martes, 14 de julio de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo IV- ¿Es este el precio que tengo que pagar?


Fue el 20 de diciembre, unos días después de mi cumpleaños, por la noche, cuando comencé a tener contracciones. Robert cogió el coche apresurado y nos fuimos, en pijama, al hospital. Aún me parece estar sintiendo aquellos horribles dolores, y lo peor es que tenía miedo de quejarme, bueno, no era miedo exactamente, pero era una sensación que me oprimía las entrañas.

-¡Robert!-logré decir, entre lágrimas-¿Dónde estamos?

Sí, yo ni siquiera era consciente de dónde estaba. Por aquella carretera había pasado mil veces, pero en aquel momento no era capaz de reconocerla.

-¡Ya llegamos, ya llegamos! Tú respira hondo, ¿Vale?

Estaba muy nervioso, mucho. No era quién de asumir que iba a ser padre de dos niños. Aunque no lo culpo, yo tampoco me acababa de creer que tuviese a alguien creciendo dentro de mí, ni que ese alguien me estuviese haciendo tanto daño en aquel momento.

Me ahorraré los detalles de antes del parto. Todo era un dolor enorme, y vomitar cada muy poco. Eso sí, sin haber comido nada. Robert insistió en que no me pusiesen la epidural, se puso a decirle a las enfermeras que éramos cristianos, que tenía que parir con dolor, y que no y que no, por mucho que ellas intentaban convencerlo. Me acostaron en una camilla fría, muy fría, y venga a empujar. ¡Tenía yo unas ganas de arrancármelos de dentro y que se me calmara el dolor! No sé muy bien cuánto duró aquello, pero debió ser mucho. Yo agarraba las sábanas con fuerza mientras las enfermeras intentaban tranquilizarme.

-Respire, señora Piadget.-oía, como entre niebla.-Ya casi está, respire.

Por mucho que me pidiesen que respirase no era capaz. Tenía la respiración entrecortada, ahogada nuevamente por mis lágrimas. De repente, sentí un alivio muy grande, inmenso. ¡Entonces sí que pude respirar tranquila! Oí llorar. Buena señal.

-Son dos niños sanísimos, señora.-me informó una enfermera.

Me los acercó al cabo de un rato, limpitos, con los trajecitos que les había comprado mamá. Los acostaron a mi lado. Lloré, pero esta vez no de dolor, sino de felicidad. De felicidad por haberlos tenido, con lo que los había maldecido cuando estaban en mi vientre, y ahora… Ahora… Nunca antes había comprendido por qué la gente lloraba cuando estaba contenta, pero en aquel momento se disipó esa duda, al comprobarlo en mis propias carnes. Me trasladaron, un poco más tarde, a una habitación del hospital. Tenía las cortinas y las sábanas blancas, muy bonita. A los niños los acostaron en una cuna. Yo los miraba con mucha ternura. El instinto maternal comenzaba a pugnar por hondar en mí. Aquella noche sí que dormí tranquila, sin pesadillas, sin sufrir. ¡Fue una sensación tan bella que no la cambiaría por nada del mundo! Robert se había empeñado en ponerles el nombre, por ser varones y tal. A uno, el que había nacido antes, le llamó John; y al más pequeño, Jimmy. Mi madre se pasaba en la habitación día y noche, acompañándome. Robert, en cambio, sólo venía de vez en cuando. Días después, salí de allí, llevando a mis niños en un cochecito azul con ositos que me había regalado mamá.

Al principio, estaban casi todo el día tranquilos, pero según fueron creciendo, mi vida se fue convirtiendo poco a poco en una pesadilla. Lloraban toda la noche. Y si lloraba sólo uno, el otro se le unía, era pura empatía. En muchos matrimonios, cuando pasa esto, los padres se turnan para ir a atenderlos; en el nuestro no pasaba eso, si los niños lloraban, yo iba a atenderlos, siempre yo. Y eso comenzó a notarse en mi rendimiento laboral, en mi estado de ánimo… Me pasaba el día deprimida, angustiada. Me “auto-convencí” para ir a un psiquiatra. Por suerte, entre todos los psiquiatras que había en la ciudad, que no eran pocos, me topé con Josh. Josh había sido compañero del colegio, en primaria. Éramos muy buenos amigos, aún entonces, pero hacía tiempo que no nos veíamos. En cuanto entré por la puerta de la consulta, me soltó el típico: “¡Emily! ¡Quién te ha visto y quién te ve!” Sí, quizás era verdad que había cambiado mucho desde la última vez que fuimos a tomar un café, pero no precisamente para bien: tenía unas ojeras enormes, la piel se me había tornado pálida, enferma, débil y mis ojos infundían una tristeza tan grande… Y no por los niños, ¡qué va! Ellos lloraban porque tenían que llorar, sino por Robert, porque lo notaba tan despreocupado, tan distante… En cambio, Josh sí que estaba guapo. Cierto que lo estaba. Sus ojos azules transmitían tanta alegría y sinceridad, su cabello pelirrojo brillaba de una manera asombrosa. Tuvo que recomendarme otro psiquiatra, según él, el mejor de la ciudad. Dijo que lo hacía porque un psiquiatra tiene prohibido atender a sus amigos y conocidos. Aquel otro señor no estaba mal, pero lo que habría dado porque Josh me atendiese; él me conocía mejor que nadie. Aún así, retomamos nuestra amistad.

Aunque un día, todo cambió. Mi vida, y la de Robert dieron un giro de 360º. Todavía me pregunto por qué lo hizo, cómo se le pudo pasar por la cabeza una acción tan ruin y despreciable.

Sí. Recuerdo aquel día como si fuera ayer, y cuando lo hago siento como si se me encogiese el corazón. En el trabajo, bien, me acababan de cambiar de empresa, es decir, mejor trabajo, mejor sueldo… Aunque ser operadora era muchísimo más agotador, y volvía a casa con el ánimo por los suelos. Allí me esperaba Dorothy, la niñera, y mis dos niños, de dos añitos. Dorothy era una mujer mayor, quizá tendría unos 70 u 80 años. Siempre llevaba el pelo recogido en un moño, una chaquetita de lana y una falda muy larga. Cuando yo llegaba, me ayudaba con los niños un rato hasta las 9 y media, que marchaba. Ese día, repetimos ambas la rutina.

-Tiene unos niños preciosos, señora Piadget.-me dijo, cuando recogía sus cosas para marcharse.- De verdad que lo son. Espero que la hagan muy feliz., como me hicieron a mí los míos.

