miércoles, 22 de julio de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo IX- Reabrir mi corazón


Pasó un año de aquello. Josh y yo vivíamos felices en nuestra casita, como si fuésemos personajes de un cuento de hadas que parecía no tener fin.

Una noche, mientras yo estaba acostada, leyendo, si no me equivoco, un libro sobre nazis o no sé qué historia, y fumando un pito. Josh se sentó en una esquinita de la cama, a mi lado, y me dijo:

-Emily, tengo que hablar muy seriamente contigo.

Me alarmé. No me gustaba la expresión “hablar muy seriamente”. Casi siempre traía consigo desgracias.

-¿Qué pasa, Josh?-pregunté, preocupada, dejando el libro en la mesita de noche.

-Verás… Llevamos ya mucho tiempo juntos y… Como todo ser humano, tengo la necesidad de… Ya sabes, de crear descendencia… Ignoro si has superado lo de Jimmy y John, pero como creo que sí lo has hecho, te pregunto: Emily, ¿quieres que tengamos un hijo?

Realmente no me esperaba eso. ¿Un hijo? ¿Otro hijo? ¿Yo? Me quedé en blanco unos segundos, hasta que pude llegar a decir, titubeante:

-No… No sé si…

-Emily, serás una madre inmejorable, y lo sabes.- contradijo Josh- Que el padre no fuese el indicado, no significa que fuera culpa tuya, te lo digo siempre.

Lo pensé detenidamente. Quizás sí era hora de tener otro bebé, de empezar de cero. No sabía qué contestarle, tuve miedo. En cuanto miré los ojos de Josh, supe que tenía muchísimas gana de tener un hijo, un portador de sus genes, por lo que le dije, aunque no muy segura, mientras apagaba el pitillo en un cenicero:

-De acuerdo. Tengámoslo.

Estaba convencida de que no habría mejor padre que Josh, convencidísima. Por lo tanto, nos pusimos, como se suele decir, manos a la obra. Por primera vez en mi vida iba a tener un hijo conscientemente, es decir, sin sorpresas, sin llantos, sin angustias. Un hijo querido y esperado. En cuanto acabamos, recosté la cabeza en la almohada, invadida por el placer, mientras Josh, que estaba a mi lado, acariciaba mi vientre mientras decía:

-Ahora dejemos que la naturaleza haga lo suyo.

Sonreí. Estaba algo asustada, es decir, no era fácil pensar que iba a tener a otro niño creciendo dentro de mí, no era fácil pensar que volvería a ser madre otra vez. Recapitulé mentalmente todo lo que había hecho con mis otros hijos, para que no volviese a suceder. ¿Realmente estaba preparada para hacerlo, para reabrir mi corazón, para reabrírselo a otro niño? Me costó mucho quedarme dormida.

Durante unos meses, no dejaba de ir al médico, y siempre su respuesta a la pregunta de si iba a concebir otro hijo era un rotundo no que a Josh le taladraba las entrañas. Lo intentamos, y Dios sabe que lo intentamos varias veces, pero no había forma. Un día, me detuve a hablarlo con Josh, mientras fumaba cigarro tras cigarro con avidez.

-¡No hay forma!-repetía él una y otra vez llevándose las manos a la cabeza.- ¡No sé qué está pasando!

-Algo está yendo mal, eso fijo.-sentencié.

-¡Pero lo hemos probado todo! ¿¡Qué nos está pasando, Emily!?

-Josh, creo que lo mejor sería que fuésemos a hacer unos análisis por si acaso. Imagínate que el parto de los gemelos me ha hecho algo, no sé, o…

-O quizás el problema sea yo.-dijo entonces él, muy serio.

-Hazme caso, Josh.-le dije, acariciándole la cara.-Es lo más sensato.

Me asombró oírme hablar a mí misma sobre sensatez, yo, que siempre fui la impulsiva. Josh me miró a los ojos. Estaba a punto de llorar.

-Está bien, Emily. Por los dos.

-Por los dos.-repetí.

Así lo hicimos. Un especialista nos tomó muestras de sangre y orina. Al cabo de una semana, en la que Josh no levantó cabeza, llegaron los resultados. Mientras estábamos en la sala de espera, sentí cómo me cogía de la mano y me la apretaba hasta hacerme daño. Nunca lo había visto tan nervioso, por lo que no se lo impedí. En cuanto nos llamaron, sentí que comenzaba a temblar. El médico nos hizo sentar en las sillas que había enfrente de su escritorio y dijo, mirando detenidamente unos papeles que sostenía en las manos:

-Señorita Gray, según estas pruebas, usted no presenta ningún tipo de anomalía que le impida tener hijos. De hecho, según consta en los archivos, ha dado a luz una vez, a un pequeño llamado Jimmy, ¿me equivoco?

-No.-murmuré bajando la cabeza.

Me molestó que comenzase a tocar el tema de mis hijos. Aún así, ¿cómo iba a ocultarlo, teniéndolo tatuado en mi piel e inscrito permanentemente en lo más profundo de mi corazón? Y lo peor era que no había nombrado a John, básicamente, porque gracias a las mariconadas que había hecho Robert de venderlo y cambiar su identidad. A pesar de haber notado mi abatimiento, el médico prosiguió fríamente, todavía muy serio.

-Es perfectamente evidente que el problema es de él. Lo siento, señor Sidle, pero usted es estéril. De ninguna manera podría concebir.

Josh se quedó completamente perplejo, eso lo noté yo. Creo que no le habría hecho tanto daño ni aunque lo matase a hostias. Salimos de la consulta poco después de saberlo. Él no habló en todo el camino, pero, en cuanto llegamos a casa, se cubrió la cara con las manos y gritó:

-¡Mierda de vida!

Yo, que aún estaba en la puerta, entré y la cerré en el acto. Me acerqué a Josh por detrás y lo abracé muy fuerte.

-Josh, no te preocupes.

-¡¿Cómo no me voy a preocupar?! ¡Soy un ser inservible! ¡No podré darte un hijo!

Evidentemente, todo lo que estaba diciendo era fruto de su tristeza. Ese no parecía ser el Josh científico y calculador que se tomaba todo con filosofía, no. Estaba viendo a un Josh completamente destrozado. Entonces, lo cogí por los hombros y lo giré para que me mirase a los ojos.

-No está todo perdido.-dije- Todavía podemos tenerlos.

-¿Cómo?

-Adoptando. ¿No te das cuenta? Esos niños quieren padres que los quieran y nosotros queremos hijos a quien querer. Me encantaría hacerlo.

-No sé, Emily…-dijo, no muy convencido.

-No sabes por qué han pasado esos niños. Deben estar hartos de sufrir, y yo también lo estoy. Venga, Josh. Ayudémosles.

-Está bien.-dijo, después de estarlo pensando un buen rato, sin apartar su mirada de la mía.- Lo haremos.

Lo abracé con toda mi alma. Había estado pensando en adoptar en el coche. Eso era lo que hacían los padres que no podían tener hijos: adoptar. Esa misma noche quedé con Terry para tomar una copa en nuestro bar habitual: “El Templo de la Salsa”. Él ya estaba al tanto de todo el rollo del intento de suicidio, así que no quiso tocar el tema. Alabó mi tatuaje, eso sí, que lo acababa de descubrir, pues se veía a la perfección con el top rojo abierto por la espalda que llevaba. Estuvimos hablando horas, y, por supuesto, le conté lo de la adopción.

-Mañana iremos al orfanato “Holly Ghost” para que la asistente social nos evalúe y nos presente a los niños.-le dije, tomando de vez en cuando un trago de cubalibre o dándole una calada al pitillo.-Estoy nerviosísima. Tengo miedo de que no me lo den por el tema de Jimmy y eso.

Terry se quedó muy serio, entonces afirmó, mientras se desabrochaba algo del cuello:

-Eso no pasará.

Entonces, sostuvo en sus manos el collar que se había quitado. Era un collar con la cadena de plata. En el centro, como si fuese una espada, colgaba un diente de tiburón.

-Es mi amuleto. El diente de tiburón simboliza la fuerza. No es que crea mucho en estas cosas, pero me lo había regalado mi madre y significa mucho para mí. Me gustaría que te lo quedases.

-¿Estás loco? No, me niego. ¡Te lo ha dado tu madre, no te quitaré una cosa así!

-No me lo estás quitando, te lo estoy dando yo. Quédatelo.

Por mucho que le decía que no, Terry era mucho más insistente que yo. Acabó por cogerme de la muñeca y metérmelo en la mano.

-Toma.-reiteró.

Acabé por cogerlo. Era un colgante precioso, pero me sabía mal aceptárselo, pues era de su madre y yo sabía mejor que nadie que la echaba de menos. Aún así, me lo puse.

-Te dará suerte.-dijo.

-Muchas gracias, Terry.

-De nada.

En ese momento, sonó mi canción favorita y lo saqué a bailar. Parecía que el ritmo fluía por mis venas. Me lo pasé genial esa noche, y apuesto a que Terry también. Aún así, nos fuimos pronto del bar. Tenía que descansar.

Al día siguiente, por la mañana, Josh y yo nos encaminamos al orfanato. Yo me vestí de traje, que consistía en una falda y una chaqueta, y me recogí el pelo en una coleta. Debía estar perfecta para la entrevista. Por supuesto, en mi cuello, estaba el collar de Terry, faltaría más. Necesitaría mucha suerte para que me aceptaran.

El orfanato era grande pero parecía caerse a cachos. Estaba pintado de marrón rojizo, y tenía un enorme reloj a lo alto. En la puerta estaba la asistente social.

-Buenos días, señor Sidle.-dijo, estrechándole la mano a Josh, y luego añadió, haciendo lo mismo conmigo.-Señora Gray. ¿Les parece que comencemos con la entrevista?

-Sí, por qué no.-respondió Josh.

Entramos. Los niños estaban en el recreo. Mientras aquella mujer interrogaba a Josh mientras miraba unos informes, yo contemplaba por la ventana del despacho cómo aquellos preciosos pequeños jugaban inocentes. Me fijé en uno, en uno en concreto. Era de piel color café, con el pelo corto, ricito y negro como el petróleo. Los ojitos eran color miel, los reconocí perfectamente. Estaba en una esquinita, sentado, apartado de todos. Cuando yo era pequeña, también hacía lo mismo. Eso era una mala señal. Indicaba que algo en su vida estaba fallando. De repente, la agente social, que no había dejado de mirarme de reojo en ningún instante, nos dijo:

-Me gustaría que viesen los dibujos que han hecho los niños. Verán qué monada.

Nos llevó a varias clases, diciéndonos quién lo había pintado, cuántos años tenía y enseñándonoslo en fotos que llevaba ella en una carpeta. De repente, en un aula, vi encima de un pupitre un dibujo. No tenía firma. En él, se veía a un hombre blanco desfigurado apuñalando a una mujer negra. Abundaba el color rojo, en pinceladas hechas con golpes secos y temblorosos, llenas de miedo y angustia. No pude evitar imaginármelo, imaginar cómo aquel desalmado mataba a puñalada limpia a la mujer, indefensa. Comencé a sentirme mal. Relacioné directamente ese dibujo con el asesinato de mi madre. Me apresuré a ir al baño, corriendo y tapándome la boca.

-¡Emily!-gritó Josh en cuanto vio que huía.

Allí en el baño vomité lo que quise. Cuando volví a la clase, la agente social me miró con recelo y preguntó:

-¿Se encuentra bien, señora?

-S…Sí.-respondí, todavía temblando- Creo que el almuerzo me sentó mal.

-Entiendo…

-Y… ¿Podría decirme una cosa? -me atreví a decirle.

-Pregunte lo que quiera.

-¿Quién pintó ese dibujo?

Lo señalé con el dedo. Josh se horrorizó al verlo, aunque no tanto como yo, claro. La asistente, en cambio, se mostró muy serena.

-Ah, ¿ese? Lo pintó Adrien Meltzler. Tiene 10 años, vino el año pasado.

-Algo tuvo que pasarle para que pintara eso.-repuse.

-Pobrecillo. Es porque su padre mató a su madre y luego se suicidó, por la noche, mientras él estaba en la cama. Se despertó al oír el jaleo y, evidentemente, lo vio todo.

El corazón me golpeaba en el pecho como si no tuviese sitio. Era inevitable pensar en el trauma que tendría, casi tan grande como el de mis hermanos, o el mío. Me resultaba imposible pensar en las similitudes que tenía con él emocionalmente hablando.

-Esperen,-dijo la asistente rebuscando en su carpeta.- Creo que tengo aquí una foto suya.

Nos la enseñó. Casi me desmayo, lo puedo asegurar. Era el niño que había visto por la ventana, sin duda alguna. Estaba visto que estaba predestinada a ayudarle. En cuanto Josh y yo volvimos a casa, se lo conté.

-Josh, ese pequeño me necesita. ¡Me necesita de veras!

-Ni siquiera te fijaste en los otros chavales. Puede que nos necesiten más que él.

-Lo dudo. Por un momento llegué a sentir lo que él sintió y ver lo que él vio a través de aquella pintura. Nunca me había pasado.

-Lo relacionas con lo que te ha pasado a ti, eso es todo.

-Y justo por eso quiero a ese niño. Nunca te pido nada, Josh. Accedí a tener un hijo porque tú me lo rogaste. Lo necesito. En cuanto lo vi por primera vez volví a sentir ese instinto maternal que tuve con mis hijos biológicos.

Josh se lo pensó un rato. Comencé a ponerme muy nerviosa, tanto que hasta me vino el mono del tabaco, que lo había sabido controlar todo el día.

-De acuerdo, Emily. Tienes razón, os necesitáis uno al otro, y eso se nota. Si nos conceden el derecho a adoptarlo, lo haremos.

Lo abracé con todas mis fuerzas, mientras dejaba que las lágrimas de felicidad se deslizasen por mi rostro con total libertad. Ardía en deseos de volver a ver a Adrien y darle aquello que tan desesperadamente necesitaba: amor.

Días después nos llegó una carta. Buenas noticias, muy buenas. Nos concedieron el derecho a adopción. En cuanto lo oí de los labios de Josh, que era quien la había abierto, me harté de besar el collar de Terry una y otra vez. Luego lo llamé por teléfono para darle la noticia. También llamé a mis hermanos, que casi lloran de emoción cuando se enteraron de que iban a ser tíos por 2ª vez. Josh, Terry y yo nos fuimos de copas por la noche para celebrarlo. Lo peor fue la resaca del día siguiente, pero valió la pena.

