viernes, 1 de enero de 2010

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XXIV-Muñeca rota


-¡Mira, está comenzando a abrir los ojos!

-¡Se está despertando!

-Menos mal, pensé que se quedaría así para siempre.

-¡Ay, no seas mal agorera, por Dios!

Manchas de colores borrosas. Voces conocidas. Pitidos, enervantes y molestos pitidos que se clavaban en mi oído como cuchillos. Dolor, por la zona del corazón. Mi respiración es muy débil, me cuesta, pero comienza a acompasarse. Siento un sopor dulzón en mi garganta que va desapareciendo. Comienzo a distinguir caras, personas que me rodean. Quiero palparlas, pero los brazos todavía no me responden.

-¡Emily! ¡Emily, menos mal!

Era Liza, que se encontraba a mi lado, mirándome esperanzada. Sin que me diese tiempo a reaccionar, se tiró encima de mí para abrazarme fuertemente.

-¡Ay!-me quejé.

Sentí un dolor en el pecho. En cuanto ella se separó de mí asustada, comenzó a remitir.

-¡Lo siento, Emily!-se disculpó.

-No pasa nada, pequeña.-respondí.

Las primeras palabras que pronunciaba. Todos me miraron con asombro, se dieron cuenta de que había vida dentro de mí. Liza, que no era capaz de contener su alegría, arrimó su mejilla a la mía y, con fuerza, me agarró un hombro, pasando el brazo por mi espalda. Lorelay también se acercó por el otro lado e hizo lo mismo, pero pasando el brazo por delante. Al hacerlo, notó algo que sobresalía de mi pecho.

-¿Qué es esto?

Lo miré, con bastante curiosidad. Un tubo fino salía de dentro de una gasa y depositaba el líquido que portaba en un aparato.

-Eso es un tubo de drenaje.-dijo Adrien.- Después de una operación así, se tiende a acumular líquidos dentro del tórax.

-¡Qué asco, por favor!-exclamó Lorelay.- Casi era mejor no saberlo.

Impulsivamente, dejé que mis dedos acariciasen aquel tubo que entraba en contacto directo con mi herida. Me resultaba bastante extraño el hecho de que pudiese salir bien de la operación, que no me pasara nada, que por una vez la suerte de la que me había hablado Terry comenzara a notarse. Él se encontraba apartado, junto con la tita y con Thomas. Lo miré. Sonreí. Supo que esa mirada era para él y me devolvió la sonrisa. Los demás nos miraron de reojo y se percataron de la situación.

-Casi nosotros nos vamos a tomar algo.-dijo Lorelay.- ¿Vienes, Terry?

-No, yo me quedo.

Se marcharon, sin protestar, aunque quizás un poco molestos por no poder seguir llenándome de mimos. Liza, antes de cerrar la puerta, añadió:

-Volvemos dentro de nada, ¿eh?

Dicho esto, realmente nos encontramos solos. Sin enfermeras, sin médicos, sin nadie. Terry se acercó a mí muy despacio, como si quisiera observarme detenidamente desde lejos.

-¿Viste como no es tan fácil acabar conmigo?

Se situó a mi lado, y volvió a cogerme de la mano, la cual la tenía apoyada en el pecho. Estaba feliz. Yo también lo estaba.

-Tuve tanto miedo de perderte.-dijo.

-Un buen amigo mío me dijo que yo nunca moriría.

Me remití a las palabras que Angus había pronunciado en mi sueño, el cual recuerdo con total nitidez. Sentía como si, mientras me estuvieron operando, hubiese sucedido de verdad. Terry comenzó a acariciar mi mano con sus dedos largos, como intentando proporcionarle calor.

-Tienes las manos frías.-dijo. Lo miré algo angustiada. Después de decir esto prosiguió:- Parece que tu cuerpo vuelve a la normalidad.

Torcí el labio. Lo decía por la tendencia que tenían mis manos a estar frías. Era típico en él decir algo así para mosquearme.

-Qué manía de meterte con mis pobres manos. ¿Qué culpa tienen de estar siempre congeladas?

Sonrió. Supongo que le alivió comprobar que mis respuestas no habían cambiado desde que me habían metido en el quirófano. Cambió de tema.

-¿Sabes? Creo que si te quedaras una sola hora más dentro de aquel puto quirófano, entraba a sacarte de allí.

Me reí. Sólo a Terry se le podría ocurrir algo así.

-No te dejarían entrar.-dije.

-Veríamos si no les pegaba cuatro hostias. Y luego, te operaría yo. No debe ser tan difícil, he reparado los suficientes coches como para hacerme una idea.

-¡Oye, que yo no soy un coche!-respondí, pegándole en un brazo.

-Bueno, parecidos sí que sois.

-Vete a la mierda.

Me sentí pletórica por poder volver a bromear con Terry. Hacía demasiado tiempo que nuestras gracias se veían ensombrecidas por aquella horrible enfermedad. Aunque la verdad es que pensé bastante en lo que me había dicho Terry. ¿Quién sabe si él no me operaría tan bien, o quizás mejor que aquellos médicos? Las cortadas que él me diera, las sentiría yo como si fuesen caricias. Y no podría tener dudas sobre si eliminaría mi mal; tal y como era, lo arrancaría de raíz. Dejé de soñar. En un alarde de curiosidad, aparté la gasa para mirar mi propio corte. No pude verlo de todo, pero era una enorme cicatriz que recorría mi pecho izquierdo. Todavía se dejaban entrever unos hilos blancos que pasaban por dentro de mi piel, impidiendo que se desbordase la sangre.

-¿Puede ser más grande y más fea?-dije, sin apartar la mirada de ella.

Terry me levantó la cara colocando uno de sus dedos en mi barbilla. Nos miramos a los ojos.

-No es nada fea. Algo que le ha salvado la vida a algo tan bonito como tú, no puede ser feo.

Sonreí levemente, a pesar de que aún no había visto la totalidad de la cicatriz. Ese hecho me asustaba, pensar que en mi piel quedaría para siempre el grotesco recuerdo de tan dolorosa enfermedad, que me hizo sentirme tan sola, tan débil, tan asustada, pero que a la vez me hizo conocer gente, convertirme, quizás, en una madre más responsable y en una mejor compañera, me enseñó a apreciar los pequeños detalles, a ver la luz al final del túnel. Sentí un escalofrío en mi espalda, como si la paloma que tenía tatuada agitase sus alas, para demostrarme que todavía puede volar. Extendí suavemente mis brazos hacia Terry, y él me abrazó con más ternura que nunca. No sabía cómo agradecerle todo lo que había hecho por mí. Al deslizar mi mano por su espalda, me di cuenta de que no era un sueño, que realmente había superado la enfermedad, que estaba viva, y que, realmente, era una tarea ardua poder acabar conmigo.

Poco después, estando en compañía todavía de Terry, pues los otros aún no habían llegado, sonó mi teléfono móvil, que seguía afincado encima de la mesita, tal y como lo había dejado. Era Sharon. Lo supe desde el principio, pues tenía un tono característico para cuando ella me llamaba.

-¿Sí?

-¿Sobreviviste?

-No, estás hablando con un espíritu, no te jode. ¡Por favor!-gruñí.

Escuché que se reía por el otro lado del teléfono.

-Era broma, mujer. ¿Cuánto hace que estás despierta?

-Apenas nada. Y todavía no ha venido ningún médico a verme. Qué triste, ¿no?

-Mujer, si quieres vuelvo a convencer a Fortman.

-Todavía me tienes que explicar cómo lo hiciste.

-Nada extraordinario. Simplemente usando mi…poder de convicción.

-Me lo pones a huevo para pensar mal.

-Piensa como quieras.

Trató mis subidas de tono, que eran simplemente una broma, de una manera tan seria, que casi era como si creyese que yo lo pensaba de verdad. Temí ofenderla. Aún así, fue Terry el que nos hizo cambiar de tema.

-¿Con quién hablas, reina? Tenéis un rollo de la ostia.

-Con una amiga mía.-respondí, apartando la boca del teléfono.- Sharon, ¿sabes? Aquella que conocí en radio.

-Ah, sí, ya me acuerdo.

Sentí que, al otro lado del teléfono, la respiración de Sharon se desbocaba.

-¡Eh!-dije, volviendo a arrimar los labios para que me oyese.- ¿Estás bien?

-¿Por qué no iba a estarlo? Lo que pasa es que me pone un poco tensa que nos anden escuchando mientras hablamos.

-¿Lo dices por Terry? No te preocupes, que no le dejo yo oír nada.

-¿Ah, no? ¿Y cómo lo vas a impedir?-respondió él, mientras me abrazaba, agarrándome las caderas con cuidado de no tocarme en la herida.

Comenzó a hacerme cosquillas en la barriga, con el fin de intentar quitarme el móvil.

-¡Quieto!-le ordené, riéndome.- ¡Ay, para, no seas crío!

Supuse que Sharon se sentiría confusa por la situación, así que le dije, a carcajada limpia:

-Sharon, mejor hablamos en otro momento. Besos, cuídate.

Corté la llamada y posé el móvil en la mesita, haciendo un esfuerzo.

-¿Contento?

Dejó de hacerme cosquillas. Estaba encima de mí, sosteniendo su cuerpo con los brazos.

-Oye, que no quería que cortaras.

-Es igual, mucho no tenía que contarle.

-Hace tanto tiempo que no te veía feliz.

-Ahora lo único que quiero es olvidarlo todo.

Él sonrió, supongo que también desearía hacerlo, pero algo así, nunca llega a olvidarse. Por lo menos yo, tendría siempre marcada en mi piel. En mi piel, en mi mente, en mi alma, en mi ser. La verdad es que tuve tiempo de pensar, de pensar en lo mucho que tengo, en lo mucho que puedo perder. Después de verle la cara a la Muerte, de poder sentir sus manos frías a punto de hundirse en mi pecho, me di cuenta de que debería aprovechar la oportunidad que me brindaba la vida. No sé cómo. Quizás comenzando por lanzarle a Terry una mirada de agradecimiento, de felicidad, que supiera lo mucho que había hecho por mí, y lo mucho que se lo agradecía.

Dos semanas después de estar allí encerrada en aquella habitación, recluida, recibiendo cada día un par de horas, o quizás menos, la visita de Terry, me dieron el alta. Recuerdo aquel día con ilusión, con la misma que siente una paloma que comprende que será liberada después de días de cautiverio. Él vino a buscarme ya por la mañana. Traía consigo una bolsa llena de ropa, la cual posó en mi cama, siendo atentamente vigilado por mí.

-Te he traído un jersey y una bufanda también.-dijo.- Hace bastante frío.

-Ok, me visto en un vuelo. Espérame fuera.

Nos retuvimos la mirada hasta que salió de la habitación y cerró la puerta. Ambos no nos podíamos creer que aquel momento se estuviese llevando a cabo al fin. Me apresuré a levantarme de la cama y coger la ropa. Dentro de la bolsa había una camiseta blanca, un pantalón negro, un jersey también de ese color y una bufanda blanca, a la par que unas botas de tacón oscuras. Me vestí rápidamente, me resultaba realmente confortable haberme quitado la bata y poder volver a llevar otra vez mi propia ropa. En cuanto me hube vestido, salí de la habitación. Antes de cerrar la puerta, le eché un rápido vistazo. Entre aquellas sábanas, encerradas para siempre en aquel lugar se quedaban mis nervios, mis lágrimas, mi soledad, mi tristeza y todos los fantasmas del pasado que me ayudaron en las más angustiosas noches a conciliar el sueño.

Le lancé una mirada a Terry, que él supo interpretar como mis deseos de irme. Se separó de la pared en la que estaba apoyado y me cogió por la muñeca. Recorrimos el pasillo camino del ascensor. Miré a todos los médicos y enfermeros con los que me encontré con una sonrisa, despidiéndome así de ellos. Cruzamos Terry y yo la puerta que separaba el hospital de la calle agarrándome él por la muñeca, como si fuésemos una pareja de enamorados, al igual que había dicho Fortman. Al llegar a fuera, me solté de su mano. No me acababa de creer que todo hubiese acabado, que pudiese estar otra vez en el exterior, camino de retomar mi vida. Inspiré fuertemente aquel aire húmedo y frío, y una lágrima de incredulidad y agradecimiento a la Virgen por haberme ayudado, se deslizó por una de mis mejillas. Terry la vio, y me miró preocupado.

-¿Te pasa algo, Emily?

Giré levemente la cabeza y sonreí.

-¿Qué me va a pasar, si nunca me encontré mejor?

Acercó su rostro al mío, hasta el punto de poder oírle respirar.

-Estoy tan contento de volver a tenerte otra vez en casa.

-¿Echabas de menos a alguien que te la limpiase, que te hiciese la comida, que lavara los platos…?-bromeé.

-¡Vete a la mierda!

Me reí. Me reí con verdaderas ganas. Después de tanto tiempo sufriendo, me parecía increíble poder estar experimentando aquella felicidad sincera. Posteriormente, nos montamos en el coche, pues teníamos que ir a buscar a Amy a casa de mi hermana Lorelay. Llegamos pronto, casi sin mediar palabra.

-¡Hola, Emily!-dijo ella, en cuanto me abrió la puerta.- ¡Cómo me alegro de que vengas a visitarnos!

-La verdad es que no me voy a parar mucho, vengo a buscar a…

Entonces me percaté de que Amy estaba allí, espiándonos desde la distancia. Seguramente, cuando hubo sabido que yo estaba en el piso, había salido de la habitación de invitados, que era donde estaba ella siempre. En cuanto se hubo percatado de que la había visto, se acercó a nosotros corriendo y me abrazó fuertemente, ejerciendo presión en mis costillas. Bajé la cabeza y la miré con ternura. Seguramente había estado esperando por este momento con impaciencia.

-¿Ves como no ha pasado nada, Amy?-dijo Lorelay.

Ella no respondió, se limitó a permanecer abrazada a mí, cerciorándose de que estaba allí realmente. Le acaricié el pelo.

-¿Nos vamos, cariño?-pregunté en voz baja.

Amy se separó entonces y me agarró la mano. También quería ir a casa, y que todo volviese a la normalidad, recuperar el tiempo perdido. Lorelay insistió:

-Mujer, ¿no os quedáis a cenar ni nada?

-Lo siento, Lorelay, tengo ganas de volver a mi casa, comer en mi comedor, dormir en mi cama. Ya vendremos otro día si eso.

-Vale, vale.

Me pareció eterno el camino a casa. En cuanto la vi, desde la ventanilla del coche, fue cuando comencé a darme cuenta de que aquello era real. El dolor desaparecía. Se aceleraba el corazón.” Todavía sigo viva”, pensé. Me apresuré en bajar del coche en cuanto hube percibido que se detenía. Al cruzar el umbral de la puerta, me abandonaron todos mis miedos y comenzaron a arder en mi pecho mis ganas de vivir. Nada había cambiado, seguía todo tal y como lo recordaba. Después de pasarme casi un mes en el hospital, casi me parecía mentira estar allí.

-¿Qué preparo de cena?-preguntó Terry, mientras se dirigía a la cocina.

-¡Eh! ¡Eh!-dije, siguiéndolo.- Cocino yo.

-Ni loco te dejo. Acabas de salir del hospital, Emily.

-Por eso. Llevo 3 semanas sin hacer la comida, y sabes que me encanta cocinar. ¡Anda, sé bueno!

Terry levantó una ceja, sonriéndome.

-Ya sabes que bueno no soy.

-Venga, ¿qué te cuesta? No me esforzaré mucho, en serio.

-¿Por qué ese empeño en cocinar?

Dudé un momento antes de responder.

-Porque estoy harta de sentirme inútil e indefensa. Quiero volver a hacer todo lo que hacía antes.

Se hizo el silencio durante un instante. Seguramente Terry intentaba entender mis razones.

