domingo, 18 de abril de 2010

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XXX- Impreso en los dedos


The memories ease the pain inside. [1]
Now I know why.
All my memories keep you near.
In silent moments I imagine you here.
All my memories keep you near.
Your silent whispers, silent tears.

Memories-Within Temptation.

Suspiro. Un hondísimo suspiro, furtivo, escondido, se escapa de mis labios. No puedo impedirlo, simplemente se va. En cuanto lo hace, recorre mi cuerpo un momentáneo alivio, que se convierte en cuestión de segundos en una sensación extraña, como si una pesada carga me presionase la garganta y el pecho con una fuerza tal, que siento como si no pudiese apenas respirar. La única manera de poder paliar ese dolor, es volver a suspirar de nuevo. Como si fuese una droga, abastezco mis pulmones a través de las enormes ráfagas de aire que absorbo. No pienso en nada, tan solo en seguir respirando. Quizás esa opresión tan grande es la tristeza.

-Emily… Emily… ¡Emily!

Sentí que me golpeaban el brazo, intentando llamar mi atención. Giré la cabeza bruscamente. Era Sharon. Estábamos en el bar de siempre, una noche cualquiera. ¿Por qué habría aquella ser distinta? Sería aquella tristeza la que lo hizo, o probablemente… el recuerdo de aquellos latidos…

-¿Qué pasa?-pregunté alterada.

-Te estaba hablando y no me escuchabas, te quedaste atontada con la mirada fija en las botellas. ¿Te encuentras bien?

-Perfectamente, ¿por?

-No haces más que suspirar.

Desvié la mirada. Ni siquiera yo era capaz de explicar con exactitud el motivo de mis suspiros. En todo caso, intenté hacerlo:

-¿No sabes cuando sientes que tienes como un peso muy grande en el pecho, que te lo oprime,-me llevé una mano a la zona, cerca, muy cerca de la cicatriz.-y suspiras para dejarlo salir?-la miré, al ver que no me respondía.- No me jodas que soy la única.

-No, a mí me pasa algo parecido.-fumó una calada de un cigarro.- Creo que es por el cáncer, a veces duele. Pero un suspiro no es suficiente.

Bebí un trago de mi cerveza. Yo nunca experimenté ese dolor, por suerte. Debe ser horrible. Horrible y aterrador. Supongo que te sentirás como en las puertas de la muerte, y empezarás a rezar lo que sabes pensando que ha llegado tu hora. Sharon volvió a mirarme, apoyando su mano en mi hombro.

-Es por Terry, ¿verdad?-dijo.- ¿Te dijeron algo de él?

-No, quizás es por eso, por no saber nada.

Suspiré de nuevo. De este supe ciertamente el origen. Era como si algo dentro de mí comenzase a dolerme, a dañarme, cada vez que escuchaba el nombre de Terry. Hacía apenas un par de semanas que había pasado aquello, y todavía no lo había asumido por completo. Era como si yo también estuviese enferma, y solamente pudiese curarme cuando él volviese a estar a mi lado, a hablarme, cuando volviésemos a dormir juntos. De repente, llegó hacia nosotras Tobías. Estaba bastante pálido y trabajaba más rápido de lo normal, como si tuviese ansiedad. Se puso a revolver en el frigorífico, en busca de una cerveza para un cliente. Escuché lo fuerte que respiraba, por lo que no pude evitar preguntarle:

-Tobías, ¿te encuentras bien?

Levantó la cabeza bruscamente, como si le hubiese ofendido.

-Sí, sí, sí, no te preocupes.

-¿Qué tal llevas lo de… dejarlo?

Entonces sí que vi que comenzaba a sudar frío y que se le agitaba la respiración.

-Como el culo. Lle…Llevo un puto día sin probarla y no puedo más. Es superior a mí, ¿entiendes? No dormí en toda la jodida noche y estoy que no puedo. Necesito…Necesito una puta raya, ¿sabes?-gesticulaba mucho y hablaba con nerviosismo en la voz. El síndrome de abstinencia estaba haciendo mella en él.

Entonces fue cuando lo hizo, algo que una noche normal no me afectaría, ni siquiera sería un detalle digno de recordar, pero sí entonces, sí aquella noche. Me agarró de la muñeca con fuerza, bajo mi asombro, y posó mi mano sobre su pecho. Al instante, comencé a notar aquellas palpitaciones bajo la palma.

-¿Sientes como late?-dijo.- Y así toda la puta noche, zumbándome en los oídos, como un taladro.

Permanecí allí, sin moverme, como una estatua. Sintiendo los latidos acelerados de su corazón, golpeando rítmica y fuertemente contra mi mano, como intentando apartarla. Recordé cuando había hecho lo mismo con Terry en aquella fría sala de espera. Se habían quedado impregnados en mis dedos, de tal manera que los de Tobías eran solo una mera réplica que mantenía vivo el recuerdo. Volví a experimentar la inseguridad de aquel día, la sensación que producían los botones de su camisa al rozar mis dedos, aquel corazón. Ver que no estaba sola, que tenía con quien compartir mi posterior alegría al descubrir que estaba sana. Tobías había separado su mano de la mía, pues había estado ejerciendo presión, y se encontraba charlando con Sharon, pero no quise apartar la mano. La mantuve allí, viviendo en mi interior todas aquellas sensaciones. Ahora solamente era un cúmulo de recuerdos, sintiendo aquel corazón…

-¡Emily, eo!

-E…¿Estás bien?

Pasaron una mano por delante de mis ojos. La aparté, sin separar del pecho de Tobías la otra mano. Me di que había sido él mismo, que me miraba con curiosidad. Sharon también lo hacía, pensando que quizás me encontraba mal. Les devolví la mirada, como si no pasara nada.

-Te…¿Te encuentras bien?-titubeó Tobías.

-Perfectamente.-respondí.

-Tú hoy te encuentras muy atontada, chica.-intervino Sharon.- Te quedas embobada con cualquier cosa.

-No estoy atontada.

-No, que va.

-Eh… Emily… Pue…Puedes quitar la mano si quie…res.

Bajé la cabeza, para observarla, pues él la estaba señalando. No la había movido de allí en todo aquel tiempo, en un impulso inconsciente de evadirme de la realidad y refugiarme en el mundo del pasado. La aparté bruscamente.

-Perdona.-le dije.

-No pasa na… nada, n…no me molestaba.

Nos pusimos a hablar un rato, aunque Tobías me miraba sin apenas intervenir. Era como si quisiese decirme algo, pero un impulso le ordenase mantenerse al margen. Al cabo de poco, me agarró por un pulso de nuevo. Temí que volviese a hacer lo mismo, y volviese a encerrarme en aquella dulce cárcel de recuerdos. Sin embargo, lo que me dijo fue:

-Tengo… Tengo que hablar contigo.

Entré al otro lado del mostrador y nos metimos en la cocina, bajo la atenta mirada de Sharon, quien no entendía que no quisiese compartir sus secretos con ella, como si no la quisiera. Pero era justo por eso por lo que no quería hacerlo. Cuando entramos en el que se estaba convirtiendo nuestro confesionario particular, revestido con baldosas blancas engrasadas, Tobías se arrimó a una pared y encendió un pitillo. Le miré.

-¿Por qué no quisiste que viniera Bloody?-pregunté.

-Por…Porque contigo me siento… más a gusto.-respondió, sin apartar la vista del cigarro que acababa de encender y que se consumía lentamente, sufriendo una grácil decadencia.

-¿Qué querías contarme?

-Es que… Estuve toda la noche… toda la noche rayado, ¿sabes?

-¿Por la coca?

-Aparte de eso. Le…Le hice daño a Blood…y a ti… también a ti… Y mira… yo soy una de esas personas a las que…que pueden pisarlas mil veces… pero que no pisan ni una… Y si lo hago…si lo hago me rayo. Porque… de que sea un drogata no…no tenéis culpa… nadie más que yo la tiene…la culpa.-aclaró.- Y… y estuve toda la puta noche pensando… y con un…un mono que no puedo… y…

Entonces no pude aguantar más. No quería seguirle viendo sufrir, hablar atropelladamente, con aquella fuertísima abstinencia, gesticulando salvajemente, sudando incluso. Le abracé. Sí, y quise que con ese abrazo su tristeza se fundiese con la mía hasta hacerlas desaparecer completamente. Noté en mis manos el tacto de su camiseta, de sus huesos, su columna vertebral, que dotaban aquel cuerpo de una extremada fragilidad. Sentí cómo él también ejercía presión sobre mí, la suficiente como para que yo actuase en consecuencia y ejerciese igual presión sobre él. Quise que cada sensación que acompañaba aquel abrazo se quedase impresa en mis dedos, al igual que los latidos del corazón de Terry, y pudiese traerlas a la memoria cada vez que me encontrase sola o triste. Al igual que con lo de Terry, cualquier otro abrazo me parecerá una burda imitación. Solamente Tobías podría repetir la misma situación. Escuchaba con total claridad su respiración quejumbrosa y trémula, teniendo apoyada mi barbilla en su hombro. El humo que emanaba su cigarro acariciaba mi pelo y mi nuca suavemente. Cerré los ojos. Me concentré en retener todo aquello en mi mente, en mis manos, para siempre.

-Nunca… nunca me habían abrazado… es… eres la primera.

Sonreí, mientras seguía estrechándolo contra mi cuerpo con fuerza. Si bien era cierto que Sharon lo había hecho con anterioridad, al haber estado bajo los efectos de las drogas nunca lo recordaría. Era, efectivamente, su primera vez, por lo menos la primera que echaría raíces en su memoria. Me envolvió en sus brazos con todavía más ahínco, haciendo que nuestras costillas se juntasen unas con las otras, formando una especie de cremallera. Subí las manos hacia su nuca, donde pude volver a notar los huesos que la conformaban, uno por uno, en la yema de mis dedos. No quise que me soltase. Su abrazo calmaba momentáneamente mi angustia y la convertía en una tremenda satisfacción. Aún así, no dejaba de suspirar en su oído, escondido parcialmente por su melena. Luego, hice que mi cabeza encontrase descanso en su hombro de nuevo, ansiando volver a escuchar su respiración agitada, que se hacía claramente patente al moverse ambos hombros de arriba abajo; cuando subían, lo hacían muy lentamente, pero bajaban de un golpe seco, como con furia, al tiempo que dejaba de sentir el tacto de su pecho contra el mío. Arrimé mi mejilla a la suya, con el fin de sentir contacto directo con su piel. Una lagrimita, fría como un témpano de hielo, se deslizó suavemente de sus ojos hipnóticamente verdes, que permanecían cerrados, y colisionó contra mi rostro. Había agradecimiento en ella, tristeza quizás. El mismo agradecimiento y la misma tristeza que me transmitían sus brazos completamente tatuados. Me separé de él, interponiendo mis manos entre mi pecho y el suyo. Me quedó sorprendido. Observó su pitillo, que estaba prácticamente consumido, y le dio una profunda calada antes de tirarlo al suelo. Luego, me miró, e intercambiamos las miradas, haciendo que nuestros ojos se embebieran mutuamente.

-Tengo que irme.-dije.- Tengo cosas que hacer.

Tobías lo negó con la cabeza. Seguramente tendría tanto que contarme, tantos sentimientos que compartir conmigo… Entonces, saqué de mi bolso mi agenda, la cual me acompañaba a todos los sitios, y un bolígrafo. Escribí algo en una página para, posteriormente, arrancarla y entregársela.

-Te dejo mi número de teléfono.-dije, alargando el brazo hacia él.-Si te pasa algo, si quieres hablar… Llámame. Igualmente quiero hablar contigo a solas alguna noche, aunque sea aquí. Si no quieres que volvamos a sufrir, ni volver a sufrir tú, tienes que sacar fuera todo ese veneno.

Cogió el papel con recelo y lo metió en el bolsillo. Guardó silencio.

-Puedes confiar en mí.-proseguí.- Si es por Bloody, ella no sabrá nada. No le contaré ni una palabra. Será nuestro secreto.

Tobías desvió la mirada, mientras cogía del paquete un cigarro y lo sujetaba con los labios como solía. Lo encendió, respirando con fuerza todo aquel humo. Volvió a mirarme de nuevo, mientras espiraba el aire que contenía en su boca y decía, sonriendo levemente:

-Es…Está bien. Pero sólo si lo hacemos en mi casa. No me…gusta este sitio para confesarme.-recorrió entonces con los ojos los rincones de aquella mugrienta habitación.

Sonreí.

-Por mí perfecto.

Él también cogió un papel de mi agenda y apuntó su móvil, por si me sentía mal, decía. Me di la vuelta y salí de la cocina. Nos esperaba Sharon apoyada en la barra, aferrándose a su bebida. En cuento percibió mi presencia, me miró con curiosidad. Me acerqué a ella, al otro lado de la barra.

-¿Qué te dijo?-preguntó, en voz baja.

-Nada que deba preocuparte.-respondí, restándole importancia.

Arqueó una ceja, torciendo a la vez el labio, dándome a entender que no se tragaba mi versión. Apoyé una mano en su hombro desnudo.

-Tengo que irme.

-¿Tan pronto?-refunfuñó.

-Sí, no me encuentro demasiado bien.

Sharon puso esa carita que tenía cuando acertaba en alguno de sus pronósticos, que parecía reprocharte: “Yo ya te lo dije”. Sonrió, mientras se levantaba ligeramente del asiento, y me dio dos besos. Quise también que se quedase grabado en mi piel el tacto tierno de aquellos besos. La delicada presión que sus labios, carnosos y pigmentados de rojo, como si estuviesen recubiertos de sangre, ejercían en mis mejillas débiles y pálidas. Aquella sensación grácil que me llenaba de cariño, me expresaba una grandísima comprensión. Necesitaría sentirlo cuando estuviese triste, cuando sufriese; sus besos serían mi bálsamo y me liberarían del dolor. Sentí el tacto de su cabello suave, ondulado, sedoso, en mis dedos. Noté con ello una gran proximidad entre nosotras, que se rompió bruscamente cuando tuvimos que separarnos, en un movimiento fugaz.

-Descansa bien, Emily.-dijo Sharon con mucha dulzura.

-Igualmente.-le di un beso yo a ella antes de irme.