Estuvimos varios días teniendo encuentros esporádicos con el pequeño Adrien, es decir, haciendo salidas al campo, al parque, y un largo etcétera, para conocernos mejor. Creo que le caí bien desde la primera vez que me vio, pues a los pocos días de vernos ya me llamaba “mamá” con toda naturalidad. Eso me calentaba el corazón.

Pasamos un mes así, hasta que pudimos llevárnoslo a casa. Lo encontré muy nervioso y un tanto asustado. Mientras le ayudaba a hacer la maleta me preguntaba, con aquella vocecilla de ángel:

-¿Cómo es la casa, mamá? ¿Es grande?

-Sí, cielo, es grande.-respondí- Y tiene un jardín muy bonito lleno de flores y árboles. Ya lo verás.

-¿Y tiene piso de arriba?

-Claro. En el piso de arriba están las habitaciones.

-No me gustan los pisos de arriba.-musitó.

En cuanto hubimos hecho las maletas, bajamos a la recepción, donde nos esperaba Josh jugueteando con las llaves del coche.

-Ya estamos listos.-dije, cogiendo la maleta más pesada con una mano y cogiendo a Adrien por la muñeca con la otra.

-Bueno, pues vamos al coche y nos largamos de aquí.

Así lo hicimos. En cuanto llegamos a casa, noté como Adrien se impresionaba. La miraba con ojitos ilusionados, intentando cerciorarse de que aquella casa grande y bonita era su nuevo hogar. Josh y yo lo ayudamos a instalarse en su cuarto, el que habíamos pintado y arreglado para él. Pronto se hizo de noche. Vimos una película, reímos, cenamos una pizza riquísima y luego acostamos a Adrien. Me pareció que algo lo había horrorizado en cuanto se metió en la cama, pero intenté no darle importancia. Lo arropé y Josh y yo le dimos cada uno un besito de buenas noches. Lo vi muy complacido, seguramente añoraba aquellos besos paternales llenos de ternura que seguramente sus verdaderos padres le habrían dado.

Josh y yo nos fuimos a la cama un poco más tarde. Él estaba cansado y un poco deprimido porque al día siguiente tendría que ir a trabajar. Yo me quedé dormida enseguida, pues estaba agotadísima. Pero aproximadamente a la una de la madrugada, sentí como si golpeasen mi hombro muy despacio.

-Mamá…

Era la voz de Adrien. Abrí los ojos lentamente y giré la cabeza. Efectivamente, el pequeño estaba allí de pie detrás de mí, muerto de miedo.

-¿Te pasa algo, cielo?-murmuré.

-¿Puedo dormir contigo?

-Claro que sí. Acuéstate aquí.

Le hice un sitio en la esquina de la cama. Me giré para estar enfrente de él y poder mirarle a los ojos. Estaba a punto de llorar.

-Es normal que estés algo asustado.-le dije, acariciándole el pelo- Es tu primera noche aquí, pero ya verás como mañana estás mucho mejor.

Él permanecía a mi lado sin inmutarse. Miraba a Josh, me miraba a mí y sentía como temblaba entre mis dedos.

-Tengo miedo porque si me duermo pasan cosas malas.-murmuró.

Entonces lo comprendí. Cuando había pasado el desafortunado incidente de sus padres, él estaba dormido. Me estremeció la simple idea de que Josh pudiese hacerme algo semejante. Es más, desde que mi madre murió me pregunto por qué algunos maridos hacen eso, ¿por qué acceden a dar el “sí quiero” si se va a convertir en un “no te quiero”? La imagen que más se repetía en mi adolescencia resurgía en mi mente arrasando todo buen pensamiento a su paso. Lo peor es que mi padre no solo pegaba a mi madre, si no que nos tiene pegado a mis hermanos y a mí; alguna vez tengo estado en el suelo encharcada de sangre retorciéndome de dolor. Si nos odiaba, si de verdad nos odiaba tanto, que nos hubiese dejado en paz y que se hubiese ido. Pero bueno, dejémoslo estar. Ya no tengo por qué pensar en él.

Observaba cómo Adrien me miraba con aquellos ojos repletos de terror. Me acerqué un poquito más a él, llegando a sentir su agitada respiración, y le dije, en voz baja y con mucha ternura:

-No va a pasarme nada malo, cielo. No vas a pasar otra vez por ese calvario. Yo te protegeré.

Mis palabras debieron tranquilizarse, pues se quedó dormido al poco rato. Miré a Josh de reojo. Era completamente imposible que él llegase a hacerme eso. Era incapaz. Intenté dejar de comerme la cabeza con mis oscuros pensamientos y cerré los ojos. Ahora era yo la que temblaba. No sé cómo fue el quedarme dormida.

lunes, 20 de julio de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo VIII- Tres Puñales


Desesperación. Ese era el amargo nombre del sentimiento que pugnaba por hondar en mí. No tenía fuerzas para luchar y a veces llegaba a automutilarme, gozando al ver derramada mi propia sangre, o simplemente me echaba a llorar encima de la cama, hundiendo la cara en la almohada, intentando dejarme sin aire. Sentía como si fuese el ser más repugnante y cruel del mundo. Todo esto porque estaba convencidísima de que yo había matado, aunque fuese indirectamente, a mi madre y a mi hijo Jimmy.

Josh comenzaba a inquietarse. Los cortes en mis brazos y el mis manos eran abundantes y parecía haber más y más cada día. Apenas hablaba, no comía, no dormía. A veces, hasta sentía los labios fríos, como si la sangre dejase de transitar por ellos. Josh acabó recetándome un antidepresivo y un somnífero. Al dormir mejor, decía, comenzaría a recuperar el apetito poco a poco y, con ello, el humor y las ganas de vivir. Pero, si él no se daba cuenta, pasaba de tomar nada. Aunque había momentos en los que parecía faltarme el aire, o me ponía de los nervios, a gritar, o simplemente comenzaba a sufrir unos dolores en la cabeza, o a veces en el pecho, insoportables, y eso sólo los antidepresivos podían calmármelos.

Me pasé días así. Muchos días. Josh me planteó varias veces el ingresarme en el hospital y que pudiesen administrarme fármacos más potentes, pero lo único que obtenía por respuesta era un no rotundo, acompañado de un débil “estoy bien”. Eran unas de las pocas cosas que decía en todo el día.

Hasta que un día mi pompa de depresión y angustia acabó explotando, y sucedió lo que nunca pensé que llegaría a sucederme. Era por la tarde, más o menos a las 7 u 8. El cielo ya estaba oscuro, salpicado por pequeñas estrellas que semejaban diamantes. Estaba mirando por la ventana. No era capaz de llorar, pero sentía una tensión horrible. Parecía que se me hubiesen agotado las lágrimas. Josh me abrazó por detrás y me besó el cuello. No me inmuté. Tampoco dije ni palabra. Permanecí allí, muy quieta, observando la inmensidad del firmamento.

-Voy un momento al supermercado. Volveré en un santiamén.

Volvió a besarme. Yo no aparté la vista del cielo, por lo que Josh se fue, resignado. Pude oír claramente cómo se cerraba la puerta principal. Estuve largo rato en la ventana. No pude evitar permitir que me invadiesen los recuerdos, recuerdos desgarradores. Comencé entonces a escuchar voces… Voces que conocía perfectamente.

-¡¡Así que te escapaste por él de casa! ¿Eh? ¡Veo que no eres tan gilipollas como creía! ¿¡Pues sabes lo que te digo!? ¿¡Sabes lo que te digo!? ¡¡Que ya no te vas a escapar por él nunca más!!

-¡¡Que la puta de Emily no hace más que dar problemas!! ¡¡Atrévete a defenderla ahora!!

-¡¡Has matado a mi hijo!! ¡¡A mi hijo!!

-¡¡Suéltame, por favor!!

-¡¡Puta insolente!!

Todos aquellos sonidos se clavaban en mi cabeza cual si fuesen dagas ardientes. Me oprimía las sienes, intentando no seguir oyéndolos, pero todavía los oía más fuerte y mezclándose unos con los otros. Me fui, como pude, al baño, casi arrastrándome por el suelo. Un dolor inaguantable surgió de mi pecho, mientras seguía oyendo todos aquellos gritos, aquellos llantos. Me agarré al lavabo y cogí del mueble que se disfrazaba de espejo, alzándose ante mí, las pastillas que Josh me había recetado. Sin pensarlo demasiado, volqué unas cuantas en mi mano, que me temblaba, y me las tomé. Todas y casi sin masticar. A pesar de eso, el dolor seguía persistiendo, extendiéndose por los brazos. Volqué otras cuantas pastillas y también me las tomé. Pero ni todo eso me calmaba, ni hacía callar todas aquellas voces horribles:

-¡Las mujeres sólo servís para limpiar y parir!

-Es por tu madre. Tu padre la… la ha…

-¡¡No puede ser!!

-¡¡Ya no te vas a escapar por él nunca más!!

-Esto no me puede estar pasando.

-¡¡Has matado a mi hijo!!

-¡¡Atrévete a defenderla!!

-¡Asesino!

-¡Suéltame! ¡No! ¡¡No!!

-Ni tus hermanos ni tú vais a decir nada, ¿entendido?

Cuando me di cuenta, el botecillo de pastillas estaba completamente vacío. Lo dejé caer en el suelo, escandalizada. Me tapé la boca con las manos y me eché a llorar desconsoladamente. Poco tiempo estuve así, pues el efecto de los antidepresivos fue rápido, y pronto caí en el suelo, semiinconsciente, sangrando por la nariz. No era capaz de respirar, mi débil aliento parecía desvanecerse. Comencé a temblar, como si se congelasen cada una de mis venas. En mi cabeza todavía residían pensamientos evanescentes que nacían y morían en los rincones más inhóspitos de mi mente como si fuesen lenguas de fuego sofocadas por un frío helador. De repente, oigo una voz, como si se produjese muy lejos de mí.

-¡Emily!

Sentí como si alguien me tomase en brazos, sin levantarme del suelo, y me apartase el pelo de la cara. Aunque mi visión no era del todo precisa, logré distinguir a una persona: Josh.

-¡Emily! ¡Qué has hecho!

No pude responder. Era como si mi boca no albergase saliva y fuese incapaz de articular sonido alguno.

-¿Me escuchas? ¡¿Me escuchas?! ¡Si me escuchas, asiente! ¿De acuerdo?

Asentí débilmente, sin apenas mover la cabeza. Josh se percató enseguida de que había tomado las pastillas, al ver el envase en el suelo.

-¿¡Cuántas te has tomado!?

Su voz me sonaba distorsionada, pero noté enseguida su notable preocupación. Seguí siendo incapaz de hablar, por lo que Josh se apresuró a coger el móvil y llamar a urgencias:

-Oiga, necesito que manden una ambulancia enseguida. Tienen que atender con urgencia a una mujer en estado de shock. Tiene el pulso muy irregular. Dense prisa, por amor de Dios.

Dicho esto, y sin dejar de agarrarme ni un solo momento, colgó el teléfono y volvió a hablarme.

-Emily, tranquila. No va a pasarte nada.-dicho esto, colocó una de sus manos en mi pecho y añadió- Respira. Eso es. Respira.

A veces, por mucho que lo intentase, no era capaz de coger aire. El simple hecho de inspirar me causaba un dolor muy fuerte en las costillas, pero Josh insistía:

-¡No dejes de respirar! ¡Emily, no dejes de respirar!

A pesar de parecerme casi imposible, una frase salió de mis labios sin vida:

-Déjame morir.

-¡No, Emily, no morirás! ¡Pongo a Dios por testigo de que no permitiré que te mueras!

Josh seguía ordenándome que respirase, pero mi respiración comenzó a hacerse costosa y pesada. Pude sentir cómo sus lágrimas ardientes caían sobre mi piel como si fuesen gotas de agua cayendo sobre una flor marchita. Dejé de ejercer control sobre mi cuerpo. Notaba cómo la vista se me nublaba. El dolor insoportable que albergaba mi pecho se iba disipando muy lentamente. Todos los sonidos se distorsionaron y se fundieron unos con otros, aunque podía oír con toda claridad los latidos lentos y débiles de mi ya cansado corazón. Pensé que aquella era la mejor manera de pagar por mis pecados. Ahora veía lo inútil que sería luchar por mi supervivencia. Cerré los ojos muy despacio, resignándome a mi aciago destino, mientras escuchaba a lo lejos cómo Josh intentaba devolverme la vida…


Todo estaba muy oscuro. No sabría describir la sensación de serenidad que se había apoderado de mí. No me preocupé si seguía respirando, creí que no tendría por qué hacerlo. De repente, delante de mis ojos veo una luz. Una luz blanca, cegadora. Cada vez comienzo a ver con mayor claridad qué se esconde tras aquel radiante resplandor. “Emily, Emily”, una preciosa voz me llama. ¿Serán los ángeles? ¿Será Dios? ¿Será Satán? Todas mis dudas son contestadas en cuanto recupero la consciencia. Era Josh, que estaba a mi lado, cogiéndome de la mano. Mi miedo a la inminente muerte desapareció.

-Emily, ¿estás bien?-preguntó.

Su preocupación era claramente patente. Yo no contesté. Era evidente que había tocado fondo, muy fondo. Josh me acarició, a punto de deshacerse en lágrimas. Entonces, fui capaz de decirle, con un hilo de voz:

-Perdóname.

Las lágrimas comenzaron a fluir por sus mejillas como nunca antes lo había visto. Lo miré a los ojos muy fijamente. Me dolía verlo entristecerse por mi culpa.

-¿Por qué lo hiciste, Emily?-preguntó, con palpable angustia.- ¿Por qué? ¿Por qué no dejaste que te ayudase? ¡Podría haberte ayudado a superarlo!

Bajé la cabeza con sumisión. Estaba consternado y furioso por lo que había hecho, y no era para menos. Si hubiese hecho lo mismo que hice yo, creo que me habría muerto con él.

-Sé que la muerte de tu madre tiene mucho que ver,-prosiguió-¡pero mi padre murió hace dos putas semanas! ¡Y aquí me ves! Vida no hay más que una, Emily. En cuanto se te para el corazón ¡fuera! ¡Ya no hay segundas oportunidades! ¡No puedo creer que hayas podido… llevar a cabo un acto tan egoísta! ¡Piensa en tus hermanos! ¡Y en mí!

