lunes, 12 de julio de 2010

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XXXIV- Hablando en pasado


Casual figures of tired hours[1]
The confused code number, riddle without words
(...)
[We fall, as at cinema
It would not be sad, it would be ridiculous]
And we will be for ever
Together
Shout has gone out, in a house window
The world without "us"
(...)
[Do not surrender, to live is to be in fight]
Day for two, one houses
Fear, wall, saliva, coma
From here all bad is visible in red paints
And you are powerless
Identification of a corpse as in news speak - bodies
You should be courageous
(...)
Ice in my hands
The rain in eyes will rush back
Coma.

Koma-Slot
(La canción original es en ruso, esta es la traducción más o menos fiable al inglés)



Paredes blancas, rugosas, conocidas. Deslizo mis dedos, sintiendo cada uno de los socavones que la forman. El vuelo de un vestido, camisón acaso. El lazo que se anuda bajo mi pecho se mueve de un lado a otro. Al compás de mi andar. Taconeo. Fuerte, sonoro, rítmico. Sale de mis pies, ¡imposible! Una puerta se abre. Luz cegadora, que absorbo con la totalidad de mi retina. Y allí está. Es Terry. Somos él y yo en una misma habitación. Puedo ver sus ojos abiertos. ¿Debería sorprenderme? Solo sonrío.

-Mi reina linda.-susurra.

Me acerco con rapidez. Mi escaso equilibrio se rehabilita. Adopto el pasear de una modelo, de una princesa, de una equilibrista. Un pie delante del otro. Un pie delante del otro. Comienzo a verle con claridad. No hay duda de que está despierto. Abro las piernas y me subo a la cama. Apoyo un puño. Otro puño. Le miro. Le domino. Le consumo. Se acelera mi respiración. Entrecortada. Rápida. Agitada. La suya no la escucho, aunque agudice el oído. Nada.

-¿Qué quieres hacer, Emily?

-¿Que qué quiero? Darte la mejor noche de tu vida.

Me agarra por las caderas. Movimiento seco. Caigo sobre la cama. Ahora es él el que me mira. La Dominatriz se deja dominar como un corderito. Dejo yacer las manos sobre la almohada. Mi ropa desaparece. El viento se la lleva. El aire me trae una ráfaga de voluptuosidad. Le beso en los labios. Tras tanto tiempo. No existe sabor más dulce que el de los besos olvidados. Ni dolor más profundo que el de las caricias ausentes. Desliza sus manos. Destino, mi cicatriz. Mi corazón comienza a golpear con fuerza. Mis sienes. Mi pecho. Las yemas de mis dedos. Tiemblan. Él retira los hilos suavemente. Como si fuesen cordones de un corsé. Me abrazo a su cuello. Ahora el corazón tiene por donde escapar, como si me renegara. Nunca había sentido tanto amor en un solo momento. Late demasiado fuerte. Le beso el cuello. Me caen las lágrimas.

-Terry, tienes que despertar.-agarro su cara. Necesito que me mire.-Tienes que volver a casa. Amy y yo te necesitamos, yo te necesito. No puedo seguir sin ti. No aguanto.

Baja la mirada. Me esquiva. Todo comienza a hacerse borroso, a desvanecerse en la oscuridad.

-¡Terry!-un grito. Silencio. Susurro.-Te perdono.

*Bip Bip Bip*

Abro los ojos, aún envueltos por legañas escarchadas.

-Mierda.-consigo murmurar, mientras alzo el brazo débilmente para apagarlo. En cuanto lo hago, dejo que caiga fuera de la cama.

Me giro, en un impulso, y miro a mi lado. Sigue sin haber nadie. ¿Tendría que ser de otra manera? Suspiré hondo.

-Adoro estar enferma.-murmuré, gruñendo.

El Síndrome volvía a carcomer mis sueños, y cada vez con más frecuencia y más ferozmente. La ausencia se hacía demasiado larga, y no podía atreverme a caer en la resignación. Sé que volvería; volvería, y yo le diría todo lo que necesitaba decirle. Pero pasaban las horas, los días, los meses, y lo único que paliaba mi dolor era mirar hacia el pasado. Luego, todo lo que en otro tiempo me había hecho feliz, se rompía en mis dedos como si fuese un dulce cristal. Hablar en pasado es algo que te hace ver que lo que tuviste en otro tiempo se ha ido, se desvaneció, y no volverás a recuperarlo jamás; pero yo no podía hacerlo. No hasta que no hubiese esperanza.

Me levanté de la cama con dificultad. Corrí a preparar a Amy para ir a la escuela y luego encaminarme hacía el trabajo. Era la rutina de siempre, que había perdido interés y emoción, si es que alguna vez lo había tenido. Me sentía vacía cada mañana, como si me faltase algo esencial. Hasta que no lo recuperase, todo sería en blanco y negro.

-Mamá.-me dijo Amy cuando estábamos en el coche.- ¿Hablaste con papá?

Era la típica mentira. Iba a mantenerla viva costase lo que costase hasta que todo volviese a su cauce. Sin separar las manos del volante, comencé a hablar serenamente:

-Sí, cielo. Me dijo que está bien, y te manda muchos saludos.

-¿Por qué nunca llama cuando puedo hablar con él?-noté que su tono era triste y lastimoso.

-Porque está muy ocupado. Pero no te preocupes, cuando vuelva, ya lo harás.

Apenas se me ocurrían argumentos para tranquilizarla, aunque tampoco es que aquella mañana estuviese muy lúcida. Lo único que necesitaba era volver a acostarme en la cama y soñar…

En la oficina apenas presté atención a mi trabajo. Miraba para la pantalla del ordenador, pero no veía nada; oía a los clientes, pero no les escuchaba. Apoyaba la cabeza sobre la palma de mi mano y me fijaba cada poco en el reloj. Interminables minutos se paseaban por mi mente, recordándome que estaba un minuto más lejos de él. Quise buscar reposo a mi alma atormentada en los recuerdos. Sí, aquella mañana de junio, en el recreo. Yo siempre estaba sola, o acompañada por unas chavalas que hablaban de temas de los que no entendía, y me tenía que mantener en silencio. En pleno verano, y aún llevaba un abrigo, debido a mi algidez crónica, y me acurrucaba en las escaleras del patio a pensar en mis cosas sin que nadie me molestase. Mi mente era un mundo aparte que nadie podía pisotear, en el que nadie podía entrar, que nadie podría destruir. Estando absorta en mis pensamientos, llegó Terry y se sentó junto a mí. No me había percatado de su presencia, así que golpeó mi hombro. Me asusté.

“-Pensé que eras otra persona.-me excusé.

Nos levantamos, para poder dejar pasar a unos profesores.

-¿Cómo puedes aguantar una chaqueta así en pleno verano?-se rió.

-Ya te dije que siempre tengo frío, no es culpa mía.

Me miró como solía, acariciándome con sus ojos color tequila, siendo la única persona cuya presencia me provocaba sosiego en lugar de terror.

-¿Sabes? Cuando seamos más mayores, tenemos que escaparnos a las Bahamas.

La que me reí a carcajadas entonces fui yo.

-¿A las Bahamas a qué, si puede saberse?

-Es un sitio cálido, alejado de la mano de Dios, paradisíaco, con playita, sol... Tú olvidarías para siempre lo que se siente al tener frío y yo…-se lo pensó durante un instante.-Yo renegaría de mi identidad para siempre y comenzaría desde cero.

-¿Por qué?-me eché un mechón de pelo para detrás de la oreja.-Me gusta tu identidad.

-Hay demasiadas cosas que no sabes.

Bajé la mirada. Sabía que no iba a contarme nada.

-Aunque-prosiguió.-piénsatelo. Viviríamos en cabañas de madera, ¡podríamos ser vecinos! Nos pasaríamos el día en la playa, sin preocupaciones. Y… tú llevarías florecitas hawaianas en el pelo.-agarró las puntas y las palpó, moviéndose emocionado de un lado a otro.

-¿Hibiscos?

-Hibiscos, eso.

Sonreí dulcemente.

-No es mala idea, me encantaría fugarme contigo…”

-Vuelve a la realidad, Emily.-me murmuré a mí misma.

Miré a mi alrededor. Habían pasado demasiadas cosas desde aquel día. No, Terry no había renegado de su dolorosa identidad, ni yo me había librado del intenso frío que regía mi cuerpo. No había islas paradisíacas ni cabañas de madera; tendríamos que permanecer eternamente atrapados en este lugar donde no vuelan las palomas, al igual que el melancólico Tobías, la dolida Sharon, el inocente Klaus… Ninguno de nosotros conseguía escabullirse a su paraíso alejado de la mano de Dios, permanecíamos resignados en aquel Averno que se disfraza de ciudad. Cada uno viviendo su propio Infierno, teniendo que refugiarse en el pasado. ¡Tantas cosas habían pasado desde que nos habíamos prometido fugarnos juntos! Me había quedado viuda, separado, tuve dos hijos y dos hijos me murieron, Terry volvió a plantar semilla en mi vientre y me dio una hermosa niña, mi corazón corroído por la enfermedad quiso detenerse para siempre… Quizás algún día el Síndrome lo consiga.

Dejé a Amy en casa de Lorelay tras salir del trabajo y me encaminé al hospital. No comí, no quería hacerlo. Tan solo quería verle. Poder contemplar su piel blanquecina, sus ojos sin brillo, sus labios pálidos. Me acerqué al sillón que había junto a la cama y me senté en él. Me imaginé que era simplemente un sueño, que simplemente estaba dormido y que en cualquier momento podría despertar, y devolverle a mi vida aquella parte que le faltaba, que estaba en letargo. Me acurruqué en mi asiento, buscando aquellos brazos que no tenía, y le observé detenidamente. No tenía nada que decirle, nada que expresarle en palabras; tan solo tenía para él el dolor y la incertidumbre que se entreveían en mis lágrimas. No podía prometerme no llorar cuando estuviese allí, era imposible no hacerlo. En aquella ciudad, solamente podía ver palomas morir, pero no por volar, sino por tener cortadas las alas. Un par de lágrimas se deslizaron por mis mejillas. Llegué a desear que se hubiese muerto a causa de aquel disparo y poder ahorrarse todo ese dolor. Era una lucha cuerpo a cuerpo con la imperturbable y temida Muerte en la que no podía prestar ninguna ayuda; era Terry contra Ella y Ella contra Terry, y era aún imposible saber quién iba a ser el vencedor.

En ese momento, abrieron la puerta. Agarré instintivamente la pistola de mi bolso al no observar al extraño huésped ataviado con una bata blanca.

-Identifíquese.-dije, secamente.

-¿Q…qué me identifique?-tartamudeó.

-Sí, identifíquese inmediatamente.

Dejé entrever la pistola, apartando la mirada de él.

-P…Pues yo conocía a… yo le conocía…eh…

Empuñé con ira el arma y le apunté sin titubear. Observé cómo levantaba las manos asustado.

-¡No me venga con monsergas!

-¡Eh! ¡Eh! ¡B…baje eso! ¡No voy a hacerle nada!

-Le estoy diciendo que quién es.-seguí en mis trece, con frialdad.

-S…soy compañero de trabajo de él… de Terry…Trabajamos juntos en el taller.

Dejé caer mis manos sobre las rodillas.

-¿Charlie?

-Exacto.-asintió.-Ande, guarde la pistola, que m…me pone nervioso.

La guardé de nuevo en el bolso, sin dejar de observarle de arriba abajo con recelo, aunque con algo de admiración. Aquel era el Charlie del que tanto había oído hablar.

-No esperaba que hubiese nadie más aquí.-dijo, más tranquilizado.-Así que ahora le toca identificarse a usted.

-Yo soy Emily.

-¿Emily? ¿La novia de Terry? ¿Esa Emily?

-¿Qué otra Emily quería que fuese?-me encogí de hombros.

-En…Encantado de conocerla. Terry me había hablado muchísimo de usted.-me ofreció la mano.

-Lo mismo digo.-respondí, algo más cordial, estrechando su mano con delicadeza.

Al haber un par de sillones en la habitación, Charlie arrimó uno de ellos, que yacía en una esquina, al mío, que estaba al lado de la cama de Terry, para poder observarle en todo momento. No me inmuté ante los movimientos de su compañero, volví a clavar la vista en la cama, y en el cuerpo álgido que descansaba en ella, como si no hubiese nada ni nadie más en la habitación. Seguramente, al percibir esto, intentó sacar algún tema de conversación:

-Eres tan guapa como Terry decía, veo que no exageraba.-su voz sonreía, pero no encontró respuesta por mi parte.

“Olvidar lo que se siente al tener frío”, cuánto deseé entonces haber escapado con él lejos cuando tuve la ocasión. Lejos, lejos, lejos…

-Era buen chaval, y muy trabajador, por cierto. Es una pena que le haya pasado esto, siempre los mejores…

Siempre los mejores… ¿Se van? ¿Caen, como castillos, como torres de naipes? Ninguna de aquellas dos cosas le había pasado. Fruncí ligeramente el ceño, aunque seguí sin añadir nada.

-El chollo en el taller es mucho si no está él, los otros son mucho más vagos. La verdad es que es una gran pérdida.