-Está bien.-cedió.- Si te empeñas…

-Acabaré en un santiamén. Te lo aseguro.

En cuanto él optó por irse de la cocina, no tardé en meterme entre los fogones. La verdad es que no podía llegar a comprender del todo como algo tan simple me llenaba tanto en ese momento. Era la satisfacción de poder hacerlo, de volver a estar levantada, en mi casa, haciendo la cena para mí y mi familia, sin la tensión que eso suponía cuando estaba con Robert, sin ningún tipo de miedo.

Mientras freía la menestra, aderezada con ajo, comenzó a dolerme la cicatriz. Me llevé una mano al pecho y lo oprimí, con el fin de paliar el daño. Una preocupación surgió en mi cabeza: todavía no había visto con claridad aquella cicatriz, todavía no sabía qué había quedado impregnado en mi cuerpo para el resto de mis días. Entonces sí que me asusté, no del dolor, sino de su fuente. Enseguida recuperé la compostura y pude seguir con la comida. Eso sí, las verduras se habían quemado un poco.

Cené bastante aquel día. Hacía mucho que no comía con aquella avidez. Quise acabar lo más pronto posible, pues estaba bastante cansada. Terry lo notó, por lo que se ofreció a fregar los platos. En cuanto hube comido, me dirigí a la habitación ansiosa. Cuando abrí la puerta, sentí un enorme alivio. Era como si me imaginase que las cosas no estaban igual. Aún así, había un objeto, tapado por la mesita de noche, que nunca había visto. Me acerqué a él. Era una bombona, con una mascarilla.

-¡Terry!-grité.- ¿Qué coño es esto?

Me quedé completamente quieta, para poder escuchar cómo subía apresurado las escaleras.

-¿Qué coño es el qué?-preguntó, nervioso.

-Esto.-respondí, moviendo la cabeza hacia dicho aparato.

-¿Fortman no te lo ha comentado?

-¿Qué tenía que comentarme?

-Me dijo que lo compráramos. Solamente tienes que usarlo por la noche, en principio, durante 6 meses. Si necesitas usarlo en otro momento, mientras estés en casa, puedes hacerlo, pero tienes que decírselo a Fortman.

-P…Pero yo estoy bien.-intenté convencerlo, a él y a mí misma, titubeando.

-Lo sé,-respondió Terry, acariciándome el pelo.- pero toda precaución es poca. Sabes que nunca permitiría que te pasara nada, pequeñaja.

“Pequeñaja”, hacía muchísimo tiempo que no me llamaba así, años. Lo miré a los ojos, con la mirada más infantil que puse en mi vida. Sonrió.

-Supongo que sabrás usarlo.-dije.

-Algo me explicaron en la tienda. Seguro que entre los dos podemos.

Dicho esto, se marchó de la habitación, dejándome otra vez con aquel aparato horrible, fruto de tanto sufrimiento y tanto miedo. Me angustiaba estar allí. Opté por deshacer la cama y coger mi camisón. Hacía demasiado tiempo que no me lo ponía. Había perdido completamente mi olor, para adquirir un aroma a pasado, sobrecogedor. Me quité el jersey y la camiseta, quedando semidesnuda de espaldas al espejo. ¿Me atrevería a mirar y a conocer la huella que albergaba mi cuerpo?

Me armé de valor y me di la vuelta. Bajé ligeramente la mirada. Allí estaba. Irritada, reciente, palpitante, surcando mi pecho. Cuando la vi, en su totalidad, sentí un estremecimiento enorme. Millones de pensamientos desoladores asolaron mi mente, y mis ojos no querían separarse del espejo, de aquella imagen horrible que estaba destinada a ver durante todos los días de mi vida.

De repente oí una voz. No me inmuté, seguí observando la cicatriz, al borde de las lágrimas.

-¿Te pasa algo, Emily?

Era Terry.

-No.-respondí, volviendo a darme la vuelta, para poder coger el pijama.

-Estás pálida.

-Me encuentro bien, de verdad.

¿Para qué iba a contárselo? Sería inútil, no lo entendería. No podría entender el impacto físico que produce algo así. Un hombre al que le pase algo así, simplemente tendrá que abrocharse un par de botones más de la camisa, pero ¿una mujer? No poder llevar un escote, un bañador, sin que te taladren con la mirada, es algo casi inhumano. Una de las tantas discriminaciones que tenemos que sufrir.

Volví la cabeza para echar un rápido vistazo a mi cuerpo desnudo de nuevo. Sentía algo tremendamente extraño; como si aquella espalda, aquel pecho, aquella cicatriz, no fuesen míos. Como si perteneciesen a alguien desconocido, implantados en mí. Y pensar que me habían arrancado un trozo de pulmón era quizás lo más inquietante de la situación. Me encontraba hecha añicos, pedazos, retales. Como una muñeca rota.

En medio de la noche, mientras dormía, escuché unos ruidos procedentes del baño. No les di importancia. De repente, cesaron aquellos sonidos, y unos pasos silenciosos se acercaron a la cama. Sentí una suavísima presión en la frente. Indudablemente, unos labios. Abrí los ojos lentamente, para poder vislumbrar a la persona que me entregaba su cariño. Era Terry.

-¿Qué pasa?-dijo.- ¿Es que eres como la Bella Durmiente, que no se te puede dar un beso sin que te despiertes?

Pasé por alto su comentario. Observé, con mis ojos repletos de legañas, casi ciegos, que estaba vestido con ropa de calle. Palpe su brazo. Llevaba puesta la cazadora que solía llevar habitualmente.

-¿A dónde vas?-pregunté, con voz decaída.

-A dar una vuelta.

-¿A estas horas? ¿Estás loco?

-Tranquila, volveré.

Me extrañó su afirmación. No era un “volveré pronto”, ni un “volveré enseguida”, ni siquiera un “volveré tarde”; me estaba asegurando simplemente que volvería. Que volvería, me pregunté largo rato qué quería decir exactamente. ¿Era tan peligrosa la zona a la que iba? ¿Existía algún peligro escondido en la noche que pudiese amenazar su vida? El miedo, la angustia, estallaron en mi interior entonces. Extendí mis brazos, con el fin de poder agarrarlo y retenerlo en casa. Tomé su rostro con mis manos, sin siquiera abrir los ojos. Lo tomé con dulzura, pero en mi voz se notaba el pánico, y un tímido reproche:

-Quédate. No te vayas ahora.

Tantas veces que había tenido que dejarme, muy a su pesar, sola en la habitación del hospital, y aquella vez, en la que tenía la posibilidad de quedarse conmigo el resto de la noche, optó por contestarme, fríamente:

-No me esperes despierta.

Lo solté. Comprendí que no podía hacer nada ara que permaneciese allí. ¿Por qué aquellas repentinas ganas de irse? ¿Por qué quiso dejarme, con la mera compañía de aquel aparato horrible, que hacía un leve ruido cada vez que inspiraba, de la cicatriz, que latía, aprisionada entre todos los hilos que constituían su estructura? Escuché cerrarse la puerta de la habitación. Todo se quedó en silencio.

A la mañana siguiente, temprano, percibí claramente que Terry se encontraba a mi lado en la cama, como de costumbre, agarrándome por detrás, como si tuviese miedo de que fuera yo la que se marchara. Permanecí inmóvil. Quería aprovechar aquel momento. La tristeza se había apoderado de mí, haciendo que me estremeciese cada vez que desviaba la vista hacia aquel aparato. Luego miraba a Terry, que dormía profundamente, y tenía ganas de llorar. Un implacable frío se extendía por mi cuerpo, y sólo podía ser aplacado por aquellos brazos que me aprisionaban dulcemente. De repente, sentí que él, sin dejar de abrazarme, se incorporó ligeramente, acercando su boca a mi oído.

-Emily, ¿estás despierta?-susurró.

Me mantuve inmóvil. Tenía los ojos completamente abiertos, pero no me apetecía levantarme. Me atemorizaba tener que volver a ver aquella cicatriz, tener que volver a enfrentarme a la realidad. Tendría que hacerlo, tarde o temprano, pero necesitaba permanecer en la cama, entre los brazos de Terry, todo el tiempo que pudiese. Era costumbre suya preguntarme si estaba despierta cuando iba a levantarse. Aunque pareciese incoherente, me gustaba que lo hiciese. Sus palabras se introducían como caricias suaves en mi oído, cosquillas que me hacían sonreír, que me producían un placer tal, que todo mi ser vibraba tiernamente.

Al ver que no obtenía respuesta, me acarició el cabello con el dorso de la mano con mucha delicadeza, intentando no despertarme. Lo miré, sin mover la cabeza. Apenas pude verlo, por la oscuridad en la que la habitación estaba sumida, pero pude vislumbrar su rostro, con la suficiente claridad para saber que de él se trataba sin ningún tipo de duda. No pude saber cuál era su expresión, pero podría jurar que una lágrima de rabia contenida resbalaba dócilmente por una de sus mejillas.

Me soltó por completo para disponerse a levantarse de la cama. Me sentí desprotegida, y el frío volvió a apoderarse de mí, sin nada que lo paliase. En ese momento, le hablé:

-No te vayas.

Terry se dio la vuelta. Seguramente creyó que estaba hablando en sueños. Por eso, me incorporé. Quería poder mirarlo a los ojos, después de haberlos buscado entre toda aquella oscuridad. Me encorvé un poco, lo suficiente como para agarrarlo de una muñeca. Sin dejar de mirarme, se sentó en la cama, a mi lado. Apoyé mi cabeza en su hombro y lo agarré de un brazo, con el firme propósito de no dejarle marchar otra vez.

-Ayer llegaste tarde.-dije, sin mirarle en esta ocasión.- Prométeme que no volverás a hacerlo.

No dijo nada. Ladeó la cabeza, con el fin de poder verme. Supuse que me lo había prometido, pues el silencio otorga, pero aquel era tan desgarrador que parecía cortarme la respiración. Dudo que otorgara nada. Terry posó su otra mano en mi espalda, acariciándomela con una inimaginable ternura.

-¿Te pasa algo, Emily?-me preguntó.

-No…-respondí, levantando la cabeza, sin atreverme todavía a mirarlo.- Estoy bien… ¿Por qué no iba a estar bien?-murmuré, finalmente.

Aquel oscuro susurro se ocultó en medio de mi respiración profunda, y pudo pasar desapercibido por el oído de Terry. ¿Por qué no iba a estar bien? Eso era lo que yo me preguntaba. Estaba sana, en mi casa, con mi niña, con mi mejor amigo… ¿por qué esa melancolía, por qué ese dolor?... Se encontraba aquel daño tan, tan dentro que ningún bisturí hábil de ningún cirujano podría liberarme de él.

Me pasé fumando toda aquella tarde de sábado. Sin tregua alguna a mis pulmones enfermos. Dejó de importarme. Permanecí en la cornisa de la ventana con el pitillo en la mano, intentando ahogarme con el humo de mi soledad, hasta que me lo permitió el tiempo. ¿Qué había cambiado? Había deseado aquel momento durante meses, ¿por qué estaba llorando entonces? Estar al borde de la muerte me había dado tantísimo miedo, tantísima inseguridad. Antes de haberme operado, temía que me matase el cáncer; ahora, lo que temía era que la tristeza fuese la que acabase conmigo.

Terry se había pasado la tarde en el taller, ayudándole a Charlie con la contabilidad. Brevemente pude verlo por la mañana, y pude concentrarme, mientras desayunaba, en memorizar su sonrisa, para poder traerla a mi memoria cuando me encontrase mal. Todavía recuerdo todas las veces que, antes de irse, él me repitió que lo llamase al móvil si estaba enferma, o si estaba triste. ¿Había que tener tanto cuidado conmigo? ¿Acaso no podía retomar mi vida? Nada era lo mismo. Cada vez que tosía, que suspiraba, a toda la casa le daba un vuelco al corazón. ¡Cuantísimo pánico le notaba a Terry en la voz cada vez que me preguntaba cómo estaba! Lo peor que podría ocurrirle en aquel momento, era que yo volviese a caer enferma. Si eso pasara, se moriría. Se moriría de tristeza.

Cuando él llegó, todavía me encontraba fumando. En cuanto percibí que la puerta de la entrada se cerraba, en cuanto pude captar aquel sonido, me apresuré a apagar el pitillo ahogándolo en un vaso de agua que tenía en la mesita. Salía humo de él todavía, como si fuese su último resto de vida. Abrí la ventana del todo, con el fin de que no quedase allí el olor del tabaco, aunque iba a ser difícil. Bajé las escaleras y me introduje en la cocina. Terry se encontraba enfrente de la nevera, cogiendo una lata de cerveza. Me acerqué a él, a pesar de que no se había percatado de mi presencia. Dejé que dos de mis dedos pudiesen deslizarse muy suavemente por su mejilla, describiendo una trayectoria semejante a la que deja una lágrima. Terry se dio la vuelta, para cerciorarse de que era yo la que lo había acariciado. Sonreí al ver su sonrisa.

-Cada vez tienes las manos más frías, nena.-dijo.- Voy a tener que comprarte unos guantes.

-Siempre estás con lo mismo.-respondí, vertiendo el contenido del vaso en el fregadero.

-Es que es verdad. ¿No me lo negarás?

-No te lo niego.

Abrí el grifo, y comencé a lavar el vaso, moviendo enérgicamente la esponja. Terry me miraba, mientras bebía la cerveza.

-¿Qué tal el trabajo?-pregunté, sin ni siquiera mirarle.

-Como siempre.

-Hoy viniste más pronto.

-No quería volver a preocuparte.

Cerré súbitamente el grifo, al sentir cómo mi corazón comenzaba a golpear tan fuerte que podía sentirlo en la punta de los dedos. Intenté disimularlo mientras me secaba las manos.

-Vas a seguir siendo el centro de mi preocupación.-afirmé.- Si no es por una cosa, es por otra.

-Procuraré no serlo.

-Quiero que lo seas. Eso quiere decir que me importas.

Restregué el trapo contra mis manos con rapidez y fuerza. Aún así, el agua las había tornado álgidas como bloques de hielo. Se hizo el silencio, solamente interrumpido por mi respiración, que se había vuelto mucho más fuerte desde que me habían operado. En aquel momento, desconozco la razón, estaba respirando por la boca. Simplemente me pasaba así a veces; era como si no me llegase el aire. Terry lo notó enseguida y se acercó al fregadero.

-¿Estás bien?-preguntó.

Comprendí que lo decía por eso, pues, tras decirlo, se quedó quieto, escuchando.

-Sí, no te preocupes.-respondí, sonriendo levemente.

-¿Entonces es que te excita lavar los platos?-bromeó.

-Maricón.-gruñí.

El se rió, al ver mi indignación.

-Era una broma, no te pongas así.

-Pues vaya broma.-dije, fingiendo estar enfadada.

Me miró serio a los ojos, dejando a un lado las coñas.

-Todavía me parece mentira que podamos estar los dos aquí, cuando hace apenas unos días estuve temiendo durante horas no volver a oírte respirar.

-No me lo recuerdes.-interrumpí, al borde de las lágrimas.

Dejé que mis brazos enfundados en mi bata azul obrasen por sí solos y se aferrasen al cuello de Terry con fuerza. Él también me abrazó, pero sin ejercer ni la mitad de presión sobre mi cuerpo que la que yo ejercía sobre el suyo.

-Nunca más.-repetía.- Nunca más vamos a preocuparnos por eso. Ya me he puesto bien. Ya nunca más… Nunca más.-susurraba en su oído, junto a mi respiración, todavía más descontrolada que antes.- Nunca más, Terry.

