viernes, 14 de agosto de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XIII- Saluda a tu princesa

Pasaron unas cuantas semanas desde aquello. Todo iba bastante bien: Terry y yo seguíamos siendo amigos sin derecho a roce y Robert todavía no sabía nada de mi inconsciente engaño. ¡Ah! Y celebré mi 24 cumpleaños. No vale la pena contarlo, pues no fue nada especial. Estaba bastante feliz en aquella época, pero llegó un día en el que todo cambió.

Era por la tarde. Estaba dándome una ducha, pues hacía calor y necesitaba refrescarme un poco. Oí voces en la casa, pero no me preocupé. Yo seguía enjabonándome el pelo como si nada. Cuando me lo estaba aclarando, noto que me agarran por la cintura. Me sobresalté. Tenía champú en los ojos, así que no podía ver quién era. Eso hacía que me pusiese todavía más nerviosa si cabe.

-Hola, palomita.-oigo detrás de mí.

Ya más tranquila y sin jabón que me impidiese ver, me di cuenta de que era Robert, desnudo, dentro de la ducha.

-¿Pero qué haces, Robert?-le dije, sonriendo- ¿No sabes esperar fuera?

-No, Em. Necesito tocarte.

Subió las manos rápidamente hasta mis pechos, haciéndome cosquillas. Yo no dejaba de reír. Aunque era una grosería, sentía un placer y morbo extraños al experimentar esa situación.

-Necesito tocar tus pechos.-e iba bajando las manos lentamente.- Tu cinturita de avispa. Tu caderita. Tu barriguita plana…

Entonces me abrazó por detrás, apretándome la barriga. No ejercía mucha presión, pero comencé a sentir un dolor insoportable. Cerré los ojos muy fuerte. Intenté que no se enterase. No debía enterarse. Pero tuve mucho miedo. Le agarré las manos con fuerza e intenté que me soltase.

-No dejaré que te escapes de mis garras.-dijo él, todavía de broma.

-¡Suéltame, Robert, por amor del Cielo!

Se dio cuenta de mi preocupación y así lo hizo. Salí de la ducha apresurada, presa del pánico. Robert cerró el agua y salió detrás de mí. Me cubrí el cuerpo con una toalla, anudada en forma de vestido, y me acaricié el vientre muy suavemente.

-Em, ¿qué te pasa? Creo que no te apreté demasiado.

-No, ya, pero… ¡Joder! ¡Podrías haberle hecho daño!

Dicho esto, me tapé la boca con las manos. ¡”Haberle”! ¡No debía haber dicho eso! Pensé que quizás Robert no se había dado cuenta, pero me equivocaba.

-¿Haberle?-dijo con recelo acercándose a mí, que seguía de espaldas a él.- ¿Haberle hecho daño a quién?

-A… A…

No era capaz de articular palabra. Entonces noté que Robert se ponía nervioso.

-¿¡A quién!?

Sin apartar las manos de mi barriga, más que nada por miedo a su posible reacción, le dije, aún sin darme la vuelta.

-Robert, esta mañana he ido al médico. Me ha dicho que estoy… Que estoy… Embarazada.

Creo que nada le habría sorprendido más que eso. Me di cuenta de que su nerviosismo se había transformado en ira desmedida al oír la palabra “embarazada” otra vez de mi boca. Lo miré de reojo. Tenía los puños apoyados en el lavabo y miraba para abajo, conteniendo su rabia. De pronto, golpeó el lavabo sin previo aviso, con el puño tatuado con KILL, haciendo que mi corazón se acelerase. Sentí verdadero terror de que pudiese pasar lo mismo que con Jimmy.

-¡Me cago en tu puta madre, Emily!-gritó.- ¡Me cago en tu puta madre! ¡Yo me puse un puto condón cada vez que lo hicimos! ¡Cada vez! ¿¡Cómo coño te has quedado preñada esta vez!? ¿¡Por obra y gracia del Espíritu Santo!?

-No…No lo sé, Robert. Quizá te olvidaste de ponerlo algún día…

-¿¡Pero es que tú no podías habérmelo dicho!? ¿¡O tomado la puta píldora!?

No dije nada. Estaba demasiado asustada. Protegí mi vientre con los brazos, por si a él se le ocurría hacer algo. Las lágrimas pugnaban por huir del centro de mis ojos, pero intenté impedírselo. De repente, y sin más previo aviso, Robert me agarró por una muñeca, aunque no logró que separase la otra del vientre, y consiguió darme la vuelta, para que me viese cara a cara con él.

-¡Contéstame!-ordenó.

-Yo no estoy en todo, Robert. Yo no ando llevando la cuenta de si te pones condón o no.

-¿¡Y ahora qué cojones hacemos!?

-El… El médico me ha dicho que estoy a tiempo de abortar.

Era cierto, me lo había dicho. Entonces Robert, quizás un poco más calmado que antes al saber esto, me dijo:

-¡Pues hazlo! ¡Haz lo correcto por una vez en tu vida!

Lo correcto. Ese era el momento en el que tenía que demostrar mi valía y escoger por mí misma, sin importarme las presiones. Ese era el momento en el que tendría que aferrarme con vehemencia a mis decisiones y no cejar por nada. Miré a Robert a los ojos y le escupí, con rabia:

-Entonces está decidido. No abortaré.

Esto le sentó como una patada en el estómago. Volvió a agarrarme con fuerza y a hablarme con tono autoritario y amenazante. Su voz sonaba desagradablemente estentórea.

-¿¡Qué!?-preguntó, sorprendido por mi respuesta.

-Sí, Robert. Voy a hacer lo correcto por una vez en mi vida, por eso voy a tenerlo, te guste o no.

-¿¡Pero cómo te atreves!?

-¡Mi hijo es mío! ¡Y voy a hacer con él lo que me salga del coño! ¡Que para algo voy a parirlo y a cuidarlo!

-¡Emily, piensa bien lo que haces! ¡O ese saco de huesos que todavía no ha nacido o yo! ¡Tú eliges!

Me quedé callada un instante. ¿Estaba dispuesta a renunciar a una vida de felicidad, amor y excesos con Robert, el hombre de mis sueños? Pues sí.

-No voy a abortar porque tú me lo ordenes. No voy a arrancarme de las entrañas algo que es mío y que llevo dentro de mí. O aún diría más, no voy a dejar que me arrebates otro hijo. Vete si no estás contento, no te lo voy a impedir, pero no sacrificaré al fruto de mi vientre sólo porque a ti te salga de la punta de la polla.

No era capaz de creer ni yo misma que todo aquello estuviese saliendo de mi boca. Me sentí fuerte, al haberle dicho a Robert de una vez por todas lo despreciable que era.

-¡Está bien! ¡Haz lo que quieras!-gritó fuera de sí, mientras se ponía el pantalón y se disponía para irse, con la camiseta en la mano.- ¡Tú si que no has cambiado! ¡Sigues siendo la misma puta insolente de siempre!

Me inquietó por un instante oír de los labios de Robert la misma expresión que había dicho mi padre anteriormente. Aún así, le contesté lo mismo que a este en dicha ocasión:

-Todo el que se enfrenta a ti lo es, ¿o no?

Me miró con rencor, aunque se fue sin añadir nada más. A mi parecer hizo bien; ya había abierto demasiado la boca. En ese momento llegó Adrien al baño, sorprendiéndome simplemente cubierta por la toalla. Aún así, omitió ese detalle.

-¿Estás bien, mamá?-preguntó con patente preocupación.- ¿Te hizo daño?

-No, cielo.-respondí.- No te preocupes.