Me dirigí a la puerta. Antes de girar el manillar, me giré y le hice un gesto a ella, quien me correspondió imitándolo. Salí afuera del bar y tuve que enfrentarme con el frío de la noche, lejos del calor de los abrazos de Tobías y los besos de Sharon. Acercándome, lentamente, a los latidos de su corazón, que parecía seguir sintiendo en la punta de mis dedos. Me alejé del bar, del barrio, amparada por el viento gélido que azotaba mi cara y mis manos. Agarré mi abrigo y me tapé con insistencia, pero seguía teniendo frío. Siempre fui sensible para el frío, y lo siento mucho más intenso que el calor. Caminé, paso a paso, lentamente, pensando, sintiendo. Junté mis dedos. Afiné los oídos. Me encogí de hombros. Volví a escuchar aquella respiración que sufría, acompañada del tacto de aquella columna, a sentir aquel beso dulce en mi mejilla, a notar aquel corazón en mis manos. Amparada por todas aquellas sensaciones, que me hacían sentirme segura y ahuyentaban los fantasmas de mi soledad, me dirigí a verle. Quizás no me dejarían entrar, pero tenía que intentarlo. Necesitaba sentirle antes de volver a casa, a acostarme en aquella cama desierta, que alimentaba mi tristeza. Solamente acompañada por un aparato horrible sin el que en plena noche me quedaría sin respiración. Y de mi cicatriz, mi fiel compañera. Metí la mano entre los botones de mi camisa y la palpé. Las heridas que la conformaban ya no dolían como antaño, simplemente me producían un suave cosquilleo. Sentí entonces mi propio corazón, cuyos latidos eran más cercanos y fuertes debido a la cicatriz. Aquella zona era tan tremendamente sensible que el más mínimo roce llegaba a mi cerebro con una magnitud tal que hacía que me estremeciese. Cuando Terry la acariciaba, recuerdo que ese estremecimiento se convertía en un placer extremo, que quise, sin éxito, traer a la mente. Seguí acariciándola. Mi compañera del alma, mi amiga incluso, que tanto me había hecho sufrir, tanto daño me había producido, y ahora era capaz de mitigar parcial y dulcemente mi dolor. En tanto que me encontraba enfrente de la puerta de cristal de aquel hospital, el frío se hizo todavía más intenso, a pesar de que veía a todo el personal en manga corta. Esperé a que se abriese por mi mera presencia y entré, haciendo que el calor del hospital me envolviese. La recepcionista, independientemente de lo que podía pensar, dejó que fuese a verle. No se lo agradecí; tampoco le dije ninguna otra cosa, simplemente moví la cabeza de arriba abajo una vez. Subí a la habitación en el ascensor, junto a tres o cuatro médicos. Ninguno de nosotros intercambió una palabra. Yo levanté la vista y la clavé en la pantalla, para poder saber dónde tenía que bajarme. Al llegar allí, volvió a apoderarse de mí una gélida influencia, con clara procedencia de la habitación de Terry, y cuanto más me acercaba, más frío sentía. Apoyé una mano en la pared y seguí andando. Aquella textura rugosa también se quedó impresa en mis dedos. Aunque no era un recuerdo que me ayudase a no sentirme mal, como los otros, era parte de esta historia. Entre esas paredes, a lo largo de aquel pasillo que parecía no acabar nunca, había derramado un millón de lágrimas. Lágrimas que todavía flotaban en el ambiente, llenándolo de una dulce humedad. Quizás por eso hacía tantísimo frío.

Abrí la puerta sin detenerme a pensarlo. Cerré los ojos. Volví a abrirlos. Allí estaba, en la cama, inmóvil, con los ojos cerrados. Me acerqué a él, mordiéndome los labios. Sentí que había perdido tanto, tanto, tanto al tenerle aquí. Me arrodillé bruscamente al pie de la cama y apoyé la cabeza en un lateral. Le miré, sin obtener una mirada recíproca por su parte. Era como si estuviese muerto. Un par de gotas llovieron de mis ojos, que parecían un cielo perpetuamente nublado. Le acaricié una mano. El tacto de sus venas, que estaban un poco hinchadas, hizo que sintiese la imperiosa necesidad de volver a notar aquel corazón. ¿Fue eso lo que me hizo ir allí, la nostalgia? No me paré a pensarlo. Apoyé los dedos, suavemente, en su pecho, manteniéndolos ligeramente inclinados para no llegar a posar la palma de la mano. Aquella vez no lo había hecho, y no lo haría entonces. Al poco rato, sin haber presionado los dedos demasiado, lo sentí. No tenían la misma velocidad; eran mucho más lentos y dificultosos. No obstante, aquellos latidos estaban ahí. Sonreí. Todavía quedaba esperanza. Volveríamos a repetirlo. Volvería a apoyarme en su hombro, en la consulta del médico, o mismo en nuestra casa. Juguetearía con los botones de su camisa, enredándolos con los dedos. Y lo notaría de nuevo. Palpitando con tanta prisa, golpeando contra las yemas, quedando atrapado en ellas, como si se tratase de alguna especie de hechizo.

En un impulso inconsciente, miré hacia una puerta de la habitación. Indudablemente, en ella se encontraría la ropa y las pertenencias personales de Terry. Conocía bien esas habitaciones; cuando yo había sido ingresada, vi entrar a la enfermera para coger mis cosas. Al verme completamente sola, decidí introducirme en ella. Sabía que si viniese algún médico, podría meterme en un lío, pero tampoco me importó. En la habitación había una banqueta en la que yacían, perfectamente doblados, la chaqueta, la camisa y los pantalones de Terry, ambos manchados de sangre seca. Cogí la chaqueta, con cuidado de no arrugarla, y la acerqué a mi nariz. Aquel olor característico la envolvía con ternura, haciendo que las lágrimas aflorasen una vez más de mis ojos. Miré en uno de los bolsillos, en el cuál noté un bultito al tacto. Su cartera de piel. Miré lo que había en su interior. Apenas un par de billetes de cinco dólares. En un compartimento, guardaba unas fotos. Tres o cuatro de cuando Amy era más pequeña, y dos mías. Una de ellas estaba doblada. La reconocí al instante. En ella salía yo sentada en una silla, en nuestra habitación. La luz del sol que entraba por la ventana se reflejaba perfectamente en mi rostro completamente pálido y en mi camisón rosa, que cubría grácilmente mi cuerpo. Con una de mis manos, que pasaba por detrás de la cabeza, me sujetaba mi larguísima melena negra. Recuerdo que tanto Terry como yo éramos fanáticos de la fotografía y nos sacábamos fotos mutuamente en cuanto una cámara caía en nuestras manos, aunque, cuando había caído enferma, dejamos de hacerlo. Esa la había sacado él, una mañana que se encontraba inspirado. Le dije aquel día que la retocaría con el photoshop para quitarle un poco de claridad. Terry sonrió y me dijo:

-Las fotos bonitas no necesitan retoques.

Esa frase se quedó grabada en mi subconsciente con claridad. Al rememorarla en aquel momento, sentí que mi melancolía aumentaba vertiginosamente. Miré detrás de la foto, por curiosidad. Entonces sí que estallé en lágrimas, tapándome la cara con la cazadora. En el centro, en pequeñito, figuraba una inscripción hecha con la letra inconfundible de Terry: “Do it for her” (“Hazlo por ella”). ¿Se refería a sus acciones como sicario o a su vida en general? Vivíamos uno por el otro, no era más que un favor que nos hacíamos mutuamente. Quizás Amy era lo que sellaba nuestro trato. Guardé la foto en la cartera, y la cartera en la chaqueta mojada por las lágrimas. Necesité un abrazo en aquel momento. Giré la cabeza. Terry no podría dármelo. Tobías tampoco.

Salí del hospital llorando. No era un llanto escandaloso, ni había angustia en él. Solamente estaba impregnado de nostalgia, y lo acompañaban aquellos hondísimos suspiros. Cogí el móvil. Pensé en llamar a Sharon, pero seguramente estaría demasiado ocupada. Recordé que Tobías había escrito su número en mi agenda. Me haría bien hablar con él. Marqué el número y le llamé, mientras me agazapaba en aquel viejo banco del parque de las palomas. Era de noche, y no había ninguna. Volverían al alba, y, con ellas, seguramente mi alegría. Descolgaron el teléfono al otro lado de la línea.

-¿Sí?-era aquella voz grave.

-Soy Emily.

-Emily…-repitió- ¿Te ha… te ha pasado algo?

-No.-no sabía qué decirle. El motivo de mi llamada era absurdo.

-Entonces…

Opté por contárselo.

-Me sentía sola. Quería oír tu voz.-suspiré.

-Ah. Yo también me sentía… solo.

Permanecimos un momento callados. No escuché ajetreo de fondo, así que supuse que tendría poco trabajo en el bar o que estaría ya en su casa. Lo único que escuchaba era su respiración agitada y profunda.

-Oye Tobías, ¿te puedo hacer una pregunta?

-Dime.

-¿Por qué empezaste a drogarte?

Enmudeció un instante. Supongo que le impresionaría mi pregunta. Cogió aire por la nariz ruidosamente y me respondió:

-Fueron muchas cosas las que… las que me llevaron a… a eso. Ya te las contaré.

Asentí, aunque él no pudiese verme. Entonces, como si estuviese hablando consigo mismo, recordando, pronunció unas palabras bajito, con cierta nostalgia en la voz:

-Cuando empecé a beber, dejé de tener frío.

Me estremecí. Era como si hubiese vuelto atrás, como si volviese a ser más niño. Resbalaron por mis mejillas un par de lágrimas, mucho más dulces que el resto. Yo también quería dejar de tener frío.

-¿Y la coca? ¿Por qué empezaste?-pregunté.

-No sé… Supongo que para tener una razón para levantarme por la mañana.

Sonreí levemente durante un breve instante. Sharon había dicho lo mismo cuando le pregunté. Me levanté del banco y comencé a andar hasta casa, sin dejar de escuchar a Tobías hablándome. Hacía que no me sintiese sola. La brisa nocturna acariciaba mi rostro con suavidad, y mis manos perpetuamente álgidas. Era un ambiente especial el que se respiraba aquella noche. Aquel aire era templado, y traía consigo un olor característico. Alcé una mano y la moví, sintiendo cómo aquel influjo cálido se introducía por entre mis dedos y jugaba con ellos. Me acordaría de aquella sensación cuando tuviese frío. Los abrazos de Terry también lo calmaban.

Llegué a casa después de un largo viaje en autobús mientras me despedía de Tobías. Él lo hizo con resignación, pues sabía que tendría que convivir una noche más con los fantasmas de su pasado y los monstruos de su presente. Soltó, junto a sus palabras, un suspiro lastimoso, entrecortado, trémulo, al igual que los míos. Colgué el teléfono y lo metí en el bolso, el cual cayó en el suelo, como si con él me librase de mi pesada carga. La casa estaba vacía. Amy estaba en la casa de la tita, como cada viernes. Suspiré, mientras subía las escaleras muy lentamente, cabizbaja. Abrí la puerta de la habitación de golpe. Aquella cama, de sábanas inmaculadas, estaba completamente desierta. Nadie se acostaría conmigo otra noche más. Cerré los ojos, empapados por las lágrimas. Todo aquello volvió a mí. Los besos de Sharon me devolvieron el cariño que necesitaba. El abrazo de Tobías actuó como un bálsamo, paliando mi dolor. El tacto de la pared del hospital me acercaba a él de nuevo. El calor de la noche, su olor dulce, eran el decadente preludio de lo que iba a suceder. Entonces, aquel corazón volvió a resonar en mis dedos y se extendió a lo largo de todo mi cuerpo. Mis sienes, mis brazos, mis manos, mi pecho, mis piernas, mis pies, y se acompasó con el mío, que también comenzó a palpitar con muchísima fuerza. Sonreí levemente, con las mejillas ardiendo. Echaba de menos el Síndrome en toda su magnitud. Abrí los ojos, sintiendo un enorme escalofrío que recorrió como un relámpago mi columna. Me puse el pijama. Al quitarme la camisa, me encontré con mi cicatriz frente al espejo. Su tacto volvió a mis dedos, sin necesitad de palparla. Me apresuré en acostarme en la cama. Aquellas sábanas fueron sus brazos, envolviéndome tiernamente, protegiéndome del temido frío. Suspiré de nuevo, bajo la mascarilla. Me quedé dormida, amparada por aquel corazón que latía en mi oído, acompañado por el fluir de la sangre. Una vez, y otra, y otra, y otra…

Al despertar, todas aquellas sensaciones se habían desvanecido. Como el vapor.

Volvió la noche, las sombras, y, con ella, la soledad. Habiendo dejado previamente a mi hermana al cargo de mi hija, me dirigí hacia el bar. Juntaba en el camino los dedos, intentando volver a sentir el vívido recuerdo de Terry otra vez, pero no era lo mismo. Había desaparecido.

-¡Ángel!

Al escuchar aquel grito, erguí la mirada. Era Klaus, como me imaginaba. Me miraba con una sonrisa en los labios, constituida por sus escasos dientes, esperando que hablase con él como siempre. Sonreí forzadamente y me senté a su lado. No era una voz tranquilizadora y grave como la de Tobías, más bien al contrario, pero me vendría bien evadirme.

-¿Cómo estás, Klaus?-pregunté.

-Bien. ¿Y tú?-su perpetua sonrisa parecía no querer borrarse.

-Un poco cansada.

-¿Sa…Sa…Sabes a quién vi ayer?-dijo, excitado.

-¿A quién?

-Al chico que llora. Pero no lloraba. Temblaba. Le temblaban las manos.-me miró, con mirada casi infantil- ¿Qué le pasa?

-Tenía frío, Klaus. Ayer hizo mucho frío.-suspiré.

Él asintió varias veces. Quizás también había tenido frío aquella noche. Vio entonces que todo el rato había estado jugueteando con mis dedos, sin apenas mirarle, en busca de aquella sensación añorada. Me agarró una mano.

-¿Qué tienes en los dedos? ¿Qué buscas?-preguntó con curiosidad, mientras juntaba las yemas de los suyos con las de los míos.

Tras estar un breve instante sin moverlos, los apartó bruscamente, arrimándolos a sus labios, como si le diese un calambre.

-¿Qué pasa, Klaus?-dije, preocupada.

-T…Tus dedos…

-¿Qué tienen mis dedos?-insistí.

-Tienes un corazón en los dedos…-respondió, señalándolos con recelo.

Comprendí que lo que había sentido era simplemente una proyección de mi corazón en los capilares de mis dedos. Me reí. Quise mantener viva su ilusión, y la mía, y le agarré por la muñeca suavemente.

-No tengas miedo. Toca, mira.-volví a hacer que sus dedos entrasen en contacto con los míos.- ¿Sabes lo que es esto?

Lo negó con la cabeza. Sonreí dulcemente.

-Son los latidos del corazón de mi chico.

-¿De tu chico? Pero… ¿cómo has…? Es un truco de ángel, ¿verdad?

-Es muy fácil. Simplemente tienes que apoyar los dedos en el pecho de alguien y concentrarte mucho, mucho en retenerlos.-arrimé mi mano a los labios, girando la cara- Se quedan impresos en los dedos. Atrapados.

-¡Quiero hacerlo, quiero hacerlo!-exclamó, mirándome ilusionado.- Y quiero hacerlo contigo. Será mi forma de que me protejas siempre.

Reí al pensar en que quería que formase parte de su recuerdo de aquella forma, aunque yo con Terry había hecho lo mismo. Coloqué con suavidad su mano muy cerca de mi cicatriz.

-¿Los sientes?

Asintió, con la boca abierta por lo que estaba a punto de hacer.

-Ahora tienes que concentrarte.

-Concentrarme…-repetía, mientras cerraba los ojos con fuerza, sin apartar la mano.

Al cabo de poco, le ordené que se separase. Él, incrédulo, juntó sus dedos. En cuanto notó su propio corazón, creyendo que era mío, sonrió y comenzó a gritar:

-¡Lo hice! ¡Lo hice! ¡Gracias, ángel! ¡Así te tendré para siempre!

Sonreí con ternura. Más disimuladamente, yo también sentí todo aquel júbilo la noche anterior, al comprobar que todavía residía un recuerdo palpitante de Terry en mí, al igual que nuevas sensaciones que se incorporaron. Paredes asfixiantes y húmedas, huesos frágiles, labios carnosos, calor envolvente. Todo aquello se había quedado impreso en mi piel, en mis dedos. Y nunca me dejarían sola.



[1] Los recuerdos calman el dolor interno/ Ahora sé por qué/ Todos mis recuerdos te mantienen cerca/ En los momentos silenciosos te imagino aquí/ Todos mis recuerdos te mantienen cerca/ Tus silenciosos susurros, silenciosas lágrimas.

lunes, 29 de marzo de 2010

El Lugar Donde No Vuelan las Palomas: Capítulo XXIX-Tan solo una puta





If you want to save her[1]


First you have to save yourself


If you want to free her from the hurt


Don't do it with your pain


If you want to see her smile again


Don't show her you're afraid

Circle of Fear- HIM

Es un acerbo de saberes, es una cadena interminable de sufrimiento, son millones de lágrimas por miles de gemidos, es una condición social que te condiciona como su propio nombre indica, es el dolor mezclado con el placer y hecho palabra. Puta. Pero no sólo es una palabra, un insulto, una cualidad, sino todo lo que conlleva.

