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lunes, 18 de enero de 2010

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XXV-Solamente quería volar


I’ve been searching[1]
For my wings some time
(…)
‘Cause I’m a bird girl
And the bird girls go to Heaven.
I’m a bird girl
And the bird girls can fly.
Bird girls can fly.

Bird Gerhl- Antony and the Johnsons.


Luces. Destellos. Flashes. El sonido del viento me abruma. Me encuentro en mi habitación, tumbada en la cama. No puedo apartar la vista de la ventana abierta; hay algo allí que me atrae. Me levanto, sintiendo cómo se me congelan los pies al entrar en contacto con el suelo. El vuelo de mi camisón blanco se mueve con gracia, como si fuese compañero de baile del viento, y describe una trayectoria dulce, vaga, leve, vaporosa. Me dirijo hacia la ventana sin titubeos y me subo a la cornisa. Miro hacia el cielo anaranjado. Palomas, muchas palomas blancas vuelan, y son las que provocan aquella brisa feroz al mover las alas. Un intensísimo deseo se despierta en mi interior. Yo también quiero volar. Volar, e irme lejos, y seguirlas. Bajo la cabeza. El piso es alto, y si caigo, podría matarme, pero al volver a observarlas, se disipan todas mis dudas. Inspiro. Cierro los ojos. Me dejo caer. En ese momento, siento como el viento azota mis oídos. Estiro los brazos y me mantengo firme. La adrenalina comienza a correr por mis venas. Mi corazón late tan fuerte que es ahora lo único que soy capaz de escuchar. Me dispongo a abrir los ojos, en contra de mi voluntad, mientras susurro: “Yo solamente quería volar”.

Abrí realmente los ojos. Ya no eran las palomas las que estaban conmigo, sino Terry, que me movía de un lado a otro. Me di entonces cuenta de que había sido un angustioso sueño; que estaba agarrada a las sábanas de mi cama, con la mascarilla llena de sangre. Antes de dejarle a él decir nada, lo abracé con contundencia. Necesitaba sentir que estaba segura, en tierra firme.

-¿Estás bien, Emily?-preguntó Terry, preocupado.

-Sí. Sí.-respondí, quitándome la mascarilla. No me gustaba el olor de la sangre, ni tener la boca y la nariz embadurnadas.

-¿Has tenido una pesadilla?

Pensé durante un rato en esa pregunta.

-No era exactamente una pesadilla.

-Nadie lo diría. Tiemblas como un conejo.

Era cierto, temblaba entre sus brazos, y mis jadeos me producían hasta dolor.

-Te voy a traer un vaso de agua.-dijo Terry, levantándose.

Les ordené a mis brazos que dejasen de ejercer presión sobre su cuello y cayesen a lo largo de mi cuerpo.

-Tráeme también un trapo o algo. Estoy encharcada de sangre.-añadí.

Volvió pronto, con todo lo que le había encargado. Me limpié primero, para no tener que volver a sentir en mi boca aquel sabor. Terry me acarició una mejilla. Lo miré.

-¿Qué estabas soñando, reina?

Me quedé un rato pensando, observándolo, girando de vez en cuando la cabeza y cerciorándome de que, realmente, estaba a salvo.

-No pasa nada si no quieres contármelo.

-Lo importante es que ya ha acabado.-respondí.

-¿Tan horrible era?

-Era extraño.

Curiosa palabra para describirlo. La verdad es que hoy por hoy lo sigo recordando. La débil cornisa de la ventana. El viento fuerte. El cielo cobrizo. Todas aquellas palomas. Había tantas, tantas que era imposible poder contarlas, y semejaban nubes pequeñas, o pañuelos blancos a merced del aire. Había tanta incertidumbre en aquella caída, pero a la vez felicidad, por creer estar haciendo lo correcto, por no contradecirme a mí misma por una vez. No me había sentido condicionada por nada ni nadie, hice lo que a mí me apetecía, lo que me parecía bien. Era inusual que no hubiese pensado en Terry, ni en Amy, ni en nadie más que en mí misma; aunque, quizás, lo estaba haciendo en cierto modo.

Esa tarde, mientras saboreaba la tristeza, envuelta en papel de fumar, me llamaron al móvil. Aquel sonido quebraba la soledad como si fuese un cristal. La primera llamada que tenía desde hacía tiempo. Lo miré, casi con desprecio, y lo cogí, por no dejar que siguiese sonando.

-¿Sí?

-Emily, soy Sharon.

-Hola.-respondí, sin ninguna ilusión.

-Ya hace que no sé de ti, ¿quedamos para tomar algo?

-Bueno.

-¿Te viene bien después de radio, a las 5 y media, en el bar de siempre?

-Vale.

-¿Te pasa algo? Sólo hablas con monosílabos.-se reía mientras pronunciaba esta última frase.

-Estoy bien.-dije, secamente.

-Por lo menos he conseguido sacarte dos palabras. A ver esta tarde lo que consigo. Besos, nos vemos.

-Adiós.

Hacía tiempo que no salía de casa. Llevaba semanas recluida, por voluntad propia. Aunque la verdad es que pasado mañana tendría que salir sí o sí: tenía consulta con Fortman. Tendría que acostumbrarme, pues, después de una operación de ese calibre, toda vigilancia era poca. Había leído, hacía poco, que gente operada de cáncer podía llegar a vivir pocos años tras la operación, y que mucha volvía a recaer. Estaba amedrentada desde entonces. ¿Tanto esfuerzo tirado por la borda?

Me dirigí puntual al lugar de nuestra cita. Hacía tiempo que no andaba por aquellos sitios, desde que me había operado y había dejado el tratamiento. Me traían tantos recuerdos, angustiosos pero a la vez placenteros. Y el poco placer que me producían era gracias a Sharon. Se podía distinguir su grácil figura desde el exterior del bar. Llevaba puesto un abrigo granate esta vez, que hacía destacar los mechones de cabello que dormían delicadamente en sus hombros. En sus manos sostenía una taza de café, como si estuviese intentando darles calor. Evitaba mirar a la ventana; estaba pensando. Su cabeza estaba ligeramente inclinada y en sus ojos parecían yacer los restos de millones de hojas marchitas. El médico quizás le habría dicho algo, o no le habría dicho nada; cualquiera de las dos situaciones es frustrante en una situación como la que Sharon estaba viviendo.

Me decidí a entrar, después de estar observándola durante un rato sin que ella se percatase de mi presencia. Me senté en la silla de enfrente. En cuanto me vio, una sonrisa surcó sus labios.

-Hola, ¿cómo andas?-me preguntó.

-Bueno, bien.

-No lo dices nada convencida. ¿Te ha pasado algo?

-No, Sharon, la cuestión es que… Me ha cambiado la vida.

-Por lo menos tienes vida, y eso hay que celebrarlo.-dicho esto, le hizo un gesto al camarero con una mano. Él la supo interpretar y se dirigió nuevamente a la barra.

-¿Qué has pedido?

-Otro café irlandés, que estás en los huesos.

Me reí. Quise reírme. Estaba con Sharon, no tenía por qué preocuparme. Por nada. Aún así, mis inquietudes parecían oprimirme el pecho, y hacer que mi garganta quisiera obrar por voluntad propia.

-Aún no ha acabado, Sharon.-murmuré.

-¿Por?-supo perfectamente a qué me refería.

-Podría volver a tenerlo. O podría morir. Lo leí.

-Si es por eso, Emily, cualquiera puede tenerlo.

-Los que lo padecimos somos más propensos. Pudieron no habérmelo extirpado bien.

-No te compliques. Yo si fuera tú, carpe diem. Pero no todos tenemos la misma suerte. Intenta pensar en lo bueno.

Hablábamos intentando esquivar aquella palabra. Ninguna de las dos quería volver a oírla. A mí me evocaba recuerdos dolorosos. A Sharon le recordaba la realidad en la que vivía. Tenía razón, realmente. Me complicaba demasiado. Soy bastante pesimista, más que nada porque mantengo firmemente que la ley de Murphy se ceba conmigo. Y hay cosas que parecen demasiado buenas para ser verdad. Opté por cambiar de tema.

-¿Sabes, Sharon? Anoche tuve un sueño…

-¿Un sueño?

-Sí… Era muy extraño.

-No hay problema: tienes ante ti una experta en interpretación de los sueños. Me leí todos los libros al respecto escritos por Sigmund Freud, varias veces. Cuéntame.

Esa última palabra la pronunció como si fuese una experta psiquiatra y, apoyando los codos sobre la mesa y dejando caer su cabeza en las manos, se dispuso a escucharme.

-Estaba en mi habitación, y de repente me dirijo a la ventana. Hay muchas palomas. Me subo a la cornisa de la ventana y salto. Antes de poder saber si me he matado o si estoy volando, desperté.

-Hum… ¿Tu sueño era en blanco y negro?

Recordé el cielo cobrizo, las palomas blancas…

-No, era en color.

-¿Tuviste ganas de saltar o algo, o alguien, te obligó a hacerlo?

-Lo hice por voluntad propia.

-¿Las palomas graznaban?

El sonido del viento lo tapaba todo. Quizás, o quizás no.

-Creo que no.

-Y… ¿cómo te sentías?

-No sé… No… No recuerdo demasiado bien.

La cuestión no es que no lo recordase, es que era demasiado complejo como para describirlo.

-Y antes de irte a la cama, ¿cómo te sentías?

-Cansada, ¿cómo me iba a sentir?

Se dispuso a hacerme otra pregunta, pero decidí cortarla.

-¿Para qué tantas preguntas? Te pedí que me analizases un sueño, no que me hicieses un interrogatorio.

-Lo siento.-apartó la mirada hacia el café.- Pero es necesario. Y más, si aparecen palomas en el sueño.

Sentí como si mi corazón diese un salto en el interior de mi pecho y golpease con fuerza mis costillas, como si tuviese ansias de saber más sobre la última afirmación que dijo.

-¿Por qué si aparecen palomas?

-Bueno, es que son un símbolo muy ambiguo, mucho más de lo que parece. Todo el mundo las relaciona con la paz, pero, si quieres la verdad, esa acepción no tiene mucha cabida en los sueños.

-¿Y entonces qué significan?-dije, nerviosa.

-Muchas cosas, Emily. Lo mismo pueden significar la felicidad como la muerte. Hasta podrían significar las dos cosas en un mismo sueño.

Me torné pálida al escuchar la palabra “muerte”. Nada me haría sospechar que las palomas, aquellos animales a primera vista inofensivos, tan frágiles, tan fáciles de acabar con ellos, podrían significar algo así. Probablemente, en su interior, no sean así, sino que son mucho más complicados de comprender que la gente cree. Me quedé un momento en silencio. En el sueño, no significaban para mí ningún tipo de peligro, sino que eran como un objetivo inalcanzable, como si fuesen una aspiración.

-Solamente…-dije, entre dientes.- quería volar. Sólo eso.

Sharon no añadió nada. No quiso. Sabía que no debía, y se lo agradecí en silencio. Miré por la ventana. Quería volver a verlas, a todas aquellas palomas. Quería volar. Simplemente coger carrerilla y emprender el vuelo. ¿Era mucho pedir? Lo era. Físicamente lo era. Por eso quise dejar que fuese mi alma la que lo hiciese. De repente, el camarero, portando mi café irlandés, me bajó de las nubes.

-Su café, señora.-dijo.

-Gracias.-murmuré.

Estuve más o menos hasta las 7 con Sharon. Había tenido muchas ganas de verla y hablar con ella, aunque no tenía demasiado qué contarle, ni ella a mí tampoco. Llegué, por consiguiente, pronto a casa. En cuanto crucé la puerta, me percaté que estaba completamente vacía, sin ninguna ilusión. Era obvio, pues acababa de recoger a Amy de casa de su tía, y Terry tardaría en venir. Dejé que la niña se instalase en la televisión, para ver los dibujos animados, y me dirigí a mi habitación. Cerré a puerta delicadamente y fui hacia el armario. Sabía perfectamente cuál era mi objetivo: mis cuadernos. Sí, mis viejos cuadernos de dibujo, reliquias, me atrevería a decir. Carboncillo en mano, con el sillón orientado hacia la ventana, hice que mi mente se pusiera a trabajar. Quería inmortalizar aquellas palomas. Todavía no sé muy bien por qué, simplemente sentí el deseo de trazar con mis propias manos las líneas perfectas que conformaban sus alas, de darles de algún modo vida, que echasen a volar de nuevo. Cerraba los ojos fuertemente, intentando que retornasen a mi cabeza, y, al abrirlos para poder dibujarlas, se desvanecían lentamente, como si estuviesen huyendo. Pero huir es de cobardes; y desistir, lo es todavía más. Hice millones de dibujos, millones de hojas fueron arrojadas a la papelera, rechazadas, por no mostrarme lo que yo quería ver. Esbocé líneas gráciles, redondeadas y dulces, también duras, rectas y toscas, pero ninguna era como las que estaba buscando. Y en mis oídos, como si fuese una eterna retahíla, como una letanía interminable, se repetían una y otra vez las palabras de Sharon acerca del sueño. “Las palomas son un símbolo muy ambiguo”, le di muchas vueltas a esa idea, tantas que terminé confundiendo conceptos. De repente, percibo el tacto de una mano en mi hombro, a través del jersey.

-Ya hace que no te veo dibujar, mi reina. Pensé que lo habías dejado.

Terry, sin ninguna duda. ¿Ya estaba en casa? ¿Era tan tarde? Lo miré y sonreí.

-Nunca es tarde.-respondí.

Comenzó entonces él a examinar mis dibujos. Seguramente se preguntaría el por qué de tantas palomas, aunque no quiso decírmelo.

-¿Recuerdas que hace tiempo me prometiste un retrato?-insinuó.

Era cierto, además, se lo había dicho varias veces. Levanté una ceja, arqueando un lateral de mi boca en el acto.

-Si quieres, y si eres capaz de tener mucha, mucha paciencia, puedo hacértelo ahora. Por lo menos, un boceto.

-Vale.-sonrió. Sonreí.

Me encorvé suavemente, moviendo el sillón y señalándole la cama con el carboncillo, como si fuese una pintora profesional dirigiéndose a un modelo.

-Siéntate ahí, enfrente de mí.-acto seguido, susurré mientras volvía a sentarme y aparcaba la vista en el folio en blanco:- Tengo que verte bien.

Terry obedeció. Ladeó un poco la cabeza, estando ya sentado, hacia un lado y hacia el otro.

-¿Cómo me coloco?-preguntó.

-Gira un poco la cabeza hacia la derecha.-le ordené.

Logró posar tal como quería captarlo. Comencé entonces a trazas rayas y figuras geométricas, para poder tener una idea general de cómo era su cara. Luego, comencé poco a poco a afinársela.