Odiaba hablar sobre ello. Me esforzaba en olvidarlo, como si no hubiese pasado, pero ese recuerdo, el tacto de las sábanas de aquella cama, la voz de la doctora comunicándomelo, la primera y última lágrima que pude ver deslizarse por los ojos de Terry, la simple imagen de mi cicatriz reflejada en un espejo… Retornaban a mi mente, atormentándome, haciendo que volviese a revivir aquel calvario. Todos los días ocurría en mi mente, una y otra vez. Y yo rezaba que nunca más volvería a pasar.

Pasaron días, horas, minutos interminables encerrada en casa, por orden del médico. Aquella casa en la que tanto había anhelado estar, se convertía en mi prisión, en mi jaula, como si fuese una paloma herida a la que le resulta imposible poder alzar la voz para que alguien la salve. Miraba el teléfono cada poco. 0 llamadas, 0 mensajes. Si me hubiese muerto, nadie se habría percatado. Y yo continuaba recluida en mi nueva celda, fumando toda la tarde, disfrutando muy brevemente del cariño de los míos, dejando que mi interior se pudriese lentamente.

Recuerdo con fuerza un día concreto. Una mañana de miércoles. Tuve que levantarme temprano, a pesar de que podría gozar de la cama gracias a mi convalecencia, porque Amy tenía que madrugar para irse al colegio. No tendría que llevarla en coche, pues habían implantado un servicio de autobuses hacía poco, pero tendría que arreglarla a contrarreloj si no quería que lo perdiese. Iba ese día con un vestido azul celeste, unos zapatos negros y unas hebillas de Hello Kitty adornando su melena castaña. Cuando bajó a la cocina, después de haberse acicalado en el baño, se sentó en una silla, esperando el desayuno. No pude evitar, mientras sostenía con una mano el tazón que portaba su leche y lo dejaba en la mesa, besarla en una mejilla, acercándola más a mí con la otra mano.

-Estás preciosa, mi vida.-le dije.

Me giré hacia la encimera, para apoyarme en ella y esperar a que la niña terminase de comer. Entonces fue ella la que me habló, tímidamente:

-Mamá… ¿Te…? ¿Te han despedido?

La miré extrañada.

-Por supuesto que no. ¿Por qué lo preguntas?

-Es que… hace días que no vas al trabajo.

Me dirigí hacia la mesa y me senté en una silla a su lado. Quería estar cerca de ella para poder explicárselo.

-Mira, Amy, después de una operación no se puede ir a trabajar así de repente. Aunque me diesen el alta, tengo que pasarme una temporada descansando en casa. A eso se le llama estar convaleciente.

-Convaleciente…-repitió. Seguramente nunca había oído una palabra tan larga y difícil.

La mañana pasó lenta y dificultosamente. Tampoco moví un dedo aquel día, y si lo hubiese hecho, ¿qué cambiaría? Odiaba quedarme tan sola en casa. El mediodía no llegaba, y era uno de los pocos momentos del día en los que podría gozar de la compañía de mi hija y de Terry. A él no lo había visto en todo el día. Se había levantado pronto para ir a trabajar, y ni siquiera había percibido su partida. Sentí al despertarme como si hubiese dormido con un ser incorpóreo y etéreo que no deja ningún rastro al irse. Las sábanas estaban frías.

Llegó Amy un poco antes de lo previsto. Todavía no tenía la comida, y Terry no había dado ninguna muestra de vida en toda la mañana; probablemente no lo vería hasta caer la noche. Ella, que estaba realmente feliz, se sentó a la mesa mientras yo pelaba un par de patatas.

-¿Cómo es que llegas tan pronto?

-Es que tuvimos una conferencia a última hora y salimos antes.

-¿Y sobre qué era?

-Sobre donación de órganos. Lloré y todo.

-¡Cómo no ibas a llorar, criatura! Ya no sé cómo se les ocurre poneros esas cosas a niños tan pequeños.

-Aunque lo entendí. Hay gente muy, muy enferma que puede ser curada gracias a una persona muerta. Me recordó a ti.

-A mí no me donaron nada. A mí me extirparon, que no es lo mismo. Estoy sin un trocito de pulmón.

-¿Y por qué no te dan uno entero?

-Porque no me hace falta. Hay gente que los necesita muchísimo más que yo, que no pueden vivir si no se lo dan. ¿Eso no os lo dijeron?

-No, sólo nos dijeron que se los daban a gente que está muy malita.

Dejé de pelar la patata y la miré con ternura. Seguramente había advertido mi decaimiento de aquellos días, y quería ayudarme como fuese.

-Tú tuviste que sufrir tanto con mi enfermedad, mi vida, y aún por encima hablándoos de algo como eso, para hacerte sufrir todavía más.-dije, inconscientemente.

-Pero la gente así enferma se cura. Tú te curaste.

-Claro que sí, cariño. Y muchas de esas personas también.

La parte que Amy no sabía era lo mucho que había que luchar para curarse, todas las lágrimas, todo el sufrimiento, todo el coraje que se ha de sacar de la nada. Y, al mejorar, el impacto que causa despertarse sin una parte de tu cuerpo, sabiendo que el corazón que late dentro de ti no es el tuyo, teniendo que respirar por medio de una máquina, o, como en mi caso, con una enorme cicatriz que termina condicionándote para el resto de tu vida. Esa era la parte dura, pero ella no debía saberla. No por ahora.

-Por cierto, mamá,-exclamó Amy.- ¿podría quedar esta tarde con Violet?

-¿Quién es Violet?

-Una amiga mía, va en mi clase. ¿Me dejas, mami? Por favor.

-¿Tienes deberes?

-Unas cuentas de mate.

-Nos ponemos a ello después de comer, entonces, y después la llamas.

-¿Puedo llamarla ahora? Para decirle la hora.

-Mientras haces los deberes, la llamo yo, y luego voy a ayudarte para que los hagas antes. No te preocupes por eso.

Dicho y hecho; al acabar de almorzar, ella se fue a su habitación y yo me dirigí al teléfono, con el papel estampado de florecillas que tenía el número de teléfono de Violet apuntado. La llamé. Enseguida cogieron. Era la voz de una mujer.

-¿Diga?

-Disculpe… ¿Esta es la clase de Violet?

-¿Quién llama?-preguntó, desconfiada, mi interlocutora.

-Soy la madre de Amy, de una de sus compañeras de clase. Iban a quedar hoy por la tarde.

-¡Ah, Amy! ¡Es cierto! Acaba de comentármelo Violet. Lo siento.

-¿Por?

-Por ser grosera con usted, mujer. No era mi intención.

Se hizo el silencio un momento. Aquella mujer estaba intentando quedar bien, se le notaba en la voz.

-¿A qué hora le viene bien?-preguntó.

-¿Le parece a las cinco?

-Perfecto. Le diré a la institutriz de Violet que no venga hoy y listo, que por un día que quedan tampoco pasa nada.

Supongo que eso lo había dicho para presumir del dinero que tenía en su cuenta corriente. Yo, que cuando era pequeña, había pasado tantas noches en vela, desde pequeña, haciendo deberes e intentando comprender las lecciones por mí misma, pues mi pobre madre no podía pagarnos un profesor particular, y Violet tenía una institutriz, cuando todavía apenas sabían leer, por cortesía de aquella riquísima señora.

-La voy a buscar con el coche y se viene a mi casa.-prosiguió.- Así podrá usted descansar un poco ahora por la tarde.

-Por mí bien.

Nos despedimos y colgué lo más rápido que pude. Seguramente aquella mojigata querría seguir de rollo, según sugerían sus continuas interrupciones cuando yo hablaba, pero pude cortarla a tiempo.

Cuando dieron las 4 y media, Amy ya estaba nerviosa. Temía no caerle bien a la madre de Violet, pasarlo mal, o enfadarse con su amiga. En eso nos parecíamos, las dos somos bastante pesimistas. Me mantuve tranquilizándola un buen rato, mientras metía en su pequeño bolsito las cosas que quería llevar.

-Brillo de labios, la libreta de Barbie, los lápices de colores, los bolis con purpurina, las cartas de olor…-repetía una y otra vez mientras remiraba dentro del bolso.- ¿Me falta algo, mamá?

-Mete el medicamento por si acaso, cielo.

-Está en la mochila, ¿no?

-Claro, como siempre.

Corrió hacia el rincón de la habitación donde estaba y sacó de un bolsillo de la misma el ventolín, para, posteriormente, guardarlo.

-Amy, cálmate.-le dije, al ver que hasta le salían coloretes de la tensión.- Tampoco vas a ver al rey.

-Lo sé, pero no quiero que me queden las cosas en casa.

Entorné los ojos hacia arriba y suspiré. Mientras la niña volvía a revisar sus cosas, me fijé que en una esquina, tirada, se encontraba Sally, mi preciosa muñequita. Me acerqué a ella y la tomé en brazos. Estaba tan destrozada y frágil, tan corroída por los años. La miré con una grandísima ternura, como si intentase aliviar su dolor inexistente.

-Cariño, te olvidas a Sally.-le recordé.

-No me la olvido, mamá. No la voy a llevar.

Me extrañé. Amy nunca se separaba de Sally, a veces, ni siquiera para ir al colegio. Desvié la mirada de la muñeca y clavé los ojos en ella.

-¿Por qué no?-pregunté, con algo de reproche.

-Violet tiene muchas barbies. No tengo por qué llevarla.

No pude responder. Una congoja intensa atenazaba mi garganta y me impedía articular sonido alguno. Para mí, aquel juguete era mi única válvula de escape, no la abandonaría por nada, y para mi niña, en cambio, era… ¿Un estorbo? De repente, escuché que golpeaban la puerta principal, a pesar de tener timbre, de cuya existencia parecieron percatarse un rato más tarde, y lo presionaron.

-¡Son ellas!-gritó Amy nerviosa, saliendo de la habitación.

Dejé a Sally sobre la cama, con muchísima ternura. Exhalé un hondo suspiro, que parecía haber hecho temblar aquel cuerpecito inanimado. Su melena de lana amarilla cayó dulcemente sobre las sábanas, y sus ojos negros parecían mirarme con agradecimiento por non olvidarme de ella, con su sonrisa perpetua, que no se borraba por nada. Sentí que algo me oprimía fuertemente el corazón.

-¡Mamá, baja!

-Ya voy.

Lo hice, simplemente para intentar no preocupar a Amy. Aún así, su rostro mudó cuando me vio.

-¿Estás bien, mami?

-Sí, cielo, lo que pasa es que me encuentro un poco cansada.

Sonreí levemente, para que dejase de temer por mí. Ella también sonrió. Al oír que el timbre volvía a sonar, comenzó a peinarse con los dedos y a arreglarse el vestido. Abrí la puerta. Esperando a que les abriese estaban una niña, de la edad de Amy, muy bien vestida, con muchos bucles en su melena rubia; y una mujer, de unos 30 años, con mucho carmín sobre los labios, ataviada con un traje de chaqueta y falda que parecía ser de marca. Me miró de arriba abajo. Acto seguido, sonrió forzadamente.

-Hola, soy la madre de Violet, ¿ya se imagina, no? Veníamos a recoger a Amy.

Yo también sonreí sin ganas.

-La voy a recoger yo, si eso.-propuse.

-¡No, mamá! Estás “conveleciente”, tienes que descansar.

-Se dice “convaleciente”, cariño.-susurré, y añadí, recuperando mi tono de voz normal:- Además, puedo ir igual, que no me va a pasar nada.

La otra mujer me miró con sorpresa.

-¿Convaleciente? ¿Qué le ha pasado?

Estaba a punto de no contestarle, pero quise escupírselo:

-Cáncer.

-Lo siento muchísimo, no… no sabía…

-No es nada, ya me he puesto bien.

Supongo que le hice sentirse violenta, mas no me importó en absoluto. ¿Por qué había de ocultarlo? Era absurdo; sus secuelas acabarían revelando el misterio. Se hizo un silencio sepulcral, que opté por romper:

-Bueno, ¿a las 7 voy, entonces?

-Sí, sí, a la hora que mejor le venga.

-A las 7 está bien.-repetí.

-Vale, ¿le digo la dirección?

-Me la escribe en un papel y no hay problema.

Sacó entonces una libreta de su bolso negro en el que estaban plasmadas las iniciales de Victorio y Luccino, en ella anotó la susodicha dirección para después entregármela. La guardé en un bolsillo de la sudadera. Me despedí de esa mujer, además de las niñas.

-¡Pásalo bien!-le grité a Amy antes de que se metiese en el coche.

En cuanto pude, cerré la puerta. Volví a quedarme sola. Tendría que esperar dos horas para estar de nuevo acompañada, si es que la niña no se me hacía la remolona y me obligase a quedarme un rato charlando con aquella urraca.

Había revelado mi secreto a alguien que ni siquiera conocía. Supongo que era porque ya estaba cansada, cansada de seguir negándolo, negándomelo a mí misma. Un juguete que está roto, por mucho que se le cosa, seguirá estando roto, y nada podrá cambiarlo. Ya no, era algo inevitable. Y eso era yo, una muñeca rota. Y a una muñeca rota no se le trata igual que a las demás: se tiene que tener mucho más cuidado con ella, para que no se vuelva a romper. ¿Es una ventaja? Sólo por una parte. Si estás rota corres el riesgo de ser rechazada, o simplemente tu rotura se convierte en un tabú, y la gente intenta hacer que no existe, como era el caso de Terry. Pero existe, y está ahí, y eso lo cambia todo, modifica la existencia de quién la padece. No hay que sufrir por ello; sólo hay que asumirlo, y hacerlo cuesta lágrimas. Es angustioso y difícil cambiar una “cicatriz horrible” por una “cicatriz bonita”. Me costó muchísimo tiempo hacerlo, lo reconozco. Minutos, horas, días. Pero vale la pena.

Todavía recuerdo aquel día, cuando Terry llegó a casa.

-¿Cómo estás, mi linda?-preguntó.

-Bien.-respondí.

No era del todo cierto, pero no quería hacerle daño. Lloré mucho aquella tarde, pensando en la muñeca, en mí, en todo. No me acuerdo de qué hablamos, pero sí que en un momento de la conversación, él acercó una de sus manos a mi cicatriz y la acarició. Deslizó sus dedos amorosamente por ella, de arriba abajo, recorriéndola, catándola.

-Qué bella es.-susurró.

Esas palabras se quedaron grabadas para siempre en mi memoria. Limpiaron todas mis lágrimas e hicieron que en mi rostro apareciese una sonrisa, blanca y sincera. Para él, que me hubiese curado era un milagro, y también lo sería para mí. El alma descuartizada de la muñeca rota comenzaba a recomponerse.

jueves, 19 de noviembre de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XXIII-Sin vuelta atrás


Terry llegó al hospital a las 4 de la tarde, tan pronto como le dejaron entrar en aquel día fatídico. Se suele decir que lo peor en una batalla es la calma que la precede. En mi caso, la calma se convertiría en un nerviosismo extremo, en una incertidumbre que parecía no terminar nunca. Él se sentó en el sofá que había al lado de la cama. No sabía qué decirme, ni yo sabía qué contestarle. Lo cogí de la mano. Enlacé mis dedos en sus dedos como si estuviese intentando establecer entre nosotros un vínculo, un vínculo que nada podría separar.

-Da ganas de ser algo cobarde y echarse atrás. ¿Verdad?-dije.

-Ahora ya no te dejarían salir de aquí.-repuso Terry.

-Ábreme la ventana y me iré volando, como las palomas.

Él sonrió.

-¿Como las palomas?

-Sí, y te llevo a ti conmigo. Y nos vamos a pasar mis últimos meses de vida a las Bahamas. ¿Qué te parece?

-Tendremos tiempo de ir cuándo te pongas bien.

-Eso es esperar demasiado tiempo. Quizás nunca me pongo bien.

-Ya empezamos, Emily.

-No es empezar. Simplemente te digo lo que tienes delante de las narices.

-Arráncamelas.-conminó.