Sin dejar de mirar a Terry dormir su interminable sueño, opté por arrancar furiosa aquellas palabras de mi boca:

-Escucha, no es una gran pérdida porque no lo hemos perdido. No hables en pasado sobre él.-giré la cabeza para mirarle, rozando la ira.- ¡No está muerto, no lo está! ¡Aún seguirá hablando contigo y trabajando contigo! ¡Seguirá diciendo…mintiendo, acerca de que soy guapa! ¡Sigue siendo buen chaval! ¿Es que no lo comprendes?

Volvió a ponerse nervioso, su voz le delataba.

-Lo s…lo siento mucho.

Me senté en el sillón de nuevo, pues me había levantado con el enfado. Charlie no tardó mucho en irse, seguramente tachándome de rara. Rara no sé, pero sí paranoica, y sí dolida. Me incliné sobre la cama. Necesitaba sentirle cerca, poder susurrarle.

-¿Por qué se empeñan en darlo todo por perdido? ¿Es que así somos los humanos, seres que nos rendimos, que dejamos de luchar, de creer, de tener ilusión, solamente por ver el objetivo alejado de nosotros? ¿Por qué hablan de ti en pasado, Terry? El navajas, Charlie… Cierran el capítulo de tu vida airosos, trocando el tiempo verbal de sus afirmaciones, echan por tierra todo lo que estás luchando.-bajé la mirada.-No sé si me estás escuchando, pero te aseguro que mientras siga latiendo tu corazón no me voy a dar por vencida.-negué con la cabeza.- ¿Crees que una princesa dejaría morir la esperanza de recuperar a su enano?-me reí levemente.-Nunca lo haría. Si no, ¿quién va a hacerle recuperar la alegría? La vida me enseñó a hablar en futuro y pensar que quizás algún día podamos irnos juntos a las islas paradisíacas de las que me hablabas. ¿Te acuerdas?...-sonreí con tristeza.-Tengo que recuperarte como sea.

De repente, un ruido enervante y molesto envolvió la habitación, haciendo que me despertase de mi ensoñación de repente. Sonaba como un chillido agudo, como el grito de dolor que desgarra una garganta reseca. Miré alarmada al frente, luego a los lados. Era mi teléfono móvil.

-¿Sí?

-Emily.-Supe enseguida de quién se trataba. Aquel pronunciar nervioso no me dejaba la menor duda.

-Tobías, ¿qué pasa?

-Tenemos que hablar.

-¿Ha pasado algo?-mi rostro translució preocupación

-No, no, no. Solo quiero hablar. Teníamos que contarnos algo.

-¡Ah, es cierto!-asentí.- ¿Cuándo te viene bien?

-Por mí, vente ahora. Acabo de levantarme.-parecía cierto, a juzgar por su voz apagada.

Miré mi reloj de muñeca con curiosidad. Eran las 5 de la tarde. El tiempo se pasa volando cuando te encierras entre los recuerdos que residen en tu melancólica mente.

-¿Dónde quieres que hablemos?-le pregunté.

-En mi casa, mismo.

Tras haberlo hablado, colgué. El camino quizás se me haría largo, y volvería a aflorar el dolor, como si fuese pisando las espinas que llevo clavadas en el alma. Miré a Terry. Había perdido tanto, tanto, tanto en aquella cama. ¿Podría perder más? Me levanté silenciosamente y volví a dirigirme, sin miedo a que me pillasen los médicos, a aquella sala pequeñita. Y allí, en aquella cartera, estaba la fotografía. “Do it for her”. Seguramente él hablaba sobre ella en pasado, como si nunca volviese a repetirse aquel momento, con nostalgia. Quizás no podríamos sacar una foto igual, pero él sí podía seguir viviendo. La guardé en el bolsillo y salí de la habitación. Volví a mirarle. Quizás era hora de rendirme yo también.

Incomprensiblemente, mi sentido de la orientación se había despertado completamente y me dirigí certera al piso de Tobías, no sin la imagen mental de la fotografía, de Terry. El recuerdo de sus ojos, de sus palabras. “Renegar de mi identidad”, “olvidar lo que se siente al tener frío”, volar como las palomas, lejos, donde nadie pudiese encontrarnos juntos, simplemente lejos. Cerré los ojos. Una lágrima fue limpiada por el viento cautelosamente, como si fuese un leve pañuelo bordado con gotitas de lluvia. Mi rostro comenzó a mojarse por el llanto del cielo, y por el mío propio. Era la empatía que los ángeles y los astros mostraban hacia mi pena. Cada paso que daba era un segundo más del pasado. Al llegar a la casa de Tobías, escampó como si nada. Aún así, seguía sin calentar el sol.

-Pasa.-me invitó a entrar, ya arriba.

Estaba tal y como la recordaba, quizás más desordenada si cabe. Miré hacia los lados con curiosidad mientras escuchaba los soplidos con los que Tobías se liberaba del humo de su cigarro. Colgué la chaqueta, pues estaba empapada, en una percha en cuanto entré. Posteriormente, nos dirigimos a su habitación, en cuya cama me senté. Me agarré ambos brazos, y comencé a tiritar, acurrucándome en mí misma.

-Eh, ¿te pasa algo?-me preguntó, colocándose enfrente de mí.

-Tengo mucho frío.-murmuré, entrecortada, mirándole desde abajo.-Muchísimo.

-Eso es por la calefacción.-comenzó a pasear por la estancia.-Está jodida desde hace años. En cuanto sopla un poco de viento, es como estar dentro de un mausoleo.

Comenzaron a temblarme los labios. Sentí cómo toda mi piel se erizaba hasta dolerme.

-Estoy congelada.-susurré, todavía en voz más baja, como si se estuviese apagando.

Tobías, que notó al momento mi malestar, se dirigió al armario. Bajé la mirada. Sin previo aviso, sentí una calurosa y suave influencia en los hombros. Me estaba tapando con una sudadera azul de algodón.

-Espero que así entres en calor.-sonrió, recordándome aquella vez en la que él había sufrido tanto frío.

-Gracias, Tobías.

-No se merecen.

Volvió a hacer hincapié en colocarme debidamente la sudadera. Agarré los dos extremos y le sonreí. Entonces, me rozó suavemente una mano con una de las suyas, aquella que estaba completamente resquebrajada.

-Tienes las manos ardiendo.-le dije.

-Pues será ahora, porque no suelo.

-¿También las tienes frías?

-Templadas, supongo. Cuando me rajo se enfrían un poco.-le miré con curiosidad, aclaró.-Será por la pérdida de sangre.

Le miré, algo entristecida. Realmente, aquel no era el día adecuado para hablarme de heridas.

-Ibas a contarme lo de tu hermano.-cambié de tema.

-Cierto.-asintió.-Aunque no sé muy bien por donde…empezar.-se rascó la nuca algo nervioso. Seguramente los gritos de una pandilla de niños que jugaban en la calle lo hacían inquietarse todavía más.-Viví toda mi infancia con mi madre y mi hermano Jesse. No teníamos ni un duro, y menos desde que murió mi padre, cuando yo era muy pequeño. ¿Sabes? Es curioso que no recuerde estar con mi padre, jugar juntos, ni nada de eso. Lo único que recuerdo de él es verlo acostado en el ataúd en el velatorio. Eso ya hace que te preguntes… no sé… ¿por qué papá está ahí? ¿Por qué duerme en un sitio tan estrecho?-se rió leve.-Desde entonces, mi madre se volcó mucho en Jesse. De mí, básicamente pasaba bastante, por lo menos de hacerme mimos y eso. Decía que me parecía demasiado a mi padre.-torció el labio.-Un día, mi hermano y yo estábamos jugando al fútbol y comenzó a toser mucho. Le llevamos al hospital. Tuberculosis, una enfermedad de fácil curación en un país como este. Pero no teníamos pasta, y como ratas hay a montones…-hablaba con ironía y amargura.- ¿Qué más dará una más que una menos? ¡Si se reproducen continuamente!-suspiró angustiado.-No es fácil a los 9 años ver cómo se apaga una vida. Lo único que sabes de la muerte es lo que viste en los comics, ¿y sabes qué? Ahí solo mueren los malos, y mi hermano no era de los malos. Un mocoso de 4 años no puede guardar maldad.-negó con la cabeza, convencido.-Me pasé toda su enfermedad durmiendo a su lado, arrodillado al pie de la cama. Al principio mi madre me echaba la bronca por si me contagiaba, pero llegó un momento en el que comenzó a darle igual, porque veía que se le escapaba todo de las manos. Hasta que una mañana me desperté… y nada. Nada, la noche se lo había llevado. Se lo había llevado y no iba a volver.-se mordió los labios.

-Tobías, tranquilo.-le acaricié la espalda, deslizando mi mano de arriba abajo.

-No…No pasa nada.

-Hoy te noto muy nervioso.-hice que me mirase, apoyando mis dedos en los laterales de su cuello. Sentí, sobre la yugular, lo fuerte y rápido que latía su corazón.-Quizás no deberías habérmelo contado hoy.

-Que va. Este es el día idóneo para sacar mierda, lo necesito.-se le notaba mucho más sereno, pero con algo de congoja en la voz.-Aparte, ahora te toca a ti.

-¿A mí?-confiaba en que no se acordaría.

-Ibas a contarme tu experiencia, lo de tu hermana.

-Ah, ya. No tiene mucho que contar, fue todo muy rápido.-intenté sortear el tema.- Teníamos 5 años ella y 6 años yo. Estábamos jugando con las cometas y una se enganchó en un árbol. Subió a cogerla y…se calló, y se partió la cabeza.

Tobías palpó una de sus sienes, como si él sintiese ese desgarrador y mortal dolor.

-Joder.-murmuró.-Debió ser muy fuerte para ti.

-Lo fue.-le miré a los ojos.- ¿Quieres que te cuente un secreto?

Asintió, con curiosidad.

-Eres a la primera persona a la que se lo cuento.-bajé la cabeza.

-Para todo hay una primera vez.-sonrió. Otra vez aquella sonrisa amiga y dulce.

Mi hondo suspiro se escondió entre las risas de los niños de la calle.

-Verás, tras perder a mi hermana tuvimos que mudarnos a la ciudad. Aquella casa estaba teñida de sangre, y no podíamos permanecer allí, con el recuerdo fresco de su muerte en la memoria. Estaba haciendo la maleta de mis juguetes cuando escuché un ruido procedente del jardín. Me asomé por la ventana y la vi. Era una paloma. Bajé a verla y… Tenía un ala arrancada, perdía mucha sangre. Quizás cuando llegué aún quedaba algo de vida en ella, pero se desvaneció al poco tiempo. Después de haber reprimido tantísimas lágrimas al morir mi hermana, lloré con todas mis fuerzas enfrente de aquella paloma muerta. Quizás fue entonces cuando me percaté de que ninguna de las dos volvería.

Bajé la cabeza apesadumbrada. Desde aquel día a mis tiernos 6 años, las palomas se cruzaron en mi vida continuamente, alentándome, hundiéndome…

-Las palomas te recuerdan a ella, ¿verdad?

Negué con la cabeza.

-Aquella al menos era mi infancia. La infancia que perdí.

Las lágrimas pugnaban por volver a escaparse de mis ojos. No hice nada por frenarlas. No podía retenerlas ni un segundo más, estaban haciéndome demasiado daño. Di descanso a mis párpados al apoyar las pestañas en mis mejillas. Fluían aquellas dóciles gotitas de agua, del agua que emanaba mi más honda melancolía. Fueron las palomas las que me trajeron de vuelta todo aquel sufrimiento. De repente, me vi envuelta en un calor dulce, muy dulce, que intentaba paliar aquella dolorosa algidez. Sentí un tejido suave rozando mi mejilla, a la par que una estructura frágil que la sostenía. Entreabrí los ojos entre sollozos entrecortados. Me encontraba abrazada intensamente a Tobías. Introduje las manos en sus costados y me aferré a su espalda, agarrando con fuerza la camiseta negra. En cada una de aquellas lágrimas iba una pequeña declaración de mi agradecimiento. Comencé a gemir de una manera tan fuerte que era como si me estuviesen arrancando la piel del alma. Tobías me acarició el pelo susurrando frases tranquilizadoras. No recuerdo lo que me decía, pero sí cómo me calmó aquella voz grave y profunda.

Sin previo aviso, llegó un momento en el que él me apartó violentamente y se levantó de la cama. Le miré entre lágrimas, asustada por su reacción. Abrió la ventana, pudiendo mirar a la cara a aquellos escandalosos chiquillos. Me acerqué a él con rapidez, mientras cogía aire, se apoyaba en el alféizar y, posteriormente, gritaba con todas sus fuerzas:

-¡Putos mocosos de mierda callaos de una Santísima vez si no queréis que os meta un palo por el puto culo! ¿¡Queda clarito!?

Los niños se quedaron callados, conmocionados. Uno de ellos rompió a llorar. Tobías, aún cabreado, cerró de golpe la ventana.

-¿Estás loco?-le reprendí.- ¿Cómo se te ocurre decirles eso?

-¡M…Me estaban poniendo del hígado, joder! ¡No los aguantaba ni un…ni un solo segundo más!

Le miré a los ojos, tras haberme liberado de las lágrimas. Estaba pálido. El labio inferior le temblaba suavemente. Me fijé en su nariz posteriormente.

-Tobías-me acerqué a él, hablándole con voz serena.-volviste a recaer, ¿no es cierto?

-No.-le seguía temblando el labio.