Empecé por los ojos. Aquellos ojos color tequila, en los que habría bebido hasta la saciedad tal si fuese néctar si se me hubiese presentado la ocasión. El sol los bañaba en aquel momento, y sus iris eran como bolitas de oro de alta joyería, talladas con una impresionante precisión.

Su nariz, capaz de olisquear café tostado, perfume de vainilla, champú de cítricos; aromas tan dulces como el que le caracterizaba. Es cierto que todos tenemos una esencia especial, perceptible, únicamente cuando la persona que la desprende está lo suficientemente cera, o demasiado lejos. Las sábanas, cuando se iba a trabajar, lo tenían, y era capaz de distinguirse perfectamente del mío, sin llegar nunca a mezclarse. Acercar mi propia nariz a ellas cada mañana era avivar su recuerdo.

Luego, me paré en su boca, en sus labios. Aquella sonrisa inolvidable, que se hacía presente cada vez que estaba conmigo. Sonrisa de complicidad, sonrisa de alegría, sonrisa amiga, risa acaso. Era más potente para aliviar mi dolor interno que cualquier medicina. Simplemente el movimiento de unos 10 músculos faciales podía calentarme el corazón. Suena tan absurdo. Aunque sea pesimista, es fácil contentarme. Y él lo hacía. Una sonrisa, sólo hacía falta eso.

El pelo vino después de retocar el contorno de la cara. Sus rastas polémicas, que habían hecho que Angus pensase que era un hippie, que Jimmy adoraba y tiraba de ellas instintivamente, que Amy miraba sin decir nada, pero sin duda pensaría “¡qué raro es el pelo de mi papá!”. A mí en cambio, me gustaban. Aún así, le gustaban a él, y nada más importa, obviamente.

Sus oídos, escondidos, ocupaban el penúltimo lugar. Suplicantes de mis susurros, hambrientos de gritos y buena música, deseosos sencillamente de escuchar.

Y por último, las sombras.

-Ya está.-exclamé.- Quizás tengo que retocarlo un poco, pero lo general está.

Giré el cuaderno para que él pudiese verlo. Se rió, después de mantenerse bastante tiempo serio e inmóvil.

-Clavado.-dijo.- Me hiciste clavado.

Mi miró entonces y me guiñó un ojo. Yo también sonreí.

El día siguiente fue un poco más agitado. Mañana tendría que ir a ver a Fortman, y tenía tanto miedo de lo que pudiese decirme. Quizás me diría que podría volver al trabajo cuando lo teníamos estimado, y mi vida volvería a la normalidad; o quizás había vuelto a caer enferma, y tendría que empezar todo de nuevo. Me pasé la tarde tomando tila, al igual que por la noche. Recuerdo que, al ir a la cama, sostenía una taza de cristal rebosante de infusión. Estaba muy caliente, así que le soplaba insistentemente. Terry estaba sentado en la cama, todavía con ropa de calle, apoyando las palmas de las manos en sus ojos. Estaba agotado, tanto que le costó percibir mi presencia. Yo iba vestida con mi camisón de siempre, el mismo que el del sueño, por lo que me resultaba algo inquietante llevarlo puesto. Intercambiamos Terry y yo una mirada, acompañada en mi caso por una leve sonrisa. Me senté entonces a su lado, sin dejar de mirarle.

-¿Qué tomas?-preguntó.

-Tila, estoy un poco nerviosa.

-¿Por la consulta?

Asentí.

-Seguramente no sea nada,-añadí.- pero eso no quita que ahora… Es la primera a la que voy después de haberme operado.

-No tienes por qué preocuparte, Emily.

-Tener, tengo. El caso es que no debo preocuparme.

Bebí un trago de tila. Dejé que ese líquido se deslizase por mi garganta, y subiese su calor hacia mi estómago, mi garganta, mi pecho, mis brazos y sintiese un escalofrío, como si me estuviese liberando del frío que reinaba en mi cuerpo. Terry posó una de sus manos en mi espalda y, moviéndola suavemente de arriba abajo, me dijo:

-Le he dicho a Charlie que mañana no voy a currar.

Giré bruscamente la cabeza. Me miraba convencido de lo que decía.

-¿Por?-pregunté.

-Te he dejado ir sola demasiadas veces a la consulta. Mañana quiero estar yo allí contigo.

-No tienes por qué, Terry.

Notó que había reproche en mi voz.

-Pero me sale a mí de los cojones ir.

Aparté la vista. Parecía que iba en serio, que quería acompañarme. Era una situación extraña, pues estaba acostumbrada a ir sola, pero sabía que necesitaría su compañía.

-La consulta es a las 11 de la mañana,-le conté.- pero tendremos que estar allí aproximadamente a las 10 y media, por si me adelantan la vez.

-De puta madre, así nos da tiempo de dejar a la niña en el colegio.

-Aunque-proseguí.- quizás no salimos de allí hasta las 2 o las 3, que tengo que hacerme una espirometría completa con tropecientas mil pruebas para ver cómo estoy de fuerte, la capacidad pulmonar y todo eso. Mejor que le digamos a Lorelay que la vaya a buscar y que coma allí.

Terry colocó uno de sus dedos en mi barbilla y me la levantó, para que lo mirase a los ojos. Estaba serio. Se tomaba muy a pecho aquel asunto.

-Si quieres, no voy contigo y me quedo a cuidar de Amy.

-¿Cómo no voy a querer que vengas conmigo? Lo que pasa es que estoy un poco tensa.

-Termina, si eso, la tila, y nos vamos a la cama, ¿eh? Mañana será un día largo.

Me acarició el pelo. Coloqué una mano en un lateral de su cuello. Necesitábamos sentirnos el uno al otro.

-Será un día largo.-repetí.

Nos despertamos temprano por la mañana; no tanto como de costumbre, pero sí lo suficiente como para llevar a Amy a tiempo a clase. Nos vestimos a la vez, mas separados. Él lo hizo en el cuarto de baño; yo, en la habitación. Me puse un vestido recto, de color negro, una camisa blanca por debajo y, recubriendo mis piernas, unas medias negras, a juego con mis zapatos. Parecía que iba a un funeral. Además, rematando mi aspecto lúgubre, colgaba de mi cuello la cruz de mi madre.

Al terminar de vestirme, fui al baño, para poder maquillarme. Allí, Terry, que ya estaba también vestido, luchaba por nivelar una corbata negra que cruzaba en su camisa, mirándose al espejo. Me acerqué a él, colocándome a su lado. Se giró para verme. Contemplamos ambos que íbamos vestidos de negro y blanco.

-Ni que se hubiese muerto alguien.-bromeó Terry.

Sonreí.

-Deja, que te ayudo con la corbata.-propuse.

Él no quiso rebatirme. Dejó que mis manos la agarrasen y se deslizasen hacia su cuello suavemente, con el fin de no hacerle daño, con el fin de no ahogarle, pero intentando que quedase bien sujeta. Conseguí dejársela a su gusto. Lo supe, sin ni siquiera intercambiar ninguna palabra más con él. Solo miradas.

-¿Cómo te encuentras?-me preguntó.

-Bien.-introduje entonces una de mis manos dentro del cuello de la camisa. Al sacarlas, él vio que llevaba puesto el collar que me había dado.- Confío en que esta vez me de suerte.

-Seguro que sí.

-Quizás en el hospital no tiene cobertura.

Nos reímos.

-Si no la tiene, se la busco yo, no te preocupes, reina.

Volví a esconderlo nuevamente. Quizás el poco calor que desprendía mi frágil cuerpo podía devolverle esa “cobertura”. Aunque, pensándolo fríamente, caer enferma cambió mi percepción de la vida. Me sujetó mucho más a ella y me dio muchas más ganas de vivir de las que tenía antes. Nunca más se me pasaron por la cabeza ideas como el suicidio, otra vez; la vida era demasiado valiosa como para desperdiciarla así. Aprendí también a valorar a la gente que quiero y que me quiere, y descubrí quién era aquella gente. Descubrí que se puede morir de tristeza, llorar de agradecimiento y alegría, disfrutar del día a día. Me di cuenta de que es, como bien decía Sharon, un carpe diem, en el que las cosas más insignificantes pueden estar cargadas de significado, en el que agradeces poder levantarte por la mañana. Enfermar me volvió más madura. Quizás en aquellos momentos de nerviosismo no me percataba de ello, pero sí. Seguramente esa era la suerte que tuve. Escondidas en todas las lágrimas que por miedo derramé, se encontraban sonrisas, miradas, caricias, momentos preciosos, que parecían casi invisibles, pero estaban allí intentando brindarme un poco de felicidad. Era casi imposible que dentro de algo tan horrible se encontrasen cosas tan enriquecedoras.

Nos fuimos Terry y yo a la ciudad poco después de dejar a Amy en el colegio. Recuerdo que ella, al vernos tan arreglados, nos preguntó, estando en el coche:

-Mamá, papá, ¿vais a una boda?

Nos miramos mutuamente y nos echamos a reír. Yo era la que tenía el volante, así que me esforcé por mantenerme atenta a la carretera. Él fue el que se dio la vuelta para decirle:

-No, lo que pasa es que tenemos que ir a hacer unos recados.

-Os vais a casar en secreto como hacen los famosos y por eso no me lo queréis decir.

Entonces sí que no pude contener la risa. Ahí sí que nos había rematado, a los dos. Y lo más gracioso era que ella creía que íbamos realmente a casarnos. Sin mirar atrás, opté por contestarle:

-No cielo, de verdad que no. Lo que pasa es que tengo que ir al médico, y papá va a acompañarme. Por eso vamos tan arreglados.

Casarnos. Otra que lo mencionaba, además del doctor Fortman. Todo el mundo creía que éramos pareja, cuando sólo éramos dos mejores amigos que habíamos tenido un desliz. Dejando este tema de lado. Llegamos a la consulta un poco antes de la hora que le había indicado a Terry. Nos sentamos juntos, al lado de una viejecita, pues los otros asientos estaban ocupados, por supuesto, y como siempre, por personas mayores que no tenían nada mejor que mirarnos de arriba abajo, como si estuviésemos haciéndole daño a alguien con estar allí, y pensando que uno de nosotros, o quizás ambos, nos estábamos muriendo. No me importó. Ya me había dicho Angus que yo nunca moriría, así que no tenía qué temer. Pronto me llamaron para hacer la espirometría. No pude evitar girar la cabeza mientras me iba. En la sala había alguien que me esperaría esta vez.

Tardé un rato en hacerme las pruebas. Eran bastante más que la última vez, la mayoría desconocidas para mí, hechas con la misma máquina. Salí al exterior de aquella pequeña consulta aliviada.

-Espere unos 15 minutos, el doctor la atenderá enseguida.

Volví a sentarme junto a Terry.

-¿Qué tal?-me preguntó, en voz baja.

-Bien, creo que bien.

Eché el cuerpo para atrás, con el fin de acomodarme en la silla, cuyo respaldo tenía una acogedora lámina de gomaespuma, y comencé a pensar en mis cosas. En qué me diría el médico si me encontraba bien, o si me encontraba mal, cómo me sentiría yo y qué le diría en respuesta. Toda esta preocupación hizo que comenzase a respirar fuerte. Mis jadeos hicieron alarmarse a Terry, quién me preguntó:

-¿Estás nerviosa?

Sin despegar la nuca del respaldo, asentí. Me fijé entonces en una de sus piernas. Se movía muy deprisa, como si el nervio que la controlaba trabajase a toda velocidad.

-¿Tú también estás nervioso?

-Un poco.-tardó en responder.

Me despegué del respaldo y apoyé la cabeza en su hombro. Él me envolvió con uno de sus brazos, intentando hacerme ver que no estaba sola, y que, pasase lo que pasase, estaría allí.

-Si ves qué tal,-dijo.- coge una revista para leerla los dos.

Miré hacia la mesita que tenía las revistas habitualmente. No había ni una; tan solo un par de folletos haciendo propaganda del hospital.

-No hay.

Terry giró la cabeza para cerciorarse. Al ver que era cierto lo que le había dicho, suspiró, y en ese suspiro pude escuchar un:

-Qué deprimente, joder.

Me acurruqué con más ahínco todavía en su hombro. Coloqué entonces una mano sobre su pecho y comencé a juguetear con los botones de la camisa, haciendo que mi vista les diese prioridad. Pude notar cómo palpitaba su corazón. Lo suficientemente fuerte como para poder percibirlo. Me centré en captar cada uno de aquellos latidos con la yema de mis dedos, intentando atraparlos en ellos, como si mi mano tuviese memoria fotográfica, y pudiese volver a sentirlos cuando me viniese en gana. Se abrió la puerta.

-Emily Gray.

Terry me soltó y dejó que me levantase. Le tendí la mano mientras dije:

-Vamos, nos toca.

¿Nos toca? Pues sí, la verdad es que los dos íbamos a ser examinados. A mí me examinarían los pulmones; a él, su entereza. Entramos, los dos juntos, prácticamente a la vez. Nos necesitábamos el uno al otro para soportarlo. Le estreché la mano a Fortman en cuanto entramos. Él me miró a los ojos, y su mirada fue recíproca. Después, hizo lo mismo con Terry.

-Y usted debe ser…

-Terence Grives. Hablamos por teléfono.

-¡Ah, señor Grives! Ya recuerdo.

Nos invitó a sentarnos. Yo estaba todavía más nerviosa. Tenía las mejillas encendidas.

-Bueno, Emily, ¿cómo te sientes?-me preguntó.

-Bien.

-Desnúdate de cintura para arriba y pasa para la camilla.

Obedecí, como si fuese un cordero. En cuanto me senté en aquel soporte, Fortman corrió unas cortinas que nos separaban a Terry y a mí. Menos mal que él no le dijo algo como: “Tranquilo, que he visto más tetas que las suyas”, aunque una barbaridad así tampoco me sentaría mal para relajarme. Mientras me auscultaba, el médico me hizo algunas preguntas:

-¿Nota dolor al respirar?

Negué con la cabeza.

-¿Malestar en la zona?

-A veces un poco.

-¿Dolor al toser?

-Sí… a veces.

-Tosa.-me ordenó.

Lo hice, aunque con un poco de miedo. No podía evitar pensar que quizás aquella tos también le sonaba mal, y que todo empezaría de nuevo. En cuanto dejé de notar el tacto frío del estetoscopio, me bajé de la camilla y volví al despacho, para poder coger la camisa. Terry me miraba.

-Bueno, la auscultación es normal.

De mis labios se escapó un leve suspiro de alivio, prácticamente imperceptible. El médico cogió entonces las radiografías que había ido a hacerme al hospital hacía un par de días y las colocó en una pantalla blanca. Era bastante inquietante ver aquellas figuras blancas flotando en un fondo de inmensa negrura, sin ni siquiera saber interpretarlas. Las bajó, después de observarlas durante un rato, y volvió a sentarse en su silla, enfrente a nosotros. Gotas de sudor frío que hacían mi piel arder a su paso resbalaron por mi nuca.