-Sólo si tú me arrancas el mal que tengo.

-Si pudiera lo haría, créeme.

Se hizo el silencio. Entre nuestra imaginación desbordada y casi infantil se escondía toda aquella angustia que la enfermedad, la operación, traían consigo.

-¿Te has parado a pensar.-pregunté.- en que podría no salir con vida de allí…?

-Todo el rato.

-Yo también.

-Pero, ¿sabes?-dijo Terry.- Si mueres, te coronarán princesa en el cielo.

Una sonrisa surcó mis labios, al tiempo en el que una lágrima luchaba por salir de mis ojos. No me imaginaba esas palabras, esa frase, evocando mi ya conocido mote, evocando a mi madre, a mi inocencia. Me llevé una mano al pecho, mientras apartaba la cara.

-¿Por qué dices eso?

-Porque estoy completamente seguro de ello.

-Prefiero seguir siendo una princesa sin trono ni corona y poder seguir disfrutando de mi verdadera princesa.

Terry apartó la mirada. Sabía perfectamente a quién me estaba refiriendo.

-Lo peor no es morir o no morir, lo peor es no poder despedirme de ella.-afirmé, a punto de romper a llorar.

-¿Y qué quieres que haga, Emily?-gritó.- ¡He intentado hablar con Fortman, pero no me hizo ni caso! ¡Yo también quiero que la veas! ¿Qué te piensas? ¡Pero tu médico es terco como un cabrón!

-Oye, lo siento. Ya sé que no es culpa tuya, Terry. Pero es que no puedo, no puedo.

Me tapé la cara con las manos. Rompí a llorar, después de prometerme durante la mañana que no lo haría. Llevaba días sin ver a Amy, y la necesitaba más que nunca. Necesitaba poder abrazarla, poder hablar con ella, poder hartarme de besarla antes de irme, de una ida con un posible y casi remoto retorno. Terry optó por no abrazarme. Me apartó las manos de la cara para mirarme a los ojos.

-Se lo explicaré todo, Emily. Si quieres, haré que habléis por el móvil, pero yo no puedo hacer más.

-Mira, vete a casa.-le ordené.- Vete a casa con Amy. Quiero descansar un rato.

Terry se fue muy desganado, pero supo entender mis razones. En cuanto se marchó, yo, que estaba incorporada en la cama, me dejé caer hacia atrás como si no tuviese vida. De repente, sonó mi móvil. Al estar sola en la habitación, optaron por dejarme tenerlo. Era Sharon.

-Hola, Emily.-dijo ella.- ¿Cómo se encuentra mi valiente?

-Mal.

-¿Por?-noté que se preocupaba.

-No me dejan ver a Amy. A mi Amy. A mi pequeña. No me dejan.-respondí con la voz entrecortada.

-¿Quién es el hijo de puta que no te deja?

-Fortman, el doctor Aaron Fortman. Mi oncólogo.

-¿Aaron Fortman? Tranquila, lo localizaré.

-¿Lo conoces? ¿Qué vas a hacer?

-Digamos que nos vimos un par de veces. Tú tranquila, no le haré daño.

-Eso espero.

Después de esto, colgó. Ahora parece que tenía un rayo de esperanza. Diminuto y borroso, pero probablemente podría ayudarme, traerme a mi niña. Deposité toda mi confianza en Sharon, sabía que era una buena opción, lo presentía, aunque apenas nos conociésemos. Me quedé en la habitación completamente sola, pensando. Pensando en lo que iba a pasar, si sus esfuerzos serían en vano.

De repente, entró en la habitación el doctor Fortman. Me puse nerviosa ante su presencia. De sus palabras dependía que viese a mi hija quizás por última vez o no.

-Señora Gray,-dijo.- he estado hablando con una… amiga suya que me comentó acerca de la posibilidad de que su hija venga a visitarla. La verdad es que me lo he pensado. Dada la gravedad de su enfermedad y el riesgo de la operación, sería un buen estímulo que vea a la niña.

Se me iluminó la mirada. Era casi un sueño escuchar aquellas palabras salidas de los labios del doctor Fortman. No había palabras para expresar mi gratitud. Me habría echado a llorar, si no fuera porque estaba demasiado excitada.

-Pero no debe estar aquí mucho tiempo.-prosiguió.- No es bueno que se exponga a la radiación que forma parte del tratamiento de algunos pacientes durante mucho tiempo.

-G…Gracias. Gracias.-logré pronunciar, juntando las manos y bajando la cabeza como si estuviese rezando.

-No me las de, señora.

-¿Podría… podría hacer una llamada?-pregunté con dificultad.

-Por supuesto.

Cogí el móvil de la mesita y marqué de memoria el número de teléfono de Terry. Un toque… Dos toques… Comenzaron a temblarme las manos… Tres toques… Un pitido.

-¿Diga?

Una voz. Era Terry inconfundiblemente. En ese momento era como si algo me atenazara la garganta, aún así, conseguí sacar de ella unas palabras:

-Soy yo. Tráeme… tráemela inmediatamente.

-¿Emily?... Mira reina, ya hemos hablado de esto.

-Me dejan.-interrumpí.- Fortman me deja.

-¿Hablas en serio?-estaba tan confundido como yo.

-Sí, sí, lo tengo aquí al lado.

-¿Señor?-dijo Fortman, acercando su rostro a mi móvil.- Su hija puede venir a ver a su esposa. Pero tendrá que estar muy poco tiempo.

No escuché lo que le contestó, pues el doctor me había cogido el teléfono. Lo miré atentamente, con las mejillas ruborizadas. Cuando Fortman dijo que yo era la esposa de Terry se me aceleró el corazón. Apuesto que él también se sintió algo avergonzado. Supuse que lo corregiría, pero no escuché que el médico pronunciase ninguna frase de disculpa. Seguramente Terry se encontraba tan aturdido que ni siquiera se había fijado. Después de intercambiar dos o tres palabras más con él, Fortman me pasó el teléfono. Acto seguido, se fue de la habitación.

-Dice que te pongas.

Lo cogí, ansiosa. Lo allegué a mi oído apresuradamente. Necesitaba saber cuál era la contestación de Terry.

-¿Y bien?-dije.

-Me has convencido, reina. No sé cómo lo conseguiste, pero bueno.

Me reí. Mientras lo hacía, podía escuchar su risa al otro lado del teléfono. Un escalofrío de placer recorrió mi columna. Era casi como tenerlo allí.

-Antes de traerla-le sugerí.- ponla en antecedentes. Me van a dejar poco tiempo para hablar con ella y tampoco quiero estar explicándole todo… ¿Comprendes?

-Perfectamente. Bueno, pues entonces a las 6 la tienes ahí.

Eran las 5 y media. Aún así, me parecía demasiado esperar, aunque era comprensible que se tomase su tiempo. Después de esto, optamos por despedirnos. Colgué y dejé el móvil encima de la mesita. Entonces, al cabo de escasos minutos, volvió a sonar.

-¿Sí?

-Que, sirvió mi ayuda o no.-era Sharon inconfundiblemente.

-No te imaginas cuánto te lo agradezco, Sharon.

-No me lo agradezcas, solamente hice mi trabajo.

-Por cierto, ¿cómo lo conseguiste?

Al formularle esta pregunta se hizo un silencio. A través del teléfono sólo pude escuchar su agitada respiración.

-La verdad es que no me costó demasiado, no tiene importancia.

Acto seguido de decir esto, se decantó por cambiar de tema.

-Y qué, ¿nerviosa por ver a la pequeñina?

-Pues claro. Tengo los nervios electrizados.

-Tengo ganas de conocerla.

-Algún día, si salgo de esta, te la presento. Verás qué monada.

-Saldrás de esta.-respondió, elevando el tono de voz.- Como me llamo Sharon que sales de esta.

-Tampoco te pongas así, mujer.

De repente, al otro lado del teléfono, escuché un ruido. Una puerta que se cerraba bruscamente y provocando un estentóreo sonido.

-Tengo que colgar.-susurró.- Ya hablaremos. Un beso, cuídate.

Sin darme tiempo a despedirme, la llamada se cortó.

Las 6 tardaron en llegar. Hasta entonces, estuve haciendo zapping en la televisión de mi habitación, muerta de nervios. De repente, la puerta se abrió. El corazón me dio un salto. Sabía que era él.

-¿La hago pasar?

-Sí.-conseguí responder.

Entonces, vi cómo entraba despacio, intimidada. Con su pelo castaño suelto y su débil cuerpecito envuelto en un vestido rojo con un osito bordado. En la mano traía a Sally. En cuanto pude reconocerla, me caían las lágrimas de alegría.

-Ven aquí, mi vida.-le dije.

Amy, abrazada a la muñeca, se acercó a mí un poco asustada. Seguramente aquel lugar, completamente desconocido para ella, le producía temor. La estreché contra mi pecho fuertemente, llenándola de lágrimas y de besos. Añoraba su presencia, poder volver a sentirla en mis brazos. Al cabo de un rato me separé de ella y tomé su cara en mis manos.

-Te eché mucho de menos, cariño. ¿Cómo estás?

-Bien.-se atrevió a decir.- ¿Y tú?

-Ahora que te he visto, ya me encuentro mejor.-respondí, sonriendo.

Volví a besarla en la mejilla, y Amy hizo lo mismo conmigo. Me calentaba el corazón notar la dulce presión que ejercían sus labios.

-Mamá.-dijo, separándose un poco.- ¿es verdad que te van a quitar el bicho?

-Así es.

-¿Y te van a… te van a abrir?

Vi que estaba preocupada. Dios sabe lo que se le pasaba por la cabeza.

-A ver, no sé si papá te lo explicó bien…

-Él me dijo que te iban a operar, y que te iban a quitar el bicho.

-¿Entonces? ¿Por qué te asustas?

-Porque yo sé lo que es que te operen.

-¿Ah, sí? ¿Y qué es?

-Es que te abren por la mitad. Y en las películas, la gente que se opera muchas veces muere.

-Es verdad que me van a abrir… que me van a abrir el pecho pero no te preocupes. Lo van a hacer especialistas, que es gente que sabe mucho de eso. Además, van a estar mirando que respire, van a controlar los latidos de mi corazón… No hay de qué preocuparse.

-Pero, ¿te vas a…?

-Mira Amy,-la interrumpí.- no te lo puedo asegurar. Seguramente que no, y que me pondré bien, pero espérate cualquier cosa.

Volvió a abrazarse nuevamente a Sally. Comprendo que estuviese nerviosa, después de mi última respuesta, pero no podía mentirle. No quería mentirle. Ella había venido para que le contase la verdad, y no quería que se hiciese una idea equivocada de la realidad de la situación.

-Sally también tiene miedo.-dijo Amy, mirándola.

-¿Quieres que la tranquilice?

Ella asintió.

-A ver, déjamela.-al decirle esto, me entregó a la muñeca muy suavemente. La cogí en brazos como si fuese un bebé.- Sally, no te preocupes por mí. Verás cómo no pasa nada y me pongo bien. ¡Seguro que sí! Anda, cuéntaselo a Amy, que está toda triste.

-No estoy triste.

Le devolví a Sally. Ella volvió a abrazarla.

-Antes de que te vayas, quiero darte una cosa.

Me giré hacia la mesita y comencé a rebuscar en el cajón. Amy me miró extrañada. De su interior, saqué uno de mis objetos más preciados, al que le tenía más cariño, aquel del que no me separaría nunca, estaba a punto de ser entregado a mi hija. Le agarré una de sus muñecas suavemente para que extendiese su mano. En ella, deposité el rosario, aquel rosario rojo como la sangre que me había entregado mi querida abuela. En cuanto el rosario ya se encontraba en su mano temblorosa, le cerré los dedos. Bajé la cabeza, sin dejar de mirarla, intentando contener las lágrimas. Reproduje, inconscientemente, las palabras que dijo mi abuela al dármelo a mí:

-Reza mucho con él, vida mía.

Amy abrió la mano y lo observó detenidamente. Seguramente no era quién de comprender que me entristeciese al dárselo. Me tapé la boca con las manos y mis ojos estallaron en lágrimas. Intenté no hacer ruido para que ella no se percatase, pero un suspiro fuerte que despidieron mis labios llamó su atención. Me miró atemorizada, sorprendida. Seguramente pensaba que me estaba callando cosas, y en parte lo hacía, o que me había hecho algo malo.

-Mamá…-dijo, extendiendo los brazos hacia mí.

No pude contener el impulso de volver a abrazarla con todas mis fuerzas. No podía comprender la razón de mi abatimiento. Fueron simplemente los recuerdos, aquel momento tan emotivo en el que mi abuela me entregó el rosario. Yo tampoco lo comprendí, pero supe hacerme una idea al hacer estado expuesta a la muerte anteriormente. Era como si el gesto que acababa de hacer estuviese también presagiando mi muerte. ¿Lo que me impulsó a hacerlo era el deseo de que mi recuerdo permaneciese vigente en su mente, que mi presencia siempre la acompañase? ¿O quizás el miedo a la muerte me hizo hacerlo? De repente, Terry abrió la puerta.

-Amy, vamos, que ya me están calentando los huevos.

La separé de mi pecho. Ella no quería, y todavía se agarraba con más fuerza a mi batita fina de hospital.

-No me lo pongas más difícil todavía.-le susurré, emulando las palabras de mi madre, el fatídico día en el que vi por última vez a mi abuela.

Quizás aquella también sería la última vez que ella me vería.

Conseguí que se fuese con su padre. Antes de que saliese de la habitación, volvió la vista atrás para verme. Le lancé un beso. Amy sonrió, con ojillos tristes y se fue. Se fue de mi lado, y puede que no volviéramos a vernos, que no pudiese abrazarla de nuevo. No detuve mi llanto, seguí llorando, en presencia de Terry, que aunque la pequeña se había ido, él permanecía en la habitación, con la puerta cerrada.

-Emily, no llores.-le escuché decir.

-No puedo más. No puedo más.-repetí, entre sollozos.

Terry se acercó a la cama y se sentó en un borde. Me miró. Yo cerré los ojos, como deseando que todo aquello desapareciese, y cuando los volviese a abrir me encontrase en casa, con él y con nuestra hija, sana, contenta, otra vez. Pero por la contra, cuando los abrí me encontré abrazada a Terry, a la única persona en la que sentía que podía depositar mi confianza. Envolví su cuello con mis brazos, me aferré a él, como si fuese lo único que me mantiene a flote en un mar embravecido.

-Nunca te voy a abandonar, mi reina.-dijo, con una voz muy velada.- Así que no llores más.

-Pero…Amy…

-Tendrás la ocasión de volver a verla. No pierdas esa esperanza.

Esperanza. La esperanza es lo único que nos quedaba. Tener fe de que todo iba a salir bien. Rezar, tendría que rezarle mucho a Dios para convencerle de que todavía no había llegado mi hora. Solamente mañana sabría si aquellas plegarias se harían factibles.

-¿Dónde está?-le pregunté, un poco más calmada.- ¿La has dejado sola?

-No, está con tus hermanos. Les digo ahora que pasen, y llevo a la niña a casa.

Me levantó la cabeza muy delicadamente, colocando uno de sus dedos en mi barbilla. Lo miré a los ojos, como suplicándole que me sacase de allí. Me devolvió la mirada, una mirada cargada de una dulce tristeza. Ninguno de los dos podía controlar aquella situación. Lo único que podíamos hacer era tener fe.

En cuanto Terry salió, entraron mis hermanos, los tres, coronando su rostro con una sonrisa de resignación. Acto seguido, vi otra silueta que los acompañaba. Era una mujer, que caminaba un poco encorvada, con el pelo por los hombros, completamente blanco, a pesar de que ella no era tan mayor, y con un bastón en la mano, por sus problemas de huesos. Me quedé de piedra.

