen apodar a la gente en japonés.

-¿Apodos en japonés?-me reí, intentando mantenerme tensa para no caer.-Miedo me dan.

-Tú tranquila, serán buenas contigo.-me miró.- ¿Vas bien con los tacones?

Miré mis piernas. Estaban completamente rígidas y mi andar no era natural. A veces, las recorría un intenso temblor que me obligaba a parar y recuperar la compostura.

-Más o menos.-murmuré, aferrándome a mi bolso.

El restaurante era bastante pequeño y con decoración tradicional, con figuritas y jarrones de porcelana con dragones pintados. Las paredes estaban revestidas de flores de loto pintadas; en una esquina, una mujer con un quimono descansaba impresa en témperas sobre el cemento. Detrás del mostrador había una anciana que veía la televisión, sin percatarse de nuestra llegada. Lo contrario les pasó a dos jóvenes de pelo largo oscuro, completamente liso, que limpiaban con la escoba la estancia. Su cara era prácticamente igual entre sí, pero una de ellas era de estatura un poco más baja. También se diferenciaban en sus camisetas, pues la de una era rosa y la de la otra amarilla, aunque de la misma marca y corte. Deduje que tendrían entre 20 y 23 años. En cuanto vieron a Sharon, se les iluminó la cara y corrieron hacia nosotras.

- ¡Chō no chi!-exclamaron, casi al unísono.

-Hola, Chiruko. Hola, Makoto.-las saludó Sharon con una sonrisa.

-¿Chō no chi?-pregunté. Había oído aquellas palabras antes y aún no sabía ni su significado.

-Significa “mariposa de sangre” en japonés.-respondió ella, sonriéndome esta vez a mí.

-¿Quién es ella, Chō no chi?-preguntó la chica de la camiseta amarilla señalándome.

-Es una amiga mía. Se llama Emily, pero podéis ponerle un mote.-me miró.- ¿A que sí?

-S…Sí, por mi bien.-respondí algo avergonzada.

Ambas hermanas me hicieron una reverencia, bajando la cabeza e inclinando la cintura hacia abajo.

-Somos Chiruko y Makoto Aino, encantadas.-respondieron, diciendo cada una su nombre. Makoto era la de rosa; la de amarillo, Chiruko.

-Encantada de conoceros.-dije, bajando suavemente la cabeza e inclinándome, al igual que ellas.

Chiruko se enderezó rápidamente y se situó a mi espalda con rapidez. La miré detenidamente, con asombro.

-¡Guau!-exclamó, palpándola con la yema de los dedos.- ¡Es precioso!

Entonces supe que habían descubierto mi tatuaje.

-¡Impresionante!-intervino Makoto, situándose junto a su hermana.- ¿Qué ave es?

-Una paloma.-respondí, con voz leve.- Es una paloma.

Ambas jóvenes se miraron mutuamente. Se sonrieron. Luego me miraron a mí.

-Creo que te tenemos el mote perfecto.-dijo una de ellas.

-¿Ah, sí?-preguntó Sharon.- ¿Cuál?

-Tsubame no hime.-afirmaron, aclarando posteriormente:- Princesa de las palomas.

Sentí que mi corazón pegaba un salto. Princesa de las palomas. Solamente al mirar mi tatuaje, pudieron acceder al rincón más escondido de mi alma, donde las voces de mi pasado susurran historias sobre princesas que enferman al alejarse de su palacio, sobre reinas que bailan descalzas amparadas por el licor y la luna, monarcas que vieron corromperse su reino, que derramaron tantísima sangre por él, tantas lágrimas, ángeles que vagan hechos pequeños retales, como muñecas antiguas, viejas, corroídas, y que intentan conseguir la felicidad a través de la sonrisa ajena. Un lugar en el que las palomas, al igual que en la ciudad, se abstienen de volar y actúan como melancólicas aves custodias de mis más profundos secretos; que con el batir de sus alas hacen que mi corazón siga latiendo, a pesar de la debilidad y la tristeza. Una simple imagen, atravesada por los puñales del tiempo, pudo revelarles tanto sobre mí.

-¿Te gusta, Tsubame no hime?-me preguntó Chiruko, ilusionada.

Me había tornado pálida. Me costó arrancar una sola palabra para calificar aquel mote.