-Señora Gray, se encuentra usted bastante bien, dentro de lo que podríamos esperar. Su espirometría es normal, un poco baja, pero no hay por qué preocuparse. Aún así, le voy a recetar unas pastillas para el dolor que tiene al toser.

Empezó a escribir en el recetario. La verdad es que me quité un peso de encima. Me alegré en silencio de estar bien, y, al mirar de reojo a Terry, me di cuenta de que su leve sonrisa indicaba que ese mismo sentimiento dominaba en él. Aún así, cuando Fortman me dio el papel con el nombre del medicamento, no pude evitar preguntarle la duda que me había comido la cabeza durante semanas:

-Doctor, tengo que saberlo… Podría volver a caer enferma, ¿verdad?

Él apartó la mirada. Respiró hondo.

-Por supuesto que podría. Justo por eso estamos haciéndole un seguimiento, es decir, está viniendo asiduamente a hacerse pruebas para ver que está fuera de peligro.

-¿Y qué pasaría si…?

-En el caso de que volviese a enfermar,-interrumpió.- la pondríamos en tratamiento cuanto antes. Lo que usted tiene que hacer es cuidarse: hacer ejercicio, fumar menos…

Asentí. Tampoco hablamos nada más. No quise, no hacia falta. Al irnos, Fortman nos estrechó la mano a ambos y dejó que cruzásemos, posteriormente, el umbral de la puerta de su consulta. Parecía que me iba a estallar la cabeza de la euforia. ¿Estaba bien? Descarté entonces la muerte como significado de mi sueño. Y me sentí tan satisfecha. Feliz. Llegamos a fuera, los dos a un tiempo. Sin darle tiempo a decirme nada, ni siquiera a mirarme a los ojos, me agarré a su cuello y le besé en una mejilla, queriendo pasarle en ese beso parte de mi alegría.

-Menos mal, menos mal.-susurré.

-¿Ves? Y tú que andabas tan nerviosa.

-Como para no estarlo. Aunque gracias a Dios, todo salió bien.

Me llevé una mano al pecho, en señal de alivio. Noté, dentro de la camisa, la parte puntiaguda del collar de Terry. Lo saqué en un impulso y lo besé.

-No era que no tuviese cobertura,-dijo.- es que, si no estoy yo, no funciona.

-Prepotente.-le murmuré.

Nos reímos, y su risa hizo que la mía fuese todavía más sincera.

-¿Vamos a tomar algo?-propuso.

-Por mí, encantada.

Nos dirigimos, juntos, a la cafetería de siempre. Antes de llegar, miré inconscientemente al otro lado de la carretera. Un parque, bastante pequeñajo y poco poblado de árboles. Había un par de bancos en él que eran visibles desde el ángulo en el que me encontraba. Lo que más llamaba la atención de aquel lugar eran las palomas. Había muchas. ¿Por qué estaban allí? ¿Acaso pretendía el destino que las viese? Me detuve en seco. Terry me miró extrañado.

-Vamos ahí.-le ordené.

Cruzamos la calle y nos sentamos en uno de esos bancos. Estaba pintado de rojo, aunque la pintura estaba medio arrancada; la madera, podrida; y los hierros, oxidados. Las palomas, al percibir nuestra presencia, corrieron hacia nosotros, suplicándonos con sus graznidos algo de comer.

-Cuántas palomas hay, ¿verdad?-dije.-Con lo simples que parecen estos bichitos, y lo complejos que son.

Terry me miró sorprendido por mi afirmación. Entonces, metí la mano en mi bolso y saqué de él una bolsa de gusanitos que Amy no se había comido ayer por la tarde. Los sostuve con la mano y ellas se acercaron, con curiosidad, para posteriormente comenzar a picotear.

-Nosotros creemos que las comprendemos,-proseguí.- pero no es verdad. Las palomas piensan en algo más que comer maíz y cagarnos en la cabeza. Ellas… solamente quieren volar. Volar cerca. Volar lejos. Pero volar.-una lágrima cayó dulcemente por mi mejilla.- ¡Y son qué facilidad pueden ver frustrado su sueño! Hay personas que las torturan arrancándole las alas, o que incluso las matan. Aunque… una mala caída, un mal roce… puede dejarlas inutilizadas… y tristes. La gente es tan cruel que es capaz de negarles algo tan fundamental… Como si tuviesen derecho a hacerlo.

Me di cuenta de que estaba llorando. Las palomas habían acabado de comer y me miraban, como maravilladas por mi discurso. Terry no podía quitarme ojo de encima. Me llevé una mano a los ojos e intenté limpiarlos sin despintarme demasiado.

-Lo siento, ya empiezo a divagar.

Él me agarró por la cintura, aproximándome a su cuerpo.

-Querrías volar, ¿no?-preguntó.- Como las palomas.

-Sí.-respondí.

-Yo también.




[1] He estado buscando/ mis alas durante algún tiempo/ Porque soy una chica pájaro/ Y las chicas pájaro van al Cielo. / Soy una chica pájaro/ y las chicas pájaro pueden volar. / Las chicas pájaro pueden volar.

viernes, 1 de enero de 2010

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XXIV-Muñeca rota


-¡Mira, está comenzando a abrir los ojos!

-¡Se está despertando!

-Menos mal, pensé que se quedaría así para siempre.

-¡Ay, no seas mal agorera, por Dios!

Manchas de colores borrosas. Voces conocidas. Pitidos, enervantes y molestos pitidos que se clavaban en mi oído como cuchillos. Dolor, por la zona del corazón. Mi respiración es muy débil, me cuesta, pero comienza a acompasarse. Siento un sopor dulzón en mi garganta que va desapareciendo. Comienzo a distinguir caras, personas que me rodean. Quiero palparlas, pero los brazos todavía no me responden.

-¡Emily! ¡Emily, menos mal!

Era Liza, que se encontraba a mi lado, mirándome esperanzada. Sin que me diese tiempo a reaccionar, se tiró encima de mí para abrazarme fuertemente.

-¡Ay!-me quejé.

Sentí un dolor en el pecho. En cuanto ella se separó de mí asustada, comenzó a remitir.

-¡Lo siento, Emily!-se disculpó.

-No pasa nada, pequeña.-respondí.

Las primeras palabras que pronunciaba. Todos me miraron con asombro, se dieron cuenta de que había vida dentro de mí. Liza, que no era capaz de contener su alegría, arrimó su mejilla a la mía y, con fuerza, me agarró un hombro, pasando el brazo por mi espalda. Lorelay también se acercó por el otro lado e hizo lo mismo, pero pasando el brazo por delante. Al hacerlo, notó algo que sobresalía de mi pecho.

-¿Qué es esto?

Lo miré, con bastante curiosidad. Un tubo fino salía de dentro de una gasa y depositaba el líquido que portaba en un aparato.

-Eso es un tubo de drenaje.-dijo Adrien.- Después de una operación así, se tiende a acumular líquidos dentro del tórax.

-¡Qué asco, por favor!-exclamó Lorelay.- Casi era mejor no saberlo.

Impulsivamente, dejé que mis dedos acariciasen aquel tubo que entraba en contacto directo con mi herida. Me resultaba bastante extraño el hecho de que pudiese salir bien de la operación, que no me pasara nada, que por una vez la suerte de la que me había hablado Terry comenzara a notarse. Él se encontraba apartado, junto con la tita y con Thomas. Lo miré. Sonreí. Supo que esa mirada era para él y me devolvió la sonrisa. Los demás nos miraron de reojo y se percataron de la situación.

-Casi nosotros nos vamos a tomar algo.-dijo Lorelay.- ¿Vienes, Terry?

-No, yo me quedo.

Se marcharon, sin protestar, aunque quizás un poco molestos por no poder seguir llenándome de mimos. Liza, antes de cerrar la puerta, añadió:

-Volvemos dentro de nada, ¿eh?

Dicho esto, realmente nos encontramos solos. Sin enfermeras, sin médicos, sin nadie. Terry se acercó a mí muy despacio, como si quisiera observarme detenidamente desde lejos.

-¿Viste como no es tan fácil acabar conmigo?

Se situó a mi lado, y volvió a cogerme de la mano, la cual la tenía apoyada en el pecho. Estaba feliz. Yo también lo estaba.

-Tuve tanto miedo de perderte.-dijo.

-Un buen amigo mío me dijo que yo nunca moriría.

Me remití a las palabras que Angus había pronunciado en mi sueño, el cual recuerdo con total nitidez. Sentía como si, mientras me estuvieron operando, hubiese sucedido de verdad. Terry comenzó a acariciar mi mano con sus dedos largos, como intentando proporcionarle calor.

-Tienes las manos frías.-dijo. Lo miré algo angustiada. Después de decir esto prosiguió:- Parece que tu cuerpo vuelve a la normalidad.

Torcí el labio. Lo decía por la tendencia que tenían mis manos a estar frías. Era típico en él decir algo así para mosquearme.

-Qué manía de meterte con mis pobres manos. ¿Qué culpa tienen de estar siempre congeladas?

Sonrió. Supongo que le alivió comprobar que mis respuestas no habían cambiado desde que me habían metido en el quirófano. Cambió de tema.

-¿Sabes? Creo que si te quedaras una sola hora más dentro de aquel puto quirófano, entraba a sacarte de allí.

Me reí. Sólo a Terry se le podría ocurrir algo así.

-No te dejarían entrar.-dije.

-Veríamos si no les pegaba cuatro hostias. Y luego, te operaría yo. No debe ser tan difícil, he reparado los suficientes coches como para hacerme una idea.

-¡Oye, que yo no soy un coche!-respondí, pegándole en un brazo.

-Bueno, parecidos sí que sois.

-Vete a la mierda.

Me sentí pletórica por poder volver a bromear con Terry. Hacía demasiado tiempo que nuestras gracias se veían ensombrecidas por aquella horrible enfermedad. Aunque la verdad es que pensé bastante en lo que me había dicho Terry. ¿Quién sabe si él no me operaría tan bien, o quizás mejor que aquellos médicos? Las cortadas que él me diera, las sentiría yo como si fuesen caricias. Y no podría tener dudas sobre si eliminaría mi mal; tal y como era, lo arrancaría de raíz. Dejé de soñar. En un alarde de curiosidad, aparté la gasa para mirar mi propio corte. No pude verlo de todo, pero era una enorme cicatriz que recorría mi pecho izquierdo. Todavía se dejaban entrever unos hilos blancos que pasaban por dentro de mi piel, impidiendo que se desbordase la sangre.

-¿Puede ser más grande y más fea?-dije, sin apartar la mirada de ella.

Terry me levantó la cara colocando uno de sus dedos en mi barbilla. Nos miramos a los ojos.

-No es nada fea. Algo que le ha salvado la vida a algo tan bonito como tú, no puede ser feo.

Sonreí levemente, a pesar de que aún no había visto la totalidad de la cicatriz. Ese hecho me asustaba, pensar que en mi piel quedaría para siempre el grotesco recuerdo de tan dolorosa enfermedad, que me hizo sentirme tan sola, tan débil, tan asustada, pero que a la vez me hizo conocer gente, convertirme, quizás, en una madre más responsable y en una mejor compañera, me enseñó a apreciar los pequeños detalles, a ver la luz al final del túnel. Sentí un escalofrío en mi espalda, como si la paloma que tenía tatuada agitase sus alas, para demostrarme que todavía puede volar. Extendí suavemente mis brazos hacia Terry, y él me abrazó con más ternura que nunca. No sabía cómo agradecerle todo lo que había hecho por mí. Al deslizar mi mano por su espalda, me di cuenta de que no era un sueño, que realmente había superado la enfermedad, que estaba viva, y que, realmente, era una tarea ardua poder acabar conmigo.

Poco después, estando en compañía todavía de Terry, pues los otros aún no habían llegado, sonó mi teléfono móvil, que seguía afincado encima de la mesita, tal y como lo había dejado. Era Sharon. Lo supe desde el principio, pues tenía un tono característico para cuando ella me llamaba.

-¿Sí?

-¿Sobreviviste?

-No, estás hablando con un espíritu, no te jode. ¡Por favor!-gruñí.

Escuché que se reía por el otro lado del teléfono.

-Era broma, mujer. ¿Cuánto hace que estás despierta?

-Apenas nada. Y todavía no ha venido ningún médico a verme. Qué triste, ¿no?

-Mujer, si quieres vuelvo a convencer a Fortman.

-Todavía me tienes que explicar cómo lo hiciste.

-Nada extraordinario. Simplemente usando mi…poder de convicción.

-Me lo pones a huevo para pensar mal.

-Piensa como quieras.

Trató mis subidas de tono, que eran simplemente una broma, de una manera tan seria, que casi era como si creyese que yo lo pensaba de verdad. Temí ofenderla. Aún así, fue Terry el que nos hizo cambiar de tema.

-¿Con quién hablas, reina? Tenéis un rollo de la ostia.

-Con una amiga mía.-respondí, apartando la boca del teléfono.- Sharon, ¿sabes? Aquella que conocí en radio.

-Ah, sí, ya me acuerdo.

Sentí que, al otro lado del teléfono, la respiración de Sharon se desbocaba.

-¡Eh!-dije, volviendo a arrimar los labios para que me oyese.- ¿Estás bien?

-¿Por qué no iba a estarlo? Lo que pasa es que me pone un poco tensa que nos anden escuchando mientras hablamos.

-¿Lo dices por Terry? No te preocupes, que no le dejo yo oír nada.

-¿Ah, no? ¿Y cómo lo vas a impedir?-respondió él, mientras me abrazaba, agarrándome las caderas con cuidado de no tocarme en la herida.

Comenzó a hacerme cosquillas en la barriga, con el fin de intentar quitarme el móvil.

-¡Quieto!-le ordené, riéndome.- ¡Ay, para, no seas crío!

Supuse que Sharon se sentiría confusa por la situación, así que le dije, a carcajada limpia:

-Sharon, mejor hablamos en otro momento. Besos, cuídate.

Corté la llamada y posé el móvil en la mesita, haciendo un esfuerzo.

-¿Contento?

Dejó de hacerme cosquillas. Estaba encima de mí, sosteniendo su cuerpo con los brazos.

-Oye, que no quería que cortaras.

-Es igual, mucho no tenía que contarle.

-Hace tanto tiempo que no te veía feliz.

-Ahora lo único que quiero es olvidarlo todo.