Relacionado con esto está ese deseo irrefrenable de poseer lo imposible. El problema es que no queremos ver. Nos empeñamos en vendarnos los ojos. Eso es lo que nos lleva a encerrarnos en nosotros mismos, ahogarnos en una jaula de humo, alimentar nuestros sueños rotos con el néctar de la lujuria, seguir un sendero de arenilla blanca sin retorno. ¿Por qué? Todas las razones posibles se resumen en una: por odio. Odio a nosotros mismos, a nuestra vida y a nuestro status. Odio a todo lo que tenemos y no queremos tener. Odio a lo inalcanzable, buscando el placer en el autoengaño. Eso es todo lo que tenía dentro: odio.

Una noche como otra cualquiera, en la que Sharon y yo fuimos al bar como siempre. Pero al caer la noche, se descubre la cara oculta de las personas. Lo más negro, o quizás lo más puro, imaginable. El dolor tiene cabida en la noche, y se alimenta de la luz de las estrellas; el sufrimiento aprovecha la oscuridad para corroer y desgarrar el alma sin ser visto. La verdad es asesinada por la Luna y todas las fantasías y sueños tienen cabida. Cae la noche y, con ella, todas las sombras que nos invitan a evadirnos de nuestra propia realidad, sin pensar en las lágrimas que pueden brotar de los ojos de alguien que nos quiere.

Entramos por la puerta, juntas, riéndonos. No sé de qué estábamos hablando, no lo recuerdo, pero debía ser entretenido. Miré inconscientemente a la barra, ansiosa de un cubata, cuando vi a Tobías respaldado en una silla, al lado de los licores, con una cerveza en la mano, fumando un pitillo. Estaba distinto, se lo noté. Tenía la cara mucho más blanquecina, y ojeras en los ojos; hasta podría jurar que estaba mucho más delgado. Cada poco tiempo le daba una calada al cigarro, como si aquel humo fuese el único aire que pudiese respirar. Y lo exhalaba con fuerza, con rabia, de un golpe seco. Nos acercamos a él. Sharon, en cuanto lo vio, se tornó pálida.

-Tobías.-le preguntó.- ¿Estás bien?

-La vida es una puta mierda.-dijo él en respuesta, sin ni siquiera mirarnos.- ¿Cómo voy a estar bien?

-¿Te ha pasado algo?-intervine yo entonces.

Giró la cabeza. Clavó sus ojos en nosotras. Pero no eran los mismos.

-Muchas cosas. Tampoco me voy a poner a contároslas. Sería ridículo. No. Son demasiadas…

Se levantó, mientras le daba una última calada al pitillo y lo tiraba al suelo, para pisarlo con rabia. Miró a Sharon.

-Tú no mereces tener una vida así.-se acercó a ella. Tenía congoja al hablar.- La vida es tan horrible…y tú eres tan, tan bonita.-le acarició una mejilla. Le temblaban las manos- Tenías que tener una vida bonita, como tú. ¿Por qué?

Deslizó aquellos dedos temblorosos por la piel suave de Sharon. Ella tragó saliva, dejando entrever una gran tristeza en su rostro. Sabía lo que le pasaba. De repente, desde la otra punta de la barra, un cliente que estaba esperando gritó:

-¡A ver, chaval! ¡Deja de tontear con esa puta y mueve el culo!

Entonces su humor cambió drásticamente. Empujó a Sharon bruscamente hacia atrás y se dirigió hacia él, con paso ligero.

-¡¡Bloody no es ninguna puta!!-chilló.

Sin que nos pudiésemos dar cuenta, estaba fuera de la barra, peleando con el otro hombre, el cuál le estaba propinando una buena paliza. La sangre de Tobías salpicaba el suelo mientras él se aferraba en defender aquella idea a base de darle puñetazos a su contrincante, el cual estaba encima de él machacándole. Sharon y yo corrimos hacia allí. Ella gritaba una y otra vez el nombre de Tobías, llena de miedo.

-¡No le pegue más, joder, que lo va a matar!-le grité al señor mientras lo agarraba de un brazo y lo separaba de él.

-¡Unas buenas ostias le hacían falta a este niñato!-dijo, mientras se enderezaba.

Tobías se levantó con dificultad, apoyándose en Sharon, pero en cuanto lo hubo hecho, volvió a dirigirse hacia su rival, despotricando con la boca llena de sangre:

-¡Hijo de puta, maricón de mierda! ¡Cabrón de los huevos! ¡Tu puta madre!

Sharon lo agarró por el pecho, frenándolo, cuando volvían a estar a medio palmo de distancia.

-¡No, Tobías! ¡No!-le reprendió, asustada, apoyando la cabeza en su espalda, tirando de él hacia atrás.

Le dio entonces la vuelta, para poder mirarle, mientras el otro tipo de marchaba cabreado del bar. Él giró la cara ligeramente y escupió un chorro de sangre.

-¿Estás loco? No vuelvas a hacer algo así.-le dije.

Pero él miraba a Sharon, la miraba como si fuese un caballero que había fallado en el intento de salvar el honor de su princesa. Ella colocó las manos en los laterales de su cuello, y le clavó sus ojos llenos de preocupación en su rostro.

-Tú no eres puta, ¿a que no?-dijo Tobías.- Ese capullo estaba mintiendo.-sonrió.- No lo eres, ¿verdad?

Sharon enmudeció. Quiso apartar la mirada de él, pero sus ojos verdes la miraban con gran insistencia. Suspiró.

-Tienes sangre en la ceja.-respondió ella, intentando desviar el tema.

Era cierto, un corte enorme, provocado seguramente por un anillo, se alzaba en una de sus cejas. Y sangraba aparatosamente, encharcando toda la mejilla. Cogió un pañuelo de papel de la mochila y le limpió suavemente. Él dio un respingo.

-No voy a hacerte daño.-dijo, con mucha delicadeza.- Tranquilo. ¿Te duele?

-Un poco…

De repente, mientras ella continuaba limpiando su sangre, él se dio la vuelta, tapándose la boca y echó a correr. Lo persiguió.

-¡Tobías!

Se metió en el baño y le cerró la puerta en la cara. Me acerqué apresurada hacia ellos. Sharon apoyó el oído en la puerta, para saber qué estaba haciendo. Las arcadas se escuchaban desde fuera. Cerró los ojos y suspiró hondo, mientras murmuraba una y otra vez:

-Joder…Joder…Joder…

-No te preocupes, Sharon.-le dije.

-¿Cómo no me voy a preocupar?-se separó de la puerta con desdén.

-Vamos, mujer, sólo es una cogorza. Yo también las tengo, y aquí estoy.

Giró la cabeza y me miró, como si estuviese ofendida.

-¿No lo has pillado o qué?

-¿Qué tengo que pillar?

Se detuvo, apoyada en el marco de la puerta.

-Ha… mezclado.-respondió, con dificultad.

-¿Mezclado?

-Alcohol y coca. Y eso sin contar el tabaco, claro.

Me quedé petrificada. De ahí venía su conducta extraña, su agresividad, su tristeza. Por eso estaba ahora encerrado vomitando. Y apuesto a que las cicatrices también estaban relacionadas con eso de algún modo.

-¿Estás segura?-le pregunté, incrédula.

-Completamente.-se mordió los labios.- No sabes lo rápido que le latía el corazón. Por no hablar de que tenía algo blanco en la nariz, que habría que estar ciego para no verlo. Tendremos suerte si no le da un infarto.-se echó el pelo para atrás, nerviosa.

Volvió a acercarse a la puerta y posó una mejilla en la puerta.

-Deja de vomitar de una vez.-dijo, con tono lastimoso.

Pero se seguían escuchando los gemidos, los suspiros y las continuas arcadas procedentes del interior del baño. Giró entonces la cara. Yo la imité. Lo que vimos fue a un hombre alto y recio, de unos 40 o 50 años, moreno de piel y de aspecto bastante rudo detrás de la barra atendiendo a los clientes y mirándonos con odio. Sharon le hizo un gesto para que se acercara. Él le obedeció, poniendo mala cara.

-¿Qué pasa ahí?-preguntó, señalando el baño.

-Es Tobías.-respondió ella.- No se encuentra bien… Se ha pasado un buen rato vomitando. Debe estar enfermo del estómago, lo vi muy pálido. Lo mejor será que vaya a casa a descansar. Mañana o pasado se encontrará mejor, estoy segura.

Al escuchar la palabra “descansar” le cambió la cara hacia un rechazo absoluto. Cruzó los brazos a modo de negativa.

-Ni de coña. Yo vengo a trabajar con fiebre o con lo que me echen…

Sharon lo miró suplicante.

-¿Quiere un favor a cambio?-sonrió, mirándole a los ojos.- Sabe que se lo haré, tengo buena fama.

Aquel hombre alzó una ceja. Parecía gustarle la idea.

-En ese caso, mañana aquí a las 11 de la noche, sin falta.

-No hay problema, aquí estaré.

-Anda, llévense al chaval. Y díganle de mi parte que se mejore rápido.-recalcó esta última palabra.

Volvió a la barra. Sharon y yo nos miramos.

-Es una ventaja de ser puta.-se rió.- Siempre consigues lo que quieres.

Otra vez salía esa palabra. Puta. Para él, el impedimento de alcanzar un sueño. Para ella, el duro día a día, del que de alguna manera hay que sacar provecho. Si esa palabra no se hubiese interpuesto, simplemente nunca se habría dado esta situación. No llorarían los ojos verdes; no se turbaría la miel de los otros. Una palabra, solamente, condicionó dos vidas, conduciendo una de ellas hacia la autodestrucción.

En aquel momento, la puerta del baño se abrió de repente. De él salió Tobías, pálido como las velas, apoyándose en las paredes para poder caminar, pues era como si no le respondiesen las piernas. Sharon, al verle, se dirigió hacia él corriendo y le abrazó, agarrándolo por los costados, apoyando la cabeza en su pecho.

-Tobías, gracias a Dios… ¿Estás mejor?-alzó la mirada.

Se palpó la cabeza. Seguía algo confuso.

-He vomitado sangre. Tenía arcadas y me salía sangre. Era muchísima sangre.

-No te preocupes, Tobías.-le dije, apartándole el pelo de la cara. Estaba impregnado a ella por el sudor.- Eso es que has sangrado antes.

Se quedó pensativo, como intentando asimilar lo que le había dicho.

-Vamos a llevarte a casa.-proseguí, ya que Sharon se mantenía abrazada a él.- Allí podremos cuidarte hasta que te pongas bien.

Me miró serio.

-El jefe…

-Ya hemos hablado con él. Dice que vayas a descansar, que no hay problema.

Bajó la cabeza, despacio. Vio cómo Sharon se aferraba a él, con el firme propósito de no dejarle solo de nuevo. La observó, como si estuviese ante algo tan frágil, pero a la vez tan hermoso que podría quebrarlo con el más mínimo roce.

-No puedes ser una puta.-le dijo, todavía más convencido que antes, sonriendo.- No. Una puta no se preocuparía así por mí, y menos sabiendo que no tengo ni un duro. No lo haría. No.-y lo negaba con la cabeza.

Ella escondió la mirada, la apartó de los ojos verdes, acunados por las ojeras y llenos de dolor. Los suyos también sufrían.

-Vamos a casa.-le dijo, agarrándole del brazo.

Tuvimos que ir a pie, pues yo no tenía allí el coche y Sharon no sabía conducir. Fuimos siguiendo exhaustivamente las indicaciones de Tobías, quien se detenía cada poco a vomitar en una esquina, mientras nosotras le sujetábamos el pelo. Tuve que abrir yo la puerta, pues él no daba pie con bola, hablando en plata. Entramos en el piso. La verdad es que estaba bastante ordenado, aunque se respiraba un cierto caos en el ambiente. Fue al entrar cuando nos dimos cuenta de que Tobías había caído en el suelo de cuclillas y se abrazaba, temblando.

-¿Qué te pasa, Tobías?-le preguntó Sharon, asustada.

-Tengo frío.-susurró.

-Pero si estás colorado.-dije, y era cierto que lo estaba.- ¿Cómo puedes tener frío?-le toqué la frente, por si tenía fiebre. No estaba caliente. Sólo las mejillas. Lo demás era un cúmulo de escalofríos.

-Es la droga.-me dijo ella, en voz baja. Luego, se giró para volver a ver a Tobías. Arrodillada a su lado, comenzó a frotarle los brazos con las manos.- Tranquilo… Entrarás en calor…

-Lo mejor será meterlo en la ducha. Un poco de agua caliente le vendrá bien.

Tobías me miró, tiritando, con la respiración entrecortada.

-Es una buena idea.-dijo Sharon, levantándole.- Vamos, Tobías.

Él le obedeció, dejando que ejerciese control sobre sus piernas y le hiciesen ponerse de pie. Se dirigió al baño, apoyado en ella, todavía con un inmenso frío dentro de su cuerpo. Tuvimos que desnudarlo, pues, evidentemente, él solamente se preocupaba de intentar darse calor. Yo le quité la camiseta muy despacio, para que no sintiese un cambio brusco de temperatura. Sharon le bajaba el pantalón y el calzoncillo, lentamente, como solo ella sabía. Tirando hacia abajo, con suavidad, con tiento. Él tuvo entonces un ataque de risa bobalicona mientras decía:

-Bloody, que nos conocemos.

Ella giró bruscamente la cabeza y le miró, no me atrevería a decir con odio, pero sí bastante enfadada. Supongo que por pasar de decirle que no es puta a reafirmarlo. Sus uñas se le clavaron en las piernas y las rasgaron, mientras se enderezaba. Los arañazos eran de aspecto semejante a los de un gato, y uno de ellos rezumaba un poco de sangre. Tobías se inclinó y los miró, retorciéndose de dolor. Soltó un gemido, casi inaudible, pero Sharon no mostró compasión hacia él. Abrió el agua de la ducha y lo empujó un par de veces para que se metiese dentro.

-Vete a la ducha, anda.

Consiguió su propósito. En cuanto lo hizo, le cerró la cortina para que no nos viésemos mutuamente.

-Voy a buscar un par de mantas y una toalla.-propuse.

-Yo mientras le calentaré una tila o algo, a ver si por lo menos se va calmando.

Suspiró. Ella no sabía qué haces ante una situación así. Me acerqué y le aparté el pelo de la cara.

-Verás cómo no es nada.-le dije.- No te preocupes por él.

-Si muere será mi culpa.

-No morirá. Venga, tranquilízate y deja de pensar en esas cosas.

Asintió, resignada, e hicimos lo que teníamos previsto. En la habitación de Tobías, en un armario, había varias mantas. Cogí un par de ellas, a la par que una toalla, y miré a mi alrededor. Estaba todo desordenado y descolocado. Pude distinguir, en aquel lugar caótico, una guitarra española apoyada en la pared. Era bastante antigua y estaba algo rota por los bordes; se distinguía cerca de las cuerdas las palabras “Fuck you all” grabadas en la madera, probablemente con un cuchillo o algo similar. También encontré en la mesita un par de cajetillas de tabaco, una revista porno, una foto de una mujer, probablemente su madre, una botella de cerveza vacía y una navaja, con algo de sangre seca en el filo. Seguramente se había cortado las muñecas con ella. Encima de la cama había un pequeño crucifijo, como si Dios fuese lo único estable en su vida, lo único puro, o quizás solamente era un mero espectador de su dolor.

Salí de allí y me dirigí a la cocina, donde estaba Sharon mirando atentamente al microondas, con la mirada triste. La tacita llena de agua daba vueltas, hipnóticamente. En cuanto pitó, ella miró hacia la puerta y me vio.

-Vamos a verle.-ordenó, mientras echaba la bolsita de tila en el agua.