Sonreí. Dorothy había dicho aquello con una palpable tristeza. Ella tenía dos hijos, Saúl y Ryan. Cuando tenía 8 años, Ryan cayó en un pozo, un río, o algo así un día que estaban de vacaciones y se ahogó. Me había dado qué pensar aquella historia. Sé lo horrible que es perder a un hijo: Mamá a Amy, Dorothy a Ryan… ¿Pero correría yo la misma suerte? Cada vez que me lo contaba, comenzaba a temblar, tanto que Dorothy me tuvo hecho una que otra tila, y a veces por la noche no podía dormir, y me echaba a llorar en silencio, acostada al lado de Robert, que roncaba como un cerdo. Era dolorosísimo ponerse en la piel de ellas, o de cualquier madre que pasase por esa situación.

Además, y para más INRI, Saúl nunca ayudaba a su madre y la trataba como a una mierda, y eso la hacía estar siempre deprimida. Era tanto menos extraña la empatía que sentía con la pobre Dorothy, pero era algo que no podía evitar.

Más tarde, a las 10 de la noche, aproximadamente, yo acababa de conseguir que los niños se quedasen dormidos y los miraba, con mucha ternura. De repente, llegó Robert a la habitación y me abrazó por detrás. Me sorprendió su actitud, pues hacía día que no se portaba así conmigo, pero al mismo tiempo me halagó.

-¿Se han dormido?-me preguntó.

-Sí. Parecen angelitos.

-Oye, Em. Estás muy cansada de todo el día. Vete a la cama, que yo te prepararé un vasito de leche caliente.

-Ahora recuerdo por qué me casé contigo.-dije, dándome la vuelta para mirarle a los ojos.

Nos besamos en la boca. Me pareció percibir más cariño en los labios de Robert que de costumbre. En aquel momento me alegré, pero ¿quién podía saber qué venía después? Al cabo de un rato, Robert vino a mi habitación y me dio la taza de leche. La cogí. Me calentaba las manos, que las tenía heladas, pues era febrero y llovía. En cuanto hube bebido la leche, comencé a sentirme muy, muy cansada. Parecía costarme incluso respirar. Apoyé la cabeza en la almohada y me quedé profundamente dormida.

No sé cuánto tiempo estuve así. Quizás una hora. Me desperté como en una nube. En un acto prácticamente involuntario, miré por la ventana. Seguía lloviendo. No me pareció extraño, pues para mí era como si sólo me hubiese dormido un par de minutos. Lo que sí que no esperaba ver eran dos paraguas. Dos paraguas negros que salían de mi casa. Como era un primer piso, pude distinguir perfectamente que eran un hombre y una mujer. Él llevaba debajo del brazo una especie de carpeta o fichero, y ella llevaba en brazos a un niño que lloraba. Lloraba mucho. Aquel llanto me resultó desgarradoramente familiar. De repente, sentí como si mi corazón se paralizara cuando lo metieron en el coche y vi, con total claridad que era John, mi pequeño. Observé, sin atreverme a hacer nada, que aquel coche nuevo y reluciente se alejaba del piso, arrebatándome a mi hijo. No sabía qué hacer. Me encontraba tan confusa, asustada, triste… Me senté en la cama y me eché a llorar en silencio, cubriéndome la cara con las manos. Sentía una impotencia tal por no saber qué hacer ni qué había pasado… ¿Por qué esas personas de los paraguas negros se llevaban a lo que yo más quería en el mundo? ¿Por qué no lo impedí? ¿Por qué no bajé al portal e hice que me lo devolvieran? ¿Por qué no llamé a la policía para reclamar lo que era mío?... En ese momento, oí un ruido. Unos sollozos muy débiles que procedían de debajo de la cama. Comprobé, atemorizada, si había alguien. Para mi sorpresa, Jimmy estaba allí, agazapadito, muerto de miedo. Lo cogí en brazos e intenté tranquilizarlo mientras me preguntaba cómo había hecho para que no lo raptasen aquellas horribles personas. Quizás había logrado salir de su cuna y ocultarse bajo mi cama, o estaba jugando y, en cuanto vio gente extraña, entró en mi habitación, o… O quizás tuvo mucha, mucha suerte. En cuanto Jimmy se hubo tranquilizado, me dispuse a marchar, pero recordé que Robert seguía despierto y rondando por la casa. Miré el reloj, ya eran las 11 y media. Para fortuna mía, a esta hora comenzaba el programa de televisión favorito de Robert, ese que no se perdía por nada en el mundo, aunque ahora mismo no recuerdo con claridad su nombre. Logré salir de la habitación y colarme a través de la cocina al vestíbulo. Abrí la puerta con cuidado y me fui.

Anduve un rato por las calles mojadas y oscuras en camisón y descalza con mi hijo en brazos, estrechándolo contra mi pecho muy fuerte. No sabía hacia dónde dirigirme, hacia dónde encaminarme. Me sentí indefensa, marginada y sola, sin saber qué hacer. Entonces, se me ocurrió ir al hospital donde trabajaba Josh. Sabía que allí no iba a encontrarlo, pero podían decirme al menos cómo localizarle. Fui hasta el hospital corriendo. Llegué cansada, jadeante y a punto de caer desmayada. Me acerqué a la recepcionista y conseguí decirle, ahogando mis palabras en mi entrecortada respiración:

-Necesito… saber… dónde está el…doctor… Josh… Joshua… Sidle…

-Lo siento, señorita, pero en estos momentos el doctor Sidle no se encuentra en el hospital.-respondió la recepcionista, atemorizada por mi aspecto.

-¡Ya sé que no está aquí! ¡Déme su dirección, o su teléfono… o algo!

-No me está permitido darle esa información, lo siento.

-Oiga, ¿hace falta decirle que si no veo al doctor Sidle inmediatamente podrían matarme? ¡O quizás algo peor! ¡Ya no sé! Así que, por favor, se lo pido por lo más sagrado, por lo que más quiera, ¡ayúdeme!

En cuanto me di cuenta, estaba agarrando una de las solapas de la camisa de la recepcionista con fuerza, mientras me miraba con cara de miedo. Me había dejado llevar, pero cualquiera que hubiese pasado por algo así me comprendería.

-¡No me haga nada, se lo suplico!-dijo la recepcionista, y añadió, alargándome temblorosa, un papel- Aquí tiene la ficha del doctor Sidle. Figura todo. ¡Todo lo que me pide! ¡Pero no me haga daño!