Él sonrió, supongo que también desearía hacerlo, pero algo así, nunca llega a olvidarse. Por lo menos yo, tendría siempre marcada en mi piel. En mi piel, en mi mente, en mi alma, en mi ser. La verdad es que tuve tiempo de pensar, de pensar en lo mucho que tengo, en lo mucho que puedo perder. Después de verle la cara a la Muerte, de poder sentir sus manos frías a punto de hundirse en mi pecho, me di cuenta de que debería aprovechar la oportunidad que me brindaba la vida. No sé cómo. Quizás comenzando por lanzarle a Terry una mirada de agradecimiento, de felicidad, que supiera lo mucho que había hecho por mí, y lo mucho que se lo agradecía.

Dos semanas después de estar allí encerrada en aquella habitación, recluida, recibiendo cada día un par de horas, o quizás menos, la visita de Terry, me dieron el alta. Recuerdo aquel día con ilusión, con la misma que siente una paloma que comprende que será liberada después de días de cautiverio. Él vino a buscarme ya por la mañana. Traía consigo una bolsa llena de ropa, la cual posó en mi cama, siendo atentamente vigilado por mí.

-Te he traído un jersey y una bufanda también.-dijo.- Hace bastante frío.

-Ok, me visto en un vuelo. Espérame fuera.

Nos retuvimos la mirada hasta que salió de la habitación y cerró la puerta. Ambos no nos podíamos creer que aquel momento se estuviese llevando a cabo al fin. Me apresuré a levantarme de la cama y coger la ropa. Dentro de la bolsa había una camiseta blanca, un pantalón negro, un jersey también de ese color y una bufanda blanca, a la par que unas botas de tacón oscuras. Me vestí rápidamente, me resultaba realmente confortable haberme quitado la bata y poder volver a llevar otra vez mi propia ropa. En cuanto me hube vestido, salí de la habitación. Antes de cerrar la puerta, le eché un rápido vistazo. Entre aquellas sábanas, encerradas para siempre en aquel lugar se quedaban mis nervios, mis lágrimas, mi soledad, mi tristeza y todos los fantasmas del pasado que me ayudaron en las más angustiosas noches a conciliar el sueño.

Le lancé una mirada a Terry, que él supo interpretar como mis deseos de irme. Se separó de la pared en la que estaba apoyado y me cogió por la muñeca. Recorrimos el pasillo camino del ascensor. Miré a todos los médicos y enfermeros con los que me encontré con una sonrisa, despidiéndome así de ellos. Cruzamos Terry y yo la puerta que separaba el hospital de la calle agarrándome él por la muñeca, como si fuésemos una pareja de enamorados, al igual que había dicho Fortman. Al llegar a fuera, me solté de su mano. No me acababa de creer que todo hubiese acabado, que pudiese estar otra vez en el exterior, camino de retomar mi vida. Inspiré fuertemente aquel aire húmedo y frío, y una lágrima de incredulidad y agradecimiento a la Virgen por haberme ayudado, se deslizó por una de mis mejillas. Terry la vio, y me miró preocupado.

-¿Te pasa algo, Emily?

Giré levemente la cabeza y sonreí.

-¿Qué me va a pasar, si nunca me encontré mejor?

Acercó su rostro al mío, hasta el punto de poder oírle respirar.

-Estoy tan contento de volver a tenerte otra vez en casa.

-¿Echabas de menos a alguien que te la limpiase, que te hiciese la comida, que lavara los platos…?-bromeé.

-¡Vete a la mierda!

Me reí. Me reí con verdaderas ganas. Después de tanto tiempo sufriendo, me parecía increíble poder estar experimentando aquella felicidad sincera. Posteriormente, nos montamos en el coche, pues teníamos que ir a buscar a Amy a casa de mi hermana Lorelay. Llegamos pronto, casi sin mediar palabra.

-¡Hola, Emily!-dijo ella, en cuanto me abrió la puerta.- ¡Cómo me alegro de que vengas a visitarnos!

-La verdad es que no me voy a parar mucho, vengo a buscar a…

Entonces me percaté de que Amy estaba allí, espiándonos desde la distancia. Seguramente, cuando hubo sabido que yo estaba en el piso, había salido de la habitación de invitados, que era donde estaba ella siempre. En cuanto se hubo percatado de que la había visto, se acercó a nosotros corriendo y me abrazó fuertemente, ejerciendo presión en mis costillas. Bajé la cabeza y la miré con ternura. Seguramente había estado esperando por este momento con impaciencia.

-¿Ves como no ha pasado nada, Amy?-dijo Lorelay.

Ella no respondió, se limitó a permanecer abrazada a mí, cerciorándose de que estaba allí realmente. Le acaricié el pelo.

-¿Nos vamos, cariño?-pregunté en voz baja.

Amy se separó entonces y me agarró la mano. También quería ir a casa, y que todo volviese a la normalidad, recuperar el tiempo perdido. Lorelay insistió:

-Mujer, ¿no os quedáis a cenar ni nada?

-Lo siento, Lorelay, tengo ganas de volver a mi casa, comer en mi comedor, dormir en mi cama. Ya vendremos otro día si eso.

-Vale, vale.

Me pareció eterno el camino a casa. En cuanto la vi, desde la ventanilla del coche, fue cuando comencé a darme cuenta de que aquello era real. El dolor desaparecía. Se aceleraba el corazón.” Todavía sigo viva”, pensé. Me apresuré en bajar del coche en cuanto hube percibido que se detenía. Al cruzar el umbral de la puerta, me abandonaron todos mis miedos y comenzaron a arder en mi pecho mis ganas de vivir. Nada había cambiado, seguía todo tal y como lo recordaba. Después de pasarme casi un mes en el hospital, casi me parecía mentira estar allí.

-¿Qué preparo de cena?-preguntó Terry, mientras se dirigía a la cocina.

-¡Eh! ¡Eh!-dije, siguiéndolo.- Cocino yo.

-Ni loco te dejo. Acabas de salir del hospital, Emily.

-Por eso. Llevo 3 semanas sin hacer la comida, y sabes que me encanta cocinar. ¡Anda, sé bueno!

Terry levantó una ceja, sonriéndome.

-Ya sabes que bueno no soy.

-Venga, ¿qué te cuesta? No me esforzaré mucho, en serio.

-¿Por qué ese empeño en cocinar?

Dudé un momento antes de responder.

-Porque estoy harta de sentirme inútil e indefensa. Quiero volver a hacer todo lo que hacía antes.

Se hizo el silencio durante un instante. Seguramente Terry intentaba entender mis razones.

-Está bien.-cedió.- Si te empeñas…

-Acabaré en un santiamén. Te lo aseguro.

En cuanto él optó por irse de la cocina, no tardé en meterme entre los fogones. La verdad es que no podía llegar a comprender del todo como algo tan simple me llenaba tanto en ese momento. Era la satisfacción de poder hacerlo, de volver a estar levantada, en mi casa, haciendo la cena para mí y mi familia, sin la tensión que eso suponía cuando estaba con Robert, sin ningún tipo de miedo.

Mientras freía la menestra, aderezada con ajo, comenzó a dolerme la cicatriz. Me llevé una mano al pecho y lo oprimí, con el fin de paliar el daño. Una preocupación surgió en mi cabeza: todavía no había visto con claridad aquella cicatriz, todavía no sabía qué había quedado impregnado en mi cuerpo para el resto de mis días. Entonces sí que me asusté, no del dolor, sino de su fuente. Enseguida recuperé la compostura y pude seguir con la comida. Eso sí, las verduras se habían quemado un poco.

Cené bastante aquel día. Hacía mucho que no comía con aquella avidez. Quise acabar lo más pronto posible, pues estaba bastante cansada. Terry lo notó, por lo que se ofreció a fregar los platos. En cuanto hube comido, me dirigí a la habitación ansiosa. Cuando abrí la puerta, sentí un enorme alivio. Era como si me imaginase que las cosas no estaban igual. Aún así, había un objeto, tapado por la mesita de noche, que nunca había visto. Me acerqué a él. Era una bombona, con una mascarilla.

-¡Terry!-grité.- ¿Qué coño es esto?

Me quedé completamente quieta, para poder escuchar cómo subía apresurado las escaleras.

-¿Qué coño es el qué?-preguntó, nervioso.

-Esto.-respondí, moviendo la cabeza hacia dicho aparato.

-¿Fortman no te lo ha comentado?

-¿Qué tenía que comentarme?

-Me dijo que lo compráramos. Solamente tienes que usarlo por la noche, en principio, durante 6 meses. Si necesitas usarlo en otro momento, mientras estés en casa, puedes hacerlo, pero tienes que decírselo a Fortman.

-P…Pero yo estoy bien.-intenté convencerlo, a él y a mí misma, titubeando.

-Lo sé,-respondió Terry, acariciándome el pelo.- pero toda precaución es poca. Sabes que nunca permitiría que te pasara nada, pequeñaja.

“Pequeñaja”, hacía muchísimo tiempo que no me llamaba así, años. Lo miré a los ojos, con la mirada más infantil que puse en mi vida. Sonrió.

-Supongo que sabrás usarlo.-dije.

-Algo me explicaron en la tienda. Seguro que entre los dos podemos.

Dicho esto, se marchó de la habitación, dejándome otra vez con aquel aparato horrible, fruto de tanto sufrimiento y tanto miedo. Me angustiaba estar allí. Opté por deshacer la cama y coger mi camisón. Hacía demasiado tiempo que no me lo ponía. Había perdido completamente mi olor, para adquirir un aroma a pasado, sobrecogedor. Me quité el jersey y la camiseta, quedando semidesnuda de espaldas al espejo. ¿Me atrevería a mirar y a conocer la huella que albergaba mi cuerpo?

Me armé de valor y me di la vuelta. Bajé ligeramente la mirada. Allí estaba. Irritada, reciente, palpitante, surcando mi pecho. Cuando la vi, en su totalidad, sentí un estremecimiento enorme. Millones de pensamientos desoladores asolaron mi mente, y mis ojos no querían separarse del espejo, de aquella imagen horrible que estaba destinada a ver durante todos los días de mi vida.

De repente oí una voz. No me inmuté, seguí observando la cicatriz, al borde de las lágrimas.

-¿Te pasa algo, Emily?

Era Terry.

-No.-respondí, volviendo a darme la vuelta, para poder coger el pijama.

-Estás pálida.

-Me encuentro bien, de verdad.

¿Para qué iba a contárselo? Sería inútil, no lo entendería. No podría entender el impacto físico que produce algo así. Un hombre al que le pase algo así, simplemente tendrá que abrocharse un par de botones más de la camisa, pero ¿una mujer? No poder llevar un escote, un bañador, sin que te taladren con la mirada, es algo casi inhumano. Una de las tantas discriminaciones que tenemos que sufrir.

Volví la cabeza para echar un rápido vistazo a mi cuerpo desnudo de nuevo. Sentía algo tremendamente extraño; como si aquella espalda, aquel pecho, aquella cicatriz, no fuesen míos. Como si perteneciesen a alguien desconocido, implantados en mí. Y pensar que me habían arrancado un trozo de pulmón era quizás lo más inquietante de la situación. Me encontraba hecha añicos, pedazos, retales. Como una muñeca rota.

En medio de la noche, mientras dormía, escuché unos ruidos procedentes del baño. No les di importancia. De repente, cesaron aquellos sonidos, y unos pasos silenciosos se acercaron a la cama. Sentí una suavísima presión en la frente. Indudablemente, unos labios. Abrí los ojos lentamente, para poder vislumbrar a la persona que me entregaba su cariño. Era Terry.

-¿Qué pasa?-dijo.- ¿Es que eres como la Bella Durmiente, que no se te puede dar un beso sin que te despiertes?

Pasé por alto su comentario. Observé, con mis ojos repletos de legañas, casi ciegos, que estaba vestido con ropa de calle. Palpe su brazo. Llevaba puesta la cazadora que solía llevar habitualmente.

-¿A dónde vas?-pregunté, con voz decaída.

-A dar una vuelta.

-¿A estas horas? ¿Estás loco?

-Tranquila, volveré.

Me extrañó su afirmación. No era un “volveré pronto”, ni un “volveré enseguida”, ni siquiera un “volveré tarde”; me estaba asegurando simplemente que volvería. Que volvería, me pregunté largo rato qué quería decir exactamente. ¿Era tan peligrosa la zona a la que iba? ¿Existía algún peligro escondido en la noche que pudiese amenazar su vida? El miedo, la angustia, estallaron en mi interior entonces. Extendí mis brazos, con el fin de poder agarrarlo y retenerlo en casa. Tomé su rostro con mis manos, sin siquiera abrir los ojos. Lo tomé con dulzura, pero en mi voz se notaba el pánico, y un tímido reproche:

-Quédate. No te vayas ahora.

Tantas veces que había tenido que dejarme, muy a su pesar, sola en la habitación del hospital, y aquella vez, en la que tenía la posibilidad de quedarse conmigo el resto de la noche, optó por contestarme, fríamente:

-No me esperes despierta.

Lo solté. Comprendí que no podía hacer nada ara que permaneciese allí. ¿Por qué aquellas repentinas ganas de irse? ¿Por qué quiso dejarme, con la mera compañía de aquel aparato horrible, que hacía un leve ruido cada vez que inspiraba, de la cicatriz, que latía, aprisionada entre todos los hilos que constituían su estructura? Escuché cerrarse la puerta de la habitación. Todo se quedó en silencio.

A la mañana siguiente, temprano, percibí claramente que Terry se encontraba a mi lado en la cama, como de costumbre, agarrándome por detrás, como si tuviese miedo de que fuera yo la que se marchara. Permanecí inmóvil. Quería aprovechar aquel momento. La tristeza se había apoderado de mí, haciendo que me estremeciese cada vez que desviaba la vista hacia aquel aparato. Luego miraba a Terry, que dormía profundamente, y tenía ganas de llorar. Un implacable frío se extendía por mi cuerpo, y sólo podía ser aplacado por aquellos brazos que me aprisionaban dulcemente. De repente, sentí que él, sin dejar de abrazarme, se incorporó ligeramente, acercando su boca a mi oído.

-Emily, ¿estás despierta?-susurró.

Me mantuve inmóvil. Tenía los ojos completamente abiertos, pero no me apetecía levantarme. Me atemorizaba tener que volver a ver aquella cicatriz, tener que volver a enfrentarme a la realidad. Tendría que hacerlo, tarde o temprano, pero necesitaba permanecer en la cama, entre los brazos de Terry, todo el tiempo que pudiese. Era costumbre suya preguntarme si estaba despierta cuando iba a levantarse. Aunque pareciese incoherente, me gustaba que lo hiciese. Sus palabras se introducían como caricias suaves en mi oído, cosquillas que me hacían sonreír, que me producían un placer tal, que todo mi ser vibraba tiernamente.