Asentí. Llevaba un buen rato en la ducha, y ya estaba empezando a inquietarme. Al llegar al baño, Sharon abrió la cortina que posteriormente había cerrado. Entre un espeso cúmulo de humo pudimos ver a Tobías, todavía temblando, con la piel roja de lo caliente que estaba el agua.

-Tobías…-dijo Sharon, con preocupación en la voz.- Sal de ahí, mi niño.

Él lo negaba con la cabeza.

-Tengo frío.-argumentaba.- Tengo mucho frío.

-Hazme caso.-dicho esto, asomó la cabeza en la ducha y cerró la llave del agua.

Cogió una toalla y se la puso por los hombros, antes de sacarlo a fuera. En cuanto sintió el contacto con el aire frío del baño, cayó en el suelo de rodillas, entre escalofríos. Sharon, gritando su nombre, cogió una manta y le tapó con ella apresuradamente, mientras se situaba de cuclillas para poder abrazarle con fuerza.

-Tienes que entrar en calor, Tobías.-le decía, mientras frotaba sus brazos con las manos de nuevo, y luego volvía a repetirlo:- Tienes que entrar en calor.

Él giró entonces la cabeza, para poder mirarla a los ojos.

-Me estás engañando, ¿verdad Blood? Tú no eres una puta. No, no lo eres. Tienes que trabajar en otra cosa. Déjame pensar… Enfermera, seguramente; por eso estás todo el rato tomándome el pulso-al decir esto, Sharon retiró lentamente los dedos de su cuello.-, y por eso me tapas tanto para que no tenga frío.-sonrió.- O… o quizás un empleo menos deprimente… Modelo, quizás; será por eso que eres tan bonita… O profesora; solo eso explica que quieras tratar con un niñato como yo.

Ella no le quitaba ojo de encima, escuchando cada una de las palabras que emanaba su boca. Suspiró. Deseaba decirle que estaba en lo cierto, que no era una puta, que era cualquier otra cosa, pero era imposible. ¿De qué serviría negarlo? Estaba impresa aquella palabra en cada uno de sus actos, de sus prendas, de sus rasgos. Tobías la miraba con impaciencia, esperando una respuesta con ansiedad.

-Dime algo, Blood. Dime algo…

Sharon cogió la tacita de tila y se la entregó. La tomó en sus manos y miró su contenido. Luego la miró a ella, y comenzó a llorar, temblando aún de frío.

-Por favor, Bloody, dime que no lo eres, aunque sea mentira.-suplicaba.- Necesito que me lo digas. ¡No estés callada, dímelo! Dime que no eres puta. No lo eres, ¿a que no?-insistía, con lágrimas en los ojos.- ¿A que no, Bloody, a que no? Dime que no.

Del centro de aquellos ojos verdes caían las lágrimas como si fuesen cristalitos perfectamente tallados. Eran tan amargas, había tanto dolor en ellas. Ni un sollozo salió de sus labios, solamente palabras, susurros, que invitaban a Sharon a mentirle. Pero ella no podía, no era capaz de negar lo que realmente era. También empezaron a resbalarle aquellos cristales de los ojos.

-Bébete eso, Tobías. Verás cómo te encuentras mejor.-le ordenó, empujando suavemente la taza a su boca.

-Nunca me contestas.-dijo él, mirándola, con los ojos húmedos.- ¿Entonces es cierto?

No recibió respuesta alguna. Solamente bajó la cabeza, sin dejar de abrazarle.

-Por eso vale la pena morir, ¿sabes?-sentenció él con frialdad.- Por eso.

Nos sorprendimos ante sus palabras, pero quizás yo fui la que más. Por eso se había intentado suicidar, probablemente, por eso aquellas muñecas estaban rasgadas, desgarradas. Por Sharon, su sueño inalcanzable, la personificación de todas sus esperanzas rotas. Le agarró la cara e hizo que la mirase. Ahora ella lloraba de rabia.

-No vuelvas a decir algo así.

-¿Qué importa, Bloody? Es mejor morir chutándose que morir sufriendo. Por lo menos mueres de placer.

Le agarró por la muñeca, escondida por los mitones mojados, pues no se los había quitado al ducharse, y se lo llevó a la habitación. Recordé entonces las palabras de Klaus: Tobías iba a ahogarse con sus propias lágrimas. Su tristeza era tan honda que quizás ese era el final que le esperaba. Mientras recogía todo en el baño, los escuchaba hablar. Sharon le reñía, lloraba: “No voy a dejar que te pase nada” decía, cada poco. Él seguía lamentándose, intentando creer su propia mentira, gritando con ella. Pero aquella rabia era hacia ellos mismos en lugar de hacia el otro. Pasé disimuladamente por delante de la habitación, mientras les miraba. Sharon estaba nuevamente abrazada a Tobías, apoyando la cabeza en su pecho, rehusando mirarle a los ojos. “No te dejaré”, repetía una y otra vez ella, “No te dejaré”. Me metí en la cocina. Limpié un poco todo aquello y, tras concienciarme sobre lo que quizás vería, decidí entrar a verles.

Tobías estaba acostado en la cama, boca arriba, durmiendo. Se le escuchaba respirar con fuerza, a causa del tabaco. Seguramente toda aquella tensión liberada le dio sueño. Sharon, a su lado, estaba sentada en la cama, acariciándole con suma delicadeza. Percibió enseguida mi presencia, a pesar de que me mantuve en la puerta sin moverme, y me miró.

-Se ha quedado dormido el pobre.-dijo, sonriendo levemente.- Debía estar agotado.

-¿Cómo está?

-Todavía tiene el corazón desbocado, y tiembla algo, pero supongo que se pondrá mejor.

Giró la cabeza, clavando sus ojos ahora en él. Estaba tapado con la manta que le dimos, semidesnudo, pues parece ser que se puso el pantalón de nuevo. En el pecho tenía el tatuaje de un corazón. Sharon lo repasó con las uñas, sonriendo.

-Por cierto,-dijo, sin mirarme.- mira lo que he encontrado en un cajón de la mesita.

Sacó entonces una bolsita, contenedora de algo blanco, y me la tiró. Pude cogerla al vuelo y confirmar sin ninguna duda que se trataba de cocaína.

-Es bastante pura.-añadió.- Con un par de rayas de eso, te quedas hecho polvo. La mía es bastante más suave.

-¿La tuya?-pregunté, alarmada.

-Yo también la tomo.

-¡Y luego le riñes a Tobías!

-Yo me sé controlar, ¿vale? Él no, sino no estaba así, eso te lo aseguro. Y no hables tan alto, le vas a despertar.

-¿Por qué lo haces?

Me miró con tristeza.

-Para tener un puto motivo para levantarme por la mañana e ir al trabajo, si se le puede llamar así.-desvió la mirada.- Seguro que Tobías también lo hace por eso.

De repente, sonó mi móvil. Por el tono de llamada, deduje que era mi hermana Lorelay, avisándome de que volviese a casa. Efectivamente, no me equivocaba.

-Tengo que irme.-dije.- Mi hermana me llama.

Sharon asintió y volvió a mirar a Tobías.

-Vente tú también.-le ordené.- Necesitas descansar.

-No.-se giró con indignación.-Nunca le dejaría solo. Podría tener una parada cardíaca por la noche, que no es el primer caso ni el último. ¿Y entonces qué? ¿Qué hago si la palma? No quiero irme, puede pasarle algo.-hablaba con seriedad.

No me gustó cómo sonaban sus palabras. Llegué en aquel momento a temer realmente por la vida de Tobías, hasta el punto de clavar la mirada instintivamente en su pecho para cerciorarme de que respiraba. Me recordó a lo que le había pasado a Josh, me sentí tan impotente como entonces.

-Si eso-propuse.- me quedo contigo. Yo tampoco quiero que le pase nada.

-No hace falta, Em. Tú tienes una hija a la que cuidar. Yo solo puedo cuidarle a él.

-¿Has pensado en David?-le pregunté, bajando la cabeza.

-Le diré mañana por la mañana que he estado trabajando hasta muy tarde.

-No te creerá.

-Lo sé.-esbozó una sonrisa de resignación.

Me dispuse a irme, turbada por todo lo que había pasado y todo lo que podía pasar. Me giré antes de abrir la puerta para poder observar a Sharon.

-Si le pasa algo llámame inmediatamente.-le conminé.

-Tranquila, sé primeros auxilios.

-Tú hazlo.

-Descuida.

Fui entonces a casa, con la imagen reciente de Sharon al pie de la cama de Tobías, como si fuese una Julieta velando la muerte de Romeo. Y la obsesión de él me resultaba tan extraña. Que no fuese una puta. ¿Querría mantenerla intacta, pura, virgen, solo para él? Quién sabe. Recuerdo como si fuese ayer cómo lloraban, y se abrazaban, intentando sin resultado darse consuelo mutuamente. Ella quería renegar de lo que era realmente, de Bloody. Él solamente quería ver cumplido su sueño y poder estar juntos.

Fue acostarme en la cama aquella noche y tener aquella pesadilla horrible. Yo estaba en la casa de Tobías de nuevo, y escuchaba un llanto desde una habitación. Intimidada, amparada por la oscuridad, abría la puerta. Lo que me encontraba era la viva estampa del más absoluto dolor. Sharon estaba arrodillada en el suelo junto a Tobías, que yacía inerte en él. Ella le cogía de la mano, le acariciaba, lo movía de un lado a otro, lloraba tanto. “¡Tobías!” decía “¡Tobías, háblame! Tenías razón, no soy una puta, ¿ves? ¡No lo soy! Por favor, dime algo”. Pero aquel silencio era tan absoluto como el sonido del corazón que había dejado de latir. Sharon insistía, y le besaba una y otra vez en aquellos labios sin vida, mientras repetía que le hablase, que despertase, y le encandilaba con falsos argumentos. Recuerdo con claridad que de los ojos de Tobías se deslizó una lágrima. De aquellos ojos que parecían estar tallados en cera. Observé la escena impasible, pero con un fuerte sufrimiento interno. De repente, una mano en mi hombro, una voz: “Te lo dije, ángel, se ahogó con sus lágrimas”. “¿Y ella?” ahora era yo la que preguntaba. “A ella simplemente le corroerá su propia existencia”. Entonces, unos hombres agarraban a Sharon por las muñecas y las piernas, separándola de Tobías, y comenzaban a violarla. Grité su nombre, pero era inútil. A pesar de la muerte, los ojos de él comenzaron a emanar lágrimas. El dolor que sentía ella la hizo morir haciendo aquello que estaba plasmado en su ser. Me desperté sobresaltada, con sangre en la mascarilla.

Necesitaba que llegase la noche para poder hablar con Sharon y preguntarle qué había pasado. No tenía llamadas en el móvil, así que intuí que no había pasado nada grave; aún así, estuve todo el día pendiente de que me llamara. Seguramente me llamaría llorando, sin ser capaz de pronunciar que Tobías estuviese muerto, o ingresado en el hospital en estado crítico. Temí esa noticia, temí que al final cumpliese su propósito y pudiese morirse. Me imaginé una y otra vez la escena, y las diferentes maneras de actuar que podía seguir para preocupar lo menos posible a Sharon, pero pudiendo dejar escapar mi pena y que no me destrozase por dentro. Esperé con impaciencia el momento de presentarme en aquella calle, junto al bar. Recuerdo que por el camino vi a Klaus, junto a un cubo de basura.

-¡Ángel!-me gritó.

Me acerqué a él. Quise sonreírle, pero estaba demasiado centrada en Tobías.

-Una cosa.-dijo, llevándose la mano a la barbilla.- El chico… el chico que llora… ¿Está bien?

-¿Por qué dices eso?-pregunté, asombrada.

-Ayer os vi iros con él a Bloody y a ti. Estaba blanco, tan blanco como la nieve, y no podía andar bien. ¿Le pasó algo?

Suspiré. Un hondo suspiro.

-¿Sabes lo que le pasa? Que tiene mucho dolor y mucha tristeza dentro, y es la única manera que se le ocurre de neutralizarlo, a base de cosas malas.

-¿Dónde le duele?-se palpó entonces el pecho y la barriga, como si pudiese notar su sufrimiento de esa manera.

Sonreí levemente. Cada vez que estaba junto a Klaus sentía como si estuviese hablando con un niño pequeño, no de más corta edad, pero sí de más corto entendimiento que mi hija.

-Si le duele el corazón, que es lo que te duele cuando estás triste, puedo darle el mío. No me importa, no me interesa…-se miró, y hablaba con seriedad.- Él es joven, lo necesita más que yo.

-No pienses en esas cosas, Klaus. Se le pasará. Es un dolor pasajero.

-Si no se le pasa, este no duele y se lo puedo dar. Nunca, y llevo con él 60, o 70, o 80 años, no sé, no me… Pero dile que es mío, ¿vale? Así vendrá a mi tumba a echarme flores.-sonrió.

Desvié la mirada. El comentario de aquel adorable viejecito quería hacer mella en mí, junto con el asunto de Tobías. Vi que Sharon se separaba entonces del resto, que se encontraban cerca de la carretera en manada, y me hacía señas. Opté por despedirme e ir hacia ella. No le vi buena cara. Tenía cerca de un ojo una cortadura, producida quizás por un anillo o similar, y su rostro infundía tanta preocupación. La agarré una mano. Apenas hizo presión.

-¿Qué pasa? ¿Está bien?-pregunté angustiada.

-Supongo. Estuve con él hasta las 4 o las 5. Luego… me llamó David. Estaba muy cabreado, opté por ir. Y mira.-me señaló la herida.- Y pudo ser peor si tardase más.-bajó la cabeza.- ¡Soy gilipollas, joder! Tenía que haberme quedado a su lado.

La abracé. No, no podía verla sufrir de aquella manera por culpa de un indeseable como David. Un impedimento era esta vez aquella palabra, el impedimento de ser feliz, de vivir, de ser libre. Escuchaba cómo respiraba fuertemente en mi oído.

-Vamos al bar.-le dije.- Después vamos a casa de Tobías a ver cómo está.

Asintió, sin apenas ánimo para mover la cabeza. Vino un poco detrás de mí. Pensé entonces en mi sueño; no quise contárselo a ella, por supuesto, pero no podía evitar pensar si se cumpliría, si él estaría muerto. Muerto por la decepción de no haber alcanzado su mayor sueño, por no haber tenido ni oportunidad, por querer a alguien equivocado, muerto por una maldita palabra: Puta. Entramos.

Al mirar hacia la barra, nos quedamos boquiabiertas. Tobías, el mismo Tobías que ayer no se podía apenas levantar, ni andar, y que era un cúmulo de escalofríos, estaba trabajando como si nada. Seguía pálido, lo noté, y mucho, pero por lo menos parecía que se encontraba mejor. Aún así sostenía en la boca, inseparable, un pitillo, expulsando el humo por la nariz. Nos acercamos a él, incrédulas. No solo por el hecho de que hubiese pasado la noche sin más complicaciones, sino también por encontrarse allí, currando diligentemente.

-¡Tobías!-gritó Sharon, llevándose las manos a los labios.

Se metió en el otro lado de la barra y le abrazó fuerte, apoyando la cabeza en su pecho. Él la miró con sorpresa, pero no dudó en deslizar la mano por su pelo rizado una vez, una sola vez que hizo que se sonrojasen sus mejillas.

-Tenía tanto miedo de perderte.-susurró, seguidamente, su tono de voz adquirió el volumen normal:- ¿Cómo estás?

-Bien… Me duele un poco la cabeza.-eran las primeras palabras, después de aquella noche fatídica, que escuchábamos pronunciar, con voz entrecortada, a Tobías. Se llevó la mano a una sien, en señal de dolor.

-¡Cómo no te va a doler!-dije.

-¿Sabes?-prosiguió Tobías, sin escucharme, dirigiéndose a Sharon.-Recuerdo tu voz en mi casa, me decías que entrase en calor. ¿Ayer estuviste en mi casa?