La solté. Creo que entre las dos habíamos escandalizado a todo el hospital, pero me daba igual. Cogí el papel y me largué de allí. La casa de Josh estaba bastante lejos de allí. En medio de la carretera, andando kilómetros y kilómetros sin saber dónde estaba, me sentí como si fuera un animal moribundo que intenta buscar el camino a casa en plena noche, cegado por las luces de los coches. Me perdí unas cuantas veces, pero al final acabé dando con ella. Era una casita pequeña con un jardincito ínfimo, aún así, era muy cuca. Llamé apresurada al timbre. Salió Josh en pijama a la puerta. Evidentemente se escandalizó de verme empapada, temblorosa, llorando y sangrando, pues me había caído muchas veces y mis rodillas y mis pies sangraban aparatosamente.

-¡Josh!-grité, sollozando- ¡Necesito que me ayudes! ¡Ha pasado algo horrible!

-Tranquilízate, Emily. Entra dentro y abrígate.

Así lo hice. Me senté, sosteniendo a mi hijo en brazos, en el sofá y Josh nos cubrió con una manta y me trajo una tila.

-Ahora cuéntame. ¿Qué haces aquí, descalza, a estas horas de la noche?

-No… He visto cómo unas personas extrañas se llevaban a mi hijo… a John… Eran una pareja… Llevaban también unos papeles… No sé… Me fui de casa… Tenía miedo… Tengo la impresión de que Robert tiene algo que ver, no sé por qué. Me lo da el corazón.

-¿Papeles dices?... Sospecho que sé lo que pasa.

Lo miré con nerviosismo y curiosidad, Ardía en deseos de despejar las ideas y cerciorarme de lo que había visto.

-He atendido a varios padres con este problema.-prosiguió.- Se trata de una práctica ilegal, bastante conocida que consiste en que padres que tienen hijos pero generalmente no los quieren se los dan a otros padres que no pueden tener hijos, a cambio de una gran compensación económica, que suele rondar entre los 5 y los 10 millones de dólares. Nadie se da cuenta, pues simplemente cambian el nombre del niño por otro distinto, y el de los padres por el de los nuevos. De esta manera, en los archivos oficiales consta que el niño que ha sido dado ha nacido de esos padres. Es algo bastante complejo, lo sé, y por supuesto no es fácil de asimilar en una situación como la tuya.

-¿Eso quiere decir que, mientras dormía, Robert vendió a John a unas personas extrañas para deshacerse de él?... Entonces… En la leche… ¡Dios Mío!

Me eché a llorar desconsoladamente, agachando la cabeza y arrimándola a la de Jimmy. Josh se sentó a mi lado y me acarició. ¡Pobre Josh! Temía estarlo vinculando en algo horrible, que escapara a mi control y que debería afrontar sola. Robert era tremendamente celoso, y si se enteraba de esto… Nos mataría a Josh y a mí. A mí, por lo menos, seguro.

-¡Soy una madre horrible!-grité, fuera de mí.

-No es cierto, Emily, no lo eres.-dijo Josh, intentando sosegarme, con un tono amigable y cariñoso- Que tu marido sea un mal padre no implica que tú también lo seas. Cualquier niño desearía tener una madre como tú.

Levanté la cabeza suavemente para alcanzar sus ojos y lo miré. Mi mirada era seguramente más infantil que la de Thomas, pero es que en aquel momento necesitaba que alguien me alentase. Verdaderamente, su comentario me tranquilizó mucho más de lo que creía que podía hacerlo y dejé de llorar.

-¿Tú crees?-le pregunté en un hilo de voz.

-¿Y tú lo dudas?-contraatacó.

Miré a Jimmy. Él también estaba empapado, pero gracias a Dios no estaba herido. Lo acaricié. Tenía sueño. Lo sabía, son cosas que sabemos las madres. Me detuve un momento a pensar en que, si nos íbamos de allí, tarde o temprano Robert nos daría alcance, además, que no teníamos ni dinero ni ropa limpia, así que no tendríamos dónde pasar la noche. Volví a mirar a Josh y le dije, a punto de volver a romper a llorar:

-Josh, te ruego por lo que más quieras que dejes que Jimmy y yo nos quedemos aquí una temporada. ¡No te daremos ningún problema!-me apresuré en asegurar- Y yo te haré la comida, la colada, limpiaré la casa… ¡Todo lo que me pidas! ¡Absolutamente todo! Además, si quieres, Jimmy y yo dormiremos en el sofá, sin hacer ruido. ¡Pero, por el amor de Dios! ¡Déjanos quedarnos!

Temí que la respuesta de Josh fuese una rotunda negativa, pero en vez de eso, sonrió levemente y me respondió:

-No vais a dormir en ningún sofá, que vais a dormir en mi cama hasta que yo compre otra. Y no hace falta que hagas nada de eso. Os quedaréis, hagas lo que hagas y pase lo que pase.

Yo, en un arrebato de euforia, dejé apresuradamente a Jimmy en el sofá y me eché en los brazos de Josh. Allí lloré, lloré como una idiota; pero no de tristeza, sino de alegría y agradecimiento. Me sentía segura ahora que iba a vivir con Josh. Sentía como si ahora nadie me pudiese hacer daño, por mucho que lo intentase, y por mucho que lo desease.
Me di una ducha y bañé a Jimmy, para limpiarnos del lodo de las calles. Después, envolví a Jimmy en una mantita y lo acosté. Yo me quedé un rato charlando con Josh mientras se me secaba el pelo, pues Josh no tenía secador. Y allí en el salón, sosteniendo la toalla de ducha, que era lo único que cubría mi cuerpo mojado, sentados en el sofá, hablamos horas y horas. No recuerdo muy bien sobre qué, pero no volvimos a tocar el tema de John. Josh no quería volver a verme llorar, eso seguro. Luego, él me prestó la parte de arriba de uno de sus pijamas, ¡me quedaba grandísimo! Nos reímos un buen cacho viendo como mi cuerpo frágil y esquelético estaba cubierto por una tela enorme y gruesa. Nos dimos dos besos y me fui para la cama. En cuanto entré en la habitación sentía como mi corazón golpeaba muy fuerte contra mis manos. Entonces me di cuenta. Josh sería el que sustituiría a Robert, sí. Estaba completamente enamorada, más de lo que lo había estado nunca. Pero si Robert se llegara a enterar… No quiero pensar en lo que me habría hecho. Intenté alejarme de mi padre y me topé con alguien peor, con alguien que daría a su hijo, al fruto de su amor, al portador de sus genes, a gente que desconoce para ganar cuatro duros. ¿Es ese el precio que tendría que pagar?

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo III- Nos engañaron a las dos


Me río yo de los sensibleros romantico-nes de mierda que les da por decir que casarse es lo mejor que le puede pasar a una mujer. Ja, ja, ja. Mi boda, esta boda, fue la peor del mundo.