Al ver que no obtenía respuesta, me acarició el cabello con el dorso de la mano con mucha delicadeza, intentando no despertarme. Lo miré, sin mover la cabeza. Apenas pude verlo, por la oscuridad en la que la habitación estaba sumida, pero pude vislumbrar su rostro, con la suficiente claridad para saber que de él se trataba sin ningún tipo de duda. No pude saber cuál era su expresión, pero podría jurar que una lágrima de rabia contenida resbalaba dócilmente por una de sus mejillas.

Me soltó por completo para disponerse a levantarse de la cama. Me sentí desprotegida, y el frío volvió a apoderarse de mí, sin nada que lo paliase. En ese momento, le hablé:

-No te vayas.

Terry se dio la vuelta. Seguramente creyó que estaba hablando en sueños. Por eso, me incorporé. Quería poder mirarlo a los ojos, después de haberlos buscado entre toda aquella oscuridad. Me encorvé un poco, lo suficiente como para agarrarlo de una muñeca. Sin dejar de mirarme, se sentó en la cama, a mi lado. Apoyé mi cabeza en su hombro y lo agarré de un brazo, con el firme propósito de no dejarle marchar otra vez.

-Ayer llegaste tarde.-dije, sin mirarle en esta ocasión.- Prométeme que no volverás a hacerlo.

No dijo nada. Ladeó la cabeza, con el fin de poder verme. Supuse que me lo había prometido, pues el silencio otorga, pero aquel era tan desgarrador que parecía cortarme la respiración. Dudo que otorgara nada. Terry posó su otra mano en mi espalda, acariciándomela con una inimaginable ternura.

-¿Te pasa algo, Emily?-me preguntó.

-No…-respondí, levantando la cabeza, sin atreverme todavía a mirarlo.- Estoy bien… ¿Por qué no iba a estar bien?-murmuré, finalmente.

Aquel oscuro susurro se ocultó en medio de mi respiración profunda, y pudo pasar desapercibido por el oído de Terry. ¿Por qué no iba a estar bien? Eso era lo que yo me preguntaba. Estaba sana, en mi casa, con mi niña, con mi mejor amigo… ¿por qué esa melancolía, por qué ese dolor?... Se encontraba aquel daño tan, tan dentro que ningún bisturí hábil de ningún cirujano podría liberarme de él.

Me pasé fumando toda aquella tarde de sábado. Sin tregua alguna a mis pulmones enfermos. Dejó de importarme. Permanecí en la cornisa de la ventana con el pitillo en la mano, intentando ahogarme con el humo de mi soledad, hasta que me lo permitió el tiempo. ¿Qué había cambiado? Había deseado aquel momento durante meses, ¿por qué estaba llorando entonces? Estar al borde de la muerte me había dado tantísimo miedo, tantísima inseguridad. Antes de haberme operado, temía que me matase el cáncer; ahora, lo que temía era que la tristeza fuese la que acabase conmigo.

Terry se había pasado la tarde en el taller, ayudándole a Charlie con la contabilidad. Brevemente pude verlo por la mañana, y pude concentrarme, mientras desayunaba, en memorizar su sonrisa, para poder traerla a mi memoria cuando me encontrase mal. Todavía recuerdo todas las veces que, antes de irse, él me repitió que lo llamase al móvil si estaba enferma, o si estaba triste. ¿Había que tener tanto cuidado conmigo? ¿Acaso no podía retomar mi vida? Nada era lo mismo. Cada vez que tosía, que suspiraba, a toda la casa le daba un vuelco al corazón. ¡Cuantísimo pánico le notaba a Terry en la voz cada vez que me preguntaba cómo estaba! Lo peor que podría ocurrirle en aquel momento, era que yo volviese a caer enferma. Si eso pasara, se moriría. Se moriría de tristeza.

Cuando él llegó, todavía me encontraba fumando. En cuanto percibí que la puerta de la entrada se cerraba, en cuanto pude captar aquel sonido, me apresuré a apagar el pitillo ahogándolo en un vaso de agua que tenía en la mesita. Salía humo de él todavía, como si fuese su último resto de vida. Abrí la ventana del todo, con el fin de que no quedase allí el olor del tabaco, aunque iba a ser difícil. Bajé las escaleras y me introduje en la cocina. Terry se encontraba enfrente de la nevera, cogiendo una lata de cerveza. Me acerqué a él, a pesar de que no se había percatado de mi presencia. Dejé que dos de mis dedos pudiesen deslizarse muy suavemente por su mejilla, describiendo una trayectoria semejante a la que deja una lágrima. Terry se dio la vuelta, para cerciorarse de que era yo la que lo había acariciado. Sonreí al ver su sonrisa.

-Cada vez tienes las manos más frías, nena.-dijo.- Voy a tener que comprarte unos guantes.

-Siempre estás con lo mismo.-respondí, vertiendo el contenido del vaso en el fregadero.

-Es que es verdad. ¿No me lo negarás?

-No te lo niego.

Abrí el grifo, y comencé a lavar el vaso, moviendo enérgicamente la esponja. Terry me miraba, mientras bebía la cerveza.

-¿Qué tal el trabajo?-pregunté, sin ni siquiera mirarle.

-Como siempre.

-Hoy viniste más pronto.

-No quería volver a preocuparte.

Cerré súbitamente el grifo, al sentir cómo mi corazón comenzaba a golpear tan fuerte que podía sentirlo en la punta de los dedos. Intenté disimularlo mientras me secaba las manos.

-Vas a seguir siendo el centro de mi preocupación.-afirmé.- Si no es por una cosa, es por otra.

-Procuraré no serlo.

-Quiero que lo seas. Eso quiere decir que me importas.

Restregué el trapo contra mis manos con rapidez y fuerza. Aún así, el agua las había tornado álgidas como bloques de hielo. Se hizo el silencio, solamente interrumpido por mi respiración, que se había vuelto mucho más fuerte desde que me habían operado. En aquel momento, desconozco la razón, estaba respirando por la boca. Simplemente me pasaba así a veces; era como si no me llegase el aire. Terry lo notó enseguida y se acercó al fregadero.

-¿Estás bien?-preguntó.

Comprendí que lo decía por eso, pues, tras decirlo, se quedó quieto, escuchando.

-Sí, no te preocupes.-respondí, sonriendo levemente.

-¿Entonces es que te excita lavar los platos?-bromeó.

-Maricón.-gruñí.

El se rió, al ver mi indignación.

-Era una broma, no te pongas así.

-Pues vaya broma.-dije, fingiendo estar enfadada.

Me miró serio a los ojos, dejando a un lado las coñas.

-Todavía me parece mentira que podamos estar los dos aquí, cuando hace apenas unos días estuve temiendo durante horas no volver a oírte respirar.

-No me lo recuerdes.-interrumpí, al borde de las lágrimas.

Dejé que mis brazos enfundados en mi bata azul obrasen por sí solos y se aferrasen al cuello de Terry con fuerza. Él también me abrazó, pero sin ejercer ni la mitad de presión sobre mi cuerpo que la que yo ejercía sobre el suyo.

-Nunca más.-repetía.- Nunca más vamos a preocuparnos por eso. Ya me he puesto bien. Ya nunca más… Nunca más.-susurraba en su oído, junto a mi respiración, todavía más descontrolada que antes.- Nunca más, Terry.

Odiaba hablar sobre ello. Me esforzaba en olvidarlo, como si no hubiese pasado, pero ese recuerdo, el tacto de las sábanas de aquella cama, la voz de la doctora comunicándomelo, la primera y última lágrima que pude ver deslizarse por los ojos de Terry, la simple imagen de mi cicatriz reflejada en un espejo… Retornaban a mi mente, atormentándome, haciendo que volviese a revivir aquel calvario. Todos los días ocurría en mi mente, una y otra vez. Y yo rezaba que nunca más volvería a pasar.

Pasaron días, horas, minutos interminables encerrada en casa, por orden del médico. Aquella casa en la que tanto había anhelado estar, se convertía en mi prisión, en mi jaula, como si fuese una paloma herida a la que le resulta imposible poder alzar la voz para que alguien la salve. Miraba el teléfono cada poco. 0 llamadas, 0 mensajes. Si me hubiese muerto, nadie se habría percatado. Y yo continuaba recluida en mi nueva celda, fumando toda la tarde, disfrutando muy brevemente del cariño de los míos, dejando que mi interior se pudriese lentamente.

Recuerdo con fuerza un día concreto. Una mañana de miércoles. Tuve que levantarme temprano, a pesar de que podría gozar de la cama gracias a mi convalecencia, porque Amy tenía que madrugar para irse al colegio. No tendría que llevarla en coche, pues habían implantado un servicio de autobuses hacía poco, pero tendría que arreglarla a contrarreloj si no quería que lo perdiese. Iba ese día con un vestido azul celeste, unos zapatos negros y unas hebillas de Hello Kitty adornando su melena castaña. Cuando bajó a la cocina, después de haberse acicalado en el baño, se sentó en una silla, esperando el desayuno. No pude evitar, mientras sostenía con una mano el tazón que portaba su leche y lo dejaba en la mesa, besarla en una mejilla, acercándola más a mí con la otra mano.

-Estás preciosa, mi vida.-le dije.

Me giré hacia la encimera, para apoyarme en ella y esperar a que la niña terminase de comer. Entonces fue ella la que me habló, tímidamente:

-Mamá… ¿Te…? ¿Te han despedido?

La miré extrañada.

-Por supuesto que no. ¿Por qué lo preguntas?

-Es que… hace días que no vas al trabajo.

Me dirigí hacia la mesa y me senté en una silla a su lado. Quería estar cerca de ella para poder explicárselo.

-Mira, Amy, después de una operación no se puede ir a trabajar así de repente. Aunque me diesen el alta, tengo que pasarme una temporada descansando en casa. A eso se le llama estar convaleciente.

-Convaleciente…-repitió. Seguramente nunca había oído una palabra tan larga y difícil.

La mañana pasó lenta y dificultosamente. Tampoco moví un dedo aquel día, y si lo hubiese hecho, ¿qué cambiaría? Odiaba quedarme tan sola en casa. El mediodía no llegaba, y era uno de los pocos momentos del día en los que podría gozar de la compañía de mi hija y de Terry. A él no lo había visto en todo el día. Se había levantado pronto para ir a trabajar, y ni siquiera había percibido su partida. Sentí al despertarme como si hubiese dormido con un ser incorpóreo y etéreo que no deja ningún rastro al irse. Las sábanas estaban frías.

Llegó Amy un poco antes de lo previsto. Todavía no tenía la comida, y Terry no había dado ninguna muestra de vida en toda la mañana; probablemente no lo vería hasta caer la noche. Ella, que estaba realmente feliz, se sentó a la mesa mientras yo pelaba un par de patatas.

-¿Cómo es que llegas tan pronto?

-Es que tuvimos una conferencia a última hora y salimos antes.

-¿Y sobre qué era?

-Sobre donación de órganos. Lloré y todo.

-¡Cómo no ibas a llorar, criatura! Ya no sé cómo se les ocurre poneros esas cosas a niños tan pequeños.

-Aunque lo entendí. Hay gente muy, muy enferma que puede ser curada gracias a una persona muerta. Me recordó a ti.

-A mí no me donaron nada. A mí me extirparon, que no es lo mismo. Estoy sin un trocito de pulmón.

-¿Y por qué no te dan uno entero?

-Porque no me hace falta. Hay gente que los necesita muchísimo más que yo, que no pueden vivir si no se lo dan. ¿Eso no os lo dijeron?

-No, sólo nos dijeron que se los daban a gente que está muy malita.

Dejé de pelar la patata y la miré con ternura. Seguramente había advertido mi decaimiento de aquellos días, y quería ayudarme como fuese.

-Tú tuviste que sufrir tanto con mi enfermedad, mi vida, y aún por encima hablándoos de algo como eso, para hacerte sufrir todavía más.-dije, inconscientemente.

-Pero la gente así enferma se cura. Tú te curaste.

-Claro que sí, cariño. Y muchas de esas personas también.

La parte que Amy no sabía era lo mucho que había que luchar para curarse, todas las lágrimas, todo el sufrimiento, todo el coraje que se ha de sacar de la nada. Y, al mejorar, el impacto que causa despertarse sin una parte de tu cuerpo, sabiendo que el corazón que late dentro de ti no es el tuyo, teniendo que respirar por medio de una máquina, o, como en mi caso, con una enorme cicatriz que termina condicionándote para el resto de tu vida. Esa era la parte dura, pero ella no debía saberla. No por ahora.

-Por cierto, mamá,-exclamó Amy.- ¿podría quedar esta tarde con Violet?

-¿Quién es Violet?

-Una amiga mía, va en mi clase. ¿Me dejas, mami? Por favor.

-¿Tienes deberes?

-Unas cuentas de mate.

-Nos ponemos a ello después de comer, entonces, y después la llamas.

-¿Puedo llamarla ahora? Para decirle la hora.

-Mientras haces los deberes, la llamo yo, y luego voy a ayudarte para que los hagas antes. No te preocupes por eso.

Dicho y hecho; al acabar de almorzar, ella se fue a su habitación y yo me dirigí al teléfono, con el papel estampado de florecillas que tenía el número de teléfono de Violet apuntado. La llamé. Enseguida cogieron. Era la voz de una mujer.

-¿Diga?

-Disculpe… ¿Esta es la clase de Violet?

-¿Quién llama?-preguntó, desconfiada, mi interlocutora.

-Soy la madre de Amy, de una de sus compañeras de clase. Iban a quedar hoy por la tarde.

-¡Ah, Amy! ¡Es cierto! Acaba de comentármelo Violet. Lo siento.

-¿Por?

-Por ser grosera con usted, mujer. No era mi intención.

Se hizo el silencio un momento. Aquella mujer estaba intentando quedar bien, se le notaba en la voz.

-¿A qué hora le viene bien?-preguntó.

-¿Le parece a las cinco?

-Perfecto. Le diré a la institutriz de Violet que no venga hoy y listo, que por un día que quedan tampoco pasa nada.

Supongo que eso lo había dicho para presumir del dinero que tenía en su cuenta corriente. Yo, que cuando era pequeña, había pasado tantas noches en vela, desde pequeña, haciendo deberes e intentando comprender las lecciones por mí misma, pues mi pobre madre no podía pagarnos un profesor particular, y Violet tenía una institutriz, cuando todavía apenas sabían leer, por cortesía de aquella riquísima señora.

-La voy a buscar con el coche y se viene a mi casa.-prosiguió.- Así podrá usted descansar un poco ahora por la tarde.

-Por mí bien.

Nos despedimos y colgué lo más rápido que pude. Seguramente aquella mojigata querría seguir de rollo, según sugerían sus continuas interrupciones cuando yo hablaba, pero pude cortarla a tiempo.

Cuando dieron las 4 y media, Amy ya estaba nerviosa. Temía no caerle bien a la madre de Violet, pasarlo mal, o enfadarse con su amiga. En eso nos parecíamos, las dos somos bastante pesimistas. Me mantuve tranquilizándola un buen rato, mientras metía en su pequeño bolsito las cosas que quería llevar.