-Sí, es muy bonito.-dije, con voz temblorosa.

Las hermanas sonrieron satisfechas y nos invitaron a sentarnos a comer. Pidió Sharon, pues ella controlaba más del tema. Un plato de tempura, sushi y brochetas de sepia. Para acompañar, un par de cuenquitos de arroz y vino tinto. Antes de venir la comida, nos trajeron un recipiente con frutos secos japoneses. Estaban francamente buenos. Sharon ni los probó, simplemente se aferró a la copa con su preciado néctar sanguinolento, la cual agitaba de un lado para otro, haciéndolo danzar como si fuese el vuelo de un vestido de seda. Suave, tierna y dulcemente.

-¿Por qué te llaman Chō no chi?-le pregunté, mirándola a los ojos.

-Ya te lo dije, les resulta más fácil con motes.

-Me refiero al significado.

-Bueno,-suspiró hondo.- lo de la sangre supongo que es por Bloody. Y las mariposas… a mí me encantan, pero no sé por qué ellas me llamaron así.

Yo sí lo sabía, y comencé a pensar si los japoneses no tendrían poderes psíquicos. Mientras comíamos, Sharon me contó cosas sobre su trabajo, sobre su día a día, al igual que lo hice yo. Aunque hubo algo que me impresionó.

-Está tan buena como la recordaba.-afirmó, mientras se comía una brocheta de sepia.

-¿Has comido sepia antes?-le pregunté.-Y eso que no es nada barata.

-Sí, bueno. Yo antes vivía en una casa mejor.

La miré, arqueando una ceja.

-Verás,-me explicó.-yo era hija de un multimillonario, pero me fui de lista cuando era pequeña. Ya sabes las locuras que puede hacer una criaja de 18 años.-aclaró.- Y me fui de casa. Renegué de mi identidad completamente, y tuve que convertirme en Bloody.

-¿De un multimillonario?-pregunté exclamada.-Allí comeríais sepia todos los días.

-Casi.-se río.

Me costó algo saber manejar los palillos para agarrar el escurridizo sushi que yacía en un barquito de madera, aunque aprendí a hacerlo con la práctica, y después de que mucho de aquel pescado de ahogase en el cuenquito de la salsa de soja. Poco después, Makoto y Chiruko se unieron a nosotras, aunque sin probar bocado.

-El único que falta aquí es Tobías.-dijo Sharon.-Podíamos ir a llamarlo.-me miró.

-No creo que le dejen venir, a esta hora trabaja.-recordé a su arisco jefe mientras pronunciaba esas palabras.

-¿To-bías?-preguntó Chiruko con dificultad para decir su nombre.- ¿Quién es Tob-ías?

-Es un amigo nuestro.-respondí.-Trabaja en el bar de ahí enfrente.

-¡Oh!-intervino Makoto.- ¿No será por casualidad un chico alto, siempre vestido de negro, de ojos verdes?

-Pues sí, es ese.

Ambas hermanas se miraron mutuamente como solían, igual que si se estuviesen leyendo la mente. Comenzaron a sonrojarse y chillaron eufóricas:

-¡¡Kawai na me!!

-¿Y eso?-preguntó Sharon, sonriente.

-Es “ojos bonitos” en japonés. Nosotras le llamamos así.-Chiruko suspiró profundamente.- ¡Es tan bishōnen[1]! Cuando sea más mayor, me casaré con él…

-¡A callar, Chiru-Chan! Solo tienes 17 años. Además, recuerda que tendrás que cuidar de mamá hasta que muera, ¡así que Kawai na me es mío!

-¡No! ¡No viste cómo me miró el otro día!

-¡Ja, ja, ja! Eso no te lo crees ni tú.

-Vamos chicas.-intervine, riéndome.-No os peleéis.-apoyé mis manos en sus respectivas cabezas, e hice que enmudeciesen en el acto, aún intercambiándose miradas asesinas.

Yo por lo menos sabía a quién amaba realmente Kawai na me.

Acabamos de comer aproximadamente a las 11 de la noche. Sharon fue la que les pagó, dejándoles un par de dólares de propina. Makoto y Chiruko se lo agradecieron con una sonrisa y nos acompañaron hasta la puerta, moviendo los brazos a modo de adiós.