No pude contener más mi llanto. Con la cabeza mirando a las sábanas blancas que envolvían mi cuerpo frágil y enfermo, dejé que las lágrimas se deslizasen por mi rostro libremente. Entonces, Josh me agarró por la barbilla e hizo que nuestras miradas se cruzasen.

-Estuve a punto de perderte.-dijo- No sé qué habría hecho sin ti.

Acercó sus labios a los míos. Nos besamos, muy intensamente. La verdad es que lo deseaba con todo mí ser. Cuando nos separamos, y teniendo mi rostro todavía próximo al suyo, le dije, entre lágrimas:

-Soy una mala madre, Josh, y una hija pésima.

-No es cierto, Emily, y con mi ayuda tú también te darás cuenta de que no lo es.

Aquella frase me llenó de fuerza. Comencé a sentirme avergonzada de querer hacerlo, de querer acabar con mi vida. Me imaginaba lo que dirían los periódicos: “La mujer cuyo hombre mató a su hijo intentó suicidarse”, como si lo viese.

En cuanto salí del hospital, me dispuse a curarme, a salir de aquel infierno en el que estaba metida. En el hospital me habían recetado unos medicamentos muy fuertes, por lo que no tardaron demasiado en hacer efecto. Con el paso de los días comencé a comer algo, a dormitar, a reír. Mi piel fue recuperando su tono habitual, abandonando aquel blanco enfermizo y en mis ojos brillaba a veces una pequeña chispita de felicidad.

Un martes día 29, al salir del trabajo, ocurrió algo que me marcó, y nunca menor dicho, para siempre. Iba por la calle tranquilamente hacia casa. Llovía. No llevaba paraguas y me estaba mojando, pero me daba bastante igual. Venía pensando en lo que me había estado pasando aquellos días, y por muchas vueltas que le daba, parecía una horrible pesadilla, o una macabra jugarreta del destino. Me metí por una calle por la que nunca había ido por equivocación. Vagué por allí bastante tiempo, hasta que la encontré. Allí, en una humilde esquinita, había una tienda de tatuajes, que poseía enormes letreros luminosos. Me acerqué al escaparate sin titubear. Los dibujos que había expuestos eran sencillamente preciosos, algunos los encontraba llenos de furia y angustia, y por eso gozaba mirándolos. Entonces encontré uno. No era uno cualquiera, no, era uno de un ave, seguramente un fénix, que tenía clavados en su pecho puñales. Puñales encharcados de sangre. Sentí un impulso irrefrenable de entrar. El dependiente, que era un chaval joven, lleno de piercings y tatuajes por los brazos, me miró impresionado. Debía ser una de las pocas veces que entraba una mujer allí, y menos una mujer empapada a la que se le transparentaba la camisa blanca y se le veía el sujetador. Me acerqué a él.

-Perdone,-dije, señalándolo- ¿cuánto cuesta el tatuaje del escaparate, el del pájaro?

-El del… ¡Ah, ese! Costar, cuesta 400 dólares, porque ocupa la espalda de punta a punta… pero por ser usted se lo dejo en 200 dólares, ¿le parece bien?

Miré en la cartera. Por suerte, llevaba allí la tarjeta de crédito que Josh me había dado.

-¿Aceptan tarjetas?-pregunté.

-¡Claro! ¡Claro! Venga por aq…

-¡Espere!-interrumpí- Antes de nada me gustaría pedirle un favor…

El chico me miró con curiosidad.

-Sus deseos son órdenes, señorita.

-A ver… El pájaro que aparece ahí es un ave fénix, ¿me equivoco? Pues en lugar de eso, agradecería que me hiciese una paloma.

-Una… ¿paloma?

-Sí, y a poder ser, con tres puñales.

Tres puñales, ni uno más ni uno menos. Tres puñales que impiden sobrevivir a la débil paloma: su madre, sus hijos y ella misma. Tres puñales clavados eternamente en su corazón, pero ella aún sigue ahí, de pie, luchando, aguantando todo aquel dolor, aquel veneno, sin más ayuda que su propia fuerza de voluntad. Era como si aquel tatuaje estuviese hecho para mí.

-Está hecho, señorita.-dijo el dependiente, alardeándose.- Confíe en el menda. Antes querría hacerle un boceto para que viese los cambios…

-De acuerdo. Perfecto.-interrumpí.

Así lo hizo. Realmente el simple boceto parecía ya una obra de arte en sí. La paloma se veía de perfil, con tres puñales muy grandes clavados en su pecho. Le di mi visto bueno al diseño e hice que el chaval se sonrojase.

-Acuéstese boca abajo en esa camilla de ahí.-dijo, señalándola.

Sacó los instrumentos de bolsitas esterilizadas y se puso manos a la obra. En cuanto noté la aguja clavándose en mi piel creí que me moría del dolor. Él se percató enseguida.

-No es fácil pasar de 0 a 100 de golpe.-afirmó- Intente relajarse un poco, que está tensa.

Lo hice. Poco a poco fui dejando de notar un dolor tan fuerte. Mi cuerpo se fue acostumbrando a él. Sentía cómo los trazos de la paloma eran dulces y redondeados, y los de los puñales eran rígidos y duros. Percibí enseguida que la camilla en la que estaba se encharcaba de sangre. Me horroricé al principio, pero luego se me pasó. Si iba a morir, no iba a ser allí, de eso estaba convencida.

Tardó lo suyo en hacerme el tatuaje, pero al final lo consiguió. En cuanto terminó dejó que me lo viese en un espejo. La sangre no dejaba verlo con claridad, pero le di mi visto bueno de todas formas. Me lo tapó con una gasa y me cobró. Marché de la tienda satisfecha, sin pensar ni por un solo segundo en lo que me diría Josh cuando me viese. No tardé en salir de aquella calle y ubicarme. Logré llegar a casa. Entré y me fui a la habitación sin ni siquiera molestarme en encender la luz. Me quité la camisa, que estaba empapada de lluvia y sudor y, enfrente del espejo, levanté un poco la gasa, encharcada de sangre. Allí estaba, el reflejo de mi alma gravado para siempre en mi piel. Una sonrisa asomó de mis labios inconscientemente. Aunque el sudor rozaba la zona todavía sangrante y parecía irritármela, no era capaz de dejar de admirar su belleza. De repente oigo que alguien abre la puerta.

-¿Hola?

Es la voz de Josh. Volví a tapar el tatuaje y me apresuré en coger la camisa. Aún así, Josh fue más rápido que yo y me pilló de espaldas a la puerta intentando taparme.

-Emily, ¿qué te ha pasado en la espalda?-preguntó, preocupado.

-Eh… Verás, Josh… No es fácil de explicar…

Vi su inquietud desmedida en el reflejo de sus ojos. Sin añadir nada más, me quité la gasa y se lo mostré. Me miró boquiabierto, creo que si le hubiese arreado un guantazo, no iba a sorprenderlo más.

-Me lo hice hoy, en una tienda que está en una calle cerca del trabajo.-dije, pues él no abría la boca.- Siento no haberte dicho nada, fue un arrebato, no sé si me…

-No…Me parece que… Te entiendo.-dijo, titubeante.

Había estado mirando el tatuaje con todo detalle, como solía hacer con todo. Supongo que comprendió el valor simbólico del dibujo, por eso, en lugar de echarme uno de esos sermones sobre los inconvenientes de los tatuajes y todo ese rollo, me dijo:

-Es precioso.

Me agarró por la cintura. Yo me dejé llevar. Al contrario que con Robert, con él no tenía ningún tipo de miedo, me conocía a la perfección. Era capaz de coger todo lo malo que había en mi mente y convertirlo en algo completamente hermoso. Comenzamos a besarnos con pasión. Nuestras lenguas parecían fusionarse y convertirse en una sola, que danzaba sin cesar por nuestros labios. Sus manos acariciaban mis caderas muy sensualmente. Yo lo agarraba del pelo, sin llegar a hacerle daño. Él me acostó, muy despacio, en la cama, sin dejar de besarme ni por un segundo. Se me olvidó el dolor de la zona todavía sangrante cuando sentí cómo me desabrochaba el sujetador. Yo le quité la camisa ardientemente y desabroché sus pantalones mientras él hacía lo mismo con los míos. Todas las sensaciones negativas que había experimentado con Robert en aquella inexperta e inocente primera vez se habían convertido en un auténtico paraíso sensorial, en el que cada caricia, cada beso frío, hacían que me estremeciera. Al acabar, nos quedamos completamente dormidos, tapando nuestros cuerpos simplemente con una fina sábana blanca. Después de eso, comprendí perfectamente por qué a ese acto tabú que es el practicar sexo, también se le llama hacer el amor.

viernes, 17 de julio de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo VII- Mensajeras de la muerte (2ª parte)


-¿Sí?... Sí, es esta la casa, ¿con quién hablo?... … No… per… ¿Cómo ocurrió?... … … Entiendo… Entonces se lo comunicaré. Muy amable. Buenas noches… Buenas noches.

En ese momento colgó. Yo me desperecé y le pregunté:

-¿Quién era, cariño?

Josh guardó silencio. Seguramente no era capaz de decírmelo. Tampoco es que sea fácil decir algo así. Tragó saliva y se armó de valor.

-Llamaron del hospital. Es por tu madre. Una de tus hermanas llamó a una ambulancia. Ha… ha…

Me temí lo peor.

-No… No puede…-dije.

-La encontraron con un golpe en la cabeza, desangrándose. Los médicos no pudieron hacer nada…

Me llevé las manos a los labios, para evitar no gritar.

-No puede ser…

-Lo siento, Emily.-dijo Josh, acercándose a mí.

-¡¡No puede ser!!-chillé, entre lágrimas.

No podía creérmelo. No era capaz de asumir que mi madre, esa madre que siempre me quiso y me protegió por encima de todo, esa madre que siempre había dado la cara por mí, esa madre que me había enseñado a ser mejor persona y a que aprendiera de mis errores y de los suyos propios había muerto. ¡Muerto! En aquel momento sentía como si mis apesadumbradas lágrimas se tornaran de hielo y me rasgaran los ojos. Me abracé a Josh con todas mis fuerzas. Necesitaba sentir que alguien me devolviese el calor que me parecía estar perdiendo. Allí acurrucada en su pecho lloré como nunca antes lo había hecho, tanto que a veces se me cortaba la respiración.

-Ese maldito hijo de puta...-sollocé.

-Los médicos no han podido determinar si las heridas que la mataron fueron producidas por él.-dijo Josh.

-¡Si nadie lo dice, lo diré yo!-grité desquiciada, levantando la cabeza.- ¡Y me escucharán! ¡Ese bastardo pagará muy caro lo que le ha hecho a mi madre!

-Emily, tranquilízate. No puedes hacer nada. Nadie puede. No hay suficientes pruebas incriminatorias.

-Pero…ella…

-Sería inútil.

Volví a abrazarlo, empapándolo de lágrimas. Cerré los ojos fuertemente, escuchando los latidos de su corazón, que no tenían nada que ver con los míos, pues el corazón me golpeaba como si no tuviese sitio. Cuando comencé a tranquilizarme, le dije a Josh, sin que dejase de acariciarme el pelo, y sin dejar yo de abrazarlo.

-Tengo que ir a ver a mis hermanos… Estarán viviendo un auténtico infierno.

-Ahora necesitas dormir, Emily, no te encuentras en condiciones. Además, conviene mantenerte alejada de tu padre un tiempo.

Intenté protestarle, pero ni para eso tuve fuerzas. Me separé de él, mientras él me acariciaba la mejilla con una mano, a la que yo me aferraba.

-Ambos sabíamos que iba a pasar tarde o temprano. Tú me lo dijiste en la consulta.-dijo Josh.

Era cierto, se lo había dicho. Siempre me había horrorizado pensar que esto podía ocurrir, y ahora que había ocurrido…

-Serénate, mañana será otro día.

Dicho esto, Josh se acostó en la cama, recostándome a mí en el acto, pues me agarraba ahora por la cintura. Él no tardó en quedarse dormido. Yo no podía. Pensaba en lo frágil que era la vida, en lo fácil que era que mis más oscuros temores se hiciesen realidad. Costaba creer que hacía unas horas estaba con ella, riéndome sin parar, y en ese momento estaba llorando desconsolada por su muerte. Acabé quedándome dormida entre lágrimas.

Toda la noche fue una pesadilla que para qué contarla. Era como revivir los momentos cuando mi padre encerraba a mi madre en la cocina y comenzaba a arrearle, sin importarle que ella es un ser humano con los mismos, o quizás más, derechos que él. Yo los contemplaba a través de una puerta de cristal. Veía cómo la boca de mi madre emanaba sangre, que empapaba su vestido blanco impecable. Intentaba entrar en la cocina, pero la puerta estaba atrancada y el cristal era tan grueso que mis débiles puños no eran capaces de romperlo. Era imposible no oír su llanto. Él le gritaba “que no-se-qué de Emily”, “que no-sé-cuantos de Emily”, “que esa puta de Emily esto”, “que esa puta de Emily lo otro”… Mi madre al principio del sueño, me defendía, pero a medida que transcurría, de lo único que se preocupaba era de mantenerse respirando. ¡Era horrible! Josh me despertó. Yo estaba empapada de sudor frío y sangrando a mares por la nariz. Me tranquilizó saber que era una pesadilla, pero parecía estar diciéndome algo: que mamá había muerto por mí.

Me duché. En agua fría. Lo cual fue raro, pues yo siempre me duchaba en agua caliente, pero necesitaba espabilarme. Después, con la toalla anudada al cuerpo, miré en mi fondo de armario. Me puse una falda negra, una camisa blanca y una chaqueta negra, con zapatos negros. Acto seguido, abrí el cajón de mi mesita y cogí un rosario rojo de un pequeño joyero. El rosario era de mi abuela, de la madre de mi madre, que también había sido una sufridora. Era ciega. Murió a mis 7 años, pues tenía hepatitis ¡Si ella estuviese aquí!

Hice unas cuantas llamadas telefónicas. Primero, a unas pompas fúnebres que recogiesen el cadáver; después a la Iglesia de mi antiguo pueblo, por el entierro y el funeral; y por último a mi tía Margarite, pues no iba a dejar que mis hermanos siguiesen viviendo con ese monstruo.