No, ya nunca más me volvería a hacer daño. Había exorcizado al demonio que habitaba en el interior de Robert de esta casa. Ya nunca más volvería a verlo o saber nada de él. Hubo una temporada, a lo largo de mi embarazo, en la que llegué a echarlo de menos. ¡Fíjate cómo es el ser humano! Nuestra mente se engancha a una persona, tal si fuese una droga, por mucho que nos haya menospreciado, dañado o apocado. Eliminar esa droga del cuerpo no es fácil, pero se logra superar. O sustituir por otra droga todavía más potente.

Recuerdo que un día, estando yo de 4 o 5 meses, mis hermanas vinieron a visitarme. Eran ya dos pollitas de dieciocho y diecinueve años, cursando ambas Empresariales y con una educación, posterior a la muerte de mi madre, exquisita. Yo estaba en casa, agotada, con dolor de cabeza y ganas de desmayarme o poder dormir tranquila un rato. Mis hermanas iban vestidas con sus pantalones vaqueros y sus camisetas provocativas, mientras yo me conformaba con mi pijamita y mi batita azul, que por lo menos no pasaba frío. Les había preparado unos cafés. Mientras los tomábamos, sentadas en el sofá, charlábamos. Después de hablar de qué tal les iban los estudios, si Thomas y la tita estaban bien, si ligaban mucho, y chorradas por el estilo, salió a la luz el tema de mi embarazo. A Liza le faltó tiempo para apoyar la cabeza en mi vientre, por si sentía al bebé dar pataditas y tal. Le hacía mucha ilusión.

-Joer, chica.-dijo Lorelay.- Tener un hijo debe ser lo más precioso del mundo.

-No te creas.-respondí.- A vuestra edad tener un hijo no es nada “precioso”. Siempre que tengáis relaciones, usad condón; si no os acordáis, tomad la píldora del día después; y si tampoco os acordáis tampoco, abortad. Lo digo por experiencia.

-¿Y por qué tú no abortaste?-preguntó otra vez Lorelay.

-No pude. Ya estaba en un estado de gestación bastante avanzado.

-¿Ahora con este te lo has planteado?

-La verdad es que sí, pero decidí tenerlo. Estoy preparada.

Cogí un pitillo del bolsillo de la bata y me apresuré en encenderlo. No le había mencionado a nadie lo de Robert. El único que sabía algo del asunto era Terry, que le había contado que había roto con él, aunque no entré en detalles. Lo único que quería era arrancarme de la mente el recuerdo de Robert. En cuanto mis hermanas percibieron el olor del pitillo me miraron con ojos asesinos.

-¿Pero qué haces, tonta?-dijo Liza, sin levantar más que su mirada.- ¿No ves que puedes hacerle daño al bebé?

-¡Oye, que he reducido mi cajetilla diaria a un pitillo!-respondí, desquiciada. Reducir tanto mi dosis de nicotina me hacía ponerme agresiva.- además, un cigarrito no lo va a matar.
-¿Y ya sabes cómo lo vas a llamar?-preguntó Lorelay.

-Todavía no. Tengo que pensarlo.

-¡Si es un niño ponle Bryan, que es un nombre precioso!-dijo Liza.

-¡Cállate la boca, sapo!-le conminó Lorelay- ¡Ya le pondrá ella el nombre que le dé la gana!

En ese momento, sentí cómo el bebé daba una patada con ahínco contra mi vientre. Sentí un escalofrío.”Ya empezamos” gruñí. Y no era para menos, a veces se pasaba así la noche, y por consiguiente, yo no podía pegar ojo. Liza, en cuanto lo percibió, gritó:

-¡Ostiá! ¡Ha dado una patadita! ¡Ha dado una patadita!

-¿De verdad? ¡A ver!

Entonces Lorelay apoyó su mano en mi barriga, esperando ambas emocionadas a que el bebé volviese a moverse.

-Voy a tener que cobrar entrada.-murmuré.

La verdad es que no me molestaba. Aún diría más, me alegré de que cuidasen tanto de él y que lo quisiesen antes de haber nacido. Su actitud me calentaba el corazón.

Pasaron meses y meses en los que fui llevando mi embarazo con filosofía y muchísima más felicidad y apoyo que con el primero. Esta vez, la gente que me conocía no me miraba mal por la calle. Esta vez ya ni siquiera estaba preocupada por el “qué dirán”. Esta vez ya no estaba dominada por un amor superior a mis fuerzas. Esta vez ya no tenía que andar con la cabeza baja por haber permitido que me preñasen, no. Todo aquello me había encallecido. Anduve con la cabeza bien alta y orgullosa de tener un hijo mío y de nadie más. Adrien me ayudó mucho durante mi embarazo, tengo que reconocerlo. El nene de la casa se había convertido en un hombrecito de 13 añazos que ya me ayudaba en todo lo que podía, respaldándolo con un “descansa, mamá, que yo me ocupo”. Siempre estuve orgullosísima de él.

Aproximadamente a las seis de la tarde de un otoño gris y lluvioso, comencé a sentirme extraña. Reconocí inmediatamente aquella sensación. Adrien estaba en casa, por lo que me apresuré a decirle:

-¡Adrien, llama a un taxi! ¡Rápido, por Dios!

Él así lo hizo, sin desobedecer. Según iban pasando los minutos, el dolor se hacía cada vez más y más insoportable, tanto que hasta tuve ganas de llorar. El taxi no tardó demasiado. Con apenas un hilo de voz le indiqué a dónde quería que me llevase. Adrien me acompañaba en el asiento de atrás. Intentaba tranquilizarme, seguramente para que dejase de quejarme, pero sus esfuerzos eran inútiles. Aunque mis quejas solo eran unos cuantos sollozos. Llegamos al hospital en poco tiempo, pero a mi me parecieron siglos. Tuvieron que llevarme a la sala de partos en silla de ruedas, que ni en pie me sostenía, aunque esto me hizo sentir algo inútil. Adrien estaría en la sala de espera hasta que yo estuviese en mi habitación acomodada y tranquila. Lo preferí, tampoco era plan de que un chaval viese un parto. Me acostaron en una cama fría e incómoda. Una enfermera, al ver mi cara de dolor, me preguntó:

-¿Desea la epidural, señora?

-¡Sí, por amor de Dios!-grité.

Entonces le hizo un gesto a un enfermero que estaba a su lado. La comadrona me agarraba de la mano para que me tranquilizase e intentaba que hiciese ejercicios de respiración, aunque eso lo veo un poco absurdo, por lo menos me sentí acompañada. Pronto llegó el enfermero con una aguja del tamaño de dos o tres de mis dedos. Me la enseñó y, haciendo la gracia, me dijo, con voz burlona:

-¿A que da miedo?

Pero yo, que no estaba para bromitas, le respondí, apretando los dientes por el dolor:

-Clávemela ya y déjese de mariconadas.

Así lo hizo. Me la clavó en la espalda, un poco más abajo del tatuaje. Me mordí los labios, pero aquel pinchazo no era comparable con el dolor que sentía. En cuanto lo hizo, me recostaron. Una enfermera se acercó a mí y me preguntó si me encontraba bien mientras me sostenía una mano. Asentí, sin apenas mover la cabeza. La verdad es que la epidural me calmó mucho el dolor, debo reconocerlo, pero todavía me encontraba fatigada.

-Ahora tiene que empujar, ¿entendido?

Volví a asentir. Entonces vino lo fuerte: venga a empujar y empujar como si me fuese la vida en ello, y las enfermeras pidiéndome que respirase pero yo no podía, el aire no parecía querer penetrar en mis pulmones. Y venga empujar, empujar, empujar. Pero me sentía cansada y sin fuerzas, pero me pedían que empujase y yo empujaba. Tuvieron que colocarme una mascarilla, pues llegó un momento en el que ya sentía dolor con el mero hecho de inspirar. Aunque al fin llegó el esperado alivio del nacimiento, aunque esta vez no oí llorar. Levanté la cabeza nerviosa, aunque a penas veía nada. Solo a un médico que sostenía a mi bebé por una pierna, boca abajo. Me temí lo peor. De repente, veo como el médico le da una palmadita en el culo, así de simple. ¡Eso sí que hizo llorar a la criatura! Suspiré. Lo peor parecía haber pasado ya.