Se celebró el 13 de mayo. Yo me vestí en casa, ayudada por mi madre. El vestido era de un blanco inmaculado que cegaba. Dicen que sólo las mujeres vírgenes pueden casarse de blanco; yo me había saltado la regla, así que me sentía bastante extraña. Aún así, era innegable que el vestido era bonito, ¡como para no serlo, con lo que había costado! Era muy amplio, para disimular la barriga. Estaba ya de cuatro meses. Las mangas eran también grandes, y caían. Tenía una cinta atada al cuello de color lila, a juego con las que traía consigo el vestido debajo del pecho y en los codos. Llevaba el pelo recogido en un recatado moño, dejando que dos mechones negros cayesen, como cascadas, por mis hombros. Y a lo alto de todo, cubriéndome algo los ojos, estaba el velo, transparente y largo, muy muy largo. Había ido a la peluquería las 6 de la mañana. Allí me habían peinado y me habían maquillado, los ojos de negro con la sombra en lila y los labios de rojo. Parecía la princesa de un cuento de hadas con final aciago.

Mi madre y yo llegamos a la Iglesia bastante tarde. Habíamos ido desde casa de mis padres hasta allí corriendo. Nunca me había imaginado que correr vestida de novia fuese tan incómodo, y que además llamase tanto la atención. La gente de la calle me miraba con ojos asesinos como pensando: “¿Qué hace esta loca así disfrazada?” En la puerta de la Iglesia me esperaba la madre de Robert, mi madrina, Diana. Ella siempre me había odiado, desde que Robert le dijo que estaba embarazada de él, más o menos. Siempre pensó que yo era una puta y que su hijo era un santo. Si supiese…

-Se supone que la novia llega tarde, pero no tanto.-refunfuñó.

-Lo siento, Diana, fue culpa mía.-dijo mi madre.

-Pues hay que mirar más el reloj.-y añadió, mirándome a mí- A ver, niña, arréglate un poco y entra rápido, que mi hijo está de los nervios.

Así lo hice. Me coloqué un poco el moño y el velo. Acto seguido, arrimé el ramo de dientes de león al pecho y me dispuse a entrar en aquella iglesia gótica enorme y majestuosa.

Mi entrada causó expectación. Las viejas y cotillas amigas de Diana me miraban con recelo y cuchicheaban a mis espaldas. Los demás asistentes me miraban extrañados, preguntándose dónde había estado y qué había hecho hasta que entré. Sólo percibí una cara amiga, una mirada limpia y tierna. Una sola. ¡Y cuánto bien me hizo! Robert estaba en el altar con mi padre, lanzándome miradas acusadoras. Intenté esquivarlas y me situé a su lado. Dio comienzo la misa.

En las películas que había visto, las bodas duraban poquísimo tiempo. Entonces me di cuenta de la paciencia que tiene que tener una para soportar tal sermón. Era interminable. Hasta que, al final, pronunció esas frases que había esperado toda la misa en oír:

-Robert Piadget, ¿quieres a Emily Gray como legítima esposa en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte os separe?

-Sí, quiero.

-Y tú, Emily Gray, ¿quieres a Robert Piadget como legítimo esposo en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte os separe?

-S…Sí, quiero.

Titubeé. Verdaderamente titubeé. En aquel momento sentía como si estuviesen firmando mi sentencia de muerte, o peor, como si me hubiesen condenado a cadena perpetua.

-El que no esté de acuerdo con esta unión, que hable ahora o que calle para siempre.

Se hizo un silencio absoluto. Todos los asistentes (miento, casi todos) se miraban unos a los otros para ver quién se atrevía a impedir nuestro matrimonio. Desgraciadamente, nadie tuvo el valor de hacerlo.

-Entonces, por el poder que Dios me ha concedido, os declaro marido y mujer. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Robert, puedes besar a la novia.

Así lo hizo. Me cogió con la cintura y me besó. Pero aquel había sido el beso más frío, falso y desganado que me había dado nunca. Me di cuenta de que mi vida estaba cambiando a velocidad de vértigo: ayer era una niña inocente, feliz y despreocupada y al día siguiente me había convertido en la “señora de Piadget”. Esa cruel realidad me llenaba de amargura.

Después de la sesión de fotos, salimos de la Iglesia y toda la comitiva se dirigió corriendo como alma que lleva el diablo en sus respectivos coches al restaurante. No estaba lejos. El menú había salido bastante barato y no era mal lugar. La comida tenía una pinta deliciosa, pero yo apenas probé bocado. Cuando estábamos tomando el segundo plato me levanté disimuladamente.

-¿A dónde vas?-preguntó Robert con recelo.

-A tomar el aire.

Me dirigí al jardín de atrás y me puse a fumar un pitillo que le había birlado a Robert sin que se diese cuenta. No debía estar fumando, estando embarazada, pero el cuerpo me lo pedía. En ese momento llegó allí alguien. Antes de que le diese tiempo a hacer o decir nada, percibí su presencia y me di la vuelta sobresaltada. Para mi alivio, era Terry, mi Terry. Fue compañero mío de clase, y amigo. ¡Cuánto tuve que agradecerle en mi vida! Pero bueno, eso ya se verá.

-¿Estás bien, Emily?-dijo, con su voz grave y dulce.

-Sí.

Se acercó a mí y me miró a los ojos.

-Dime la verdad, fue de penalti, ¿no?

Gran habilidad de Terry: adivinar siempre lo que me pasaba, por muy oculto que lo tuviese. A veces pensaba que era suerte, pero el pobre no es que fuese muy afortunado. Su padre era un puto borracho, y su madre había muerto cuando tenía 14 años. No tenían dinero para apenas nada, por lo que, evidentemente, él tampoco pudo ir a la universidad y se escapó de casa. En aquel entonces trabajaba como empleado en una gasolinera. Trabajo mal pagado y mal agradecido, pero le daba para comer y para el alquiler. Habían circulado sobre él rumores de que trapicheaba con droga, pero sospecho que no eran para nada ciertos. Yo lo quería como si fuese un hermano, y lo mejor de todo es que ese cariño era mutuo.

-Sí.-logré contestar, en mi asombro.

-¿Niño o niña?-preguntó, acariciando mi vientre suavemente, y con más ternura que Robert, cuando lo hacía, sobre todo, para quedar bien.

-Todavía no lo sé, sólo estoy de 4 meses. Lo que sí sé es que son dos. Gemelitos.

-Espero que hagan muy feliz, a pesar de su origen.