-Sayonara Chō no Chi! Sayonara Tsubame no Hime! ¡Volved cuando queráis!

Me agarré al bolso, ligeramente apoyada en Sharon para no caerme, y ambas nos dirigimos entre risas al bar, a tomar la primera copa de la noche. Allí, limpiando la barra frenéticamente, se encontraba Tobías. Al vernos, saco el pitillo de su boca y dejó que el humo saliese lentamente acompañado de su saludo:

-Hola chicas.

-Hola, Kawai na me.-respondió Sharon.

Él arqueó una ceja, entreabriendo los ojos.

-¿Qué, qué, qué?

-Kawai na me.-repetí.

-¿Y eso en cristiano qué es?

Estaba a punto de decírselo, cuando Sharon me detuvo, respondiendo antes:

-Cosas nuestras. Eres muy curioso, Ka-wai-na-me.-se aproximó a él, apoyando el pecho en la barra como solía.

Tobías tragó saliva. Noté que se ruborizaba.

-Ponnos unas cervecitas, Kawai na me.-le ordené, para que abandonase su fantasía.

Torció el labio, algo molesto por su nuevo mote, pero obedeció diligentemente mi mandato. En cuanto se separó de nosotros, Sharon, riéndose pícara, me susurró:

-Por fin sabemos cómo putearle.

Me tapé la boca con ambas manos, aún así, mi risa se escuchó en todo el bar.

Tras nuestra breve estancia en el garito de siempre, nos movimos de pub en pub, contoneándonos por la calle como verdaderas princesas. Una mariposa de sangre y una monarca de las palomas paseaban juntas con la majestuosidad de dos lobas hambrientas.

-Emily, ¿es cierto lo que me contaste antes, eso de que no tienes equilibrio?

-Sí, es cierto.-asentí para reforzar mi afirmación.-No me preguntes por qué, pero no tengo.-la miré.- ¿Y tú de equilibrio qué tal vas?

Al pasar al lado de un muro, Sharon, en un arrebato de locura, se subió a él sin apenas esfuerzo. Se sentó en él, interponiéndolo entre una pierna y otra.

-¿Pero qué haces?-chillé alarmada.

-Quieres ver el equilibrio que tengo, ¿no?

Se arrodilló encima del muro. Una de las piernas, la dejó posteriormente colgando, para finalmente impulsarla y volver a subirla al muro, anteponiéndola a su cuerpo. Con los brazos en cruz, fue erguiéndose lentamente hasta llegar a enderezarse. Entonces, cogió en pañuelo que le había regalado, el cual estaba anudado en su cuello, y se vendó los ojos con él. Eso sí que hizo que me inquietase.

-¡¿Estás loca o qué?! ¡Quítate eso!

-Tranquila.-dijo, con voz pausada.

Comenzó a caminar, con un increíble virtuosismo, sobre aquel inestable muro de piedra. Su estilizada figura se movía en la oscuridad como si fuese la trapecista más hábil, adelantando rítmicamente primero un pie y luego otro, con los brazos extendidos para poder equilibrar. Me quedé tremendamente sorprendida. Los movimientos precisos de Sharon suscitaban envidia en mí. ¡Cuánto deseé tener ese increíble equilibrio! En cuanto llegó al final del muro, después de dar una vuelta entera, saltó y cayó sobre sus tacones, de cuclillas, en el suelo. En ese momento fue cuando se quitó la venda.

-¡Joder Sharon, fue impresionante!

-Bah, no es tanto.-rió leve.

-¿Qué no es tanto? ¡Ya me gustaría a mí!

-Si quieres puedo enseñarte.

Cerca de aquel había un muro más pequeño, en un pequeño parque. Me agarró por la muñeca y nos plantamos frente a él. Lo miré asustada, sé qué pretendía.

-No me subo ahí ni muerta, Sharon.-le advertí.

-Vamos, no te va a pasar nada, confía en mí.-arqueó una ceja, mientras me daba una palmada en la espalda.

Quizás fue su tono de voz, decidido y seguro, o fueron sus palabras tranquilizadoras, su “confía en mí”, pero apoyé un pie en el muro y, con un leve impulso, me subí a él. En cuanto me encontré allí arriba, me incliné hacia delante asustada.

-¡No puedo! ¡No puedo!