-No me mientas.-volví a centrarme en la nariz. Pequeñas estelas titilantes confirmaban mi afirmación.

Bajó la cabeza. No quería que le viese morderse los labios. Encogió los puños y los apretó con fuerza.

-Contéstame, Tobías.

-Sí, ¿vale?-levantó la cabeza bruscamente-¡Sí, me volví a meter! ¡Pero es que no podía…no podía! ¿Tú sabes cuántas noches llevo sin dormir? ¿Quieres que te las enumere? Para que te hagas una idea, ¡llevo desde que me quité! ¿Tú sabes cuánto tiempo es eso? ¿Crees que puedo estar sin dormir toda la puta vida?-esta vez eran las manos las que le temblaban. Rompió a llorar.-Sé que os he defraudado, a ti y a Bloody… Vosotras confiabais en mí y yo lo eché todo a perder. Pero no pude, no pude, no… Tenía que hacerlo si quería ponerme bien.

-Tobías, tranquilo. Hiciste lo que pudiste.-apoyé la mano en su hombro. Le miré a los ojos inclinando ligeramente la cabeza.- ¿Vas a contárselo?

Negó con la cabeza.

-No puede saberlo. No quiero que se desilusione. Ella no tiene la culpa de que yo sea un perdedor.-se dejó caer sobre la cama, como si se le hubiese agotado la vida. Acostado, se tapó la cara con ambas manos, sollozando intensamente.-Blood, perdóname.-murmuraba.

-¿Cuántas te tomaste?-me senté a su lado y le acaricié la rodilla.

-Me pegué un tiro…-se corrigió al ver que no entendía.-Me metí una raya de coca ayer por la noche, a las 4 de la madrugada y… y dos de cristal hoy por la mañana. Pude dormir hasta las 8 y media. Eso es mucho para mí, ¿sabes?

Le miré con tristeza. “Perdóname” me susurró a mí esta vez mientras se retorcía de dolor encima de la cama. Me recosté a su lado, apoyando la cabeza encima de su pecho. Suspiré. No podía regañarle. Aquel día me estaba matando.

-Quizás fue demasiado brusco dejarlo de repente. Mejor que vayas disminuyendo poquito a poco.

Se incorporó de repente.

-No, no, no, no, ni de coña. No pude hacerlo y no voy a volver a probar. No, no quiero volver a pasar todas aquellas noches en vela no, no, no, no.

Nos miramos mutuamente. Seguramente él esperaba algún reproche por mi parte. Lo que hice fue permanecer sentada a su lado, repitiéndome aquellas palabras dolida:

-La solución es hablar en pasado, ¿no? No os veis capaces de hacer algo y habláis en pasado. No veis ninguna salida y habláis en pasado. Creéis que así está todo perdido, que no hay remedio de cambiarlo, ni de que vuelva a nosotros. El pasado, pasado está, ¿no es cierto? ¿No decís así siempre? Es fácil tirar todo por la borda y decir que no se puede cambiar, que no se puede hacer nada. Pensáis que todo se arregla hablando en pasado.

-Emily…-se le notaba apesadumbrado.

Me levanté de la cama.

-Tengo que irme.

-No, Emily.-me agarró por un brazo.-No te vayas. Perdóname, por favor. Te he dicho que lo necesitaba.

Solté su mano, no sin esfuerzo. En circunstancias normales habría permanecido a su lado, pero necesitaba escabullirme de todo y de todos. Estaba harta de escuchar hablar en pasado. El portazo débil que provocó la puerta le hizo entrever toda mi tristeza. Sin ni siquiera haberme librado de la sudadera, me encaminé hacia ningún lado, amparada por la niebla. Volví a estallar en llanto, pero aquel era mucho más calmado, aunque más melancólico. Saqué del bolso aquella fotografía. Que lo hiciera por mí. Quizás yo tenía que hacer algo por él a cambio. ¿Pero el qué? Resistir a la tentación de hablar en pasado me parecía una buena meta. No quería decir que Terry “había sido” un buen padre, que me “había ayudado” durante toda mi vida. ¿Por qué? Porque seguiría siendo un buen padre, porque me seguiría ayudando. Porque Terry no estaba muerto, aunque sí lo estuviese la esperanza. Tampoco lo estaba Tobías, y podía volver a intentar dejarlo. Él era una persona fuerte y sabía que podía hacerlo. Si no era por él, ni por mí, ni por Bloody siquiera, que lo hiciese por su hermano. Que no volviese a meterse lo que nunca le permitiría al pequeño. Pero él era otro que se rendía, agotado por la dura batalla que se había librado entre él y sus pensamientos, y que hablaba de su lucha en pasado. Podría volver a llevarla a cabo, todavía con más fortaleza, y sin duda sería capaz de vencerla. Pero, ¿cómo devolver al presente a la gente que deja sus miedos en el pasado? Seguí caminando, escuchando de música de fondo el ruido seco de mis taconcitos. Agarré con ahínco la sudadera mientras la otra mano acercaba a mi pecho la fotografía. Cerca de mi cicatriz latía el pulso de la más absoluta angustia. Como si de un imán se tratase, la calle donde trabajaba Sharon, a la que acudía noche tras noche, me atrajo de nuevo. Las dos veces que más había sufrido mi sentido de la orientación me había guiado hacia allí. Intenté salir apresuradamente, pero me encontré entre la basura con mi amigo Klaus.

-¡Ángel! Hacía tiempo que no te veía.-se acercó a mí pletórico.

-Ahora no puedo hablar, Klaus.-le respondí con voz frágil y quebrada.

Me miró de arriba abajo antes de dar media vuelta e irme. Aunque no me dejó, pues me llamó a gritos de nuevo.

-¿Qué quieres?

-Ángel, ángel, ¿qué es eso?-señaló mi mano, aquella que sostenía la fotografía.

La miré por última vez. El brillo, la luz que se reflejaba en mi pelo, en mi rostro, en mi sonrisa. Mi camisón etéreo y volátil. Su cámara, su flash, su cariño. Su deseo. Su motivación. Hazlo por ella.

-Esto, Klaus, son sueños rotos.



[1] Figuras casuales de horas cansadas/ El confuso código punza sin palabras/[Caemos, como en el cine/No debería ser triste, sino ridículo]/Y estaremos juntos/Siempre/El chillido se escapó, en la ventana de una casa/El mundo sin “nosotros”/ [No te rindas, vivir es luchar]/Un día para dos, un hogar/Miedo, paredes, saliva, coma/Desde aquí todo lo malo es visible en pinturas rojas/Y tú estás sin fuerzas/La identificación de un cadáver como en las noticias-cuerpos/Tienes que ser fuerte/Hielo en mis manos/La lluvia de mis ojos caerá/Coma.

viernes, 25 de junio de 2010

El Lugar Donde No Vuelan Las Palomas: Capítulo XXXIII-Tsubame no Hime


“Ding, dong”

-¡Ya vaaa!

Oí unos pasos sordos procedentes del pasillo de un piso en medio de ninguna parte, en un lugar donde, si tuviese dos dedos de frente, nunca entraría. De repente, abren la puerta. Vi a una Sharon sofocada, con el pelo algo revuelto y con un corsé en la mano. Su pecho níveo parcialmente cubierto por un sujetador se elevaba y volvía a caer a gran velocidad. En un lateral llegué a ver la marquita de la radio.

-Pensé que no llegarías tan pronto.-me dijo, tragando saliva entre jadeos.

-Lo siento si te he molestado.

-Que va, aún estaba escogiendo la ropa.-sonrió y me invitó a entrar.

La habitación tenía una grandísima cama en el centro. Montones de ropa yacían encima de ella, enfrente de un gran y desgastado armario. Sharon se acercó a su vestimenta y me invitó a sentarme:

-No te quedes ahí embobada.-pretextó.

Me dejé caer sobre la cama. Así de cerca, percibí unos rastros de sangre seca relativamente recientes en las impolutas sábanas blancas. No dudé en deducir de quién era. Sharon cogió un par de corsés y sus respectivas faldas y me los enseñó.

-¿Pongo el negro y lila con la falda lila… o el negro con la falda de tartán?

Torció el labio. Me rasqué la cabeza e hice la combinación mental.

-Creo que el conjunto negro y lila. Es más elegante.

-Gracias, Em. ¡Ah! Y antes de que se me olvide…

Se levantó a toda prisa y rebuscó en su armario. Mi vestido. Era rojo, con una enormísima abertura en la espalda y un escote generoso. El vuelo era asimétrico y translucía mucha movilidad.

-¡Es precioso, Sharon!

-Pruébatelo.-sonrió.

Me quité el pantalón y el jersey. Por encima, y tapando las piernas con unas medias negras que ella me había mandado traer en una mochilita, me puse el vestido. Me quedaba como un guante y mostraba mi tatuaje en toda su plenitud.

-Joder, muchas gracias.

-De nada mujer, para eso están las amigas.

-Por cierto,-exclamé, metiendo la mano en la mochila.-te traje algo.

-¿Quién te manda traer nada?

Le entregué ilusionada un paquetito de color azul eléctrico. Sharon lo abrió ilusionada. Su interior hizo que se tapase la boca con ambas manos. Un pañuelito negro de calaveras. Ahora podría esconder su cabeza, sin preocuparse por su burdo injerto, sentirse libre.

-Muchísimas gracias.-me besó en la mejilla.

Agarró el pañuelo y se dirigió al espejo. Allí, recogió su falsa melena en un mono y la ocultó con él. Se miró coqueta. Realmente, estaba hermosa. Encontré en ella una frágil perfección, en su piel blanca, sus rasgos enfermizos, su pelo escondido, que quizás poca gente descubriría. Quizás el hecho de verme envuelta en su misma enfermedad me confirió el poder de ver algo bello en ella. Intenté desviar el tema:

-¿Y de calzado qué pongo?

Se alejó del espejo y rebuscó arrodillada en su armario tras pensarlo unos segundos.

-¿Qué tal esto?-me enseñó unos enormes tacones negros.

-Eh…-me torné pálida.- Verás, Sharon… yo…

-Tú… qué.

-No sé andar en tacones. Por lo menos, que no sean más grandes que medio meñique.

Sharon se mordió los labios, esbozando una sonrisa.

-¿Hablas en serio?

-Y tan en serio. Todos los tacones que tengo son anchos y de pocos centímetros.-me rasqué la cabeza, un poco avergonzada.

Entonces sí que no pudo contenerse y estalló en una estentórea risa, tapándose la cara con las manos. Torcí el labio.

-No le veo la gracia.-refunfuñé.

-Es que…-balbuceó entre carcajadas.- ¡Ay, Dios! Como no vayas descalza…

-No es culpa mía, es mi equilibrio. No tengo equilibrio.

-¿Qué no tienes equilibrio?

-Lo decía mi profesora de gimnasia del instituto, y lo he corroborado. Quizá algún día llegué a tenerlo y se fue…-giré la cabeza.

Sharon, que había dejado de reír, pero aún conservaba una sonrisa, esta vez de ternura, volvió a entregarme los zapatos negros y dijo:

-Si alguna vez lo tuviste, vamos a recuperarlo.-me guiñó un ojo.

Sonreí levemente. No sé por qué me sentí segura; puede que por tener a mi lado una mano que me agarrase si cayese. Llevaba demasiado tiempo golpeándome contra el suelo, teniendo lejos e inmóvil la mano que siempre me agarraba.

Pronto nos hubimos arreglado. Nunca me había visto tan sensual. Mi delicada y estrecha figura, casi preocupantemente delgada, cobraba un nuevo sentido de voluptuosidad envuelta en aquel vestido rojo, como si se derramase sangre sobre la tela. En mis pies, unos tacones negros cual noche oscura hacían que aumentase un par de centímetros y estilizaban mis piernas. En la espalda, mi paloma tatuada se mostraba al mundo como un ave fénix que renace todavía con más fuerza. En el pecho, se entreveía mi cicatriz rosada; intenté taparla acortando el escote del vestido, pero Sharon me agarró la mano:

-Tiene que importarte una mierda que la vean. No querrás ser presa de ella toda la vida, ¿no?-arqueó una ceja.

-Tienes razón, Sharon.-bajé la mano, lentamente, rendida.-Pero es difícil acostumbrarse.

-Comprendo…

Salimos del piso. Sharon llevaba las llaves metidas en un compartimento del bolso, seguras, para que nadie nos las quitase. Por el camino, me contó que íbamos a ir a cenar a un restaurante japonés que está cerca del bar antes de ir a bailar.

-Las camareras son dos hermanas, japonesas.-me explicó.-Su familia suele trabajar en la cocina, aunque a veces las ayudan con las mesas y la caja registradora. Suelo comer allí siempre antes de ir a trabajar, sola. Ellas me hacen mucha compañía. Y ¿sabes? Esto es muy curioso… Dicen que no se acostumbran a los nombres ingleses, por lo que suelen apodar a la gente en japonés.

-¿Apodos en japonés?-me reí, intentando mantenerme tensa para no caer.-Miedo me dan.

-Tú tranquila, serán buenas contigo.-me miró.- ¿Vas bien con los tacones?

Miré mis piernas. Estaban completamente rígidas y mi andar no era natural. A veces, las recorría un intenso temblor que me obligaba a parar y recuperar la compostura.

-Más o menos.-murmuré, aferrándome a mi bolso.

