jueves, 20 de agosto de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas. Capítulo XIV- ¿Cuánto cuesta una vida?


Los primeros añitos de vida de Amy, al contrario de los de los gemelos, fueron como un paseo. Lo peor fue alguna que otra visita al hospital por lo del asma y tal. La mayoría de esas veces me asolaban los pensamientos negativos de que iba a perderla. Una vez recuerdo que habían tenido que ingresarla en el hospital, cuando tenía 6 o 7 meses, como medida preventiva, pues sufrió de insuficiencia respiratoria. Todo ese tiempo pensé que me daba algo. El día en el que la ingresaron, le monté un escándalo a Terry en casa, repitiéndole una y otra vez: “¡Que se me muere! ¡Que se me muere!” Pero todo se quedaba en un susto.

Por las noches, cuando la pequeña lloraba, ya no tenía que ir yo, por muy cansada o mal en general que estuviese, a atenderla siempre. Muchas veces, Terry me susurraba al oído: “Ya voy yo”, aunque algunas veces ni siquiera me enteraba si lloraba o no de lo agotada que estaba.

Él era un padre excelente. Para qué engañarse, era prácticamente perfecto. Aunque a veces era demasiado modesto o demasiado introvertido, y a veces callaba demasiadas cosas; y como lo calentaras demasiado en una discusión, se ponía como una hiena. Todos tenemos defectos, eso es cierto, pero aún así era inimitable. Cuando estaba con él me sentía alguien; no como con Robert, que hacía que me sintiese como una mierda, o como con Josh, que él era tan inteligente y tan tal que a veces hacía que me apocase. No, Terry era un igual. Siempre había sido mi mejor amigo, siempre me había comprendido y escuchado mejor que nadie. Aunque a veces me preguntaba si lo que realmente sentía por Terry era algo mucho más intuitivo, salvaje e indomable que una simple amistad.

Adrien cumplió los 18 y se marchó a la universidad, como yo siempre deseé. La despedida fue muy emotiva. Todos llorábamos como fuentes, sobre todo yo, que perdía a mi pequeño. La verdad es que aquel mozo no tenía nada que ver con aquel niñito que lloraba en una esquina en el patio del orfanato.

Todos aquellos años transcurrieron sin incidentes. Pero como era de esperar, a las épocas de felicidad le siguen las épocas de depresión y tristeza. Y esta vez no iba a ser menos. Pero ahora me había metido en una espiral de amargura y sufrimiento de la que no iba a volver a salir. Nunca más.

Todo comenzó un día cualquiera. Por la mañana estaba profundamente dormida boca abajo en la cama. Terry había ido ya a trabajar y entonces tendría que levantarme yo para hacer lo mismo que él y dejar a la niña, que ya había cumplido los 5 años, en el cole. Pero se me olvidó. Permanecí tumbada, soñando con los angelitos, a pesar de que el sol que se entreveía por las mirillas de las persianas me arañaba la cara. De repente, noto una mano pequeñita en mi espalda. Y una voz. “Mamá, mamá. Despierta”. Era Amy, la reconocí enseguida. Seguramente pensando que era sábado, enderecé un poco el cuerpo, busqué su cara con una mano y, en cuanto la hube encontrado, la acerqué a mí y le besé muy fuerte en la mejilla. Acto seguido, volví a caer en la cama dormida mientras murmuraba:

-Déjame dormir un ratito más, mi amor. ¿Sí?

-¡Pero mamá!-gritó Amy mientras me seguía moviendo de un lado para otro- ¡Voy a llegar tarde!

¿Llegar tarde? ¿A dónde? Entonces fue cuando hice cuentas: lunes, martes, miércoles… ¡Estábamos a jueves, no a sábado! Error tonto que se suele cometer cuando el cansancio le gana la batalla a la coherencia, el deber y al almanaque. Eché las sábanas para atrás apresurada mientras chillaba:

-¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!

Amy se asustó un poco, pero es que mi comportamiento era normal en aquella situación. Mientras iba hacia el armario, le dije:

-¡Cariño, vístete ya!

Ella así lo hizo. Se fue corriendo a su habitación. Cuando volvió ya tenía puesto su camisita y su vestidito rojo por encima. En cuanto me hube vestido, la peiné, le hice una coleta anudada con un lacito a un lado de la cabeza y bajamos las escaleras a toda velocidad.

-Pero mamá, ¿no desayunamos?-dijo, jadeante, agarrándome de una mano y sujetando de otra la mochila, que la tenía en la espalda.

-No, ya comerás más después.

En cuanto nos hubimos metido en el coche, arranqué y no dudé ni un segundo en pisar el acelerador a fondo. Pensaba en la bronca que me iba a caer del gilipollas del jefe, tal y como era. Tenía miedo de que me recortase el sueldo, o me despidiese. En cuanto llegamos al colegio, me giré hacia Amy. Le vi el rostro encendido y caliente como el fuego, y tenía la respiración agitada y forzosa, que la escuchaba yo desde el asiento del conductor, estando ella atrás. Malditas prisas, me había olvidado de que Amy era asmática y había puesto en peligro su delicada salud. Me sentí como la peor madre del mundo. Me desabroché el cinturón de seguridad del coche y me giré completamente para poder acariciarle la mejilla.

-Cielo, ¿estás bien?-pregunté, dominada por la preocupación.

Amy asintió. Aún así, le ardía la cara, lo noté enseguida. Pero lo que más me inquietaba era su respiración, cada vez más fuerte. Vi que sufría.

-Coge el ventolín de la mochila.-le ordené.

Ella así lo hizo. Sacó de un bolsillo exterior de la mochila el pequeño inhalador azul. Se lo arrebaté de las manos, presa del pánico, y lo agité. Le quité la tapa y eché una dosis al aire para comprobar si funcionaba. Acto seguido se lo acerqué.

-A ver, echa el aire.

Amy echó todo el aire en un golpe seco. Entonces le metí el inhalador en la boca.

-Respira fuerte.

Me obedeció. Comenzó a coger aire lenta pero fuertemente, dándome tiempo de subministrarle la dosis. Hecho esto, se lo quité.

-Aguanta un nadita sin respirar, cielo.

Ella asintió. Parecía tener mejor color, aunque le costaba mantener el aire. En cuanto pasaron unos segundos y el medicamento se hubo asentado en su cuerpo, le dije:

-Respira normal. Estás mejor ahora, ¿a que sí?

-Sí.

-Vamos a hacerlo otra vez, ¿vale?

Repetimos el procedimiento, aunque esta vez mi angustia era mucho menor, al ver que comenzaba a reponerse. En cuanto le vi ya buena cara, le dije:

-Ya tienes mejor cara. Anda, vete a clase. Y si te preguntan por qué llegas tarde, diles que fue por culpa de mami que se quedó dormida.

Amy se rió. Agarró su mochilita rosa y se la puso a la espalda.

-Dame un besito antes de irte.

Aceptó mi petición con una sonrisa y me besó en la mejilla. Adoraba cuando me besaba. ¡Eran unos besitos tan delicados y dulces! Se lo devolví plantándole un beso con mucha ternura en la frente. Ella era mi felicidad, todo por lo que yo vivía. Es mi única hija y la guardo dentro de mí como a un tesoro.

En cuanto salió del coche, todavía me dijo adiós con la mano un par de veces antes de meterse en aquel amplio y maravilloso colegio. En el momento en el que la perdí de vista, cogí un pitillo del bolso. No me gustaba fumar delante de ella. Lo encendí y arranqué para el trabajo.

Cuando llegué, me cayó una bronca de parte del jefe, eso no se puede negar, aunque no presté mucha atención. Luego me senté en mi silla, enfrente de mi humilde ordenador y de mi mesa de mercadillo. Y toda la mañana con la misma rutina: “Seguros “Happy House”, al habla Emily Gray. ¿Qué desea?”. Era prácticamente automático. Aunque en cuanto podía, me escabullía para fumar un cigarro fuera o encerrada en el baño. Quizás era ansiedad provocada por la monotonía, no sé, pero la verdad es que sí que fumaba muchísimo. Era apagar un pitillo y vender mi alma al Diablo por otro.

A las 14:30 salí de la oficina. Menos mal que no tenía más guardias aquel mes. Cogí el coche y salí disparada para el colegio. La pobre Amy me estaría esperando a la puerta, como de costumbre. Era en mayo, así que podía esperar allí por mí sin acabar mojada de pies a cabeza y con un resfriado que duraba días, semanas o incluso meses si le pillaba muy fuerte. Entró en el coche y comenzó a hablarme de qué había dicho en el colegio. La escuché con atención, aunque hoy por hoy no recuerdo qué me decía exactamente. Algo de unos dibujos que habían hecho sobre animales o no sé qué. En cuanto llegamos a casa se empreñó en enseñármelos. Subió las escaleras con rapidez, mientras gritaba:

-¡Vamos mamá! ¡Te los enseño en la habitación! ¡Sube!

Las tres o cuatro primeras escaleras las subí sin ningún tipo de problema, pero después comencé a sentirme cansada. Sí, cansada en aquellas escaleras que subía todos los días desde que habíamos comprado la casa. Aunque hacía al menos una semana o más en la que me encontraba un poco decaída, pero no tanto como aquel día. A la mitad de las escaleras parecía notar como si mi corazón intentase escapar por la boca. Entorné la cabeza hacia arriba. El recorrido parecía infinito. La escalera parecía no terminar nunca y perderse ante mis ojos salpicados por el sudor. El esfuerzo que hacía por respirar era tan grande que hacía que me doliese. Al final, y sin llegar a creérmelo de todo, conseguí llegar al piso de arriba, sofocada, tosiendo y a punto de desfallecer. Amy salió de la habitación y se acercó a mí.

-Mamá, ¿estás bien?-preguntó, un poco asustada.

-C…Claro, cielo.-respondí como pude.- No te preocupes… Vete a la… A tu habitación, que yo voy ahora.

Aunque la que me había preocupado era yo. Nunca me había pasado nada semejante. Realmente yo siempre había subido esas escaleras con agilidad, me preguntaba qué estaba pasando. Qué estaba pasando dentro de mí.

Aproximadamente a las 8 y media llegó Terry del trabajo. Yo estaba haciendo la cena. No es que estuviese muy acostumbrada a cenar, pero no iba a dejar que Amy se muriese de hambre. En cuanto entró, se dirigió a la sala de estar, donde nuestra hija estaba viendo los dibujos animados. Todos los días a las 8, no fallaba. Al cabo de un rato, más largo de lo que esperaba, Terry vino a la cocina. Se acercó a mí y me besó muy suavemente detrás de una oreja. El cuchillo que estaba utilizando para cortar las zanahorias me resbaló de las manos tal si fuese un pez. Me giré y le eché las manos al cuello.

-¡Hola, Emily!-dijo.

-¡Hola, Terry! Hoy vienes un poco más pronto que de costumbre.

-Me dejaron salir antes, eso es todo.

Cruzamos por un instante las miradas. Sonreí, aunque no conseguí sacarle a él ni la más mínima sonrisa. Me di cuenta de que estaba preocupado por algo.

-¿Qué te pasa?-le pregunté.

Le costó lo suyo decidirse a decírmelo, pero tragó saliva y se armó de valor:

-Amy me contó que te encontrabas mal por la mañana. ¿Es cierto eso?

Solté una carcajada nerviosa.

-¡Estos niños! Solo es que estaba un poco fatigada. Tampoco es para montar un drama de eso, ¿no?

-Quizás deberías ir al médico.

Lo solté. Me puse nerviosa.

-¿Al médico? ¡¿Al médico?! ¡No digas chorradas, Terry, joder!

-¿Por qué no? ¿Qué es lo que te da tanto miedo?

Miedo. Me daba miedo que me encontrasen algo. Me daba miedo que tuviesen que ingresarme o algo peor. Me daba miedo simplemente que de verdad estuviese enferma.

-¡Esto se me pasa! ¡Tampoco me voy a morir!-chillé.

-Tampoco te vas a morir porque te miren. Es que no sé, Emily…

Noté que estaba realmente preocupado. Simplemente para tranquilizarle y terminar la discusión, me acerqué a él y le dije, más calmada:

-Está bien, iré. Pero ¿a cuál voy?

-Vete a mi neumóloga. No es la más agradable del mundo, pero es lo suficientemente eficiente como para decirte qué te pasa.

-¿Está lejos?

-No, si quieres te acompaño…

-¡No!-dije, esta vez, nerviosa de nuevo- No hace falta. Co… Con que me apuntes la dirección en un papel, me sobra.

Me miró extrañado. Aún así, lo hizo sin contradecirme. Se lo agradecí. En el papel que me daba figuraba el número de teléfono de la consulta y la dirección. El precio por consulta no era excesivamente caro. Nos lo podíamos costear. En cuanto pude llamé para confirmar la cita. Según aquella mujer con voz de pito, el lunes a las 11:30 tenía que ir. Fue lo más parecido que sentí que había hecho a firmar mi sentencia de muerte.

Llegó el lunes como si fuese una mosca revoloteando hacia un montón de mierda. Me levanté de la cama, abrumada por el despertador, como si fuese una marioneta. Sin fuerzas, sin ánimo, sin voluntad. Aunque a veces me pasaba. Me dirigí a la consulta en coche, sin desayunar. Terry había llevado a Amy al cole, pues había cogido vacaciones. Aquel día yo había pedido permiso en la oficina, pues iba a faltar toda la mañana, y seguramente toda la tarde.

La consulta estaba en un hospital. Palidecí al entrar allí. Se respiraba la tristeza, la desesperanza, la enfermedad en cada persona coja, que tosía o que simplemente sollozaba sentada en un sillón o se paseaba nerviosa por el pasillo. Bajé la cabeza y me limité a seguir los carteles que me indicaban a dónde tenía que ir.

En la sala de espera había un montón de viejos que se me quedaron mirando, pensando que quizás me quedaban dos telediarios. Me senté en medio de ellos, intentando que no me afectasen sus miradas acusadoras. Cogí una revista y me entretuve un poco, pero sin dejar de pensar que en cualquier momento una enfermera saldría de la consulta y diría:

-Emily Gray.

Cuando lo oí, mi corazón pareció dar un salto. Era la primera vez que iba a una consulta de ese tipo, por lo que no sabía qué iban a hacerme y con qué me iba a encontrar. Intenté calmarme mientras colocaba la revista sobre el montón de la mesa donde la cogí. Luego, como si de un cordero que va hacia el matadero se tratase, me dirigí hacia el interior de la clínica, procurando respirar hondo y no caer desmayada, de los nervios.

La doctora era una mujer pelirroja, con muchas pecas sobre la nariz. Tenía los ojos pequeños y verdes. La enfermera que me acompañaba, me dejó allí, sin darme ni los buenos días, y le dijo:

-Ya está aquí la señora Gray.

Acto seguido, cerró la puerta bruscamente. A pesar del estruendoso portazo, la doctora no dejó de mirar atentamente a su ordenador. Me estaba ignorando por completo. No supe qué hacer, así que me limité a esperar en la puerta, mirando hacia abajo y esforzándome en seguir respirando hondo.

-Siéntese.-dijo, sin más previo aviso y sin apartar la vista de la pantalla del ordenador.

En cuanto me senté, me miró al fin. Sus ojos parecían escáneres que me observaban de arriba abajo, intentando buscar alguna tara en mi aspecto.

-¿Qué le pasa exactamente?-me preguntó.

“Si lo supiese, no estaría aquí”, pensé. Pero en vez de eso, e intentando expresar cortesía, le respondí:

-Pues que me encuentro un poco fatigada y con tos. Pero seguro que no es nada.

-Eso ya lo veremos.-musitó, no sé si en buen o en mal plan, mientras se volvía a girar cara el ordenador.-Ahora le haré unas preguntas para incluirlas en su ficha médica. Responda sinceramente, ¿entendido?
-Si, entendido.

-A ver… ¿Es usted fumadora?

Realmente odio que me hagan esa pregunta.

-Sí.

-¿Cuántas cajetillas consume al día?

-No sé, no las ando contando. Pero creo que entre una y dos.

-¿Tiene algún familiar con problemas pulmonares?

-No, que yo sepa.

-¿Ha sido sometida a alguna intervención quirúrgica?

-¡No!-no sé por qué me alteré tanto al oír aquella pregunta.- ¡Cielos, no!

-¿Ha sufrido algún episodio parecido a lo largo de su vida?

-No, no recuerdo ninguno. Igual, igual a este, no.

-¿Es una tos persistente…?

-Sí, creo. Dura un rato, unos minutos.

Vi que la doctora separaba las manos del teclado.

-Ahora, si hace el favor de quitar la camisa. Voy a auscultarla.

-S…Sí.-contesté.

Mientras la doctora se colocaba el fonendoscopio, yo dejé el abrigo y el bolso en la silla que estaba al lado de mi asiento y me desabroché la camisa como ella me había mandado. Me levanté y me fui a su lado. Me colocó aquel aparato, frío como la mano de la Muerte, en la espalda. Noté como los pelos de los brazos se me erizaban.

-Respira por la boca, fuerte.-ordenó.

Lo hice. Respiré creo que lo más fuerte que pude, tanto que a veces me parecía sentir que me temblaban las manos.

-Ahora tosa.-dijo.

-¿Qué tosa?-pregunté, girándome para mirarla.

-Pues sí. Haga un esfuerzo y tosa.

Así lo hice. Me salió una tos cavernosa y profunda. Era sin duda la misma de todos los días, pero no me había dado cuenta de lo realmente mal que sonaba. De repente, y sin más previo aviso, la doctora apartó bruscamente el fonendoscopio de mi espalda, sin ni siquiera decirme que dejase de toser como una boba. De repente, se plantó enfrente de mí sin que me diese cuenta, como si fuese un fantasma, y me dijo:

-Aparte las manos, que tengo que escucharle el corazón.

Lo decía porque tenía las manos cruzadas en el pecho para paliar el dolor que me había producido toser. Las quité de allí y dejé que volviese a ponerme aquella cosa horriblemente fría en contacto con mi piel.

-Respire hondo.-me ordenó otra vez.

Suspiré. Acto seguido, lo hice. La verdad es que estaba incómoda y cansada de estar allí encerrada. Tenía ganas de que me soltase lo jodida que estaba y que me dejase salir de aquel deprimente hospital de una vez para poder aspirar aire fresco. Observé a la neumóloga mientras repetía lo que me había mandado. Era difícil leer su expresión, pero parecía algo preocupada. Comencé a angustiarme. No había nada más desagradable que aquel silencio. En cuanto al fin hubo acabado y sentí que mi piel volvía a recuperar calor, ella se sentó en su silla y volvió a teclear en el ordenador.

-Vístase y siéntese.-dijo, con aquella frialdad que parecía caracterizarla.

Me puse la camisa, con todas las ganas de estar cubierta otra vez, y me senté en la silla. En el momento en el que lo hice, sentí que un cúmulo de nervios me paralizaba desde la barriga hasta el cuello, haciendo que mi cerebro solamente prestase atención a lo que la doctora iba a decirme.

-Señora Gray, seré franca con usted.-ahora hablaba mirándome a los ojos- No me gusta nada la tos que tiene, ¿me explico? Por lo tanto me gustaría que en un momento que tenga usted libre fuese en un momento a radiología para hacerse una radiografía de tórax y cuando tenga la próxima consulta se haga una espirometría. También agradecería hacerle una broncoscopia, por si acaso. Tendría que abonar algo más de dinero, pero no creo que le suponga ningún problema.-me pareció notar sarcasmo en sus palabras.

-No, no lo supone.