-Sí puedes.-me agarró de una mano.-Tranquila, yo voy a estar aquí.

Volví a enderezarme. Sentí cómo las piernas me temblaban. Un paso en falso y caería, como caí de la tabla de gimnasia en el instituto, caería al abismo, al mar repleto de cocodrilos. Interpuse un pie al otro con recelo; me sentí frágil.

-¡No puedo, Sharon! ¡Bájame!

-Te he dicho que confiaras en mí. Clava la mirada en un punto fijo, al frente.-lo hice, con algo de dificultad.-Así, muy bien, muy bien. Ahora, camina…-me aferraba fuertemente a su mano, desviando la mirada al suelo de vez en cuando.- ¡A un punto fijo!-gritaba Sharon.- ¡Mira a un punto fijo!

-¡No soy capaz!

Entonces, ella se subió al muro para colocarse delante de mí. Sonrió y comenzó a caminar hacia atrás sin dificultad, mientras me dirigía:

-Mírame a mí, extiende los brazos y anda. No dejaré que caigas.

Lo hice. Aún me temblaban las piernas, pero pude andar con un ápice de equilibrio durante un par de minutos. Luego, caí hacia delante, sobre ella, quien me agarró con fuerza.

-Muy bien, Emily, lo has hecho muy bien.

-¿Bien? Si casi me mato…-me apresuré en bajar del muro de un salto. Sharon me imitó.

Lo que aún no había comprendido era por qué tenía ella tan buen equilibrio. ¿Es que Dios, al crearla, le confirió el poder de caminar ágilmente por superficies estrechas, altas, movedizas? ¿Es que su grácil figura estaba destinada a moverse con tal precisión? Pensé en lo que había dicho Terry: Las princesas no tienen equilibrio. ¿Acaso Sharon no era una princesa, o era simplemente la excepción que confirma la regla? Quizás eran las alas de la mariposa que residía en su interior las que la hacían mantenerse erguida y firme.

Tras nuestra demostración de habilidades, nos metimos en un pub. No soy el tipo de personas que frecuentan esos garitos, pero Sharon me había hablado muy bien de él.

-Los tengo domados.-me explicó.-A todos los camareros. Verás.

Nos sentamos en un sillón alargado de color azul que se estructuraba como una culebra en torno a una mesa. Cruzamos ambas las piernas, casi a la vez, y esperamos pacientemente a que viniesen a atendernos. Sumergida en aquel ambiente repleto de humo, no pude resistirme a fumar un pitillo. En cuanto el camarero se acercó a nosotras, Sharon apoyó una mano en la mesa y le miró fijamente a los ojos.

-Tráenos una copa de vino tinto y…-esperó a que yo me decidiese.

-Un cubalibre.

El chaval se disponía a irse, cuando Sharon le rozó con los dedos suavemente, al grito de “perdona”. Él la miró con curiosidad, sin dejar de apartar la vista de su escote.

-¿Cuánto te debo?-preguntó, con voz sensual.

-Nada, nada.-respondió él, tragando saliva.-Invita la casa.

-Gracias, encanto.

Dejó que se fuera esta vez. En cuanto lo hizo, ella se giró hacia mí satisfecha.

-¿Ves? Los manejo como me da la gana.

En cuanto nos trajeron las bebidas, apenas me dio tiempo de darle un par de tragos antes de que Sharon se percatase de que sonaba una de sus canciones favoritas.

-¡Vamos!-me tiró del brazo y logró que me levantase, dejando la bebida en la mesa, para ponerme a bailar con ella.

Hacía tiempo que no bailaba; concretamente desde la vez que lo había hecho con Terry. Esta vez ni siquiera necesitaba alguien que me agarrase, pues era individual. Sharon comenzó a moverse sensualmente por la pista, como una grácil culebra, que alzaba los brazos y daba mil y una vueltas, provocando que su pelo se enredase a lo largo de su cuello, y el pañuelo ondease al ritmo de la música. Cada vez que un hombre la miraba, no podía evitar mover su cadera un par de veces, con movimientos secos y precisos, manteniendo el contacto visual; aún así, conseguía romper con el tópico de que era facilona y hacerse la interesante. Comencé a bailar con ella, frente a frente.