El restaurante era bastante pequeño y con decoración tradicional, con figuritas y jarrones de porcelana con dragones pintados. Las paredes estaban revestidas de flores de loto pintadas; en una esquina, una mujer con un quimono descansaba impresa en témperas sobre el cemento. Detrás del mostrador había una anciana que veía la televisión, sin percatarse de nuestra llegada. Lo contrario les pasó a dos jóvenes de pelo largo oscuro, completamente liso, que limpiaban con la escoba la estancia. Su cara era prácticamente igual entre sí, pero una de ellas era de estatura un poco más baja. También se diferenciaban en sus camisetas, pues la de una era rosa y la de la otra amarilla, aunque de la misma marca y corte. Deduje que tendrían entre 20 y 23 años. En cuanto vieron a Sharon, se les iluminó la cara y corrieron hacia nosotras.

- ¡Chō no chi!-exclamaron, casi al unísono.

-Hola, Chiruko. Hola, Makoto.-las saludó Sharon con una sonrisa.

-¿Chō no chi?-pregunté. Había oído aquellas palabras antes y aún no sabía ni su significado.

-Significa “mariposa de sangre” en japonés.-respondió ella, sonriéndome esta vez a mí.

-¿Quién es ella, Chō no chi?-preguntó la chica de la camiseta amarilla señalándome.

-Es una amiga mía. Se llama Emily, pero podéis ponerle un mote.-me miró.- ¿A que sí?

-S…Sí, por mi bien.-respondí algo avergonzada.

Ambas hermanas me hicieron una reverencia, bajando la cabeza e inclinando la cintura hacia abajo.

-Somos Chiruko y Makoto Aino, encantadas.-respondieron, diciendo cada una su nombre. Makoto era la de rosa; la de amarillo, Chiruko.

-Encantada de conoceros.-dije, bajando suavemente la cabeza e inclinándome, al igual que ellas.

Chiruko se enderezó rápidamente y se situó a mi espalda con rapidez. La miré detenidamente, con asombro.

-¡Guau!-exclamó, palpándola con la yema de los dedos.- ¡Es precioso!

Entonces supe que habían descubierto mi tatuaje.

-¡Impresionante!-intervino Makoto, situándose junto a su hermana.- ¿Qué ave es?

-Una paloma.-respondí, con voz leve.- Es una paloma.

Ambas jóvenes se miraron mutuamente. Se sonrieron. Luego me miraron a mí.

-Creo que te tenemos el mote perfecto.-dijo una de ellas.

-¿Ah, sí?-preguntó Sharon.- ¿Cuál?

-Tsubame no hime.-afirmaron, aclarando posteriormente:- Princesa de las palomas.

Sentí que mi corazón pegaba un salto. Princesa de las palomas. Solamente al mirar mi tatuaje, pudieron acceder al rincón más escondido de mi alma, donde las voces de mi pasado susurran historias sobre princesas que enferman al alejarse de su palacio, sobre reinas que bailan descalzas amparadas por el licor y la luna, monarcas que vieron corromperse su reino, que derramaron tantísima sangre por él, tantas lágrimas, ángeles que vagan hechos pequeños retales, como muñecas antiguas, viejas, corroídas, y que intentan conseguir la felicidad a través de la sonrisa ajena. Un lugar en el que las palomas, al igual que en la ciudad, se abstienen de volar y actúan como melancólicas aves custodias de mis más profundos secretos; que con el batir de sus alas hacen que mi corazón siga latiendo, a pesar de la debilidad y la tristeza. Una simple imagen, atravesada por los puñales del tiempo, pudo revelarles tanto sobre mí.

-¿Te gusta, Tsubame no hime?-me preguntó Chiruko, ilusionada.

Me había tornado pálida. Me costó arrancar una sola palabra para calificar aquel mote.

-Sí, es muy bonito.-dije, con voz temblorosa.

Las hermanas sonrieron satisfechas y nos invitaron a sentarnos a comer. Pidió Sharon, pues ella controlaba más del tema. Un plato de tempura, sushi y brochetas de sepia. Para acompañar, un par de cuenquitos de arroz y vino tinto. Antes de venir la comida, nos trajeron un recipiente con frutos secos japoneses. Estaban francamente buenos. Sharon ni los probó, simplemente se aferró a la copa con su preciado néctar sanguinolento, la cual agitaba de un lado para otro, haciéndolo danzar como si fuese el vuelo de un vestido de seda. Suave, tierna y dulcemente.

-¿Por qué te llaman Chō no chi?-le pregunté, mirándola a los ojos.

-Ya te lo dije, les resulta más fácil con motes.

-Me refiero al significado.

-Bueno,-suspiró hondo.- lo de la sangre supongo que es por Bloody. Y las mariposas… a mí me encantan, pero no sé por qué ellas me llamaron así.

Yo sí lo sabía, y comencé a pensar si los japoneses no tendrían poderes psíquicos. Mientras comíamos, Sharon me contó cosas sobre su trabajo, sobre su día a día, al igual que lo hice yo. Aunque hubo algo que me impresionó.

-Está tan buena como la recordaba.-afirmó, mientras se comía una brocheta de sepia.

-¿Has comido sepia antes?-le pregunté.-Y eso que no es nada barata.

-Sí, bueno. Yo antes vivía en una casa mejor.

La miré, arqueando una ceja.

-Verás,-me explicó.-yo era hija de un multimillonario, pero me fui de lista cuando era pequeña. Ya sabes las locuras que puede hacer una criaja de 18 años.-aclaró.- Y me fui de casa. Renegué de mi identidad completamente, y tuve que convertirme en Bloody.

-¿De un multimillonario?-pregunté exclamada.-Allí comeríais sepia todos los días.

-Casi.-se río.

Me costó algo saber manejar los palillos para agarrar el escurridizo sushi que yacía en un barquito de madera, aunque aprendí a hacerlo con la práctica, y después de que mucho de aquel pescado de ahogase en el cuenquito de la salsa de soja. Poco después, Makoto y Chiruko se unieron a nosotras, aunque sin probar bocado.

-El único que falta aquí es Tobías.-dijo Sharon.-Podíamos ir a llamarlo.-me miró.

-No creo que le dejen venir, a esta hora trabaja.-recordé a su arisco jefe mientras pronunciaba esas palabras.

-¿To-bías?-preguntó Chiruko con dificultad para decir su nombre.- ¿Quién es Tob-ías?

-Es un amigo nuestro.-respondí.-Trabaja en el bar de ahí enfrente.

-¡Oh!-intervino Makoto.- ¿No será por casualidad un chico alto, siempre vestido de negro, de ojos verdes?

-Pues sí, es ese.

Ambas hermanas se miraron mutuamente como solían, igual que si se estuviesen leyendo la mente. Comenzaron a sonrojarse y chillaron eufóricas:

-¡¡Kawai na me!!

-¿Y eso?-preguntó Sharon, sonriente.

-Es “ojos bonitos” en japonés. Nosotras le llamamos así.-Chiruko suspiró profundamente.- ¡Es tan bishōnen[1]! Cuando sea más mayor, me casaré con él…

-¡A callar, Chiru-Chan! Solo tienes 17 años. Además, recuerda que tendrás que cuidar de mamá hasta que muera, ¡así que Kawai na me es mío!

-¡No! ¡No viste cómo me miró el otro día!

-¡Ja, ja, ja! Eso no te lo crees ni tú.

-Vamos chicas.-intervine, riéndome.-No os peleéis.-apoyé mis manos en sus respectivas cabezas, e hice que enmudeciesen en el acto, aún intercambiándose miradas asesinas.

Yo por lo menos sabía a quién amaba realmente Kawai na me.

Acabamos de comer aproximadamente a las 11 de la noche. Sharon fue la que les pagó, dejándoles un par de dólares de propina. Makoto y Chiruko se lo agradecieron con una sonrisa y nos acompañaron hasta la puerta, moviendo los brazos a modo de adiós.

-Sayonara Chō no Chi! Sayonara Tsubame no Hime! ¡Volved cuando queráis!

Me agarré al bolso, ligeramente apoyada en Sharon para no caerme, y ambas nos dirigimos entre risas al bar, a tomar la primera copa de la noche. Allí, limpiando la barra frenéticamente, se encontraba Tobías. Al vernos, saco el pitillo de su boca y dejó que el humo saliese lentamente acompañado de su saludo:

-Hola chicas.

-Hola, Kawai na me.-respondió Sharon.

Él arqueó una ceja, entreabriendo los ojos.

-¿Qué, qué, qué?

-Kawai na me.-repetí.

-¿Y eso en cristiano qué es?

Estaba a punto de decírselo, cuando Sharon me detuvo, respondiendo antes:

-Cosas nuestras. Eres muy curioso, Ka-wai-na-me.-se aproximó a él, apoyando el pecho en la barra como solía.

Tobías tragó saliva. Noté que se ruborizaba.

-Ponnos unas cervecitas, Kawai na me.-le ordené, para que abandonase su fantasía.

Torció el labio, algo molesto por su nuevo mote, pero obedeció diligentemente mi mandato. En cuanto se separó de nosotros, Sharon, riéndose pícara, me susurró:

-Por fin sabemos cómo putearle.

Me tapé la boca con ambas manos, aún así, mi risa se escuchó en todo el bar.

Tras nuestra breve estancia en el garito de siempre, nos movimos de pub en pub, contoneándonos por la calle como verdaderas princesas. Una mariposa de sangre y una monarca de las palomas paseaban juntas con la majestuosidad de dos lobas hambrientas.

-Emily, ¿es cierto lo que me contaste antes, eso de que no tienes equilibrio?

-Sí, es cierto.-asentí para reforzar mi afirmación.-No me preguntes por qué, pero no tengo.-la miré.- ¿Y tú de equilibrio qué tal vas?

Al pasar al lado de un muro, Sharon, en un arrebato de locura, se subió a él sin apenas esfuerzo. Se sentó en él, interponiéndolo entre una pierna y otra.

-¿Pero qué haces?-chillé alarmada.

-Quieres ver el equilibrio que tengo, ¿no?

Se arrodilló encima del muro. Una de las piernas, la dejó posteriormente colgando, para finalmente impulsarla y volver a subirla al muro, anteponiéndola a su cuerpo. Con los brazos en cruz, fue erguiéndose lentamente hasta llegar a enderezarse. Entonces, cogió en pañuelo que le había regalado, el cual estaba anudado en su cuello, y se vendó los ojos con él. Eso sí que hizo que me inquietase.

-¡¿Estás loca o qué?! ¡Quítate eso!

-Tranquila.-dijo, con voz pausada.

Comenzó a caminar, con un increíble virtuosismo, sobre aquel inestable muro de piedra. Su estilizada figura se movía en la oscuridad como si fuese la trapecista más hábil, adelantando rítmicamente primero un pie y luego otro, con los brazos extendidos para poder equilibrar. Me quedé tremendamente sorprendida. Los movimientos precisos de Sharon suscitaban envidia en mí. ¡Cuánto deseé tener ese increíble equilibrio! En cuanto llegó al final del muro, después de dar una vuelta entera, saltó y cayó sobre sus tacones, de cuclillas, en el suelo. En ese momento fue cuando se quitó la venda.

-¡Joder Sharon, fue impresionante!

-Bah, no es tanto.-rió leve.

-¿Qué no es tanto? ¡Ya me gustaría a mí!

-Si quieres puedo enseñarte.

Cerca de aquel había un muro más pequeño, en un pequeño parque. Me agarró por la muñeca y nos plantamos frente a él. Lo miré asustada, sé qué pretendía.

-No me subo ahí ni muerta, Sharon.-le advertí.

-Vamos, no te va a pasar nada, confía en mí.-arqueó una ceja, mientras me daba una palmada en la espalda.

Quizás fue su tono de voz, decidido y seguro, o fueron sus palabras tranquilizadoras, su “confía en mí”, pero apoyé un pie en el muro y, con un leve impulso, me subí a él. En cuanto me encontré allí arriba, me incliné hacia delante asustada.

-¡No puedo! ¡No puedo!

-Sí puedes.-me agarró de una mano.-Tranquila, yo voy a estar aquí.

Volví a enderezarme. Sentí cómo las piernas me temblaban. Un paso en falso y caería, como caí de la tabla de gimnasia en el instituto, caería al abismo, al mar repleto de cocodrilos. Interpuse un pie al otro con recelo; me sentí frágil.

-¡No puedo, Sharon! ¡Bájame!

-Te he dicho que confiaras en mí. Clava la mirada en un punto fijo, al frente.-lo hice, con algo de dificultad.-Así, muy bien, muy bien. Ahora, camina…-me aferraba fuertemente a su mano, desviando la mirada al suelo de vez en cuando.- ¡A un punto fijo!-gritaba Sharon.- ¡Mira a un punto fijo!

-¡No soy capaz!

Entonces, ella se subió al muro para colocarse delante de mí. Sonrió y comenzó a caminar hacia atrás sin dificultad, mientras me dirigía:

-Mírame a mí, extiende los brazos y anda. No dejaré que caigas.

Lo hice. Aún me temblaban las piernas, pero pude andar con un ápice de equilibrio durante un par de minutos. Luego, caí hacia delante, sobre ella, quien me agarró con fuerza.

-Muy bien, Emily, lo has hecho muy bien.

-¿Bien? Si casi me mato…-me apresuré en bajar del muro de un salto. Sharon me imitó.