-Tiene usted una niña preciosa, señora Gray.-dijo una enfermera, entregándomela todavía llorando.

La cogí en brazos. En cuanto me sintió, dejó de llorar. Aunque entonces fui yo la que me eché a llorar como una idiota. Estaba tan contenta por tener al fin a mi niña en mis brazos. Era una sensación perfecta. A pesar de que estuviese rodeada de médicos que deseaban quitarme a mi hija de los brazos para empezar a hacerle pruebas y pruebas, yo estaba eufórica.
Me trasladaron a una habitación preciosa con vistas a la ciudad. Poco tardaron las enfermeras en devolverme a la niña. Dijeron que pesaba un poco por debajo de lo normal y que su capacidad respiratoria era baja, pero que le harían más pruebas. Antes de que les diese tiempo a salir de la habitación les dije, sosteniendo a la niña en brazos:

-¡Esperen! Me gustaría pedirles que le hicieran una prueba de paternidad. Todavía no sé quien es… el padre.

Las enfermeras me miraron extrañadas. Seguramente estarían pensando que era una puta y que ya habría perdido la cuenta de los que me había tirado. Entonces una de ellas, morena ella, se volvió hacia mí y me dijo:

-De acuerdo, ¿me dice los nombres de los posibles padres?

Dicho esto, sacó una agenda y un bolígrafo.

-Son… Robert Piadget y Terry Grives.

Sí, Terry. No estaba del todo segura de que el acto impuro que ambos habíamos cometido hubiese quedado impune. Quizás sería demasiada suerte. Aunque no sabría decir se sería mejor que la niña fuese de Robert. Creo que en cuanto la viese la mataría.

-Los llamaremos lo antes posible.-dijo la enfermera, que lo había estado apuntando todo.

-De acuerdo. Gracias.

Me sentía tan avergonzada que apenas pude articular palabra. ¿Realmente sería Terry el causante de mi embarazo? ¿Sería Robert, como me temía? ¿O quizás, pero más difícilmente, Josh se había levantado de la tumba para darme un hijo suyo? Todas aquellas dudas conseguían apocarme y quitarme el sueño por las noches, mientras sentía al fruto de mi vientre dormir a mi lado.

Adrien no se separó de mi lado. Estaba contentísimo con la llegada de su hermanita. Estoy segura de que le hizo ilusión ser el hermano mayor por primera vez. Aunque la pequeña no era de las que disfrutaban en los brazos de cualquiera, no. Ella si no estaba conmigo, no dejaba de gimotear. A Adrien también lo reconocía, pero no era el mismo efecto. Ella encontraba en mis brazos algo que no había en ningunos otros.

Al día siguiente de dar a luz, la tía Margarite y los niños vinieron a visitarme. En cuanto mis hermanas entraron en la habitación corrieron hacia la cuna como alma que lleva el diablo.

-¡Oigh, que cosita tan mona!-gimió Lorelay.

-¡Cuchi-cuchi-cú!

Les caía la baba con su nueva sobrina. Thomas, que ya era un jovencito, las miraba desde la distancia. Mientras, la tita Margarite se mantenía a mi lado, a la par que Adrien.
-¿Qué tal estás, cariño?-me preguntó.

-Bien, estoy bien.

-¿Y cómo se porta la pequeñaja? ¿Da mucha guerra?

-No, es un cielo. Lo que pasa es que a veces se pone histérica y si no la cojo, no se calla.

-Eso es normal, hija. Acaba de nacer hace un día escaso. Seguramente se siente desprotegida, ¿comprendes? Ella lo único que quiere es estar en contacto contigo, como en estos nueve largos meses. Volver a escuchar tu corazón como todo este tiempo…

Era la primera vez que oía algo así. ¿Que mi hija añoraba mi corazón? Eso era nuevo. Aún así un sentimiento extraño se apoderó de mí y me giré para mirarla con dulzura. Quizás era el instinto maternal que volvía a apoderarse de mí. Intenté disimularlo diciendo:

-Eso con los gemelos no pasaba.

-Ya pero es que las niñas son más mimosas. ¿Qué te crees? ¿Qué tú de pequeña no eras así? ¡Si supieras cómo gimoteabas para que tu madre te hiciese caso!

Entonces sí que sentí como si algo me subiese subido pecho arriba, haciendo hecho que mi corazón latiese mucho más fuerte. Era oír hablar de mi madre y ponerme pálida. Me imaginaba que si estuviese allí me habría comido a besos y habría llorado de alegría, por el mero hecho de verme sonreír. No dejaba de pensar en lo mucho que la echaba de menos. La tita Margarite lo notó enseguida, por lo que se apresuró en cambiar de tema.

-Por cierto, Emily.-dijo, mientras metía la mano en su enorme bolso de cuero- Te he traído un detallito.

-¡Tita! ¡No tenías que haberte molestado!-respondí, complacida.

Entonces me hizo entrega de tres paquetitos de regalo: una manta para envolver a la niña, un vestidito rosa también para la niña y una caja de bombones de licor para mí.

-¡Pero cuidado con los bombones, eh!-bromeó la tita- ¡Que luego eso te pasa a la leche y a ver si se nos emborracha la nena!

Me reí. Le agradecí una y otra vez los regalos, y ella me repetía que no era nada. Ese mismo día, la pequeña estrenó el vestido.

Pasaron un par de días desde aquello cuando me comunicaron el resultado de las pruebas de paternidad. Yo estuve toda la mañana con el corazón en un puño. Me iba a ser revelada la verdad, es decir, por fin iba a saber quién había plantado la semillita en mi vientre y me fecundó en el acto. Al mediodía ni siquiera comí. Estuve la mayor parte del tiempo acariciando a mi hija, que estaba acostada en una esquina de mi almohada.

Aproximadamente a las 5 de la tarde unas enfermeras me comunicaron quién era. Debo decir que me quedé de piedra, ¡es que no me lo esperaba! Les ordené que lo dejasen entrar en la habitación. Me quedé un buen rato con los ojos clavados en la puerta, deseando verlo y hablar con él. De repente se abrió la puerta, y sin que nos diésemos cuenta habíamos cruzado nuestras miradas. Sus ojos color tequila me miraban con nerviosismo. Cuando no pude aguantar más en aquella situación, cogí a la niña en brazos y le dije:

-Saluda a tu princesa, Terry.

Se acercó a mí, aunque todavía sin decisión.

-Sospeché -proseguí.-que era tuya en cuanto me dijeron que tenía asma. Sería demasiada casualidad, ¿no?

-Es la peor herencia que pude dejarle.-dijo, al fin.

-Estoy segura de que heredó cosas mejores.

Volvimos a mirarnos. Ahora que por fin había dicho algo, parecía sentirse menos turbado.

-Cógela, vamos.-dije, separándola un poco de mí.- No tengas miedo, que no muerde… Todavía.

Terry sonrió. Ahora no dudó ni un segundo en coger en brazos a la criatura.

-No puedo creérmelo.-musitó emocionado.

-La cuidaré bien por los dos.-dije.

Él volvió la cabeza hacia mí, como si le hubiese insultado.

-No dejaré que esta niña crezca sin padre, Emily. Por experiencia lo digo. No quiero cometer ese error. Así que, veníos a vivir a mi casa.

-Es que ya le tenía la habitación hecha y todo. Además, está Adrien.

-¿Entonces qué hacemos?-preguntó, preocupado.

-¿Qué te parece si te vienes tú a vivir a mi casa?

A Terry le sorprendió mi respuesta.

-No quiero ser una molestia.-repuso.