-Pues vuelva a pasarse por la consulta el día 14, ¿de acuerdo?

-De acuerdo.

Salí de la consulta lo más rápido que me dieron las piernas intentando no dar la sensación de estar huyendo. Tenía ganas de apartarme de aquel ambiente tan jodidamente depresivo y volver a mi casa, con mi niña, con Terry y olvidarme de todo. Mientras iba caminando por la calle, dirigiéndome a mi coche, me puse a pensar. ¿Broncoscopia? ¿Espirometría? ¿Qué era eso? ¿Qué iba a meterme en el cuerpo aquella bruja? Por mucho que intentaba no pensar en ello, no era capaz. Esos pensamientos rondaban en mi mente, hambrientos de mis sesos. Me di cuenta, gracias a una pequeña valla publicitaria que había en la calle y que tenía un reloj digital, de que eran las 3 de la tarde, es decir, me había comido toda la mañana encerrada en aquel deprimente hospital. Aún así, pensaba que iba a tardar mucho más. Si me iba ahora a casa me daría tiempo de comer algo calentito y no precocinado. Mientras conducía y hacía esfuerzos por centrarme en la carretera, las palabras de la doctora resonaban en mi cabeza como si fuesen las campanas de una Iglesia tocando para un funeral: “Seré franca con usted, no me gusta esa tos que tiene…” ¿Por qué no le gustaba? ¿Qué tenía de extraño? ¿Cómo sonaba? ¿Qué estaba yendo mal dentro de mí? Es increíble que, a pesar de haber vivido con ese cuerpo 29 años, no sabía responder a ninguna de esas preguntas. Llegué a casa.


En cuanto me di cuenta, estaba enfrente de la puerta, abriéndola todo lo rápido que podían mis manos. Entré en la cocina, y allí estaban Amy y Terry comiendo. Pescado con patatas, lo vi perfectamente, aunque se podía adivinar por la carita de asco que ponía Amy.

-¡Emily!-dijo Terry, mientras se levantaba de la mesa- ¿Ya has llegado?

-Sí.-respondí, un poco decaída.

-¿Todo bien?-me dijo, un poco más bajo para que Amy no lo oyese.

-Sí, lo que pasa es que me tengo que hacer unas pruebas.

-¿Qué pruebas?

-Una radiografía, una broncoscopia y una espiro…no sé qué.

-Espirometría.

-¡Sí! ¡Eso!

Había notado a Terry preocupado en cuanto le dije que me iban a hacer unas pruebas. En cuanto supo de cuáles se trataba, quedó más aliviado.

-Eso no es nada, Emily. No tienes de qué preocuparte. Una radiografía no hace ningún daño y la espirometría… ¡Le has visto a Amy hacer 50.000! Es simplemente soplar.

-¿Y la broncoscopia qué?

Terry se quedó callado un instante. No sabía qué decirme para tranquilizarme en aquel aspecto. Al ver que tardaba en contestar, me preocupé.

-Seguro que no es nada. Esas pruebas suelen ser gilipolleces.

No añadí nada más. Él había intentado tranquilizarme, pero yo comenzaba a imaginarme más y más aparatos dentro de mí y me asustaba. Cené algo. No demasiado, pues no tenía el cuerpo para comer, y nos fuimos a la cama. Pasado mañana iría a hacerme la radiografía, por lo que al día siguiente pediría cita. Mientras Terry dormía, me incorporé en la cama y puse el portátil encima de mis piernas, intentando no moverme demasiado como para despertarle. Lo encendí. Miré en Internet todo lo que pude sobre la broncoscopia. Me horrorizaba que llegasen a meterme un tubo por la boca y me lo deslizasen hasta llegar a lo más hondo de mis pulmones. En cuanto vi aquellas fotografías, comencé a palidecer. Realmente me haría falta mucho valor para enfrentarme a todo aquello, y mucho más para enfrentarme a lo que estaba por venir.

El día que fui a hacerme la radiografía tampoco acudí al trabajo. Evidentemente mi jefe me iba a matar, pero yo en lo único que pensaba era en hacer todas las pruebas de una vez y despreocuparme. No tenía ni idea de cuán preocupante era mi situación.

Llegué al hospital con ganas de nada. Le entregué a la recepcionista el volante firmado por la doctora y la pasta. Acto seguido, me senté en la sala de espera, como un autómata, esperando a que me llamaran, como un preso espera que lo ejecuten. Miré a mi alrededor. Estaba completamente rodeada de enfermos, lo cual hacía que me sintiese mucho más agobiada y nerviosa. A mi lado había una mesa, con unas cuantas revistas encima. Cogí una al azar, la única que no hablaba de salud, de médicos ni de enfermedades. No me importaba en absoluto cuál era la locura que la lunática de Britney Spears había hecho esta vez, pero por lo menos dejaba de pensar en mi inminente futuro. La leí sin prestarle demasiada atención, es más, a decir verdad solamente me digné a mirar las fotos. Todas prácticamente iguales y agrupadas en dos tipos: los que posan y a los que pillan por sorpresa, y vaya diferencia hay de unas a otras. Cada poco levantaba la vista y miraba el reloj que estaba colgado en la pared, casi enfrente de mí. Por un lado deseaba que mi nombre nunca fuese pronunciado por aquella gente, pero por otro quería acabar con todo aquello de una vez por todas y poder salir a fumar un cigarro. En cuanto la desesperación se apoderó de mí, comencé a leer en serio la revista para calmarme: “Recientemente Angelina Jolie ha declarado que no está embarazada, como varias fuentes han afirmado al ver que la actriz presentaba una barriguita prominente y…”. De repente, mientras procuraba no morirme de asco al leer aquellas estupideces, escucho una voz, que parece venir del inframundo:

-Veroniek Stephens, Shonna Brown, Gabriel Parker, Emily Gray.

Al oír mi nombre, levanté la cabeza bruscamente. Vi como dos mujeres, una de color bastante mayor y una rubia de unos 40 o 59 años, y un chico con la pierna escayolada se dirigían hacia un hombre joven, que llevaba una bata blanca y que los miraba como si fuese a juzgarlos por un crimen, o a castigarlos por sus pecados. Entonces, me di cuenta de que yo también tendría que verme las caras con esa especie de Demonio terrenal. Dejé la revista encima del asiento y me levanté silenciosamente, con la intención de no llamar la atención. Pero aquel hombre, en lugar de mirarme como a los otros, no pudo evitar posar su mirada como si fuesen un par de moscas en mis pechos y erguir una ceja en el acto. En cuanto me planté delante de él, salimos de la sala de espera.

A lo largo del pasillo había varias puertas blancas. El señor mandó meter en una a la señora, en la siguiente a la otra señora, y en la siguiente al chico. En cuanto se metieron, les dijo algo, a cada uno por separado, y cerraron las puertas. A mi me ordenó abrir la puerta contigua a la del chico. Era un cubículo minúsculo en el que sólo había un espejo, un perchero en la pared y una banqueta. Enfrente de la puerta de entrada, había otra puerta más. El joven, que en una placa que había en su bata ponía: “Enfermero Johnson”, estaba revisando unos papeles, al igual que había hecho durante todo nuestro paseo por el pasillo. Entonces, mirándome con picardía, dijo:

-Desvístase de cintura para arriba y espere a que le llame. No cruce la otra puerta hasta que se lo pida, ¿de acuerdo?

-Sí.

En ese momento cerró la puerta, dejándome a mí allí, al borde de la claustrofobia. En aquella habitación fría, sólo iluminada por una enervante y casi cegadora luz blanca. Me desabroché la camisa lentamente, mientras me miraba inevitablemente al espejo, como tenía por costumbre. En cuanto me encontré desnuda, me cubrí con uno de los batines que dan en los hospitales, el cual estaba colgado en la percha. Volví a mirarme al espejo. No me sentía cómoda. Sentía como si mi cuerpo y todo lo que en había pudiese ser descubierto. La verdad es que es un sentimiento extraño, pero me infundía tal debilidad que sentía como si fuese una muñeca de trapo.

Después de esperar un rato, por la otra puerta se asomó el enfermero diciéndome que ya podía pasar a hacerme las radiografías. Lo hice. Traspasé aquella puerta y me encontré, como me temía, con él y conmigo solos.

Aquella sala estaba prácticamente vacía. Entre otras cosas estaban la camilla y una pantalla pegada a la pared para hacer las placas. Comencé a ponerme algo nerviosa.

-Apoye el pecho en la pantalla de la pared.-me ordenó el enfermero.

Así lo hice. Me mandó también levantar los brazos, seguramente para que no saliesen en la radiografía. En cuanto lo hice, se refugió en una cámara de cristal en la que había un panel, el cual toqueteaba mientras me decía, casi gritando:

-¡Contenga la respiración!

Obedecí. Observé como una especie de haz de luz blanca se deslizaba por la pantalla, rozando mis pechos. Cuando hubo pasado, volvimos a repetirlo un par de veces más y luego se acercó a mí descaradamente, diciendo:

-Y… Dime, bonita… ¿A qué has venido a este hospital?

A lo que yo contesté, mirándolo con verdadero desprecio:

-¿Y a usted qué coño le importa?

¡Habrase visto! Acto seguido, me largué a la habitación en la que había estado inicialmente y me vestí. Al haberlo hecho, me apresuré en coger el coche y marcharme a casa. El resto del día me lo pasé haciendo las tareas de la casa, y por la noche no pude ni pegar ojo: al día siguiente tenía que ir a hacerme la broncoscopia.

Pronto se hizo de día, aunque la noche fue lo suficientemente larga como para poder pensar, y recordar aquellas horribles fotos que había visto en Google, aquellas personas a las que les metían tubos por la boca, como iban a hacerme a mí, para coger una muestra de tejido de sus pulmones. Cuando me hube levantado de la cama eran las 5 de la mañana. Terry seguía profundamente dormido.

Lo peor de todo es no podía comer nada; me habían dicho que había que ir en ayunas, porque podían darte arcadas y tal, por lo que ni una tila pude tomar. Fumé durante horas. Me llené los pulmones de humo, poco antes de que me los examinasen. Era y siempre fui una insensata.

A las 7 fui a la parada a coger el autobús. No pude llevar el coche, pues los calmantes que iban a administrarme eran demasiado potentes como para poder concentrarme en la conducción. En el autobús también le fui dando vueltas a la cabeza, pensando en la prueba, sobre todo en el dolor. El hecho de si iba o no a dolerme me traía de cabeza. Sabía que iban a drogarme, para paliar el dolor, pero no estaba completamente segura de su efectividad. Una de las fases del nerviosismo es, ciertamente, la paranoia.

Después de estar un rato en la sala de espera, me llamaron. Entonces sí que comencé a inquietarme. Antes de comenzar, me sentaron en la camilla donde iban a examinarme y me introdujeron tres o cuatro calmantes distintos por vía intravenosa. Esperamos pacientemente a que hiciesen efecto. En cuanto comencé a notar que tenía la garganta dormida y, por consiguiente, tragar era una tarea ardua, me di cuenta de que era el momento idóneo de comenzar. Me tumbé en la camilla, ayudada por una enfermera, que era la que me había pinchado hacía apenas unos minutos. Otra sanitaria que estaba con ella, me colocó una mascarilla y me conectó a una máquina, que controlaba el ritmo de mi corazón. Debían vigilarlo por si algo salía mal. Una de ellas sacó el broncoscopio de marras y lo aproximó a mi boca. A aquella boca que rebosaba de saliva a causa de las drogas que no me dejaban tragar. La ansiedad se apoderó de mí. Cerré los ojos fuertemente. No quería ver cómo me metían aquel tubo enorme con aspecto de anaconda por la garganta. Nada más metérmelo en la boca, sentí como volvía a sacarlo. Abrí los ojos.

-Tranquilícese.-dijo la enfermera.- Respire hondo, así será mucho más fácil practicarle la prueba.

Me di cuenta de que estaba, ciertamente, respirando demasiado rápido, a causa de la inquietud. Giré suavemente la cabeza sin que pudiesen percibirlo. Según reflejaba aquella máquina, mi corazón latía acelerado. Parecía que ninguna droga que me diesen pudiese calmarlo. Efectivamente, no me dieron ninguna droga, si no que esperaron un rato hasta que notaron que me iba serenando.

-Ahora procure estar tranquila y no moverse. ¿De acuerdo?-dijo una de ellas.

Asentí. Entonces, dio comienzo, y ahora sin interrupciones, la prueba. Estuvieron alrededor de 15 minutos hurgando en mi interior con aquel aparato, hasta que, por fin, se dignaron a retirarlo de mi tráquea y dejarme marchar. Mientras me libraba de todos los aparatos a los que estaba conectada, una enfermera me hablaba:

-Ahora no debe conducir ni realizar ninguna actividad que requiera reflejos y suma atención, pues el efecto de la anestesia y los calmantes durarán unas horas. Durante uno o dos días, no más, escupirá o toserá sangre, pero es algo normal. También puede experimentar algo de fiebre, convulsiones y depresión respiratoria. Si advierte otro tipo de síntomas o esos que le he nombrado se prolongan demasiado, venga al hospital inmediatamente.

-Vale, vale.-respondí.

La verdad es que la mitad de las cosas no se las escuché. Me parecía una de estas pibas que salen en los anuncios y se poner a hablar durante varios minutos de cosas que seguramente sólo ellas entienden. Cogí el primer autobús que pude pillar, después de haber comido una sopa en un bar que estaba cerca de la estación, y me fui a casa.

Serían alrededor de las 3 cuando llegué. Me había hecho esperar muchísimo en la sala de espera, como siempre, de ahí la demora. Llevaba un pañuelo de papel en las manos. Efectivamente, durante todo el viaje en autobús había estado escupiendo cantidades bastante considerables de sangre, pero lo más desconcertante es que todavía no me dolía.

Abrí la puerta. Intenté no hacer ruido, pues sabía que Amy estaba arriba durmiendo; después de comer le obligábamos a que se durmiese una siestecita. Oí un ruido que provenía de la cocina. Agua. Terry estaba fregando los platos. Me acerqué a él por detrás y apoyé la barbilla en su hombro. Giró la cabeza sin estar demasiado sobresaltado. Sabía que era yo.

-Hola-dijo, suavemente-¿qué tal te ha ido en la prueba?

-Bien. He conseguido soportarla.-respondí, sin separar la cabeza de él.

-Te lo dije. ¿Ves como no confías en mí?

-Claro que confío, Terry. Dime una sola vez que no me haya dejado guiar por ti.

Sonrió. Sabía que eso nunca había sucedido, que yo siempre había seguido sus consejos. Siempre había sido como un hermano para mí, por lo que era casi profano que en ese momento estuviese apoyada en su hombro, proyectando mi aliento sobre su mejilla, la cual dejaba entrever una sonrisa limpia y perfecta. Y aquella mirada, aquellos ojos… parecían querer envolverme con su cálido influjo, invitándome también a sonreír. Optó por cambiar de tema:

-Por cierto,-dijo- hoy he hablado con Charlie. Hemos encontrado un solar bastante bueno para el negocio, tirado de precio.

Se le veía contento, y no era para menos. Terry y Charlie, un amigo suyo, estaban trabajando para montar su propio taller. Él había soñado con eso creo que desde pequeño, por lo menos desde que yo lo conocí. Seguro que le parecía mentira que se estuviese cumpliendo a una velocidad de vértigo.

-El día que abramos, nos vamos a tomar algo a mi cuenta.-prosiguió Terry.

-¿Con Charlie?-pregunté.

-Sin Charlie. Tú y yo nos bastamos.

Lo miré a los ojos. Sonaba tentador revivir las noches locas que pasábamos antes. Después de tener a Amy, nuestras salidas eran algo más moderaditas, pero todavía en el mismo local. Eso sí, bebiendo menos y, por lo menos yo, fumando más. Entonces, me acordé de Amy.

-¿Y la nena, que?

-Al mediodía, al mediodía. Pero por la noche no la vamos a llevar.

-Ahí me has pillado.

Me separé de él mientras se reía. Si seguía allí de pie un segundo más, se me destrozarían los pies.

-¿A dónde vas?-preguntó, quizás con miedo de haber dicho algo que no me gustara.

Aunque todo lo que había dicho me había sonado a gloria.

-A cambiarme. Odio esta ropa, odio estos zapatos, y cuanto antes me los quite, mejor.

Subí las escaleras, escuchando a Terry reírse y volver a abrir el agua para seguir fregando. Verlo feliz me alegraba el día.

Pronto llegó el día 14, el día en el que me tendría que hacer la espirometría y, acto seguido, oír el diagnóstico de la doctora, fuera cual fuese. Me levanté pronto, me tomé una ducha, desayuné una tacita de café con un par de galletas, cogí el coche y me fui. Recuerdo como si fuese ayer, que Terry, antes de irme, me besó en la frente.

-¿Vendrás para comer?-me preguntó.

-No creo. Pude que llame a Faith para tomar una café por la tarde, con lo cual…

No terminé la frase. No hacía falta. Sabía que no iba a volver a casa hasta la noche. Entonces fue cuando me besó. La verdad es que no me lo esperaba, por lo que me sonrojé. Acto seguido nos miramos. Noté que estaba algo preocupado.

-Espero que te vaya bien.-dijo.

-Tranquilo,-respondí- llevo el amuleto que me diste.

Mientras decía eso, saqué de mi camisa el collar, que estaba colgando en mi cuello. Terry sonrió. Nos despedimos y dejó que me fuese.

Estuve esperando aproximadamente media hora para hacer la espirometría. La verdad es que estaba un poco asustada pero resultó ser lo que dijo Terry: una bobada. Una prueba tal como era soplar por un tubo era lo más estúpido y la mayor pérdida de tiempo que me podía imaginar. Aunque esa prueba servía para saber muchas cosas.

Volví a la sala de espera. Parecía ser que tenían que volver a repetir la prueba, por si acaso, lo cual significaba otra media hora de espera. Me revolví por dentro. Después de haber hecho la prueba, tuve que volver a la sala de espera a que la neumóloga me atendiese. Aquella hora de espera me parecía eterna. No era capaz de distraerme ni mirando una revista. No dejaba de mirar el reloj cada poco tiempo, y descubrir que la aguja parecía no moverse cuanto más la miraba. Mi corazón latía muy rápido, muchísimo más que la aguja de los segundos, que, al igual que las otras, parecía estar inmóvil. Lo que habría dado por un pitillo, pues la ansiedad era insoportable. Sólo eso me serenaría. Sólo eso calmaría mi corazón. Sólo eso haría que las agujas del reloj se apresurasen un poco, y que llegase el momento en el que la enfermera gritase a pleno pulmón desde su despachito, con aquella voz prepotente e insoportable:

-Emily Gray.

En medio de mis pensamientos, el peor de mis temores se había cumplido. Me levanté de mi asiento y me dirigí a la consulta, acompañada de la susodicha enfermera, la cual me abrió la puerta. La doctora estaba allí sentada, mirando hacia la puerta. Me esperaba.

-Puedes retirarte, Stephanie.- le conminó.

La enfermera, entonces, se fue, dejándonos solas, no sin antes dirigirle una mirada a la neumóloga, que esta supo interpretar a la perfección. Ese tipo de miradas, quien no está en el mundillo de la sanidad, no las entiende.

-Siéntese, señora Gray.

Señora. Me resultaba extraño que me llamase así. Me senté, evidentemente. La doctora estuvo un buen rato mirando informes y tragando saliva. De vez en cuando me miraba disimuladamente, pero pronto volvía a refugiarse en aquel montón de papeles.