-¡Emily!-exclamó, sonriendo.

La voz era inconfundible, al igual que su enorme bolso de cuero. La frágil tía Margarite había ido a verme, después del disgusto que le había dado la noticia, a pesar de su quebradiza salud. No me abrazó, sino que acarició mi mejilla, como si fuese una entrañable abuelita.

-¿Cómo estás, mi niña preciosa?

-Bien, tita, vamos tirando. ¿Y tú?

-Como siempre, con esta condenada artrosis.

-Estoy muy contenta de que hayas venido a verme.

-¡No iba a ver a mi sobrinita antes de que la operasen…!

Miré de reojo a mis hermanos. Lorelay y Thomas se reían por puro compromiso, pero la pobre Liza no podía soportar la tensión. Yo también sonreí por compromiso, pero en parte por haber tenido la oportunidad de ver a mi tía. Aunque entonces, ella dijo algo que lo estropeó todo.

-Por cierto, vi que Amy llevaba el rosario de mamá.

-Sí.-respondí.- ¿Por qué lo preguntas?

-No me gusta mucho que se lo hayas dado. Tu abuela te lo dio ti, a nadie más. Así que no es como para que ahora tú lo andes dando… así…-hizo un gesto como si a mí me produjese diferencia haberle entregado el rosario a Amy.

-La abuela quería que lo tuviese para que la recordase, para que tuviese algo suyo.-respondí con serenidad.- Ella, si me está viendo desde el Cielo, sabrá que yo la recordaré siempre. Ese rosario se convirtió en algo importantísimo para mí, por eso se lo di.

-Si fuera de verdad importante, no se lo darías.

-Se lo di por si no vuelvo a verla. Prefiero que lo tenga mi hija, que se oxide en un cajón.

-¡Ay, si estuviese aquí tu madre…!

Entonces sí que estallé. Estalló todo mi nerviosismo, mi miedo, mi furia, mi tristeza. Comencé a llorar, segregando unas lágrimas que me quemaban en las mejillas.

-¡¡Pero no está aquí, ¿verdad?!!-grité.- ¡¡No está aquí!! ¡¡Y si estuviese, por lo menos no le encontraría pegas a todo lo que hago, a todo lo que digo!! ¡¡No me dejas vivir, coño!! ¡¡Por lo menos podías dejarme tranquila lo que me quede de vida!!

Mis hermanos se quedaron impresionados por mis palabras, nunca me habían visto comportarme de aquella manera con ella. La tía Margarite simplemente giró la cara, como si así pudiese paliar mi ataque de nervios. Sentía mi corazón latir desbocado, al ritmo de mi respiración fuerte.

-¿Sabes lo que haría mamá si estuviese aquí?-dije, intentando mirar a la tita a los ojos.- Lloraría. Lloraría y se le acabaría rompiendo el corazón, por ver así a su hija. A la niña que más quiere en el mundo. Eso es lo que haría.

Noté que comenzaba a arrepentirse.

-Y si muriese, mamá moriría conmigo. Moriría de tristeza.-reproduje las palabras de Angus.

-¡Basta!-exclamó la tita Margarite.- ¡No hables más de Rose!

-Tú fuiste la que comenzó, te recuerdo.

-Lo siento, Emilita. No quería hacerte daño.

-Da igual, ahora el daño ya está hecho. Pero bueno, estás perdonada.

Poco después de aquello, llegó Sharon. Esta vez, sin médicos lamiéndole el culo a sus espaldas. Venía vestida con una falda roja cortísima y un corsé rojo y negro de tartán. En su cuello, adornaba una gargantilla de esos dos colores, con una perla colgando que parecía una lágrima ensangrentada. En cuanto vio que no estaba sola, se encontró tremendamente aturdida.

-¡Hola!-dije para llamar su atención.

-Ho…hola.-respondió.

-Pensé que no vendrías.

-Estuve a punto de no hacerlo. David no quería dejarme.

-¿Tu novio? Mujer, ni que fuese tu padre. Él no tiene que dejarte nada.

-Lo sé… No tiene…-repitió.

-¿Quién es esta, Emily?-preguntó Lorelay.

-Esta es mi mejor amiga.

-¡Qué cosas dices, boba!-dijo Sharon en voz baja, muerta de vergüenza.

Mi tía fue la primera en presentarse.

-Hola, me llamo Margarite Cargill. ¿Y usted?

-Yo me llamo Sharon.-le respondió, dándole la mano.

-Ah… ¿Sharon qué más?

-¿Qué más?

-Tu apellido.-le aclaró.

-N…no tengo apellido.-respondió Sharon, temblando.

-¿Cómo que no tienes? Eso es imposible. Todo el mundo lo…

-Tita, no la presiones más.-le reproché, al ver que Sharon comenzaba a ponerse pálida.

Ella me lo agradeció, lanzándome una sonrisita apenas perceptible mientras soltaba la mano de la tía. Mis hermanos también se acercaron a ella.

-Yo soy Lorelay, la hermana de Emily, encantada.

-Yo, Liza, también su hermana. Es un placer conocerte, Sharon.

-Lo mismo digo.-respondió ella.

Thomas no abría la boca, pero percibí desde el primer momento que al mirar a Sharon se enrojecía.

-¿Y tú cómo te llamas, guapo?-le preguntó.

-Th…Thomas.

-No tienes que tenerme miedo, Thomas. No voy a comerte.

Su respiración comenzó a descompasarse. El comentario sugerente de Sharon había hecho volar su imaginación adolescente. Seguramente pensaba que una mujer lúbrica, voluptuosa, sensual y bella como ella sólo podía encontrarse en las revistas porno. Seguramente, así sea, pero Sharon siempre había sido una excepción.

Acto seguido, se acercó a mí y me abrazó. Tenía ganas de verla en persona, y de poder agradecerle todo lo que había hecho.

-Sharon…yo…

-Sé lo que me vas a decir. No es nada, te lo he dicho.-me susurró al oído.

Nos separamos. Se quedó sentada en la cama, enfrente de mí.

-Eres la persona más fuerte que he conocido.-afirmó rotundamente.

-No soy fuerte, Sharon, simplemente lucho por sobrevivir. Pero eso no quita que me rinda.

-No lo hagas. Lucharemos juntas.

Todos nos miraron con admiración. Supongo que llegaron a la obvia conclusión de que también estaba enferma.

-¿Y luego, te pasa algo, Sharon?-preguntó Liza, que siempre había sido una cotilla.

-¡Elizabeth! No preguntes esas cosas.-le reprendí.

-No le riñas, Emily.-entonces añadió, mirando hacia ella, con dulzura.- Sí, bonita, yo también tengo cáncer, como tu hermana. Cáncer de mama.

-¡Dios mío! Lo…lo siento.

-¡Eh! Te dije que no pasaba nada. No te preocupes.

-¿Y usted no se opera?-preguntó Margarite.

-Yo no tengo esa fuerza de voluntad.

-Entonces es por eso por lo que tienes tan grandes las…-dijo Thomas, haciendo un gesto que sugería los pechos de una mujer.

-¡Thomas!-gritó la tita, escandalizada.

-Pues no, pequeño guarrillo. Estas las tengo grandes desde que tenía tu edad, y me seguirán creciendo.

-¿Más?

-¡Thomas, por amor de Dios!-volvió a gritar Margarite.

-No son tan grandes, sólo uso una 100.

-¿Insinúas que todavía las hay más…?

-Poco más, no te creas. Naturales, no mucho más. Pero las tengo visto de silicona más grandes que tu cabeza.

-Yo las prefiero como las tuyas, para que me quepan mejor en las manos.

Sharon se rió. El sonido de su risa era reconfortante para mí.

-¡Thomas! ¡Castigado sin salir un mes! ¿Qué te parece? ¿Qué es normal hablarle así a una mujer que acabas de conocer?

-Vamos, no le riña.-dijo Sharon.- Usted no sabe lo que tiene que aguantar una durante el día.

-Bueno, Sharon, no lo defiendas, que no son maneras.-interrumpí.

-Perdona, Em, pero es que me hizo gracia lo de las manos.-aprovechando que Margarite reñía con Thomas y que nadie más que yo la atendía, añadió, mirándolos y tocándolos con las palmas:- Mis pechos sí que cogen en las manos de David. Si las estira, casi son de la misma medida. ¿A ti te caben en las manos de Terry?

-No sé. Nunca me he fijado.-respondí, intentando esquivar el tema.

-Deberíais mirar. Es como muy carnal que te los acaricie así. Yo siempre he dicho que la perfecta armonía entre el hombre y la mujer es que el pecho de ella sea como las manos de él.

-No quiero que me los acaricie, Sharon.

-Pero ¿lo hizo? Cuando hicisteis a la niña, digo.

-No lo sé. Estaba trompa, no lo recuerdo.

-Seguro. A ellos les excita muchísimo. Por eso estoy tan orgullosa de que sean como sus manos.

-Le excitará a David, pero ¿a todos, todos?-me extrañó su afirmación general.

-Eso he dicho. Tú hazme caso, que sé del tema.

Estuve acompañada por ellos un buen rato, hasta las siete y media u ocho menos cuarto. Cuando estaba ya completamente resignada de que Terry no vendría otra vez, apareció por la puerta.

-Siento no haber venido antes.-dijo.

-Pensé que no vendrías a despedirte ¿Dónde has dejado a Amy?

-Está en la sala de espera.

Nos miramos, sin saber qué decir. La verdad es que los dos estábamos demasiado tensos. Aún así, me atreví a planteárselo, influida por las teorías de Sharon.

-Terry, ¿podrías hacerme un favor?-dije, mirándole a los ojos, a pesar de ser la proposición más indecente que le había planteado en mi vida.

-Pide por esa boquita, reina.

No dudé ni un solo segundo en pronunciar aquella orden.

-Pon las manos sobre mis pechos.

-¿Qué?-preguntó, sorprendido, naturalmente.

-Lo que oyes. ¿No me decías mil veces que ya habías visto más tetas que las mías? Pues.

-Pero Emily…-intentó buscar algún argumento en contra, pero su garganta no pudo articular ni un solo sonido más.

-Ni pero ni ostias. No me seas vergonzoso.-después de decir esto, lo atenacé por las muñecas y arrimé sus manos a mi pecho, sin ningún tipo de reparo, a la mayor velocidad que mis brazos me permitieron.

Terry se resignó, y optó por obedecerme. Posó sus manos donde yo le había indicado. El simple contacto que se estableció entre nosotros hizo que me estremeciera, aunque mi bata nos separase unos milímetros. Observé, con curiosidad, como aquellas manos abarcaban mis pechos como si fuesen piezas de un puzle. Una sensación de placer recorrió mi columna, haciendo que mi corazón latiese a toda velocidad contra sus dedos.

-¡Me caben!-dije, riéndome.- ¡Me caben en tus manos!

-¿Qué tiene de especial?-preguntó él, todavía confuso por mi petición.

-Cosas mías.-respondí, con recato.

Terry levantó una ceja, sin apartar las manos de mi pecho. Lo miré con picardía.

-¿Qué pasa? ¿Es que una no puede tener sus secretitos?

-Tanto secretito.

Volví a reírme, mientras le cogía las manos. Él también me las agarró fuerte. No queríamos separarnos otra vez, la que quizás sería la última vez que nos veríamos. Noté que evitó mirarme a los ojos, supongo que por la angustia que le producía pensar que aquellos ojos todavía rebosantes de vida podrían apagarse.

-Por lo menos tengo la esperanza de que me coronarán princesa en el cielo.

-Todavía te queda mucho tiempo para eso.

Sonreí. Supe que dijo aquello para tranquilizarme, y tranquilizarse a sí mismo. Aún así, sabíamos que podría pasar cualquier cosa, y que ahora ya no había vuelta atrás.

Me pasé la noche en vela rezando. Aunque las enfermeras me habían aconsejado que durmiese, me encontraba demasiado nerviosa. Sentía todos los músculos de mi cuerpo en tensión, como si se estuviesen preparando para una huida. En lugar de eso, estando acostada de lado, helada de frío, junté mis manos y oré entre lágrimas:

-Virgencita, no me dejes morir. Después de todo lo que he luchado, no permitas que acaben conmigo. Virgencita, que Tú también eres madre, y sabes lo que estoy sintiendo. No quiero abandonar a mi familia. Ahora que por fin estaba feliz, la enfermedad me lo ha estropeado todo, todo. Y si me pasa algo,-dije, resignada.- por favor, cuida de mi hija. Que no le pase nada malo. Protégela como yo la protegería.


Te lo ruego, mi Virgen, que siempre velaste por mí. En el nombre de Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Intenté confiar en Ella, en que me ayudaría, como siempre lo hizo. Pero al mismo tiempo temí que Dios quisiese ya que me fuera con Él. Y con Amy. Pensé mucho en ella aquella noche, en ella y en mamá. Seguramente estarían allí, mirándome desde lo alto. Amy estallaría en un mar de lágrimas al escuchar a su hermana mayor llorar, y a mi madre… A mi madre se le quebraría en mil pedazos el corazón, que desgarrarían su corpórea aparición.

La noche fue más corta de lo que desearía. Al ver los primeros rayos de luz entrando por las persianas, me di cuenta de que no quedaba mucho tiempo. A las 7 me introducirían en el quirófano, en aquella misteriosa habitación, para intentar quitarme aquel mal del cuerpo, si es que no acababa él antes conmigo. A las 6 entraron unas enfermeras para comenzar a prepararme. Me desnudé, me taparon el cuerpo con una sábana blanca y me acostaron en una camilla, sin llegar a librarme de los aparatos a los que estaba conectada, para llevarme ya allí, pero antes de que arrancaran, una de ellas me dijo:

-Su familia está fuera. ¿Quiere decirles algo?

Sentí como una bocanada de aire fresco que consiguió que me tranquilizase un poco. No estaba sola, ellos me apoyarían. Y también Sharon y Amy, mi pequeña, aunque no estuviesen allí.

-Sí. Dígale a Terry que quiero hablar con él.

Mientras una enfermera se quedaba a mi lado, colocándome bien la mascarilla, la otra había salido a fuera. Dijo algo, no pude oír el qué. Después de hacerlo, se apartó de la puerta para dejar paso a Terry, que entró como alma que lleva el Diablo, aunque al cruzar el umbral de la puerta, sus piernas se paralizaron completamente. Nos miramos fijamente. Ninguno de los dos nos acabábamos de creer que nos viésemos envueltos en aquella situación.

-Acércate.-le ordené.

Lo hizo, con dificultad. Se situó al lado de la camilla y me cogió de la mano. Por primera vez en su vida, tenía las manos igual de frías que las mías.

-Ahora no hay vuelta atrás.-dije.

Terry no contestó, se sentía demasiado aturdido. No sabía qué decirme, ni cómo tranquilizarme.

-Tenemos que ser fuertes.-proseguí.- Yo ahí adentro y tú aquí afuera. Y cuando yo me encuentre inconsciente, tienes que ser fuerte por los dos.

Las lágrimas comenzaron a fluir por mis ojos sin que pudiese impedirlo. Después de hablar sobre fortaleza, me di cuenta de que yo era la más débil, la más vulnerable. Terry me acarició una mejilla muy suavemente, como si fuese quebradiza como un cristal, y la mínima presión que ejerciesen sobre mí pudiese partirme en mil pedazos.

-Emily…-consiguió pronunciar.- yo…

Sin dejar que terminase la frase, lo abracé, incorporándome ligeramente. Él me agarró por la espalda, mientras me acariciaba mi melena.

-Reza mucho, por Dios.-conminé, entre sollozos.

-No quiero dejar que te vayas, Emily, eres todo lo que me queda.

-Voy a volver. No acabarán conmigo tan fácilmente.