Sonreí. Después de días, semanas, ¡meses! Sonreí. Le sonreí a Terry. A mi Terry. ¿Quién sino él me diría algo así? ¿A quién sino a él podría sonreírle con tanta sinceridad?

El resto de la boda transcurrió sin novedad. Yo intenté dar la falsa imagen de novia feliz e ilusionada, simplemente para mantener satisfechos a los comensales. A la única a la que no pude engañar fue a mi madre. Ella siempre sabía lo que me pasaba. Siempre. Por mucho que fingiera.

Pronto llegó la noche. Todos los invitados se fueron, casi en manada. Los últimos fueron mis padres, mis hermanos y mis suegros. Antes de irse, se quedaron a hablar un poco con nosotros. Diana, como si fuese una leona atacando a su presa, me enganchó a mí.

-¡No sabes qué joya te llevas, niña!-me dijo, orgullosa- ¡Mi Robert es un auténtico cielo! ¡Ya verás, ya!

Yo le daba la razón en todo, como se hace con los locos. Sí, sí, sí, ¿no se callará nunca?... Mientras me hablaba de lo cuco que era su hijo de pequeño, de lo bien que comía y de lo bueno que fue siempre, yo desviaba la mirada hacia mi madre, que estaba al lado de mi padre, que hablaba abiertamente con Robert y su padre, mientras mis hermanas jugaban con Thomas. ¡Pobre mamá! ¡Sometida durante toda su vida a un marido así! ¿Realmente se lo merecía? Me fijé en ella. Estaba preciosa. Llevaba un traje de chaqueta y vestido lila, como mi vestido, y una camisa blanca inmaculada, cubriéndole el pecho, que todo era piel y costillas, la verdad, de lo delgada que estaba. Tenía un mechón del pelo cubriéndole un ojo. No era la primera vez que se hacía ese peinado. Siempre que tenía un ojo morado, se peinaba así. Deduje que papá y ella habían discutido recientemente. Y lo que más me dolía era que seguramente había sido por mi culpa.

-Bueno,-oí decir a mi padre- nosotros nos vamos que estamos muy cansados, ¿verdad, cariño?

Mamá asintió con resignación. Mi padre tenía la fea costumbre de hablar en plural, como si supiese lo que sentía y quería mi madre en todo momento. Su actitud me repugnaba. Les di dos besos a Diana y a su marido. Mi padre no quiso repetir el ritual, simplemente me miró con desprecio; sabía lo que pensaba de la boda. Yo le devolví la mirada, sin albergar temor dentro de mí. Ahora ya no le pertenecía. Mamá también me dio dos besos, pero yo la abrazaba fuertemente. Acerqué mis labios a su oído y le susurré, sin que nadie se percatase.

-Nos engañaron a las dos, mamá.

Ella se mordió los labios para no echar a llorar. Aún así, una lágrima se asomó al borde de sus largas pestañas temblorosas. Yo también hice esfuerzos para no llorar, pero no sucumbí. Nos separó papá, con su habitual nerviosismo, y metió a mamá en el coche, aunque no muy bruscamente, para no quedar mal delante de Robert y sus padres. Observé con tristeza como el coche blanco de mis padres se alejaba del restaurante, como una paloma, aunque todavía era capaz de vislumbrar a mi hermano pequeño, en el asiento de atrás, diciéndome adiós con la mano.

La noche de bodas la pasamos en un hotel de 4 estrellas, para variar. Diana, que era una mujer de dinero, lo había dispuesto todo. Champagne, velas, pétalos de rosa sobre la cama… Una verdadera mariconada, pero no me atrevía a decirlo. Aunque creo que Robert había pensado lo mismo que yo. Nos sentamos en la cama, uno a cada lado, dándonos la espalda. No nos habíamos hablado en todo el día, pero Robert rompió el silencio:

-Que, ¿te encuentras bien?

-¿Acaso tengo que encontrarme mal? Vamos a ser padres. Yo estoy muy contenta. No sé tú.

-Yo también estoy muy contento, más de lo que piensas.

-Me alegro por ti.

Noté enseguida que mi reacción le había parecido mal. Me abrazó por detrás y me besó en el cuello.

-¿Quieres…?-me preguntó.

-No. ¿Y si les hacemos daño?-interrumpí.

-El médico dijo que podíamos.

-El médico no tiene ni puta idea de lo que siento aquí dentro. Además, estoy muy cansada. Deberíamos dormir.

¡Qué excusa más vieja! Aún así, Robert la respectó. Me comportaba con él con una frialdad, como de anestesia, increíble. Nunca le había hablado con tanta dureza. Nunca. De mis labios siempre habían salido palabras tiernas hacia él. Pero todo cambió después de que me dijeran que estaba embarazada. Sí. En aquel momento les echaba la culpa a mis bebés, pero después, mucho después, no los cambiaba por nada, ni siquiera por todo el oro del mundo. Tardé en quedarme dormida. Toda la noche fue una pesadilla angustiosa y horrible, que todavía se ve clara en mi mente: Mi vientre estaba sangrando, sangraba aparatosamente, empapando mi camisón blanco. Alguien, un ente, una persona, se los llevaba, delante de mis ojos. Y ellos lloraban. Y yo lloraba. Quería ir a por ellos, pero sentía un dolor insoportable, que no me dejaba moverme. “¡¡Suéltalos!! ¡Mis bebés! ¡¡¡Suéltalos!!!” gritaba. Pero no había manera, se los llevaba. Yo lloraba, y me ahogaba con mis propias lágrimas. No podía respirar, pero seguía gritando y gritando hasta que el sonido de mi voz se iba apagando lentamente.

¿Quién iba a pensar que los sueños pudiesen llegar a decir tantas cosas?

lunes, 13 de julio de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo II- Infancia Perdida


El coche de Robert era de segunda mano, no recuerdo de qué marca. No iba a demasiada velocidad, pero yo sentía que corría como el viento, dejando mi juventud e infancia muy atrás, haciendo que dejase de ser una niña, y que no dependiera de mamá para todo. Ahora era yo la que tenía que decidir.

El apartamento de Robert, o debería decir ya, nuestro apartamento, que antes me parecía tan diminuto, se hacía angustiosamente amplio cuando tenía que limpiarlo. Siempre me había parecido que limpiar para tu hombre era una muestra de cariño, que era lo que me decía mi querida abuelita, que en paz descanse, pero realmente es una muestra de auténtica sumisión. Los primeros 2 meses que pasé en casa de Robert me parecieron los mejores de mi vida. Él me mimaba, me besaba, me acariciaba, me daba todo su amor… ¿Y yo cómo se lo pagaba? Limpiando y cocinando, que se me daba bastante bien. Pero luego todo cambió súbitamente, de la noche a la mañana.