Lo que aún no había comprendido era por qué tenía ella tan buen equilibrio. ¿Es que Dios, al crearla, le confirió el poder de caminar ágilmente por superficies estrechas, altas, movedizas? ¿Es que su grácil figura estaba destinada a moverse con tal precisión? Pensé en lo que había dicho Terry: Las princesas no tienen equilibrio. ¿Acaso Sharon no era una princesa, o era simplemente la excepción que confirma la regla? Quizás eran las alas de la mariposa que residía en su interior las que la hacían mantenerse erguida y firme.

Tras nuestra demostración de habilidades, nos metimos en un pub. No soy el tipo de personas que frecuentan esos garitos, pero Sharon me había hablado muy bien de él.

-Los tengo domados.-me explicó.-A todos los camareros. Verás.

Nos sentamos en un sillón alargado de color azul que se estructuraba como una culebra en torno a una mesa. Cruzamos ambas las piernas, casi a la vez, y esperamos pacientemente a que viniesen a atendernos. Sumergida en aquel ambiente repleto de humo, no pude resistirme a fumar un pitillo. En cuanto el camarero se acercó a nosotras, Sharon apoyó una mano en la mesa y le miró fijamente a los ojos.

-Tráenos una copa de vino tinto y…-esperó a que yo me decidiese.

-Un cubalibre.

El chaval se disponía a irse, cuando Sharon le rozó con los dedos suavemente, al grito de “perdona”. Él la miró con curiosidad, sin dejar de apartar la vista de su escote.

-¿Cuánto te debo?-preguntó, con voz sensual.

-Nada, nada.-respondió él, tragando saliva.-Invita la casa.

-Gracias, encanto.

Dejó que se fuera esta vez. En cuanto lo hizo, ella se giró hacia mí satisfecha.

-¿Ves? Los manejo como me da la gana.

En cuanto nos trajeron las bebidas, apenas me dio tiempo de darle un par de tragos antes de que Sharon se percatase de que sonaba una de sus canciones favoritas.

-¡Vamos!-me tiró del brazo y logró que me levantase, dejando la bebida en la mesa, para ponerme a bailar con ella.

Hacía tiempo que no bailaba; concretamente desde la vez que lo había hecho con Terry. Esta vez ni siquiera necesitaba alguien que me agarrase, pues era individual. Sharon comenzó a moverse sensualmente por la pista, como una grácil culebra, que alzaba los brazos y daba mil y una vueltas, provocando que su pelo se enredase a lo largo de su cuello, y el pañuelo ondease al ritmo de la música. Cada vez que un hombre la miraba, no podía evitar mover su cadera un par de veces, con movimientos secos y precisos, manteniendo el contacto visual; aún así, conseguía romper con el tópico de que era facilona y hacerse la interesante. Comencé a bailar con ella, frente a frente.

-¡Se te da bien!-gritó, para hacerse oír entre el ruido.

La verdad era que nunca había bailado así, pero supongo que llevo el ritmo en las venas. Comencé a reírme e interactué con ella, dando vueltas alrededor taconeando fuerte, intercambiando miradas y cruzando los pies entre sus piernas. Tras un rato, Sharon me dio un par de golpecitos en el hombro para intentar terminar con mi extasiada danza.

-Oye, mira aquel tío.-lo señaló con la cabeza. Era rubio, de ojos claros, no sabría decir si azules o verdes, y llevaba una camiseta ligeramente desabrochada.-No te quita ojo.

Era cierto, su mirada se clavaba instintivamente en mi cuerpo. Puse mala cara.

-Será a ti a quien mira.

-No creo. Además, yo ya estoy cogida.-intentó restarle importancia y seguir bailando.

-Pues yo menos.-suspiré.-No estoy preparada, yo quiero a Terry, aunque ya no esté.

-Pues vas jodida: se está acercando.

Era capaz de escuchar sus pasos a pesar del volumen de la música.

-Mierda, mierda, joder, ostia, ¿y ahora qué hago? Temo que sea un pesado y no me deje en paz el resto de la noche.

-¿Realmente quieres librarte de él? Tengo una estratagema para estos casos, pero no puedes delatarme. Finge normalidad y sígueme la corriente.

-De acuerdo.-tragué saliva.

Intenté hacer como que no le había visto, pero no tardó en arrimarse a mí.

-Hola guapa.-susurró.

-¡Eh, tú, mamón!-chilló Sharon, frunciendo el ceño, interponiéndose entre nosotros.- ¿Qué coño le haces a mi novia?

Entonces sí que creí morirme. La miré con los ojos completamente abiertos, transluciendo un gran desconcierto.

-¿Tu novia?-noté que tartamudeaba.

-Como lo oyes.-se acercó a mí y me agarró por la cintura.- ¿Verdad, amor?

-S…Sí, mi vida.-dije al fin.

El desconocido torció el labio, desconfiado.

-No la veo muy convencida.

-Y yo a ti te veo muy gilipollas.-saltó Sharon.

-Demuéstrame que sois novias. Si lo haces, te creeré.

Aquel tono altivo que adoptó el desconocido fue lo que, indudablemente, hizo que se lo tomase como algo personal. Me agarró por la cintura y me situó enfrentada a ella. Sentí cómo mi corazón se aceleraba.

-Yo le voy a dar demostración.-musitó.

Sus labios colisionaron con los míos en cuestión de segundos. Comenzó a mover su lengua, como si estuviese bailando sensualmente, por mi boca. Cerré los ojos. Aquel beso era picante, prohibido, casi placentero. No alcanzaba la plenitud de los besos de Terry, indudablemente, pero se mostraba interesante y arrebatador. Me agarré a su cuello, adoptando mi papel y jugueteé con su cabello. Noté cómo el maquillaje de sus labios quería desprenderse de un momento a otro, mezclarse con el mío, crear una tonalidad roja con reflejos rosáceos, o rosa con reflejos rojizos. Su respiración se escuchaba calmada y suave, al contrario que mis jadeos descontrolados. Nos separamos con mucha dulzura. Me acercó a ella y volvió a mirar al desconocido, que nos miraba asombrado.

-Ya estás tardando en esfumarte, maricón.

Esta vez no hubo réplica. Se fue, casi corriendo, de nuestro lado. Sharon, al ver lo que habíamos conseguido, se echó a reír.

-Jódete, jódete, jódete.-murmuró, satisfecha.

-No comprendo cómo puedes estar tan tranquila.-miré mis manos. Temblaban aún debido al subidón de adrenalina.

-Digamos que una puta tiene que hacer de todo.-sonrió. La comprendí al instante.

-Yo es la primera vez que…bueno…beso a una mujer.

-Para todo hay una primera vez.-me miró.- ¿Y qué te pareció?

-Raro.

Ambas nos reímos, amparadas bajo los focos de la pista de baile. Bajo el influjo de la negra noche, la mariposa batía sus alas con más fuerza que nunca, y la princesa volvía a sentirse libre después de tanto tiempo presa de la tristeza.


[1] Bishōnen: “guapo” en japonés.

domingo, 30 de mayo de 2010

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XXXII- Las princesas, el mago y el enano


(Me gustaría dedicar este capítulo en especial a Cindy Ortega. Intenté comentarle en el blog varias veces pero no me dejaba. Solo decir que me encanta su historia y la sigo siempre. Muchos besos ^.^)



Salí del coche como una autómata. Me dolía la cabeza; todo el viaje había puesto la música a todo volumen para evitar escuchar hablar a mi mente. Cerré las puertas con llave y me dirigí a aquel lugar frente al que tanto había llorado. Pronto encontré a mi hermana. Estaba cerca de la entrada, sentada en una silla blanca. En cuanto me vio, se levantó y corrió a abrazarme.

-¡Emily! ¡Por fin has llegado!

Yo no abrí los brazos como lo hizo ella. En cuanto se encontró lo suficientemente cerca, tensé la mano y le propiné un bofetón.

-¿¡Tú eres imbécil o qué!?-le grité, alterada.- ¡Basta con que te la deje un par de horas para que mandes todo a la puta mierda!

Escondió la cabeza, mordiéndose los labios y palpando con recelo su mejilla encarnada.

-F…Fue un accidente.

-Vete de aquí, fuera de mi vista.-le señalé la puerta.

-Pe…Pero…-intentó explicarse.

-¡Te he dicho que te vayas!

Vi cómo cruzó la puerta, casi llorando, con rapidez. Me senté en una silla, rendida. Sentía cómo palpitaba salvajemente mi corazón contra mis costillas. Se me encharcaban los ojos de lágrimas, pero no llegaba a derramarlas. Sentí la misma impotencia que cuando había muerto Jimmy. Ni siquiera sabía si ella estaba muerta. Comencé a temblar de frío. Me froté los brazos, pero lo único que hacía era abrirme los poros y que me doliesen. Recuerdo que mi madre siempre me dijo que era alérgica al frío. Cada vez que me enfriaba un poco, me empezaba a doler la cabeza, como si se me congelasen las sienes, y tosía profundamente. Lo único que ella podía hacer por mí era llevarme a casa y envolverme con mantas hasta que entrase en calor. Seguro que fue la muerte de mi hermana lo que me volvió tan sensible al frío; era como su presencia materializada en aire. Miré a los lados. Aquella vez no estaba mi madre para acompañarme a mi casa, y aquel ambiente gélido no me recordaba a Amy. Solamente me recordaba a la tristeza.

Entró una persona en la estancia. Me levanté sistemáticamente del asiento, como si tuviese un resorte. Era un médico.

-¿Es usted la madre de Amy Grives?

-Sí.

-Su hermana me dijo que vendría.

-¿Cómo está?-necesitaba escuchar algo relativo a mi hija, fuese lo que fuese.

-Mejor. Le hemos inyectado un medicamento y parece que su respiración se ha normalizado. Igualmente, tenemos que hacerle unas pruebas para determinar el motivo de la crisis.

A pesar de la seriedad con la que lo decía, era una buena noticia.

-¿Puedo verla?

-Claro.

Me acompañó a su habitación. No abrió la puerta, simplemente se despidió de mí y me dejó enfrente de ella. Giré el picaporte con rapidez.

Y allí estaba, acostada en la cama, medio dormida. En cuanto me vio, abrió por completo los ojos y sonrió. Debía tener tantísimas ganas de verme.

-¡Mamá!-gritó.

Estiró hacia mí sus brazos enfundados en un pijama de ositos. La observé detenidamente. En su nariz había colocada una discreta mascarilla. Una bolsa de suero que se elevaba poco menos de un metro del suelo estaba conectada a un tubo que le perforaba el brazo. En cuanto la vi, sentí un impulso irrefrenable por llorar. Intenté contenerme, mordiéndome los labios mientras me acercaba a ella. La abracé con fuerza. Nunca había sentido tanta necesidad de tenerla entre mis brazos. Escuché claramente cómo respiraba en mi oído. La aparté de mí con mucha delicadeza y la miré a los ojos.

-¿Cómo estás, cariño? ¿Te encuentras fatigada?-tomé su cara entre mis manos.

-Un poco. Me cuesta algo respirar.-me agarró por un brazo.- ¿Y sabes qué, mamá? Me pincharon aquí.-se señaló la marca, tapada por una gasa, en la zona donde tenía inyectado el suero, pero en el brazo contrario.- Y no lloré ni nada.

-Así me gusta, que seas valiente.

-¿Y la tita Lori dónde está?-miró a los lados.

No quise decirle que la eché de allí.

-Tuvo que irse a casa. Tenía que cuidar de Pipo.

Amy bajó la cabeza y me agarró por la camisa, apoyando la cabeza en mi pecho. Le acaricié el pelo. Debió sufrir tantísimo al enfrentarse a algo así…

-Me voy a poner bien, ¿verdad mamá?

-¡Pues claro!-no dudé ni un segundo en contestar.-Tu…-tragué saliva.- padre también ha estado ingresado varias veces por lo mismo y está perfectamente.

Asintió débilmente. Quise cambiar de tema. La noté cansada.

-Venga, acuéstate. Es tarde.

Me obedeció. Agarró las sábanas y se metió debajo, tapándose insistentemente. Me levanté para apagar las luces, pues estábamos solo nosotras en la habitación, y me senté en una silla al lado de la cama. Amy me daba la espalda, levemente iluminada por la feble luz de la luna que entraba por la ventana, amparada por los destellos de las amarillentas farolas y de los encarnados faros de las ambulancias. Apoyé la cabeza en el respaldo de la silla. Aún así, no podía quedarme dormida. Pensé en Terry. Él se encontraba en el mismo hospital, apenas una planta más arriba. Era extraño admitir que el afecto que sentía hacia él se trataba realmente de amor. Quizás el hecho de no haberlo sentido nunca con aquella pureza no lo había reconocido. Por eso ninguna caricia me satisfacía si no era ejecutada por sus manos, ninguna palabra que no saliese de su boca podía calmarme, ni un beso… sus besos eran inconfundibles, únicos. Y los echaba tanto de menos.

Al cabo de un rato, Amy se dio la vuelta y me miró con ojos agotados y tristes. Alarmada, me incliné un poco para escuchar lo que quería decirme.

-Tengo miedo mamá. Acuéstate aquí conmigo, por favor…-me agarró de la camisa otra vez.