-Oiga,-dije- llevo aquí un rato. ¿Me dice lo que tengo o no?

Al decir esto, ella por fin se dignó a separar la mirada de los informes. Respiró hondo y me miró largo.

-Escuche, señora Gray, no es fácil decírselo, pero tanto la radiografía como la broncoscopia no dejan la menos duda.

-Q… ¿Qué pasa?- tartamudeé, haciéndome oír por encima de los agitados latidos de mi corazón.

Se hizo un silencio incómodo, la doctora no se atrevía a decírmelo. Pero logró armarse de valor y escupírmelo en la cara.

-Señora… Tiene usted cáncer.

Esa frase… Todavía la recuerdo. Recuerdo cómo la dijo, cómo aquella palabra, “cáncer”, se le había atascado en la garganta y le había costado decirla, para que se clavase en medio de mi pecho como un dardo envenenado. Me había quedado paralizada, congelada, sin poder articular ni una sola palabra.

-Lo siento.-dijo la neumóloga.

Por mucho que lo sintiese, nada de eso podría hacerlo desaparecer y devolverme la salud. Me llevé las manos a la boca, muy despacio, sin dejar de clavar la vista en aquellos informes, como intentando interpretarlos y poder averiguar que todo aquello era mentira. Desgraciadamente, no era así.

-¿Necesita que le traiga algo?-preguntó, levantándose un poco de la silla y acariciándome el pelo.- ¿Un vaso de agua? ¿Una tila?

Cerré los ojos y me negué con la cabeza, moviéndola con algo de dificultad. Con esto, hice que la doctora volviera a sentarse y dejase de abrumarme con su falsa compasión.

-Quizás será mejor que hablemos otro día…

-No.-interrumpí, con un hilo de voz.- Si tiene que decirme algo, dígamelo ahora.

Creo que la dejé algo sorprendida. Seguramente esperaba que le diese la razón y que pudiese ir a tomar algo y tranquilizarme, pero no. Yo siempre he sido así. La verdad es que no podría dormir ni comer hasta que me dijese cómo estaba y cómo me podía poner bien. Después de un breve instante en silencio, se decidió a hablar:

-Verá, debo decirle que ha tenido mucha suerte, por un lado, porque el cáncer está en fase inicial, por lo que será más fácil erradicarlo.

-P… ¿Pero de qué es?-interrumpí.

-De pulmón.-respondió- Seguramente por el tabaco.

Esa última frase me hizo callar. Si no, seguramente le haría muchas más preguntas.

-Sabe usted-prosiguió- que el cáncer evidentemente tiene varias curas, pero ninguna de ellas es especialmente barata, ¿me explico? Dada su situación (mujer joven, sana y en fase inicial de cáncer), el remedio más barato, que sería aplicarle la radioterapia, costaría aproximadamente 25.000 dólares.

Entonces sí que me quedé de piedra. 25.000 dólares me parecía excesivo, me parecía querer matar a la gente, así, sin más.

-¿No me lo cubre el seguro?-pregunté.

-No, he estado mirando y procedimientos de este calibre no los cubre. Tendrá que intentar abonar esa cantidad de su bolsillo.
Le faltaba aclarar que si no podía pagar aquella gran suma de dinero tendría que resignarme a morir, para acabar de rematarme. La doctora me miraba, seguramente estaba esperando a que dijese algo, pero no fui quién de hacerlo. Simplemente intentaba no echarme a llorar allí mismo, pues las lágrimas golpeaban contra mis ojos, furiosas por querer ver la luz. Entonces, la neumóloga se levantó.

-Yo que usted-dijo- me iría a mi casa, me prepararía una tila, e intentaría despejar la cabeza. Cuando esté más tranquila, piense en lo del tratamiento. ¿De acuerdo?

Asentí, intentando coordinar mi respiración para intentar no parecer abatida y para no llorar. Yo también me levanté. Ella me acompañó a la puerta y me la abrió.

-Intente no tardar demasiado en pensarlo. Debe saber que puede desencadenar en algo peor.

En cuanto pude, me marché de la consulta, sin darle las gracias, sin despedirme, aquello que había dicho, había hecho que me desmoronara por completo. Aceleré el paso, cegada por las lágrimas, que se agrupaban en mis ojos, luchando por salir. Las personas que estaban en la sala de espera, en su mayoría viejos, se quedaron mirándome extrañados, seguramente porque mi nariz comenzaba a gotear sangre. En cuanto me percaté, me tapé la nariz con ambas manos y me apresuré todavía más para llegar a la salida. Cuando la hube alcanzado, dejé por fin que las lágrimas se deslizasen con libertad por mis mejillas, al tiempo que emití un sollozo desgarrador, sin apartar las manos de mi rostro. Necesitaba ir a algún sitio en el que pudiese llorar tranquila. Me fui a la parte de atrás del hospital. Estaba oscuro, pues allí no daba el sol, y hacía frío. Las ambulancias aparcaban por la parte de adelante, con lo cual estaba sola, allí, entre los cubos de basura. Me acurruqué en una esquinita, apartada del mundo y de cualquiera que quisiera molestarme, y me puse a llorar, de cuclillas en el suelo, mientras notaba cómo la sangre encharcaba mis manos. Todo aquello me parecía una horrible pesadilla en la que estaría atrapada por siempre.

Me quedé allí un rato pensando. Pensando en cuál fue el pecado que había cometido para que Dios me sometiese a tan duro castigo. Pero quizás peor que aquella enfermedad, que consumía mis pulmones como un Demonio que me arrancaba lentamente la vida, era el precio de su curación. Y eso me hacía preguntarme, ¿cuánto vale una vida? ¿25.000 dólares? Este país realmente me pone enferma. Si no abonaba esa cantidad los médicos me dejarían morir como una perra, dominada por un insoportable dolor. ¡Lo que hube maldito aquella consulta! ¡Lo que hube maldito ir allí a que me obligasen a firmar mi sentencia de muerte! En cuanto la nariz comenzó a emanar una cantidad menor de sangre, me levanté y me fui de allí. Ansiaba sentir que estaba lejos, lejos de ese lugar. Lejos.

Me limpié la nariz. Aunque seguía sangrando, con ponerle un taponcillo ya estaba arreglado. Así lo hice, pues siempre llevo algodón en mi bolso, para casos como ese. Lo que sí que no podía contener eran mis lágrimas. Por mucho que intentaba dejar de llorar, volvía a recaer al momento. Había pasado una hora. Eran las dos del mediodía. Pensé en comer algo, pero me abordaban las náuseas al pensar en comida. No probé bocado.

Pronto dieron las 5. Antes de ir a la consulta tenía planeado llamar a Faith para tomar algo. No lo hice. No quería que me viese llorar. Aún diría más, no quería que se enterase de lo de la enfermedad. No debía enterarse nadie, había tomado esa determinación. Prefería morir en silencio, como lo había hecho Josh. Aunque pensé en el daño que me había hecho en su momento que no me contase lo de su enfermedad, determiné que sería lo correcto. No podía soportar la idea de disgustar a nadie. Y menos a Terry, que fue en el que más pensé. No me merecía sus lágrimas.

Me pasé la tarde en el parque, sentada en un banco, acurrucada, mirando las personas que pasaban. Todas madres con hijos. Pensé en Amy inevitablemente. ¿Cómo encajaría mi muerte? Seguramente mal, pero era lo suficientemente pequeña como para borrar de su memoria mi recuerdo en pocos años. Entonces, sería como si nada hubiese pasado para ella. Quizás Terry cogería novia, o se casaría con una mujer, y Amy la asimilaría como su madre. Ya no significaría nada para ella. ¿Y Adrien? Él ya era lo suficientemente mayor como para saber lo que es un cáncer y lo alto que es su índice de mortalidad. Aunque se sentiría muy dolido, pues su madre biológica también había muerto. Estuve allí sentada, llorando, y quebrándome la cabeza, largo rato.

Me digné a volver a casa a las siete y media. Cogí el coche, aunque las lágrimas apenas me dejaban ver la carretera. Aún así, llegué sana y salva. Me planté delante de la puerta, sin llegar a acercarme. Todavía estaba llorando, y me atemorizaba enfrentarme a la realidad, al hecho de que Terry y Amy estarían en casa esperando y me preguntarían cómo me había ido todo. Me sequé las lágrimas. Les diría que todo había ido bien. Evitaría llorar delante de ellos. O por lo menos lo intentaría. No, no debía decírselo. No podían saberlo. No. Me armé de valor y entré en casa.

En cuanto me vio, Amy me abrazó. La acaricié sin ninguna emoción. Terry me preguntó qué tal la consulta, como me temía. Le dije que bien, sin novedad. Lo único que quería era quitármelo de encima. Aguanté, muy a mi pesar, las lágrimas.

Acostamos a Amy a las 10. La arropé y le di las buenas noches, como era común en mí. Terry y yo nos fuimos a la cama acto seguido. Mientras él estaba tomando los medicamentos que tenía que tomar antes de dormir, en la cocina, yo me acosté en la cama y me puse a pensar. Estaba comportándome exactamente igual que Josh. Había casi rechazado un abrazo de mi niña por miedo a emocionarme por ello. Apenas había intercambiado un par de palabras con Terry desde que había llegado de la consulta. Mi propio comportamiento me estaba consumiendo. En cuanto él llegó a la habitación, se sentó en un borde de la cama. Seguramente quería hablar conmigo. Yo permanecí acostada.

-Emily,-dijo- ahora que no está Amy quiero que seas totalmente franca conmigo. Has llorado, te lo he notado. Quiero que me digas que ha pasado.

Iba a inventarme una coartada, pero ¿de qué serviría? ¿De qué me serviría mentirle?

-Mira, si no hubiese pasado lo de Josh, seguramente no te lo diría, pero no puedo soportarlo más.

Me miró serio. Sabía que iba a soltarle algo horrible. Me eché a llorar.

-Tengo cáncer, Terry.-le solté, entre lágrimas.

No se lo esperaba, por supuesto que no, ni yo me esperaba habérselo soltado así. Se quedó callado, sentado en la cama, mirándome a los ojos, incrédulo.

-Por eso he llorado.-proseguí, con lágrimas en los ojos.-Me pasé la tarde llorando. Me duele la cabeza.

En cuanto se cercioró de que estaba hablando en serio, giró la cara y se llevó las manos a la cabeza, apoyando los codos en las rodillas.

-No puede ser.-susurraba.-No puede ser.

La segunda vez que lo dijo, noté que le temblaba la voz. Me incorporé y lo miré fijamente. Vi que una lágrima resbalaba por una de sus mejillas y se desprendía en la barbilla. Iluminada por la feble luz de la lámpara, se veía como una esquirla de cristal. Estaba llorando. ¿Terry? ¿Llorando? Lo había visto llorar alguna vez, pero no así, no evitando mirarme a los ojos, no con aquel desconsuelo, con aquella congoja que le notaba en la respiración. Eran lágrimas de impotencia, impotencia por no poder hacer nada para curarme, ni para impedir que el cáncer remitiera. Salí de entre las sábanas y me acerqué hacia él, gateando encima de la cama. No lo abracé, no sé por qué, simplemente apoyé mi frente en su espalda.

-No llores tú también.-le dije, sin dejar de sollozar.

Se giró. Quizás se dio cuenta entonces de lo horriblemente destrozada que estaba. Me abrazó, y yo me abracé a él. Ya no tenía tanto miedo, supe que él me apoyaba.

-Emily, cálmate.-dijo, con voz serena. Nadie diría que seguía llorando.- Vas a salir de esta.

-No lo entiendes. No van a poder curarme. ¿Sabes cuanto cuesta la radio? ¡25000 dólares! ¡No tenemos tanto dinero!

Estaba completamente histérica. Aún así, mi tono de voz era lo suficientemente bajo como para, aparentemente, no despertar a mi hija. A pesar de la noticia, me pareció notar que Terry se calmó. Se secó las lágrimas con el puño de la camisa; todavía estaba vestido con ropa de calle.

-Del dinero me encargo yo.-respondió, seriamente.

-P…pero…

-Deja que me encargue yo y punto. ¿De acuerdo?

Lo decía con un tono muy firme. Seguramente tenía algún as en la manga. Asentí, mientras me separaba de él.

-¿Cómo te encuentras?-me preguntó.- ¿Mejor?

-S…Sí, creo. Un poco más tranquila.

-Lo importante es que te sientas bien.

Me acosté en la cama otra vez. Vi como Terry, en vez de ponerse el pijama, y para mi asombro, se puso una chaqueta. Tenía la intención de salir.

-¿A dónde vas?-pregunté, con voz débil.

-A dar una vuelta. Necesito pensar.

No le contesté. No dije nada más. No hacía falta. Me quedé mirando como se iba. No me besó, simplemente, antes de irse, me dijo, con voz muy dulce:

-Que descanses.

Miré fijamente hacia la puerta. Sentía la necesidad de verlo por última vez antes de que se fuera. Cerró la puerta lentamente, con el fin de no hacer ruido. En cuanto lo hizo, cerré los ojos, aunque tardé en quedarme dormida.

Me desperté aproximadamente a las 8 o 9 de la mañana; no sobresaltada y encharcada de sangre, como me temía, si no por mi propia voluntad, con el sonido de fondo de la lluvia golpeando los cristales. El invierno había llegado.

Fui a la cocina en pijama, descalza. Terry no estaba en la cama, así que me temí que aún no llegase de su paseo. Luego me di cuenta de que, a pesar de ser sábado, había tenido que irse a trabajar. Pobre. Creo que no tuve mucho tacto para contarle lo que me había pasado, aunque yo estaba demasiado nerviosa como para pensar en una manera más delicada de decírselo. Lo único que nunca quise fue hacerlo sufrir, y temía haberlo hecho.

No nos vimos hasta el mediodía. Preparé algo sencillo para comer, no tenía muchas ganas de ponerme a cocinar. Amy estaba viendo los dibujos en el salón, como todos los días a esa hora. Terry llegó a la cocina silenciosamente, sin que yo me diese cuenta; estaba demasiado ocupada calentando los canelones congelados en el microondas. Me acarició el pelo, con mucha dulzura. Me estremecí, pero no de temor, si no de placer. Giré la cabeza.

-Hola, Emily. ¿Qué tal el día?

Lo vi feliz. Yo también sonreí.

-Bien, ¿y tú? ¿Mucho trabajo en el taller?

-No más que otros días.

Entonces, se acercó a mí y me susurró:

-Tengo el dinero.

Me quedé perpleja. ¿Cómo había podido conseguir todo ese dinero en tan pocas horas?

-P…Pero… ¿Cómo?-titubeé, excitada.

-Tengo mis contactos.-dijo.

Supuse que se lo había pedido a Charlie, o que lo había sacado del banco, de alguna cuenta que tenía y de la que yo no tenía constancia. Eso es lo que quise creer.

-El jueves que viene tienes cita en el hospital St. Bleeding Mary, a las 5. No sé todavía en qué sala es el tratamiento, pero ya se lo preguntarás a la recepcionista, ¿no?

-Hasta has pedido cita.-dije, sin pensarlo, en un ataque de emoción.

-Bueno, que tampoco fue tanto.

Lo abracé. Él no se lo esperaba, pero yo lo hice. Lo hice, y casi me echo a llorar. No podía creer que estuviese haciendo aquello por mí, que consiguiera todo aquel dinero. Pero, ¿cómo lo había hecho? Esa pregunta me devoraba las entrañas. Era como si, de la noche a la mañana, hubiese transformado todas mis lágrimas en billetes de dólar. Ojalá, pero nada más lejos de la realidad. Él me acarició la espalda.

-¿Cómo puedo agradecértelo?

-Simplemente no me lo agradezcas.

Me reí. Él también sonrió. Le gustaba verme feliz, y yo gozaba viéndole feliz a él. Comenzaba a ver la luz al final del túnel.

viernes, 14 de agosto de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XIII- Saluda a tu princesa

Pasaron unas cuantas semanas desde aquello. Todo iba bastante bien: Terry y yo seguíamos siendo amigos sin derecho a roce y Robert todavía no sabía nada de mi inconsciente engaño. ¡Ah! Y celebré mi 24 cumpleaños. No vale la pena contarlo, pues no fue nada especial. Estaba bastante feliz en aquella época, pero llegó un día en el que todo cambió.

Era por la tarde. Estaba dándome una ducha, pues hacía calor y necesitaba refrescarme un poco. Oí voces en la casa, pero no me preocupé. Yo seguía enjabonándome el pelo como si nada. Cuando me lo estaba aclarando, noto que me agarran por la cintura. Me sobresalté. Tenía champú en los ojos, así que no podía ver quién era. Eso hacía que me pusiese todavía más nerviosa si cabe.

-Hola, palomita.-oigo detrás de mí.

Ya más tranquila y sin jabón que me impidiese ver, me di cuenta de que era Robert, desnudo, dentro de la ducha.

-¿Pero qué haces, Robert?-le dije, sonriendo- ¿No sabes esperar fuera?

-No, Em. Necesito tocarte.

Subió las manos rápidamente hasta mis pechos, haciéndome cosquillas. Yo no dejaba de reír. Aunque era una grosería, sentía un placer y morbo extraños al experimentar esa situación.

-Necesito tocar tus pechos.-e iba bajando las manos lentamente.- Tu cinturita de avispa. Tu caderita. Tu barriguita plana…

Entonces me abrazó por detrás, apretándome la barriga. No ejercía mucha presión, pero comencé a sentir un dolor insoportable. Cerré los ojos muy fuerte. Intenté que no se enterase. No debía enterarse. Pero tuve mucho miedo. Le agarré las manos con fuerza e intenté que me soltase.

-No dejaré que te escapes de mis garras.-dijo él, todavía de broma.

-¡Suéltame, Robert, por amor del Cielo!

Se dio cuenta de mi preocupación y así lo hizo. Salí de la ducha apresurada, presa del pánico. Robert cerró el agua y salió detrás de mí. Me cubrí el cuerpo con una toalla, anudada en forma de vestido, y me acaricié el vientre muy suavemente.

-Em, ¿qué te pasa? Creo que no te apreté demasiado.

-No, ya, pero… ¡Joder! ¡Podrías haberle hecho daño!

Dicho esto, me tapé la boca con las manos. ¡”Haberle”! ¡No debía haber dicho eso! Pensé que quizás Robert no se había dado cuenta, pero me equivocaba.

-¿Haberle?-dijo con recelo acercándose a mí, que seguía de espaldas a él.- ¿Haberle hecho daño a quién?

-A… A…

No era capaz de articular palabra. Entonces noté que Robert se ponía nervioso.

-¿¡A quién!?

Sin apartar las manos de mi barriga, más que nada por miedo a su posible reacción, le dije, aún sin darme la vuelta.

-Robert, esta mañana he ido al médico. Me ha dicho que estoy… Que estoy… Embarazada.

Creo que nada le habría sorprendido más que eso. Me di cuenta de que su nerviosismo se había transformado en ira desmedida al oír la palabra “embarazada” otra vez de mi boca. Lo miré de reojo. Tenía los puños apoyados en el lavabo y miraba para abajo, conteniendo su rabia. De pronto, golpeó el lavabo sin previo aviso, con el puño tatuado con KILL, haciendo que mi corazón se acelerase. Sentí verdadero terror de que pudiese pasar lo mismo que con Jimmy.

-¡Me cago en tu puta madre, Emily!-gritó.- ¡Me cago en tu puta madre! ¡Yo me puse un puto condón cada vez que lo hicimos! ¡Cada vez! ¿¡Cómo coño te has quedado preñada esta vez!? ¿¡Por obra y gracia del Espíritu Santo!?