Sharon asintió en respuesta. Entonces, levantó la cabeza y le miró a los ojos. Noté seriedad en su mirada.

-No vuelvas a hacerlo, ¿vale? Por muy jodido que te sientas, no vuelvas a hacerlo.

-¿El qué?-seguramente quiso hacerse el loco.

-Mezclar.-al pronunciar esta palabra, él se tornó más pálido, si cabe.

Esperó ella una respuesta, una promesa, fuese verdadera o falsa, de que no volvería a hacer tal temeridad. En lugar de eso, giró la cabeza y sus duras palabras salieron de su boca amparadas por el humo de su cigarro:

-Yo hago lo que me sale de los cojones.

Se quedó sorprendida por su afirmación. Quizás ambas, aunque yo me temía que dijese algo así.

-¿Eres gilipollas o qué?-gruñó Sharon.- ¡No tienes ni idea de cómo estabas ayer! ¡No sé cuanta coca te metiste, pero no era moco de pavo! ¡Tuviste taquicardias y temblabas muchísimo, y fue puta suerte que no tuvieses que ir al jodido hospital con un infarto, o muerto!-recalcó la última palabra.

El tema le afectaba en exceso, y no era para menos si era conocedora de aquellos mundos. Tobías, entonces, dijo una frase, que sin duda alguna se me quedó grabada:

-¡Preocúpate de tus asuntos; si solo eres una puta!

Eso la neutralizó completamente. Se quedó completamente quieta, y su garganta era incapaz de articular ningún sonido. Las lágrimas de deslizaban con furia por sus delicadas y pálidas mejillas, mientras sus trémulos labios murmuraban:

-Una puta… ¿Tan solo una puta, Tobías?...-le miró, elevando el tono de voz:- ¿Sabes lo que me decías ayer? De eso no te acuerdas, ¿verdad?... Me decías que yo no era puta, que no podía serlo, y llorabas, Tobías. Llorabas tanto, tanto…-desvió la mirada.- Y ahora me dices…

Él la observó dolido. Seguramente comenzaba a recordar sus palabras de la pasada noche, o quizás, al darse cuenta de que Sharon conocía por lo menos parte de su gran aspiración, se percató de la barbaridad que había dicho. Aunque no se atrevió a remendarlo, dudo si fue porque sabía que ella no le haría caso o porque estaba demasiado convencido de no querer dejar sus vicios. Sharon le miró enfurecida, mientras se iba.

-¿Sabes qué será lo próximo, Tobías? La coca y el alcohol te van a saber a poco, y vas a empezar con cosas más fuertes, hasta que comiences a inyectarte caballo y demás mierdas en vena.-se detuvo en seco, enfrente de la puerta.- Pero ya no me va a importar lo más mínimo. Así que haz lo que quieras, como si te matas. Me importa mierda.

Abrió y cerró la puerta rápidamente, provocando un sonido estridente y seco que inundó la sala. En el suelo relucía todavía un débil sendero de lágrimas. Tobías suspiró, y se propuso seguir con su trabajo, pero pude agarrarlo por un brazo con fuerza antes de que se alejase.

-Tenemos que hablar.-le dije.

Suspiró. Estaba bastante fastidiado. Me fui al otro lado de la barra y nos dirigimos a una habitación en cuya puerta había un cartel que rezaba: “Sólo empleados”. Era la cocina. Tobías se apoyó en una encimera y me miró. Al ver su actitud, exploté:

-No puedes hacerle esto. No tienes derecho. ¿No ves lo que está sufriendo?

-¿Y a mí qué me cuentas? Es ella la que está exagerando.

-No exagera, Tobías. Ella vivió mucho más esto que tú. Sé…-giré la mirada.- Sé lo de tus… muñecas. Por lo menos me imagino de qué se trata, y dudo que las drogas no tengan nada que ver… Mira, sé que tengo pocos años más que tú y que me mandarás callar, pero créeme que sé bastante sobre esta vida. Yo también me he intentado suicidar, y gracias a mi marido me di cuenta de que es una muestra de egoísmo tremenda, y que les haces daño a la gente que quieres.-miré a Tobías, estaba serio.- Y taparlo con droga no es la solución.

Él bajó la mirada. Estaba arrepentido, pensativo, lo vi.

-Pero… ella… No sabe nada, ¿verdad?

-De los cortes no, pero sí de lo otro. No sabes cómo estaba ayer. Yo estaba preocupada, te puedes imaginar, pero lo suyo era pánico. Y cuando le dijiste aquello… lloraba… y no sabía contestarte. Así que, si no dejas las drogas por ti mismo, hazlo por ella.

-Le dije… que no era una puta…

-Y no lo es.-sonreí.

Se dio media vuelta apresurado y se dirigió a la puerta de la cocina. Antes de salir, se giró para mirarme una última vez.

-Lo voy a intentar, pero no prometo nada.

Fueron estas las palabras que pronunció antes de irse del bar corriendo. Le seguí, pero permanecí observando por la ventana. Afuera, Tobías agarró a Sharon por la cintura, a la vista de todas sus sorprendidas compañeras, y la abrazó por detrás con dulzura, apoyando la barbilla cerca de su cuello. Sharon cerraba los ojos y le acariciaba una mejilla. Él le hablaba, seguramente le contaba que intentaría dejarlo. Y allí, amparados por la oscuridad de la noche, la tomó en sus brazos, dejando que sus lágrimas de agradecimiento fuesen su elixir, de donde sacaría la fuerza necesaria. En tanto que aquellos amantes gozaban el uno del otro, pensé que quizás, y en contra de lo que se pudiese esperar, aquel Romeo y su Julieta tendrían un desenlace esperanzador. Sonreí. No todo estaba perdido. Aún residía en todos nosotros la voluntad de ser felices.




[1] Si quieres salvarla/ Primero sálvate a ti mismo/ Si quieres librarla de la herida/ No lo hagas con tu dolor/ Si quieres volver a verla sonreír/ No le hagas ver que estás asustado.

viernes, 12 de marzo de 2010

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XXVIII-Ángel



Mas non temas, que antre mil[1]
N’hai máis que un anxo antre os demos,
N’hai máis que un atormentado
Antre mil que dan tormentos.

Xan- Rosalía de Castro.

Apenas un par de noches más repetí aquella rutina de ir al bar de Tobías a hablar con Sharon, y ya había dejado de sentirme extraña. Sí, aquella gente era ahora mi gente. Aquellos a los que nadie en su sano juicio se acercaría. Una fuerte empatía comenzaba a atarme a ellos. Podía ver todo aquel sufrimiento en sus ojos, y me sentía terriblemente identificada. Sí, el dolor es algo que une, realmente. Todos, seamos quienes seamos, lo sentimos. El dolor nos hace ser quién realmente somos. Todos los días, alguien se muere ante nuestros ojos, sea física o emocionalmente, y nos empeñamos en no verlo, como unos jodidos ingenuos, y hacer como que no va con nosotros. Si no va hoy, irá mañana, y entonces será cuando nos lamentemos.

Recuerdo un día con claridad. Me dirigía a nuestro garito de siempre; sedienta, ansiosa de alcohol que llevarme a la boca. Amy estaba con Lorelay en casa, así que no tendría de qué preocuparme, eso sí, no debería trasnochar demasiado. Paseé por aquella calle, mojada por las lágrimas, en la que moraban todo tipo de personas enfermas, pobres, y tristes. Sí, tristes. No hacía falta verles llorar. Sus ojos translucían todo aquel dolor. Odiaba pasar por aquel lugar, pero no podía ocultármelo a mí misma. Ese era el mundo, por mucho que me disgustase. De repente, giré la cabeza y lo vi. Era un señor bastante mayor, de unos 60 años. Tenía la ropa toda rota, la cara sucia, y la mirada perdida. Estaba sentado en un banco, comiéndose los restos de una manzana podrida que seguramente se había encontrado en la basura. En aquel momento, llegó una pandilla de indigentes, que intentaron quitársela. Todo sucedió tremendamente rápido. Él forcejeó con ellos, pero no fue capaz de conseguir lo que él mismo había ganado. Intenté ir a socorrerle, pero el grupo se marchó corriendo. El pobre anciano, permaneció en el banco, temblando asustado. Un hilo de sangre comenzó a caerle por la nariz. Entonces sí que casi me da algo allí mismo. Me torné pálida. Le pasaba igual que a mí. Yo también habría sangrado. Una movida así me haría sangrar. Aunque no hizo nada. Se limitó a hablar solo, mientras se encharcaba. No pude esperar más, me acerqué a él.

-Hola.-le dije, con voz dulce. Me miró con miedo.- ¿Estás bien?

Desvió los ojos hacia el suelo. Luego volvió a clavarlos en mí, llevándose las manos a la nariz, como intentando detener la hemorragia.

-Yo también sangro mucho por la nariz. Sé lo que eso.

Saqué una cajita de pañuelos de papel del bolso y le entregué uno. Retrocedió.

-No temas, no voy a hacerte daño. Yo no soy como esos capullos. Acerca un poco la cara, te limpiaré yo.

Sorprendentemente, me obedeció. Lo hice con muchísimo cuidado, intentando que no se asustase. En cierto modo, me recordó a lo que le había hecho a Terry cuando nos conocimos. Cuando lo hube hecho, volvió a palparse la zona. Al cerciorarse de que ya no sangraba, sonrió.

-¿Tienes hambre?-le pregunté.

Asintió, decidido. Recordé que tenía un sándwich en el bolso. Lo había llevado a la oficina, pero al final no lo había comido. La verdad es que desde lo que le pasó a Terry, mi apetito volvió a menguar. Se lo entregué.

-Toma. Es para ti.

-Para mí.-repitió.

Lo cogió rápidamente y comenzó a hincarle el diente. Seguramente hacía muchísimo tiempo que no probaba algo así. Sonreí. Me alegré de haberle ayudado. Opté por levantarme, pues me encontraba de cuclillas, y seguí mi camino.

-Tengo que irme. Nos vemos.-le dije, para despedirme.

-¿Tienes que irte? ¿Nos vemos? Nos veremos si tienes que irte.-respondió, mientras me alejaba.

Entré en el bar. Sharon y Tobías, apoyados ambos en la barra, charlaban animadamente. Se palpaban. Él el hombro, el brazo. Ella, la espalda. Permanecí en la puerta, intentando averiguar qué estarían diciendo. Tobías, al verme, le dijo:

-Mira, ahí viene.

-¿Pasa algo?-pregunté.

-Estábamos hablando de tu tatuaje.-respondió Sharon.- Tobías quiere hacerse uno.

Suspiré aliviada. Por un momento había pensado que murmuraban algo malo sobre mí.

-¿Me lo enseñas?-dijo él, tímidamente.

-Hombre, tampoco es plan de desnudarme en pleno bar.

-Venga, mujer, yo te tapo.

Lo hice. Le di la espalda a él, y me subí la camiseta, sin llegar a enseñar el pecho. Sharon me escoltaba por delante. En cuanto pudo verlo, se quedó con la boca abierta.

-¿Qué te dije?-bramó ella.- ¿Es bonito o no?

-Es precioso. Joder, debió doler bastante.

-No te creas. Estaba decidida a hacerlo, así que no me importó demasiado el dolor. Además, un hombre hecho y derecho como tú, no debería preocuparse por eso.

Nos reímos. Me bajé la camiseta, y nos acercamos ambas a la barra, para poder seguir hablando los tres.

-¿Qué quieres tatuarte, Tobías?-le pregunté.

-Ni idea. Supongo que un tribal, como el que me hice aquí.-se palpó entones en el bajo vientre.-o alguna de estas mariconadas.

-Tienes que hacerte algo que te guste, aunque no sea lo común. Simplemente, busca en tu corazón, y sigue tu instinto. Yo fue lo que hice. Así acabé con una paloma en la espalda.

-¿Por qué una paloma?

-Es algo muy complejo. Tampoco es plan de ponerme a explicarlo.

-Yo también tenía pensado en hacerme uno.-dijo Sharon.- Pero no estoy demasiado convencida aún.

-¿Qué tienes que pensar?-le reprendí, sonriendo.- Un tatuaje se hace a lo loco, sin pensar siquiera.

-Me gustaría tatuarme un ángel.-irrumpió Tobías, después de reflexionar sobre ello. Miró hacia Sharon.- Un ángel hermosísimo. En el pecho.-le sonrió. Se sonrieron.

-No es mala elección.-sentencié.- ¿Verdad?-dije con picardía finalmente, mirando a Sharon.

Ella se acercó a Tobías y, suavemente, posó una de sus manos en la zona que él había mencionado.

-Sería precioso. Yo también podría hacerme un ángel. No en el pecho, porque no puedo, pero… Quizás en la espalda, como Emily.

Tobías, que se había sonrojado, agarró la mano de Sharon y la miró con preocupación.

-¿Por qué no puedes? ¿Pasa algo?

Se tornó pálida. Temía que descubriese su secreto. No debía saberlo, pero no le salían las palabras para tranquilizarlo. Tuve que intervenir.

-No pasa nada, Tobías. Olvídalo.

Se separaron. Me miró. Estaba agradecida de haberla ayudado. Le devolví la sonrisa. Sabía que ella no permitiría ver preocupado a Tobías. Me fui pronto a casa. Los dejé solos, bebiendo codo con codo, riendo. La sonrisa blanca y perfecta de Sharon se reflejaba en los ojos verdes de Tobías, que la miraban con una tremenda atención. Existía una perfecta armonía entre ellos.

Pasaron apenas un par de días más hasta que volví a reencontrarme con aquel señor. En lugar de ir al bar, preferí sentarme en un banco a esperar a Sharon y poder ir juntas. Lo vi; me observaba, sin atreverse a acercarse, desde la otra punta de la calle. Opto finalmente por hacerlo. Sonreí, para que no tuviese miedo. Se quedó parado en una esquina del banco, mirándome de arriba abajo.

-Hola.-me dijo.

-Hola.-respondí, cordialmente.- Te acuerdas de mí, ¿verdad?

-Sí que me acuerdo. Me diste de comer y me limpiaste el otro día.

A pesar de ser mayor, tenía voz de niño, y bajaba la mirada avergonzado. Me acerqué a él, sin levantarme del banco.

-Siéntate, no tengas miedo.-propuse.- Mira, te he traído un pastelito.-rebusqué en el bolso y lo saqué. Lo había comprado para comer en la oficina, nuevamente, pero no había tenido hambre.

Él me obedeció. Se sentó a mi lado y cogió lo que le ofrecía. Mientras comía con avidez, me miraba con admiración. Yo lo observaba con ternura, sonriendo. Al acabar de comer, me dijo algo que se me quedó grabado para siempre:

-Señorita, no finjas. Sé lo que eres.

-¿Cómo?-le pregunté extrañada.

-Eres un ángel.-afirmó, con contundencia.-Un ángel bonito.

Le miré. Él estaba completamente seguro de lo había dicho, y seguramente estaba esperando a que se lo corroborara. Tragué saliva. Todavía no me creía lo que acababa de oír. Un ángel…

-Alguien así no es sino un ángel.-continuó.- Eres demasiado bonita.

Sonreí. Se le veía esperanzado con mi presencia, con su mentira. Me enternecí, pero no supe qué decirle.

-Tienes que salvarnos, mi ángel. Tienes que salvarnos.-me miró.- Estamos muy mal. Todos estamos mal, y nos morimos, ángel. ¡Nos morimos!

-Yo…-titubeé.

-El otro día, vi a un bebé morir en brazos de su mamá. Su mamá gritaba, gritaba cosas… y lloraba.

Me recordó en aquel momento a mi hijo, a Jimmy, cuando se había muerto. También murió en mis brazos, ante mis ojos. Nunca me perdonaré haberlo permitido. Debí haber denunciado a Robert en lugar de huir, y quizás así seguiría vivo... y Terry y yo cuidaríamos de él. Bajé la cabeza. Él me acarició el pelo.