-No eres ninguna molestia porque te lo estoy ordenando.-vi que sonreía. Entonces, añadí:- Eso sí, si no te importa dormir conmigo. Ando algo escasa de camas.

-No hay problema por eso. Ya compartimos cama una vez.

Sonreí. Sonreímos. A pesar de todo estábamos felices. De repente, la pequeña comenzó a gimotear en los brazos de Terry.

-¡Eh!-gritó, no sin sorpresa por la reacción de la niña.- Mejor atiéndela tú, Emily, que yo soy primerizo.

Me la entregó dicho esto. La cogí en brazos y al poco tiempo se calmó. Terry se quedó impresionado.

-Pe… Pero… ¿cómo…?-tartamudeó.

-Tranquilo, todavía tiene que acostumbrarse. Es sólo que no reconoce tu corazón.

Aludí a las palabras de tita Margarite, aunque él no llegó a comprenderlo. Me miró levantando un poco una ceja.

-Déjalo.-sentencié.- Es igual.

-¿Tienes pensado cómo le vas a llamar?-preguntó Terry después de un corto silencio.

-No. ¿Alguna idea?

-Hombre, contando que me acabo de enterar de que es hija mía, no, la verdad. Además, es una niña. Tienes que elegirle tú el nombre.

Seguramente lo decía refiriéndose a la retrógrada filosofía de Robert, aún así, yo ya sabía cómo llamarle desde hacía mucho tiempo.

-Pues…-dije, titubeante, mientras miraba con ternura a la pequeña.- Yo ya había pensado un nombre, pero no sé si te…

-Desembucha.

Levanté muy despacio la cabeza hasta alcanzar sus ojos. El mero hecho de pronunciar aquel nombre hacía que las lágrimas quisieran escapar de mis ojos y que un fuertísimo sentimiento de tristeza quisiese apoderarse de mí, aunque lo hice:

-Amy.

Me esforcé por no desviar la mirada. No noté ninguna alteración en el rostro de Terry. Seguramente sabía el por qué de ese nombre. Simplemente e acercó a mí muy despacio y me dijo:

-Es precioso.

sábado, 8 de agosto de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XII- Él no es mi padre



Would you die tonight for love?[1]

Join Me- HIM


Silencio. Quietud. Tranquilidad. Oscuridad. No sé cómo he llegado a esta situación, ni tengo interés en saberlo, pero me gusta estar así, aunque es inquietante. De repente, flashes. Imágenes intermitentes delante de mis ojos. ¿Qué está pasando? Una voz autoritaria grita, otra más débil chilla. Comienzo a distinguir algo: “¡Puta! ¡Puta!” ¿Quién es una puta? Observo que llevo mi vestido favorito, el que mamá me dejaba llevar muy pocas veces porque decía que era muy escotado. Ji, ji. Siempre logro ponerlo cuando no me ve para salir por ahí. ¿He vuelto a cuando tenía… 16 años? ¡No! Entonces… aquellas voces… Me asomo a la cocina, a ver qué pasa. Me lo imaginaba, papá está pegándole a mamá. No me gusta que haga eso. ¿Por qué siempre le pega? Debería ir a cuidar de mis hermanos, pero prefiero quedarme a ver. Tengo ganas de decirle, o mejor, que gritarle que la deje, pero tengo miedo. Odio tener miedo. “Puc” ¿Qué ha sido eso? ¡Estoy sangrando otra vez! ¡Mierda! Como sepa papá que estoy aquí, me va a matar. ¡Está mirando para aquí! Me escondo detrás de la puerta, a ver si con suerte no me ve. Tapo la nariz con las manos para que no vuelva a gotear. “¿Emily?” ¡Dios, sabe que soy yo! Quiero escapar, pero tengo mucho miedo. Permanezco muy quieta, de cuclillas. ¡Joder, que no me vea! Dios te salve, María. Llena eres de gracia… ¡No llores, Emily, sé fuerte! El Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres. Una sombra está proyectada en el suelo. Levanto la vista. Es él. Sabía que acabaría pillándome. “¡Te dije mil veces que no vengas a la cocina!” Perdón, papá, yo no… Yo no quería… Me agarra por una muñeca. ¡No por Dios! ¡Te he pedido perdón! ¡No! ¡No! “¿Y crees que con un perdón basta? Maldita cría de los cojones” “¡Paul, déjala en paz! ¡Déjala! ¡No le peques a mi niña!” “¡Tú aparta!” ¡Mamá! Está en el suelo, tumbada, llorando, sangrando. Yo también sangro. Sangro mucho. ¡Para, por amor de Dios! ¡No! ¡NO!

“¿Mh?” Abro los ojos. Gracias a Dios todo había sido un sueño. Apoyé los brazos en la almohada e intenté levantarme. De este modo contemplé que estaba manchada de sangre. Bajé la vista todavía más y vi que mi inmaculado camisón blanco estaba también ensangrentado. Me llevé las manos a la nariz. El horror se apoderó de mí, a pesar de que no era la primera vez que me pasaba, al percatarme de que estaba sangrando por la nariz. Salí de la cama y fui al baño, intentando no tropezarme con Adrien para que no me viese, a pesar de no saber si seguía dormido o no. Cogí una toalla, presa del nerviosismo, y comencé a limpiarme la nariz, las manos, los brazos y el pecho, que estaban salpicados. Me quité el camisón y eché también toda la ropa de la cama a lavar. Semidesnuda, acudí a mi habitación y me puse una bata. Me miré al espejo que había en mi habitación. Me sentía como una puta después de haber follado con Robert en aquel maloliente baño de bar. Sentí que había traicionado a Terry, a Josh, a mi madre, a mis hijos y a todo lo que yo quería. De repente escucho llamar al timbre. ¿Quién podía ser, a las once y media de la mañana?

-¡Yo abro!-gritaron abajo.

Era Adrien. Seguramente se había despertado antes y se había ido a la sala de estar a ver la televisión. Todos los fines de semana lo hacía. Aquel día ninguno de los dos habíamos ido ni al colegio ni al trabajo. Josh acababa de morir hacía nada. Además, mi intento de suicidio, que era archiconocido en la oficina, era algo que todos temían que volviese a suceder. Decir tiene que hasta mis compañeras me rogaron que pidiese unos días de asuntos propios, y claro, cedí. La verdad es que nunca pensé que mi intento de suicidio fuese tan mediático, lo sabía toda la ciudad.

-¡Mamá!-chilló Adrien- ¡Ven! ¡Es para ti!

Presa de la inquietud y la curiosidad, bajé las escaleras a toda velocidad, sin ni siquiera calzarme. La sorpresa fue impresionante, aunque se veía venir. Era Robert. Estaba guapísimo, con sus pantalones vaqueros ajustaditos, una camisa blanca, el pelo engominado. ¿Y yo? Con una batita finísima de color salmón que apenas cubría mi cuerpo semidesnudo, que es como a Robert le gustaba verme. Estaba apoyado en el marco de la puerta, con una mano detrás de la espalda y la otra en el bolsillo, con aquella arrogancia y chulería que lo caracterizaban.

-Hola, palomita.-dijo él, de un modo muy provocador. Apuesto a que tenía pensado repetir lo del día anterior.

-Hola.-respondí, fríamente. Lo último que quería era volver a estar con él.

Había cambiado mi apodo. Seguramente porque había visto mi tatuaje cuando nos enrollamos, como yo había visto los suyos. La serpiente. ¿Por qué una serpiente?

-¿Me has echado de menos?-preguntó.

- ¿De verdad crees que te echaría de menos, Robert? Eres un ingenuo.

Vi que fruncía el ceño. Seguramente esperaría otra respuesta, pero para alguien que me había arrebatado a mis hijos, eso era lo más suave que podría decirle.

-¿A qué has venido?-pregunté, deseando perderlo de vista.