-No…No lo sé, Robert. Quizá te olvidaste de ponerlo algún día…

-¿¡Pero es que tú no podías habérmelo dicho!? ¿¡O tomado la puta píldora!?

No dije nada. Estaba demasiado asustada. Protegí mi vientre con los brazos, por si a él se le ocurría hacer algo. Las lágrimas pugnaban por huir del centro de mis ojos, pero intenté impedírselo. De repente, y sin más previo aviso, Robert me agarró por una muñeca, aunque no logró que separase la otra del vientre, y consiguió darme la vuelta, para que me viese cara a cara con él.

-¡Contéstame!-ordenó.

-Yo no estoy en todo, Robert. Yo no ando llevando la cuenta de si te pones condón o no.

-¿¡Y ahora qué cojones hacemos!?

-El… El médico me ha dicho que estoy a tiempo de abortar.

Era cierto, me lo había dicho. Entonces Robert, quizás un poco más calmado que antes al saber esto, me dijo:

-¡Pues hazlo! ¡Haz lo correcto por una vez en tu vida!

Lo correcto. Ese era el momento en el que tenía que demostrar mi valía y escoger por mí misma, sin importarme las presiones. Ese era el momento en el que tendría que aferrarme con vehemencia a mis decisiones y no cejar por nada. Miré a Robert a los ojos y le escupí, con rabia:

-Entonces está decidido. No abortaré.

Esto le sentó como una patada en el estómago. Volvió a agarrarme con fuerza y a hablarme con tono autoritario y amenazante. Su voz sonaba desagradablemente estentórea.

-¿¡Qué!?-preguntó, sorprendido por mi respuesta.

-Sí, Robert. Voy a hacer lo correcto por una vez en mi vida, por eso voy a tenerlo, te guste o no.

-¿¡Pero cómo te atreves!?

-¡Mi hijo es mío! ¡Y voy a hacer con él lo que me salga del coño! ¡Que para algo voy a parirlo y a cuidarlo!

-¡Emily, piensa bien lo que haces! ¡O ese saco de huesos que todavía no ha nacido o yo! ¡Tú eliges!

Me quedé callada un instante. ¿Estaba dispuesta a renunciar a una vida de felicidad, amor y excesos con Robert, el hombre de mis sueños? Pues sí.

-No voy a abortar porque tú me lo ordenes. No voy a arrancarme de las entrañas algo que es mío y que llevo dentro de mí. O aún diría más, no voy a dejar que me arrebates otro hijo. Vete si no estás contento, no te lo voy a impedir, pero no sacrificaré al fruto de mi vientre sólo porque a ti te salga de la punta de la polla.

No era capaz de creer ni yo misma que todo aquello estuviese saliendo de mi boca. Me sentí fuerte, al haberle dicho a Robert de una vez por todas lo despreciable que era.

-¡Está bien! ¡Haz lo que quieras!-gritó fuera de sí, mientras se ponía el pantalón y se disponía para irse, con la camiseta en la mano.- ¡Tú si que no has cambiado! ¡Sigues siendo la misma puta insolente de siempre!

Me inquietó por un instante oír de los labios de Robert la misma expresión que había dicho mi padre anteriormente. Aún así, le contesté lo mismo que a este en dicha ocasión:

-Todo el que se enfrenta a ti lo es, ¿o no?

Me miró con rencor, aunque se fue sin añadir nada más. A mi parecer hizo bien; ya había abierto demasiado la boca. En ese momento llegó Adrien al baño, sorprendiéndome simplemente cubierta por la toalla. Aún así, omitió ese detalle.

-¿Estás bien, mamá?-preguntó con patente preocupación.- ¿Te hizo daño?

-No, cielo.-respondí.- No te preocupes.

No, ya nunca más me volvería a hacer daño. Había exorcizado al demonio que habitaba en el interior de Robert de esta casa. Ya nunca más volvería a verlo o saber nada de él. Hubo una temporada, a lo largo de mi embarazo, en la que llegué a echarlo de menos. ¡Fíjate cómo es el ser humano! Nuestra mente se engancha a una persona, tal si fuese una droga, por mucho que nos haya menospreciado, dañado o apocado. Eliminar esa droga del cuerpo no es fácil, pero se logra superar. O sustituir por otra droga todavía más potente.

Recuerdo que un día, estando yo de 4 o 5 meses, mis hermanas vinieron a visitarme. Eran ya dos pollitas de dieciocho y diecinueve años, cursando ambas Empresariales y con una educación, posterior a la muerte de mi madre, exquisita. Yo estaba en casa, agotada, con dolor de cabeza y ganas de desmayarme o poder dormir tranquila un rato. Mis hermanas iban vestidas con sus pantalones vaqueros y sus camisetas provocativas, mientras yo me conformaba con mi pijamita y mi batita azul, que por lo menos no pasaba frío. Les había preparado unos cafés. Mientras los tomábamos, sentadas en el sofá, charlábamos. Después de hablar de qué tal les iban los estudios, si Thomas y la tita estaban bien, si ligaban mucho, y chorradas por el estilo, salió a la luz el tema de mi embarazo. A Liza le faltó tiempo para apoyar la cabeza en mi vientre, por si sentía al bebé dar pataditas y tal. Le hacía mucha ilusión.

-Joer, chica.-dijo Lorelay.- Tener un hijo debe ser lo más precioso del mundo.

-No te creas.-respondí.- A vuestra edad tener un hijo no es nada “precioso”. Siempre que tengáis relaciones, usad condón; si no os acordáis, tomad la píldora del día después; y si tampoco os acordáis tampoco, abortad. Lo digo por experiencia.

-¿Y por qué tú no abortaste?-preguntó otra vez Lorelay.

-No pude. Ya estaba en un estado de gestación bastante avanzado.

-¿Ahora con este te lo has planteado?

-La verdad es que sí, pero decidí tenerlo. Estoy preparada.

Cogí un pitillo del bolsillo de la bata y me apresuré en encenderlo. No le había mencionado a nadie lo de Robert. El único que sabía algo del asunto era Terry, que le había contado que había roto con él, aunque no entré en detalles. Lo único que quería era arrancarme de la mente el recuerdo de Robert. En cuanto mis hermanas percibieron el olor del pitillo me miraron con ojos asesinos.

-¿Pero qué haces, tonta?-dijo Liza, sin levantar más que su mirada.- ¿No ves que puedes hacerle daño al bebé?

-¡Oye, que he reducido mi cajetilla diaria a un pitillo!-respondí, desquiciada. Reducir tanto mi dosis de nicotina me hacía ponerme agresiva.- además, un cigarrito no lo va a matar.
-¿Y ya sabes cómo lo vas a llamar?-preguntó Lorelay.

-Todavía no. Tengo que pensarlo.

-¡Si es un niño ponle Bryan, que es un nombre precioso!-dijo Liza.

-¡Cállate la boca, sapo!-le conminó Lorelay- ¡Ya le pondrá ella el nombre que le dé la gana!

En ese momento, sentí cómo el bebé daba una patada con ahínco contra mi vientre. Sentí un escalofrío.”Ya empezamos” gruñí. Y no era para menos, a veces se pasaba así la noche, y por consiguiente, yo no podía pegar ojo. Liza, en cuanto lo percibió, gritó:

-¡Ostiá! ¡Ha dado una patadita! ¡Ha dado una patadita!

-¿De verdad? ¡A ver!

Entonces Lorelay apoyó su mano en mi barriga, esperando ambas emocionadas a que el bebé volviese a moverse.

-Voy a tener que cobrar entrada.-murmuré.

La verdad es que no me molestaba. Aún diría más, me alegré de que cuidasen tanto de él y que lo quisiesen antes de haber nacido. Su actitud me calentaba el corazón.

Pasaron meses y meses en los que fui llevando mi embarazo con filosofía y muchísima más felicidad y apoyo que con el primero. Esta vez, la gente que me conocía no me miraba mal por la calle. Esta vez ya ni siquiera estaba preocupada por el “qué dirán”. Esta vez ya no estaba dominada por un amor superior a mis fuerzas. Esta vez ya no tenía que andar con la cabeza baja por haber permitido que me preñasen, no. Todo aquello me había encallecido. Anduve con la cabeza bien alta y orgullosa de tener un hijo mío y de nadie más. Adrien me ayudó mucho durante mi embarazo, tengo que reconocerlo. El nene de la casa se había convertido en un hombrecito de 13 añazos que ya me ayudaba en todo lo que podía, respaldándolo con un “descansa, mamá, que yo me ocupo”. Siempre estuve orgullosísima de él.

Aproximadamente a las seis de la tarde de un otoño gris y lluvioso, comencé a sentirme extraña. Reconocí inmediatamente aquella sensación. Adrien estaba en casa, por lo que me apresuré a decirle:

-¡Adrien, llama a un taxi! ¡Rápido, por Dios!

Él así lo hizo, sin desobedecer. Según iban pasando los minutos, el dolor se hacía cada vez más y más insoportable, tanto que hasta tuve ganas de llorar. El taxi no tardó demasiado. Con apenas un hilo de voz le indiqué a dónde quería que me llevase. Adrien me acompañaba en el asiento de atrás. Intentaba tranquilizarme, seguramente para que dejase de quejarme, pero sus esfuerzos eran inútiles. Aunque mis quejas solo eran unos cuantos sollozos. Llegamos al hospital en poco tiempo, pero a mi me parecieron siglos. Tuvieron que llevarme a la sala de partos en silla de ruedas, que ni en pie me sostenía, aunque esto me hizo sentir algo inútil. Adrien estaría en la sala de espera hasta que yo estuviese en mi habitación acomodada y tranquila. Lo preferí, tampoco era plan de que un chaval viese un parto. Me acostaron en una cama fría e incómoda. Una enfermera, al ver mi cara de dolor, me preguntó:

-¿Desea la epidural, señora?

-¡Sí, por amor de Dios!-grité.

Entonces le hizo un gesto a un enfermero que estaba a su lado. La comadrona me agarraba de la mano para que me tranquilizase e intentaba que hiciese ejercicios de respiración, aunque eso lo veo un poco absurdo, por lo menos me sentí acompañada. Pronto llegó el enfermero con una aguja del tamaño de dos o tres de mis dedos. Me la enseñó y, haciendo la gracia, me dijo, con voz burlona:

-¿A que da miedo?

Pero yo, que no estaba para bromitas, le respondí, apretando los dientes por el dolor:

-Clávemela ya y déjese de mariconadas.

Así lo hizo. Me la clavó en la espalda, un poco más abajo del tatuaje. Me mordí los labios, pero aquel pinchazo no era comparable con el dolor que sentía. En cuanto lo hizo, me recostaron. Una enfermera se acercó a mí y me preguntó si me encontraba bien mientras me sostenía una mano. Asentí, sin apenas mover la cabeza. La verdad es que la epidural me calmó mucho el dolor, debo reconocerlo, pero todavía me encontraba fatigada.

-Ahora tiene que empujar, ¿entendido?

Volví a asentir. Entonces vino lo fuerte: venga a empujar y empujar como si me fuese la vida en ello, y las enfermeras pidiéndome que respirase pero yo no podía, el aire no parecía querer penetrar en mis pulmones. Y venga empujar, empujar, empujar. Pero me sentía cansada y sin fuerzas, pero me pedían que empujase y yo empujaba. Tuvieron que colocarme una mascarilla, pues llegó un momento en el que ya sentía dolor con el mero hecho de inspirar. Aunque al fin llegó el esperado alivio del nacimiento, aunque esta vez no oí llorar. Levanté la cabeza nerviosa, aunque a penas veía nada. Solo a un médico que sostenía a mi bebé por una pierna, boca abajo. Me temí lo peor. De repente, veo como el médico le da una palmadita en el culo, así de simple. ¡Eso sí que hizo llorar a la criatura! Suspiré. Lo peor parecía haber pasado ya.

-Tiene usted una niña preciosa, señora Gray.-dijo una enfermera, entregándomela todavía llorando.

La cogí en brazos. En cuanto me sintió, dejó de llorar. Aunque entonces fui yo la que me eché a llorar como una idiota. Estaba tan contenta por tener al fin a mi niña en mis brazos. Era una sensación perfecta. A pesar de que estuviese rodeada de médicos que deseaban quitarme a mi hija de los brazos para empezar a hacerle pruebas y pruebas, yo estaba eufórica.
Me trasladaron a una habitación preciosa con vistas a la ciudad. Poco tardaron las enfermeras en devolverme a la niña. Dijeron que pesaba un poco por debajo de lo normal y que su capacidad respiratoria era baja, pero que le harían más pruebas. Antes de que les diese tiempo a salir de la habitación les dije, sosteniendo a la niña en brazos:

-¡Esperen! Me gustaría pedirles que le hicieran una prueba de paternidad. Todavía no sé quien es… el padre.

Las enfermeras me miraron extrañadas. Seguramente estarían pensando que era una puta y que ya habría perdido la cuenta de los que me había tirado. Entonces una de ellas, morena ella, se volvió hacia mí y me dijo:

-De acuerdo, ¿me dice los nombres de los posibles padres?

Dicho esto, sacó una agenda y un bolígrafo.

-Son… Robert Piadget y Terry Grives.

Sí, Terry. No estaba del todo segura de que el acto impuro que ambos habíamos cometido hubiese quedado impune. Quizás sería demasiada suerte. Aunque no sabría decir se sería mejor que la niña fuese de Robert. Creo que en cuanto la viese la mataría.

-Los llamaremos lo antes posible.-dijo la enfermera, que lo había estado apuntando todo.

-De acuerdo. Gracias.

Me sentía tan avergonzada que apenas pude articular palabra. ¿Realmente sería Terry el causante de mi embarazo? ¿Sería Robert, como me temía? ¿O quizás, pero más difícilmente, Josh se había levantado de la tumba para darme un hijo suyo? Todas aquellas dudas conseguían apocarme y quitarme el sueño por las noches, mientras sentía al fruto de mi vientre dormir a mi lado.

Adrien no se separó de mi lado. Estaba contentísimo con la llegada de su hermanita. Estoy segura de que le hizo ilusión ser el hermano mayor por primera vez. Aunque la pequeña no era de las que disfrutaban en los brazos de cualquiera, no. Ella si no estaba conmigo, no dejaba de gimotear. A Adrien también lo reconocía, pero no era el mismo efecto. Ella encontraba en mis brazos algo que no había en ningunos otros.

Al día siguiente de dar a luz, la tía Margarite y los niños vinieron a visitarme. En cuanto mis hermanas entraron en la habitación corrieron hacia la cuna como alma que lleva el diablo.

-¡Oigh, que cosita tan mona!-gimió Lorelay.

-¡Cuchi-cuchi-cú!

Les caía la baba con su nueva sobrina. Thomas, que ya era un jovencito, las miraba desde la distancia. Mientras, la tita Margarite se mantenía a mi lado, a la par que Adrien.
-¿Qué tal estás, cariño?-me preguntó.

-Bien, estoy bien.

-¿Y cómo se porta la pequeñaja? ¿Da mucha guerra?

-No, es un cielo. Lo que pasa es que a veces se pone histérica y si no la cojo, no se calla.

-Eso es normal, hija. Acaba de nacer hace un día escaso. Seguramente se siente desprotegida, ¿comprendes? Ella lo único que quiere es estar en contacto contigo, como en estos nueve largos meses. Volver a escuchar tu corazón como todo este tiempo…

Era la primera vez que oía algo así. ¿Que mi hija añoraba mi corazón? Eso era nuevo. Aún así un sentimiento extraño se apoderó de mí y me giré para mirarla con dulzura. Quizás era el instinto maternal que volvía a apoderarse de mí. Intenté disimularlo diciendo:

-Eso con los gemelos no pasaba.

-Ya pero es que las niñas son más mimosas. ¿Qué te crees? ¿Qué tú de pequeña no eras así? ¡Si supieras cómo gimoteabas para que tu madre te hiciese caso!

Entonces sí que sentí como si algo me subiese subido pecho arriba, haciendo hecho que mi corazón latiese mucho más fuerte. Era oír hablar de mi madre y ponerme pálida. Me imaginaba que si estuviese allí me habría comido a besos y habría llorado de alegría, por el mero hecho de verme sonreír. No dejaba de pensar en lo mucho que la echaba de menos. La tita Margarite lo notó enseguida, por lo que se apresuró en cambiar de tema.

-Por cierto, Emily.-dijo, mientras metía la mano en su enorme bolso de cuero- Te he traído un detallito.

-¡Tita! ¡No tenías que haberte molestado!-respondí, complacida.

Entonces me hizo entrega de tres paquetitos de regalo: una manta para envolver a la niña, un vestidito rosa también para la niña y una caja de bombones de licor para mí.

-¡Pero cuidado con los bombones, eh!-bromeó la tita- ¡Que luego eso te pasa a la leche y a ver si se nos emborracha la nena!

Me reí. Le agradecí una y otra vez los regalos, y ella me repetía que no era nada. Ese mismo día, la pequeña estrenó el vestido.

Pasaron un par de días desde aquello cuando me comunicaron el resultado de las pruebas de paternidad. Yo estuve toda la mañana con el corazón en un puño. Me iba a ser revelada la verdad, es decir, por fin iba a saber quién había plantado la semillita en mi vientre y me fecundó en el acto. Al mediodía ni siquiera comí. Estuve la mayor parte del tiempo acariciando a mi hija, que estaba acostada en una esquina de mi almohada.

Aproximadamente a las 5 de la tarde unas enfermeras me comunicaron quién era. Debo decir que me quedé de piedra, ¡es que no me lo esperaba! Les ordené que lo dejasen entrar en la habitación. Me quedé un buen rato con los ojos clavados en la puerta, deseando verlo y hablar con él. De repente se abrió la puerta, y sin que nos diésemos cuenta habíamos cruzado nuestras miradas. Sus ojos color tequila me miraban con nerviosismo. Cuando no pude aguantar más en aquella situación, cogí a la niña en brazos y le dije:

-Saluda a tu princesa, Terry.

Se acercó a mí, aunque todavía sin decisión.

-Sospeché -proseguí.-que era tuya en cuanto me dijeron que tenía asma. Sería demasiada casualidad, ¿no?

-Es la peor herencia que pude dejarle.-dijo, al fin.

-Estoy segura de que heredó cosas mejores.

Volvimos a mirarnos. Ahora que por fin había dicho algo, parecía sentirse menos turbado.

-Cógela, vamos.-dije, separándola un poco de mí.- No tengas miedo, que no muerde… Todavía.

Terry sonrió. Ahora no dudó ni un segundo en coger en brazos a la criatura.

-No puedo creérmelo.-musitó emocionado.

-La cuidaré bien por los dos.-dije.

Él volvió la cabeza hacia mí, como si le hubiese insultado.

-No dejaré que esta niña crezca sin padre, Emily. Por experiencia lo digo. No quiero cometer ese error. Así que, veníos a vivir a mi casa.

-Es que ya le tenía la habitación hecha y todo. Además, está Adrien.

-¿Entonces qué hacemos?-preguntó, preocupado.

-¿Qué te parece si te vienes tú a vivir a mi casa?

A Terry le sorprendió mi respuesta.

-No quiero ser una molestia.-repuso.

-No eres ninguna molestia porque te lo estoy ordenando.-vi que sonreía. Entonces, añadí:- Eso sí, si no te importa dormir conmigo. Ando algo escasa de camas.

-No hay problema por eso. Ya compartimos cama una vez.

Sonreí. Sonreímos. A pesar de todo estábamos felices. De repente, la pequeña comenzó a gimotear en los brazos de Terry.