En cuanto me llamaron los de las pompas, me dirigí al tanatorio, que me llevaría Josh. Estaba en mi antiguo pueblo. Pasaba muchas veces por delante de él cuando tenía que ir al colegio. Nunca había entrado dentro. Cuando pasaba un entierro por cerca de nuestra casa, mamá o la abuela cerraban las puertas, las ventanas y las persianas, sumiendo la casa en la penumbra. Siempre quisieron protegerme de la muerte y que nunca descubriese el oscuro final que nos depara la vida. Cuando Amy murió fue cuando me di cuenta de que todo es efímero, de que nuestra existencia apenas dura un suspiro. Entonces no pudieron seguir ocultándomelo.

En cuanto llegamos al tanatorio, noté que mi corazón se aceleraba. No estaba preparada para verla. Entramos a dentro, cogidos de la mano. La tía Margarite estaba allí, vestida toda de negro, sosteniendo un pañuelo blanco con sus largos y huesudos dedos. En cuanto nos vio, se levanto apresuradamente.

-¡Emily! ¡Cariño!-gritó.

Se dirigió hacia mí corriendo y me abrazó. Yo intenté parecer impasible, pero una lágrima salió inevitablemente de mis ojos.

-¡Te estaba esperando!

-¿Dónde están mis hermanos?-dije yo fríamente.

Me soltó, extrañada por mi actitud.

-Los he dejado con una vecina. Tranquila, es de confianza, Los traerá cuando comience el funeral.

Yo asentí. No podía ignorar la presencia del cadáver de mi difunta madre, por mucho que lo intentase. Se me helaba la sangre.

-Está como un ángel.-dijo la tita acercándose al féretro, y añadió, mirándome a mí.- ¿Quieres verla?

-N…No. Por ahora no.

Ella notó mi aturdimiento y calló. Estuvimos horas y horas allí sentadas, sin intercambiar palabra. Josh me miraba de vez en cuando. Debía esta hecha una mierda. Entre lo de Jimmy y esto había adelgazado bastante. Tenía unas profundas ojeras a base de no dormir y mi piel estaba tan pálida como la de un muerto. Todo aquello me estaba conduciendo a la autodestrucción.

Aproximadamente a las 6 de la tarde los de las pompas fúnebres optaron por trasladar el cuerpo a la Iglesia, y allí fuimos los tres. Lo peor fue al llegar allí. Toda la gente del pueblo quería entrar, ver el cadáver y darle el pésame a la hija destrozada. Montones y montones de vecinas y vecinos entraron para escuchar el funeral. Yo estaba sentada en primera fila, con la tita y Josh. De repente, y para mi asombro, veo que entra, prácticamente desapercibido en la Iglesia, mi padre. Sí, aquel desalmado que mató a sangre fría a mi pobre madre, pero “In dubia, pro reo”, por lo que lo dejaron en libertad. El despecho nubló mi juicio completamente. Me dirigí hacia él con actitud desafiante y lo agarré de un brazo para llevarlo a la puerta.

-¿Qué haces aquí?-pregunté, desquiciada-¿Cómo te atreves?

-Quiero ver por última vez a mi mujer, antes de que no pueda volver a hacerlo.

-¿¡Pero cómo puedes decir eso!? ¡Tú la mataste, y todos lo sabemos!

-El juez no lo sabe, y su opinión vale más que la de todos vosotros juntos.

-Tu libertad pende de un hilo.-dije- Si mis hermanos o yo decimos algo…

Sin dejarme terminar, me agarró por el cuello y me apoyó contra una de las paredes exteriores de la Iglesia.

-Ni tus hermanos ni tú vais a decir nada, ¿entendido? ¡No os creerán!-murmuró, conteniendo su ira.

-Aprieta más fuerte, papá.-logré decir, con la voz entrecortada y sin apenas poder respirar.- ¡Aprieta! Tú todo lo arreglas matando, ¿no? Eres un vulgar asesino.

Dicho esto le escupí en la cara con la poca saliva que mi boca podía albergar en aquel momento. Noté que mi rostro se enrojecía, a causa de la falta de aire.

-Por mucho que intentes ahogarme, seguiré respirando.-dije con un hilo de voz.

Mi padre se dio cuenta de que la gente podía percatarse de lo que estaba haciendo, así que me soltó. Me agarré la camisa fuertemente y comencé a recobrar el aliento.

-Puta insolente.-gruñó él.

-Todo el que se enfrenta a ti lo es, ¿no es cierto?

Guardó silencio por unos segundos. En cuanto me hube recuperado del todo le dije, acercándome a él:

-Puedes ahogarme, pero seguiré respirando. Puedes cortarme las piernas, pero seguiré estando de pie. Puedes derramar mi sangre, pero seguirá transitando por mis venas. Puedes incluso arrancarme el corazón, pero seguirá latiendo en tus manos. ¿Quieres saber por qué? Por que no te tengo miedo. Se acabó la servidumbre hasta la muerte. Yo no voy a soportar lo que ella ha soportado. Si me matas, alguien me pondrá voz, porque dos muertes son demasiadas.

Noté la furia en sus ojos. Furia desmedida que se descargó en su puño. Justo en el momento en el que Josh salió de la Iglesia para ver cómo estaba, mi padre me asentó un puñetazo. El más fuerte que nadie me había dado nunca. Me llevé ambas manos a la nariz y vi que sangraba a mares.

-¡Emily!-gritó Josh en cuanto lo vio.

Se acercó a mí y me sostuvo, pues yo estaba tan aturdida que apenas podía mantenerme de pie. En cuanto la gente comenzó a venir a socorrerme, mi padre se fue.

-¡Ahora huye! ¡Cobarde! ¡Asesino!-grité yo fuera de mí.

-Emily, por favor.-dijo Josh, pretendiendo calmarme.

Yo no estaba calmada en absoluto, pero no añadí nada más. La tía Margarite se me acercó y me sostuvo, susurrándome angustiada:

-Mi niña, ¡ay! Mi niña.

Josh giró la cabeza bruscamente y le dijo a todos los que me rodeaban.

-¡Ya no hay nada que ver! ¡Entrad para dentro!

Margarite comenzó a llorar, abrazándome fuerte. Yo me encontraba bastante mareada, por lo que no dije palabra.

-Señora,-dijo Josh- váyase a dentro y déjemela a mí.-ella iba a protestarle, pero él añadió.-Tranquilícese, soy médico.

La tita se resignó a entrar, empapada en lágrimas. Josh me ayudó a sentarme en el suelo, apoyada en la pared. Sacó un pañuelo del bolsillo y comenzó a limpiarme la sangre.

-Estás loca, Emily. Completamente loca. Dios sabe lo que pudo haberte hecho.

-Lo desarmé. Le jodió oír las cuatro verdades que le solté a la cara, por eso lo hizo.

-Pudo haberte matado.

-Si no consiguió detener mi respiración, aún será menos capaz de detener mi corazón. Por eso estoy muy tranquila.

En ese momento, Josh dejó de limpiar y me miró fijamente a los ojos.

-¿Intentó asfixiarte?-logró preguntar.

-Lo intentó, pero que siga soñando.

Él no añadió nada más. Estaba tan aturdido que se había quedado sin habla, hasta que terminó de limpiarme y dijo:

-Te ha roto la nariz. Tienes el tabique algo desviado.

-¿Y no puedes hacer nada?-pregunté.

-Poder, sí puedo, pero te dolerá.

-He demostrado que aguanto bastante bien el dolor, como ves. Haz lo que tengas que hacer.

Josh puso el índice y el pulgar sobre mi tabique torcido. Entonces, de un golpe seco, me lo colocó correctamente. Me dolía, sí, pero noté cómo me dejaba de sangrar.

-¡Au…!-me quejé yo, en voz baja y llevándome las manos a la nariz.

-Te dolerá un buen rato, pero se te acabará pasando.-dijo Josh.

Me acarició. Realmente lo había preocupado mucho, quizás mucho más de lo que pensaba en ese momento. Aunque yo estaba satisfecha. Mi padre había quedado como un cobarde al haber huido de aquella manera. Aún me costaba tragar y la nariz me dolía cosa mala, pero había valido la pena.

-¿Te encuentras mejor?-preguntó.

-Sí, creo que sí.

-Deberíamos entrar. El sacerdote ya ha llegado, no creo que falte mucho para empezar.

Yo me levanté resignada, sin necesitar la ayuda de Josh. Él me dejó pasar a mí primero al interior de la Iglesia mientras me susurraba al oído:

-Sé fuerte.

Estuve a punto de echarme a llorar. Josh estaba siendo mi único apoyo en aquellos momentos de desesperación. Aunque nunca se lo dije, no sabía cuanto le agradecía en mi interior que estuviese allí, ayudándome a seguir adelante.

Dio comienzo la misa. La mayoría de las mujeres del pueblo de la edad de mi madre subieron al altar para expresar su dolor. Al acabar ellas, subió la tía Margarite, que acabó deshaciéndose en lágrimas. Mis hermanos, que habían llegado poco después de dar comienzo la misa y que estaban sentados a mi lado, optaron por no subir. Yo sería su representante, una vez más. Thomas se aferraba a mí, eso lo noté enseguida. Toda la misa quiso estar apoyado en mi costado, mientras yo lo acariciaba. La verdad es que no se me ocurría otra forma de tranquilizarlo. Entonces, y casi sin darme cuenta, me tocó a mí.

-Ahora, me gustaría que subiese Emily, la hija primogénita de Rose, para compartir con nosotros su dolor.-dijo el Pastor.

Me pareció una expresión muy equívoca la de “compartir con ellos mi dolor”. No creo que ninguno de ellos sintiese el dolor que yo estaba sintiendo, y verdaderamente no estaba de humor como para decir nada. Aún así, subí al altar, notando como mi agitado corazón golpeaba violentamente contra mis sienes, y dije, nerviosa y titubeante:

-Eh… En fin… ¿Qué podría decir de mi madre que no hayan dicho ya?... Ella era una mujer luchadora. Tenía una paciencia preocupante. Sí, han oído bien, preocupante.-recalqué- Porque ha estado soportando a alguien como mi padre desde los veintitantos años, y todo por lo que ha pasado no debería haberlo tolerado nunca. Debería haber cortado por lo sano hacía muchísimos años. Es más, creo que ni debería haberme tenido, si con eso nunca hubiera conocido a semejante monstruo, a semejante cobarde, a tal lobo que se esconde bajo la piel de una oveja mutilada. Ella siempre intentó protegernos a mis hermanos y a mí de que no cometiésemos sus mismos errores. ¡Si lo hemos hecho, no ha sido por que no nos lo hubiese dicho! ¡Habría sido porque nos habría dado la puta gana!... O… O porque nos hubiesen engañado… En cualquier caso, creo que no sería capaz de decir, una a una, todas las cosas que ha hecho por nosotros. Desde darnos la vida…Hasta permitir que provocásemos su muerte…-al decir esto, una lágrima, y sólo una, se deslizó por mi mejilla- Sé que quizás esperaban otro tipo de discurso… y lo comprendo… no se me da bien improvisar… Aún así, espero… espero que hayan captado el mensaje…

Después de hablar, y viendo como toda la gente cuchicheaba, sorprendida por mi chocante, y no por eso menos profundo, discurso, me fui a mi asiento. Josh me miraba fijamente, algo preocupado por mi actitud, aunque yo fingí no percatarme de ello y volví a sentarme al lado de Thomas, que le faltó tiempo para volver a abrazarse a mí.

Al acabar la misa, la gente, una a una, se iba acercando al ataúd, que estaba en el altar. Antes estaba cerrado, y encima de él había una foto de mi madre, vestida con una chaqueta roja, sonriente, pero ahora lo habían abierto y se veía con claridad su cadáver, blanquecino y casi de un tono amarillento. Se divisaba la herida que le había abierto la cabeza, limpia y algo tapada por el pelo. La foto era muy poco realista, a mi parecer, pues casi nunca reía. Dios sabe cuándo se la había sacado, pero estaba claro que no era reciente. De último fuimos la familia, cuando todo el mundo nos había dado el pésame y se había marchado. La tía Margarite lo estaba pasando realmente mal. A veces me imaginaba lo que estaba sintiendo, ver a su hermana pequeña dentro de un ataúd de madera de roble. Yo pensaba que si una de mis hermanas se muriese, se moriría algo dentro de mí, eso seguro, como se murió cuando Amy pasó a mejor vida. Josh había sido el primero, para poder estar con Thomas mientras nosotros montábamos procesión hacia el féretro. Por último, como era costumbre, me tocaba a mí. Ya no estaba tan nerviosa. Estaba rodeada de gente que conocía, no tenía de qué avergonzarme. La miré un momento. Recuerdo con exactitud la expresión incluso triste de su rostro. Iba vestida de domingo, con un vestido blanco. Parecía un ángel. Las lágrimas comenzaron a fluir por mis mejillas. No era capaz de contener el llanto. Acerqué mi cara a la suya. Nunca había estado tan fría. Allí la besé cuanto quise, empapándola con mis lágrimas y repitiendo, una y otra vez como si de una obsesión se tratase:

-Nos engañaron a las dos. Nos engañaron a las dos. Nos engañaron a las dos.

Le di mil vueltas a esa frase, y cada vez que la decía sentía como un mazazo en medio de mi pecho. Josh tuvo que separarme de ella. Me cubrí el rostro con las manos para que mis hermanos no me viesen llorar, sobre todo lo hice por Thomas, que el pobre ya estaba sufriendo lo suyo. Pero, sin que me percatase, todo aquel sufrimiento que reprimía duplicaba su daño.

Josh y yo decidimos quedarnos a dormir en un motel que habíamos visto al ir hacia la Iglesia. Así podríamos estar en el pueblo para asistir al entierro. Por la noche, mientras Josh dormía, Terry me llamo. Me dijo que se hubiera tenido que enterar por el periódico de la muerte de mi madre. Creo que estaba algo indignado. La verdad es que no se lo discuto, tenía razón, debía habérselo contado. Le expliqué que no había estado en condiciones y lo comprendió. Vendría al pueblo para asistir al entierro, por petición mía. Al acabar de hablar con él, me acosté en la cama, pero no dormí en toda la noche.