-Brillo de labios, la libreta de Barbie, los lápices de colores, los bolis con purpurina, las cartas de olor…-repetía una y otra vez mientras remiraba dentro del bolso.- ¿Me falta algo, mamá?

-Mete el medicamento por si acaso, cielo.

-Está en la mochila, ¿no?

-Claro, como siempre.

Corrió hacia el rincón de la habitación donde estaba y sacó de un bolsillo de la misma el ventolín, para, posteriormente, guardarlo.

-Amy, cálmate.-le dije, al ver que hasta le salían coloretes de la tensión.- Tampoco vas a ver al rey.

-Lo sé, pero no quiero que me queden las cosas en casa.

Entorné los ojos hacia arriba y suspiré. Mientras la niña volvía a revisar sus cosas, me fijé que en una esquina, tirada, se encontraba Sally, mi preciosa muñequita. Me acerqué a ella y la tomé en brazos. Estaba tan destrozada y frágil, tan corroída por los años. La miré con una grandísima ternura, como si intentase aliviar su dolor inexistente.

-Cariño, te olvidas a Sally.-le recordé.

-No me la olvido, mamá. No la voy a llevar.

Me extrañé. Amy nunca se separaba de Sally, a veces, ni siquiera para ir al colegio. Desvié la mirada de la muñeca y clavé los ojos en ella.

-¿Por qué no?-pregunté, con algo de reproche.

-Violet tiene muchas barbies. No tengo por qué llevarla.

No pude responder. Una congoja intensa atenazaba mi garganta y me impedía articular sonido alguno. Para mí, aquel juguete era mi única válvula de escape, no la abandonaría por nada, y para mi niña, en cambio, era… ¿Un estorbo? De repente, escuché que golpeaban la puerta principal, a pesar de tener timbre, de cuya existencia parecieron percatarse un rato más tarde, y lo presionaron.

-¡Son ellas!-gritó Amy nerviosa, saliendo de la habitación.

Dejé a Sally sobre la cama, con muchísima ternura. Exhalé un hondo suspiro, que parecía haber hecho temblar aquel cuerpecito inanimado. Su melena de lana amarilla cayó dulcemente sobre las sábanas, y sus ojos negros parecían mirarme con agradecimiento por non olvidarme de ella, con su sonrisa perpetua, que no se borraba por nada. Sentí que algo me oprimía fuertemente el corazón.

-¡Mamá, baja!

-Ya voy.

Lo hice, simplemente para intentar no preocupar a Amy. Aún así, su rostro mudó cuando me vio.

-¿Estás bien, mami?

-Sí, cielo, lo que pasa es que me encuentro un poco cansada.

Sonreí levemente, para que dejase de temer por mí. Ella también sonrió. Al oír que el timbre volvía a sonar, comenzó a peinarse con los dedos y a arreglarse el vestido. Abrí la puerta. Esperando a que les abriese estaban una niña, de la edad de Amy, muy bien vestida, con muchos bucles en su melena rubia; y una mujer, de unos 30 años, con mucho carmín sobre los labios, ataviada con un traje de chaqueta y falda que parecía ser de marca. Me miró de arriba abajo. Acto seguido, sonrió forzadamente.

-Hola, soy la madre de Violet, ¿ya se imagina, no? Veníamos a recoger a Amy.

Yo también sonreí sin ganas.

-La voy a recoger yo, si eso.-propuse.

-¡No, mamá! Estás “conveleciente”, tienes que descansar.

-Se dice “convaleciente”, cariño.-susurré, y añadí, recuperando mi tono de voz normal:- Además, puedo ir igual, que no me va a pasar nada.

La otra mujer me miró con sorpresa.

-¿Convaleciente? ¿Qué le ha pasado?

Estaba a punto de no contestarle, pero quise escupírselo:

-Cáncer.

-Lo siento muchísimo, no… no sabía…

-No es nada, ya me he puesto bien.

Supongo que le hice sentirse violenta, mas no me importó en absoluto. ¿Por qué había de ocultarlo? Era absurdo; sus secuelas acabarían revelando el misterio. Se hizo un silencio sepulcral, que opté por romper:

-Bueno, ¿a las 7 voy, entonces?

-Sí, sí, a la hora que mejor le venga.

-A las 7 está bien.-repetí.

-Vale, ¿le digo la dirección?

-Me la escribe en un papel y no hay problema.

Sacó entonces una libreta de su bolso negro en el que estaban plasmadas las iniciales de Victorio y Luccino, en ella anotó la susodicha dirección para después entregármela. La guardé en un bolsillo de la sudadera. Me despedí de esa mujer, además de las niñas.

-¡Pásalo bien!-le grité a Amy antes de que se metiese en el coche.

En cuanto pude, cerré la puerta. Volví a quedarme sola. Tendría que esperar dos horas para estar de nuevo acompañada, si es que la niña no se me hacía la remolona y me obligase a quedarme un rato charlando con aquella urraca.

Había revelado mi secreto a alguien que ni siquiera conocía. Supongo que era porque ya estaba cansada, cansada de seguir negándolo, negándomelo a mí misma. Un juguete que está roto, por mucho que se le cosa, seguirá estando roto, y nada podrá cambiarlo. Ya no, era algo inevitable. Y eso era yo, una muñeca rota. Y a una muñeca rota no se le trata igual que a las demás: se tiene que tener mucho más cuidado con ella, para que no se vuelva a romper. ¿Es una ventaja? Sólo por una parte. Si estás rota corres el riesgo de ser rechazada, o simplemente tu rotura se convierte en un tabú, y la gente intenta hacer que no existe, como era el caso de Terry. Pero existe, y está ahí, y eso lo cambia todo, modifica la existencia de quién la padece. No hay que sufrir por ello; sólo hay que asumirlo, y hacerlo cuesta lágrimas. Es angustioso y difícil cambiar una “cicatriz horrible” por una “cicatriz bonita”. Me costó muchísimo tiempo hacerlo, lo reconozco. Minutos, horas, días. Pero vale la pena.

Todavía recuerdo aquel día, cuando Terry llegó a casa.

-¿Cómo estás, mi linda?-preguntó.

-Bien.-respondí.

No era del todo cierto, pero no quería hacerle daño. Lloré mucho aquella tarde, pensando en la muñeca, en mí, en todo. No me acuerdo de qué hablamos, pero sí que en un momento de la conversación, él acercó una de sus manos a mi cicatriz y la acarició. Deslizó sus dedos amorosamente por ella, de arriba abajo, recorriéndola, catándola.

-Qué bella es.-susurró.

Esas palabras se quedaron grabadas para siempre en mi memoria. Limpiaron todas mis lágrimas e hicieron que en mi rostro apareciese una sonrisa, blanca y sincera. Para él, que me hubiese curado era un milagro, y también lo sería para mí. El alma descuartizada de la muñeca rota comenzaba a recomponerse.

miércoles, 22 de julio de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo IX- Reabrir mi corazón


Pasó un año de aquello. Josh y yo vivíamos felices en nuestra casita, como si fuésemos personajes de un cuento de hadas que parecía no tener fin.

Una noche, mientras yo estaba acostada, leyendo, si no me equivoco, un libro sobre nazis o no sé qué historia, y fumando un pito. Josh se sentó en una esquinita de la cama, a mi lado, y me dijo:

-Emily, tengo que hablar muy seriamente contigo.

Me alarmé. No me gustaba la expresión “hablar muy seriamente”. Casi siempre traía consigo desgracias.

-¿Qué pasa, Josh?-pregunté, preocupada, dejando el libro en la mesita de noche.

-Verás… Llevamos ya mucho tiempo juntos y… Como todo ser humano, tengo la necesidad de… Ya sabes, de crear descendencia… Ignoro si has superado lo de Jimmy y John, pero como creo que sí lo has hecho, te pregunto: Emily, ¿quieres que tengamos un hijo?

Realmente no me esperaba eso. ¿Un hijo? ¿Otro hijo? ¿Yo? Me quedé en blanco unos segundos, hasta que pude llegar a decir, titubeante:

-No… No sé si…

-Emily, serás una madre inmejorable, y lo sabes.- contradijo Josh- Que el padre no fuese el indicado, no significa que fuera culpa tuya, te lo digo siempre.

Lo pensé detenidamente. Quizás sí era hora de tener otro bebé, de empezar de cero. No sabía qué contestarle, tuve miedo. En cuanto miré los ojos de Josh, supe que tenía muchísimas gana de tener un hijo, un portador de sus genes, por lo que le dije, aunque no muy segura, mientras apagaba el pitillo en un cenicero:

-De acuerdo. Tengámoslo.

Estaba convencida de que no habría mejor padre que Josh, convencidísima. Por lo tanto, nos pusimos, como se suele decir, manos a la obra. Por primera vez en mi vida iba a tener un hijo conscientemente, es decir, sin sorpresas, sin llantos, sin angustias. Un hijo querido y esperado. En cuanto acabamos, recosté la cabeza en la almohada, invadida por el placer, mientras Josh, que estaba a mi lado, acariciaba mi vientre mientras decía:

-Ahora dejemos que la naturaleza haga lo suyo.

Sonreí. Estaba algo asustada, es decir, no era fácil pensar que iba a tener a otro niño creciendo dentro de mí, no era fácil pensar que volvería a ser madre otra vez. Recapitulé mentalmente todo lo que había hecho con mis otros hijos, para que no volviese a suceder. ¿Realmente estaba preparada para hacerlo, para reabrir mi corazón, para reabrírselo a otro niño? Me costó mucho quedarme dormida.

Durante unos meses, no dejaba de ir al médico, y siempre su respuesta a la pregunta de si iba a concebir otro hijo era un rotundo no que a Josh le taladraba las entrañas. Lo intentamos, y Dios sabe que lo intentamos varias veces, pero no había forma. Un día, me detuve a hablarlo con Josh, mientras fumaba cigarro tras cigarro con avidez.

-¡No hay forma!-repetía él una y otra vez llevándose las manos a la cabeza.- ¡No sé qué está pasando!

-Algo está yendo mal, eso fijo.-sentencié.

-¡Pero lo hemos probado todo! ¿¡Qué nos está pasando, Emily!?

-Josh, creo que lo mejor sería que fuésemos a hacer unos análisis por si acaso. Imagínate que el parto de los gemelos me ha hecho algo, no sé, o…

-O quizás el problema sea yo.-dijo entonces él, muy serio.

-Hazme caso, Josh.-le dije, acariciándole la cara.-Es lo más sensato.

Me asombró oírme hablar a mí misma sobre sensatez, yo, que siempre fui la impulsiva. Josh me miró a los ojos. Estaba a punto de llorar.

-Está bien, Emily. Por los dos.

-Por los dos.-repetí.

Así lo hicimos. Un especialista nos tomó muestras de sangre y orina. Al cabo de una semana, en la que Josh no levantó cabeza, llegaron los resultados. Mientras estábamos en la sala de espera, sentí cómo me cogía de la mano y me la apretaba hasta hacerme daño. Nunca lo había visto tan nervioso, por lo que no se lo impedí. En cuanto nos llamaron, sentí que comenzaba a temblar. El médico nos hizo sentar en las sillas que había enfrente de su escritorio y dijo, mirando detenidamente unos papeles que sostenía en las manos:

-Señorita Gray, según estas pruebas, usted no presenta ningún tipo de anomalía que le impida tener hijos. De hecho, según consta en los archivos, ha dado a luz una vez, a un pequeño llamado Jimmy, ¿me equivoco?

-No.-murmuré bajando la cabeza.

Me molestó que comenzase a tocar el tema de mis hijos. Aún así, ¿cómo iba a ocultarlo, teniéndolo tatuado en mi piel e inscrito permanentemente en lo más profundo de mi corazón? Y lo peor era que no había nombrado a John, básicamente, porque gracias a las mariconadas que había hecho Robert de venderlo y cambiar su identidad. A pesar de haber notado mi abatimiento, el médico prosiguió fríamente, todavía muy serio.

-Es perfectamente evidente que el problema es de él. Lo siento, señor Sidle, pero usted es estéril. De ninguna manera podría concebir.

Josh se quedó completamente perplejo, eso lo noté yo. Creo que no le habría hecho tanto daño ni aunque lo matase a hostias. Salimos de la consulta poco después de saberlo. Él no habló en todo el camino, pero, en cuanto llegamos a casa, se cubrió la cara con las manos y gritó:

-¡Mierda de vida!

Yo, que aún estaba en la puerta, entré y la cerré en el acto. Me acerqué a Josh por detrás y lo abracé muy fuerte.

-Josh, no te preocupes.

-¡¿Cómo no me voy a preocupar?! ¡Soy un ser inservible! ¡No podré darte un hijo!

Evidentemente, todo lo que estaba diciendo era fruto de su tristeza. Ese no parecía ser el Josh científico y calculador que se tomaba todo con filosofía, no. Estaba viendo a un Josh completamente destrozado. Entonces, lo cogí por los hombros y lo giré para que me mirase a los ojos.

-No está todo perdido.-dije- Todavía podemos tenerlos.

-¿Cómo?

-Adoptando. ¿No te das cuenta? Esos niños quieren padres que los quieran y nosotros queremos hijos a quien querer. Me encantaría hacerlo.

-No sé, Emily…-dijo, no muy convencido.

-No sabes por qué han pasado esos niños. Deben estar hartos de sufrir, y yo también lo estoy. Venga, Josh. Ayudémosles.

-Está bien.-dijo, después de estarlo pensando un buen rato, sin apartar su mirada de la mía.- Lo haremos.

Lo abracé con toda mi alma. Había estado pensando en adoptar en el coche. Eso era lo que hacían los padres que no podían tener hijos: adoptar. Esa misma noche quedé con Terry para tomar una copa en nuestro bar habitual: “El Templo de la Salsa”. Él ya estaba al tanto de todo el rollo del intento de suicidio, así que no quiso tocar el tema. Alabó mi tatuaje, eso sí, que lo acababa de descubrir, pues se veía a la perfección con el top rojo abierto por la espalda que llevaba. Estuvimos hablando horas, y, por supuesto, le conté lo de la adopción.

-Mañana iremos al orfanato “Holly Ghost” para que la asistente social nos evalúe y nos presente a los niños.-le dije, tomando de vez en cuando un trago de cubalibre o dándole una calada al pitillo.-Estoy nerviosísima. Tengo miedo de que no me lo den por el tema de Jimmy y eso.

Terry se quedó muy serio, entonces afirmó, mientras se desabrochaba algo del cuello:

-Eso no pasará.

Entonces, sostuvo en sus manos el collar que se había quitado. Era un collar con la cadena de plata. En el centro, como si fuese una espada, colgaba un diente de tiburón.