-¡Eh!-gritó, no sin sorpresa por la reacción de la niña.- Mejor atiéndela tú, Emily, que yo soy primerizo.

Me la entregó dicho esto. La cogí en brazos y al poco tiempo se calmó. Terry se quedó impresionado.

-Pe… Pero… ¿cómo…?-tartamudeó.

-Tranquilo, todavía tiene que acostumbrarse. Es sólo que no reconoce tu corazón.

Aludí a las palabras de tita Margarite, aunque él no llegó a comprenderlo. Me miró levantando un poco una ceja.

-Déjalo.-sentencié.- Es igual.

-¿Tienes pensado cómo le vas a llamar?-preguntó Terry después de un corto silencio.

-No. ¿Alguna idea?

-Hombre, contando que me acabo de enterar de que es hija mía, no, la verdad. Además, es una niña. Tienes que elegirle tú el nombre.

Seguramente lo decía refiriéndose a la retrógrada filosofía de Robert, aún así, yo ya sabía cómo llamarle desde hacía mucho tiempo.

-Pues…-dije, titubeante, mientras miraba con ternura a la pequeña.- Yo ya había pensado un nombre, pero no sé si te…

-Desembucha.

Levanté muy despacio la cabeza hasta alcanzar sus ojos. El mero hecho de pronunciar aquel nombre hacía que las lágrimas quisieran escapar de mis ojos y que un fuertísimo sentimiento de tristeza quisiese apoderarse de mí, aunque lo hice:

-Amy.

Me esforcé por no desviar la mirada. No noté ninguna alteración en el rostro de Terry. Seguramente sabía el por qué de ese nombre. Simplemente e acercó a mí muy despacio y me dijo:

-Es precioso.

sábado, 8 de agosto de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XII- Él no es mi padre



Would you die tonight for love?[1]

Join Me- HIM


Silencio. Quietud. Tranquilidad. Oscuridad. No sé cómo he llegado a esta situación, ni tengo interés en saberlo, pero me gusta estar así, aunque es inquietante. De repente, flashes. Imágenes intermitentes delante de mis ojos. ¿Qué está pasando? Una voz autoritaria grita, otra más débil chilla. Comienzo a distinguir algo: “¡Puta! ¡Puta!” ¿Quién es una puta? Observo que llevo mi vestido favorito, el que mamá me dejaba llevar muy pocas veces porque decía que era muy escotado. Ji, ji. Siempre logro ponerlo cuando no me ve para salir por ahí. ¿He vuelto a cuando tenía… 16 años? ¡No! Entonces… aquellas voces… Me asomo a la cocina, a ver qué pasa. Me lo imaginaba, papá está pegándole a mamá. No me gusta que haga eso. ¿Por qué siempre le pega? Debería ir a cuidar de mis hermanos, pero prefiero quedarme a ver. Tengo ganas de decirle, o mejor, que gritarle que la deje, pero tengo miedo. Odio tener miedo. “Puc” ¿Qué ha sido eso? ¡Estoy sangrando otra vez! ¡Mierda! Como sepa papá que estoy aquí, me va a matar. ¡Está mirando para aquí! Me escondo detrás de la puerta, a ver si con suerte no me ve. Tapo la nariz con las manos para que no vuelva a gotear. “¿Emily?” ¡Dios, sabe que soy yo! Quiero escapar, pero tengo mucho miedo. Permanezco muy quieta, de cuclillas. ¡Joder, que no me vea! Dios te salve, María. Llena eres de gracia… ¡No llores, Emily, sé fuerte! El Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres. Una sombra está proyectada en el suelo. Levanto la vista. Es él. Sabía que acabaría pillándome. “¡Te dije mil veces que no vengas a la cocina!” Perdón, papá, yo no… Yo no quería… Me agarra por una muñeca. ¡No por Dios! ¡Te he pedido perdón! ¡No! ¡No! “¿Y crees que con un perdón basta? Maldita cría de los cojones” “¡Paul, déjala en paz! ¡Déjala! ¡No le peques a mi niña!” “¡Tú aparta!” ¡Mamá! Está en el suelo, tumbada, llorando, sangrando. Yo también sangro. Sangro mucho. ¡Para, por amor de Dios! ¡No! ¡NO!

“¿Mh?” Abro los ojos. Gracias a Dios todo había sido un sueño. Apoyé los brazos en la almohada e intenté levantarme. De este modo contemplé que estaba manchada de sangre. Bajé la vista todavía más y vi que mi inmaculado camisón blanco estaba también ensangrentado. Me llevé las manos a la nariz. El horror se apoderó de mí, a pesar de que no era la primera vez que me pasaba, al percatarme de que estaba sangrando por la nariz. Salí de la cama y fui al baño, intentando no tropezarme con Adrien para que no me viese, a pesar de no saber si seguía dormido o no. Cogí una toalla, presa del nerviosismo, y comencé a limpiarme la nariz, las manos, los brazos y el pecho, que estaban salpicados. Me quité el camisón y eché también toda la ropa de la cama a lavar. Semidesnuda, acudí a mi habitación y me puse una bata. Me miré al espejo que había en mi habitación. Me sentía como una puta después de haber follado con Robert en aquel maloliente baño de bar. Sentí que había traicionado a Terry, a Josh, a mi madre, a mis hijos y a todo lo que yo quería. De repente escucho llamar al timbre. ¿Quién podía ser, a las once y media de la mañana?

-¡Yo abro!-gritaron abajo.

Era Adrien. Seguramente se había despertado antes y se había ido a la sala de estar a ver la televisión. Todos los fines de semana lo hacía. Aquel día ninguno de los dos habíamos ido ni al colegio ni al trabajo. Josh acababa de morir hacía nada. Además, mi intento de suicidio, que era archiconocido en la oficina, era algo que todos temían que volviese a suceder. Decir tiene que hasta mis compañeras me rogaron que pidiese unos días de asuntos propios, y claro, cedí. La verdad es que nunca pensé que mi intento de suicidio fuese tan mediático, lo sabía toda la ciudad.

-¡Mamá!-chilló Adrien- ¡Ven! ¡Es para ti!

Presa de la inquietud y la curiosidad, bajé las escaleras a toda velocidad, sin ni siquiera calzarme. La sorpresa fue impresionante, aunque se veía venir. Era Robert. Estaba guapísimo, con sus pantalones vaqueros ajustaditos, una camisa blanca, el pelo engominado. ¿Y yo? Con una batita finísima de color salmón que apenas cubría mi cuerpo semidesnudo, que es como a Robert le gustaba verme. Estaba apoyado en el marco de la puerta, con una mano detrás de la espalda y la otra en el bolsillo, con aquella arrogancia y chulería que lo caracterizaban.

-Hola, palomita.-dijo él, de un modo muy provocador. Apuesto a que tenía pensado repetir lo del día anterior.

-Hola.-respondí, fríamente. Lo último que quería era volver a estar con él.

Había cambiado mi apodo. Seguramente porque había visto mi tatuaje cuando nos enrollamos, como yo había visto los suyos. La serpiente. ¿Por qué una serpiente?

-¿Me has echado de menos?-preguntó.

- ¿De verdad crees que te echaría de menos, Robert? Eres un ingenuo.

Vi que fruncía el ceño. Seguramente esperaría otra respuesta, pero para alguien que me había arrebatado a mis hijos, eso era lo más suave que podría decirle.

-¿A qué has venido?-pregunté, deseando perderlo de vista.

-A verte.

Entonces, mostró que la mano que escondía con tanto empeño portaba una rosa roja, la cual me dio. La cogí, por supuesto. ¿Cómo iba a rechazarla? Me encantan las flores. La olí. Su aroma era tan débil y dulce que parecía entrarme por la nariz hasta el estómago y al corazón, que comenzó a latir más fuerte. Intenté mantener la compostura.

-¿Te gustan?

Volví a clavar mi acusadora mirada en sus ojos. Aquel penetrante azul parecía estar ahogándome.

-¿Crees que me vas a devolver a mis hijos con un manojo de rosas? ¡Anda y que te follen!

-He cambiado, Emily. Me mandaron a un curso de rehabilitación. Soy un hombre nuevo, créeme.

Quise por un lado creerle, pero mi mente me ordenó que hiciese lo que hice. Con toda mi rabia contenida, le cerré la puerta.

Pasé dos o tres semanas siendo acosada por Robert. La verdad es que era raro volver a mi anterior rutina, aunque él no había vuelto a agredirme. ¿Sería cierto que estaba cambiando? Uno de aquellos días, en los que Robert me había dado un poco de tregua, quedé con Terry para tomar una copa en nuestro amado pub: El Templo de La Salsa. Sí, buen café, buen ambiente, pista de baile y cubalibres cargados de ron cuantos puedas desear. Para mí aquel sitio era el paraíso. Me encontré con Terry en la entrada. Me puse un vestido rojo muy provocativo, con mucho escote y abierto por la espalda, de vuelo, con zapatos de tacón negros y un bolso a juego. En cuanto me vio, Terry, con mucha amabilidad, me dijo:

-¡Qué guapa vienes hoy! ¿Eh, reina?

-No es que venga guapa, es que lo soy.-respondí, riéndome a carcajada limpia.-No, en serio, tengo que contarte algo.

Entramos en el pub. Nos sentamos en nuestra mesa habitual, estratégicamente colocada enfrente de la pista de baile, más que nada para intentar sacarlo a bailar, sin resultado. En cuanto nos sentamos vino José, el camarero, a atendernos.

-Ola señorita.-dijo, tan dicharachero como siempre.- ¿Qué van a tomar?

-Un par de cubalibres alegres y burbujeantes, José.-respondí.- Y esta vez invito yo.

-A sus órdenes, señorita.

Dicho eso se marchó. Terry me miró extrañado mientras yo sacaba un pitillo del bolso.

-¡Coño, Emily! ¡Hoy estás que te sales!

-Ji, ji.-me reí nerviosa, no sabía cómo decírselo. Encendí el cigarrillo y aspiré fuerte. Mi semblante se tornó serio- Es que, verás, Robert… Ha salido de la cárcel. El otro día quedamos en vernos, y hablar, y… bueno… nos acostamos.

-¿Os acostasteis?-noté entonces enfado y preocupación en su voz.- ¿Cómo pudiste…? ¡Ese tío te amargó la vida, Emily! ¿No te detuviste a pensar en si volvería a hacerte daño?

-¡Yo no quería, Terry, fue un puto error! ¡Además, él ha cambiado! ¡No volverá a hacerme daño!

Esta vez la que de puso nerviosa fui yo. Me puse a gritar allí, como si me fuese la vida en defender al capullo de Robert. ¡Lo que hace el amor! De repente, apareció José, con una bandeja portando dos cubalibres.

-Aquí tienen. Dos cubalibres alegres y burbujeantes.

Lo miré con cara de mala hostia. El pobre no tenía la culpa de mi mal humor. Ni Terry tampoco, sé que solo quería protegerme, como siempre. Pero desgraciadamente mis sentimientos hacia Robert eran indomables.

-Ah, gracias, José.-le respondí, un poco más tranquila.

¡Bendito alcohol! Tenía muchísimas ganas de olvidarme de todo por un segundo y dejarme llevar por la noche. Zanjamos el tema así y nos pasamos un buen rato bebiendo y riendo. La sonrisa de Terry era sencillamente perfecta. Yo no era capaz de apartar la mirada de ella. Y de sus ojos. Tenía unos ojos preciosos. Al cabo de un rato dejé de fijarme en Terry y mi mirada se posó en un adonis cubano que bailaba en la pista. ¡Había que verlo bailar! Su cuerpo musculoso brillaba como si estuviese recubierto de aceite. ¡Dios, vaya hombre! Entonces, vi como aquel ser perfecto y escultural me miraba. Creo que se había percatado de mi indudable atracción. En cuanto acabó la canción, se acercó a nuestra mesa. En aquel momento me creí morir. Se apoyó en mi silla, me estrechó una mano y me dijo, con un reconocible y sensual acento:

-Hola bella señorita. ¿Le importaría a su novio dejarle que me conceda un bailecito?

-¡Oh! Él… Él no es mi novio. Vamos.

Lo cogí de la mano. Al llegar a la pista me agarró muy dulcemente la cadera con una mano, sin soltar la mano que me tenía cogida. Yo apoyé la otra en su hombro y me dejé llevar. Dejé que hiciese conmigo lo que quisiera. ¡Y vaya baile! Era casi tan excitante como hacer el amor. Al acabar nos dirigimos a la mesa, pero retrasando el momento dejando que él me besase en el cuello y me susurrase cosas bonitas, como que era la mujer más guapa que había visto, y cosas por el estilo. Yo me dejé hacer, por supuesto. Estaba como una cuba.

-Baila usted maravillosamente, señorita.-me dijo.- ¿Podría preguntarle su nombre?

-Me llamo Emily. Emily Gray.

-Yo soy Eduardo Fernández. A su servicio.

Me reí. En aquel momento me reía por cualquier cosa.

-¿Viene mucho por aquí?-preguntó.

-Suelo venir la mayoría de los fines de semana.

-Yo acabo de descubrir este lugar, pero sabiendo que usted y su palomita-lo decía por el tatuaje- vienen tanto por aquí, creo que yo me pasaré a visitarlas.

-Por mí, encantada.

Entonces, y sin quererlo, llegamos a la mesa. Me percaté de que Terry nos había estado observando todo el tiempo, pero no le di importancia.

-Aquí la tiene, señor. Se la dejo tan bella como me la dejó usted a mí. O quizá más. –se volvió hacia mí y me plantó dos besos en la mejilla. No me alteré, me había estado dando besos un buen rato.- Hasta otra, señorita.

-Hasta otra, señor. Ji, ji, ji.

Hecho esto se marchó del bar. Yo embelesada viendo cómo salía por la puerta.

-¡Ay, Terry!-suspiré.- ¡Qué pedazo de macho! ¡Te lo digo ya! Me pone los pelos como escarpias. Aún acaba de irse y ya quiero volverlo a ver.

-No te pases, ¿eh?-dijo él.- Se le veía de lejos que era un donjuán.

-¡Oh, vamos! ¿Es que no sabes divertirte?

Después de eso lo que vinieron fue copa tras copa, tras copa, tras copa. Salimos del bar aproximadamente a las 5 de la madrugada (y eso que al día siguiente Terry tenía que ir a trabajar). Él había bebido bastante menos que yo, así que me sujetó para que no me cayera allí en medio de la calle, pues no podía mantenerme de pie, y llamó a un taxi. Me acompañó hasta mi casa, hasta abrió él la puerta. Menos mal que Adrien estaba con los tíos en casa de la tía Margarite, como siempre que salíamos, que si no… Terry tuvo que subirme en brazos las escaleras para llevarme a la habitación. Yo me agarré a su cuello como una lapa. Me dejó encima de la cama.

-¡Joder, Emily! ¡Cómo estás, hija!

-¿Cómo que cómo estoy? Buena, ¿verdad?

Él me miró extrañado.

-Emily, has bebido demasiado, lo mejor es que…

Antes de que pudiese terminar la frase vio como me había quitado el vestido con rapidez y estaba, lenta y sensualmente, desabrochándome el sujetador. Comencé a reír. Noté que se calentaba. Al poco tiempo, estaba con el sujetador en la mano.

-¿Eso que tienes ahí es un palo o es tu cosita que se alegra de verme?

En cuanto me di cuenta, nos estábamos besando. ¿Besando? ¿Terry? ¿Yo? Parecía impensable, y en aquel momento estaba ocurriendo. Estaba permitiendo que entrasen en contacto nuestras lenguas, nuestros labios, y que se fundiesen en un beso eterno. Me acarició. Lo acaricié. Le morí el labio. Se quitó la camisa. Le bajé el pantalón. Entonces, me acosté en la cama, completamente desnuda, ronroneando como una gata. Se situó encima de mí. El simple roce de su piel contra la mía hacía que se me acelerase el corazón, hacía que mi monte de Venus estallase como un volcán, mostrando toda la voluptuosidad que había permanecido todo este tiempo escondida para él. Escuchaba su voz jadeante, que me susurraba; no recuerdo lo que me decía, pero sí que cada vez que lo hacía notaba unas cosquillitas en el oído. Dulces escalofríos recorrían mi columna como si fuesen olas en un mar de tormenta, en la que los relámpagos eran los destellos de mis ojos. Sólo recuerdo una cosa que me dijo, sólo una:

-Emily…No debemos… Robert…

-Él no es mi padre.

Esa frase se me quedó grabada para siempre. Volví a besarlo, para que no pudiese contradecirme, para que no pudiese decir ni una sola palabra. No necesitaba hacerlo. Simplemente con sentir su respiración en mi oído, se me erizaba la piel. Envolví con mis brazos su cuello, como si fuese lo único seguro a lo que podía aferrarme en medio de aquella tempestad. Perdí la noción del tiempo y de la realidad. De repente, el rayo. El trueno. Un grito. Luego, la calma.

Pasaron horas y horas. Comencé a oír ruidos. El fregadero goteaba “Plic, plic, plic”. Las agujas del reloj se movían “Tic, tac, tic, tac”. Sentí como una punzada en las sienes. Todos aquellos ruidos hacían que mi cabeza quisiese estallar. Hasta es sonido de mi propia respiración era insoportable. Entonces abro los ojos como entre niebla, encharcada en sudor, todavía desnuda, boca abajo y sin desmaquillar. A medida que me iba incorporando iba recordando todo lo que había pasado la noche anterior, aunque estaba un poco borroso: los cubalibres burbujeantes, el donjuán de Eduardo, el polvo con Terry… ¿Un polvo con Terry? Ni siquiera me lo acababa de creer. ¿Y si todo aquello había sido un sueño? Estaba sola en la cama, así que barajé esa posibilidad. Me percaté de que encima de la mesita había una nota. “Emily” ponía. La cabeza me dolía demasiado como para pararme a pensarlo, pero estaba bastante segura de que aquella letra la había visto antes. Desdoblé la nota. Hasta el sonido que producía esta acción me daba escalofríos. Me aprendí la carta de memoria, de las veces que la leí:

“Hola Emily:

Perdón por no avisarte de que me había ido, pero me daba rabia despertarte. Por si no lo recuerdas, hoy tenía que irme a trabajar.

En cuanto a lo de la noche… No voy a mentirte, estuvo de puta madre. La verdad es que no me esperaba que fueses tan… déjalo, mejor que no me explaye, sabes de sobra cómo fue. Sólo decirte que agradecería, dado que los dos estábamos hasta las trancas, olvidarlo y que siguiéramos siendo amigos como hasta ahora. Si te parece bien.

En cuanto a lo de Robert, seré breve. Sabes que le tengo tirria a ese capullo, por todo lo que te hizo, así que a la mínima que te haga, llámame. Pero hazlo.

¡Ah! Antes de que se me olvide. Te he comprado un cruasán, que sé que te encantan, y tienes el café en la cafetera. Seguramente cuando te levantes estará frío, pero lo calientas otra vez y aquí no pasó nada. Yo también me he preparado algo, espero que no te importe, pero ya lo he limpiado todo.

Bueno, pues eso. Cualquier cosa me llamas. Un beso.

Terry.

PD: Buenos días.”