Fue la noche de un 4 de abril (nunca olvidaré ese día) cuando todo mi mundo dio una drástica vuelta de tuerca. Estaba acostada en la cama con Robert, abrazándolo por detrás. Mi aliento estaba congelado, como si me envolviera un frío intenso. Él abrió un poco los ojos y me dijo, con voz cansada:

-Em, ¿’tas bien? Tiemblas.

Era cierto, estaba temblando. Tenía un dolor muy fuerte de barriga. No contesté, simplemente me levanté apresurada de la cama y me encerré en el cuarto de baño. De rodillas delante del váter, apartándome el pelo de la cara con una mano, me puse a vomitar. Parecía no tener fin, el dolor seguía sin calmarse, y yo seguía vomitando, aunque no sé muy bien el qué, porque en todo el día sólo había logrado comer una manzana y una rebanada de pan por la mañana, antes de irme a trabajar, que en aquel entonces trabajaba de secretaria en una empresa no muy buena. Robert estaba fuera, golpeando la puerta y preguntándome una y otra vez si me encontraba bien. Al fin me pasó. El dolor de la barriga fue calmándose poco a poco y ya fui capaz de levantarme. Me miré al espejo. Tenía lágrimas en los ojos y la cara muy encendida. Había estado llorando, seguramente al esforzarme en sacar todo aquello fuera. Me humedecí las sienes, y no salí de allí hasta que me calmé de todo. Robert seguía fuera. Cuando vio mi cara de dolor me abrazó fuerte.

-Emily, no puedes seguir así.-dijo, agarrándome por los hombros- Tienes que ir a un médico.

Tenía razón, llevaba un mes así, pero parecía que la cosa iba empeorando cada día. Aún así, no quería ir al médico. Para mí, ir al médico era sinónimo de “estás muy mal y vas a ir a que alguien te lo restriegue por la cara, y te haga infinidad de pruebas para confirmar tus horribles sospechas”.

-No, Robert, estoy bien.-sentencié, separándome de él.

Me dirigí a la habitación para coger la cajetilla de la mesita, necesitaba un pitillo, pero Robert seguía en sus trece:

-¡No, no estás bien! ¡Si estuvieses bien no vomitarías!

Hice como si no le escuchara. Encendí el cigarro y aspiré fuerte el humo. Entonces, y sin más previo aviso, Robert me agarró los brazos con fuerza y me ordenó, mirándome a los ojos:

-Vas a ir sí o sí.

Me estremecí. Por primera vez tuve miedo de Robert. Él, que siempre me había tratado con tanta delicadeza, con tanta ternura, me apretaba los brazos hasta hacerme daño. En el fondo él también estaba asustado, aunque no de lo mismo que yo. El corazón me golpeaba contra el pecho, desbocado, mientras lo miraba fijamente a los ojos. Robert se dio cuenta de mi terror enseguida y me soltó.

-Anda, apaga el pito y vámonos a dormir.

Lo hice. Me acosté en la cama y volví a abrazarlo por detrás. Él se quedó dormido enseguida, pues oía sus ronquidos, pero yo no fui capaz de conciliar el sueño en toda la noche.

“Consulta. Doctora Bárbara Stevens, Piso 4º Izq.”, nunca olvidaré el nombre que figuraba en la placa de la puerta de la consulta. Me lo pensé muy bien antes de tocar el timbre. Una enfermera me abrió y me indicó dónde estaba la sala de espera. Me senté en una silla, al lado de un hombre de unos 60 años que no paraba de toser, y de clavar la mirada en mis pechos, cubiertos por un jersey de cuello redondo verde oscuro. Realmente, en otra ocasión le habría dicho un par de cosas, pero no era el lugar, ni yo estaba de humor. Pasaban los minutos con una lentitud asombrosa, la aguja del reloj de la consulta que marcaba los segundos iba al mismo ritmo que mi corazón. Me echaba el pelo para detrás de la oreja, me arreglaba la falda, me subía el escote, rebuscaba en el bolso…

-Emily Gray.

Me sobresalté. Era la enfermera, me llamaba para pasar a la consulta. Agarré el bolso fuerte y me fui de la sala de espera, sintiendo la mirada de aquel viejo clavarse ahora en mi culo.

La consulta era angosta. Comencé a sentir agobio, claustrofobia, me atrevería a decir. La doctora, de unos treinta años, morena, me miraba extrañada desde su escritorio.

-Tome asiento, señorita Gray.-me ordenó.

Le obedecí. Me senté en una silla en frente de ella.

-¿Qué le trae por aquí?

-Pues… Tengo dolores de barriga… Y vómitos muy frecuentes.

La doctora lo apuntó todo en el ordenador.

-¿Fumadora?

-Sí.

-¿Bebe usted?

-Eh… ¿Alcohol?... No, no.

-¿Tiene usted alguna sospecha de qué puede ser?

-No. Por eso estoy aquí.

Acto seguido se levantó y me mandó sentarme en la camilla. Me desnudé de cintura para arriba y me auscultó.

-Tranquilícese. Respire hondo.-me dijo.

Yo estaba muy nerviosa, seguramente lo había notado. Era la primera vez que iba al médico sola, sin que mamá me acompañase. Siempre odié que me auscultaran, ella lo sabía, y me cogía de la mano, para que no estuviese asustada. Cuando fui adolescente ya no lo hacía, pero me miraba, y sólo con esa mirada lograba sosegarme.

La doctora siguió haciéndome pruebas. De la mayoría ya no me acuerdo, pero eso no importa. El resultado se hizo esperar, pero al final llegó:

-Señorita Gray, las pruebas lo reflejan claramente. Enhorabuena, está usted embarazada.

No podía creérmelo. ¿Embarazada? ¿Yo? Sólo tenía 18 putos años, no me lo merecía. A los 18 años nadie se ve cuidando niños, ¡hijos! Nadie. La doctora me recomendó un buen ginecólogo que siguiese los progresos del bebé y me explicó que era demasiado tarde para abortar. Salí de allí como una autómata. Las lágrimas comenzaban a aflorar de mis inocentes ojos grises, mientras acariciaba suavemente mi vientre. Me dirigí a casa andando. Era un camino bastante largo, pero necesitaba pensar. Hice cuentas, muchas cuentas. Me di cuenta de que, en mi primera vez, Robert no había tomado precauciones. Se había limitado a llevarse por la pasión, por el deseo, y ahora… ¡Embarazada! Repetía esa palabra entre dientes una y otra vez, como si quisiera encontrarle otro significado, pero nada.