-Es mi amuleto. El diente de tiburón simboliza la fuerza. No es que crea mucho en estas cosas, pero me lo había regalado mi madre y significa mucho para mí. Me gustaría que te lo quedases.

-¿Estás loco? No, me niego. ¡Te lo ha dado tu madre, no te quitaré una cosa así!

-No me lo estás quitando, te lo estoy dando yo. Quédatelo.

Por mucho que le decía que no, Terry era mucho más insistente que yo. Acabó por cogerme de la muñeca y metérmelo en la mano.

-Toma.-reiteró.

Acabé por cogerlo. Era un colgante precioso, pero me sabía mal aceptárselo, pues era de su madre y yo sabía mejor que nadie que la echaba de menos. Aún así, me lo puse.

-Te dará suerte.-dijo.

-Muchas gracias, Terry.

-De nada.

En ese momento, sonó mi canción favorita y lo saqué a bailar. Parecía que el ritmo fluía por mis venas. Me lo pasé genial esa noche, y apuesto a que Terry también. Aún así, nos fuimos pronto del bar. Tenía que descansar.

Al día siguiente, por la mañana, Josh y yo nos encaminamos al orfanato. Yo me vestí de traje, que consistía en una falda y una chaqueta, y me recogí el pelo en una coleta. Debía estar perfecta para la entrevista. Por supuesto, en mi cuello, estaba el collar de Terry, faltaría más. Necesitaría mucha suerte para que me aceptaran.

El orfanato era grande pero parecía caerse a cachos. Estaba pintado de marrón rojizo, y tenía un enorme reloj a lo alto. En la puerta estaba la asistente social.

-Buenos días, señor Sidle.-dijo, estrechándole la mano a Josh, y luego añadió, haciendo lo mismo conmigo.-Señora Gray. ¿Les parece que comencemos con la entrevista?

-Sí, por qué no.-respondió Josh.

Entramos. Los niños estaban en el recreo. Mientras aquella mujer interrogaba a Josh mientras miraba unos informes, yo contemplaba por la ventana del despacho cómo aquellos preciosos pequeños jugaban inocentes. Me fijé en uno, en uno en concreto. Era de piel color café, con el pelo corto, ricito y negro como el petróleo. Los ojitos eran color miel, los reconocí perfectamente. Estaba en una esquinita, sentado, apartado de todos. Cuando yo era pequeña, también hacía lo mismo. Eso era una mala señal. Indicaba que algo en su vida estaba fallando. De repente, la agente social, que no había dejado de mirarme de reojo en ningún instante, nos dijo:

-Me gustaría que viesen los dibujos que han hecho los niños. Verán qué monada.

Nos llevó a varias clases, diciéndonos quién lo había pintado, cuántos años tenía y enseñándonoslo en fotos que llevaba ella en una carpeta. De repente, en un aula, vi encima de un pupitre un dibujo. No tenía firma. En él, se veía a un hombre blanco desfigurado apuñalando a una mujer negra. Abundaba el color rojo, en pinceladas hechas con golpes secos y temblorosos, llenas de miedo y angustia. No pude evitar imaginármelo, imaginar cómo aquel desalmado mataba a puñalada limpia a la mujer, indefensa. Comencé a sentirme mal. Relacioné directamente ese dibujo con el asesinato de mi madre. Me apresuré a ir al baño, corriendo y tapándome la boca.

-¡Emily!-gritó Josh en cuanto vio que huía.

Allí en el baño vomité lo que quise. Cuando volví a la clase, la agente social me miró con recelo y preguntó:

-¿Se encuentra bien, señora?

-S…Sí.-respondí, todavía temblando- Creo que el almuerzo me sentó mal.

-Entiendo…

-Y… ¿Podría decirme una cosa? -me atreví a decirle.

-Pregunte lo que quiera.

-¿Quién pintó ese dibujo?

Lo señalé con el dedo. Josh se horrorizó al verlo, aunque no tanto como yo, claro. La asistente, en cambio, se mostró muy serena.

-Ah, ¿ese? Lo pintó Adrien Meltzler. Tiene 10 años, vino el año pasado.

-Algo tuvo que pasarle para que pintara eso.-repuse.

-Pobrecillo. Es porque su padre mató a su madre y luego se suicidó, por la noche, mientras él estaba en la cama. Se despertó al oír el jaleo y, evidentemente, lo vio todo.

El corazón me golpeaba en el pecho como si no tuviese sitio. Era inevitable pensar en el trauma que tendría, casi tan grande como el de mis hermanos, o el mío. Me resultaba imposible pensar en las similitudes que tenía con él emocionalmente hablando.

-Esperen,-dijo la asistente rebuscando en su carpeta.- Creo que tengo aquí una foto suya.

Nos la enseñó. Casi me desmayo, lo puedo asegurar. Era el niño que había visto por la ventana, sin duda alguna. Estaba visto que estaba predestinada a ayudarle. En cuanto Josh y yo volvimos a casa, se lo conté.

-Josh, ese pequeño me necesita. ¡Me necesita de veras!

-Ni siquiera te fijaste en los otros chavales. Puede que nos necesiten más que él.

-Lo dudo. Por un momento llegué a sentir lo que él sintió y ver lo que él vio a través de aquella pintura. Nunca me había pasado.

-Lo relacionas con lo que te ha pasado a ti, eso es todo.

-Y justo por eso quiero a ese niño. Nunca te pido nada, Josh. Accedí a tener un hijo porque tú me lo rogaste. Lo necesito. En cuanto lo vi por primera vez volví a sentir ese instinto maternal que tuve con mis hijos biológicos.

Josh se lo pensó un rato. Comencé a ponerme muy nerviosa, tanto que hasta me vino el mono del tabaco, que lo había sabido controlar todo el día.

-De acuerdo, Emily. Tienes razón, os necesitáis uno al otro, y eso se nota. Si nos conceden el derecho a adoptarlo, lo haremos.

Lo abracé con todas mis fuerzas, mientras dejaba que las lágrimas de felicidad se deslizasen por mi rostro con total libertad. Ardía en deseos de volver a ver a Adrien y darle aquello que tan desesperadamente necesitaba: amor.

Días después nos llegó una carta. Buenas noticias, muy buenas. Nos concedieron el derecho a adopción. En cuanto lo oí de los labios de Josh, que era quien la había abierto, me harté de besar el collar de Terry una y otra vez. Luego lo llamé por teléfono para darle la noticia. También llamé a mis hermanos, que casi lloran de emoción cuando se enteraron de que iban a ser tíos por 2ª vez. Josh, Terry y yo nos fuimos de copas por la noche para celebrarlo. Lo peor fue la resaca del día siguiente, pero valió la pena.

Estuvimos varios días teniendo encuentros esporádicos con el pequeño Adrien, es decir, haciendo salidas al campo, al parque, y un largo etcétera, para conocernos mejor. Creo que le caí bien desde la primera vez que me vio, pues a los pocos días de vernos ya me llamaba “mamá” con toda naturalidad. Eso me calentaba el corazón.

Pasamos un mes así, hasta que pudimos llevárnoslo a casa. Lo encontré muy nervioso y un tanto asustado. Mientras le ayudaba a hacer la maleta me preguntaba, con aquella vocecilla de ángel:

-¿Cómo es la casa, mamá? ¿Es grande?

-Sí, cielo, es grande.-respondí- Y tiene un jardín muy bonito lleno de flores y árboles. Ya lo verás.

-¿Y tiene piso de arriba?

-Claro. En el piso de arriba están las habitaciones.

-No me gustan los pisos de arriba.-musitó.

En cuanto hubimos hecho las maletas, bajamos a la recepción, donde nos esperaba Josh jugueteando con las llaves del coche.

-Ya estamos listos.-dije, cogiendo la maleta más pesada con una mano y cogiendo a Adrien por la muñeca con la otra.

-Bueno, pues vamos al coche y nos largamos de aquí.

Así lo hicimos. En cuanto llegamos a casa, noté como Adrien se impresionaba. La miraba con ojitos ilusionados, intentando cerciorarse de que aquella casa grande y bonita era su nuevo hogar. Josh y yo lo ayudamos a instalarse en su cuarto, el que habíamos pintado y arreglado para él. Pronto se hizo de noche. Vimos una película, reímos, cenamos una pizza riquísima y luego acostamos a Adrien. Me pareció que algo lo había horrorizado en cuanto se metió en la cama, pero intenté no darle importancia. Lo arropé y Josh y yo le dimos cada uno un besito de buenas noches. Lo vi muy complacido, seguramente añoraba aquellos besos paternales llenos de ternura que seguramente sus verdaderos padres le habrían dado.

Josh y yo nos fuimos a la cama un poco más tarde. Él estaba cansado y un poco deprimido porque al día siguiente tendría que ir a trabajar. Yo me quedé dormida enseguida, pues estaba agotadísima. Pero aproximadamente a la una de la madrugada, sentí como si golpeasen mi hombro muy despacio.

-Mamá…

Era la voz de Adrien. Abrí los ojos lentamente y giré la cabeza. Efectivamente, el pequeño estaba allí de pie detrás de mí, muerto de miedo.

-¿Te pasa algo, cielo?-murmuré.

-¿Puedo dormir contigo?

-Claro que sí. Acuéstate aquí.

Le hice un sitio en la esquina de la cama. Me giré para estar enfrente de él y poder mirarle a los ojos. Estaba a punto de llorar.

-Es normal que estés algo asustado.-le dije, acariciándole el pelo- Es tu primera noche aquí, pero ya verás como mañana estás mucho mejor.

Él permanecía a mi lado sin inmutarse. Miraba a Josh, me miraba a mí y sentía como temblaba entre mis dedos.

-Tengo miedo porque si me duermo pasan cosas malas.-murmuró.

Entonces lo comprendí. Cuando había pasado el desafortunado incidente de sus padres, él estaba dormido. Me estremeció la simple idea de que Josh pudiese hacerme algo semejante. Es más, desde que mi madre murió me pregunto por qué algunos maridos hacen eso, ¿por qué acceden a dar el “sí quiero” si se va a convertir en un “no te quiero”? La imagen que más se repetía en mi adolescencia resurgía en mi mente arrasando todo buen pensamiento a su paso. Lo peor es que mi padre no solo pegaba a mi madre, si no que nos tiene pegado a mis hermanos y a mí; alguna vez tengo estado en el suelo encharcada de sangre retorciéndome de dolor. Si nos odiaba, si de verdad nos odiaba tanto, que nos hubiese dejado en paz y que se hubiese ido. Pero bueno, dejémoslo estar. Ya no tengo por qué pensar en él.

Observaba cómo Adrien me miraba con aquellos ojos repletos de terror. Me acerqué un poquito más a él, llegando a sentir su agitada respiración, y le dije, en voz baja y con mucha ternura:

-No va a pasarme nada malo, cielo. No vas a pasar otra vez por ese calvario. Yo te protegeré.

Mis palabras debieron tranquilizarse, pues se quedó dormido al poco rato. Miré a Josh de reojo. Era completamente imposible que él llegase a hacerme eso. Era incapaz. Intenté dejar de comerme la cabeza con mis oscuros pensamientos y cerré los ojos. Ahora era yo la que temblaba. No sé cómo fue el quedarme dormida.

lunes, 20 de julio de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo VIII- Tres Puñales


Desesperación. Ese era el amargo nombre del sentimiento que pugnaba por hondar en mí. No tenía fuerzas para luchar y a veces llegaba a automutilarme, gozando al ver derramada mi propia sangre, o simplemente me echaba a llorar encima de la cama, hundiendo la cara en la almohada, intentando dejarme sin aire. Sentía como si fuese el ser más repugnante y cruel del mundo. Todo esto porque estaba convencidísima de que yo había matado, aunque fuese indirectamente, a mi madre y a mi hijo Jimmy.

Josh comenzaba a inquietarse. Los cortes en mis brazos y el mis manos eran abundantes y parecía haber más y más cada día. Apenas hablaba, no comía, no dormía. A veces, hasta sentía los labios fríos, como si la sangre dejase de transitar por ellos. Josh acabó recetándome un antidepresivo y un somnífero. Al dormir mejor, decía, comenzaría a recuperar el apetito poco a poco y, con ello, el humor y las ganas de vivir. Pero, si él no se daba cuenta, pasaba de tomar nada. Aunque había momentos en los que parecía faltarme el aire, o me ponía de los nervios, a gritar, o simplemente comenzaba a sufrir unos dolores en la cabeza, o a veces en el pecho, insoportables, y eso sólo los antidepresivos podían calmármelos.

Me pasé días así. Muchos días. Josh me planteó varias veces el ingresarme en el hospital y que pudiesen administrarme fármacos más potentes, pero lo único que obtenía por respuesta era un no rotundo, acompañado de un débil “estoy bien”. Eran unas de las pocas cosas que decía en todo el día.

Hasta que un día mi pompa de depresión y angustia acabó explotando, y sucedió lo que nunca pensé que llegaría a sucederme. Era por la tarde, más o menos a las 7 u 8. El cielo ya estaba oscuro, salpicado por pequeñas estrellas que semejaban diamantes. Estaba mirando por la ventana. No era capaz de llorar, pero sentía una tensión horrible. Parecía que se me hubiesen agotado las lágrimas. Josh me abrazó por detrás y me besó el cuello. No me inmuté. Tampoco dije ni palabra. Permanecí allí, muy quieta, observando la inmensidad del firmamento.

-Voy un momento al supermercado. Volveré en un santiamén.

Volvió a besarme. Yo no aparté la vista del cielo, por lo que Josh se fue, resignado. Pude oír claramente cómo se cerraba la puerta principal. Estuve largo rato en la ventana. No pude evitar permitir que me invadiesen los recuerdos, recuerdos desgarradores. Comencé entonces a escuchar voces… Voces que conocía perfectamente.

-¡¡Así que te escapaste por él de casa! ¿Eh? ¡Veo que no eres tan gilipollas como creía! ¿¡Pues sabes lo que te digo!? ¿¡Sabes lo que te digo!? ¡¡Que ya no te vas a escapar por él nunca más!!

-¡¡Que la puta de Emily no hace más que dar problemas!! ¡¡Atrévete a defenderla ahora!!

-¡¡Has matado a mi hijo!! ¡¡A mi hijo!!

-¡¡Suéltame, por favor!!

-¡¡Puta insolente!!