Al día siguiente me levanté pronto. En cuanto Josh se despertó, fuimos a desayunar y a misa. Quise ir, pues consideraba que, al estar de luto, debería rezar por mi madre. Aún así, apenas atendí al sermón. Me vino a la memoria el recuerdo de mi abuela, de la madre de mi madre. Lo único de lo que lograba acordarme con todo lujo de detalles era del último día en que la vi:

Era un domingo. Como todos los domingos, íbamos mis padres y yo a su casa. Aunque ella había caído enferma, por lo que la tita estaba cuidándole. Mientras mi padre nos esperaba en el coche, mi madre y yo entramos en aquella ruina de casa que parecía venirse abajo. Sentí un terror horrible al estar allí que, cuando antes estaba con Amy, parecía apaciguarse, pero ahora que había muerto… Mi madre y la tita hablaban en el vestíbulo. No recuerdo qué decían exactamente, pero veía a mi madre llorar, y eso me estremecía. Al rato, ella me miró y me dijo:

-Princesa, ¿por qué no vas a la habitación de la abuelita a verla?

Yo asentí, y acto seguido me dispuse a subir aquellas empinadísimas escaleras, que lograban poner los pelos de punta al producir ruidos extraños cuando las pisabas. De pronto, me vi enfrente de la puerta de la habitación. Sentí verdadero pánico por entrar, quizás porque no sabía cómo me iba a encontrar a la abuela. Abrí la puerta muy despacio y me metí dentro, procurando no hacer ruido. Allí estaba, en la cama, sosteniendo un rosario de piedrecillas rojas. Yo permanecí de pie cerca de la puerta mientras escuchaba los latidos de mi agitado corazón. No me atrevía a decir nada, era como si algo me atenazase la garganta. De repente, ella, que no sé cómo demonios pudo reconocerme, dijo:

-¿Emily? E… ¿Eres tú, tesoro?

-Sí, abuela.-respondí, titubeante.

-Acércate aquí, Emily. Quiero poder tocarte una última vez.

Aquella frase logró ponerme los pelos de punta. No dejaba de pensar si la abuelita correría la misma suerte que Amy. A pesar de mi aturdimiento, me acerqué a ella. En cuanto me sintió cerca, con una de sus manos huesudas me acarició mis mofletitos, que habían palidecido desde que había entrado allí.

-¿Cómo estás, cariño?-preguntó, llena de ternura.

-Bien. ¿Y tú estás mejor, abuela?

-He tenido tiempos mejores, pero me voy a poner bien. Ya lo verás.

Sin duda lo decía para tranquilizarme. Observé que había adelgazado muchísimo y su piel había adquirido un desagradable tono amarillento. Las lágrimas comenzaban a fluir de sus ojos blanquecinos y sin vida. Yo permanecí quietecita a su lado mientras ella me hablaba de cosas sin importancia, como de cuando tenía mi edad y trabajaba de costurera para contribuir al sostenimiento de su paupérrima familia. De repente, mamá llegó a la habitación, muy nerviosa y temblando.

-¡Vamos, princesa!-dijo-¡Tenemos que irnos a casa!

-¡No quiero!-grité, fuera de mí.

No solía contradecir a mi madre, pero sentía que, si me iba de aquella casa, dejaría sola a mi pobre abuela.

-¡Emily, por amor de Dios! ¡Vámonos!

Dicho esto, me agarró del brazo fuerte, pero yo me agarré con todas mis fuerzas a la cabecera de la cama.

-¡No me lo hagas más difícil todavía, cariño!

Entonces, mi abuela dijo, con semblante serio:

-Esta prisa te ha entrado por él, ¿me equivoco, Rose?

-¡No te metas en esto mamá!

Mi madre comenzaba a llorar de la rabia y del miedo.

-Todas las noches rezo para que mil cuervos le arranquen los ojos al cabrón de tu marido y sienta de una vez por todas lo que yo estoy sintiendo.

Mamá dejó de agarrarme. Ese comentario que había hecho la abuela, que recuerdo con total nitidez, había conseguido ahondar en ella.

-Antes de que os vayáis-prosiguió- quiero darle algo a mi nieta.

Yo la miré desconcertada. Ella me agarró de un pulso y, con la otra mano, me colocaba suavemente su rosario, su querido e inseparable rosario, en la mía.

-Reza mucho con él, vida mía.-dijo, con voz débil.

Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos. Aún así, contuve el llanto un momento y conseguí agradecerle el regalo dándole un gran abrazo, sintiendo su débil respiración cerca de mi oído. De repente se oyó un ruido que hizo asustar a la abuela.

-¿Qué ha sido eso?-preguntó, asustada, agarrándome con fuerza y moviendo la cabeza, intentando indagar la procedencia de aquel sonido.

Lo volvimos a oír otra vez. Inconfundiblemente, era la bocina del coche de mi padre. Se estaba impacientando. Mamá sabía perfectamente que cada bocinazo era una paliza más que él iba a darle en cuanto llegásemos a casa, por lo tanto dijo, un poco más tranquila.

-Vámonos cielo.

Me separé de la abuela con sumisión y cogí de la mano a mi madre, que me llevaba afuera de la habitación. Pero, antes de cerrar la puerta, miró a la abuela y le dijo:

-Adiós, madre.

Estoy segura de que ella sabía que aquel adiós era definitivo.

A las 5 de la tarde comenzó el funeral de mi madre. El día estaba nublado y ya había llovido un par de veces, como si fuesen las lágrimas que mil millones de ángeles derramaban sobre aquella tierra donde mi madre iba a descansar. La gente comenzó a llegar, todos dándome el pésame, llenándome de besos. También llegó Terry, casi de los últimos. En cuanto lo vi, sentí como un latigazo en el corazón. Se plantó delante de mí y, antes de darle tiempo a hablar, me abracé a él muy fuerte. Y yo lloraba, y Terry lloraba, y la gente se emocionaba o murmuraba barbaridades sobre nosotros, pero no me importó. Tuve miedo de que fuese a Josh a quien le hubiese importado, pero era evidente que no, pues después en el hotel me dijo que estuvo muy bien que le mostrase mis sentimientos a alguien. Mis hermanos llegaron un poco más tarde que él. Thomas me abrazó tan fuerte que casi me deja sin respiración.

-Chicos,-les dije-tenéis que ser fuertes. Nos tenemos unos a los otros, y recordad por encima de todo que yo siempre estaré ahí. Mi casa es vuestra casa y podéis venir cuando os dé la gana. Y si os pasa algo, no dudéis ni un solo segundo en llamarme. No voy a abandonaros nunca.-recalqué.

Mis hermanas se echaron a llorar como si fuesen fuentes. Thomas simplemente levantó la cabeza y me miró con una cara muy triste. Yo le acaricié el pelo y volvió a recostarla en mi pecho. Poco después llegó el Pastor. Nos sentamos en nuestros sitios: Josh y Terry a mi lado, mis hermanas al lado de Josh y Thomas en mi regazo. La misa era tediosa y aburrida. Yo leía y releía la lápida: “Rose Gray. Madre y esposa. Fallecida a los 40 años de edad. Tus hijos, tu hermana y tu marido no te olvidan.” Y debajo de eso, una estrella con la fecha de nacimiento y una cruz con la de la muerte. Me pareció hipócrita e innecesario poner eso de “tu marido no te olvida”. Creo que debí decir, o mejor, gritar, que lo quitasen, pero no lo hice. Ya había dado mucho el cante en el funeral.

Al acabar la misa, los sepultureros se dispusieron a enterrarla. Me desgarraba ver cómo miles de toneladas de tierra nos separaban a una de la otra. Yo, que siempre había estado tan unida a ella y que siempre la había necesitado tanto. Comencé a llorar en silencio con aparente serenidad, para que la gente no me viese, pero en realidad aquel dolor me estaba matando.

En cuanto terminó el entierro, la gente se marchó, dejándonos a Terry, a la tita Margarite, a mis hermanos, a Josh y a mí solos delante de la tumba. Estuvimos allí en el cementerio bastante tiempo. En cuanto fueron las 7, me volví hacia Terry y le dije, muy aproximada a él:

-Terry… yo… No sé cómo agradecerte que hayas venido.

-No tienes nada que agradecer.

-Te he echado de menos en el funeral. Siento no habértelo dicho, pero es que todo se había convertido en una carrera a contrarreloj.

-Tranquila, Emily. No te disculpes por eso.

En ese momento miré mi reloj de pulso. Me escandalicé al ver que hora era ya y le dije:

-Terry, tienes que irte. Ya es tarde y oscurecerá pronto. Tienes un autobús a las 7 y media. Puedes cogerlo en el centro. Si te vas ahora, aún podrás pillarlo.

Volví a abrazarme a él. Su simple presencia lograba tranquilizarme un montón, pero las despedidas me quebrantaban el alma.

-Adiós, Terry. Llámame cuando puedas.

-Descuida. Y si te pasa algo, avísame. ¿De acuerdo?

-Sí.

Me acarició. Acto seguido, dejó una rosa blanca que había traído encima de la tierra mojada bajo la que yacía mi madre. Volvió a despedirse de mí y seguí mirándole hasta que lo vi desaparecer entre todas aquellas lápidas con nombres de gente que ni siquiera conocía, y que acompañaban a mi madre en su descanso eterno. Josh me abrazó por detrás. Vio que me estaba poniendo triste y me besó en el cuello. Lo miré agradecida. Necesitaba su amor más que nunca.

-¡Uy, qué hora es ya!-dijo Margarite, mirando su reloj- ¡Vámonos, niños! ¡Decidle adiós a vuestra hermana!

Así lo hicieron. Los tres, tan cariñosos como siempre, me abrazaron. Yo los llené de besos, y los encharqué con lágrimas. Después de que se hubiesen marchado, Josh me dijo, sin dejar de abrazarme.

-Tienen razón, Emily, se está haciendo de noche. Y a mí personalmente no me gusta mucho estar a estas horas en un cementerio. Vámonos al motel, ¿de acuerdo?

-Vete yendo tú a la salida. Yo te alcanzo ahora.

Nos besamos levemente en la boca. Acto seguido, hizo lo que le mandé. Miré a mí alrededor. En circunstancias normales me tendría puesto los pelos de punta estar allí, pero no me importaba, porque mi madre estaba conmigo. En una tumba humilde, mucho más humilde que las demás, que estaban rodeadas de velas, fotos, flores y había alguna que estaba acompañada de alguna estatua de piedra. Miré al cielo. Entre la oscuridad, vi cientos de palomas blancas sobrevolando el cementerio como mensajeras de la muerte. Como si le estuviesen gritando al pueblo que mi madre había fallecido. Y pensar que seguramente aquellas palomas la habían visto crecer, o la habían visto jugar conmigo, criarme, educarme. Quizás aquellas palomas habían visto morir a Amy y también habían contemplado cómo la sumergían bajo tierra. Quizás aquellas palomas le estaban diciendo adiós a mi madre. Su último adiós. Y quizás también me lo estaban diciendo a mí, sabiendo que nunca más volvería a pisar aquel pueblo, aquella tierra húmeda de aquel cementerio. Me fui de allí, girando la cabeza de vez en cuando y viendo cómo me alejaba de ella cada vez más, y más, y más, y más hasta perderla de vista en la lejanía.

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo VII- Mensajeras de la muerte (1ª parte)


Mi primera semana en nuestra nueva casa fue, quizás, una de las mejores de mi vida. Adoraba ver cómo no era yo sola la que me ocupaba de la casa, si no que Josh colaboraba y me hacía el trabajo muchísimo más llevadero. Y las noches… ¡Qué noches! Pero bueno, eso ya es personal. Pero la felicidad tiene un precio.

Fue el día 15 de marzo, un día lluvioso y horrible, mientras Josh y yo cocinábamos, cuando recibí una llamada. El teléfono de la sala de estar sonó como si fuesen chillidos de dolor de un alma penitente.

-Atiendo yo.-dije, inocente- No dejes que se pasen los espaguetis, ¿eh? Si ves que tal, tira uno a la pared, a ver si están hechos.

Me dirigí a la sala, secándome las manos con un trapo.

-¿Les echo la salsa ya?-preguntó Josh desde la cocina.

-Todavía no, eso al final.

Dicho esto, cogí el teléfono, esperando que fuese la llamada diaria de mamá para saber qué tal estábamos. ¡Qué equivocada estaba!

-¿Sí?-pregunté, contestando al teléfono.

-Emily, ¿eres tú?

La reconocí. Era Liza, mi hermana más pequeña. La voz le temblaba, y la escuchaba respirar fuerte. Estaba… ¿llorando?

-¡Claro que soy yo! ¿Qué pasa?

-Es mamá… Ella…

Mi corazón comenzó a palpitar.

-¿Mamá?-grité, fuera de mí- ¿¡Qué le pasa a mamá!?

En ese momento, Josh llegó a la sala y me abrazó por detrás. Yo ni siquiera reparé en eso. Estaba escuchando atentamente lo que me decía Liza, ahogándose en sus propias lágrimas. Cuando hubo acabado, dije, quizás sin pensarlo demasiado, con ira desmedida en la voz:

-¡Maldito hijo de puta! ¡Me cago en la madre que lo parió!

Josh me miró extrañado, aunque creo que sabía a quién me estaba refiriendo.

-¡Liza, cariño! ¿Sigues ahí?-dije, alarmada-¿Dónde estáis?... … Ahá…Ahá… De acuerdo. Voy ahora mismo, ¿entendido? Un beso. Hasta ahora.

Colgué el teléfono, dejando caer mis brazos a lo largo del cuerpo. Josh me besó en el cuello.

-¿Qué te ha dicho?-preguntó.

-Mi padre… Le ha…

Apenas era capaz de relatar lo que Liza me había contado. Josh me acarició la mejilla.

-Mamá está ingresada en el hospital St. Bleeding Mary.-dije al fin- Está en la ciudad, cerca del materno en el que nacieron mis hermanos, así que sé indicarte más o menos el camino. Necesito que me lleves a allí.

Y así lo hizo, dejando los espaguetis en el congelador, para comerlos cualquier día. La verdad es que en cuanto oí la voz de Liza al otro lado del teléfono, se me pasó el apetito. Nos metimos en el coche y nos encaminamos hacia el hospital. El camino me resultó bastante largo y angustioso, pero al final logramos encontrar el sitio.