¿Cómo podría negarme? Me tumbe a su lado, por fuera de las sábanas. La envolví con mis brazos para que no tuviese frío, aunque fuese yo la que lo sintiese. Nos miramos.

-¿Me cuentas un cuento, mamá?-me pidió.

-Claro que sí.

Me acurruqué junto a ella, hasta el punto de que nuestras frentes casi se tocaban. Le susurré muy despacio la historia, mi favorita cuando era pequeña, con aquella voz tierna que tanto impresionaba a Terry:

-Erase una vez una princesa muy guapa que vivía en un castillo muy grande. En su cumpleaños, hizo una fiesta enorme. Por ella pasaron acróbatas, músicos, bufones… Todo lo que te puedas imaginar. Pero ella se aburría. Entonces, entró en palacio un enano pequeño y feo que hacía piruetas y daba brincos. Él sí que alegró a la princesa, y se ganó sus aplausos. “¡Más alto!” le gritaba “¡Salta más alto!” El enano lo hacía, intentando cumplir con los mandatos de una chica tan preciosa, pero llegó un momento en el que el cansancio pudo con él. Al ver esto, la princesa se retiró a sus aposentos triste. En cuanto el enanito se recuperó fue a buscarla. “Ella no es feliz aquí” decía “La llevaré al bosque y la haré reír siempre”. En su búsqueda, se metió en una habitación. Lo al entrar allí era horrible. Un monstruo peludo con los ojos inyectados en sangre le miraba fijamente. El enano quiso morirse cuando vio que era él mismo reflejado en un espejo. En ese momento, entró en la habitación la princesa con su séquito. “Ah, estás aquí. ¡Qué bien!”. El médico de la corte le tomó el pulso. “Ya no bailará más para vos, princesa” le dijo. “¿Por qué?”. “Porque se le ha roto el corazón”. La princesa, desconsolada, se marchó corriendo y llorando del palacio y gritó: “Que a partir de ahora, todos los que entren aquí no tengan corazón.”

-Qué triste, mami.-susurró Amy.

-No todas las historias acaban bien.-le acaricié el pelo.- Ala, duerme, mi vida.

Se fue dormitando poco a poco, con la respiración pesada. Yo logré cerrar los ojos quizás un par de horas. Y entonces soñé con él. Fue fugaz, y apenas recuerdo muy bien qué me decía ni qué hacíamos. Solamente recuerdo verme envuelta en sus brazos, con aquel camisón tapando mi piel. De repente, me despierta una vocecita, y unas manos que me balancean de un lado para otro.

-Mamá. Mamá.

Abro los ojos. Es Amy. Tiene las mejillas completamente encarnadas y respira fuerte.

-¿Qué pasa, cielo?

-No me encuentro bien. Me duele.-se palpó el pecho.

La cogí por los brazos. Comenzaba a preocuparme.

-¿Te duele mucho?

Asintió suavemente. Eso fue lo que hizo que me levantase de un salto de la cama y fuese a llamar a un médico, que vino a la habitación, acompañado de un enfermero y una enfermera. Después de auscultarla, les dijo algo a los sanitarios, que se fueron, y luego a mí:

-Creo conveniente ponerle un suplemento de oxígeno para dormir.

-¿Una mascarilla?-pregunté. No quería que Amy tuviese que acarrear con aquel aparato cada vez que estuviese en la cama.

-Sí, solamente mientras esté débil. No creo que sea necesaria cuando le demos el alta.-seguramente había percibido mi cara de preocupación y quiso tranquilizarme.

Llegaron entonces sus ayudantes, quienes le colocaron a la niña la mascarilla sobre la nariz y la boca. Posteriormente, se fueron. Volví a acostarme a su lado.

-Ahora tienes que estar calladita, ¿vale?-le expliqué.- Si tienes puesto esto, no voy a poder oírte. Pero no te preocupes. Si te encuentras mal no la quites; me mueves un poco y ya me despierto.

La acaricié. Aun estaba desconcertada.

-Estás siendo muy valiente.-la besé en la frente.

El resto de la noche, Amy durmió profundamente. Sin dolores ni sobresaltos. Era un sueño tremendamente dulce. Yo, sin embargo, me pasé toda la noche con un sueño ligero y con una gran angustia, que hacía que me despertase a cada rato para ver cómo estaba. Fue una noche bastante mala.

Aproximadamente a las 7, una enfermera entró en la habitación con el desayuno de Amy. Me ordenó que la despertara para hacerle un análisis de sangre, al estar en ayunas, y yo lo hice, aunque preferiría dejarla dormir un poco más. Amy aguantó estoicamente el pinchazo de aquella enorme aguja, sin dejar de cogerme la mano, oprimiéndomela con fuerza. Luego, y como recompensa, comió un desayuno bastante rico compuesto por leche y una rosquilla. Yo no quise probar bocado. No me encontraba con ganas.

Recibí dos mensajes al móvil por la mañana: uno de Sharon y otro de Tobías. Ambos me preguntaban qué tal estaba y qué había pasado. Se lo expliqué, y ella me prometió que ese mismo día se pasaría por allí. Me pareció todo un detalle por su parte. Pero no era solo eso lo que tenía. Lorelay me había dejado varias llamadas perdidas y un mensaje: “Perdona. Coge el teléfono”. No la llamé.

Sharon vino hacia las 6. Entró en la habitación con una perpetua sonrisa en los labios. Llevaba puesta una falda negra, un corsé azul y unos guantes de rejilla. En sus pies, un par de zapatos de tacón de aguja la hacían parecer el doble de alta. Yo nunca pude calzar algo así; me lo impedía mi mal equilibrio.

-Hola preciosa.-le dijo a Amy.

-¡Hola Sharon!

-¿Cómo estás? ¿Bien?

-Sí, ¿sabes qué? Me pincharon aquí dos veces.-se señaló el brazo.- Y me pusieron una cosa que me tapaba la boca y la nariz para respirar.

-¡Caray, qué niña tan valiente!-le acarició una mejilla y se sentó en el borde de la cama.

-Gracias.-se sonrojó.

-Estarás contenta por no ir a la escuela.-bromeó Sharon.

-¡Sí!

Se rieron. La verdad es que se le notaba a leguas el instinto maternal.

-¿Y tú cómo estás?-pregunto Amy.

-Muy bien, cielo. ¡Qué encanto!

Me miró, y su rostro cambió ligeramente. Se levantó de la cama y me agarró por la muñeca.

-Ven afuera. Quiero hablar contigo a solas.

Me separé de ella y me acerqué a Amy para avisarle.

-Mi vida, Sharon y yo nos vamos un momentito al pasillo. No te muevas de aquí, y si te encuentras mal, llámame.

-Vale.

La besé en la frente antes de irme. Al cerrar la puerta, la mirada de Sharon se tornó seria.

-¿Cómo te encuentras?-me preguntó.

Me encogí de hombros.

-Escucha, si quieres, vete a casa un rato. Te tomas una duchita, duermes una siesta, picas algo y vuelves. Yo cuidaré de Amy hasta que vuelvas.

Negué con la cabeza.

-No hace falta. No estoy mal.

Me miró con reproche.

-No te preocupes por mí, Sharon. Yo me encuentro bien.

-¿En serio?

-En serio.

Se hizo el silencio un rato, aunque no tardé en preguntarle:

-¿Cómo estás?

Sabía que lo que le había dicho a Amy era solamente un vago reflejo, distorsión de la realidad.

-Bastante bien. No puedo quejarme.-se agarró un brazo, apartando un poco la mirada.

-¿El médico te dijo algo?-hacía tiempo que no le preguntaba por su enfermedad.

-Lo mismo de siempre. Que debería operarme.

-¿Y por qué no lo haces?-ahora era yo la que le reprochaba.

-Porque no.-respondió convencida.

Aquella no era una respuesta, aunque no me sentía de humor para discutir.

-¿Cómo pasaste la noche?-cambió de tema, acariciándome una mejilla.

-Fatal. Apenas pude pegar ojo. La niña se puso mal y tuve que llamar a la enfermera, y luego toda la noche casi en vela.-me eché el pelo hacia atrás con una mano. Suspiré con fuerza.- Fue una angustia que…que…

Toda esa tristeza fue la que hizo que me abrazase dulcemente a Sharon. Necesitaba el apoyo de alguien en aquel momento, y ella era como la hermana mayor que nunca tuve.

-Emily,-hablaba con voz pausada.- todo saldrá bien. Dentro de un par de días estará como nueva.

-No lo comprendes, Sharon. No es solo eso.

Me miró extrañada.

-Es Terry.-miré hacia arriba.- Está en la planta de arriba.

Ella también dirigió inconscientemente la vista hacia ese punto. Amargó su expresión. Quizás ese fue el motivo de que me empujase levemente para volver a entrar en la habitación de Amy.

Ambas se pasaron un buen rato hablando, riendo. Sharon encontraba en ella a una niña con quien saciar su instinto maternal. Amy lo que encontraba era, por fin, a una princesa de verdad, fuera de los cuentos y la fantasía.

-¿Sigues siendo princesa aunque no estés en tu castillo?-preguntó.

-Pues claro.-se acercó.- Esto no se lo cuentes a nadie, pero por la noche vuelvo a ser princesa.

-¿De verdad?-se le iluminaron los ojos.

-Sí. En cuanto cae el sol me transformo y me convierto en una princesa, con trajes preciosos y montones de súbditos.

-Me gustaría verte ser princesa.

-Eso no va a poder ser, cariño.-sonrío.- A esa hora, los niños estáis en la cama; además, no me reconocerías. No soy la misma, digamos.

Me pareció gracioso el símil que Sharon había hecho. La lujuriosa Bloody era algo más que una vulgar puta, era la soberana de la oscuridad, dueña de millones de corazones, que hace latir a su gusto, y que atrapa con su magnética mirada. Era un fantasma que se esconde en las sombras esperando a que alguien más quiera entregarse a ella, atrayéndolos con cantos de sirena. En ella Dios desató toda su lujuria para crear a un ser de sensualidad ingénita, a la más perfecta meretriz. Aunque, como bien había dicho, eso solamente sucede al caer la noche. La luz del día es la que muestra a Sharon en toda su plenitud. Frágil, enferma, temblorosa. Ya no sería la misma princesa que vaga orgullosa por los callejones; sería una mujer bañada en lágrimas. Dominatriz y dominada conviven en el mismo cuerpo en una relación de simbiosis. Bloody es una parte insoluble en Sharon, la sombra que la persigue y la atormenta eternamente. Bloody sin Sharon moriría.

-¿Y hacíais bailes en palacio?-preguntó Amy.

-Claro. Mi padre, el rey, invitaba muchas veces a sus amigos a casa y organizaban cenas y esas cosas.

-¿Llevabas vestidos largos y coronas?

-Y aún los sigo llevando.-sonrió.

Amy comenzó a reírse, ilusionada.

-¿Tienes coronas?-me extrañé por ese dato.

-Sí, ya te la enseñaré.-me guiñó un ojo.

En ese mismo momento, golpearon la puerta. Salí afuera a ver quién era, bajo la atenta mirada de Sharon y de mi hija. Allí en el pasillo pude volver a verla, bajo la cegadora luz blanca de las lámparas del hospital, lo que hacía que pareciese demacrada y enferma. Tenía ojeras. Supuse que tampoco había dormido. Venía vestida de chándal y sin maquillar; quizás eso influyó bastante. Me miró triste.

-Emily.-su voz era débil.

-Dime.-respondí, fríamente.

-¿Cómo está?

-Más o menos.

-Emily, te juro que yo… ¡yo hice lo que pude! ¡La dejé con el perro un rato jugando y cuando volví se puso mal! ¡Es que… no sé…! ¡Yo la ayudé cuanto pude y…!

Noté que la que estaba mal era ella. Aún a riesgo de que fuese algo irresponsable dejando a Amy sola, la quería, y le dolía tanto como a mí que estuviese en aquella situación, además estando Terry en coma. No dejaba de pensar en ello. Era como si todo se me acumulase. La cogí por los hombros. Nos miramos.

-Mira, Lorelay, tú no tuviste culpa. Ayer… estaba nerviosa, ¿entiendes? Pero yo no estoy enfadada. A mí también podría pasarme.

Vi que se le iluminaban los ojos. Seguramente mi mal carácter la tuvo en vela toda la noche. Me abrazó fuerte, escondiendo la cabeza en mi pecho como hacía de pequeña. Sonreí, acariciándole el pelo. Volví a adoptar el rol de madre-hermana mayor que tuve durante toda mi infancia.

-Lori, no llores. Ha sido una crisis. Si Terry salió de ellas mil veces, Amy también. Verás cómo no es nada.

Intenté tranquilizarla a ella y a la vez a mí misma. Seguramente Terry, si estuviese allí, me diría lo mismo. Aunque en cierto modo, algo de él persistía en aquel lugar. Lorelay se separó ligeramente de mí, limpiándose las lágrimas a la manga del chándal. Le puse una mano en la espalda.

-¿Quieres que vayamos a tomar una tila?

Lo negó con la cabeza.

-Lori, vente, anda.-le hice un mohín, pero no cedió.

-Quiero ver a Amy.

Suspiré.

-Vamos a hacer una cosa. Tú te quedas con Amy un rato mientras yo voy con una amiga a tomar algo aquí abajo en la cafetería. Llevo todo el día sin comer.-le hice una caricia.- ¿Te parece bien?