-¡Se te da bien!-gritó, para hacerse oír entre el ruido.

La verdad era que nunca había bailado así, pero supongo que llevo el ritmo en las venas. Comencé a reírme e interactué con ella, dando vueltas alrededor taconeando fuerte, intercambiando miradas y cruzando los pies entre sus piernas. Tras un rato, Sharon me dio un par de golpecitos en el hombro para intentar terminar con mi extasiada danza.

-Oye, mira aquel tío.-lo señaló con la cabeza. Era rubio, de ojos claros, no sabría decir si azules o verdes, y llevaba una camiseta ligeramente desabrochada.-No te quita ojo.

Era cierto, su mirada se clavaba instintivamente en mi cuerpo. Puse mala cara.

-Será a ti a quien mira.

-No creo. Además, yo ya estoy cogida.-intentó restarle importancia y seguir bailando.

-Pues yo menos.-suspiré.-No estoy preparada, yo quiero a Terry, aunque ya no esté.

-Pues vas jodida: se está acercando.

Era capaz de escuchar sus pasos a pesar del volumen de la música.

-Mierda, mierda, joder, ostia, ¿y ahora qué hago? Temo que sea un pesado y no me deje en paz el resto de la noche.

-¿Realmente quieres librarte de él? Tengo una estratagema para estos casos, pero no puedes delatarme. Finge normalidad y sígueme la corriente.

-De acuerdo.-tragué saliva.

Intenté hacer como que no le había visto, pero no tardó en arrimarse a mí.

-Hola guapa.-susurró.

-¡Eh, tú, mamón!-chilló Sharon, frunciendo el ceño, interponiéndose entre nosotros.- ¿Qué coño le haces a mi novia?

Entonces sí que creí morirme. La miré con los ojos completamente abiertos, transluciendo un gran desconcierto.

-¿Tu novia?-noté que tartamudeaba.

-Como lo oyes.-se acercó a mí y me agarró por la cintura.- ¿Verdad, amor?

-S…Sí, mi vida.-dije al fin.

El desconocido torció el labio, desconfiado.

-No la veo muy convencida.

-Y yo a ti te veo muy gilipollas.-saltó Sharon.

-Demuéstrame que sois novias. Si lo haces, te creeré.

Aquel tono altivo que adoptó el desconocido fue lo que, indudablemente, hizo que se lo tomase como algo personal. Me agarró por la cintura y me situó enfrentada a ella. Sentí cómo mi corazón se aceleraba.

-Yo le voy a dar demostración.-musitó.

Sus labios colisionaron con los míos en cuestión de segundos. Comenzó a mover su lengua, como si estuviese bailando sensualmente, por mi boca. Cerré los ojos. Aquel beso era picante, prohibido, casi placentero. No alcanzaba la plenitud de los besos de Terry, indudablemente, pero se mostraba interesante y arrebatador. Me agarré a su cuello, adoptando mi papel y jugueteé con su cabello. Noté cómo el maquillaje de sus labios quería desprenderse de un momento a otro, mezclarse con el mío, crear una tonalidad roja con reflejos rosáceos, o rosa con reflejos rojizos. Su respiración se escuchaba calmada y suave, al contrario que mis jadeos descontrolados. Nos separamos con mucha dulzura. Me acercó a ella y volvió a mirar al desconocido, que nos miraba asombrado.

-Ya estás tardando en esfumarte, maricón.

Esta vez no hubo réplica. Se fue, casi corriendo, de nuestro lado. Sharon, al ver lo que habíamos conseguido, se echó a reír.

-Jódete, jódete, jódete.-murmuró, satisfecha.

-No comprendo cómo puedes estar tan tranquila.-miré mis manos. Temblaban aún debido al subidón de adrenalina.

-Digamos que una puta tiene que hacer de todo.-sonrió. La comprendí al instante.

-Yo es la primera vez que…bueno…beso a una mujer.

-Para todo hay una primera vez.-me miró.- ¿Y qué te pareció?

-Raro.

Ambas nos reímos, amparadas bajo los focos de la pista de baile. Bajo el influjo de la negra noche, la mariposa batía sus alas con más fuerza que nunca, y la princesa volvía a sentirse libre después de tanto tiempo presa de la tristeza.


[1] Bishōnen: “guapo” en japonés.