Afortunadamente encontramos aparcamiento cerca de la entrada. Salimos del coche y entramos en el hospital, separándonos del movimiento y la vida de la calle e introduciéndonos en un lugar de tristeza y desesperación, donde las camillas con enfermos a las puertas de la muerte iban y venían sin cesar por delante de mis ojos. Nos acercamos a recepción y pregunté, con muchísima más cortesía y serenidad que la última vez:

-Disculpe, ¿podría indicarme cuál es la habitación de la señora Rose Gray?

La recepcionista, muy amable, me contestó:

-Sí señorita. Es la habitación 123, en la segunda planta, al final del pasillo. Si ve que no la encuentra, pásese por aquí y la acompañaré personalmente.

-Muchas gracias.

Dicho esto llamamos al ascensor. Al ver que tardaba, combinado con mi claro nerviosismo, me encaminé a las escaleras y las subí corriendo, oyendo los pasos de Josh detrás de mí, pues, evidentemente, me seguía. Pronto di con la habitación. El letrero de hierro con el número 123 hizo temblar mi pulso cuando me disponía a abrir la puerta. ¿Cómo me la encontraría? Y lo que más me intrigaba, ¿con quién me encontraría?

Abrí la puerta despacio, asomando un poco la cabeza. A lo contrario que pude pensar, y acorde con lo más lógico, en la habitación solamente estaban mis hermanos y, por supuesto, mi madre. No sé por que llegué a pensar que mi padre podía estar allí. Quizás porque me moría de ganas de decirle cuatro cosas a la cara, de poder decirle claramente, y por primera vez en mi vida, el desprecio y la repulsión que siempre sentí hacia él. Seguramente fue mejor así.

Mamá estaba acostada en aquella cama incómoda de sábanas blancas, con uno de esos incómodos mandilitos que te ponen en los hospitales y que parecen hacerles publicidad de la manera más grotesca del mundo. Yo estaba tan conmocionada que no había abierto la boca. Eso sí, era indudable la chispa de felicidad que brilló en los ojos de mi madre en cuanto me vio entrar por la puerta.

-¡Emily!-exclamó, a punto de echarse a llorar-¡Sabía que vendrías!

Me fui a su lado casi corriendo y la abracé, deshaciéndome en lágrimas. Siempre temí que esto sucediese, pero intentaba pensar en otra cosa. Y ahora que había sucedido lo único que se me pasó por la cabeza fue ponerme a llorar como una boba.

-Mamá,-dije al separarnos- ¿cómo estás?

-Mejor, mejor.

-¿Qué te hizo?-le pregunté, simplemente y sin pararme a pensar en el daño que podía estar haciéndole.

Resignada, pero quizás un poco agradecida por poder contármelo, me enseñó aquellas heridas enormes y algunas todavía sangrantes: Dos en la espalda, cuatro en las piernas, tres en los brazos y una descomunal en el pecho. Me horroricé.

-¡Ese hijo de puta! ¡Capullo de los cojones! ¡Como lo pille lo voy a matar!

Evidentemente no pensé lo que dije.

-Emily, por favor, no hables así de tu padre.-sentenció ella, bajando la cabeza.

-¡Ni por favor ni hostias, mamá! ¡Esto ha pasado de castaño oscuro!

-Emily, por favor. Haz el favor de dejarlo ya.

Me mordí la lengua. No le dije todo lo que pensaba sobre él, ni todo lo que llegaría a hacerle si estuviera allí, aunque yo acabase muerta, pero vi que le hacía sufrir y me callé. En ese momento entró Josh en la habitación, que creo que estaba aún más amedrentado que yo.

-¿Se puede?-murmuró.

-¡Josh, has venido! Eres todo un caballero. Me da la impresión de que mi hija está aprendiendo, ¿eh?

Josh sonrió agradecido. Sé perfectamente que la última frase se refería a Robert. Mamá nunca sintió mucho cariño hacia él, y todavía menos después de lo que había pasado.

-¿Y se encuentra usted mejor?-preguntó Josh.

-¡Ay, no me tutees, que me haces sentir mayor!-respondió ella, soltando una modesta carcajada. Hacía tiempo que no la veía reír- Pero sí que estoy mejor, sí.

Las horas parecían nacer y morir caprichosamente. Josh y yo nos pasamos la tarde en el hospital. El cielo oscurecía lentamente, como si alguien hubiera derramado encima tinta negra que se extendía poco a poco. Cuando ya comenzaba a ser de noche, Josh me sacó afuera de la habitación.

-¿Qué pasa?-pregunté.

-¿Quieres que nos quedemos o nos vamos y volvemos mañana?

-Josh, no hace falta que te quedes.-respondí, acariciándole la mejilla y mirándolo a los ojos llena de amor.- Yo me quedaré aquí algunos días, pero no voy a arrastrarte a ti.

-No me estás arrastrando, princesa. Quiero estar contigo.

-Tengo que cargar con esto yo sola, mi amor. Debo hacerlo. Aún así, agradezco…

-No tienes que agradecerme nada.

Dicho esto, me besó. Delante de todos los médicos, delante de todos los enfermos. Sus miradas se clavaban en nosotros como cuchillos, pero el amor combate al dolor. Yo sostenía su rostro entre mis manos mientras él me agarraba por la cintura y me acercaba a sí. Nos separamos, pero no nos soltábamos. Ninguno de los dos quería que aquel momento se terminase nunca. Fui yo la que le dije con mucha dulzura:

-Vete a casa, Josh. Necesitas descansar.

-¿Y si te…?

-Si me pasa algo te llamaré, no te preocupes.-interrumpí.

-Volveré mañana.-dijo, arrimando su frente a la mía.

-Te esperaré.

Entonces nos separamos. Contemplaba con tristeza cómo se alejaba de mí y lo perdía de vista entre todas aquellas personas. Entré en la habitación, resignada. Cuando todos mis hermanos estaban dormidos, mi madre aprovechó para decirme:

-Menudo beso te plantó antes tu chico.

-¿Lo viste?-pregunté, un poco preocupada.

-¿Qué si lo vi? ¡Creo que lo vio todo el hospital!-dicho esto, comenzó a reír- ¡Lo estarán comentando días! Pero no te estoy criticando ni nada, cariño. Hacéis bien en expresaros, sois jóvenes todavía.

Yo esbocé una sonrisa. Mamá nunca había estado tan contenta, y sospecho que era por la ausencia de quien le arrebataba la felicidad.

-Eso sí, me fijé antes de que la enfermera esa rubita que vino a cambiarme el suero, ¿te acuerdas? No le quitaba ojo al culo de Josh. ¡Ji, ji! ¡Así que vigílalo bien!

-Si vuelve a hacerlo le diré: “a mirarle el culo a tu santa abuela, niña, que este ya está fichado”.

Mi madre se moría de risa. Mis hermanos no se despertaban ni a tiros, estaban muy cansados.

-Eres tremenda.-murmuró ella sin dejar de reír.

Al cabo de poco, dejo de sonreír y me dijo:

-Pero ten cuidado, princesa. No quiero que vuelvan a hacerte daño otra vez. Me niego a que sigas mis pasos y que te pase esto.

-Mamá, no pienses en eso.

-Te lo digo para que no empieces a creer que vivir con un hombre es un camino de rosas. Yo lo pensé, y fíjate. Es un camino de espinas, empinado y llevando una cruz a cuestas.

Observé que una lágrima se deslizaba lentamente por su mejilla. Se me encogió el corazón. Se cubrió la cara con las manos, para amortiguar su llanto, mas era inútil.

Mientras estaba en el coche no pude evitar pensar si, como ya han hecho infinidad de veces, habían discutido por mí. Era lo más probable, teniendo en cuenta todo lo que me estaba pasando. No pude evitar preguntárselo, pues tenía una sensación de culpabilidad insoportable.

-Mamá, quiero que me contestes sinceramente, ¿por qué te pegó?

-Y… ¡Y yo qué se! Por lavarle mal una camisa, por hacer la comida demasiado salada… Pudo ser por cualquier chorrada. Yo no estoy en su mente.

-Mientes.-sentencié- Apuesto a que discutió contigo. Y aún diría más, apuesto a que fue sobre mí y sobre Josh, o sobre mi divorcio.
En ese momento entró una enfermera, interrumpiéndonos. Esta era una morena, que ya conocía yo de venir a la habitación más veces. Mujer de pocas palabras. Simplemente le inyectó algo a mi madre, seguramente un calmante fuerte. Noté en su rostro muchísima tristeza. En aquel momento deseé haberme callado la boca y no haber mencionado el tema. En cuanto la enfermera se hubo marchado, mi madre sostuvo mi rostro entre sus débiles manos, perforadas por el suero, y me dijo, muy bajito:

-Eres lo que más quiero en este mundo, diga lo que diga tu padre. Por ti es por quién todavía estoy viva.

Me estremecí. Estaba a punto de echarme a llorar. Mamá me besó en la mejilla y comenzó a quedarse dormida. Yo, por el contrario, no pegué ojo en toda la noche.

Exactamente cuatro días más se quedó mamá en el hospital reponiéndose de las heridas, que fue lo equivalente a cuatro días sin trabajo y cuatro días oyendo constantes chismorreos sobre “la hija de la de la 123 y su novio”. Mamá se moría de risa cuando me lo contaba. Mis hermanos asumieron bastante bien la estancia de nuestra madre en el hospital. El que peor se lo tomó creo que fue Thomas, que si podía no se movía de mi regazo en todo el día.

El día en el que le dieron el alta mamá estaba feliz, muy feliz.

-Lo que más adoro es quitarme esta mierda de batita que no me cubre ni el coño y darles a todos a tomar por culo.-me dijo mientras se vestía.

Salió del hospital como una mujer nueva. Llena de heridas por todos lados, pero nueva. Hasta llegué a notar un aspecto saludable en su rostro.

-¿Os acercamos hasta casa?-dijo Josh.

-No hace falta, gracias. Cogemos un bus que pasa por la plaza de aquí al lado y nos deja cerca de allí.

-Piénselo bien.-insistió.

-No, gracias. ¡Ay, princesa, que pesado es tu chico! No sé cómo lo aguantas.

-¡Eh!-refunfuñó Josh- ¡Emily, dile algo!

Yo no pude intervenir. Me meaba de risa.

-Bueno, pues ya tendremos que despedirnos.-dijo mamá.

Dicho esto, le dio dos besos a Josh.

-Adiós, encanto.-dijo ella.

-Adiós, generosa.

Mi madre se acercó a mí mientras se reía. Me abrazó fuerte.

-Adiós, cariño.

-Cuídate, mamá.

Después de las despedidas, nos fuimos cada uno por nuestro lado. Aunque mamá gritó en la lejanía:

-¡Emily! ¡No dejes que conduzca Josh, que es capaz de dar cinco vueltas a la manzana antes de marchar!

-Je, je, je. ¡Qué graciosa!-dijo Josh con sarcasmo.

Me gustaba el buen rollo que había entre ellos. Realmente nunca había visto a mi madre de este modo; tan sonriente, tan alegre, tan dicharachera… Me metí en el coche con una sonrisa en los labios. Creía que todo iba a mejorar para ella, pero cuán equivocada estaba.

Al llegar a casa, Josh y yo nos comimos los espaguetis congelados que habíamos dejado.

-Habrá que terminar lo empezado.-dijo él.

-A ver cómo saben.

No estaban del todo mal. Eso sí, la salsa la volvimos a hacer. ¡Y vaya risas en la cocina! Era grandioso cocinar con Josh. Comimos hablando de todo lo que me había pasado en el hospital: de los cotilleos, de la enfermera rubia… Josh reía sin fin.

-¿De verdad que la rubia esa…?-decía-¡Oh, Dios! ¡Te prefiero a ti mil veces!

Realmente, nadie lo pasa bien en un hospital, pero este caso había sido una excepción.

Nos acostamos tarde, alrededor de la una de la madrugada. Yo estaba agotada, y Josh me figuro que lo mismo. Y aún por encima tenía que ponerme a trabajar al día siguiente… O al menos eso creía.

Las horas esta vez pasaban veloces como si fueran aviones surcando el cielo estrellado. De repente, a las 6 de la mañana, sonó el teléfono. Yo abrí un poco los ojos, pero fue Josh quien dijo, con voz cansada:

-Cojo yo.

Escuché atentamente lo que decía. Me lo sé de memoria ya de tantas veces como lo repetí mentalmente:

-¿Sí?... Sí, es esta la casa, ¿con quién hablo?... … No… per… ¿Cómo ocurrió?... … … Entiendo… Entonces se lo comunicaré. Muy amable. Buenas noches… Buenas noches.

En ese momento colgó. Yo me desperecé y le pregunté:

-¿Quién era, cariño?

jueves, 16 de julio de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo VI- El castillo de una princesa


Ya estaba completamente decidido. Y, por supuesto, no iba a cambiar de opinión. Me quedaría con Josh, con mi Josh, en su humilde casita a las afueras de la ciudad.

Al día siguiente del juicio, la policía me concedió una copia de la llave de mi antiguo piso para poder coger mis cosas. Fue un día duro. Josh y yo tuvimos que hacer un par de viajes en coche para recoger toda la ropa, las joyas y demás objetos de valor, sin olvidar los juguetes de los niños. Mientras los sostenía en las manos para depositarlos en cajas de cartón, recordaba cuánto había jugado con ellos, y cuánto les habían gustado cuando se los habíamos regalado.

Los que más daño quizás me habían hecho fueron los de su primera Nochebuena: dos peluches de osito, uno azul para Jimmy y uno rojo para John. Sólo tenían unos meses, pero era reconocible sus caritas de ilusión cuando vieron que debajo del árbol de Navidad que había en casa de mi madre estaban los regalos que Papá Noel les había dejado. Gatearon los dos hacia ellos casi al mismo ritmo y rompieron el papel de regalo. No creo que supieran por qué estaban esos regalos allí, pero era indudable su felicidad. Mamá me miraba de reojo, sonriendo. Se los había comprado ella, porque yo en aquel entonces no tenía ni un duro; el dinero que ganábamos daba para comida, ropa, calzado y alquiler, y a Dios gracias. Mucho fue lo que lloré sosteniendo uno de esos peluches, arrodillada en el suelo de su habitación. Menos mal que Josh, que se percató de mi abatimiento, me abrazó por detrás y me devolvió a la realidad.