-A verte.

Entonces, mostró que la mano que escondía con tanto empeño portaba una rosa roja, la cual me dio. La cogí, por supuesto. ¿Cómo iba a rechazarla? Me encantan las flores. La olí. Su aroma era tan débil y dulce que parecía entrarme por la nariz hasta el estómago y al corazón, que comenzó a latir más fuerte. Intenté mantener la compostura.

-¿Te gustan?

Volví a clavar mi acusadora mirada en sus ojos. Aquel penetrante azul parecía estar ahogándome.

-¿Crees que me vas a devolver a mis hijos con un manojo de rosas? ¡Anda y que te follen!

-He cambiado, Emily. Me mandaron a un curso de rehabilitación. Soy un hombre nuevo, créeme.

Quise por un lado creerle, pero mi mente me ordenó que hiciese lo que hice. Con toda mi rabia contenida, le cerré la puerta.

Pasé dos o tres semanas siendo acosada por Robert. La verdad es que era raro volver a mi anterior rutina, aunque él no había vuelto a agredirme. ¿Sería cierto que estaba cambiando? Uno de aquellos días, en los que Robert me había dado un poco de tregua, quedé con Terry para tomar una copa en nuestro amado pub: El Templo de La Salsa. Sí, buen café, buen ambiente, pista de baile y cubalibres cargados de ron cuantos puedas desear. Para mí aquel sitio era el paraíso. Me encontré con Terry en la entrada. Me puse un vestido rojo muy provocativo, con mucho escote y abierto por la espalda, de vuelo, con zapatos de tacón negros y un bolso a juego. En cuanto me vio, Terry, con mucha amabilidad, me dijo:

-¡Qué guapa vienes hoy! ¿Eh, reina?

-No es que venga guapa, es que lo soy.-respondí, riéndome a carcajada limpia.-No, en serio, tengo que contarte algo.

Entramos en el pub. Nos sentamos en nuestra mesa habitual, estratégicamente colocada enfrente de la pista de baile, más que nada para intentar sacarlo a bailar, sin resultado. En cuanto nos sentamos vino José, el camarero, a atendernos.

-Ola señorita.-dijo, tan dicharachero como siempre.- ¿Qué van a tomar?

-Un par de cubalibres alegres y burbujeantes, José.-respondí.- Y esta vez invito yo.

-A sus órdenes, señorita.

Dicho eso se marchó. Terry me miró extrañado mientras yo sacaba un pitillo del bolso.

-¡Coño, Emily! ¡Hoy estás que te sales!

-Ji, ji.-me reí nerviosa, no sabía cómo decírselo. Encendí el cigarrillo y aspiré fuerte. Mi semblante se tornó serio- Es que, verás, Robert… Ha salido de la cárcel. El otro día quedamos en vernos, y hablar, y… bueno… nos acostamos.

-¿Os acostasteis?-noté entonces enfado y preocupación en su voz.- ¿Cómo pudiste…? ¡Ese tío te amargó la vida, Emily! ¿No te detuviste a pensar en si volvería a hacerte daño?

-¡Yo no quería, Terry, fue un puto error! ¡Además, él ha cambiado! ¡No volverá a hacerme daño!

Esta vez la que de puso nerviosa fui yo. Me puse a gritar allí, como si me fuese la vida en defender al capullo de Robert. ¡Lo que hace el amor! De repente, apareció José, con una bandeja portando dos cubalibres.

-Aquí tienen. Dos cubalibres alegres y burbujeantes.

Lo miré con cara de mala hostia. El pobre no tenía la culpa de mi mal humor. Ni Terry tampoco, sé que solo quería protegerme, como siempre. Pero desgraciadamente mis sentimientos hacia Robert eran indomables.

-Ah, gracias, José.-le respondí, un poco más tranquila.

¡Bendito alcohol! Tenía muchísimas ganas de olvidarme de todo por un segundo y dejarme llevar por la noche. Zanjamos el tema así y nos pasamos un buen rato bebiendo y riendo. La sonrisa de Terry era sencillamente perfecta. Yo no era capaz de apartar la mirada de ella. Y de sus ojos. Tenía unos ojos preciosos. Al cabo de un rato dejé de fijarme en Terry y mi mirada se posó en un adonis cubano que bailaba en la pista. ¡Había que verlo bailar! Su cuerpo musculoso brillaba como si estuviese recubierto de aceite. ¡Dios, vaya hombre! Entonces, vi como aquel ser perfecto y escultural me miraba. Creo que se había percatado de mi indudable atracción. En cuanto acabó la canción, se acercó a nuestra mesa. En aquel momento me creí morir. Se apoyó en mi silla, me estrechó una mano y me dijo, con un reconocible y sensual acento:

-Hola bella señorita. ¿Le importaría a su novio dejarle que me conceda un bailecito?

-¡Oh! Él… Él no es mi novio. Vamos.

Lo cogí de la mano. Al llegar a la pista me agarró muy dulcemente la cadera con una mano, sin soltar la mano que me tenía cogida. Yo apoyé la otra en su hombro y me dejé llevar. Dejé que hiciese conmigo lo que quisiera. ¡Y vaya baile! Era casi tan excitante como hacer el amor. Al acabar nos dirigimos a la mesa, pero retrasando el momento dejando que él me besase en el cuello y me susurrase cosas bonitas, como que era la mujer más guapa que había visto, y cosas por el estilo. Yo me dejé hacer, por supuesto. Estaba como una cuba.

-Baila usted maravillosamente, señorita.-me dijo.- ¿Podría preguntarle su nombre?

-Me llamo Emily. Emily Gray.

-Yo soy Eduardo Fernández. A su servicio.

Me reí. En aquel momento me reía por cualquier cosa.

-¿Viene mucho por aquí?-preguntó.

-Suelo venir la mayoría de los fines de semana.

-Yo acabo de descubrir este lugar, pero sabiendo que usted y su palomita-lo decía por el tatuaje- vienen tanto por aquí, creo que yo me pasaré a visitarlas.

-Por mí, encantada.

Entonces, y sin quererlo, llegamos a la mesa. Me percaté de que Terry nos había estado observando todo el tiempo, pero no le di importancia.

-Aquí la tiene, señor. Se la dejo tan bella como me la dejó usted a mí. O quizá más. –se volvió hacia mí y me plantó dos besos en la mejilla. No me alteré, me había estado dando besos un buen rato.- Hasta otra, señorita.

-Hasta otra, señor. Ji, ji, ji.

Hecho esto se marchó del bar. Yo embelesada viendo cómo salía por la puerta.

-¡Ay, Terry!-suspiré.- ¡Qué pedazo de macho! ¡Te lo digo ya! Me pone los pelos como escarpias. Aún acaba de irse y ya quiero volverlo a ver.

-No te pases, ¿eh?-dijo él.- Se le veía de lejos que era un donjuán.

-¡Oh, vamos! ¿Es que no sabes divertirte?

Después de eso lo que vinieron fue copa tras copa, tras copa, tras copa. Salimos del bar aproximadamente a las 5 de la madrugada (y eso que al día siguiente Terry tenía que ir a trabajar). Él había bebido bastante menos que yo, así que me sujetó para que no me cayera allí en medio de la calle, pues no podía mantenerme de pie, y llamó a un taxi. Me acompañó hasta mi casa, hasta abrió él la puerta. Menos mal que Adrien estaba con los tíos en casa de la tía Margarite, como siempre que salíamos, que si no… Terry tuvo que subirme en brazos las escaleras para llevarme a la habitación. Yo me agarré a su cuello como una lapa. Me dejó encima de la cama.

-¡Joder, Emily! ¡Cómo estás, hija!

-¿Cómo que cómo estoy? Buena, ¿verdad?

Él me miró extrañado.