Lo dije simplemente para tranquilizarle, pero, ¿realmente no me dejaría vencer? Nos separamos. Noté que las enfermeras comenzaban a impacientarse. Me recosté, cruzando las manos sobre el pecho, mientras ellas me arreglaban. No supe lo que hacían, simplemente me centré en las caricias que Terry me brindaba en la mejilla, en sus ojos, en poder memorizar cada detalle de su rostro y no olvidarlo jamás, no mientras mi mente todavía guardase un recuerdo en su interior. Una de las enfermeras comenzó a empujar la camilla y me llevó de allí, mientras Terry seguía en la habitación, observándome con resignación. Antes de perderle de vista, giré la cabeza y le lancé un beso, colocando una mano por debajo de mis labios, con el fin de que volase mucho más rápido hacia él.

De repente, me encontré en el quirófano. Completamente desnuda, con el pecho destapado. Me sentí frágil al saber que mi destino, mi vida, estaba en manos de desconocidos, a los que les resultaba tan fácil salvarme la vida como matarme. Intenté averiguar qué hacían los cirujanos, qué se decían entre ellos, pero una de las enfermeras me tapó la boca y la nariz con una mascarilla. El dulce olor de la anestesia entró por mi nariz y pronto embargó todo mi cuerpo. Supe que mi destino estaba en manos del Señor. Cerré los ojos resignada a que quizás no volvería a abrirlos. El recuerdo de mi familia, de todo lo que había querido en mi vida, surcó mi mente como un relámpago, fugaz y evanescente, antes de perder el conocimiento. Ya no había vuelta atrás.



viernes, 13 de noviembre de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XXII- Las palomas dejarán de volar


No veía la hora de que me dejasen ir a mi habitación a descansar. Habían estado toda la tarde haciéndome pruebas en aquel primer día agotador. Me instalaron al fin en la habitación. Esta vez me había tocado en la cama que no tenía acceso a la ventana, lo cual quería decir que iba a pudrirme de aburrimiento durante mi estancia en el hospital. Me recosté en la cama. De mi pecho se escapó un hondo suspiro, un suspiro en el que la resignación era claramente palpable. No pude controlarlo, simplemente había estado pugnando por salir desde que habían comenzado a hacerme miles de pruebas. Ese suave ruidito hizo que la persona que estaba a mi lado apartase la cortina que nos separaba. En ese momento me asaltó la curiosidad de quién sería. Descubrí que detrás de aquella cortina se escondía un viejecito, que me miraba con una ternura comparable a la de un abuelo.

-Así que tú eres mi compañera de habitación.-dijo, con voz entrañable.

-Sí, lo soy.

El señor giró la cabeza. Había unas cuantas palomas blancas apoyadas en la cornisa de la ventana, mirando hacia el interior curiosas.

-Las palomas se alegran de verte. Siempre se alegran de ver a las mujeres bonitas.-se dio la vuelta y añadió, sonriente.- Ven a verlas.

Me levanté de la cama. Las palomas me miraron con admiración, pero seguían sin moverse, como si confiasen plenamente en mí. Me acerqué a la ventana y las observé. Ellas simplemente giraron levemente la cabeza hacia un lado, intentando verme desde otro ángulo. Quizás al verme con la piel tan blanca pensaron que era también una paloma y me invitaban a escapar volando por la ventana en su compañía. Nunca había entendido el comportamiento de aquellos animalitos.

-Vamos, iros a volar.-dije, golpeando suavemente el cristal. Las palomas me hicieron caso omiso.

-Prefieren mirarte.-respondió el viejecito.- Es comprensible, con esos ojos tan claros y tan bonitos. Hasta las propias palomas se asombran al verte.

Sonreí, mirándolo de reojo. Era bastante gratificante pensar que las palomas estaban allí para verme. Para ser las únicas que pudiesen consolarme en aquel día duro en el que me ahogaron los recuerdos provocados por una amarga ausencia. Antes de que las lágrimas de gratitud y emoción pudiesen abordar mis ojos, el viejecito volvió a hablarme:

-Yo tomándome tantas confianzas y todavía ni sé cómo te llamas.

-Emily. Me llamo Emily.

-Y Yo Angus. A tu servicio.

Angus se levantó de la cama, pues había estado recostado todo el rato, y se situó a mi lado, acompañándome en la observación de aquellos mórbidos y gráciles animales.

-Cuando yo era pequeño, mis amigos les arrancaban las patas a las palomas. Yo lo hice sólo una vez. Era bastante pequeña, se la arranqué de cuajo, de un tirón un poco fuerte. En cuanto lo hice, comenzó a dar bocanadas para coger aire, pero se murió en mis manos. ¿Te das cuenta? Años después me di cuenta de que las palomas tienen como unas bolsas de aire por el cuerpo o algo así. Mis amigos lo sabían. No sé cómo no les atormenta la visión de las palomas muriéndose ante sus ojos.

Lo escuché pacientemente, a pesar del hecho de que me horrorizaba imaginarme a aquellas palomas que estaban tan felices mirándonos agonizando, asfixiándose, muriendo, como yo. En cuanto llegó la enfermera, le pedí permiso para hacer una llamada. Al principio se resistió, pero acabó cediendo. Me metí en el pequeño cubículo donde se encontraba mi ropa y de ahí cogí el móvil.

-¡Terry!... ¿Me escuchas?... ¿Qué tal?... Desde el hospital, me dejó una enfermera, aunque no podré hablar mucho tiempo… Estoy bien, no te preocupes, sólo un poco cansada…. ¿Y la niña cómo está?... ¡Ay, Dios! Dale un beso de mi parte, ¿de acuerdo?... ¿Mañana vendrás?... De 4 de la tarde a 8 de la noche… Hum… Y, ¿podrías traerme una cosa?... Eso mismo… ¿Me lo traerás mañana?... Acuérdate…Voy a tener que dejarte… Hablaremos mañana. Un beso… Chao… Chao…

Había estado durante toda la llamada eufórica. Hasta me temblaban las manos de la emoción. Tenía tantas ganas de hablar con Terry. Acababa de colgar y me moría por volver a escuchar su voz otra vez. Hacía que me sintiese segura. Volví a meter el móvil en el bolsillo del pantalón y me dirigí hacia la habitación. Inconscientemente, posé una mano sobre mi pecho delicadamente. El corazón me latía muy rápido. En cuanto me asomé por la puerta, Angus me dijo:

-Hablando con el novio, ¿eh?

-No.-me apresuré a contestarle.- Era un amigo mío.

-Estás colorada.

-Estoy nerviosa, eso es todo.

Poco más pude saber de Angus más que era un señor finlandés que había venido a vivir a Estados Unidos de joven y que había contraído cáncer de colon. Ahorré contarle algo sobre mí. Quise mantener mi vida en secreto. Aunque no fuese importante, era mi vida. Sharon era un caso aparte, pero a ese señor no le contaría nada.

Al día siguiente llamé a Sharon al móvil por la mañana sin que nadie me viese. Cuando le conté que estaba ingresada, le faltó tiempo para preguntarme, a voz de grito y con la voz temblorosa, qué tal estaba, qué me habían hecho y cuándo podría ir a verme. Le conté lo del horario de visitas. Me prometió que a las cuatro estaría allí.

Más o menos a esa hora, me despertó de mi plácida siesta unos ruidos que procedían del exterior de la habitación. La puerta de abrió. Una esbelta figura se erguía en la oscuridad de aquel día nublado y lluvioso.

-Ya hemos llegado, señorita.-escuché una voz, era la de un hombre.

Me incorporé. Pude verificar que era Sharon, vestida con un corsé violeta apretado de un modo que realzaba al máximo su lúbrico cuerpo, y una falda larga negra, cubriendo pudorosamente sus larguísimas y esculturales piernas. Una manada de médicos la rodeaba, mirándola de arriba abajo como si fuese un objeto a vender. Un voluptuoso y sensual objeto.

-Gracias, de veras, pero podía haberme acompañado uno solo.-dijo ella.

-Todo es poco para usted, señorita.

-Es verdad.-respondió un enfermero, que estaba a punto de agarrarle las caderas. Sharon lo apartó posándole una de sus blanquísimas manos en el pecho.

-Si necesita algo más, no dude en llamarnos.

-Descuidad, encantos, lo haré.

Dicho esto, se apresuró en cerrar la puerta. Suspiró aliviada.

-¡Por Dios!-exclamó.

Dicho esto, y después de haberse asegurado de que los médicos seguían con sus tareas allegando su oído a la puerta, vino hacia mi cama. Se sentó en el suelo, a mi lado, y sostuvo una de mis manos entre las suyas, suavemente.

-Emily, ¿cómo…? ¿Cómo estás?

-Estoy bien, Sharon. No te preocupes.

-Es que… cuando me dijiste que estabas en el hospital… se me detuvo el corazón, pensé que te había pasado algo malo.

-Las malas hierbas no peligran.

-¡No digas eso, tonta!-exclamó.- Tú por lo menos eres una rosa… o un clavel. No una mala hierba.

-Preferiría ser una paloma.-musité.

-¿Qué?

-Nada, cosas mías.

Tras un instante de silencio, Sharon prosiguió.

-Es admirable que quieras operarte. Debe dar mucho miedo.

-Da mucho miedo. Pero el miedo hay que procurar vencerlo, o no me curaré nunca.

-Yo también me operaría.-dijo, bajando la cabeza.- Pero me asusta tanto.

Me agarré a su cuello para abrazarla. Ella puso una de sus manos en mi espalda, para que no me separase de su lado.

-No desesperes.-le dije.- No vale la pena rendirse.

Sentí como una lágrima que emanaba de sus ojos ambarinos caía en mi hombro, álgida como si fuese un copo de nieve. Hizo que me estremeciese. Lo que menos deseaba era entristecer a Sharon. La aparté suavemente de mí. Ella cerró los ojos y dejó que una lágrima más se deslizase por su rostro de fracciones perfectas, dulcemente. Esa última lagrimita parecía querer agradecerme que no dejase caer a Sharon en la desesperación. Le acaricié el pelo. Sonreí. Ella hizo un esfuerzo por mirarme y acompañarme en mi sonrisa.

Nos pasamos un buen rato hablando, intentando distraer nuestras mentes de un asunto que estaba demasiado presente en nuestras vidas. La conversación acabó recayendo en Terry. Y una cosa lleva a la otra.

-¿Dónde está Terry?-preguntó Sharon.- ¿No ha venido a verte?

-Vendrá un poco más tarde, sobre las 7. En teoría tendría que estar en el trabajo hasta las 8 media, pero dice que mientras esté en el hospital vendrá a verme a esa hora cueste lo que le cueste.

-¿Y tu familia vendrá?

-Le comentaré a Terry que los llame y los avise. Ya te he explicado que no nos dejan hacer llamadas aquí. La tuya fue una excepción porque no había nadie. Y la de Terry ayer… fue suerte.

-Supongo que les será un golpe duro.

-Lo sé, pero no puedo ocultárselo durante más tiempo. Tarde o temprano tendrán que saberlo.

Tras un momento de silencio, proseguí:

-¿Sabes? Por quien más me duele es por Amy. Si me costó explicarle cómo iba la enfermedad, imagínate esto. ¿Cómo coño le dices que a su madre le van a abrir el pecho y…? Ya no sé.

-Sabrás hacerlo, estoy segura.

De repente, la puerta de la habitación se abrió. Se me aceleró el corazón. Apuesto que a Sharon también, pues vi que sus siempre pálidas mejillas se sonrojaban ligeramente. Era Angus, que había salido a dar un paseo acompañado de su inseparable bastón. Detrás de él entró una mujer de largos y rubios cabellos, de clara ascendencia nórdica. Parecía su hija.

-¡Eh, Emily! ¿Ha venido una amiga tuya a verte?-preguntó, mientras se acercaba a Sharon y le besaba las manos.- Es usted más hermosa que todas las flores que han pasado por delante de estos ancianos ojos.

Sharon sonrió. Aquel gentil piropo de un entrañable viejecito le había llegado a su enigmático corazón, mucho más que aquellos halagos que decenas de médicos le habían dicho al entrar.

-Muchas gracias.-dijo ella mientras Angus sostenía una de sus manos, la cuál había sido besada.

-Padre, por favor.-exclamó aquella mujer.- No moleste a estas señoras.

-Señorita, si no le importa.-respondió Sharon, airosa.

Angus se separó de Sharon con algo de dificultad y se acostó en su cama, ayudado por su hija. Esta, en cuanto se hubo acostado, cerró la cortina que nos separaba con rapidez.

Sharon se fue aproximadamente a las 7 menos cuarto, excusando que tenía cosas que hacer. Poco después, llegó Terry. En cuanto lo vi cruzar el umbral de la puerta, me puse eufórica. Le eché los brazos al cuello, perforadas por los goteros, y lo abracé fuertemente. Por poco me habría echado a llorar, pero parecía que me faltaban las fuerzas. Todas ellas estaban concentradas en mis extremidades, y en mis labios, los cuales recorrían sus mejillas repartiendo besos intermitentes, rápidos, breves pero intensos, como si fuesen los salvajes latidos de mi corazón. Lo único que pude hacer fue sollozar en su oído con los ojos secos como arenales. Me separé de él en cuanto la alegría desmesurada del primer momento se fue paliando.

-¿Cómo estás, reina?-me preguntó Terry, tan nervioso como yo, acariciándome el pelo.

-Bien. Pero no te puedes ni imaginar cuantísimo te eché de menos.

-Yo también te he echado de menos. Tenía tantas ganas de verte.

-Y yo.-tras una breve pausa, dije:- ¿Me trajiste lo que te pedí?

-Claro, no te lo iba a traer.

Dicho esto, rebuscó con una mano en el interior del bolsillo de su chaqueta. De él sacó mi más preciado objeto, aquel que me acompañó durante toda mi vida, aquel que enroscado en mis manos parece mitigar el dolor de mi espíritu: El rosario de perlas de sangre y fuego de mi abuela.

Terry lo depositó con cuidado en mis manos, como si se tratase de la más delicada alhaja. Lo sostuve con dos de mis dedos, dejando que el Cristo crucificado de metal danzase en el aire, como si estuviese ejecutando el baile más exquisito que podrían degustar mis ojos. Las perlas jugueteaban entre mis dedos, titilando como si fuesen pequeñas estrellas hijas de Arcturus. Aparté la vista un momento del rosario y miré a Terry a los ojos.

-Muchas gracias por traérmelo.-dije.

-¡Bah! No ha sido nada. Si todo se redujera a traerte un rosario…

Sonreí levemente. Los dos estábamos en el fondo demasiado tristes. Tristes por el miedo a perdernos mutuamente, por lo que pudiese pasar al cabo de 4 días, o por lo que pudiese pasar justo aquella noche. En el transcurso de mi enfermedad, nunca habíamos estado tan confusos como entonces.

-Terry,-dije.-me gustaría que llamases a Adrien y a mis hermanos para contarle todo esto. No pueden seguir desconociendo el problema.

-¿Qué quieres decir con todo?

-Diles lo que tengo y que estoy aquí. De tranquilizarlos y eso me encargo yo, que para algo son mi familia.

Poco tiempo estuvo Terry conmigo, pues le insistí mucho para que se fuera a casa a descansar y a cuidar de Amy. Pensé mucho en ella por la noche. En el pabellón en el que estaba ingresada no dejaban entrar a los niños, sobre todo porque había gente sometida a unos tratamientos enormemente fuertes que podían perjudicarles. Aún así, moriría por verla, aunque solo fuese un segundo, poder besarla en la frente, darle un abrazo tranquilizador, decirle que no me pasaría nada, aunque pudiese ser mentira. Poder estar con ella antes de que me metiesen en una gélida habitación de la que puede que no saliese.