Asintió. La miré sonriendo. No pude evitar darle un beso en la frente.

-Y no llores, ¿vale? No pasó nada.

Ahora fue ella la que esbozó una tímida sonrisa. La agarré por un pulso para llevarla a la habitación. Noté en mis dedos lo rápido que le latía el corazón. Nos dirigimos junto a Sharon y Amy, intentando aparentar normalidad.

-¡Tita Lori!-se puso de rodillas en la cama, como incrédula.

-Amy,-intervine, echándola para atrás y arropándola.- voy a tomar algo con Sharon al bar de abajo.-señalé hacia el suelo.- Vuelvo en un vuelo, ¿vale? Mientras, estate con la tita.

-¡Vale!

Ahora, a quién cogí por la muñeca fue a Sharon para llevarla a la cafetería del hospital. Estaba junto a la entrada. Las paredes estaban pintadas de un blanco inmaculado y el parqué era de un marrón claro. Las mesas turquesas y las sillas se agrupaban en las esquinas, dejándoles paso a unas enfermeras que ejercían de camareras en aquel deprimente lugar. Entre toda la gente que tomaba su merienda en un silencio sepulcral, una señora de unos 80 años que estaba sentada en una mesa apartada y casi invisible, lloraba dejando caer sus lágrimas en la infusión amarillenta que yacía en su mesa. Supuse que su marido la había dejado sola. Quizás yo también debía llorar. Terry probablemente también se iría. Aunque después de haber llorado tanto en las últimas 2 semanas, tenía los ojos secos como arenales. Sharon y yo nos sentamos cerca del revistero, una de las pocas mesas libres. Ella pidió un café con leche; yo, un agua y un sándwich vegetal.

-Y luego decías que no querías comer.-dijo Sharon, sonriendo.

-Ya, pero empiezo a tener algo de hambre. No puedo estar eternamente en ayunas.

-Tú lo que necesitas es uno de mis cigarritos mágicos.

-Le prometí a Terry que no lo haría.-bajé la mirada levemente.

-Bueno, no pasa nada.-apoyó la cabeza en ambos nudillos y me miró.- Por cierto, hablando de cigarros, estos días Tobías parece un tren a vapor.-se rió.

-¿Sí?-la acompañé en su risa.

-Pues sí. Enciende un cigarro con la colilla del anterior. Es como si fumase en cadena. ¡Tremendo!

-Eso no puede ser bueno.-me llevé la mano al pecho. Noté la cicatriz. Palpitaba, como dándome la razón en mi afirmación.

-Lo sé, pero ¿qué vas a decirle? El pobre está haciendo muchísimo esfuerzo dejando la coca. Además sin ayuda. Si no le dejamos fumar, se vuela la cabeza.

-Pobre. Debe estar pasándolas canutas.

-Pero está siendo muy fuerte, Emily.-me miró convencida.- Otros en su situación se habrían rendido a los dos días.

-¿Y él cuánto lleva?

-Cosa de una semana, creo.

-Es un gran paso.-sonreí.

-Lo es.-asintió.-Y confío que siga manteniéndose como hasta ahora.

Cambiamos radicalmente de tema.

-¿Y Terry cómo está?

Me estremecí.

-Igual. Ni un solo movimiento. Nada.

Llegaron entonces el café y el agua. Me explicaron que el sándwich estaría en 10 minutos. Me serví un vaso y me lo bebí de golpe.

-¿Y tú le hablas?

La miré perpleja.

-¿Cómo coño vamos a hablar si está en coma, Sharon?

-No digo que habléis.-se rió.- Digo que le hables.

-¿Y eso cómo se come?

-¡Vamos, Emily! ¿Es que tú no ves películas?

-Mi filmoteca es algo escasita.

Removió el café y el azúcar con la cucharilla.

-Verás,-me explicó.- digo que le cuentes cómo estás, las cosas que te pasan…

-¿Y eso de qué me sirve, si no me oye?-arqueé una ceja.

-Sí que te oye.

-Si tú lo dices…

-Emily, eso es bueno para él. Le hace sentir tu presencia.

La miré con seriedad, aguantando con ambas manos la copa de agua. Mi presencia… con unas palabras Terry podría saber que estaba a su lado. Seguro que no le hacía falta, él lo sentiría solamente con poder notar mi aura, al calor que desprende mi cuerpo. Aunque quizás así me liberaría de aquel dolor interno, de aquella soledad. Quizás así podría ahuyentar a todos mis demonios, que me desgarran a través de las sábanas frías, pasillos vacíos de paredes húmedas, habitaciones deprimentes, cientos y cientos de horas muertas.

-Quizás lo haga, quién sabe…-respondí, mientras giraba la cabeza hacia el mostrador, donde señoras de traje blanco preparaban mi sándwich.

Poco después me trajeron la comida. Devoré con avidez. Nunca había tenido tanta hambre; supongo que serían los nervios. Volvimos a la habitación tras pagar nuestras consumiciones, pues Sharon tenía que marcharse. La hora se la marcaron reiteradas llamadas furiosas de David, y un par de mensajes preguntando “dónde coño se había metido”. Se despidió de mi hermana y de Amy; derrochó ternura con esta última, hasta tal punto que una lágrima hizo que le brillasen los ojos. Seguramente había recordado que quizás ella podría estar abrazando a una hija suya si las circunstancias hubiesen sido diferentes. A mí, que estaba observando desde la puerta, me envolvió con sus brazos con fuerza.

-Sé fuerte.-me susurró.

-Lo mismo te digo.

Sonreímos. Salimos a fuera y volvimos a darnos dos besos. En cuanto Sharon se dio media vuelta y comenzó a avanzar por el pasillo, le grité, alzando la mano:

-¡Espera!

Giró la cabeza sobresaltada, agarrándose el bolso como solía con una mano.

-¿De dónde sacaste la corona de la que me hablaste?

Se rió, encorvándose ligeramente hacia delante.

-La compré en los chinos hace tiempo.-respondió.- Casi todas tenemos una.

Observé cómo se alejaba hacia el ascensor, manteniendo recta la espalda, sobre sus altísimos tacones, con andares de princesa.

Llegó la noche. Mi hermana se fue pronto, pues tenía que cuidar del perro. Le trajeron la cena a Amy, mientras me contaban que mañana le harían las pruebas de alergia y una espirometría antes de desayunar. Asentí, casi sin inmutarme. Me saca de quicio la mala costumbre que tienen en los hospitales de sacarnos pasta por todos los lados. Tras hablar con la enfermera, quien retiró la bandeja de la comida cuando Amy ya había acabado, me senté en el sillón que estaba al lado de la cama. Sentí como toda mi tensión era absorbida por aquel tejido de flores. La mirada de mi hija se posó en mí.

-Mamá.

-Dime.

-¿No te parece increíble que viniese una princesa a verme? Cuando se lo cuente a mis amigas…

Me enderecé para poder mirarla a los ojos con dulzura.

-Verás, Amy. No solo ella es princesa. Todas las mujeres lo somos.

-¿En serio?

-Claro.-sonreí.- No hace falta tener un trono ni un castillo para ser princesa.

-¿Todas las mujeres…?-repitió.

-Todas, sin excepción.-sonreí.

Era cierta mi afirmación. Siempre lo había pensado. Aunque solo fuésemos coronadas con una tiara de plástico, las mujeres somos las princesas del mundo. Desde las que gobiernan en un hogar, que cuidan con recelo y amor; las que, como Sharon, por la noche sufren una metamorfosis como una mariposa y se adueñan de la noche; hasta las que solamente somos monarcas de un corazón, el cual observamos atentamente día tras día latir con una sonrisa en los labios, y hacemos que a nuestro gusto duplique su velocidad. Y a ningunas más que a aquellas que llevan una corona de diamantes y se pasean con sus yates, intentando a la vez ser solidarias y cordiales con el pueblo, se nos reconoce nuestro poder y nuestra labor. Ni siquiera a muchas de estas que nacieron entre algodones les dejan ejercer su soberanía; tienen que limitarse a ver como su hermano pequeño les arrebata ese trono que les pertenece. Las princesas renegadas seguiremos abriéndonos paso en una sociedad que, lejos del oro y la opulencia, no reconocen que detrás de cada madre, de cada hermana, de cada hija, se esconde una monarca que reinará en su ámbito con entrega.

Recuerdo que aquella noche la pasé algo mejor. Dormité unas cuantas horas en el sillón, agotada, con una mano sobre la cama, que Amy me había agarrado y no quería soltarme. A las 7 la despertaron para hacerle las pruebas de alergia, aunque ella se negara a hacerlas y se retorciese en la cama. Le cogí la cara con ambas manos, haciendo que no viese que la pinchaban, y contamos hasta 10 muy despacio. Tras habérselo hecho, tuvimos que esperar unos 15 minutos a que reaccionara. Uno de esos puntitos, además del de prueba, se puso rojo. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para que no se rascase. Parecía ser que les tenía alergia a los perros. Ahí estaba el problema. Lo comprendí todo entonces. Me costó explicárselo a Amy.

-¿No voy a poder volver a jugar con Pipo?-preguntó escandalizada.

-No, cariño. Podrías volver a acabar aquí. Jugar con perros te hace daño.

-¡Pero si ya éramos amigos!

-Como si erais lo que fueseis. No vas a andar más con perros y punto.

Llegó la tarde entre discusión y discusión, y golpearon inesperadamente la puerta. Fui a abrir. Reconocería aquellos ojos en cualquier sitio.

-Tobías, ¿qué haces aquí?

-Bueno,-se rascó la nuca.- Bloody me dijo qué habitación era, y quise acercarme a veros.

-Muy amable por tu parte.-sonreí.

Le miré de arriba abajo mientras se le pasaba la vergüenza. Llevaba unos mitones negros en las manos, como siempre. Se cubría la cabeza con un gorro negro de lana. En el cuello se le enroscaba un fular verde oscuro, sobre su camiseta negra de manga larga. Un pantalón vaquero oscuro le tapaba las piernas. En los pies, unos tenis negros y blancos con los que pegaba pequeñas pataditas en el suelo.

-¿Cómo estás?-me preguntó.

-¿Yo? Bien, tirando. ¿Y tú?

Se encogió de hombros.

-Tengo un mono todavía…

-Ya me comentó Bloody.

-Emily, yo no me saco. No me saco de la coca ni cobrando. Mira cómo estoy con el poco tiempo que llevo sin tomarla. Yo padezco de insomnio,-se señalaba con la mano mientras lo decía- pero las pocas horas que podía dormir ya se han ido a la mierda.

Lo noté estresado. Le toqué en un hombro, en el cuál pude notar sus huesos frágiles.

-Aguanta, Tobías. Tienes que ser fuerte.

-Ni fuerte ni ostias, Emily. Lo estoy dejando sin nada de ayuda, y es desesperante. Yo lo único que quiero es llegar a casita, meterme un par de rayas y dormir tranquilo mientras pueda.

Enmudecí, girando la cabeza para no mirarle a los ojos. Había angustia en aquella mirada.

-Si tomas una… vuelves a caer.

-Yo controlo.

-Ya veo lo que controlas. Recuerda que te tuvimos que llevar hasta casa, que ni te tenías en pie.

Desvió la mirada. El vago recuerdo de aquella noche todavía le dolía, como una espinita clavada.

-Se lo prometiste a Bloody.

-No empecemos con chantaje emocional, ¿quieres?

-No es chantaje emocional. Ella ayer estaba muy esperanzada. Sabe que lo dejarás. Y yo también lo sé. Confío en ti.

Tobías suspiró, llevándose las manos a los bolsillos, sin apartar la mirada.

-La verdad es que nadie antes había confiado en mí.

-Pues ya sabes. No puedes fallarnos.

-Demasiada responsabilidad para un caso tan delicado.

-Si no apuestas fuerte no puedes ganar mucho, ¿no lo sabías?-sonreí.

-Nunca te rindes, por lo que veo.-me acompañó en mi sonrisa.

-No, ese es mi mayor defecto.

Le agarré una muñeca.

-Vamos a dentro. Quiero que conozcas a mi hija.-abrí la puerta cuidadosamente mientras comenzaba a asomarme.

Justo por el sitio donde le agarraba, sentí que bajo mis dedos latía una de sus heridas.

-Amy, tienes visita.-le dije, introduciendo a Tobías dentro de la habitación.

Ella observó con detenimiento sus ojos hipnóticamente verdes.

-Se llama Tobías.-proseguí.- Es amigo mío, como Sharon.

-¿Entonces él es un príncipe?-me miró.

-¡No!-me reí.- No es nada de eso.

Se acercó a Amy entonces, guiado por una dulzura nunca vista en él. No parecía la misma persona que tendía a hacerse el duro y a mirar con recelo a cualquiera que se le acercase. Se inclinó ligeramente para poder mirarla y sus labios esbozaron una sonrisa tímida.

-Hola guapa. ¿Cómo te llamas?-preguntó.

Ella se sonrojó un poco.

-Amy. Me llamo Amy. Encantada.-sonrió. Se comportaba con él como si fuese una educada princesita.

Tobías se arrodilló, apoyando sus manos en el borde de la cama, y dejando caer la cabeza sobre ellas.

-Me ha dicho tu madre que estás algo enferma.

-Sí, es cierto.-se remangó el pijama y le mostró su brazo perforado.-Mira lo que me han hecho hoy por la mañana.