Involuntariamente mis mejillas se ruborizaron cuando leí la carta. Terry era atentísimo, siempre lo había sido. Adoraba su forma de ser. Además, cuando habíamos hecho el amor, me había tratado con muchísima delicadeza, más de la que tenían Robert e incluso Josh. Mucha más. Todavía recuerdo aquella frase que yo había dicho mientras él me tomaba, refiriéndome a Robert: “Él no es mi padre”. Su significado lo dejaba bastante claro. Nadie mandaba en mí. Ni siquiera Robert, o mi propio padre. Yo era autosuficiente, capaz de valerme por mí misma, capaz de tomar mis propias decisiones y capaz hacer con mi vida lo que yo quisiera. Ahora, ¿estaba encaminándome correctamente? Intenté no darle más vueltas al asunto y olvidar todo lo sucedido, como me había propuesto Terry, pero aquello no iba a ser olvidado tan fácilmente.

[1] ¿Te gustaría morir de amor esta noche?

miércoles, 29 de julio de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XI- La serpiente que se muerde la cola


No podía creer lo que mis ojos empapados de lágrimas estaban viendo. Era Robert. ¡Robert! El mismo Robert que había matado a mi pequeño. El mismo Robert al que odié y amé locamente al mismo tiempo. El mismo Robert que se suponía que debía estar pagando por sus pecados en una celda estaba allí, detrás de mí, sujetándome la cadera con sus fuertes manos, como solía.

-¡Hijo de la grandísima puta!-grité yo, desquiciada- ¿Qué coño haces aquí?

-Me han dado la condicional, por buena conducta. Ya ves.

-Pe…Pero… ¿A qué has venido?

-He visto la esquela de tu chico en el periódico y me dije, “¿cómo estará mi Emily?” Y aquí estoy.

-Yo no soy “tu Emily”, ¿me oyes? ¡No lo soy desde hace mucho tiempo, así que ya deberías saberlo!

-No te pongas así, corderito.-dijo, mientras intentaba acariciarme una mejilla. Le giré la cara con desprecio. Entonces, seguramente para romper el hielo, preguntó:- Ah, ¿y quién era el negrito que estaba contigo? ¿Es que le pusiste los cuernos a tu hombre? ¿Eh, guarra?

-Para tu información, el “negrito” es mi hijo, sí, pero es adoptado. Y tanto él como yo agradeceríamos que te fueras cagando hostias y desaparecieras de una vez de mi vida.

En ese momento, la voz de Robert, embargada hasta entonces con una sensualidad desmedida, se convirtió en un estruendo lleno de ira.

-¡Escucha!-gritó, arrimando su rostro arrogante a mi cara, que palidecía cada vez más, pero sin abandonar mi actitud desafiante.- ¡Todo el tiempo que estuve en la cárcel te tuve aquí clavada como si fueses una puta espina!-afirmó mientras señalaba su frente con la mano que tenía tatuado KILL.- ¡Pero claro! ¡No te importa una mierda lo que yo haya sufrido! ¡¡No te importa!!

Comencé a temblar. Temí que la furia de Robert se descargara en mí. Es más, temí que me pasase lo mismo que a Jimmy. Procurando no parecer asustada, le contesté, intentando hacerme oír por encima de los latidos de mi corazón:

-Robert, es mejor que hablemos en otro momento.

-¿¡En otro momento!? ¡¡ ¿En otro momento?!!

Entonces ambos escuchamos ruidos procedentes del cementerio. La gente ya comenzaba a irse. Robert, al ver esto, calló un instante y añadió, disponiéndose a marcharse y mirándome con desprecio:

-Tienes razón, ya hablaremos.

Contemplé cómo se alejaba, cómo se perdía en la lejanía, cómo mi horrible pasado volvía a perseguirme cual alma en pena. De repente, noto que me tocan en un hombro. Me sobresalto y miro hacia atrás asustada. Era Terry.

-Emily, ¿te encuentras bien?-dijo.- Estás…

Señaló mi nariz. La palpé. Estaba sangrando a mares. Lo cual, y creo no haberlo dicho, era muy común en mí. A veces, cuando me ponía muy nerviosa, o me asustaba mucho, o algo por el estilo comenzaba a sangrar por la nariz, y, en ocasiones, sin darme cuenta. Todavía no sé por qué. Simplemente, nunca lo supe. Aprendí a convivir con ello.

-No te preocupes, Terry.-sentencié, con las manos encharcadas de sangre.- Me pasa a menudo, lo sabes.

Me agarró una muñeca, sin llegar a hacerme daño. La sangre que emanaba de mi nariz salpicó sus manos cual si fuesen lágrimas, o gotitas de lluvia. Nos miramos. Estaba pálido. Hice que me soltase para poder limpiarme con un pañuelo, más que nada porque Adrien venía hacia nosotros. Aunque, por mucho que me limpiase, mi camisa seguía encharcada.

-Mamá, ¿qué te ha pasado?-preguntó Adrien sobresaltado.

-Nada, cariño, nada. Nada importante.

En ese momento, me giré hacia Terry y le dije:

-Adrien y yo nos vamos a casa. Estoy muy cansada.

No me lo impidió. Nos dimos dos besos y dejó que me marchara, cogiendo a Adrien de la mano y ansiando marcharme de aquel lugar.

Por la noche no pegué ojo. Hasta llegué a pensar si estaría loca y la visión de Robert había sido producto de mi imaginación, pero no. Era angustiosa y dolorosamente real. Temí que viniera para vengarse de mí. Tuve miedo de que pudiese hacerle daño a Adrien. Si lo hiciese, no me lo perdonaría jamás. Dos muertes son demasiadas.

Al día siguiente, que era un domingo, me dispuse a hacer la compra mientras Adrien seguía dormido. Hacía bastante calor, por lo que me puse una camiseta muy escotada y unos pantalones vaqueros. En el supermercado todavía hacía más bochorno, por lo que estar allí se hacía insoportable. De repente, mientras estaba cogiendo unas naranjas, oigo una voz detrás de mí.

-Corderito.

Me sobresalté. Tal fue el sobresalto que las naranjas resbalaron de mis manos como si fuesen peces. Me di la vuelta, sabiendo perfectamente con quién me iba a encontrar.

-¿Qué haces aquí, Robert?-dije, recogiendo las naranjas del suelo.- ¿Por qué coño me persigues?

-Dijiste que hablaríamos en otro momento. Este ya es otro momento.

-¡También te he dicho que quiero que nos dejes vivir en paz! ¡Pero eso te lo pasaste por el forro de los cojones! ¿Eh?

Me puse nerviosa, muy nerviosa. Mi tono de voz se endureció, quizás demasiado. ¡Pero es que no podía ser menos! Entonces, Robert dijo, enfurecido y a punto de pegarme:

-¡A mí no me levanta la voz ni Jesucristo! ¿Oíste?

Lo agarré por la muñeca, intentando que no me hiciese daño, con expresión seria, aunque por dentro estaba muerta de miedo.

-¡No me levantes la mano, Robert, no me la levantes! Sabes que con una sola palabra puedo volver a meterte en la trena.

Bajó el brazo y lo dejó caer a lo largo de su cuerpo. Entonces, se echó las manos a la cabeza y dijo, en voz baja y seguramente intentando que me compadeciese de él:

-¿Pero qué estoy haciendo? No puedo creer que estuviese a punto de… ¡Virgen Santa!

Desgraciadamente lo consiguió. Consiguió ablandarme el corazón, como siempre. Es más, estuve a punto de echarme a llorar. Por mucho que me doliese admitirlo, lo había pensado muchísimo en él y lo había echado de menos más de lo que desearía. Entonces, lo acaricié, en un acto prácticamente involuntario, y le dije, con voz dulce, haciendo que cumpliese su propósito:

-Si quieres hablar, Robert, nos vemos mañana a las 9 de la noche en el bar que hay enfrente de mi oficina. ¿Te parece?

Robert levantó la cabeza y me miró. Sabía perfectamente que yo reaccionaría de ese modo.

-¿No me estás engañando?-preguntó con recelo.

-¿Cuándo te he engañado yo a ti?-respondí fríamente.

Acto seguido él se marchó, dejándome a mí en medio del supermercado inmóvil como una estatua de sal. No podía creer lo que acababa de hacer. Robert y yo habíamos quedado. ¡Quedado! Y eso que me había jurado mil y una veces que no volvería a dirigirle la palabra, ni siquiera a verlo delante. Pero Robert sabía tocarme en el corazón, y eso le daba plena libertad a decidir sobre mis acciones. Había estado maldiciendo su nombre durante años, pero aún así sabía que me tendría a sus pies como una perra con una sola palabra de su boca.

En cuanto volví en mí, cogí las naranjas y fui a pagar todo. Salí del supermercado como una autómata. Decidí ir a la tienda donde me habían hecho el tatuaje. Todo lo que había pasado con Josh se merecía un puñal más.

Aquel día transcurrió sin más incidentes, eso sí, fue el único domingo que faltaba a misa. Recibí una llamada de tita Margarite. La pobre estaba hecha un manojo de nervios. Y “¿cómo estás, cariño?”, “¿Te encuentras bien?” “¿Quieres que vaya a ayudarte?” Apuesto a que tenía miedo de que lo del intento de suicidio volviese a ocurrir. Pero no, todavía recuerdo lo que me había dicho Josh, lo de que era un acto muy egoísta. Es verdad, lo era. Si muriera, tita Margarite moriría conmigo. No conviene darle esos disgustos, a su edad y con la salud de pajarillo que tiene.

También me llamó Terry por la tarde. Al igual que la tita, me preguntaba qué tal estaba y si necesitaba algo, a lo que yo siempre contestaba que “no, gracias”. Hablamos bastante rato, eso sí, no le mencioné el tema de Robert. Terry lo tenía enfilado desde que me había hecho aquello, y lo mataría si supiese que le dije que sí a su proposición de quedar. La verdad es que le agradecí muchísimo lo que estaba haciendo por mí. Siempre había sido un buen amigo, pero había que tener mucha paciencia para aguantarme en temporadas bajas. O bien discutía con todo aquel que se me cruzaba por delante, o bien dejaba que me ahogase en mi propia mierda. Y siempre con la voz de mi padre de fondo: “sólo sirves para limpiar y parir”, “sólo sirves para limpiar y parir”, “sólo sirves para limpiar y parir”, “sólo sirves para limpiar y parir”.

Al día siguiente fui al trabajo, como era normal. Trabajar por la mañana, comer con Adrien, llevarlo al colegio otra vez y ¡guardia! Otra vez al trabajo. Ese día sí que estaba deseando que acabase, más que nada para poder ver a Robert, arreglarlo todo de una vez y poder llevar por fin una vida medianamente tranquila. Llené el suelo de colillas, con lo nerviosa que estaba (por aquel entonces, todavía se podía fumar en las oficinas, aunque no por mucho tiempo). Después de mucho esperar, por fin llegó la hora de salida. ¡Oh, benditas 9:00! Salí de la oficina disparada. Al llegar al bar comencé a inquietarme. No sabía con quién me encontraría, con el “Robert bueno” o con el “Robert malo”. Llegué a dudar hasta de si saldría viva de allí. Agarré la manilla con fuerza, respiré hondo, cerré los ojos fuertemente y abrí la puerta de un golpe. Y allí estaba, de espaldas, apoyado en la barra con una cerveza en la mano. Típico de él. Me quedé parada en la puerta, inmóvil, sintiendo cómo me golpeaba el corazón en las sienes hasta llegar a hacerme doler la cabeza, hasta que Robert optó por girar la cabeza.

-Em, cielo.-dijo- Llegas justo a tiempo. Ven, acércate, que no te voy a comer.

Lo hice, aferrándome al bolso. Me situé enfrente de él. Aunque intenté apartar la mirada, los ojos de Robert eran los más bonitos que había visto nunca, y me miraban con tanta dulzura que creí que iba a morirme.

-¿Quieres tomar algo?-preguntó.

-N...no. No, gracias.

-Vamos al grano, Em.-dijo entonces, acariciándome la mejilla con la mano que ponía KISS.- Eres lo que más quiero en este mundo, y no estoy dispuesto a perderte otra vez.

Me dejé llevar. Esta vez no le aparté la mano, es más, dejé que me acariciase con total libertad. Noté que se me ponía la piel de gallina. No de miedo, sino de placer. Robert sabía dónde y cómo tocarme para que me volviese loca.

-Necesito oír de tus labios que tú también me quieres. Hace tanto que no lo escucho… Con un te quiero tuyo sería feliz.

Simple palabrería careciente de sentido. Simples frases sacadas de un poemario malo y barato. Aún así, no pude apartar mi vista de él, de aquellos ojos, que aquellos labios… Me di cuenta de que estaba perdiendo el control, por lo que me apresuré en decirle:

-R… Robert… Tengo que ir al baño. No me encuentro bien.

Me soltó. Entonces pude apresurarme a meterme en el baño de señoras. Cerré la puerta de un portazo. Me dirigí al lavabo y me humedecí la nuca. La verdad es que no me esperaba que su reacción me afectase tanto. Me miré al espejo. Gotas de sudor frío se deslizaban por mi pálida frente. Estaba consiguiendo lo que quería, le estaba cumpliendo el gusto de verme enamorada otra vez de él.

-¿Qué estás haciendo, Emily?-susurré, hablándole a mi reflejo.- ¿Quieres sufrir otra vez como una perra? No puedes volver a caer en sus redes.

De repente oigo que la puerta se cierra. En el espejo veo reflejada a una persona, Robert. Pensé que no se le pasaría por la cabeza entrar, pero estaba claro a lo que venía. ¿Para qué luchar? Josh había muerto. Mi madre, también. No había nadie que me obligase a ir por el camino del bien. El impulso era abrumador e irrefrenable. Me agarró por la cintura. Intenté separarlo interponiendo mis manos entre su pecho y el mío, pero no dio resultado. Comenzó a besarme el cuello dulcemente, sólo como él sabía, haciendo que los latidos de mi corazón triplicasen su velocidad. Lo agarré del pelo muy fuerte. Entonces me arrimó al lavabo y comenzó a subirme la falda. Yo le quité la camisa, sin hacer ningún esfuerzo por intentar dominar mis impulsos. Observé que Robert tenía un tatuaje en el pecho. Una serpiente del color de la sangre, enorme, en actitud amenazante. Sí, la paloma ha dejado de luchar y se ha dejado seducir por los encantos de una serpiente, sin tener miedo a que la pique y pueda matarla. La paloma es demasiado orgullosa como para dejarse amedrentar, pero lo suficientemente frágil como para tener que temer por su vida. Esta vez, Robert sacó un preservativo, lo vi con mis propios ojos. Entonces, comenzó lo fuerte. La verdad es que nunca me había excitado tanto. Seguramente sería por el morbo de hacerlo en el baño de un bar, sabiendo que pueden abrir la puerta y descubrirte en pleno acto. Mis poros se erizaron. Esta vez ya no sentí dolor, ni tampoco sentí amor, como con Josh, sino placer. Simple placer, lujuria, desenfreno. De repente, Robert, viendo cómo disfrutaba con la situación, me dijo:

-¡Dime que me amas!

No contesté. No era capaz de coordinar mi respiración para poder hablar.

-¡Dilo!-gritó.

Tuve miedo de que nos oyeran, pero, ignorando el eminente peligro, le dije, gritando todo lo que pude:

-¡Te amo!

-¡Más!

-¡Te amo!

-¡Más! ¡Ya llego!

-Te… Te… ¡Te amo, Robert!

El orgasmo fue cuanto menos intenso, y me pilló, por primera vez en mi vida, hablando, en mitad de una frase. Bajé la falda y me abroché la camisa lo más rápido que pude. Mientras Robert se subía los pantalones, me dijo:

-Estuvo de puta madre, ¿eh? Nunca te había visto tan fogosa.

-Lo mismo digo.

-Tenía ganas de verte, Em. Tú eres la que me inspira.

-¿Por inspirar quieres decir que te la levanto?

Ahora comencé a hablar con mucha más serenidad, pero él volvió a abrazarme por detrás, haciendo que volviesen a ponérseme los pelos de punta.

-Daría lo que fuese por que volviésemos a comenzar de nuevo.-me susurró al oído.

Mis labios esbozaron una sonrisa. Adoraba sentir su aliento en mi nuca.

-Pero… Adrien…-titubeé.

-Em, he estado tres años en la cárcel. Soy un hombre nuevo. Ya he pagado por mis pecados y quiero comenzar una nueva vida… A tu lado.

Lo miré de reojo. Sentí que lo que yo dijera ahora iba a sellar mi destino para siempre. ¿Debería darle una segunda oportunidad? ¿Se la merecía? No pensé mucho en lo que dije, pero le contesté, con voz muy dulce:

-Confiaré en ti.

Robert sonrió. Sabía que iba a responder eso. Yo hasta me sorprendí. Creí que no sería capaz de decirle eso al canalla que me había traicionado y que había jugado con la vida de mis pequeños, de mis hijos, de la sangre de mi sangre. ¿Cómo se puede confiar en alguien así? Cuando se está enamorada, se confía hasta en el mismísimo Diablo. Salimos del baño, sin reparar en las miradas acusadoras del tabernero y los otros clientes, y me fui a casa, o de lo contrario perdería el autobús. Sola, pues Robert quería terminar la cerveza.

-Un besito de despedida.-dijo, señalando sus labios.
Lo besé. Fue un beso fugaz pero intenso. Acto seguido, me marché. En el camino a casa pensé mucho en lo que había hecho. Me había dejado llevar por el deseo. Por el corazón en vez de por la razón. Debería guiarme menos por el corazón, pero no pude evitarlo. No me podía creer lo que estaba pasando. ¿Volver con Robert? ¿Arriesgarme a sufrir? ¿Arriesgarme a que le pasase algo a Adrien? El final se convertía en el comienzo. La serpiente que se muerde la cola. Nacer y morir en el mismo lugar. Intenté convencerme de que esta vez todo iría bien y me resigné a afrontar mi destino

lunes, 27 de julio de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo X- Tela de mentiras


Pasaron los años como si fuesen las hojas que caen caprichosamente de un árbol agonizante. Tiempos de prosperidad y felicidad de los que ya escasean. A Josh y a mí nos iba fenomenal en el trabajo. Adrien ya se había convertido en un apuesto jovencito de 12 años que sacaba nueves y dieces como panes. Terry había dejado su puto trabajo de empleado de gasolinera que tantos disgustos y depresiones le había causado y se había metido a mecánico, que era su el trabajo que siempre había querido, en cuanto me lo contó nos fuimos de copas, aquella noche bebí como un murciélago y fumé como un tren de vapor, lo reconozco. A mis 23 añitos pensaba que nada podía irme mejor. Esas eran las vacas gordas.

Pero a las vacas gordas le llegan las flacas. Tiempos difíciles que no paraban de abrumarme. Todo comenzó un día de febrero. Josh me había dicho el día anterior que no se encontraba muy bien y pidió cita para ir al médico. Se la dieron enseguida, seguramente les había insistido mucho. A las seis y media de la tarde cogió carretera. Me pasé la tarde mirando el reloj para ver cuánto tardaba. No es que estuviese excesivamente preocupada, la verdad, pero soy bastante impaciente, y más con eso de las visitas al médico, que me traen por el camino de la amargura.

Josh llegó aproximadamente a las ocho. Yo estaba limpiando la cocina y Adrien veía la televisión como merecido descanso. Abrió la puerta sin hacer ruido y se metió en la cocina. Por la cara que puso me figuré que no esperaba encontrarme allí.

-Hola cariño.-le dije.- ¿Qué tal en el médico?

Tardó en contestar. Se le veía nervioso, mucho más de lo que está alguien que sale de hacer una revisión.

-Bien.-respondió, titubeante.

-Entonces no hay ningún problema, ¿no?

-No, estoy bien.

-Me alegro. Que, oye, cuando me dijiste ayer por la noche que te dolía el pecho me puse mala. Pero bueno, todo se ha quedado en un susto.