-Tienes que ayudarnos.-repitió mientras me enderezaba.- Mi ángel.

-No puedo.

-Sí que puedes, te envía Dios.

Y él seguía con lo mismo. Desvié la mirada. En ese momento, vi a Tobías sacando la basura. Quise saludarle, pero antes de que pudiese reaccionar, el señor con el que estaba dijo:

-Llora mucho.

-¿Quién?

-Él.-respondió, señalando a Tobías.- Sale a fuera y llora. Se pasa mucho tiempo llorando, y parece que no respira.

Lo miré. Vestido de luto perpetuo, con aquella piel blanca, aquellos ojos verdes, aquel aspecto enfermizo y débil, pero a la vez tremendamente bello. Un destello de la luna hizo que brillase la marca que había dejado en su rostro una lágrima. Ajeno a todo, volvió a meterse en el bar.

-Un día-dijo- se ahogará con las lágrimas.

-Se morirá de tristeza.-dije, imitando las palabras de Angus.

Giré entonces la cara para poder mirar a mi interlocutor. En cuanto lo hice, sonrió, como si mi mirada le produjese una gran calma.

-Ni siquiera sé cómo te llamas.-dije.

-Klaus. Me llaman Klaus.

-Yo me llamo…

-¡No me lo digas!-exclamó Klaus.- No soy digno de saber el nombre de un ángel.

Me quedé sorprendida, pero no quise contradecirle.

-¿Por qué estás aquí?-preguntó.- No es un sitio bonito para ti.

-Estoy esperando a una amiga.-sonreí.- Es aquella.-señalé a Sharon con la cabeza, mientras ella descansaba en una esquina. Giró la cabeza y, al verme, me guiñó un ojo.

-Ah, eres amiga de Bloody.

-¿Bloody?

-Sí, ella se llama Bloody.

La sangrante… Supuse que sería un apodo. Quizás por eso Tobías la llamaba Blood. Me pareció extraño el nombre, le di vueltas.

-Creo-prosiguió Klaus.- que se llama así porque sangra.

Lo miré sorprendida. Tuve un mal presentimiento.

-¿Sangra?-le pregunté, ansiosa.

-Sí. A veces llega aquí un chico con ojos de mar-seguramente se refería a ojos azules o grisáceos.- Y se la lleva. Se la lleva a un coche y se van. Cuando vuelven, ella vuelve sangrando. Sangra mucho y tiembla. Y las piernas… las piernas parece que no le responden…

Entonces lo comprendí. Comprendí por qué ella siempre colgaba el teléfono de golpe, el moratón que tenía en el hombro, que dependiese de David para ir a cualquier sitio… Se veía a la legua, pero nunca me lo había confirmado, y me aferré en creer que yo estaba equivocada. Miré a Klaus. No hablé nada más con él. Me despedí y me fui al bar.

-Adiós, ángel.-me dijo.

-Adiós.-respondí, sonriendo.

Llegué al bar y me senté en una banqueta, enfrente de la barra. ¿Tenía que salvarlos? ¿De qué? ¿Cómo? Y pensar que ahora me tomaban por un ángel. Todo se volvió muy confuso para mí en aquel momento. Tobías estaba apoyado en la pared, al otro lado de la barra, fumando. No llevaba mitones. Me extrañó.

-Hola, Emily.-me dijo, al verme.- ¿Qué te pongo?

Entonces fue cuando lo vi. Un escalofrío recorrió mi columna, haciendo que me latiese con más fuerza el corazón. En la muñeca de Tobías, la derecha, la cuál dejó entrever cuando se apartó un mechón de pelo de la cara. Tenía unas cicatrices, rectas, que se la atravesaban una y otra vez, se entrecruzaban; eran rosadas, rojizas, profundas. Reconocí esas heridas. Terry tenía una también en la muñeca. Pero Tobías tenía más, muchas, tantas… Por eso llevaba mitones. Lo miré horrorizada. No me podía creer que él quisiese hacerse algo así. Comprendí entonces por qué lloraba.

-Una birra.-dije, intentando aparentar normalidad.

Sonrió. Aguantando el pitillo con los labios, como solía hacer, sacó una botella de la nevera y la colocó en la barra. En ese momento, sin que pudiese impedirlo, mis dedos se acercaron a la botella y rozaron la muñeca de Tobías muy suavemente. Estaban calientes aquellas cicatrices; nunca olvidaré la manera en la que aquel calor se quedó impregnado en la yema de mis dedos, estimulando todos y cada uno de los poros de mi piel. De repente, y sin más previo aviso, retiró bruscamente la mano y la arrimó hacia su pecho.

-¡No me toques la muñeca!-gritó.- ¡No me la toques!-temblaba.

-No te he tocado nada, Tobías, solo iba a coger mi cerveza.-le dije, sorprendida, intentando que no se diese cuenta de mi curiosidad.

Noté que jadeaba muy fuerte, como si tuviese ansiedad. Se tapó las heridas con la manga de la camiseta, nervioso.

-No tenías que haberlo visto.-dijo, con voz temblorosa.

No supe qué contestar, su reacción me había dejado sin habla. Entonces, entró Sharon en el bar. Se acercó a nosotros, sonriendo. En cuanto vio a Tobías, su rostro mudó en preocupación.

-¿Te encuentras bien, mi niño?-preguntó.- ¿Te pasa algo en la mano?

Él se tapó las heridas con más insistencia. Noté que se había tornado pálido. No contestó, se dio media vuelta y se fue, con la cabeza baja, mordiéndose los labios. Sharon se había quedado impresionada, prácticamente horrorizada, añadiría. Le comprendí. Él nunca habría querido que su secreto fuese conocido, y menos por Sharon. Nunca lo permitiría. Seguramente pensaría que ese conocimiento cambiaría su manera de verle. Supe lo que sentía. Estaba avergonzado, avergonzado por haber nacido en un mundo que no le corresponde, que le es completamente ajeno. Sí, él también necesitaba que le dijeran lo bonito que es aquel pulso lacerado, rajado, resquebrajado. Me recordó a lo que Terry había hecho con mi cicatriz, y tuve ganas de acercarme a él y decírselo, reproducir aquellas palabras: “qué bellas son”; ver cómo sus ojos translucen felicidad, por una vez en su amarga existencia, y sus labios, sus carnosos y perfectos labios, esbozaban una sonrisa. De repente, y después de hablar con el otro empleado del bar, salió apresurado hacia la puerta, con las manos en los bolsillos de la sudadera. Sharon lo agarró por un brazo en cuanto pasó por nuestro lado.

-Tobías, ¿qué te pasa?-hablaba suplicante.

Él lo sacudió con insistencia, haciendo que ella se echase para atrás, como si le hubiese arreado. Clavó la vista en el suelo, no quería que viese en cada uno de sus rasgos la más pura expresión del dolor, ni quería sentirse juzgado por su mirada. Salió del bar y la puerta se golpeó provocando un sonido fuerte, pero a la vez sordo y frágil. Lo observamos. Posteriormente desvié con suavidad la vista hacia Sharon. Tenía los ojos húmedos. Seguro que aquellas lágrimas rogaban por salir y acudir a su encuentro a través del aire.

-Déjale solo, Sharon.-le dije, seriamente.- Lo necesita.

Giró la cabeza, extrañada.

-¿Sabes lo que tiene?-me preguntó, con ansias de recibir una respuesta.

-Lo intuyo, eso es todo.

Sonreí levemente. No quería que se preocupase, Tobías no lo habría permitido. Ahora compartía un secreto con él. Ella comprendió que quería cambiar de tema. Cogió un pitillo del bolso y lo encendió.

-Oíste, Emily, te he visto hablar con aquel viejo…

-¡Ah, con Klaus! ¿Qué pasa con eso?

-Verás… Ese tío está loco; es esquizofrénico o algo así. Yo que tú no me acercaría demasiado.-echó el humo del cigarro a lo largo de toda su estructura.- No quiero que vengas a verme y acabes muerta… o algo menos fuerte, no quiero asustarte, que acabes asustada o eso, ¿comprendes?

Me reí, tapándome la boca con una mano. Pensé en que si lo contaba, me tomaría por loca a mí también. Ella levantó una ceja.

-¿Qué te hace tanta gracia?-gruñó.

-No me hará daño, Sharon, tranquila.-le respondí, entre carcajadas.

-¿Y tú qué coño sabes?-frunció el ceño.

La miré con una sonrisa en los labios. Me resultaba extraño decírselo:

-Piensa que soy un ángel.

Se echó ligeramente hacia atrás.

-¿Hablas en serio?

-¡Y tan en serio! Ni siquiera quiere saber mi nombre. Dice que no es digno conocer cómo se llama un ángel enviado por Dios.

-¿Un ángel?-todavía no se lo acababa de creer.

-Sí.

-¿Tú?-me señaló.

Asentí.

-¿A santo de qué?

-Un día, hace poco, le di de comer. Hoy me vio y me lo soltó sin más.

-No, si tienes una suerte… El único loco con el que te topas, y te toma por un ángel. Hay que joderse.-se echó a reír.

-Me dio pena, Sharon, voy a seguirle el juego.

-¿Por qué?

-Necesita algo en lo que aferrarse, algo en lo que creer… un milagro, eso es todo.

-No pensarás convertirle el cartón de vino en dinero, o algo así.

-Esto es serio.-la miré.- Sólo quiere tener esperanza.

-Como veas.-sonrió.

Recordé entonces lo que me había contado sobre ella. Pensé en comentárselo.

-Además, me contó tu alias.-dije.

-¿Qué alias?

-Bloody.

Su rostro mudó por completo.

-Ah, ese.-desvió la mirada hacia el suelo.- No solo es mi “alias”, Emily.-hablaba con seriedad.- Es mi sombra. Me persigue a dondequiera que voy, limitando mis actos, haciendo que no sea yo la que obra, acaparando toda la atención. La odio. Pero es una parte insoluble dentro de mí. No hay modo de arrancarla fuera.

Se le notaba esa rabia en la voz, ese desprecio, por el alter ego que le perseguiría durante el resto de su vida.

-¿Por qué Bloody? ¿Por qué no… no sé… Springtime, por ejemplo?

-Me lo escogió David. Le gustaba ese apodo. Suena como a vampiresa, y como tengo manía de morder cuando follo, me venía de perlas. Además, Springtime es muy, muy poco sexy, perdona que te diga.-sonrió.- Aunque… si quieres la verdad… preferiría haberme llamado Butterfly…-bajó la cabeza y se rió.- Chō no chi, o algo así.

Sonreí. Quise sacar entonces el otro tema a relucir, el más doloroso. Tenía que hacerlo. Ahora era su ángel.

-También-dije con seriedad.- he oído que David…-la miré. Nos miramos. Sabía qué iba a preguntarle.- te pega. ¿Es cierto?

Sharon giró la cabeza. Se mordió los labios. Me moví para poder mirarla a los ojos.

-¿Es cierto o no?-grité.

Me miró. No quería decírmelo. No tenía otra opción.

-¡Sharon, joder, contesta!

Entonces cerró los ojos y asintió con mucho dolor. Recuerdo perfectamente cómo aquellas lágrimas resbalaban por sus mejillas, y cómo temblaba. La miré indignada. No quería haber oído aquello.

-Lo sabía.-bajé la mirada.- ¡Joder! ¡Y no quise verlo!

Ella seguía llorando. Lloraba en silencio. Recordaba. Sufría.

-¡Eres una mujer fuerte, Sharon! ¡Tienes que salir de eso!

Entonces fue cuando explotó. Sí, toda aquella rabia, toda aquella impotencia, colisionaron en su interior, hicieron que estallase en miles de lágrimas, provocaron aquella intensa congoja cuando me reprochó:

-¡No soy una mujer fuerte, a ver si te enteras! ¡Siempre dices lo mismo, que tengo que luchar, pero estoy harta! ¡Tú puedes luchar porque tú eres fuerte! ¡Yo soy una puta débil de mierda que te la chupa por cuatro duros y punto!

Entonces, cayó en el asiento, suspirando y gimiendo. La abracé. Apoyé mi mejilla en su cabeza. Le besé en el pelo. Sentía como si entre mis propios brazos estuviese yo, cuando Robert me maltrataba.

-No llores. Encontraremos una solución, te lo prometo.

Sharon lo negaba con la cabeza. Y lloraba. Todavía recuerdo aquel llanto, cómo entraba por mis oídos y hacía que me estremeciese. La acerqué hacia mí.

-Te lo prometo.-repetí.

La mantuve en mis brazos mucho tiempo. No sé cuánto, pero mucho. Lo suficiente como para recordar con exactitud todo aquel dolor. Le dije tantas cosas para intentar tranquilizarla… Ella necesitaba hechos. Indudablemente. Ella, Tobías, Klaus. Necesitaban hechos.

Me fui del bar en cuanto Sharon se hubo tranquilizado. Volvió entonces Tobías, me crucé con él en la puerta. Tenía los ojos rojos; sus preciosos ojos verdes. Me miró. ¡Cuánta tristeza había en aquella mirada! Se tapaba las cicatrices aún con insistencia, como si fuese lo más oculto de sus ser, que estaba destinado a ser visto por gente extraña. Sus adentros, sus entrañas, sus miedos, sus inquietudes, todo. A merced del otro, a merced del mundo, a merced de él mismo. Era un castigo con el que tendría que vivir el resto de su vida.

Me dirigí al hospital, como siempre, siguiendo el mismo camino, sin cambiar ni siquiera de acera. Aquello se volvió una costumbre. Entré en la habitación. Sí, todo seguía igual. ¿Todo? Dentro de mí millones de cosas habían cambiado. Ahora era un ángel.

“Un ángel. Salvador. Redentor. Sin alas, sin halo, pero un ángel. Ahora tengo un cometido. Tengo que liberar a almas atormentadas y solas de su pesada carga. Suena épico, lo sé. ¿Imposible? No lo creo. Mi propia liberación depende de ellos. Necesito ver que aquel cuerpo blanco y dotado de perfección no vuelve nunca más a ser azotado, ni maltratado, ni humillado; que aquellos ojos verdes, brillantes, como esmeraldas, no vuelven a derramar ni una sola lágrima; que aquella nariz arrugada y roja del frío no vuela a sangrar nunca más por el miedo. Y estoy segura de que voy a conseguirlo. No tengo ninguna duda. Soy un ángel.”


[1] Pero no temas, que entre mil/ No hay más que un ángel entre los demonios, / No hay más que un atormentado/ Entre mil que dan tormentos.

domingo, 21 de febrero de 2010

El Lugar Donde No Vuelan Las Palomas: Capítulo XXVII- El síndrome del Lecho Vacío



Come to bed, don’t make me sleep alone
[1]
(…)
Never wanted it to be so cold
Just I didn’t drink enough to say you love me.


Lithium-Evanescence


Nada. No había nada a mi alrededor. Se desvanecieron los árboles, la calle, la noche. Todo. Lo único que me envolvía era un halo blanco de niebla, que imposibilitaba mi visión. Estaba sola. Hacía frío. ¿Por qué demonios hacía tanto frío?

-¿Hay alguien?-alcé la voz, intentando ser oída.

Mi eco es la única respuesta. El vestido blanco que portaba se movía como si formase parte del ambiente, confundiéndose con él. Se me congelaban los brazos, las piernas, la cara. Mis manos oprimieron mi pecho instintivamente. Me dolía cada latido que emanaba mi corazón. Intenté gritar de nuevo, pero mi garganta parecía estar recubierta de hielo, y no ser capaz de articular ni el más primitivo sonido. Quise morirme allí mismo.

De repente, una sombra. Sabía de quién era aquella sombra, la había visto muchas veces. Tantas, que la imagen de su rostro se proyectó en mi mente.