Él palpó cuidadosamente aquellos pinchazos inflamados deslizando sus largos dedos de arriba hacia abajo, como si quisiese cerrar aquellas heridas con el mínimo contacto, paliar su dolor. Se mordió los labios.

-Debió doler mucho.

-Sí.-asintió frenéticamente.- Estuve a punto de llorar.

-No tienes por qué preocuparte.-la miró de nuevo, con seriedad.- Yo también tengo asma, ¿sabes? No me trajeron al hospital ni una sola vez, y ya ves. Aquí estoy. Te pondrás bien dentro de nada, ya lo verás.

Amy clavó la mirada en las sábanas. Seguramente le gustaría creerle, pero nunca había pasado por una situación tan dura, y realmente seguramente pensaría que corría el mismo riesgo que yo cuando había estado tan enferma. Tobías, intentando indudablemente animarla, le acarició detrás de una oreja.

-Hum…-dijo, arqueando una ceja.- ¿Qué tienes aquí?

La niña giró un poco la cabeza y miró hacia atrás con curiosidad. Cuando él apartó la mano, al abrirla, dejó al descubierto un caramelito con un envoltorio violeta; probablemente sería de mora. Amy se había quedado con la boca abierta.

-Toma,-concluyó, entregándoselo.- para ti. Y no te preocupes más, ¿de acuerdo?

Ella miraba el caramelo con admiración. Se palpaba la oreja y no daba crédito a lo que acababa de pasarle.

-¿Cómo lo has hecho?-preguntó, mirando a Tobías con ojos curiosos.

Se encogió de hombros, levantando ligeramente las palmas de las manos.

-Magia, supongo.-respondió sonriente.

-Ya sé lo que eres.-ahora la que sonreía era ella.- Eres un mago.

Tobías se echó hacia atrás atónito.

-¿Perdona?

-Por eso me tocaste antes el brazo y me dices que voy a curarme, por no hablar del caramelo.-lo movió con énfasis. Entonces, giró la cabeza hacia mí.- ¡Es un mago, mamá! ¡He conocido a un mago!

Él también me miró, pero preguntándome qué debía hacer.

-Pues claro. Tienes una suerte…-le guiñé un ojo a Tobías. Supo interpretarlo y me hizo un gesto con la cabeza.

-¿Sabes hacer más trucos?-le preguntó Amy, mirándolo esperanzada.

-Eh… Pues claro. ¿Cómo no voy a saber?

Se le notaba nervioso. “Tobías, mientes muy mal” pensé, a punto de echarme a reír.

-¿Puedes traerme a papá de vuelta?

Me estremecí. Ella también echaba de menos a Terry, a pesar de no saber la verdad. Simplemente se fue, sin despedirse. Amy pensaba que volvería algún día; yo estaba convencida de que algún día se iría realmente. Quizás no volvería a escucharle hablar, ni a dormir con él, ni a mirarle a los ojos y recordar lo hermosos que eran. Giré la cabeza.

-No lo sé…-respondió.- Pero puedo intentarlo.

-Amy…-ordené, con voz débil- No molestes tanto a Tobías.

Él me miró extrañado, sin atreverse a llevarme la contraria. Simplemente, se levantó y se acercó a mí, apoyando una de sus manos, enfundada en los mitones negros, en mi hombro.

-¿Estás bien?-susurró.

-Sí, no te preocupes.

Amy estuvo callada durante un rato, intimidada por mi lastimosa reacción. Yo me mantuve sentada en el silloncito, mirando de vez en cuando hacia arriba, como si pudiese verlo solo con desearlo tanto. Me mordí los labios, no podía mostrar tanta fragilidad ante mi hija. No debía saber en qué situación se encontraba su padre. Si para mí era una angustiosa y dolorosa incertidumbre, para ella....

-Tobías.-dijo tras su silencio, tirando frenéticamente de la manga de su camiseta negra.- ¿Me cuentas un cuento?

-Eh… ¿yo?

-Sí.

-Verás… es que a mí nunca me contaron un cuento, y no sé muy bien…

-¡¿Nunca?!-exclamó Amy incorporándose.

Debo reconocer que yo también me sorprendí.

-N…Nunca.-respondió él algo intimidado.- Mi madre no era demasiado cariñosa, que digamos.

-Entonces tenemos que contarte uno.-se giró hacia mí, sonriendo.- Mamá, cuéntanos el de la princesa y el enano.

-Cariño, te lo he contado ya dos veces.-me reí.

-Pero Tobías no lo ha oído. ¡Porfa!

-Está bien.-la arropé, con una sonrisa.

Les volví a relatarles la historia. Tobías estuvo en silencio durante toda la narración, catando cada una de mis palabras con atención. Al final, sentí cómo se sorprendía al escuchar que el enano había muerto. Seguro que él también había oído que todos los cuentos de niños acababan bien; menos aquel. Por eso me gustaba tanto. Mostraba aquella realidad a la que tuve que enfrentarme de pequeña cuando mi hermana murió, cuando se le quebró su pequeño corazón. Quizás yo era aquella princesa que, cada vez que encontraba en su tediosa y triste vida un ápice de felicidad, se lo arrebataban cruelmente, rompiéndole el corazón a ella también.

-¡Joder!-murmuró Tobías.

-¿Verdad que es bonito?-le preguntó Amy, acostada en la cama, haciendo esfuerzos para no dormirse.

-Es muy bonito.

Le acarició el pelo. Yo me incliné hacia ella, mirándola con ternura.

-¿Tienes sueño?

Asintió.

-Yo ya me voy, entonces.-dijo Tobías.

-No.-gruñó Amy con los ojos casi cerrados, agarrándole la manga de nuevo.

-Cariño, tiene que irse a hacer unos recados. Pero verás como vuelve otro día.

-No quiero que se vaya.

-Volveré pronto, lo prometo.-intervino Tobías, alzando una mano como si estuviese haciendo el juramento a la bandera.

-Voy a acompañarle al pasillo, tú duerme tranquila.-me incliné sobre ella y le besé la frente. Noté cómo asentía.

Empujé la espalda de Tobías con las yemas de los dedos para que saliese delante de mí. La puerta apenas provocó ruido alguno.

-Bueno,-dije.- ahora es cuando tengo que reñirte.-arqueé una ceja.

-¿Reñirme? ¿Por?

-Dices que tienes asma y sin embargo fumas muchísimo.

Noté que se aliviaba al saber mi motivo.

-¿Por eso? Bah.

-Bah no, Tob. Sé de lo que hablo.

-Aún estoy dejando la coca, así que vayamos por partes, ¿quieres?

Sonreí.

-Por cierto, cambiando de tema,-dije.- ¿qué tal lo has pasado?

-Bien.-metió las manos en los bolsillos.- Tu hija es muy maja. Eso sí, lo del mago… ¿Tú le das drogas o algo?-se rió.

-¿Cómo voy a darle drogas, animal?-le reprimí entre carcajadas.

-¿Entonces, por qué no le dijiste que no lo era?

Le miré con dulzura.

-Todavía es pequeña. Puede refugiarse en su mundo de fantasía. Ya se enfrentará con la realidad cuando sea más grande.

Tobías asintió. Al fin y al cabo, mi razonamiento no le parecía tan malo.

-¿Sabes?-prosiguió.- A pesar de que se me den bastante mal, a mí los críos me encantan. Sé que suena cursi, aunque después suelo mostrarme brusco con ellos. Tu hija me ha caído bien, no sé, me recuerda a mi hermano, supongo.

-¿Tienes hermanos?

-Bueno, sí. Tenía.-desvió la mirada.

-Tenías.-repetí, intentando mirarle a los ojos.

-Murió cuando yo tenía 9 años.

-Lo siento, Tobías.

-¡Eh! No pasa nada. De eso hace mucho tiempo. Ya te contaré si quieres.

-Claro que quiero…-bajé la cabeza.- Yo también perdí a mi hermana cuando era pequeña.

-¿A qué edad?

-6 años.

-Joder…-murmuró, apartando la cara.-Eso sí que debe ser jodido.

-Te hace pensar en cosas que un niño de tu edad no piensa.

-Cierto.-afirmó, mientras se colocaba bien el gorro de lana.

-Te lo contaré otro día con más detalle.

-Lo que me gustaría que me contases ahora…-interrumpió.- Y sin excusas, es dónde está el padre de Amy.

-¿Sin excusas?-fruncí el ceño.- Está ahí arriba.-señalé con la cabeza el techo.

Tobías miró hacia arriba.

-¿Está muerto?

-¡No!-me apresuré en contestar, moviendo la cabeza hacia los lados nerviosa.- ¡No! Me refiero a que está en el piso de arriba. Está en coma.

Me asustaba escuchar la palabra muerto. Mi corazón palpitaba con mucha más fuerza desde que lo había mencionado. Ni siquiera había titubeado al decir que estaba en coma, aquella realidad cruel que parecía atenazarme la garganta cada vez que la pronunciaba. Aunque me temblaban los labios.

-¡Ay, madre!-exclamó él.- ¿Y eso?

-Yo estuve muy enferma, Tobías.-suspiré.- Terry… el padre de Amy… consiguió el dinero de mi operación… matando. Se hizo sicario…-me eché el pelo para atrás.- Y un tipo lo paseó.

-Lo de siempre…-sus suspiros sonaban mucho más hondos y temblorosos.- Que la gente tenga que sufrir por culpa de la mierda de sanidad que tenemos es el pan de cada día.-esbozó una sonrisa amarga.

-No me gusta acordarme de ello.-aparté la mirada. No quería que me viese llorar.

-Emily…

Me acercó a él, intentando calmarme. Me dejé llevar, con los ojos cerrados fuertemente, haciendo un esfuerzo por no estallar en lágrimas, aunque el pecho de Tobías era el lugar idóneo para hacerlo. Allí me encontraba a gusto, tremendamente segura, y deseaba que brotase de mis ojos toda mi tristeza y mi angustia dulcemente.

-¿Amy sabe…?-preguntó.

-No tiene ni idea.

-Mira Emily, si… si necesitas algo ya sabes donde llamarme.

-Gracias Tobías.-permanecí con la frente apoyada en su pecho, sostenida por su esternón frágil como el cristal.- Eres muy amable.

-Bah, hago lo que haría cualquiera.-dijo, restándole importancia.

-Tú siempre has sido muy bueno conmigo.

-Anda, déjalo. Tengo que pirarme.-me apartó.- No llores más, ¿de acuerdo?

-Vale.

Iba a marcharse cuando le agarré por una muñeca. Giró la cabeza y clavó en mí sus dos ojos verdes.

-Una cosa. ¿Compraste ese caramelo solo para hacerle el truco a Amy?-sonreí.

-Me hacía ilusión.-se rió.

Pocos días después, Amy salió del hospital, de la mano de Lorelay y mía. Recuerdo que saludó con la mano a todos los enfermeros y enfermeras del pasillo, y ellos le devolvían el saludo sonriendo. Con el poco tiempo que había estado allí, todos la conocían. Seguramente su dulce inocencia era la que hacía que le cogieran cariño. Al llegar a las escaleras, la solté. Ella me miró extrañada, a la par que mi hermana.

-Voy al baño antes de marchar. Vuelvo enseguida.-miré a Lorelay y le hice un gesto.

Subí las escaleras, mientras las escuchaba hablar entre ellas y jugar al se-se-se. No iba del todo angustiada. Tampoco del todo contenta. Era una tristeza alegre, una alegría triste lo que sentía esta vez. Palpé aquellas paredes húmedas. No sentía el mismo frío que las otras veces, aunque algún escalofrío recorría de vez en cuando mi columna. Abrí la puerta, casi con la naturalidad con la que abro la puerta de casa. Le vi. Seguía inmóvil, como dormido, en la cama. Sonreí. Me senté en un sillón a su lado, inclinada hacia él.

-Una amiga mía-comencé, con voz velada.- me dijo que si te hablaba sentirías mi presencia. Me parece una mariconada innecesaria, realmente, porque no sé si puedes oírme o no. Pero por probar no pasa nada.-suspiré.- Amy ha estado unos días en el hospital, una planta más abajo, por una crisis de asma. Hoy ha salido por fin, y está bien. Yo también estoy bien, Terry, sé que si pudieses me lo preguntarías. Tengo unos buenos amigos que están cuidando muy bien de mí. ¿Sabes?-reí suavemente.- Amy pensaba que mis amigos eran una princesa y un mago. ¿Te lo puedes creer? Lo que inventan estos niños.-me acerqué más a él.- Eché mucho de menos cuando me decías que yo era tu reina.-le acaricié la mejilla. Estaba tan fría.- Y cuando me decías que era una princesa por no tener equilibrio, por eso tuve que bailar contigo descalza, ¿recuerdas?-me temblaba la voz.-Creo que a todo esto sobra decir lo mucho que te echo de menos. Nos vemos…-me despedí, antes de echarme a llorar.

Me levanté de la silla y me dirigí a la puerta. Giré la cara para mirarle. Volvía a hacer frío. La princesa se quería morir al catar la incertidumbre de si aquel corazón seguiría latiendo o se rompería. No había castigo más cruel para ella. Cerré la puerta, mirando hacia el interior, mientras seguía escuchando mis propias palabras zumbar en mi cabeza: “Te echo de menos…”