Llegué a casa una hora más tarde. Robert estaba en la cocina, fumando, mirando el reloj de pared muy nervioso. Estaba asustado, y más que iba a estarlo. En cuanto percibió mi presencia se sobresaltó.

-¿Qué tal? ¿Qué te dijo?

No tenía las suficientes fuerzas para contárselo. Sentía como si se me hubiese hecho un nudo en la garganta. Aún así, logré decirle, después de largo rato, con un hilo de voz:

-Me preñaste.

Robert se llevó las manos a la cabeza. Comenzó a lanzar injurias, cegado por la desesperación, y a “cagarse” en Dios y en la Virgen. El mismo Dios y la misma Virgen a los que le había rezado tanto en la sala de espera de la consulta. Yo lo observaba atentamente, a punto de echar a llorar. Comprobé que el peor temor de Robert finalmente se había cumplido.

-¡Como lo sepan tus padres me van a matar!

-Tengo 18 años, Robbie.-logré responder- Ya no dependo de ellos.

“Robbie”. Pocas veces le llamaba así, muy pocas. Era un mote cariñoso. Se podría decir que en aquel momento, y a pesar de su reacción, lo quise. Lo quise porque sentía que era mi única familia, el único que tenía que ayudarme a cuidar y criar a mi hijo, a nuestro hijo.

-Pero… ¿no puedes…?

-No.-interrumpí. Sabía qué iba a preguntar- La doctora dijo que ya no puedo. Es demasiado tarde.

-Entonces… Sólo tenemos una salida, ahora que ha pasado.

Lo escuché atentamente. La respuesta que me dio no me la esperaba en absoluto de él.

-Tenemos que casarnos.

Me quedé con la boca abierta. Era lo típico que diría mi padre, pero… ¿Él? Me temía lo peor.

-Ca… ¿Casarnos?-titubeé.

-Somos cristianos, Em. No debemos tener hijos sin habernos casado.

Y así fue. Comenzamos a preparar la boda para poder casarnos en mayo. Mi madre me ayudó a buscar el vestido. Recuerdo ese día. Ella estaba triste, muy triste, y yo sabía por qué. En plena calle, me giré a ella y le dije, con dolor y verdadera rabia contra mí misma en la voz:

-¡Fui idiota, mamá! ¡Una idiota y una puta! ¡Lo sé! ¡Pero yo no…!

Antes de que pudiese reaccionar, ella me miró y me dijo, con mucha ternura:

-No fue culpa tuya, Emily. No lo fue. No tienes que culparte, porque tú no hiciste nada. Fueron esos hijos de puta que nos engañaron a las dos.

Nunca antes había sentido tan compenetrada con ella como en ese momento. Nunca la había comprendido tan bien. Nunca. Ella se había casado muy joven también, a los 19 años, todo por culpa de mi padre, que la preñó cuando quiso. Sí, realmente mamá en ese momento tenía 38 dulces años, pero su rostro estaba tan demacrado por el dolor… Sus ojos habían perdido brillo y vitalidad progresivamente, y sus labios se habían tornado secos y enfermos.

Aquella noche seguí dándole vueltas al tema. Muchas vueltas. No pude dormir. ¿Acaso Robert, mi Robert, era como Paul, el padre del que quise distanciarme? En mi cabeza sonaba la frase que me había dicho mi madre, como el mar chocando con las rocas con su eterna canción: “Fueron esos hijos de puta que nos engañaron a las dos”. Tenía razón, más de la que pensaba que tenía en aquel momento.

domingo, 12 de julio de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo I- Presentación



Mi nombre es Emily Gray.

Provengo de una familia bastante numerosa y muy humilde. Humilde en todos los sentidos, no sólo en el económico. Soy la mayor de 5 hermanos, arrebatándole a mi padre en el simple acto de haber nacido el deseo de tener un primogénito varón; aunque siempre me aseguré de no cumplirle ningún deseo a ese hombre. Nunca llegó a tratarme como a una verdadera hija; ni a mí ni a mis hermanas. Probablemente, de todos modos, yo era la que más trabajaba: fregaba, hacía las camas, ayudaba a mi madre, cuidaba de mis hermanos… Y después, pero sólo si tenía tiempo, hacía mis tareas del colegio. Me tenía una especial rabia. Y mi madre, aunque se esforzaba en defenderme, tenía que mantenerse miles de veces en silencio.

Continué mis estudios, contra viento y marea, hasta que tuve la oportunidad de ir a la universidad, pero mi padre me detuvo. “Las mujeres solo servís para limpiar y para parir” me dijo. Recuerdo con claridad ese día. Estaba disgustadísima, más de lo que lo había estado nunca. Me escapé de casa y me fui a la casa de Robert, mi primer amor. Era compañero mío de clase. Nos habíamos besado ya muchas veces, incluso delante de los profesores, y lo que era más, de los otros alumnos, pero todavía no tenía el coraje suficiente para dar el gran paso.

Llamé al telefonillo dos o tres veces. Estaba demasiado nerviosa como para darle tiempo a reaccionar. Llovía, y no tenía paraguas. Poco después abrió la puerta. Me recibió en bata.

-¿Emily? ¿Qué haces aquí?

Noté asombro en su voz. No se lo esperaba.

-Es que… yo…

No era capaz de hablar. Me estaba muriendo de frío.

-Ven adentro, o te vas a resfriar.

Le obedecí. En ese momento no era consciente de mis actos. Me dejaba llevar. La casa de Robert era bastante pequeña: una cocina, un baño, una diminuta sala de estar y una habitación con una cama de matrimonio. Robert vivía sólo, sus padres le habían comprado el pisito en cuanto cumplió la mayoría de edad, y él estaba encantado.

-Ven, siéntate y cuéntamelo todo.-me dijo, señalando la cama.

Yo se lo conté. Puede que no debiera hacerlo. Nadie tenía por qué saber cómo era mi padre, su carácter machista y retrógrado, pero creía que Robert era distinto. Lo creía.

-¡Robert! ¡Tienes que salvarme! ¡Tienes que alejarme de él!-grité, agarrándolo por las solapas de la bata.

No pensaba en lo que estaba diciendo. Quizás en otra situación hubiera moderado mis palabras, pero me sentía tan despechada. Me eché a llorar en sus brazos. Lloré, lloré, lloré como nuca antes lo había hecho. Al cabo de un buen rato logré tranquilizarme. Robert me abrazaba fuerte.