-Emily, has bebido demasiado, lo mejor es que…

Antes de que pudiese terminar la frase vio como me había quitado el vestido con rapidez y estaba, lenta y sensualmente, desabrochándome el sujetador. Comencé a reír. Noté que se calentaba. Al poco tiempo, estaba con el sujetador en la mano.

-¿Eso que tienes ahí es un palo o es tu cosita que se alegra de verme?

En cuanto me di cuenta, nos estábamos besando. ¿Besando? ¿Terry? ¿Yo? Parecía impensable, y en aquel momento estaba ocurriendo. Estaba permitiendo que entrasen en contacto nuestras lenguas, nuestros labios, y que se fundiesen en un beso eterno. Me acarició. Lo acaricié. Le morí el labio. Se quitó la camisa. Le bajé el pantalón. Entonces, me acosté en la cama, completamente desnuda, ronroneando como una gata. Se situó encima de mí. El simple roce de su piel contra la mía hacía que se me acelerase el corazón, hacía que mi monte de Venus estallase como un volcán, mostrando toda la voluptuosidad que había permanecido todo este tiempo escondida para él. Escuchaba su voz jadeante, que me susurraba; no recuerdo lo que me decía, pero sí que cada vez que lo hacía notaba unas cosquillitas en el oído. Dulces escalofríos recorrían mi columna como si fuesen olas en un mar de tormenta, en la que los relámpagos eran los destellos de mis ojos. Sólo recuerdo una cosa que me dijo, sólo una:

-Emily…No debemos… Robert…

-Él no es mi padre.

Esa frase se me quedó grabada para siempre. Volví a besarlo, para que no pudiese contradecirme, para que no pudiese decir ni una sola palabra. No necesitaba hacerlo. Simplemente con sentir su respiración en mi oído, se me erizaba la piel. Envolví con mis brazos su cuello, como si fuese lo único seguro a lo que podía aferrarme en medio de aquella tempestad. Perdí la noción del tiempo y de la realidad. De repente, el rayo. El trueno. Un grito. Luego, la calma.

Pasaron horas y horas. Comencé a oír ruidos. El fregadero goteaba “Plic, plic, plic”. Las agujas del reloj se movían “Tic, tac, tic, tac”. Sentí como una punzada en las sienes. Todos aquellos ruidos hacían que mi cabeza quisiese estallar. Hasta es sonido de mi propia respiración era insoportable. Entonces abro los ojos como entre niebla, encharcada en sudor, todavía desnuda, boca abajo y sin desmaquillar. A medida que me iba incorporando iba recordando todo lo que había pasado la noche anterior, aunque estaba un poco borroso: los cubalibres burbujeantes, el donjuán de Eduardo, el polvo con Terry… ¿Un polvo con Terry? Ni siquiera me lo acababa de creer. ¿Y si todo aquello había sido un sueño? Estaba sola en la cama, así que barajé esa posibilidad. Me percaté de que encima de la mesita había una nota. “Emily” ponía. La cabeza me dolía demasiado como para pararme a pensarlo, pero estaba bastante segura de que aquella letra la había visto antes. Desdoblé la nota. Hasta el sonido que producía esta acción me daba escalofríos. Me aprendí la carta de memoria, de las veces que la leí:

“Hola Emily:

Perdón por no avisarte de que me había ido, pero me daba rabia despertarte. Por si no lo recuerdas, hoy tenía que irme a trabajar.

En cuanto a lo de la noche… No voy a mentirte, estuvo de puta madre. La verdad es que no me esperaba que fueses tan… déjalo, mejor que no me explaye, sabes de sobra cómo fue. Sólo decirte que agradecería, dado que los dos estábamos hasta las trancas, olvidarlo y que siguiéramos siendo amigos como hasta ahora. Si te parece bien.

En cuanto a lo de Robert, seré breve. Sabes que le tengo tirria a ese capullo, por todo lo que te hizo, así que a la mínima que te haga, llámame. Pero hazlo.

¡Ah! Antes de que se me olvide. Te he comprado un cruasán, que sé que te encantan, y tienes el café en la cafetera. Seguramente cuando te levantes estará frío, pero lo calientas otra vez y aquí no pasó nada. Yo también me he preparado algo, espero que no te importe, pero ya lo he limpiado todo.

Bueno, pues eso. Cualquier cosa me llamas. Un beso.

Terry.

PD: Buenos días.”

Involuntariamente mis mejillas se ruborizaron cuando leí la carta. Terry era atentísimo, siempre lo había sido. Adoraba su forma de ser. Además, cuando habíamos hecho el amor, me había tratado con muchísima delicadeza, más de la que tenían Robert e incluso Josh. Mucha más. Todavía recuerdo aquella frase que yo había dicho mientras él me tomaba, refiriéndome a Robert: “Él no es mi padre”. Su significado lo dejaba bastante claro. Nadie mandaba en mí. Ni siquiera Robert, o mi propio padre. Yo era autosuficiente, capaz de valerme por mí misma, capaz de tomar mis propias decisiones y capaz hacer con mi vida lo que yo quisiera. Ahora, ¿estaba encaminándome correctamente? Intenté no darle más vueltas al asunto y olvidar todo lo sucedido, como me había propuesto Terry, pero aquello no iba a ser olvidado tan fácilmente.

[1] ¿Te gustaría morir de amor esta noche?

miércoles, 29 de julio de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XI- La serpiente que se muerde la cola


No podía creer lo que mis ojos empapados de lágrimas estaban viendo. Era Robert. ¡Robert! El mismo Robert que había matado a mi pequeño. El mismo Robert al que odié y amé locamente al mismo tiempo. El mismo Robert que se suponía que debía estar pagando por sus pecados en una celda estaba allí, detrás de mí, sujetándome la cadera con sus fuertes manos, como solía.

-¡Hijo de la grandísima puta!-grité yo, desquiciada- ¿Qué coño haces aquí?

-Me han dado la condicional, por buena conducta. Ya ves.

-Pe…Pero… ¿A qué has venido?

-He visto la esquela de tu chico en el periódico y me dije, “¿cómo estará mi Emily?” Y aquí estoy.

-Yo no soy “tu Emily”, ¿me oyes? ¡No lo soy desde hace mucho tiempo, así que ya deberías saberlo!

-No te pongas así, corderito.-dijo, mientras intentaba acariciarme una mejilla. Le giré la cara con desprecio. Entonces, seguramente para romper el hielo, preguntó:- Ah, ¿y quién era el negrito que estaba contigo? ¿Es que le pusiste los cuernos a tu hombre? ¿Eh, guarra?

-Para tu información, el “negrito” es mi hijo, sí, pero es adoptado. Y tanto él como yo agradeceríamos que te fueras cagando hostias y desaparecieras de una vez de mi vida.

En ese momento, la voz de Robert, embargada hasta entonces con una sensualidad desmedida, se convirtió en un estruendo lleno de ira.

-¡Escucha!-gritó, arrimando su rostro arrogante a mi cara, que palidecía cada vez más, pero sin abandonar mi actitud desafiante.- ¡Todo el tiempo que estuve en la cárcel te tuve aquí clavada como si fueses una puta espina!-afirmó mientras señalaba su frente con la mano que tenía tatuado KILL.- ¡Pero claro! ¡No te importa una mierda lo que yo haya sufrido! ¡¡No te importa!!

Comencé a temblar. Temí que la furia de Robert se descargara en mí. Es más, temí que me pasase lo mismo que a Jimmy. Procurando no parecer asustada, le contesté, intentando hacerme oír por encima de los latidos de mi corazón:

-Robert, es mejor que hablemos en otro momento.

-¿¡En otro momento!? ¡¡ ¿En otro momento?!!

Entonces ambos escuchamos ruidos procedentes del cementerio. La gente ya comenzaba a irse. Robert, al ver esto, calló un instante y añadió, disponiéndose a marcharse y mirándome con desprecio:

-Tienes razón, ya hablaremos.