-¡Terry!

Corrí hacia él lo más rápido que pude. Bajo mis pies, cientos de cristales invisibles me los cortaban, herían, sangraban. Pero yo no cesé en mi carrera. Sólo él podría paliar mi dolor, y hacer que desapareciese aquel frío. Parecía estar cada vez más lejos, y la niebla seguía impidiendo que viese con claridad. Seguí. No podía más, me dolía. Seguí, jadeando. En cuanto me encontré detrás de él, lo abracé con fuerza. Apoyé la cabeza en su espalda, buscando allí descanso. Con mis manos cruzadas en su pecho, le agarré la camisa con fuerza. Necesitaba notar su tacto, sentir que estaba allí. Se dio la vuelta. Nos miramos. Volví a agarrarle la camisa.

-Terry, quiero que me mientas. Necesito que me mientas. Dime que tú no hiciste nada de eso, que conseguiste el dinero de cualquier otra forma. Me lo creeré todo, lo prometo, y cuanto más grande sea la mentira, con más gusto me la voy a creer. Dime que te tocó en la lotería, o que te lo prestó un amigo. Por favor.

Una expresión nula se dibujó en su rostro. Sus ojos me miraban con frialdad, como si no hubiese vida en ellos.

-Terry, dime algo.

El más absoluto de los silencios se hizo en aquel páramo.

-¿Por qué no hablas?-comencé a llorar. Mi tono de voz se elevó.

Mis lágrimas suplicaban una sola palabra de su boca, pero no la conseguí. Simplemente siguió observándome. Bajé la cabeza. No se me ocurría modo alguno de hacer que me contestase, ni que me dijese algo, lo que fuese. Erguí suavemente la mirada.

-Dime al menos que me quieres.

Se aproximó entonces a mí. Lo abracé sin dejar de llorar. Lejos de cumplir mi deseo, comenzó a besarme el cuello, con mucha suavidad; aquella que le caracterizaba. Me mordí los labios. Seguía sin poder oírle hablar. De repente, sentí cómo se caía mi vestido al suelo, dejándome desnuda, dejándonos a ambos. La niebla blanca era ahora nuestra única ropa, lo único que podría guarecernos del frío. Su lengua comenzó a lamerme las lágrimas, como si tuviese sed. Me besó luego el pecho, que dejaba entrever mi corazón palpitante en mi piel transparente. Lo abracé, acerqué con mis manos su cabeza hacia mí, mirándolo, sollozando aún. Esperé, como una ingenua, aquella respuesta, aquella declaración que le había pedido. Pero él permaneció allí, acariciándome el sexo con sus largos dedos, haciendo que me excitase, besándome el corazón, provocando que latiese más fuerte. Su saliva me envolvía, como si con ella quisiese tejerme un segundo vestido. Aunque yo seguía llorando, y respiraba fuerte.

-¡Eh!-se oyó entonces.

Era un grito estridente. Cogí a Terry por los hombros y lo levanté, para poder envolverlo en mis brazos, amedrentada.

-¿Qué ha sido eso?-dije, temblando.

No obtuve respuesta, pero la preocupación parecía hacerse patente en su rostro. Miraba de un lado a otro y me abrazaba con fuerza.

-¡Eh!-un segundo chillido, todavía más fuerte, flotaba en el ambiente.

Me acerqué todavía más a él. Lo miré. Agarré con contundencia una de sus manos, intentando que no me dejase sola ante el eminente peligro. Él también ejerció presión sobre la mía.

-Tengo miedo, Terry.

En cuanto pronuncié esas palabras, aquella mano que sostenía, se convirtió en arena, al igual que todo su cuerpo, en apenas unos segundos. Ningún quejido de dolor salió de sus labios. Simplemente, un suspiro. Miré aquellos restos aterrorizada. Me llevé las manos a la cabeza. Una ilusión, sólo había sido eso. Había dejado que me amase un montón de arena, un espíritu, nada.

-¡Eh!

Me agarré con fuerza el pelo, mientras miraba hacia los lados, llorando. Estaba más cerca. Estaba desnuda, desprotegida y vulnerable ante cualquier amenaza.

-¿Qué quiere de mí?-grité.

-¡Despierta!

Abrí los ojos, lentamente. Estaba en el parquecito, sentada en el mismo banco que aquella noche. Y aquel que me llamaba era simplemente un basurero, de unos 40 años que no dejaba de moverme de un lado a otro. Todo había sido un sueño, una pesadilla. No había ningún inquietante lugar frío y blanco, no había ninguna voz que amenazase con hacerme daño, mi piel no era transparente, ni dejaba entrever mi corazón; y quizás lo que más me alivió, no existía ningún Terry que se convirtiese en arena. Eso sí, igualmente no podría hablarme. Seguramente aquello había sido producto de las intensas emociones y las dolorosas imágenes que habían surcado ayer mi retina. El basurero me miraba de mal humor.

-Levántese, aquí no queremos vagabundos.-me conminó.

-Oiga, yo no soy ninguna vagabunda.

Desvié inconscientemente la mirada hacia mi ropa. Estaba manchada de sangre. Al tocarme la nariz confirmé que había tenido una hemorragia.

-Y aún por encima, yonky. Lo que nos faltaba.-seguramente había pensado que aquella sangre era resultado de la cocaína.- Anda, fuera de aquí antes de que llame a la policía.

Me levanté, y me di la vuelta, incorporándome a la calle. Aquel sueño me había parecido tan real, que era como si realmente fuese Terry quien me estuviese acariciando, quien me besaba, aquel que me abrazaba con dulzura, con ímpetu. Me agarré los brazos, intentando imitar aquella sensación, pero no era lo mismo. Me dirigí al banco, a retirar el dinero. Apenas eran las 7 y cuarto. Me llevó unos 5 o 10 minutos en llegar al parque. Me senté en un banco, embadurnada aún de sangre. Nuestro contacto estaría al caer. Intenté no parecer sospechosa, y escondí el sobre con el dinero tras mi espalda. Sin más previo aviso, un hombre, moreno, aproximadamente de la edad de Terry, se plantó delante de mí.

-¿Eres Emily?

-Sí.

-Soy el navajas. Vengo a recoger el…ejem… el ese.

-La pasta, ¿verdad?-dije, entregándole el sobre.

-No lo digas tan alto.

En cuanto lo agarró, optó por esconderlo en el bolsillo.

-Ernesto es un tío de palabra. No volverá a hacerte nada. Eso sí, no le cuentes esto a nadie o será peor.

-Tranquilo.

Se dio la vuelta para marcharse. Me levanté yo entonces y lo agarré por un brazo. Me miró, frunciendo el ceño.

-¿Qué tienes?

-¿Podría preguntarte una cosa?

Se extrañó. Aún así, quiso escuchar lo que tenía que decirle.

-Dime cómo era Terry.

Sí, necesitaba saber qué se escondía detrás de mi mejor amigo, de la persona que siempre había querido por encima de mí misma. Desde que había sabido que era sicario, se había vuelto en un completo desconocido.

-Tú lo sabrás mejor que nadie, ¿no?-contestó.

-Ya no sé qué pensar. Por favor, respóndeme.

Expiró con fuerza el aire por la nariz.

-No te va a gustar lo que vas a oír.

-No me importa.

-Verás, yo me llevaba bien con Terry, pero no podía evitar tenerle respecto. Además, por muy amigo suyo que fueses, como es el caso de Ernesto, o por mucho que le lamieses el culo, siempre te iba a mirar con aquella frialdad, como si tuviese algo contra ti. Era el más insensible de todos. Lo veías sostener la pipa con una decisión, y disparar, sin temblarle el pulso.-comenzó entonces a reírse.- Recuerdo una vez que teníamos que liquidar a un tipo y Terry fue el que se encargó. Cogió un cristal de botella que había en el suelo y le segó la garganta. El cabrón sangraba como un puto conejo.

Me tapé los oídos. Cerré de golpe los ojos. No quería imaginarme a Terry matando a nadie, y menos de esa forma. ¿Insensible? Nunca habría sido capaz de encasillarle en aquel adjetivo.

-¡Joder!-gemí.- ¡Cállate de una vez!

-¿Qué me calle? ¡Si eras tú la que me pidió que te lo contase!

Tenía razón. Quizás no estaba preparada para enfrentarme a aquella realidad. Me llenaba de angustia tener que meterme en la cabeza que él siempre había sido un asesino. Que me había engañado. Él, que era la única persona en la que había confiado. El navajas posó una de sus recias manos en mi hombro.

-En su defensa, sólo puedo decirte que si hacía esto, era por ti. Él nunca lo confirmó, es más, a uno que le preguntó le rompió la nariz, pero… Dicen que estuviste muy enferma, y que para que te pusieras bien, teníais que pagar mucha pasta. Terry se metió en esto hace cosa de unos meses, y dicen que fue porque negoció con Ernesto que le diese el dinero por adelantado, y que él se lo devolvería como los asesinos sabemos. Y mira, yo no soy la clase de tío al que le gusta la patrañada cursi, es más, me pone malo, pero…joder, algo así no se hace por cualquiera. Ten en cuenta que puedes morir a la mínima, ya ves lo que le ha pasado, y siendo amigo de Ernesto, dudo que no supiese de qué iba el negocio. Yo seguramente no haría algo así por ninguna de las pibas con las que estuve hasta ahora, ni harto vino, vamos. Vale que todos aquí somos unos putos sádicos, pero tenemos nuestro corazoncito.

Entonces fue cuando lo comprendí todo. De dónde había sacado el dinero, las llamadas, las salidas por la noche. Las cosas encajaban a una velocidad de vértigo. Pensé en cuando se había herido el brazo. Seguramente lo habían hecho en defensa propia. ¿Por qué no me lo había contado? No me podía creer que me ocultase algo así.

-El maricón aquel tenía una pipa enganchada en la puta pierna, y le disparó.-recordó con amargura el navajas, hablando solo.-Debimos haberlo previsto, sabiendo de quién se trataba, pero no. El jefe no quería un “no” por respuesta. Y lo mandó contra ese hijo de puta. Si le hubiese disparado yo y hubiese quedado en coma, no pasaba nada, que no tengo familia, ni mierda, pero él… Fue más rápido. ¡Si Terry hubiese sido un poco más rápido!... Menos mal que está muerto. Que se pudra. Le está bien empleado, por cabrón. Terry lo hizo por pasta, vale, pero aquel maricón de los cojones lo hizo porque quiso. Si yo ya decía que ir contra un sicario era una locura, pero no, había que eliminarlo y punto. ¡Mierda, joder!-gruñó finalmente, golpeando una lata con fuerza con el zapato.

¿Contra un sicario? Tenía razón el navajas, Terry se había metido en camisa de once varas. Algo así era una muerte segura, hasta yo lo sabía. Debían pagarle algo muy gordo para que hiciese algo así. Por mí, que eso era lo que más me dolía.

-Me voy, tengo que hacer unos recados.-dije, para despedirme.

-Un placer hablar contigo. Me caes bien.

Me di la vuelta para irme, cuando él murmuró, como para sí:

-No me extraña que Terry se hubiese sacrificado por ella. Es guapísima. Guapísima.-repitió.

Me dirigí entonces al hospital de nuevo, andando, soportando las miradas de todo el mundo al ver mi ropa encharcada de sangre. Igualmente, entré con naturalidad en el edificio, y subí las escaleras con rapidez y agilidad. Necesitaba abrir aquella puerta, que rezaba en lo alto “272”, observar de nuevo lo que había dentro, que nada había cambiado desde a primera vez que no había visto. Esta vez no pude quedarme en la puerta observando, no fui capaz. Me acerqué a él, lentamente, sin dejar de mirarle. Sí, estaba como siempre, quizás un poco más pálido, pero no había cambiado. Era, simplemente, como si estuviese dormido, eso es. Me senté en un sillón que había a un lateral de la cama. Deslicé una de mis manos hasta llegar a tocar la suya. Estaba fría, casi rígida. La acaricié, suavemente, intentando captar cada uno de los huesos, de los músculos, que la conformaban; recorriendo con mi dedo cada una de las venas que se dejaban entrever. Lo miré. Aquellos ojos, que hacía apenas un día estaban rebosantes de vida, eran en ese momento el puro reflejo de la muerte. Dejé escapar una lágrima, que cayó en las sábanas como si fuese lluvia. Unas palabras vinieron a mi mente, como si fuese un discurso elaborado expresamente para él:

“Hoy he dormido contigo. Hoy me he entregado plenamente a ti. Hoy he vuelto a sentirte cerca. Y en un par de minutos, en un paraje onírico, no te imaginas lo que llegamos a hacer. Hemos descansado en el frío, nos hemos follado a la niebla, he respirado tu aire, has bebido mis lágrimas. Sólo te pido que cada vez que vuelva a llorar, desde la otra punta de la ciudad, conviertas mi llanto en besos”.

Me acurruqué en el sillón. La tristeza me asoló en tan solo un instante. Ahora tendría que volver a casa, que enfrentarme al caer la noche a dormir sola, en la cama que ambos compartimos. En aquellas sábanas frías, sin gozar del calor de su cuerpo. ¿Era tan alto el precio que debería pagarse con su vida o con la mía? Me puse a pensar. Si no me hubiese acostado con él aquella noche, nunca habríamos tenido a Amy. El estrés producido por la niña y el trabajo seguramente hicieron que triplicara mi dosis diaria de tabaco y, con ello, apareciese la enfermedad. La enfermedad, esa había sido la raíz del problema. Si no la hubiese tenido, Terry no se vería obligado a hacer aquello, por consiguiente, no estaría allí. Todo sucedió tan deprisa, que habría sido imposible detener su rumbo.

Miré el reloj. Las 3. ¿Realmente había desperdiciado toda la mañana en el hospital, sin ni siquiera comer nada? Me incorporé y decidí levantarme. Debía ir a casa. Había pasado la noche lejos de mi hija, seguramente se preguntaría qué había sido de mí. Crucé la estancia, intentando captar en el acto cada una de las sensaciones que sentía al estar allí. Procurando que mi mente nunca olvidase aquella imagen, que nunca le olvidase a él. Antes de irme, giré la cabeza para poder observarle por última vez. Acto seguido, salí y cerré con cuidado la puerta, como si no quisiera despertarle.

Llegué a casa al cabo de un cuarto de hora, debido al atasco. Aparqué en el garaje, como siempre. En cuanto lo hube hecho, me miré por el espejo retrovisor. Mis ojos revelaban claramente lo mucho que había llorado, pues estaban casi despintados. Cogí la sombra de ojos que guardo en el bolso y me retoqué un poco. Por lo menos, Amy no sospecharía. Me peiné con los dedos, pues estaba algo desaliñada. Recordé que tenía el vestido manchado de sangre; debía quitármelo. Salí entonces del coche. Me situé enfrente a la puerta de casa. Debía aparentar naturalidad. Por Amy. Por mí.

Timbré, pues no llevaba las llaves conmigo. Tuve suerte, pues la que me abrió fue Lorelay. Sabía que estaría cuidando de la niña, siempre lo haría. Me miró con preocupación. Dejé entrever una tímida sonrisa, intentando calmarla.

-¿Dónde te metes?-preguntó, desquiciada.- ¡Me tenías preocupada!

-No podía volver a casa, Lorelay. No podía permitir que Amy me viese llorar, ¿comprendes?

Suspiró, apartando la mirada. Seguramente no sabía cómo mencionar el tema.

-Liza me lo ha contado todo. ¿Cómo está?

-¿Cómo va a estar? ¿Crees que iba a despertar de la noche a la mañana?

Se acercó a mí y me abrazó. Me sentí segura al estar en los brazos de alguien plenamente conocido. Yo también la abracé fuerte. Desearía haber llorado en aquel momento, junto a mi hermana, pero mis ojos habían agotado todas sus lágrimas, y lo único que salió de mí fue una respiración fuerte, que intentaba arrancar toda la tristeza de mi cuerpo.