-Em, comprendo que te pongas así. Lo que ha hecho tu padre es sencillamente repugnante…

Yo escuchaba. Lo escuchaba con toda mi atención. En ese momento, Robert cogió mi cara agarrándome suavemente la barbilla y la levantó un poco.

-Puedes venir a vivir aquí.-sentenció- Tu padre no puede decirte nada, ya tienes la mayoría de edad.

-Pe… pero… ¿Tú me dejas?

-Pues claro, Em. Somos novios, ¿o es que ya no lo recuerdas?

Sonreí. Luego, me dejé llevar otra vez, aunque ahora sentía como si fuese de trapo, como si dentro de mí no hubiese nada más que suave algodón. Las manos de Robert recorrían mi cuerpo como serpientes venenosas a punto de picarme, pero yo disfrutaba, ¡disfrutaba! De repente, el corazón comenzó a latirme fuerte, muy fuerte. La lengua de Robert se deslizaba por mi cuello. ¿Quién podía resistirse? Sentía dolor, en la barriga, mucho dolor, pero lo contrarrestaba un enorme placer. La piel se me ponía de gallina. Tenía una sensación muy fuerte de ahogo, no podía respirar, hasta que todo aquello cesó. Cesó después de largo rato. Percibí enseguida mi desnudez. ¿Lo habíamos… hecho? ¿Robert? ¿Yo? Realmente nunca me habría imaginado que perdería la virginidad con él.

-Estuvo bien, ¿eh?-me dijo, cogiendo una cajetilla de tabaco- ¿Quieres un pito?

Yo asentí. Me lo colocó el los labios y me lo encendió.

-Que, ¿feliz?-preguntó.

-No, tuya.

-Entonces cerramos el trato, ¿a que sí?

-Supongo que sí.

Nos besamos. En su aliento estaba impregnado un fuerte sabor a tabaco rubio. En el mío también, así que no me importó. Luego, apagamos la luz. No tardé en dormirme.

Al día siguiente les comuniqué a mis padres mi decisión. En cuanto llegué a casa, me dispuse a hacer la maleta. Mi madre no dejaba de llorar, y de preguntarme si quería que me ayudara. Yo siempre le negaba esa ayuda, más que nada para no estar mucho con ella. Me dolía tanto verla así. Yo siempre había sido su niña, su ojito derecho, su vía de escape de la tiranía de mi padre. ¡Cuantas veces no se tiene encerrado en el cuarto de baño a llorar! Su piel blanca estaba marcada, por los golpes que le asentaba él, pero nunca la oí quejarse. Ella siempre había querido educarme de un modo diferente a ella. “No quiero que llegues a ser como yo, princesa. Te mereces otra vida.” Siempre intentó protegerme de hombres como papá, pero si caí en sus redes, no fue culpa suya.

En cuanto acabé de hacer el equipaje, me despedí de todos: de mamá, de Liza, de Lorelay y de Thomas. Mi pequeño Thomas. Era el más pequeño, y el único hombre de verdad en nuestra familia. Él nunca sería como mi padre, no, Thomas era un cielo.

Como ya he dicho, mi padre quería un heredero varón, por encima de todo, entonces, le obligó a mi madre a concebir y concebir, hasta que nació Thomas. Además de las hermanas que ya he mencionado, tuve otras dos: una de ellas nació muerta, y la otra murió a los 4 años, cuando yo tenía 5. Se llamaba Amy. Leí una vez que Amy significa amada, bonita. Y Dios sabe que era bonita, era preciosa. Tenía unos rizos rubios que brillaban como rayos de sol, y los ojos azules, grandes, como canicas. La adoraba. Éramos inseparables, siempre jugábamos juntas y hasta íbamos en el mismo colegio. Pero un día estábamos en el jardín de nuestra casa, jugando con una cometa… Lo recuerdo como si fuese ayer. Íbamos con el mismo modelo de vestido, pero el suyo era azul y el mío, rojo. La cometa era rosa, con unas mariposas amarillas. Mamá nos la había comprado, por las buenas notas. De repente, una ráfaga de aire enganchó la cometa en un árbol, un manzano que había cerca de los columpios. “Voy a cogerla” dijo Amy, con aquella vocecilla de ángel. Debí habérselo impedido, pero era demasiado pequeña como para comprender que podía hacerse tanto daño. Trepó el árbol con mucha agilidad, parecía una profesional. Al llegar a la rama donde estaba la cometa, estiró el brazo para cogerla, pero estaba demasiado lejos. “Voy a decirle a mamá que nos ayude” dije. “¡Espera, Emily, que casi la tengo!” Luego, todo ocurrió muy deprisa, lo suficiente para que escapara a mi control. La rama cedió, el pié de Amy resbaló… En cuanto me di cuenta, estaba en suelo. No se movía. “¿Amy?” dije, asustada. No hubo respuesta. En ese momento, mi madre, que había oído el ruido producido por la caída desde la cocina, se presentó en el jardín. Se llevó las manos a los labios. Algo iba mal. Muy mal. “¡¡Amy!!” gritó. Se acercó a ella y la tomó en brazos. Pude ver, horrorizada, que en la cabeza de Amy había una herida enorme, la más grande que había visto, y goteaba sangre. “¡Amy! ¡Mi niña! ¡Háblame! ¡¡Por amor de Dios, responde!!” Comencé a temblar. Había sucedido algo que no podía comprender. ¿Por qué Amy no se movía? ¿Por qué estaba mamá llorando? ¿Por qué tenía los ojos cerrados? Al principio llegué a pensar que se había dormido, pero me percaté enseguida de que no despertaba. Cuando mamá venía por las mañanas para levantarnos, Amy era la primera en levantarse. Mi madre seguía abrazándola fuerte, como si con su angustioso abrazo, con el calor de su cuerpo, pudiese devolverla a la vida. Mamá lo pasó realmente mal para explicarme lo que acababa de pasar, que Amy se había ido y que nunca más iba a poder verla. Me dijo que estaba en el Cielo, y que estaría muy feliz, pero yo nunca llegué a aceptarlo.

Volviendo al día en el que me fui de casa, a lo cuál no me atrevería a llamarle independizarse, no por ahora. Me despedí, como ya dije, de todos, en la entrada de la casa. Bueno, no exactamente de todos, a mi padre no le dije adiós, simplemente lo miré con el mismo desprecio con el que él me miraba a mí. Robert estaba fuera, sentado en su coche, esperándome. Metí el equipaje en el maletero y me senté al lado de mi novio. El coche arrancó suavemente y nos fuimos distanciando del que había sido mi hogar durante tantos años, viendo como las manos de mis hermanos se despedían de mí y desaparecían en la lejanía.