Sí, eso era lo que me había dicho. Cuando lo oí, palidecí. Contando que el hermano de mi madre, mi tío Agnus, murió de un rollo de esos. Yo tenía 2 años, así que no tengo ningún recuerdo de él, pero vamos, que son cosas que intimidan lo suyo.

Entonces, sin pensarlo demasiado, me acerqué a Josh sensualmente. Me agarré a su cuello y le dije, en voz baja para que no me oyese nuestro hijo:

-¿Qué te parece si nos metemos en la habitación y lo celebramos?

Se puso colorado, lo vi enseguida. No parecía estar muy a gusto. Incluso me atrevería a decir que le incomodaba la situación.

-Está Adrien en casa, Emily.-dijo- Mejor que no.

La voz le temblaba. Lo miré a los ojos. Lo calenté pero bien, eso se notaba. Aún así, no lo forcé:

-Está bien. Ya lo haremos en otro momento.

Él no añadió nada más y se fue. Se pasó varios días hablándonos a Adrien y a mí lo mínimo. Cuando le preguntaba si le pasaba algo, siempre me respondía que no con voz triste y apartando su mirada de la mía. Llegué a pensar si había hecho algo que le incomodase. Quizás no veía con los mismos buenos ojos mi relación con Terry. O cualquier cosa. Comencé a deprimirme. No dejaba de pensar en qué estaba haciendo mal para que Josh me tratase así. Bueno, a mí y a Adrien, que no sé qué habría hecho el pobre. Había días en los que intentaba presionarlo para que volviese a ser el de antes, pero en cambio en otros intentaba incluso esquivarlo. Sentía como si entre nosotros hubiese una barrera infranqueable, que según iban pasando los días, las horas, las semanas, se iba engrosando y aumentado de tamaño.

Hasta un viernes, día 13, creo. Era por la noche. Como de costumbre, habíamos cenado todos juntos, había ido a ducharme, a mirar cómo estaba Adrien y a la cama. Me quedé dormida enseguida gracias a la ducha, que me había atontado un poco. Se hizo tarde. Toda la casa dormía. Me sentí levantar de la cama, en el aire, y volver a acostar. Luego, oía ruidos. Ruidos extraños. El viento. Gritos. Gente. Ajetreo. Luego la calma. El silencio. La tranquilidad. Y otra vez el alboroto. Abrí los ojos lentamente y conseguí ver, como entre niebla, luces. Luces de colores centelleantes. Farolillos. Miré a ambos lados. Josh estaba sentado a mi lado, sostenía algo en las manos. Entonces me di cuenta y vi que no era un sueño: estábamos en un coche, los dos. Él conducía. Naturalmente, me puse nerviosa.

-Josh, ¿qué coño hacemos aquí? ¿Dónde está Adrien?

-Adrien está bien.-dijo, con voz pausada y sin separar los ojos de la carretera- Está en casa durmiendo.

-P…Pero… ¿A dónde vamos?

Guardó silencio unos instantes. Mis manos temblaban y ansiaba de veras una respuesta. Sin a penas mover los labios, contestó:

-Emily, ¿recuerdas cuando te di ese anillo?-refiriéndose al anillo que me diera cuando compráramos la casa- Esa era una señal de amor eterno. Ahora vamos a hacer que sea bien visto por el Estado.

De repente comencé a verlo claro, aunque me parecía una locura viniendo de una mente tan cuerda y sana como la de Josh: quería que nos casáramos.

-¿¡Estás loco!?-grité, desquiciada.- ¡Da la vuelta ahora mismo!

-No tenemos tiempo, cariño. Cuanto antes, mejor.

-¡Josh, da la vuelta, por amor de Dios!

No me contestó. Estaba muy serio y pálido, muchísimo más que de costumbre. Sentí verdadero miedo, ¡miedo! ¡Con Josh! Era casi impensable. De pronto, aparcamos de golpe, y vi cómo él se desabrochaba el cinturón del coche.

-Baja.-me ordenó, muy seco.

Le obedecí. Creo que más por temor a lo que pudiese hacer que a otra cosa. De repente, entre la oscuridad de la noche, distinguí un edificio grande, antiguo, sostenido por unas columnas jónicas. Arriba de todo relucía un cartel. Me di cuenta enseguida de que era el juzgado de guardia. Allí, Josh y yo rellenamos todos los impresos para que nuestro matrimonio tuviese todas las de la ley. Luego volvimos a casa en coche sin mediar palabra. En cuanto llegamos subí las escaleras como un caballo a trote, entré en la habitación de Adrien y lo besé todo lo que quise. Por suerte no se había despertado aún.

Pasaron dos o tres semanas cuando pasó algo fatídico y funesto que cambió mi vida para siempre.

No me resultaba muy difícil ser la señora Sidle. Es más, lo llevaba con bastante diplomacia y orgullo. Desde que habíamos contraído matrimonio, Josh se mostraba muchísimo más cariñoso conmigo y con Adrien, aunque seguía intentando esquivarnos. Yo sólo trabajaba por la mañana, pero aquel día estaba de guardia, así que aproximadamente a las 4 de la tarde me dispuse a irme.

-¿Quieres que te lleve, mi amor?-preguntó Josh.

-No hace falta. Cogeré el autobús de las 4 y media y estaré en la oficina a tiempo.

Miré a Josh a los ojos mientras él me agarraba por la cintura. Estaba mucho más pálido que nunca. No le di importancia, pero era sin duda una señal de lo que iba a suceder. Adrien vino también a la puerta a despedirme. Me dio un abrazo y un beso muy fuertes.

-¿A qué hora vuelves, mamá?-preguntó.

-Sobre las 10, 10 y media, o quizás más tarde. No me esperes despierto.

Erguí la cabeza y besé a Josh en la boca muy suavemente.

-Procura que Adrien haga los deberes, ¿eh?-le dije- Y tenéis para cenar un poco de arroz en la nevera. Lo calientas unos 5 minutos y ala.

-Vale.-respondió él, mirándome embelesado.

-Adiós.-les grité, antes de cruzar la calle.

-Adiós.- me contestaron casi a la vez.

Me fui, inocentemente, al trabajo. No había mucho que hacer, así que me aburría bastante. Pero de repente, a las 10 de la noche, cuando el cielo estaba ya oscuro como la boca del lobo, sonó el teléfono:

-Seguros “Casa feliz”, al habla Emily Gray. ¿Qué desea?

-M…M… ¿Mamá?

Era Adrien. Su voz temblaba y parecía estar llorando. Sentí como si me diese un vuelco al corazón.

-¡Adrien! ¡Sí, soy yo, mi amor! ¿Qué ocurre?-dije, alarmada.

-Es papá… Pap…

-¿Qué le pasa a papá?

-Está en el suelo… No se mueve…

Ahora sí que me puse nerviosa. Me temí lo peor.

-¡Adrien, llama a una ambulancia! ¡Y no te muevas de casa, que voy enseguida!

Colgué el teléfono y me puse el abrigo apresurada.

-¡Sustitúyeme! ¡Tengo que irme!-le dije a Mary, una compañera.

Salí del edificio y llamé a un taxi. Vino con rapidez. Me monté y le grité a dónde quería ir.

-¡Y rápido!-añadí.

Así lo hizo. El taxista pisó el acelerador todo lo que pudo. Yo no dejaba de morderme las uñas, que ni de fumar tuve ganas. No dejaba de darle vueltas a si Josh estaba muerto, vivo, si había sido una simple caída, o un desmayo, o algo mucho, muchísimo peor. Al llegar a casa, vi la ambulancia y el coche de policía aparcados en el césped y por lo menos tres policías haciendo guardia en la puerta. Me bajé del taxi apresurada.

-16 dólares con 75, señorita.-dijo el taxista.

Le alargué un billete de 20 dólares mientras le decía, ansiando perderlo de vista:

-¡Quédese con el cambio!

En cuanto el dueño del taxi hubo cogido el billete y se hubo marchado, corrí hacia la puerta, agarrando el bolso para que no me cayese. Antes de poder entrar, un policía me agarró por un brazo tan fuerte que consiguió hacerme daño.

-¿A dónde se cree que va, señora?-dijo, con tono autoritario y cierta prepotencia.

-¡Soy la madre del niño!-grité- ¡La mujer del hombre que… que estaba en el suelo! ¡Déjeme entrar de una puta vez!

Me soltó como con asco. Subí las escaleras a galope y vi, aterrorizada, a Adrien llorando en la puerta de la habitación. Dentro, unos sanitarios hablaban entre ellos, rodeando el cuerpo inerte y blanquecino de Josh, que tenía la camisa desabrochada, seguramente por intentar reanimarlo. Dos de los cuatro médicos que había se levantaron y salieron de la habitación. Al verme, aturdida en medio del pasillo, uno de ellos me dijo:

-Lo hemos intentado todo, pero aquí ya no hay nada que hacer. Lo siento.

Me llevé las manos a la cabeza y me agarré el pelo fuertemente. No podía creer lo que estaba oyendo.

-P…Pero… C…Cómo…-dije, tartamudeando temblorosa.

-Sufrió un infarto. Todavía esperamos hacerle la autopsia para determinar la causa exacta de la muerte.

En ese momento no había lugar a dudas, había muerto. ¡Muerto! ¡Josh! No podía creérmelo. Sentí de repente como si mi mundo se derrumbase mientras me acercaba lentamente a la habitación, donde unos sanitarios lo metían en una bolsa negra y la cerraban apresuradamente con una cremallera, sin brindarme la oportunidad de ver su rostro por última vez. Era completamente insoportable aquella sensación de impotencia que todavía recuerdo como si fuese ayer. Me acerqué a Adrien y lo abracé, con las pocas fuerzas que albergaba.

-¡Fue por mi culpa mamá!-chilló, mientras lloraba desconsolado- ¡No supe qué hacer!

-Normal que no lo supieses. Tranquilo.

Dejé que las lágrimas se deslizasen libremente por mis mejillas, sin hacer nada para impedirlo. La verdad es que esta vez había actuado con mucha más serenidad que cuando mi madre había muerto, quizás porque esta vez aquel que me consolaba ya no podría volver a hacerlo nunca más. No en esta vida.

En cuanto todos se fueron, fui a acostar a Adrien. Logré, después de estar dos horas y media sentada al borde de la cama, que quedase dormido. Lo besé en la frente y me fui al piso de abajo. No me atrevía a dormir en la misma habitación en la que mi marido había muerto hacía tan solo un par de horas. Me acosté en el sofá, tapada con una mantita de punto que había hecho mi madre una vez, y me puse a ver la televisión. La programación nocturna era una mierda. Allí me echaba a llorar como una boba cuando veía los anuncios del fútbol, que a Josh lo traía loco, o por cualquier otra gilipollez. Todavía no sé cómo conseguí quedarme dormida. Eso sí, sin pesadilla, sin sobresaltos, ¡era como el sueño de un muerto!

Me desperté alrededor de las 7 de la mañana. El teléfono comenzó a sonar, como si chillase de dolor. Lo cogí mientras me desperezaba.

-¿Sí?-dije, con voz cansada.

-Señora Sidle, han llegado los resultados de la autopsia.

Seguramente era la policía. En ese momento sí que me desperté por completo.

-¿Y?-pregunté, exaltada.

-Fue por un infarto. Padecía una enfermedad coronaria que solamente se podría curar con una costosa operación. Son todos los detalles que podemos darle.

Mi garganta no fue capaz de producir ni el más mínimo sonido. La enfermedad de Josh tenía curación, ¿por qué no me lo había dicho? ¿El coste? No habría problema: trabajaría horas extras, me quitaría de mis vicios, incluso… Incluso creo que sería capaz de darle mi propio corazón para poder salvarlo; pero no. Prefirió mantenerlo en silencio. Y el silencio tejió redes de mentiras como una viuda negra, que fueron devorando su vida lentamente. Al cabo de un rato, el señor que me atendía, que había permanecido callado todo este tiempo, dijo:

-¿Señora? ¿Se encuentra bien?

-S…Sí, sí, estoy bien.-titubeé.

-Puede decirle a los de las pompas que vengan a recoger el cuerpo a partir de las 8, ¿le parece bien?

-Sí.

-Pues por mi parte, nada más. Mi más sentido pésame y disculpe por las molestias.

-Adiós.-respondí, fríamente.

-Adiós.

Acto seguido, me dispuse a llamar a la funeraria y las pompas. Lo enterrarían esta tarde a las 6, en un ataúd negro con detalles en dorado, como el estuche de una pluma cara. Después, me senté en el sofá y me detuve a pensar, clavando los ojos en el suelo. ¿Tan poco confiaba Josh en mí como para no decirme algo tan importante como eso? Realmente nunca comprendí por qué no lo hizo. Quizás fue porque era demasiado caro, o porque no quería preocuparme. ¿Pero de verdad no se figuraría algo como esto? ¿No se paró a pensar que mi dolor sería muchísimo más insoportable desconociendo la verdad? Se me pasó por la cabeza llamar a Terry. No estaba como para tener muchas luchas internas más, así que lo hice. En cuanto le expliqué lo que pasaba, le faltó tiempo para venir disparado. Cuando llegó, le abrí la puerta y le di dos besos.

-Emily, mi más sentido pésame.-dijo, apesadumbrado.

-No hace falta que lo sientas.-respondí- Estoy hasta el coño ya de tanto pésame.

-¿Dónde está Adrien? ¿Se encuentra bien?

Me pareció un auténtico detalle que se preocupase por él.

-Está durmiendo. Aunque no sé si dormiría mucho esta noche. Perder a sus padres… ahora esto… ¡Uf, no sé!

-¿Y tú qué tal te encuentras?-preguntó, mientras me abrazaba por detrás- Dormirías algo, ¿no?

-No te creas que mucho. Dormité un poco, pero es como si nada.

-Apuesto a que todavía no has desayunado, ¿verdad?

-No es que me diese mucho tiempo.

-Te prepararé un café.

Y dicho esto, me soltó y se dirigió a la cocina. Sabía perfectamente dónde estaban las cosas y cómo funcionaban, por lo que se puso manos a la obra.

-Terry, no hace falta.-dije- De verdad, no tengo hambre.

-Pues empieza a tenerla. Déjate de tonterías, porque como te pase como la última vez…

Se refería a cuando intenté suicidarme, evidentemente. No quise decir nada más. Estaba en lo cierto, dejar de comer así era una soberana gilipollez. Yo esperé a que acabase de preparar el café de pie en la puerta de la cocina, cerrándome mi bata azul con una mano.

-Toma.-dijo Terry mientras me alargaba la taza con el café.- Pero te aviso que está ardiendo.

-¡Bah! No importa.- exclamé mientras la agarraba.

La verdad es que sí que quemaba, pero apenas sentí aquel cúmulo de calor a pesar de tener las manos congeladas. Nos sentamos los dos en el sofá.

-Terry, me siento tan miserable.-le dije, a punto de llorar.- ¡Josh no tuvo confianza en mí! ¿No me quería lo suficiente como para contarme lo del corazón? Si lo hubiese hecho, ahora…

-No te comas la cabeza, mi reina. Tendría sus razones, pero dudo que sean esas.

-Aún así, Terry-dije mientras posaba en la mesa la taza de café- y aunque te parezca raro, parece que el dolor que siento es mucho menor esta vez, aunque haya perdido a mi pilar maestro, por así decirlo.

-Es normal. Seguramente, aunque no lo quieras, estás reprimiendo parte del dolor que sientes para que Adrien no se ponga peor.

Dicho esto, tomé su cara entre mis manos y le susurré, deshaciéndome en lágrimas:

-Hablas igual que él.

Bajé las manos lentamente hacia su cuello, mientras bajaba la cabeza poco a poco y lo abracé, rompiendo a llorar. Terry me acarició la cabeza sin decir nada. Sabía que lo necesitaba. Creo que nunca había llorado tanto como allí con él en ese momento. Me fui calmando. No quería bajo ningún concepto que Adrien pudiese oírme llorar.

-El funeral es esta tarde, a las 6.-dije, levantando la cabeza con el fin de alcanzar los ojos de Terry.- ¿Vendrás?

-Pues claro que iré. No pienso dejarte sola.

Sus palabras me calentaban el corazón. Creo que en aquel momento nadie más que él podría tranquilizarme. Entre los preparativos y todo el rollo la hora del funeral llegó revoloteando como una mariposa, tiñendo de negro mi alma. Me vestí con lo mismo que llevé al funeral de mi madre, que no tenía yo muchas ganas de ponerme a elegir modelito. Adrien iba con un pantalón y unos zapatos negros, y en la camisa blanca cruzaba una corbata negra como la rúbrica de una esquela fúnebre.

Josh siempre había dicho que cuando él muriese no quería ceremonias ni aglomeraciones en su entierro, y que pasaba de las cursiladas de los funerales. Eso sí, quería enterrarse en el cementerio, al lado de su padre. Aunque él no era creyente, estaba bautizado y había hecho la confirmación de niño, por lo que estaba admitido.

El funeral dio comienzo antes de lo que yo desearía. La gente fue llegando y dándome el pésame. Eso sí, sólo los más allegados: amigos, compañeros de trabajo y algún que otro familiar con los que no tenía trato. Luego llegó la tía Margarite con los niños. Josh tenía mucho trato con ellos y lo querían un montón. Se les veía destrozados. La verdad es que ninguno de nosotros se esperaba algo como esto. Terry ya estaba allí, es más, no me había abandonado desde que había venido por la mañana a casa. La ceremonia fue tediosa y aburrida. Yo apenas escuché lo que el Padre decía y me centré en memorizar uno a uno, sin albergar ninguna emoción, todos los detalles del rostro de Josh. Me horrorizaba verlo con aquel tono blanquecino y cadavérico, muy alejado de la faz morena y curtida por el sol de la que yo me había enamorado. Estaba vestido con una camisa y pantalones negros, como si fuese la ropa de los domingos. La verdad es que es innecesario trajearlo tanto, cuando nadie volverá a verlo nunca jamás. Me estremecía pensar que hacía tan solo unas horas nuestros labios estaban en contacto uno con el otro, pudiendo sentir el calor que desprendían sus fuertes brazos; y ahora, se acabó. En cuanto los enterradores lo sumergían bajo tierra me fui despidiendo de todos nuestros momentos felices, de todos sus besos, de sus abrazos, de sus caricias, y pensando en enfrentarme a la realidad otra vez sola.

Terry no se había separado de mi lado. Realmente le agradecí su comprensión. Mientras él me cogía de una mano, seguramente para que pudiese percibir su presencia, yo envolvía a Adrien con un brazo. Todo lo que nos estaba pasando era irremediable y escapaba a nuestro control.

En cuanto Josh ya descansaba bajo tierra, la gente comenzó a rezarle responso tras responso. El ambiente comenzaba a atosigarme por lo que di media vuelta y me alejé de allí.

-¿A dónde vas?-me preguntó Terry, agarrándome de un brazo. Estaba preocupado por mí, lo sé. Lo noté en su voz.

-A fumar. Vuelvo pronto.-respondí fríamente.

Entonces me dejó ir, aunque sentí que su mirada cargada de angustia en la nuca. En la puerta del cementerio logré sacar un pitillo y fumármelo en tranquilidad, sin que la gente me mirase raro, sin que nadie me mirase con falsa compasión. Necesitaba estar en soledad, saboreando aquel puñal. Sí, la muerte de Josh se había clavado como un puñal en mi espalda. Otro puñal que la indefensa paloma tendría que sobrellevar. De repente, veo una sombra detrás de mí proyectada en el suelo. La observo sin dejar de fumar. El miedo se apodera de mí un instante. De repente, veo como dos brazos musculosos me envuelven. En los nudillos de aquellas recias manos estaban tatuadas las palabras KISS y KILL respectivamente. BESA y MATA. ¿Había alguien que fuese capaz de hacer compatibles aquellas dos palabras?