A las 3 del día siguiente, mientras dormía una siesta, pues estaba agotada de pasarme la noche en vela, escuché unos gritos ininteligibles que procedían del pasillo. Solamente pude diferenciar una voz que me resultaba familiar. Era la voz de un hombre. “¡Quiero verla! ¡Dejadme!” chillaba. Permanecí con los ojos cerrados, escuchando atentamente lo que decían aquellas enigmáticas voces, planteándome la hipótesis de que todavía siguiese soñando. Descarté automáticamente esa opción cuando la puerta se abrió bruscamente y se cerró de un portazo. De un salto, abrí los ojos y me incorporé, con el corazón en un puño. Era Adrien, que había entrado en la habitación a verme fuera del horario de visitas. Estaba nervioso, sudaba aparatosamente. La puerta volvió a abrirse sin que me diese tiempo a reaccionar y entraron un par de enfermeros.

-¡Este no es el horario de visitas, ya te lo hemos dicho!-dijo uno de ellos.

Entonces comencé a comprenderlo todo. Terry había llamado a Adrien y este se había apresurado a venir, saltándose el horario de visitas. Yo, que todavía tenía los nervios de punta, me llevé una de mis manos al pecho en un acto involuntario y les dije a los enfermeros, con un tono bastante sereno:

-Déjenlo estar. Hora más, hora menos. Por favor, no lo obliguen a marcharse. No querrán montar otro espectáculo, ¿verdad?

Seguramente esta última frase fue la que los hizo callar e irse, dejándonos al fin a Adrien y a mí solos. En cuanto llegamos a esta situación le dije, con un tono de voz bastante alto:

-¡Adrien! La próxima vez no me asustes así, que aún me va a dar algo.

-No pretendía…-respondió él excusándose.- Es que me llamó Terry… y me dijo que…

-Me imagino lo que te dijo.-respondí seria.

Adrien, que permanecía de pie enfrente de la cama, se apretó los puños por la brutal colisión entre la impotencia y la rabia que se produjo en su interior. Entonces se dio cuenta de que lo que le había relatado Terry era verdad, que no le había mentido, como seguramente intentaba suponer para buscar consuelo. Mi semblante fue el que confirmó sus temores. Se acercó a mí, intentando contener las lágrimas.

-Mamá, ¿por qué no me lo contaste? Podría haberte ayudado.

-¿Cómo?-grité, a punto de echarme a llorar.

-Te apoyaría.

Nos quedamos un momento en silencio. Él me miraba; yo clavaba la vista en las impolutas sábanas de mi cama.

-Cuando me lo dijeron no pensé en eso. No me paré a pensar en el apoyo que necesitaba. Lo único que pretendía era no haceros sufrir, y lo he empeorado todo.

Una lágrima se deslizó por mi pálida mejilla. Lo necesitaba. Necesitaba llorar, sacar todo aquel cúmulo de tensión, todo aquel veneno, fuera de mí. Llorar delante de mi hijo me producía bastante vergüenza, él nunca me había visto llorar, pero ya no era capaz de aguantar más. Sentí que unos brazos me envolvían. Me dejé llevar. Seguí llorando. Le acaricié su cabello rizado con mis manos eternamente frías. Lo único que quería era arrancar de mi ser toda aquella tristeza.

-No quería hacerte daño.-sollocé.- Pero no sabía qué hacer, ni cómo decirlo. Perdóname.

-No tengo nada que perdonarte, mamá.

Al cabo de un rato me separé de él, con el rostro empapado de lágrimas. Temblorosa en sollozos me lo limpié con el dorso de la mano. Me había comportado de una manera bastante inadecuada; no debí llorar delante de Adrien, de mi hijo. Le preocupé todavía más. Retrocedí unos cuantos años, a cuando era una cría y lloraba abrazada a mi madre. Tornamos los papeles.

Después de haberme tranquilizado, estuvimos un par de horas hablando hasta que vino Terry. Él entró en la habitación acompañado por un aura de angustia y preocupación. En cuanto vio a Adrien pareció calmarse algo.

-Hola,-dijo, desde la puerta.

-Hola.-respondí. Adrien parecía que no se atrevía a hablar.

-¿Cómo estás, Emily?

-Bien. Muy contenta.-añadí, mirando hacia Adrien. Él se percató enseguida y me sonrió.

Terry fue a su lado y le posó una mano en el hombro, con una gran ternura.

-¿Qué tal te encuentras?-le preguntó.- ¿Quieres salir a tomar el aire? Te acompaño, si eso.

-No, estoy estupendamente.

-Tu madre es una mujer fuerte. Soportará eso y mucho más.-al decir esto, me guiñó un ojo. Me reí.

-Más no, por Dios.-dije.

Al cabo de un rato, opté por echar a Adrien de la habitación. Lo vi muy cansado. Me rompía el alma que siguiese allí.

-Cariño, necesitas irte a casa.

-Me quedo, mamá.

-No me hagas esto, Adri. Aún tienes que llegar al Campus, hacer la cena… Mañana será otro día, ¿de acuerdo?

-Pero…-quiso contradecirme.

-Yo la cuidaré. Vete tranquilo.-interrumpió Terry.

Adrien se rindió a nuestros argumentos y al agotamiento que estaba sintiendo. Me besó en una mejilla. Lo abracé. Quería sentirlo en mis brazos, como cuando era un niño, cuando lo adoptamos. Era una personita tan débil y tan inocente. Parecía que lo notabas al mirarlo a los ojos, al dejar que te agarrase de la mano, del cuello, con el propósito de sentirse seguro. Al soltarme, le dio una palmada en la espalda a Terry, a modo de despedida, y se fue resignado.

-¿Qué tal la tarde con Adrien?-preguntó Terry.

-Por una parte bien, porque tenía muchísimas ganas de verle, pero… Nunca pensé que podría hacerle tanto daño.

-Es normal que una noticia así haga daño.

-Ya, pero… No sé, quizás debería habérselo dicho antes.

-De los errores se aprende. No te preocupes más, mi reina, que ya has estado demasiado mal todo este tiempo.

-¿Has llamado a mis hermanas?

-Lo haré mañana, no creí conveniente que viniesen todos a la vez.

Estuvimos un momento en silencio. Comprendí sus razones. Si hoy tuviese que estar también con mis hermanas, escuchar sus llantos, sus gritos… Creo que me habría vuelto loca.

-¿Y la niña cómo está?-pregunté.

-Está bien, pero no deja de preguntarme cuándo volverás a casa.

Me llevé las manos a la cabeza. Estuve al borde de las lágrimas.

-No sé si podré soportarlo más, Terry. Todo esto es superior a mí.

Me abrazó, con una dulzura mayor de la habitual. No como a una amiga, sino como quien coge en brazos a un bebé que llora, o a un objeto tan sumamente delicado que sería fatal ejercer demasiado fuerza sobre él. No quise dejar que las lágrimas se escapasen, pero de lo más hondo de mis pulmones se escaparon unos lastimosos sollozos, que se introdujeron en su oído, provocándole un perceptible escalofrío. Él también estaba asustado.

De repente, la cortina que separaba las dos camas de la habitación se corrió. Terry giró la cabeza muy bruscamente. Yo simplemente la ladeé, sin separarla ni un solo momento de su hombro. Sabía que era Agnus, que quería algo de charla.

-Es muy puntual tu novio.-dijo, sonriendo.- Todos los días a la misma hora lo tienes aquí como un clavo.

-No es mi novio.-afirmé, luego añadí, al ver que Terry levantaba cómicamente una ceja.- A ver, Terry, este es Angus, mi compañero de habitación. Angus, este es mi amigo,-recalqué.- Terry.

Se dieron la mano. De un modo muy cortés, Terry pronunció un “encantado” en voz baja. Angus, lejos de seguir por la línea caballerosa y habitual de saludarse, le dijo, sin soltarle la mano:

-Deberías cortarte esas greñas, hijo, que generan mierda y pareces un hippie.

Él, en un acto inconsciente, miró sus propias rastas, pensando quizás, en si sería verdad eso de que acumulaban suciedad, o que parecía un hippie, algo que él no era ni nunca había sido. Yo me reí a carcajada limpia. La cara que ponía Terry, el absurdo comentario de Angus, desencadenaron en mí la más descabellada de las alegrías.

-¡Tú ríete aún por encima, tonta!-exclamó Terry, sonriendo también.

Se acercó a mi cama y me empujó suavemente, para bromear conmigo. Yo se lo devolví mientras me tapaba la cara con una mano. De repente, y sin poder preverlo, se convirtió en una lunática pelea de empujoncitos, como si fuésemos niños pequeños. De repente, le agarré las muñecas, y nuestros rostros se encontraron, se toparon súbitamente. Nuestros labios se encontraban tan cerca, que era inevitable que no se me pusiera la piel de gallina, al mirar inevitablemente en lo más hondo de aquellos ojos oscuros, que dejaban entrever unos reflejos ambarinos al empaparse con los últimos rayos de sol que entraban por la ventana.

-Si no me gustase, te las tendría cortado yo.-susurré.

Nos soltamos. El impulso era demasiado abrumador. Abrumador, promiscuo, lúbrico. El impulso de volver a cometer un acto tan carnal, placentero y a la vez descabellado, sin ni siquiera estar ebrios. Delante de Angus, delante del mundo. Sólo éramos amigos, eso sería contra-natura, pero sentir el suave calor que desprendían sus manos, sentir aquella proximidad palpable, inminente, latente, era algo que se escapaba de mi control.

Terry estuvo allí un rato más. Poco más, pues tenía que irse con Amy. Recuerdo lo que hablamos antes de irse.

-¿Ya te vas?-pregunté.

-O me voy o me echan. Van a ser las 8.

-Prométeme que volverás mañana.

-Vendré a verte todos los días que estés aquí, te lo dije.

-Odio este sitio, Terry.-sentencié.

-Y yo odio que estés aquí, sin poder sentir tus pataditas en la cama mientras duermes.

Levanté una ceja y sonreí.

-No doy pataditas mientras duermo.

-Bueno, a veces sí. No es la primera vez que me has arreado.-entonces, agregó:- Pero hasta eso echo de menos.

-Yo también te echo tanto de menos.

Antes de irse, al ver que estaba comenzando a entristecerme, Terry me besó en la frente, con mucha suavidad, dejando que sus labios ejerciesen una cálida y dulce presión contra mi frente. Yo le atenacé un brazo, por miedo a que me dejase. Después, se separó de mí. Permití que se fuera. Lo solté. Tenía que cuidar de Amy, tenía que hacer las tareas de la casa, tendía que irse a descansar, pues al día siguiente madrugaba. Lo comprendí, con gran dolor en mi interior. Cada vez me resultaba más duro que Terry se fuese a casa y me dejase allí, sola. En cuanto cerró la puerta, Angus me dijo:

-Es majo el chaval. Hacéis buena pareja, ¿sabes?

-No somos novios, repito.

-A ver, él te trata bien, te quiere…

-Es otro tipo de cariño, Angus. Nos conocemos desde hace años, es como si fuésemos hermanos, ¿comprendes?

-Ya me habría gustado ser tan atento con mi mujer, que en paz descanse.-dijo él, como si no me escuchase.- Si lo hubiese hecho, no se habría muerto.

Me daba algo de reparo formular aquella pregunta, pero la curiosidad era demasiado fuerte en mí.

-¿De qué murió su esposa?

Angus miró hacia la ventana, hacia el cielo, con ternura.

-Murió de tristeza, hija. Mi queridísima Anja murió de tristeza.-volvió a repetir, con amargura en la voz.

Seguía mirando al cielo, recordando. Quizás albergaba la esperanza de que ella lo estuviese mirando desde allí, alegrándose de que se diera cuenta de su error. Angus prosiguió:

-Pero yo no lo veía. Estaba ciego porque no le prestaba atención. Y Anja, mi Anja se moría. No me di cuenta hasta que fue demasiado tarde, como el estúpido que soy.-entonces, me miró.- Terry no cometerá ese error. Mientras él viva, no dejará que te mueras. Verás que es cierto lo que te digo, te vas a dar cuenta. Esas cosas se detectan. Los que nos equivocamos, lo detectamos.

-Anja…-repetí en un susurro casi imperceptible, como si estuviese invocándola.

Estuve dándole vueltas al tema toda la noche. Quizás yo también me moriría de tristeza. No de la tristeza a la que se refería Angus, sino a otro tipo de tristeza. Tristeza por tener miedo, por pasarme la vida de hospital en hospital, por el dolor, por haber perdido tanto tantas veces. Se suele decir que si Dios cierra una puerta, abre una ventana. A veces tengo creído que Él, además de cerrarme la puerta, me cierra la ventana en los morros justo antes de salir por ella. Para encontrar una felicidad relativa más que salir por una puerta o por una ventana, salía por el conducto de ventilación, o por el alcantarillado.

-Oye, Angus.-le dije, después de estar un rato en silencio.- ¿Aquella chica que vino a visitarte ayer, era tu hija?

-En efecto. Se llama Sirkka. ¿A que es preciosa? Sale a su madre.

-¿Cuántos años tiene? Parece joven.

-Eh... Tiene más o menos como tú, 20.

-¿Me echas 20 años? No me lo puedo creer.

-¿Y luego cuántos tienes?

-29.

Se quedó callado un instante.

-29 años como 29 soles. De verdad que aparentas mucho más joven.

-Créeme que no querría volver a tener 20 años ni que me pagasen.-murmuré.

Era cierto. No quería volver a sentir la frustración de no poder ir a la universidad y tener que casarme con Robert. Todo lo que me recuerda a Robert suscita en mí una rabia desorbitada. Lo único bueno que salió de él fueron nuestros hijos, y hasta eso me arrebató. Hacía tiempo que le deseaba la muerte, pero comprendí que el mayor sufrimiento para él en aquel momento era seguir vivo.

Angus pasó bastante mal aquella noche. Apenas me enteré de nada, pero el barullo que produjeron los médicos por dos veces me despertó. Parece ser que el dolor que sentía en el vientre se había multiplicado. Seguramente el simple recuerdo de su mujer lo había hecho empeorar. Tuvo fiebre, también, seguramente por la infección. Mientras dormía, pronunciaba unas palabras ininteligibles, pero que me recordaban mucho al nombre de Anja. Después, por puro agotamiento, me quedé profundamente dormida.

Me despertó una enfermera a la hora del desayuno. Es de destacar que en aquel hospital eran bastante estrictos con los horarios de las comidas y eso. La cortina que nos separaba a Angus y a mí estaba corrida. Él estaba acostado en la cama, con la cara ardiendo y una sonda en la mano. En la barriga tenía un tubo de drenaje que se entreveía debajo de las sábanas. Su hija, Sirkka, estaba allí a su lado. Se supone que al estar su padre tan enfermo, dejaron que se quedara con él.

-¿Cómo está?-le pregunté, sosteniendo la bandeja de la comida que estaba posada en mis piernas.

-Mal; lleva toda la noche mal. Con dolor, con mucha fiebre… Estoy muy preocupada, tengo miedo de que le pase algo. Aunque no sé por qué te digo esto, si no te conozco de nada.

-Soy la compañera de habitación de tu padre.

-No, si eso ya lo sé.

-Pues ya sabes mucho más que otra gente.

Sirkka giró la cabeza. Seguramente esperaba una respuesta que le esclareciese algo sobre mi identidad, pero como ya he dicho, intento no contar nada de mi vida a los desconocidos, a no ser la excepción que confirma la regla: Sharon.

-Escucha, Sirkka.-le dije, sin apartar la vista de la bandeja en la que yacían un huevo duro, bacon, tostadas y café.- No te agobies. Va a pasar lo que tenga que pasar, pongas como te pongas.

-¿Y qué quieres? ¿Qué permanezca insensible viendo como mi padre se muere?

-No he dicho eso. Sé que es imposible. Simplemente prepárate para lo que pueda pasar, y no dejes que él te vea mal en lo que pueda quedarle de vida.