Después de bastante tiempo acostumbrándome a vivir con Josh, sin Jimmy y sin John, comencé a incorporarme al trabajo. La verdad es que creí que estaba cayendo en una depresión, pues apenas comía, apenas dormía, apenas reía… Eso, sí, estaba feliz al lado de Josh. Feliz y segura, más de lo que he estado con ningún otro hombre. Eso, y sólo eso, me indicaba que me estaba poniendo mejor, que la época de llorar postrada en la cama toda la noche y de las crisis de ansiedad había terminado, y daba paso a una época de felicidad y alegría, al lado del hombre de mis sueños. Además, ahora que por fin había conseguido el divorcio, nuestra relación estaba mejor vista a los ojos de Dios, aunque no lo estuviese a los ojos de la gente.

Ahora por fin pude retomar contacto con mis amistades, sobre todo con Terry, pues lo echaba muchísimo de menos. Quedamos algunas veces para tomar café. Realmente tenía ganas de contarle todo tal cual lo sentía, sin ahorrarme nada, pudiendo expresarme con total naturalidad. Cuando le conté la parte en la que lloraba desconsolada al lado del cadáver de mi hijo, por sus mejillas comenzaron a resbalar un par de lágrimas. Creo que él era una de las pocas personas que eran capaces de ponerse en mi lugar, aunque no lo hubiesen vivido. El día en el que le conté todo aquel horror, cuando íbamos a irnos a casa, me abrazó fuerte. Lamentó no poder estar ahí para darme todo su apoyo. Yo le dije que no importaba, pero la verdad es que agradecí enormemente su actitud.

Un día, mis hermanos vinieron a nuestra casa, acompañados por mi madre. Tenían ganas de verme. Yo también las tenía. Thomas me abrazó como si le fuese la vida en ello. Las chicas, igual. Salimos todos juntos a tomar algo. Josh, mamá y yo un café y mis hermanos, un helado cada uno. El de Thomas tuve que acabárselo yo, pues era enorme y se cansó a la mitad, o quizás antes. Charlamos de muchas cosas: del colegio de Thomas, del instituto de Lisa y Lorelay… en fin, y todo por el estilo. Eso sí, nadie quiso tocar el tema de Jimmy. Realmente lo agradecí, pues parecía que, cuando la gente me miraba por la calle, veía a esa chica de la que hablaron en las noticias hasta la náusea que había perdido a su hijo a manos de su marido, no veía a la trabajadora eficiente que trabajaba en la oficina toda la mañana y parte de la tarde, o a la enamorada feliz que era entonces. Me llamó la atención que mamá no paraba de mirar el reloj cada poco, y eso que, en su tiempo libre, nunca le importaban los horarios a los que estaba sometida día tras día. Aproximadamente a las siete de la tarde, sacó disimuladamente un bote de pastillas del bolso y, escondiéndolo debajo de la mesa, cogió una para, acto seguido, introducirla en el café. Pasó bastante tiempo hasta que pudiéramos estar las dos solas, que fue al volver a mi casa, cuando los niños dormían y Josh fregaba los platos de una segunda ronda de cafés, y pude preguntarle:

-¿Qué te tomaste antes?

Ella guardó silencio un momento. La preocupación era palpable en mi voz.

-Nueva medicación. Una pastilla antes de desayunar y otra en cuanto pasen 12 horas. Siento no habértelo dicho antes.

-No pasa nada.-concluí.

Nuevos antidepresivos. Seguramente más fuertes. Parece que la brutalidad de mi padre aumentaba día tras día, dejando tras de sí desesperación y tristeza desmedidas, sólo controladas por el efecto de una potente droga. ¿Hasta cuándo había de estar así? Quizás, y para su desgracia, toda la vida.

Josh y yo estuvimos viviendo un par de meses allí en aquella casita tan pequeña y cuca juntos. Lo peor sin duda eran las camas, que eran separadas. Sólo alguna vez dormíamos en la misma cama (la suya, que era un poco más grande), pero nos moríamos de calor. No obstante, nuestra vida era muy feliz. Nuestro amor era fuerte, y claramente palpable. Algunas de mis amigas me envidiaban. Otras no, pues decían que Josh era un poco feo para mí, aún así nunca me importaron los comentarios de la gente.

Mi vida por aquel entonces semejaba un cuento de hadas. Hablando de eso, a Josh le había contado una vez una anécdota: Mi familia y yo vivíamos en un pueblecito. Un pueblecito verde y precioso en el que las palomas revoloteaban por el cielo como pétalos de rosas blancas. Los campos estaban vestidos de flores, que en primavera mamá, Amy y yo recogíamos. La tierra era fértil y los frutos de nuestros árboles eran deliciosos, hasta me atrevería a decir que las manzanas de aquel manzano que sembró la desgracia en nuestra familia sabían quizás mejor que las que Adán y Eva comieran en el Paraíso. Pero después de perder a Amy, mi padre decidió que era mejor marchar de allí. Mamá, por supuesto, no discrepó. Yo no quería marchar, pero aún así lo hicimos. Nos mudamos a la ciudad donde vivía con Robert. Allí los edificios eran tan grandes que no dejaban crecer la vegetación. Cuando era pequeña, le llamaba “El lugar donde no vuelan las palomas”, y era cierto, pues las palomas yacían en algún parque, sin atreverse a emprender el vuelo, amedrentadas, como lo estaba yo cuando vivía con Robert. El cambio de aires, combinado con la reciente muerte de Amy, hizo mella en mí. Me desperté la primera noche que estábamos en la nueva casa, a las 3 de la mañana, con 41º de fiebre. Llegué a creer que me moría. Mamá un día, después de que los médicos estuviesen en casa, se sentó al borde de la cama y me dijo:

-Emily, las princesas enferman cuando las separan de su reino, ¿no lo sabías? Tú también debes de serlo, aunque ni tu padre ni yo seamos reyes.

Y ese fue el mote que llevé toda mi infancia: princesa. Cuando mis hermanas no oían, pues si no se celaban, mamá me llamaba así. A veces aún lo seguía haciendo. Y ahora, a raíz de contárselo a Josh, comenzó a llamarme “princesa” él también.

Una mañana de sábado, Josh me despertó, a las 11 y media de la mañana.

-Despierta, dormilona, que voy a llevarte a un sitio.

Me desperecé perezosa. Me puse un vestido blanco un poco por encima de las rodillas, pues hacía sol, desayuné una taza de café y nos metimos en el coche.

-¿A dónde vamos?-le pregunté en la mitad del camino.

-Ya lo verás.-respondió mientras sonreía pícaramente.

De pronto, y sin preverlo ni imaginarlo lo más mínimo, aparcamos delante de una hermosa y gran casa también a las afueras de la ciudad. Estaba pintada de color salmón. Un gran manzano se alzaba cerca de la puerta, entre un montón de flores bonitas. Bajé del coche embelesada.

-Qu… ¿Qué es…?-pregunté.

-Es nuestra nueva casa.

Giré la cabeza y lo miré extrañada. Si me hubiese pegado, no me sorprendería más.

-¿De qué estas hablando, Josh? ¿Te has vuelto loco?

-¡Para nada! Es una casa majísima, con jardines y un huerto en la parte de atrás, amueblada en un estilo así muy antiguo, con una enorme cama de matrimonio y toda, toda para nosotros dos.

Yo seguía admirando maravillada aquel paraje. Nuestro nuevo hogar.

-Toda princesa necesita un castillo, ¿no crees?-me susurró al oído.

Me volví hacia él y lo abracé. No podía creer lo que estaba viendo, que esa fuera ahora mi casa, después de vivir en casitas pequeñas y humildes toda mi vida.

-¿Cómo te la permitiste?-pregunté.

-Cuando mi padre murió me dejó una herencia considerable. Con toda aquella pasta me la pude permitir.

Dicho esto, nuestros labios se fundieron en un gran beso. ¡Entonces sí que me sentí como una verdadera princesa! Nos cogimos de la mano y caminamos hacia la puerta.

-Creo que ahora es el momento adecuado de darte esto.-dijo.

Acto seguido, sacó del bolsillo un anillo. Era enorme y brillaba más que todas las estrellas juntas. Me lo colocó suavemente en uno de mis dedos. Las lágrimas comenzaron a fluir por mis mejillas.

-¡No puedo creérmelo!-exclamé, llevándome las manos a la cabeza.

-¿Feliz?-me preguntó Josh.

Lo miré a los ojos. Esa pregunta me la había hecho Robert hacía tiempo, pero la respuesta fue distinta.

-Muchísimo, Josh. Eres lo que más quiero en este mundo.

Me acarició suavemente y acercó sus labios a los míos, pero antes de dejarle hacer nada, dije, interponiendo mis manos entre él y yo:

-Pero tienes que prometerme algo.

-¿El qué?-casi se preocupó.

-No quiero tener un manzano en mi casa. Me trae malos recuerdos.

Él comprendió mi decisión, le mencioné lo de Amy hace tiempo. Aún así, suspiró aliviado y gritó eufórico:

-¡No hay problema, princesita! ¡Si quieres lo corto ahora mismo! ¡Con estas manitas!

Volvimos a besarnos, con mucha más intensidad que antes. Pensándolo bien, es verdad que toda princesa necesita un castillo, pero aunque viviese con él debajo de un puente me sentiría como en un cuento de hadas. Sin duda, era mi príncipe azul, con el que soñaba encontrar de pequeña, y todos me decían que no existía. ¡Qué equivocados estaban!

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo V- Ojo por ojo


Dada mi situación, lo mejor era quedarse recluida en casa de Josh, como si hubiese desapareci-do, cuidando del niño. Ser ama de casa, sin la ayuda de Dorothy, era agotador: que si lavar la ropa, que si fregar los platos, que si hacer las camas, que si atender a Jimmy… Eso sí, en cuanto Josh llegaba del trabajo me ayudaba mucho, ¡y buena falta me hacía! ¡Pobre mamá! Ella no tenía a nadie que le ayudase, y éramos 4 hijos, por lo que el trabajo que estaba haciendo yo se multiplicaba por 4, o por 5, porque mi padre aún le daba más trabajo que nosotros. Pensé mucho en ella todos los meses que estuve en casa. ¿Pensará que he desaparecido? Quizás Robert, con lo alarmado que se pondría, puso carteles y anunció mi secuestro por la televisión. Justo por eso evitaba verla, ni siquiera cuando Josh se sentaba a ver el partido.

A la hora de la cena, cuando llegaba Josh a casa, me hablaba de todo lo que le pasaba en la consulta, eso sí, sin quebrantar el juramento hipocrático. Me contaba, también, todo lo que le pasaba en la calle o en el bar, cuando iba a descansar con los amigos. Yo, sinceramente, gozaba oyéndole hablar de las cosas que había fuera de aquellas cuatro paredes en las que estaba prisionera. A veces imaginaba que podía salir otra vez, pasear por las calles, llevar a mi hijo al parque, tomar algo en una terraza… La culpa de aquello no era de Josh, por supuesto, era de Robert. Si él nunca hubiese… Nunca hubiese hecho tal atrocidad, yo nunca me habría escapado, nunca habría tenido miedo, nunca estaría viviendo un infierno en mi interior.

Ambos teníamos miedo de que Robert me encontrara, y reclamara lo que era “suyo”, por lo que Josh me dio su pistola, pues tenía permiso de armas. “Llévala siempre contigo, pase lo que pase” me ordenó. Toda precaución era poca. La puerta tenía 2 cerraduras y las ventanas permanecían cerradas todo el día, excepto algunas veces, que había que abrirlas para ventilar la casa.

Por suerte, Jimmy estaba bien, pero cuando se hacía algún rasguño, o lloraba, o algo, me daba un vuelco el corazón. A mi madre le pasaba lo mismo. Me juré mil y una veces que nunca haría eso y… Aunque realmente esos días tenía el instinto maternal a flor de piel.

Muchas veces, mientras intentaba dormir algo, venían a la memoria recuerdos de mi juventud, de mi infancia. El que más se repetía, sin duda, eran las escena de mi padre arreándole a mi madre en la cocina, cuando yo era adolescente y metía a los niños en una habitación e intentaba distraerlos, pero era imposible no oírla gritar. Yo estaba nerviosa, lo sé y se me notaba. Sospecho que los niños sabían de sobra lo que pasaba, pero mi madre siempre insistía que lo hiciese, que no quería que se enterasen. Después siempre se encerraba en el baño a curarse y a llorar. Esto pasaba millones de veces por la noche. A veces se me ocurría llamar a la puerta, pensando que me la abriría y que podría calmarme, pero en vez de eso, me gritaba, sollozante y fuera de sí:

-¡Vete! ¡Déjame sola!

Me entristecía enormemente verla en ese estado. Aunque pasaba continuamente, no era quien de acostumbrarme. ¿Alguna vez terminaría ese horror? Definitivamente, no.

A veces recordaba las tardes que pasaba con Robert, con Josh o con Terry. Sobre todo con Josh, y eso que nunca habíamos estado mucho tiempo los dos solos, si no que solíamos encontrarnos porque algún amigo suyo sería novio de alguna amiga mía, o viceversa. Nunca me había imaginado que pudiésemos llegar a vivir juntos, y por supuesto nunca antes había sentido nada por él. Me resultaba tanto menos extraño que me temblasen las manos cada vez que abría la puerta, o que se me acelerase el corazón cada vez que lo veía…

Las tardes que pasé con Robert… no sé… Eran como las de cualquier pareja de novios, nada especial. Eso sí, con Terry es con el que siempre he tenido una relación más abierta, hablaba con él de cualquier cosa, y lo más importante, me escuchaba. Eso sí, apenas sé nada de él, simplemente lo que antes he mencionado, ¡ah! Y que es asmático. La peor herencia que pudo dejarle su abuelo, sin ninguna duda. Ya ha sufrido en mi presencia algunas crisis, y creo que yo estaba aún más preocupada que él cuando esto ocurría. Además, siempre llevaba encima el inhalador, por si acaso. La verdad es que debe ser molesto andar con ese trasto a todos los sitios y, según él, sabe a farmacia. ¡Mucho pensé en Terry todo ese tiempo! Tenía tantas ganas de que hablásemos, y poder contarle todo. ¡A saber lo que se estaría imaginando! Lo que más temí en mi reclusión fue preocupar a mis seres queridos, pero sabía que si les contase lo que en realidad estaba pasando, me comprenderían. A veces me asomaba a la ventana y veía cómo los días nacían y morían caprichosamente.