-Hola, corderito.-escucho.

Sí lo había. Me di la vuelta sobresaltada y contemplo, horrorizada, que el dueño de esos brazos, que seguía sin soltarme, era Robert.

miércoles, 22 de julio de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo IX- Reabrir mi corazón


Pasó un año de aquello. Josh y yo vivíamos felices en nuestra casita, como si fuésemos personajes de un cuento de hadas que parecía no tener fin.

Una noche, mientras yo estaba acostada, leyendo, si no me equivoco, un libro sobre nazis o no sé qué historia, y fumando un pito. Josh se sentó en una esquinita de la cama, a mi lado, y me dijo:

-Emily, tengo que hablar muy seriamente contigo.

Me alarmé. No me gustaba la expresión “hablar muy seriamente”. Casi siempre traía consigo desgracias.

-¿Qué pasa, Josh?-pregunté, preocupada, dejando el libro en la mesita de noche.

-Verás… Llevamos ya mucho tiempo juntos y… Como todo ser humano, tengo la necesidad de… Ya sabes, de crear descendencia… Ignoro si has superado lo de Jimmy y John, pero como creo que sí lo has hecho, te pregunto: Emily, ¿quieres que tengamos un hijo?

Realmente no me esperaba eso. ¿Un hijo? ¿Otro hijo? ¿Yo? Me quedé en blanco unos segundos, hasta que pude llegar a decir, titubeante:

-No… No sé si…

-Emily, serás una madre inmejorable, y lo sabes.- contradijo Josh- Que el padre no fuese el indicado, no significa que fuera culpa tuya, te lo digo siempre.

Lo pensé detenidamente. Quizás sí era hora de tener otro bebé, de empezar de cero. No sabía qué contestarle, tuve miedo. En cuanto miré los ojos de Josh, supe que tenía muchísimas gana de tener un hijo, un portador de sus genes, por lo que le dije, aunque no muy segura, mientras apagaba el pitillo en un cenicero:

-De acuerdo. Tengámoslo.

Estaba convencida de que no habría mejor padre que Josh, convencidísima. Por lo tanto, nos pusimos, como se suele decir, manos a la obra. Por primera vez en mi vida iba a tener un hijo conscientemente, es decir, sin sorpresas, sin llantos, sin angustias. Un hijo querido y esperado. En cuanto acabamos, recosté la cabeza en la almohada, invadida por el placer, mientras Josh, que estaba a mi lado, acariciaba mi vientre mientras decía:

-Ahora dejemos que la naturaleza haga lo suyo.

Sonreí. Estaba algo asustada, es decir, no era fácil pensar que iba a tener a otro niño creciendo dentro de mí, no era fácil pensar que volvería a ser madre otra vez. Recapitulé mentalmente todo lo que había hecho con mis otros hijos, para que no volviese a suceder. ¿Realmente estaba preparada para hacerlo, para reabrir mi corazón, para reabrírselo a otro niño? Me costó mucho quedarme dormida.

Durante unos meses, no dejaba de ir al médico, y siempre su respuesta a la pregunta de si iba a concebir otro hijo era un rotundo no que a Josh le taladraba las entrañas. Lo intentamos, y Dios sabe que lo intentamos varias veces, pero no había forma. Un día, me detuve a hablarlo con Josh, mientras fumaba cigarro tras cigarro con avidez.

-¡No hay forma!-repetía él una y otra vez llevándose las manos a la cabeza.- ¡No sé qué está pasando!

-Algo está yendo mal, eso fijo.-sentencié.

-¡Pero lo hemos probado todo! ¿¡Qué nos está pasando, Emily!?

-Josh, creo que lo mejor sería que fuésemos a hacer unos análisis por si acaso. Imagínate que el parto de los gemelos me ha hecho algo, no sé, o…

-O quizás el problema sea yo.-dijo entonces él, muy serio.

-Hazme caso, Josh.-le dije, acariciándole la cara.-Es lo más sensato.

Me asombró oírme hablar a mí misma sobre sensatez, yo, que siempre fui la impulsiva. Josh me miró a los ojos. Estaba a punto de llorar.

-Está bien, Emily. Por los dos.

-Por los dos.-repetí.

Así lo hicimos. Un especialista nos tomó muestras de sangre y orina. Al cabo de una semana, en la que Josh no levantó cabeza, llegaron los resultados. Mientras estábamos en la sala de espera, sentí cómo me cogía de la mano y me la apretaba hasta hacerme daño. Nunca lo había visto tan nervioso, por lo que no se lo impedí. En cuanto nos llamaron, sentí que comenzaba a temblar. El médico nos hizo sentar en las sillas que había enfrente de su escritorio y dijo, mirando detenidamente unos papeles que sostenía en las manos:

-Señorita Gray, según estas pruebas, usted no presenta ningún tipo de anomalía que le impida tener hijos. De hecho, según consta en los archivos, ha dado a luz una vez, a un pequeño llamado Jimmy, ¿me equivoco?

-No.-murmuré bajando la cabeza.

Me molestó que comenzase a tocar el tema de mis hijos. Aún así, ¿cómo iba a ocultarlo, teniéndolo tatuado en mi piel e inscrito permanentemente en lo más profundo de mi corazón? Y lo peor era que no había nombrado a John, básicamente, porque gracias a las mariconadas que había hecho Robert de venderlo y cambiar su identidad. A pesar de haber notado mi abatimiento, el médico prosiguió fríamente, todavía muy serio.

-Es perfectamente evidente que el problema es de él. Lo siento, señor Sidle, pero usted es estéril. De ninguna manera podría concebir.

Josh se quedó completamente perplejo, eso lo noté yo. Creo que no le habría hecho tanto daño ni aunque lo matase a hostias. Salimos de la consulta poco después de saberlo. Él no habló en todo el camino, pero, en cuanto llegamos a casa, se cubrió la cara con las manos y gritó:

-¡Mierda de vida!

Yo, que aún estaba en la puerta, entré y la cerré en el acto. Me acerqué a Josh por detrás y lo abracé muy fuerte.

-Josh, no te preocupes.

-¡¿Cómo no me voy a preocupar?! ¡Soy un ser inservible! ¡No podré darte un hijo!

Evidentemente, todo lo que estaba diciendo era fruto de su tristeza. Ese no parecía ser el Josh científico y calculador que se tomaba todo con filosofía, no. Estaba viendo a un Josh completamente destrozado. Entonces, lo cogí por los hombros y lo giré para que me mirase a los ojos.

-No está todo perdido.-dije- Todavía podemos tenerlos.

-¿Cómo?

-Adoptando. ¿No te das cuenta? Esos niños quieren padres que los quieran y nosotros queremos hijos a quien querer. Me encantaría hacerlo.

-No sé, Emily…-dijo, no muy convencido.

-No sabes por qué han pasado esos niños. Deben estar hartos de sufrir, y yo también lo estoy. Venga, Josh. Ayudémosles.

-Está bien.-dijo, después de estarlo pensando un buen rato, sin apartar su mirada de la mía.- Lo haremos.

Lo abracé con toda mi alma. Había estado pensando en adoptar en el coche. Eso era lo que hacían los padres que no podían tener hijos: adoptar. Esa misma noche quedé con Terry para tomar una copa en nuestro bar habitual: “El Templo de la Salsa”. Él ya estaba al tanto de todo el rollo del intento de suicidio, así que no quiso tocar el tema. Alabó mi tatuaje, eso sí, que lo acababa de descubrir, pues se veía a la perfección con el top rojo abierto por la espalda que llevaba. Estuvimos hablando horas, y, por supuesto, le conté lo de la adopción.

-Mañana iremos al orfanato “Holly Ghost” para que la asistente social nos evalúe y nos presente a los niños.-le dije, tomando de vez en cuando un trago de cubalibre o dándole una calada al pitillo.-Estoy nerviosísima. Tengo miedo de que no me lo den por el tema de Jimmy y eso.

Terry se quedó muy serio, entonces afirmó, mientras se desabrochaba algo del cuello:

-Eso no pasará.

Entonces, sostuvo en sus manos el collar que se había quitado. Era un collar con la cadena de plata. En el centro, como si fuese una espada, colgaba un diente de tiburón.

-Es mi amuleto. El diente de tiburón simboliza la fuerza. No es que crea mucho en estas cosas, pero me lo había regalado mi madre y significa mucho para mí. Me gustaría que te lo quedases.

-¿Estás loco? No, me niego. ¡Te lo ha dado tu madre, no te quitaré una cosa así!

-No me lo estás quitando, te lo estoy dando yo. Quédatelo.

Por mucho que le decía que no, Terry era mucho más insistente que yo. Acabó por cogerme de la muñeca y metérmelo en la mano.

-Toma.-reiteró.

Acabé por cogerlo. Era un colgante precioso, pero me sabía mal aceptárselo, pues era de su madre y yo sabía mejor que nadie que la echaba de menos. Aún así, me lo puse.

-Te dará suerte.-dijo.

-Muchas gracias, Terry.

-De nada.

En ese momento, sonó mi canción favorita y lo saqué a bailar. Parecía que el ritmo fluía por mis venas. Me lo pasé genial esa noche, y apuesto a que Terry también. Aún así, nos fuimos pronto del bar. Tenía que descansar.

Al día siguiente, por la mañana, Josh y yo nos encaminamos al orfanato. Yo me vestí de traje, que consistía en una falda y una chaqueta, y me recogí el pelo en una coleta. Debía estar perfecta para la entrevista. Por supuesto, en mi cuello, estaba el collar de Terry, faltaría más. Necesitaría mucha suerte para que me aceptaran.

El orfanato era grande pero parecía caerse a cachos. Estaba pintado de marrón rojizo, y tenía un enorme reloj a lo alto. En la puerta estaba la asistente social.

-Buenos días, señor Sidle.-dijo, estrechándole la mano a Josh, y luego añadió, haciendo lo mismo conmigo.-Señora Gray. ¿Les parece que comencemos con la entrevista?

-Sí, por qué no.-respondió Josh.

Entramos. Los niños estaban en el recreo. Mientras aquella mujer interrogaba a Josh mientras miraba unos informes, yo contemplaba por la ventana del despacho cómo aquellos preciosos pequeños jugaban inocentes. Me fijé en uno, en uno en concreto. Era de piel color café, con el pelo corto, ricito y negro como el petróleo. Los ojitos eran color miel, los reconocí perfectamente. Estaba en una esquinita, sentado, apartado de todos. Cuando yo era pequeña, también hacía lo mismo. Eso era una mala señal. Indicaba que algo en su vida estaba fallando. De repente, la agente social, que no había dejado de mirarme de reojo en ningún instante, nos dijo:

-Me gustaría que viesen los dibujos que han hecho los niños. Verán qué monada.

Nos llevó a varias clases, diciéndonos quién lo había pintado, cuántos años tenía y enseñándonoslo en fotos que llevaba ella en una carpeta. De repente, en un aula, vi encima de un pupitre un dibujo. No tenía firma. En él, se veía a un hombre blanco desfigurado apuñalando a una mujer negra. Abundaba el color rojo, en pinceladas hechas con golpes secos y temblorosos, llenas de miedo y angustia. No pude evitar imaginármelo, imaginar cómo aquel desalmado mataba a puñalada limpia a la mujer, indefensa. Comencé a sentirme mal. Relacioné directamente ese dibujo con el asesinato de mi madre. Me apresuré a ir al baño, corriendo y tapándome la boca.

-¡Emily!-gritó Josh en cuanto vio que huía.

Allí en el baño vomité lo que quise. Cuando volví a la clase, la agente social me miró con recelo y preguntó:

-¿Se encuentra bien, señora?

-S…Sí.-respondí, todavía temblando- Creo que el almuerzo me sentó mal.

-Entiendo…

-Y… ¿Podría decirme una cosa? -me atreví a decirle.

-Pregunte lo que quiera.

-¿Quién pintó ese dibujo?

Lo señalé con el dedo. Josh se horrorizó al verlo, aunque no tanto como yo, claro. La asistente, en cambio, se mostró muy serena.

-Ah, ¿ese? Lo pintó Adrien Meltzler. Tiene 10 años, vino el año pasado.

-Algo tuvo que pasarle para que pintara eso.-repuse.

-Pobrecillo. Es porque su padre mató a su madre y luego se suicidó, por la noche, mientras él estaba en la cama. Se despertó al oír el jaleo y, evidentemente, lo vio todo.

El corazón me golpeaba en el pecho como si no tuviese sitio. Era inevitable pensar en el trauma que tendría, casi tan grande como el de mis hermanos, o el mío. Me resultaba imposible pensar en las similitudes que tenía con él emocionalmente hablando.

-Esperen,-dijo la asistente rebuscando en su carpeta.- Creo que tengo aquí una foto suya.

Nos la enseñó. Casi me desmayo, lo puedo asegurar. Era el niño que había visto por la ventana, sin duda alguna. Estaba visto que estaba predestinada a ayudarle. En cuanto Josh y yo volvimos a casa, se lo conté.

-Josh, ese pequeño me necesita. ¡Me necesita de veras!

-Ni siquiera te fijaste en los otros chavales. Puede que nos necesiten más que él.

-Lo dudo. Por un momento llegué a sentir lo que él sintió y ver lo que él vio a través de aquella pintura. Nunca me había pasado.

-Lo relacionas con lo que te ha pasado a ti, eso es todo.

-Y justo por eso quiero a ese niño. Nunca te pido nada, Josh. Accedí a tener un hijo porque tú me lo rogaste. Lo necesito. En cuanto lo vi por primera vez volví a sentir ese instinto maternal que tuve con mis hijos biológicos.

Josh se lo pensó un rato. Comencé a ponerme muy nerviosa, tanto que hasta me vino el mono del tabaco, que lo había sabido controlar todo el día.

-De acuerdo, Emily. Tienes razón, os necesitáis uno al otro, y eso se nota. Si nos conceden el derecho a adoptarlo, lo haremos.

Lo abracé con todas mis fuerzas, mientras dejaba que las lágrimas de felicidad se deslizasen por mi rostro con total libertad. Ardía en deseos de volver a ver a Adrien y darle aquello que tan desesperadamente necesitaba: amor.

Días después nos llegó una carta. Buenas noticias, muy buenas. Nos concedieron el derecho a adopción. En cuanto lo oí de los labios de Josh, que era quien la había abierto, me harté de besar el collar de Terry una y otra vez. Luego lo llamé por teléfono para darle la noticia. También llamé a mis hermanos, que casi lloran de emoción cuando se enteraron de que iban a ser tíos por 2ª vez. Josh, Terry y yo nos fuimos de copas por la noche para celebrarlo. Lo peor fue la resaca del día siguiente, pero valió la pena.

Estuvimos varios días teniendo encuentros esporádicos con el pequeño Adrien, es decir, haciendo salidas al campo, al parque, y un largo etcétera, para conocernos mejor. Creo que le caí bien desde la primera vez que me vio, pues a los pocos días de vernos ya me llamaba “mamá” con toda naturalidad. Eso me calentaba el corazón.

Pasamos un mes así, hasta que pudimos llevárnoslo a casa. Lo encontré muy nervioso y un tanto asustado. Mientras le ayudaba a hacer la maleta me preguntaba, con aquella vocecilla de ángel:

-¿Cómo es la casa, mamá? ¿Es grande?

-Sí, cielo, es grande.-respondí- Y tiene un jardín muy bonito lleno de flores y árboles. Ya lo verás.

-¿Y tiene piso de arriba?

-Claro. En el piso de arriba están las habitaciones.

-No me gustan los pisos de arriba.-musitó.

En cuanto hubimos hecho las maletas, bajamos a la recepción, donde nos esperaba Josh jugueteando con las llaves del coche.

-Ya estamos listos.-dije, cogiendo la maleta más pesada con una mano y cogiendo a Adrien por la muñeca con la otra.

-Bueno, pues vamos al coche y nos largamos de aquí.

Así lo hicimos. En cuanto llegamos a casa, noté como Adrien se impresionaba. La miraba con ojitos ilusionados, intentando cerciorarse de que aquella casa grande y bonita era su nuevo hogar. Josh y yo lo ayudamos a instalarse en su cuarto, el que habíamos pintado y arreglado para él. Pronto se hizo de noche. Vimos una película, reímos, cenamos una pizza riquísima y luego acostamos a Adrien. Me pareció que algo lo había horrorizado en cuanto se metió en la cama, pero intenté no darle importancia. Lo arropé y Josh y yo le dimos cada uno un besito de buenas noches. Lo vi muy complacido, seguramente añoraba aquellos besos paternales llenos de ternura que seguramente sus verdaderos padres le habrían dado.

Josh y yo nos fuimos a la cama un poco más tarde. Él estaba cansado y un poco deprimido porque al día siguiente tendría que ir a trabajar. Yo me quedé dormida enseguida, pues estaba agotadísima. Pero aproximadamente a la una de la madrugada, sentí como si golpeasen mi hombro muy despacio.

-Mamá…

Era la voz de Adrien. Abrí los ojos lentamente y giré la cabeza. Efectivamente, el pequeño estaba allí de pie detrás de mí, muerto de miedo.

-¿Te pasa algo, cielo?-murmuré.

-¿Puedo dormir contigo?

-Claro que sí. Acuéstate aquí.

Le hice un sitio en la esquina de la cama. Me giré para estar enfrente de él y poder mirarle a los ojos. Estaba a punto de llorar.

-Es normal que estés algo asustado.-le dije, acariciándole el pelo- Es tu primera noche aquí, pero ya verás como mañana estás mucho mejor.

Él permanecía a mi lado sin inmutarse. Miraba a Josh, me miraba a mí y sentía como temblaba entre mis dedos.

-Tengo miedo porque si me duermo pasan cosas malas.-murmuró.

Entonces lo comprendí. Cuando había pasado el desafortunado incidente de sus padres, él estaba dormido. Me estremeció la simple idea de que Josh pudiese hacerme algo semejante. Es más, desde que mi madre murió me pregunto por qué algunos maridos hacen eso, ¿por qué acceden a dar el “sí quiero” si se va a convertir en un “no te quiero”? La imagen que más se repetía en mi adolescencia resurgía en mi mente arrasando todo buen pensamiento a su paso. Lo peor es que mi padre no solo pegaba a mi madre, si no que nos tiene pegado a mis hermanos y a mí; alguna vez tengo estado en el suelo encharcada de sangre retorciéndome de dolor. Si nos odiaba, si de verdad nos odiaba tanto, que nos hubiese dejado en paz y que se hubiese ido. Pero bueno, dejémoslo estar. Ya no tengo por qué pensar en él.

Observaba cómo Adrien me miraba con aquellos ojos repletos de terror. Me acerqué un poquito más a él, llegando a sentir su agitada respiración, y le dije, en voz baja y con mucha ternura:

-No va a pasarme nada malo, cielo. No vas a pasar otra vez por ese calvario. Yo te protegeré.

Mis palabras debieron tranquilizarse, pues se quedó dormido al poco rato. Miré a Josh de reojo. Era completamente imposible que él llegase a hacerme eso. Era incapaz. Intenté dejar de comerme la cabeza con mis oscuros pensamientos y cerré los ojos. Ahora era yo la que temblaba. No sé cómo fue el quedarme dormida.