-Lo siento, Emily.-murmuró.

Me separé de ella, con mucha dulzura. Me miró. También lo quería. Todos lo queríamos, y no podríamos evitar echarlo de menos. Era como si fuese mi marido, parte de nuestra familia. Justo por eso no debían enterarse de lo que era realmente.

-¿Dónde está la nena?-pregunté.

-Está en su habitación, haciendo los deberes. ¿Se lo vas a contar?

Supe a lo que se refería. Enmudecí un instante, negándolo rotundamente con la cabeza.

-Por supuesto que no. No lo entendería. ¿Cómo iba a entenderlo?

Parecía que intentaba convencerme a mí misma de mi propio argumento. Lorelay asintió. Comprendió mi decisión. Seguramente era la más correcta. Algo así no era fácil de explicar. Ni siquiera yo alcanzaba a entenderlo muy bien. Era algo tan extraño. No era muerte, todavía había un ápice de vida en su interior; tampoco era un sueño, se habría despertado al percibir mi presencia, como lo hacía todas las mañanas. Era un concepto demasiado confuso.

Dejé que Lorelay se fuese para dirigirme a mi habitación. Me cambié de ropa lo más rápido que pude, para poder ir al cuarto de Amy. Tendría que dominarme. Sabía de antemano que me hablaría de su padre, y no podía permitir que una sola lágrima surcase mis mejillas, o toda la mentira que había estado tejiendo cuidadosamente durante la mañana no habría servido de nada. Asomé la cabeza por la puerta entreabierta. Ella se encontraba enfrente al escritorio, dibujando con sus lápices de colores, los cuales estaban esparcidos por la mesa. Me aproximé por detrás, sin que ella se diese cuenta de que estaba allí. La abracé por detrás, haciendo que dejase de pintar, asustada, y la besé en una mejilla muy fuerte. La había echado tanto de menos, había pensado tanto en ella. Me miró entonces con aquellos ojitos grises que había heredado de mí, para cerciorarse de quién era. Sonrió, y me abrazó, colocando su cabeza en mi pecho.

-¡Por fin has venido, mamá! ¿Dónde estabas?

-He salido a hacer unos recados. Lorelay y tú estabais dormidas, así que no quise despertaros. ¿Te he preocupado?

Asintió, mirándome con ojos tristes.

-Pensé que te había pasado algo.

-Lo siento, cariño. La próxima vez te avisaré, lo prometo.

Bajé ligeramente la cabeza y la besé en el pelo.

-¿Qué te parece si vamos a la cocina a tomar un helado?-le pregunté, sonriendo.

-¡Vale!

Dicho esto, se separó de mí, y me cogió de la mano para ir juntas. Seguramente no querría volver a perderme de vista. Al llegar allí, se sentó en la mesa, mientras yo rebuscaba en el congelador.

-¿De qué lo quieres: de vainilla o de chocolate?

Dudó un momento antes de contestar.

-¡De chocolate!

Se lo preparé en poco tiempo. En cuanto lo vio enfrente de ella, se relamió. Era una golosa, como yo. Aunque todo lo que me había pasado aquel año me había hecho adelgazar muchísimo, hasta el punto en que mi cuerpo prácticamente se había reducido a un cúmulo de piel y huesos. Quizás por eso Amy me preguntó:

-¿No vas a comer uno, mamá?

-No, cariño, no tengo hambre.

-Por cierto,-al oír esas palabras, sentó cómo se me aceleraba el corazón.- ¿y papá? ¿No ha venido contigo?

Me senté entonces a su lado, mirándola con serenidad. Suspiré hondo antes de comenzar a contárselo.

-Mira, Amy, papá se ha ido a un viaje de empresa a Europa esta mañana.

Se quedó en blanco, con la boca entreabierta. No se acababa de creer lo que le estaba diciendo.

-¿Cuándo se fue? Y… Y… ¿Cuándo va a volver?

-Esta mañana, muy, muy temprano. Todavía no me dijo cuando vendría. Seguramente pronto. Dentro de unos meses o así.

Le acaricié una mejilla. Estaba completamente pálida. No debí habérselo soltado de aquella manera, pero necesitaba librarme de aquella mentira.

-No te preocupes. Me dijo que te traería un regalito.

-Pero no me dijo adiós. Quería decirle adiós antes de que se fuera.

Comenzó a llorar, tapándose la cara con las manos. Con aquellas manos pequeñas y dulces. La envolví en mis brazos, intentando devolverle la calma. Contuve las lágrimas, mientras le decía, con amargura en la voz:

-A mí tampoco me dijo adiós. No pudo decírnoslo.

Amy seguía llorando desconsolada, quise tranquilizarla, mirándola con muchísima ternura.

-No llores más, mi vida. Ya verás como vuelve. Y cuando vuelva, todo será como antes. No pasa nada.

Noté cómo se iba calmando, cómo disminuían sus gemidos entrecortados, y su respiración recuperaba el ritmo normal. La besé de nuevo.

-Tómate el helado, anda.-le dije.- No hay nada que quite más la tristeza que el chocolate.

Le guiñé un ojo, intentando que sintiese mi complicidad. Sonrió levemente. Yo la acompañé. Quería que sintiese que me tenía a mí a su lado. Estuve pensando en lo que me había dicho, en que Terry no se había despedido de ella. Era lo único que necesitaba de él: un beso, unas últimas palabras que llevarse al recuerdo. ¿Y cuáles eran esas últimas palabras para mí? “A las 9 estaré aquí”. Todavía me cuesta creer que le insistiese tanto con que llegase pronto a casa, cuando nunca llegó. Resultaba casi irónico.

Al caer la noche, volví al bar. Intenté encontrar a Sharon en el trayecto de ida, pero no había rastro de ella. Seguramente estaría trabajando. Me senté en un taburete enfrente a la barra al llegar allí. Me resultaba todo tan extraño. Hacía un par de noches, me encontraba a aquellas horas en la cama con Terry, sintiendo cómo me abrazaba por detrás, y en aquel momento estaba en un garito alejado de la mano de Dios, en un barrio al que nadie iría en su sano juicio. En medio de mis pensamientos llegó Tobías a atenderme. Estaba nuevamente ataviado con ropa negra, con unos mitones en las manos, y sosteniendo un pitillo entre los labios. Al verme, me sonrió con ternura.

-Tú otra vez por aquí, ¿eh?-dijo.- ¿Qué tal te encuentras hoy?

-Algo mejor. Gracias.

-De nada. ¿Te hace un pito?-al preguntármelo, sacó una caja de cigarros del bolsillo.

-Sí, por Dios, lo necesito.

Dejé que me lo introdujese suavemente en la boca. Una vez allí, sacó un mechero negro, en el cuál estaba dibujado un pentagrama dorado, y me lo encendió, dejando que aspirase fuertemente el humo. Lo saqué, mientras saboreaba el regusto amargo del pitillo, y luego lo expulsé, experimentando un gran placer al hacerlo. Hacía demasiado tiempo que no recordaba qué se sentía.

-Y eso que teóricamente lo tengo prohibido.-murmuré, mirando hacia aquella droga, como si estuviese hablando con ella.

-Putos matasanos.-dijo Tobías.- El tabaco es la mejor medicina, que no te engañen.

-Amén.-sonreí levemente.

Volví a darle otra calada. Él seguía allí conmigo, fumando hombro con hombro. Me sentaba algo mal estar allí sin consumir nada, además de estar gorroneándole cigarrillos, así que le pedí:

-Tráeme una birrita, Tobías.

Con una sonrisa en los labios, obedeció mi mandato. La verdad es que no me apetecía demasiado, pero una birra baja bien. De repente, y mientras posaba el vaso enfrente de mí, llegó Sharon. Iba vestida con una diminuta falda negra y un corsé rojo, que realzaba de una manera asombrosa su figura. A sus espaldas, acarreaba con una mochilita con forma de corazón con unas alas de murciélago. Al verla, noté que Tobías se sonrojaba. Escuchaba su respiración fuerte y temblorosa desde el otro lado de la barra. Ella se acercó a nosotros, contenta.

-Hola, chicos. Veo que habéis hecho buenas migas. ¿Qué hacéis?

-Ya ves, aquí fumando.-respondí.

Le miró entonces a él. Sonrió, por compromiso, pero se notaba que seguía alterado. Ella se le acercó y le preguntó, sin dejar de mirarle a los ojos:

-¿Te encuentras mal, Tobías? No tienes buena cara.

Tragó saliva. No sabía qué contestar, no le salían las palabras. La súbita presencia de Sharon había provocado su enmudecimiento. Ella, con mucho cuidado y dulzura, deslizó sus largas y rojizas uñas por su cuello, y le acarició una mejilla con la otra mano. Se observaron mutuamente, sin mediar palabra. Entonces sí que se tornó roja la cara de Tobías, y las uñas, que yacían en su yugular, vibraban con mucha delicadeza, al ritmo de su corazón. Sharon se rió con picardía.

-¿Qué pasa, mi niño, que no me hablas? Ni que te hubiese arreado.

-N… Nada…-consiguió contestar.- Es que estoy… un poco cansado, eso es todo.

-Menos mal. Ya me estaba preocupando.

-¿Quieres algo?

-Lo de siempre, ya sabes.

Mientras rebuscaba en la nevera del bar, se le oyó decir:

-Hoy nos ha llegado un tinto cosecha del 62. Me gustaría que fueses la primera en probarlo.

-¡Qué honor, Tobías!-exclamó ella, llevándose una mano a la mejilla.

-Te lo mereces, Blood. Es más, invita la casa.-sentenció, mientras se lo servía en una radiante copa de cristal.

-¡Oh, qué encanto! Valió la pena que volvieses a hablar. Muchísimas gracias.

De repente, se oyó un grito de uno de los tantos clientes que se apiñaban en la barra, ansiosos de su néctar:

-¡Chaval! ¿Estás sordo, o qué?

-Bueno, os dejo solas. Ya me contarás.-dijo Tobías, suspirando.

-Descuida, lo haré.

Dicho esto, él se fue apresurado a atenderles. Sharon se quedó mirándole, algo atontada.

-¿No es monísimo?-musitó.

Antes de que pudiese responderle, recuperó la compostura.

-Bueno, a otra cosa. ¿Cómo estás?

-Un poco mejor, gracias.

-No es fácil superar algo así. Poco a poco. ¿Qué tal tu primera noche sola?

-Llámame loca, pero la pasé en un parque.

-¿En un…?

-Sí, me quedé dormida en un banco.

Sharon se tapó la boca, se moría de risa.

-Sí,-refunfuñé.- tú ríete.

-Lo siento, Em, pero es que… Sólo se te puede ocurrir a ti.

-Lo sé.

Mientras ella se secaba las lágrimas, comencé a pensar en el sueño, en aquellas sensaciones. ¿Debería contárselo?

-Sharon.

-Dime.-respondió, mientras encendía un porro.

-Tuve un sueño, ayer, un poco extraño…

-Creo que voy a tener que cobrarte por cada vez que tenga que interpretar un sueño tuyo. Es coña, cuéntame.

-No quiero que lo interpretes. Sé muy bien qué significaba. Lo que pasa es que… Soñé con Terry, y… no sé… Era como si estuviese conmigo… Lo sentía con tanta claridad…

-¡Ahá!-contestó Sharon, poniendo carita detectivesca.- a ti lo que te pasa es que tienes el Síndrome del Lecho vacío.

-¿Qué coño es eso?-pregunté, con curiosidad.

-¿No sabes qué es...? Bueno, es verdad, lo inventé yo. Pero dudo que no te haya pasado alguna vez.

Inspiró el porro con fuerza. Expiró, y sus palabras salieron despedidas danzando con el humo:

-El Síndrome del Lecho vacío, se da cuando pierdes a alguien, por el motivo que sea, con el que pasabas la noche. Ya sea un amante, como un marido, como un padre.

-¿Y un amigo?-pregunté, reprendiéndole en el acto por insinuar que Terry y yo éramos "amantes".

-También, también. El caso es que te sientes sola en la cama, pero no sólo en la vuestra, sino en cualquier sitio que duermas. Intentas evocar su presencia para paliar el dolor. A veces es tan fuerte tu convencimiento, que puedes llegar a sentir como si estuviese todavía allí. El tacto de las sábanas se convierte en el de sus manos; el viento azotando la ventana, en su respiración; el tic-tac del reloj de la mesita, en el sonido de su corazón. Se convierte en dueño absoluto de tus sueños, y los domina a su gusto. Y es todo tan real, que es como si estuviese allí.-se agarró los brazos, como si lo sintiese.- Luego te despiertas, y ya no queda nada. Es como un fantasma que resurge cada noche y muere al llegar el alba. Se duplica el sufrimiento al levantarse, pero compensa al volver a la cama. Es como si nunca se hubiese ido del todo.

Había descrito mis síntomas a la perfección. Me sentí menos extraña, pues supuse que ella también había pasado por eso.

-¿Y cómo se cura?

-Olvidando. Es la única forma.

Bajé la cabeza.

-Nunca olvidaré a Terry. Es superior a mí.

La miré entonces. Su cara reflejaba algo de preocupación.

-Estaré enferma toda la vida.-murmuré.

-Tampoco es tan malo. Es cuestión de acostumbrarse. Por lo menos algo de él se queda contigo.

-Es cierto… Algo de él.-me repetí a mí misma.

Retorné pronto a casa. Amy estaba en casa de la tita, así que tendría que dormir completamente sola aquella noche. No podría esconderme eternamente, pues tendría que enfrentarme a ese momento tarde o temprano. Nuestra cama. Mía y de Terry. Vacía. Con las sábanas blancas nuevas, limpias. Frías. Tan frías. Me mantuve un buen rato sentada encima, sin atreverme a acostarme. Era como si estuviese esperando, como antaño, a que viniese él de tomar los medicamentos, me besase en el pelo, y poder acostarnos juntos. No ocurriría. Tenía que hacerme a la idea. Me dirigí al armario para ponerme el camisón. Al quitarme la camiseta, pude contemplar nuevamente la cicatriz. Esta vez nadie me diría lo bonita que es, nadie calmaría mi dolor interno. La miré. Solas. Nos había dejado solas. ¿Por qué? ¿No había nadie que lo mereciese más que él? Maldije a quién le había disparado. Lo maldije tanto. Llegué a alegrarme de que estuviese muerto. Aunque fuese Terry el que quisiese asesinarlo. ¿No podía haberlo dejado vivir a él? Ojalá, pensaba, se hubiese muerto en el acto, y no lo hubiese hecho. Si me hubiese topado con él, si estuviese vivo, lo mataría con mis propias manos. Me dirigí a la cama. Me acosté, tapándome con las sábanas. Hacía tanto frío. Allí, entre toda la oscuridad que me rodeaba, quise encontrarle. De repente, aquellas sábanas se tornaron en un tacto conocido. El sonido del viento que entraba por la ventana, el reloj. Todo, tal y como Sharon lo había descrito. Gocé de la enfermedad. De aquel síndrome con el que iba a convivir el resto de mi vida. De su ficticia presencia. Dueño de mis sueños. Mi Terry. Comencé a llorar. Quería tenerlo allí de verdad. Lo necesitaba. Sentía como si mi vida se escapase por la ventana, acompañando a aquella falsa respiración. Cerré los ojos, entre lágrimas. Rememoré en un solo instante todos los momentos que vivimos juntos. Cuando bromeábamos sobre irnos a las Bahamas, cuando bailamos y dejé escapar toda mi voluptuosidad, mi enfermedad... Todo.

Pero mi lecho seguía completamente vacío.

[1] Ven a la cama, no me hagas dormir sola (…)/ Nunca quiso ser tan frío/ Sólo que no bebí lo suficiente como para decir que me amabas.