Contemplé cómo se alejaba, cómo se perdía en la lejanía, cómo mi horrible pasado volvía a perseguirme cual alma en pena. De repente, noto que me tocan en un hombro. Me sobresalto y miro hacia atrás asustada. Era Terry.

-Emily, ¿te encuentras bien?-dijo.- Estás…

Señaló mi nariz. La palpé. Estaba sangrando a mares. Lo cual, y creo no haberlo dicho, era muy común en mí. A veces, cuando me ponía muy nerviosa, o me asustaba mucho, o algo por el estilo comenzaba a sangrar por la nariz, y, en ocasiones, sin darme cuenta. Todavía no sé por qué. Simplemente, nunca lo supe. Aprendí a convivir con ello.

-No te preocupes, Terry.-sentencié, con las manos encharcadas de sangre.- Me pasa a menudo, lo sabes.

Me agarró una muñeca, sin llegar a hacerme daño. La sangre que emanaba de mi nariz salpicó sus manos cual si fuesen lágrimas, o gotitas de lluvia. Nos miramos. Estaba pálido. Hice que me soltase para poder limpiarme con un pañuelo, más que nada porque Adrien venía hacia nosotros. Aunque, por mucho que me limpiase, mi camisa seguía encharcada.

-Mamá, ¿qué te ha pasado?-preguntó Adrien sobresaltado.

-Nada, cariño, nada. Nada importante.

En ese momento, me giré hacia Terry y le dije:

-Adrien y yo nos vamos a casa. Estoy muy cansada.

No me lo impidió. Nos dimos dos besos y dejó que me marchara, cogiendo a Adrien de la mano y ansiando marcharme de aquel lugar.

Por la noche no pegué ojo. Hasta llegué a pensar si estaría loca y la visión de Robert había sido producto de mi imaginación, pero no. Era angustiosa y dolorosamente real. Temí que viniera para vengarse de mí. Tuve miedo de que pudiese hacerle daño a Adrien. Si lo hiciese, no me lo perdonaría jamás. Dos muertes son demasiadas.

Al día siguiente, que era un domingo, me dispuse a hacer la compra mientras Adrien seguía dormido. Hacía bastante calor, por lo que me puse una camiseta muy escotada y unos pantalones vaqueros. En el supermercado todavía hacía más bochorno, por lo que estar allí se hacía insoportable. De repente, mientras estaba cogiendo unas naranjas, oigo una voz detrás de mí.

-Corderito.

Me sobresalté. Tal fue el sobresalto que las naranjas resbalaron de mis manos como si fuesen peces. Me di la vuelta, sabiendo perfectamente con quién me iba a encontrar.

-¿Qué haces aquí, Robert?-dije, recogiendo las naranjas del suelo.- ¿Por qué coño me persigues?

-Dijiste que hablaríamos en otro momento. Este ya es otro momento.

-¡También te he dicho que quiero que nos dejes vivir en paz! ¡Pero eso te lo pasaste por el forro de los cojones! ¿Eh?

Me puse nerviosa, muy nerviosa. Mi tono de voz se endureció, quizás demasiado. ¡Pero es que no podía ser menos! Entonces, Robert dijo, enfurecido y a punto de pegarme:

-¡A mí no me levanta la voz ni Jesucristo! ¿Oíste?

Lo agarré por la muñeca, intentando que no me hiciese daño, con expresión seria, aunque por dentro estaba muerta de miedo.

-¡No me levantes la mano, Robert, no me la levantes! Sabes que con una sola palabra puedo volver a meterte en la trena.

Bajó el brazo y lo dejó caer a lo largo de su cuerpo. Entonces, se echó las manos a la cabeza y dijo, en voz baja y seguramente intentando que me compadeciese de él:

-¿Pero qué estoy haciendo? No puedo creer que estuviese a punto de… ¡Virgen Santa!

Desgraciadamente lo consiguió. Consiguió ablandarme el corazón, como siempre. Es más, estuve a punto de echarme a llorar. Por mucho que me doliese admitirlo, lo había pensado muchísimo en él y lo había echado de menos más de lo que desearía. Entonces, lo acaricié, en un acto prácticamente involuntario, y le dije, con voz dulce, haciendo que cumpliese su propósito:

-Si quieres hablar, Robert, nos vemos mañana a las 9 de la noche en el bar que hay enfrente de mi oficina. ¿Te parece?

Robert levantó la cabeza y me miró. Sabía perfectamente que yo reaccionaría de ese modo.

-¿No me estás engañando?-preguntó con recelo.

-¿Cuándo te he engañado yo a ti?-respondí fríamente.

Acto seguido él se marchó, dejándome a mí en medio del supermercado inmóvil como una estatua de sal. No podía creer lo que acababa de hacer. Robert y yo habíamos quedado. ¡Quedado! Y eso que me había jurado mil y una veces que no volvería a dirigirle la palabra, ni siquiera a verlo delante. Pero Robert sabía tocarme en el corazón, y eso le daba plena libertad a decidir sobre mis acciones. Había estado maldiciendo su nombre durante años, pero aún así sabía que me tendría a sus pies como una perra con una sola palabra de su boca.

En cuanto volví en mí, cogí las naranjas y fui a pagar todo. Salí del supermercado como una autómata. Decidí ir a la tienda donde me habían hecho el tatuaje. Todo lo que había pasado con Josh se merecía un puñal más.

Aquel día transcurrió sin más incidentes, eso sí, fue el único domingo que faltaba a misa. Recibí una llamada de tita Margarite. La pobre estaba hecha un manojo de nervios. Y “¿cómo estás, cariño?”, “¿Te encuentras bien?” “¿Quieres que vaya a ayudarte?” Apuesto a que tenía miedo de que lo del intento de suicidio volviese a ocurrir. Pero no, todavía recuerdo lo que me había dicho Josh, lo de que era un acto muy egoísta. Es verdad, lo era. Si muriera, tita Margarite moriría conmigo. No conviene darle esos disgustos, a su edad y con la salud de pajarillo que tiene.

También me llamó Terry por la tarde. Al igual que la tita, me preguntaba qué tal estaba y si necesitaba algo, a lo que yo siempre contestaba que “no, gracias”. Hablamos bastante rato, eso sí, no le mencioné el tema de Robert. Terry lo tenía enfilado desde que me había hecho aquello, y lo mataría si supiese que le dije que sí a su proposición de quedar. La verdad es que le agradecí muchísimo lo que estaba haciendo por mí. Siempre había sido un buen amigo, pero había que tener mucha paciencia para aguantarme en temporadas bajas. O bien discutía con todo aquel que se me cruzaba por delante, o bien dejaba que me ahogase en mi propia mierda. Y siempre con la voz de mi padre de fondo: “sólo sirves para limpiar y parir”, “sólo sirves para limpiar y parir”, “sólo sirves para limpiar y parir”, “sólo sirves para limpiar y parir”.

Al día siguiente fui al trabajo, como era normal. Trabajar por la mañana, comer con Adrien, llevarlo al colegio otra vez y ¡guardia! Otra vez al trabajo. Ese día sí que estaba deseando que acabase, más que nada para poder ver a Robert, arreglarlo todo de una vez y poder llevar por fin una vida medianamente tranquila. Llené el suelo de colillas, con lo nerviosa que estaba (por aquel entonces, todavía se podía fumar en las oficinas, aunque no por mucho tiempo). Después de mucho esperar, por fin llegó la hora de salida. ¡Oh, benditas 9:00! Salí de la oficina disparada. Al llegar al bar comencé a inquietarme. No sabía con quién me encontraría, con el “Robert bueno” o con el “Robert malo”. Llegué a dudar hasta de si saldría viva de allí. Agarré la manilla con fuerza, respiré hondo, cerré los ojos fuertemente y abrí la puerta de un golpe. Y allí estaba, de espaldas, apoyado en la barra con una cerveza en la mano. Típico de él. Me quedé parada en la puerta, inmóvil, sintiendo cómo me golpeaba el corazón en las sienes hasta llegar a hacerme doler la cabeza, hasta que Robert optó por girar la cabeza.