Al decirle aquello, no apartó la vista de mí, sino que me miró fijamente, como si quisiera hablar más conmigo, contármelo todo, o como si esperase una respuesta a alguna pregunta que tendría preparada. Ignoro si mi respuesta inmediata la satisfizo, pero la formulé:

-Te lo digo por experiencia.

La verdad es que me estaba pasando algo parecido. Me estaba muriendo progresivamente y sin ni siquiera darme cuenta mientras no me operaba, y esa operación podría devolverme la vida perdida, acortármela, o quitármela simplemente. Ver a la gente llorar por mí, a mi hijo, a Terry, a Sharon, a quien fuese, me ponía todavía peor. Me sentía todavía peor. En cambio, con las bromas de Angus, y sobre todo, con las de Terry, pasaba todo lo contrario. Es extraño, cada vez que veía sonreír a Terry, que era algo bastante difícil de esperar acorde con la situación, pero en cambio pasaba bastantes veces, era como si ganara un minuto más de vida, como si mi corazón se animara a latir una vez más. Una sola vez, pues sabía perfectamente que aunque bromeáramos, el dolor seguía por dentro.

Al mediodía comí. Poco, muy poco, pero comí. A Angus ni siquiera le dejaron. Le proporcionaron todo lo que necesitaba a través de una sonda. Hasta no sé qué me daba tomar aquel bistec con patatas, a pesar de que sabía bastante bien. Llegada la tarde, en cuanto se abrió la veda del horario de visitas, mientras yo bisbiseaba mis rezos sosteniendo el rosario de la abuela muy, muy cerca del corazón, se abrió la puerta. Eran mis hermanas, no había duda. Ambas se quedaron unos segundos en la puerta, mirándome, cerciorándose de que era yo aquella que estaba en la cama. Liza, al momento, rompió a llorar desconsoladamente y se apresuró a acercarse a mí y abrazarme fuerte, escondiendo la cabeza en mi pecho, como cuando era pequeña. Le acaricié el pelo, un tanto aturdida.

-¡Emily! ¡No puede ser!-gritaba Liza entre sollozos.

-Liza, mi vida, no te preocupes.-dije, con una voz bastante tranquilizadora.- ¿No os comentó Terry que me iba a operar? Pues en cuanto lo haga, muera la historia.

-¡Podrías habérnoslo dicho tú!-dijo Lorelay, con rabia en la voz.

-Yo no podía. Tenía miedo de haceros daño, por eso no os lo dije antes.

-¡Habrase visto! ¡¿No ves cómo estamos ahora?! ¡Parece que siempre optas por contar todo en el ultimísimo minuto!

-Escucha, Lorelay.-respondí, con mucha solemnidad.- No puedes comprender la situación en la que me vi envuelta. Es muy jodida, hazme caso, no sé si te haces una idea. Pero mira, la única manera que tienes de saber exactamente cómo me sentí y qué me rondaba en la cabeza es a través de la experiencia. Y créeme que no se la deseo a nadie, a nadie, a nadie.-recalqué, mientras movía la cabeza ligeramente hacia los lados.

Lorelay se quedó callada. Creo que se arrepintió de decirme lo que me dijo después de oír mi rotundo argumento. Lo peor del asunto es que también lo había oído la pobre Liza, quien reforzó su llanto, sin separarse ni un solo milímetro de mi pecho. A veces, la sentía sollozar tan fuerte que parecía ahogarse.

-Liza, que no pasa nada. Ahora ya me encuentro mejor.-le decía. Nada, ni un gesto de alivio ni de tranquilidad, sólo lágrimas.

-¡Liza, joder, que llorona eres! ¡Estás siempre igual!-exclamó Lorelay.

Ella ni siquiera se atrevió a responderle. Yo miré a Lorelay con reproche. Supongo que había captado el mensaje o seguiría metiéndose con su hermana.

-¿Dónde están Thomas y la tita?-pregunté.

-¿Dónde van a estar?-respondió Lorelay.- En casa. La pobre tita agarró un disgusto que no te puedes ni imaginar cuando le conté lo que me dijo Terry. Thomas se quedó cuidando de ella, pero te manda saludos.

-Dales saludos de mi parte también a los dos. Y dile a la tita que por Dios no se preocupe, que yo me encuentro perfectamente y que me pondré bien en nada.

Al cabo de un rato, en el cual no mediamos palabra entre nosotras, y Liza ni siquiera se movía, Lorelay se levantó del sillón y dijo:

-Me voy un momento a tomar el aire. ¿Vienes, Liza?

-No.-respondió ella con una vocecilla diminuta y quebrada.- Me quedo aquí.

Dicho esto, Lorelay se fue. En cuanto lo hizo, Liza colocó la cabeza de modo en que uno de sus oídos seguía apoyado en mi pecho. Así podría hablar algo conmigo.

-Yo no entiendo por qué pasan estas cosas.-dijo Liza.- Por qué las personas caen enfermas así, de esta manera, y ni se dan cuenta. Yo sí que me imagino cómo te sentiste, ¿sabes? No como “esa”.

-Mujer, no le llames “esa” a tu propia hermana.

-No le voy a llamar. No hace más que insultarme. Es una hija de puta.

-¡Eh! Más cuidado, que si ella es una hija de puta, tú y yo también lo somos, que nos parió la misma madre.

-Tú eres distinta. Tú siempre me protegiste, me defendiste, me consolaste. Me gusta estar contigo, tú me comprendes. Y no me llamas “llorona”.

Nos quedamos un instante en silencio.

-No tienes que avergonzarte por llorar, Liza, por mucho que te digan. Yo también lloré cuando me enteré. Lloré durante toda la tarde, muchísimo. Amy también lloró cuando se lo conté.

-¿Se lo contaste a la niña?-interrumpió Liza.- Criatura…

-Tenía que hacerlo. Quería hacerlo. Terry y ella son las personas que viven conmigo día a día, tenían derecho a saberlo antes que nadie, ¿comprendes?

-Sí.

-Fíjate,-proseguí, retomando el tema.- que hasta Terry rompió a llorar cuando se lo conté.

Liza giró la cabeza bruscamente para mirarme, sin separarla de mi pecho.

-¿Hablas en serio?

-Y tan en serio. Se sintió muy impotente, Liza. Sabes que él nunca permitió que me pasase nada malo.

-Nunca lo vi llorar. Qué palo, ¿no?

-Que va. A ti te puede resultar extraña la idea, pero es que apenas lo conoces. Sabía que se disgustaría.

-¿Y qué hiciste?

-¿Qué iba a hacer? Romper a llorar como una boba yo también.

Ella bajó la cabeza. Seguramente se estaba imaginando la escena. Solamente recordarlo a mí me producía un dolor inimaginable.

Estuvieron un rato más allí y se fueron. Estuve una hora viendo la televisión y mirando el reloj, ansiosa. No llegaba la hora en la que venía Terry a verme. Angus estaba al lado, con la cortina corrida para que no lo viese, bajo la atenta mirada de Sirkka. Llegué a temer algo por él. Era como si el recuerdo de su esposa desencadenase en él un agravamiento desmesurado de la enfermedad. En medio de mis pensamientos, apareció Terry, cruzando la puerta, todavía con la mochila donde llevaba la ropa de trabajo al hombro. Se apresuró en venir a mi lado y abrazarme.

-Lo siento, es que tuve que quedarme un rato más. Ya ves que vengo sin aire y…

Posé una mano en sus labios para interrumpirlo. Pude sentir entonces las cosquillas que me hacía en ella cuando respiraba por la nariz.

-¿Te pedí explicaciones, acaso?-dije, sonriendo.- Recupérate y luego ya me dirás lo que quieras.

Entonces le aparté la mano. Por consiguiente, él volvió a retomar su agitada respiración y se sentó en el sofá que había al lado de la cama.

-¿No sabes lo que son los coches o que?-bromeé.

-Vine en coche.-recalcó.- Pero igual estuve bastante apurado para poder verte.

-Para poder verme…-repetí, y al hacerlo se me aceleró el corazón.

-Claro. Lo peor es que no voy a poder estar mucho a tu lado.

-Aunque sólo estés un minuto. Lo único que quiero es verte.

Creo que Terry también se sintió halagado cuando le dije aquello. Vi que se ruborizaba un poco, pero intentó disimular cambiando de tema.

-Y bien, ¿cómo estás, mi reina?

-Un poco nerviosa ya, pero bien.

Era normal que estuviese nerviosa, pasado mañana me operarían. No podía evitar pensar en el destino que correría, en todas las variables posibles para llegar a una desagradable y desalentadora verdad: sobrevivir o morir.

-No tienes por qué estar nerviosa, Emily. Todo saldrá bien. Siempre has tenido mucha suerte.

-¡Ja!-reí irónicamente.- ¿Desde cuando?

-Por lo menos desde que estás conmigo.

-Tener cáncer no es tener suerte.-afirmé. Llevaba tiempo sin pronunciar esa palabra, y cuando lo hice, se me erizó la piel.

-Tener una hija es tener suerte. Tener un apoyo incondicional de bastante gente es tener mucha suerte. Hacer amigos en cada rinconcito por el que pasas, también es tener suerte. Tener una familia que te quiere es tener suerte. ¿Te parece poco?

-La mayor suerte que tengo-dije, cogiéndolo de la mano.-es tenerte a ti.

-Emily, por Dios, no digas eso.-dijo Terry, escondiendo la cara.

-Un amigo como tú no lo tiene cualquiera.

-Ni falta que hace. Nadie querría.

-Si no quieren es que son igual de gilipollas que tú.

Después de decir esto, me reí a carcajadas. Terry me golpeó un hombro.

-Hablando de todo un poco,-dijo- ¿dónde está Angus?

Bajé la cabeza.

-¡Oh!, Angus está en la cama. Se encontró muy mal esta noche.

-¿Por? ¿Qué le pasó?-lo noté algo preocupado.

-No lo sé demasiado bien. Creo que empeoró la cosa y…

-Ya entiendo. Cuando puedas dile de mi parte que se mejore.

-Descuida. Por cierto, ¿cómo está Amy?

-¿Cómo va a estar? Preciosa, como siempre. Hoy me estuvo recitando el abecedario, que se lo enseñaron en clase.

-¿Sí? Debe estar toda emocionada la pobre.

-Tenías que verla. Estaba que no cabía en sí de gozo.

-Eso es lo que quiero, Terry.-murmuré.- Verla.

-Ya pronto podrás hacerlo. Ten un poco de paciencia.

-¿Y si no llego a volverla a ver?

-No pienses en eso, mi reina. Intenta pensar positivamente.

Positivamente. Tendría que ver positivamente mi futuro incierto. ¿Pero cómo? ¿Vendándome los ojos y haciendo como si nada estuviese pasando? Desde fuera parece muy fácil ver todo con optimismo, pero si ya es difícil estando en contacto con el mundo exterior, todavía es más difícil en contacto directo con la enfermedad, en un ambiente como aquel. Terry no tardó demasiado en marcharse. En marcharse muy a su pesar y volver a dejarme sola una vez más.

Al cabo de un rato, vi que la hija de Angus se marchaba de la habitación. Intuí que iría a tomar el aire o al servicio. En cuanto ella cerró la puerta, la cortina que separaba ambas camas se abrió. Él la había abierto.

-Emily. ¿Qué tal estás, bonita? No te he visto nada en todo el día.

Angus estaba tumbado en la cama, conectado a mil y un aparatos y con un aspecto muy desgastado. Aún así, se le iluminó la cara al verme.

-Yo estoy bien, un poco nerviosa. ¿Y tú?

-Bueno, he tenido tiempos mejores. Pero, ¿por qué andas nerviosa?

-Pasado mañana me operan. Tengo miedo de lo que pueda pasar.

Bajé la mirada. Se hizo el silencio. Miré de reojo a Angus. Vi como una lágrima se deslizaba por su rostro, recorriendo las marcas que el tiempo había dejado en él. Comencé a sentirme culpable de su angustia. Entonces, dijo algo que se me quedó grabado para siempre:

-El día que tú mueras todas las palomas dejarán de volar.

Creo que palidecí cuando lo oí. No comprendí qué relación me encontró con las palomas, desde el primer momento en el que me vio, sin ni siquiera saber mi historia, o ver el tatuaje que tenía en la espalda. Encontró un vínculo que nos unía a aquellas aves y a mí, un vínculo tan fuerte que si me moría, ellas estarían para siempre en periodo de duelo. Las palomas, esos animales leves, inocentes, libres. Desde pequeña habían despertado fascinación en mí. Un magnetismo lo suficientemente fuerte como para perdurar en el tiempo.

Tardé en quedarme dormida. Estuve despierta por lo menos un par de horas, dándole vueltas a la cabeza, con la vista fijada en la cortina cerrada. Oía hablar a Sirkka y a su padre en un idioma que yo desconocía, probablemente finlandés. No me importaba entender lo que decían, me hacía una idea, y el hipotético contenido de sus palabras me aterraba.

Me dormí. No sé por cuánto tiempo. Fue un sueño muy leve. Era como si sólo hubiese cerrado los ojos. El sueño profundo que acostumbraba a tener no me invadía aquella vez. En la habitación reinaba el silencio absoluto, sólo interrumpido por los pitidos que emanaban de una máquina a la que estaba conectado Angus. El sonido era bastante enervante, pero a la vez lograba tranquilizarme. Entraba punzante en mis oídos, y salía convertido en un foco de serenidad. Me mantuve escuchando atentamente. Uno…tras otro… tras otro… tras otro… tras otro…

De repente, sonó uno. Uno que en lugar de ser intermitente como los otros, parecía no dejar nunca de sonar. Era un sonido estridente, como si fuese un chillido de angustia, un lastimoso alarido de dolor. Abrí los ojos automáticamente y comencé a comprenderlo todo. Escondido entre aquel pitido se encontraba el llanto de horror y de incertidumbre de una mujer. Gritaba palabras casi ininteligibles, pero con toda la fuerza que su garganta le pudo proporcionar. Un médico entró en la sala corriendo. Escuché sus pasos acelerados sin moverme de la cama. Me mantuve acostada, como si siguiese dormida. Escuché sonidos, demasiados para poder procesarlos todos. Gritos autoritarios. Sollozos. Pitido. Más pasos. “¡Vamos! ¡¡Vamos!!”… Después, todo eso cesó. Todo, menos aquel pitido. Pude escuchar un “¡mierda!” escondido en un suspiro. Supe que había acabado. Solamente levanté la cabeza para llegar a observar el cuerpo de Angus tapado por una sábana de pies a cabeza como si fuese un fantasma.

Me quedé sola en la habitación. Sola y asustada. Me operarían dentro de poco, así que no pude evitar pensar si correría la misma suerte. Sabía que ir nerviosa a la sala de operaciones lo único que haría sería empeorar las cosas, por no decir que me podría dar una crisis de ansiedad como otras veces. Soñé, soñé sin dormir. Soñé con encontrarme allí acostada en aquella cama fría, completamente desnuda, sólo cubierta por una manta blanca hasta la cintura. Mi madre estaba allí. No físicamente, pero su espíritu guiaba la mano del cirujano que tendrá que cortarme, con el fin de no hacerme daño, de no producir dolor alguno, de apaciguar el desbordamiento de la sangre por la herida. Y mi abuela, ella estaba rezando en una esquina, encomendando mi cuerpo, mi alma, la totalidad de mi ser a Dios Todopoderoso. Angus, para mi sorpresa, apareció también en mi sueño. Se sentó a mi lado, agarrándome una mano, una mano prácticamente inerte. Acercó sus labios fríos a mi oído y pronunció unas palabras, que lograron calmarme completamente:

-El día que tú mueras, las palomas dejarán de volar. Emily, tú nunca, nunca morirás.