Pero esa calma y quietud se vieron brutalmente interrumpidas por, seguramente, el hecho más duro que he vivido.

Era un día 20, martes del noviembre más gris de mi vida. Aunque Dorothy ya no estuviese para ayudarme, fue fácil cuidar de Jimmy sin ella aquel día, pues apenas me molestó. Aproximadamente a las 9 de la noche, Josh me dejó un mensaje en el contestador automático. Lo oí tantas veces que me lo sé de memoria:

-¿Emily? Soy Josh. Siento molestarte a estas horas, pero tengo que quedarme en el trabajo unas horitas más. Sé que esto te pilla desprevenida, es decir… No está Dorothy, y tal, pero volveré lo más pronto que pueda, te lo prometo. Bueno, pues dale un besito de buenas noches a Jimmy de mi parte. Y no te preocupes por mí, que sé cómo te pones, ¿vale? Te quiero, un beso.

Cada vez que lo oía se me ponía la piel de gallina, sobre todo al escuchar el “Te quiero”… ¿Realmente me quería? ¿Sentía él también esa confusa sensación al estar conmigo? Las horas pasaban tan lentamente que parecían clavárseme como cuchillos. Por fin llegaron las 10: hora de bañar y acostar a Jimmy. ¡Bien! Algo que hacer. Después de haberlo bañado, me dispuse a acostarlo. Estaba en su habitación, enfrente de la cuna, cuando oigo un ruido. Miro a la puerta en un acto prácticamente involuntario. Nadie. Miro a los lados. Nadie. Pensé que podía haber sido un delirio de mi imaginación, o el viento, pues la ventana de la cocina estaba abierta y el viento soplaba fuerte. Pero en ese momento, y sin más previo aviso, siento como si alguien me agarrase la cintura. Me estremezco. Giro la cabeza y observo, con el cuerpo paralizado por el terror, que detrás de mí está la persona hacia la que sentía más odio en ese momento, la persona que me hizo vivir un infierno en vida, la persona de la que me quería esconder: Robert.

Allí estaba, mirándome con un desprecio inimaginable. Yo no podía hacer nada, simplemente abrazar todavía más fuerte a Jimmy, hasta que llegaba a cortarle la respiración.

-Sabía que estarías aquí, Emily, eres tan obvia.-dijo Robert, con altivez y rechazo.

-Qu…Qué…C…Cómo…-tartamudeé, con pánico en la voz.

-¿Qué te crees, que no sé quién es tu querido amiguito y qué sientes por él? ¡Desde que lo conocí, me imaginé algo así!

-No me escapé por Josh. Me escapé por…

-¿¡Por quién!? ¿Eh? ¿¡Por quién!? ¿Por este saco de huesos?

Entonces, agarró a Jimmy por el pijama y me lo arrebató de los brazos con suma facilidad.

-¡¡Suéltalo!! ¡¡Suéltalo!!-le grité.

Jimmy lloraba asustado mientras Robert lo agarraba, asfixiándolo.

-¡Así que te escapaste por él de casa! ¿Eh? ¡Veo que no eres tan gilipollas como creía! ¿¡Pues sabes lo que te digo!? ¿¡Sabes lo que te digo!? ¡¡Que ya no te vas a escapar por él nunca más!!

Dicho esto, y con una brutalidad sorprendente, lo tiró contra la pared. Sentí como si mi corazón se detuviese. De mis labios se escapó un grito desgarrador. Corrí hacia él sin pensarlo dos veces. Cuando llegué, su pequeño y frágil cuerpo yacía en el suelo, encharcado de sangre, recordándome al de Amy cuando había caído del árbol. No me atreví a tocarlo, simplemente lo empapé con mis lágrimas, allí de rodillas. La imagen era tanto menos repulsiva, pues su cráneo se había deformado del golpe. Giré la cabeza y vomité. Robert se me acercó. Yo me agarré el pelo con las manos mientras murmuraba, ahogándome en mis propias lágrimas:

-Esto no me puede estar pasando. Esto no me puede estar pasando. Esto no me puede estar pasando. Esto no me puede estar pasando.

Robert se arrodilló a mi lado y me dijo, ahora con voz suave, aunque inquietante:

-¿Ves? Ya se han acabado nuestros problemas. Ahora iremos los dos a casa y haremos como si nada de esto hubiera pasado. ¿Qué te parece, Em?

No sé qué se apoderó de mí. Quizás la ira y la tristeza colisionaron brutalmente en mi interior, haciéndome hacer algo que ni siquiera pensé. Saqué la pistola del bolsillo de mi sudadera y, sin titubear, disparé a su pierna derecha, haciéndolo sangrar aparatosamente.

-¡¡Puta!!-gritó, fuera de sí, mientras se retorcía de dolor en el suelo.

Me levanté, furiosa, y apunté con la pistola a su corazón.

-¡Te aviso que la segunda vez no fallaré!

-¿Es que quieres matarme?

-¡No me importa ir a la cárcel, Robert! ¡Es ojo por ojo! ¡¡Has matado a mi hijo!! ¡¡A mi hijo!!

-¡Nuestro, Emily!

-¿Nuestro? ¿¡Nuestro!? ¿¡De verdad te estás oyendo, Robert!? ¿¡Acabas de matarlo y aún tienes la sangre fría de decir que es tu hijo!?

Robert guardó silencio unos segundos todavía sangrante y muerto de dolor.

-¿Qué quieres para que me dejes vivir?-preguntó.

-El divorcio. ¡Y créeme que seré generosa si con eso te perdono la vida!

-¡Haré lo que quieras! ¿El divorcio? Bien, mañana a las 7… ¡no, no, a las 8! En los juzgados ¿te parece bien?

Llamé entonces a la ambulancia, informándolos del suceso, eso sí, ahorrándome la parte del disparo. Acto seguido, me eché a llorar, con un insoportable dolor en el alma, sin dejar de apuntar a Robert.

-¡Yo te quería, Robert!-dije, con voz débil- ¡Te quería, y quería a mis hijos! ¿Por qué lo hiciste? ¿No podías dejarme ser feliz?

Feliz. Realmente ese matrimonio no había sido feliz, pero creo que me había dado cuenta de que mis hijos me habían dado la felicidad que Robert se negaba a brindarme.

-Yo también te quiero, Emily.-dijo.

Esas palabras… Las usó para desarmarme y eso consiguió. Caí en el suelo y allí lloré desconsoladamente, tapando la cara con mis manos, que aún sostenían la pistola. Sentía incluso terror de mirar a mi alrededor y ver cómo mi mundo, el mundo que yo misma había labrado, se destruía en mil pedazos al compás que la negra sangre de Robert corría por el suelo, arrasando todo por lo que yo había luchado a su paso. Poco después, pude llegar a oír ruido en el jardín. Indudablemente era las ambulancias y la policía. En ese momento, Robert me arrebató la pistola de las manos. Temí que fuera a dispararme, pero no.

-Si con esto conseguiré tu amor de nuevo, que así sea.-murmuró.

De pronto, llegaron los sanitarios y los policías, que le gritaron:

-¡¡Tire el arma!! ¡¡Tire el arma!!

Lo apresaron, por supuesto, y se lo llevaron de la habitación, mientras él clavaba su arrogante mirada en mí. Yo me sentí indefensa, impotente, dolorida y furiosa. Una enfermera se me acercó. Entonces sentí como si me faltase el aire. Un dolor insoportable en el pecho parecía paralizarme. Llegué a ver entre lágrimas como me separaban del cadáver de Jimmy y me sacaban de la habitación. Luego, no sé bien qué pasó. La vista se me nublaba. Quería gritar, pero sentía como si algo me atenazara la garganta. Oía, como entre niebla, una voz que me decía, con tono casi autoritario:

-¡Respire! ¡Respire!

Yo lo intentaba, pero apenas era capaz de coger aire por la boca. Por la nariz ya ni lo intentaba, era imposible. Después de un rato angustioso, fui recobrando el conocimiento. Vi, casi con horror, como estaba rodeada de médicos, acostada en la camilla, dentro de una ambulancia. Estaba aún aparcada en casa, pero tenían intención de arrancar; evidentemente, al ver que me había puesto mejor, no lo habían hecho. Tenía una mascarilla, de ahí seguramente el que me pidiesen que respirase. Percibí enseguida la presencia de Josh a mi lado.

-¡Emily, mi amor! ¡Casi llegué a pensar que no salías de esta!-dijo, agarrándome la mano izquierda, pues la derecha la tenía encima del corazón, que me latía fuerte.

-¿Qué… qué me ha…? ¿Qué me ha pasado?-logré preguntar, empañando la mascarilla.

Josh bajó la cabeza. No había sido nada bueno, seguro, pero yo insistí en saberlo.

-¿Qué me ha pasado, Josh?-repetí, nerviosa.

-Has sufrido una crisis de ansiedad.-contestó- Creo que lo mejor es que pases la noche en el hospital, por si tienes una recaída.

-¡No!-exclamé- ¡No voy a irme de mi casa!

Josh miró a uno de los médicos. Este le miró igualmente. Estaban hablando con los ojos, como hacen los médicos, y el que no es médico, no entiende. Entonces un enfermero me quitó la mascarilla y dejó que pudiera abrazar a Josh con fuerza, llorando desconsoladamente.

-Yo le disparé, Josh.-susurré, lo suficientemente bajo como para que los médicos no se diesen cuenta-Le disparé con tu pistola. ¡Acababa de matar a mi hijo, era lo menos que podía hacer!

Él me acarició con ternura sin decir nada. ¡Pobre Josh! ¡Se le notaba tan preocupado! Temí estar metiéndolo en algo que escapase a mi control, pero, gracias a Dios, todo parecía quedarse en un mal pensamiento. Nos fuimos a la cama, pues ya era tarde. Él dormía, pero yo no podía, a pesar de estar débil. Miré en Internet y me chapé todo lo que venía sobre la crisis de ansiedad. Me costaba creer que acababa de tener eso. Realmente, me costaba creer que todo lo que me estaba pasando fuese verdad. A veces, hasta se me pasaba por la cabeza si había sido una horrible pesadilla de la que me iba a despertar, pero no. Era dolorosamente real.

A la mañana siguiente, Josh me preguntó por el entierro del niño. Que si íbamos a hacer funeral, que si qué gente quería que fuese. Yo le contesté fríamente:

-Voy a ir yo sola, y punto.

Él insistía en hacer funeral, y luego un entierro algo más familiar, pero yo no cedí.

-Jimmy no tenía más familia que yo. Además, ¿para qué un entierro? Dios ha demostrado que todo lo que nos pasa se la pela. ¿Qué Dios quizás ha perdido el tiempo conmigo? Pues que disculpe las molestias, pero ni mi hijo ni yo vamos a perder el tiempo con él.

Hasta a mí misma me asombró la dureza de mis palabras, pero en aquel momento lo único que buscaba era descargar toda mi ira contra alguien, fuese quien fuese. Esos dos días, mamá me había estado llamando, cosa que le agradecí muchísimo, y, sobre todo, tener que aguantar mi mal humor, porque hasta tacos soltaba por teléfono, y ella no me dijo nada. Quizás, cuando había muerto Amy, había hecho lo mismo.

Al día siguiente se celebró el juicio, y posteriormente el entierro, por orden del juez. Parecía que la gente estaba dispuesta a putearme, juntando todo aquello, pero yo callé, como de costumbre. ¿Para qué hablar, si nadie va a escucharte?

El juicio fue… como todos los juicios, supongo. Aburrido y tedioso. Me subieron al banquillo de los acusados. Debería estar nerviosa, pero no me temblaban las manos, ni se me entrecortaba la voz cuando testifiqué en contra de Robert. El juez lo condenó a 7 años de cárcel, por “intento” de asesinato, pues las pruebas no eran del todo concluyentes, y nos concedió el divorcio. Se le había rebajado la pena a petición de su abogado. Inconscientemente me llenó de satisfacción saber el veredicto, pero por otra parte me parecía muy poco para lo que se merecía.

El entierro se celebró una hora después del juicio. Entonces sí que abandoné mi actitud fría y distante y me deshice en lágrimas al contemplar cómo encerraban a mi niño en aquel nicho estrecho, entre toda aquella gente, que parecía ahogarlo. Realmente, creo que si alguien pasara por allí, se fijaría involuntariamente en su tumba.

Al llegar a casa, la reacción de Josh se hizo de esperar. Me abrazó fuerte, besándome el pelo. Yo lo abrazaba sin decir nada, no estaba de humor.

-¿Qué tal te encuentras?-me preguntó.

-Psé.-contesté.

-¿Qué tal el juicio?

-Creo que bastante bien. Lo condenaron a tres años.

-¿Sólo? Cabrones.

-Ni aunque se pasara la vida en la cárcel, le perdonaría lo que ha hecho.

Josh guardó silencio. Yo sabía que estaba siendo una borde con él, pero es que me sentía despechada, y no podía evitar mostrar mis sentimientos. Se me ablandó el corazón, quizás por el amor que sentía por él, y lo abracé por detrás, apoyando la cabeza en su espalda.

-Lo siento.-dije- Siento cómo me estoy comportando contigo.

-Te amo, Emily. No me importa cómo me hables. Sé que ahora lo necesitas.

Mi corazón comenzó a palpitar.

-Yo también te amo, Josh, diga lo que diga Robert.

Él se dio la vuelta suavemente y me cogió de las manos. Bajé la mirada, pues no quería que viese cómo me ruborizaba.

-Quédate conmigo, Emily.-dijo Josh, agarrándome la barbilla para que levantase la cabeza y poder mirarme a los ojos- No quiero que vuelvas a tu casa, a morir de soledad. No te dejaré. Te necesito, y hasta que viniste a mi humilde casa, empapada de lluvia y sangre, no me di cuenta de ello. ¿Te gustaría… quedarte a vivir aquí?

No me detuve a pensarlo. ¿Para qué? En aquel momento sentí una enorme atracción hacia él, tan fuerte que no era capaz de resistir. Entonces le respondí, acercando mis labios a los suyos:

-Sí, quiero.

Esas palabras hicieron que nos fundiésemos en un profundo beso que hizo que en mis ojos comenzaran a llorar de felicidad. Una nueva y mejor vida aparecía delante de mí. Todo iba a empezar a cambiar.