Todos aquellos sonidos se clavaban en mi cabeza cual si fuesen dagas ardientes. Me oprimía las sienes, intentando no seguir oyéndolos, pero todavía los oía más fuerte y mezclándose unos con los otros. Me fui, como pude, al baño, casi arrastrándome por el suelo. Un dolor inaguantable surgió de mi pecho, mientras seguía oyendo todos aquellos gritos, aquellos llantos. Me agarré al lavabo y cogí del mueble que se disfrazaba de espejo, alzándose ante mí, las pastillas que Josh me había recetado. Sin pensarlo demasiado, volqué unas cuantas en mi mano, que me temblaba, y me las tomé. Todas y casi sin masticar. A pesar de eso, el dolor seguía persistiendo, extendiéndose por los brazos. Volqué otras cuantas pastillas y también me las tomé. Pero ni todo eso me calmaba, ni hacía callar todas aquellas voces horribles:

-¡Las mujeres sólo servís para limpiar y parir!

-Es por tu madre. Tu padre la… la ha…

-¡¡No puede ser!!

-¡¡Ya no te vas a escapar por él nunca más!!

-Esto no me puede estar pasando.

-¡¡Has matado a mi hijo!!

-¡¡Atrévete a defenderla!!

-¡Asesino!

-¡Suéltame! ¡No! ¡¡No!!

-Ni tus hermanos ni tú vais a decir nada, ¿entendido?

Cuando me di cuenta, el botecillo de pastillas estaba completamente vacío. Lo dejé caer en el suelo, escandalizada. Me tapé la boca con las manos y me eché a llorar desconsoladamente. Poco tiempo estuve así, pues el efecto de los antidepresivos fue rápido, y pronto caí en el suelo, semiinconsciente, sangrando por la nariz. No era capaz de respirar, mi débil aliento parecía desvanecerse. Comencé a temblar, como si se congelasen cada una de mis venas. En mi cabeza todavía residían pensamientos evanescentes que nacían y morían en los rincones más inhóspitos de mi mente como si fuesen lenguas de fuego sofocadas por un frío helador. De repente, oigo una voz, como si se produjese muy lejos de mí.

-¡Emily!

Sentí como si alguien me tomase en brazos, sin levantarme del suelo, y me apartase el pelo de la cara. Aunque mi visión no era del todo precisa, logré distinguir a una persona: Josh.

-¡Emily! ¡Qué has hecho!

No pude responder. Era como si mi boca no albergase saliva y fuese incapaz de articular sonido alguno.

-¿Me escuchas? ¡¿Me escuchas?! ¡Si me escuchas, asiente! ¿De acuerdo?

Asentí débilmente, sin apenas mover la cabeza. Josh se percató enseguida de que había tomado las pastillas, al ver el envase en el suelo.

-¿¡Cuántas te has tomado!?

Su voz me sonaba distorsionada, pero noté enseguida su notable preocupación. Seguí siendo incapaz de hablar, por lo que Josh se apresuró a coger el móvil y llamar a urgencias:

-Oiga, necesito que manden una ambulancia enseguida. Tienen que atender con urgencia a una mujer en estado de shock. Tiene el pulso muy irregular. Dense prisa, por amor de Dios.

Dicho esto, y sin dejar de agarrarme ni un solo momento, colgó el teléfono y volvió a hablarme.

-Emily, tranquila. No va a pasarte nada.-dicho esto, colocó una de sus manos en mi pecho y añadió- Respira. Eso es. Respira.

A veces, por mucho que lo intentase, no era capaz de coger aire. El simple hecho de inspirar me causaba un dolor muy fuerte en las costillas, pero Josh insistía:

-¡No dejes de respirar! ¡Emily, no dejes de respirar!

A pesar de parecerme casi imposible, una frase salió de mis labios sin vida:

-Déjame morir.

-¡No, Emily, no morirás! ¡Pongo a Dios por testigo de que no permitiré que te mueras!

Josh seguía ordenándome que respirase, pero mi respiración comenzó a hacerse costosa y pesada. Pude sentir cómo sus lágrimas ardientes caían sobre mi piel como si fuesen gotas de agua cayendo sobre una flor marchita. Dejé de ejercer control sobre mi cuerpo. Notaba cómo la vista se me nublaba. El dolor insoportable que albergaba mi pecho se iba disipando muy lentamente. Todos los sonidos se distorsionaron y se fundieron unos con otros, aunque podía oír con toda claridad los latidos lentos y débiles de mi ya cansado corazón. Pensé que aquella era la mejor manera de pagar por mis pecados. Ahora veía lo inútil que sería luchar por mi supervivencia. Cerré los ojos muy despacio, resignándome a mi aciago destino, mientras escuchaba a lo lejos cómo Josh intentaba devolverme la vida…


Todo estaba muy oscuro. No sabría describir la sensación de serenidad que se había apoderado de mí. No me preocupé si seguía respirando, creí que no tendría por qué hacerlo. De repente, delante de mis ojos veo una luz. Una luz blanca, cegadora. Cada vez comienzo a ver con mayor claridad qué se esconde tras aquel radiante resplandor. “Emily, Emily”, una preciosa voz me llama. ¿Serán los ángeles? ¿Será Dios? ¿Será Satán? Todas mis dudas son contestadas en cuanto recupero la consciencia. Era Josh, que estaba a mi lado, cogiéndome de la mano. Mi miedo a la inminente muerte desapareció.

-Emily, ¿estás bien?-preguntó.

Su preocupación era claramente patente. Yo no contesté. Era evidente que había tocado fondo, muy fondo. Josh me acarició, a punto de deshacerse en lágrimas. Entonces, fui capaz de decirle, con un hilo de voz:

-Perdóname.

Las lágrimas comenzaron a fluir por sus mejillas como nunca antes lo había visto. Lo miré a los ojos muy fijamente. Me dolía verlo entristecerse por mi culpa.

-¿Por qué lo hiciste, Emily?-preguntó, con palpable angustia.- ¿Por qué? ¿Por qué no dejaste que te ayudase? ¡Podría haberte ayudado a superarlo!

Bajé la cabeza con sumisión. Estaba consternado y furioso por lo que había hecho, y no era para menos. Si hubiese hecho lo mismo que hice yo, creo que me habría muerto con él.

-Sé que la muerte de tu madre tiene mucho que ver,-prosiguió-¡pero mi padre murió hace dos putas semanas! ¡Y aquí me ves! Vida no hay más que una, Emily. En cuanto se te para el corazón ¡fuera! ¡Ya no hay segundas oportunidades! ¡No puedo creer que hayas podido… llevar a cabo un acto tan egoísta! ¡Piensa en tus hermanos! ¡Y en mí!

No pude contener más mi llanto. Con la cabeza mirando a las sábanas blancas que envolvían mi cuerpo frágil y enfermo, dejé que las lágrimas se deslizasen por mi rostro libremente. Entonces, Josh me agarró por la barbilla e hizo que nuestras miradas se cruzasen.

-Estuve a punto de perderte.-dijo- No sé qué habría hecho sin ti.

Acercó sus labios a los míos. Nos besamos, muy intensamente. La verdad es que lo deseaba con todo mí ser. Cuando nos separamos, y teniendo mi rostro todavía próximo al suyo, le dije, entre lágrimas:

-Soy una mala madre, Josh, y una hija pésima.

-No es cierto, Emily, y con mi ayuda tú también te darás cuenta de que no lo es.

Aquella frase me llenó de fuerza. Comencé a sentirme avergonzada de querer hacerlo, de querer acabar con mi vida. Me imaginaba lo que dirían los periódicos: “La mujer cuyo hombre mató a su hijo intentó suicidarse”, como si lo viese.

En cuanto salí del hospital, me dispuse a curarme, a salir de aquel infierno en el que estaba metida. En el hospital me habían recetado unos medicamentos muy fuertes, por lo que no tardaron demasiado en hacer efecto. Con el paso de los días comencé a comer algo, a dormitar, a reír. Mi piel fue recuperando su tono habitual, abandonando aquel blanco enfermizo y en mis ojos brillaba a veces una pequeña chispita de felicidad.

Un martes día 29, al salir del trabajo, ocurrió algo que me marcó, y nunca menor dicho, para siempre. Iba por la calle tranquilamente hacia casa. Llovía. No llevaba paraguas y me estaba mojando, pero me daba bastante igual. Venía pensando en lo que me había estado pasando aquellos días, y por muchas vueltas que le daba, parecía una horrible pesadilla, o una macabra jugarreta del destino. Me metí por una calle por la que nunca había ido por equivocación. Vagué por allí bastante tiempo, hasta que la encontré. Allí, en una humilde esquinita, había una tienda de tatuajes, que poseía enormes letreros luminosos. Me acerqué al escaparate sin titubear. Los dibujos que había expuestos eran sencillamente preciosos, algunos los encontraba llenos de furia y angustia, y por eso gozaba mirándolos. Entonces encontré uno. No era uno cualquiera, no, era uno de un ave, seguramente un fénix, que tenía clavados en su pecho puñales. Puñales encharcados de sangre. Sentí un impulso irrefrenable de entrar. El dependiente, que era un chaval joven, lleno de piercings y tatuajes por los brazos, me miró impresionado. Debía ser una de las pocas veces que entraba una mujer allí, y menos una mujer empapada a la que se le transparentaba la camisa blanca y se le veía el sujetador. Me acerqué a él.

-Perdone,-dije, señalándolo- ¿cuánto cuesta el tatuaje del escaparate, el del pájaro?

-El del… ¡Ah, ese! Costar, cuesta 400 dólares, porque ocupa la espalda de punta a punta… pero por ser usted se lo dejo en 200 dólares, ¿le parece bien?

Miré en la cartera. Por suerte, llevaba allí la tarjeta de crédito que Josh me había dado.

-¿Aceptan tarjetas?-pregunté.

-¡Claro! ¡Claro! Venga por aq…

-¡Espere!-interrumpí- Antes de nada me gustaría pedirle un favor…

El chico me miró con curiosidad.

-Sus deseos son órdenes, señorita.

-A ver… El pájaro que aparece ahí es un ave fénix, ¿me equivoco? Pues en lugar de eso, agradecería que me hiciese una paloma.

-Una… ¿paloma?

-Sí, y a poder ser, con tres puñales.

Tres puñales, ni uno más ni uno menos. Tres puñales que impiden sobrevivir a la débil paloma: su madre, sus hijos y ella misma. Tres puñales clavados eternamente en su corazón, pero ella aún sigue ahí, de pie, luchando, aguantando todo aquel dolor, aquel veneno, sin más ayuda que su propia fuerza de voluntad. Era como si aquel tatuaje estuviese hecho para mí.

-Está hecho, señorita.-dijo el dependiente, alardeándose.- Confíe en el menda. Antes querría hacerle un boceto para que viese los cambios…

-De acuerdo. Perfecto.-interrumpí.

Así lo hizo. Realmente el simple boceto parecía ya una obra de arte en sí. La paloma se veía de perfil, con tres puñales muy grandes clavados en su pecho. Le di mi visto bueno al diseño e hice que el chaval se sonrojase.

-Acuéstese boca abajo en esa camilla de ahí.-dijo, señalándola.

Sacó los instrumentos de bolsitas esterilizadas y se puso manos a la obra. En cuanto noté la aguja clavándose en mi piel creí que me moría del dolor. Él se percató enseguida.

-No es fácil pasar de 0 a 100 de golpe.-afirmó- Intente relajarse un poco, que está tensa.

Lo hice. Poco a poco fui dejando de notar un dolor tan fuerte. Mi cuerpo se fue acostumbrando a él. Sentía cómo los trazos de la paloma eran dulces y redondeados, y los de los puñales eran rígidos y duros. Percibí enseguida que la camilla en la que estaba se encharcaba de sangre. Me horroricé al principio, pero luego se me pasó. Si iba a morir, no iba a ser allí, de eso estaba convencida.

Tardó lo suyo en hacerme el tatuaje, pero al final lo consiguió. En cuanto terminó dejó que me lo viese en un espejo. La sangre no dejaba verlo con claridad, pero le di mi visto bueno de todas formas. Me lo tapó con una gasa y me cobró. Marché de la tienda satisfecha, sin pensar ni por un solo segundo en lo que me diría Josh cuando me viese. No tardé en salir de aquella calle y ubicarme. Logré llegar a casa. Entré y me fui a la habitación sin ni siquiera molestarme en encender la luz. Me quité la camisa, que estaba empapada de lluvia y sudor y, enfrente del espejo, levanté un poco la gasa, encharcada de sangre. Allí estaba, el reflejo de mi alma gravado para siempre en mi piel. Una sonrisa asomó de mis labios inconscientemente. Aunque el sudor rozaba la zona todavía sangrante y parecía irritármela, no era capaz de dejar de admirar su belleza. De repente oigo que alguien abre la puerta.

-¿Hola?

Es la voz de Josh. Volví a tapar el tatuaje y me apresuré en coger la camisa. Aún así, Josh fue más rápido que yo y me pilló de espaldas a la puerta intentando taparme.

-Emily, ¿qué te ha pasado en la espalda?-preguntó, preocupado.

-Eh… Verás, Josh… No es fácil de explicar…

Vi su inquietud desmedida en el reflejo de sus ojos. Sin añadir nada más, me quité la gasa y se lo mostré. Me miró boquiabierto, creo que si le hubiese arreado un guantazo, no iba a sorprenderlo más.

-Me lo hice hoy, en una tienda que está en una calle cerca del trabajo.-dije, pues él no abría la boca.- Siento no haberte dicho nada, fue un arrebato, no sé si me…

-No…Me parece que… Te entiendo.-dijo, titubeante.

Había estado mirando el tatuaje con todo detalle, como solía hacer con todo. Supongo que comprendió el valor simbólico del dibujo, por eso, en lugar de echarme uno de esos sermones sobre los inconvenientes de los tatuajes y todo ese rollo, me dijo:

-Es precioso.

Me agarró por la cintura. Yo me dejé llevar. Al contrario que con Robert, con él no tenía ningún tipo de miedo, me conocía a la perfección. Era capaz de coger todo lo malo que había en mi mente y convertirlo en algo completamente hermoso. Comenzamos a besarnos con pasión. Nuestras lenguas parecían fusionarse y convertirse en una sola, que danzaba sin cesar por nuestros labios. Sus manos acariciaban mis caderas muy sensualmente. Yo lo agarraba del pelo, sin llegar a hacerle daño. Él me acostó, muy despacio, en la cama, sin dejar de besarme ni por un segundo. Se me olvidó el dolor de la zona todavía sangrante cuando sentí cómo me desabrochaba el sujetador. Yo le quité la camisa ardientemente y desabroché sus pantalones mientras él hacía lo mismo con los míos. Todas las sensaciones negativas que había experimentado con Robert en aquella inexperta e inocente primera vez se habían convertido en un auténtico paraíso sensorial, en el que cada caricia, cada beso frío, hacían que me estremeciera. Al acabar, nos quedamos completamente dormidos, tapando nuestros cuerpos simplemente con una fina sábana blanca. Después de eso, comprendí perfectamente por qué a ese acto tabú que es el practicar sexo, también se le llama hacer el amor.