-Em, cielo.-dijo- Llegas justo a tiempo. Ven, acércate, que no te voy a comer.

Lo hice, aferrándome al bolso. Me situé enfrente de él. Aunque intenté apartar la mirada, los ojos de Robert eran los más bonitos que había visto nunca, y me miraban con tanta dulzura que creí que iba a morirme.

-¿Quieres tomar algo?-preguntó.

-N...no. No, gracias.

-Vamos al grano, Em.-dijo entonces, acariciándome la mejilla con la mano que ponía KISS.- Eres lo que más quiero en este mundo, y no estoy dispuesto a perderte otra vez.

Me dejé llevar. Esta vez no le aparté la mano, es más, dejé que me acariciase con total libertad. Noté que se me ponía la piel de gallina. No de miedo, sino de placer. Robert sabía dónde y cómo tocarme para que me volviese loca.

-Necesito oír de tus labios que tú también me quieres. Hace tanto que no lo escucho… Con un te quiero tuyo sería feliz.

Simple palabrería careciente de sentido. Simples frases sacadas de un poemario malo y barato. Aún así, no pude apartar mi vista de él, de aquellos ojos, que aquellos labios… Me di cuenta de que estaba perdiendo el control, por lo que me apresuré en decirle:

-R… Robert… Tengo que ir al baño. No me encuentro bien.

Me soltó. Entonces pude apresurarme a meterme en el baño de señoras. Cerré la puerta de un portazo. Me dirigí al lavabo y me humedecí la nuca. La verdad es que no me esperaba que su reacción me afectase tanto. Me miré al espejo. Gotas de sudor frío se deslizaban por mi pálida frente. Estaba consiguiendo lo que quería, le estaba cumpliendo el gusto de verme enamorada otra vez de él.

-¿Qué estás haciendo, Emily?-susurré, hablándole a mi reflejo.- ¿Quieres sufrir otra vez como una perra? No puedes volver a caer en sus redes.

De repente oigo que la puerta se cierra. En el espejo veo reflejada a una persona, Robert. Pensé que no se le pasaría por la cabeza entrar, pero estaba claro a lo que venía. ¿Para qué luchar? Josh había muerto. Mi madre, también. No había nadie que me obligase a ir por el camino del bien. El impulso era abrumador e irrefrenable. Me agarró por la cintura. Intenté separarlo interponiendo mis manos entre su pecho y el mío, pero no dio resultado. Comenzó a besarme el cuello dulcemente, sólo como él sabía, haciendo que los latidos de mi corazón triplicasen su velocidad. Lo agarré del pelo muy fuerte. Entonces me arrimó al lavabo y comenzó a subirme la falda. Yo le quité la camisa, sin hacer ningún esfuerzo por intentar dominar mis impulsos. Observé que Robert tenía un tatuaje en el pecho. Una serpiente del color de la sangre, enorme, en actitud amenazante. Sí, la paloma ha dejado de luchar y se ha dejado seducir por los encantos de una serpiente, sin tener miedo a que la pique y pueda matarla. La paloma es demasiado orgullosa como para dejarse amedrentar, pero lo suficientemente frágil como para tener que temer por su vida. Esta vez, Robert sacó un preservativo, lo vi con mis propios ojos. Entonces, comenzó lo fuerte. La verdad es que nunca me había excitado tanto. Seguramente sería por el morbo de hacerlo en el baño de un bar, sabiendo que pueden abrir la puerta y descubrirte en pleno acto. Mis poros se erizaron. Esta vez ya no sentí dolor, ni tampoco sentí amor, como con Josh, sino placer. Simple placer, lujuria, desenfreno. De repente, Robert, viendo cómo disfrutaba con la situación, me dijo:

-¡Dime que me amas!

No contesté. No era capaz de coordinar mi respiración para poder hablar.

-¡Dilo!-gritó.

Tuve miedo de que nos oyeran, pero, ignorando el eminente peligro, le dije, gritando todo lo que pude:

-¡Te amo!

-¡Más!

-¡Te amo!

-¡Más! ¡Ya llego!

-Te… Te… ¡Te amo, Robert!

El orgasmo fue cuanto menos intenso, y me pilló, por primera vez en mi vida, hablando, en mitad de una frase. Bajé la falda y me abroché la camisa lo más rápido que pude. Mientras Robert se subía los pantalones, me dijo:

-Estuvo de puta madre, ¿eh? Nunca te había visto tan fogosa.

-Lo mismo digo.

-Tenía ganas de verte, Em. Tú eres la que me inspira.

-¿Por inspirar quieres decir que te la levanto?

Ahora comencé a hablar con mucha más serenidad, pero él volvió a abrazarme por detrás, haciendo que volviesen a ponérseme los pelos de punta.

-Daría lo que fuese por que volviésemos a comenzar de nuevo.-me susurró al oído.

Mis labios esbozaron una sonrisa. Adoraba sentir su aliento en mi nuca.

-Pero… Adrien…-titubeé.

-Em, he estado tres años en la cárcel. Soy un hombre nuevo. Ya he pagado por mis pecados y quiero comenzar una nueva vida… A tu lado.

Lo miré de reojo. Sentí que lo que yo dijera ahora iba a sellar mi destino para siempre. ¿Debería darle una segunda oportunidad? ¿Se la merecía? No pensé mucho en lo que dije, pero le contesté, con voz muy dulce:

-Confiaré en ti.

Robert sonrió. Sabía que iba a responder eso. Yo hasta me sorprendí. Creí que no sería capaz de decirle eso al canalla que me había traicionado y que había jugado con la vida de mis pequeños, de mis hijos, de la sangre de mi sangre. ¿Cómo se puede confiar en alguien así? Cuando se está enamorada, se confía hasta en el mismísimo Diablo. Salimos del baño, sin reparar en las miradas acusadoras del tabernero y los otros clientes, y me fui a casa, o de lo contrario perdería el autobús. Sola, pues Robert quería terminar la cerveza.

-Un besito de despedida.-dijo, señalando sus labios.
Lo besé. Fue un beso fugaz pero intenso. Acto seguido, me marché. En el camino a casa pensé mucho en lo que había hecho. Me había dejado llevar por el deseo. Por el corazón en vez de por la razón. Debería guiarme menos por el corazón, pero no pude evitarlo. No me podía creer lo que estaba pasando. ¿Volver con Robert? ¿Arriesgarme a sufrir? ¿Arriesgarme a que le pasase algo a Adrien? El final se convertía en el comienzo. La serpiente que se muerde la cola. Nacer y morir en el mismo lugar. Intenté convencerme de que esta vez todo iría bien y me resigné a afrontar mi destino

lunes, 27 de julio de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo X- Tela de mentiras


Pasaron los años como si fuesen las hojas que caen caprichosamente de un árbol agonizante. Tiempos de prosperidad y felicidad de los que ya escasean. A Josh y a mí nos iba fenomenal en el trabajo. Adrien ya se había convertido en un apuesto jovencito de 12 años que sacaba nueves y dieces como panes. Terry había dejado su puto trabajo de empleado de gasolinera que tantos disgustos y depresiones le había causado y se había metido a mecánico, que era su el trabajo que siempre había querido, en cuanto me lo contó nos fuimos de copas, aquella noche bebí como un murciélago y fumé como un tren de vapor, lo reconozco. A mis 23 añitos pensaba que nada podía irme mejor. Esas eran las vacas gordas.

Pero a las vacas gordas le llegan las flacas. Tiempos difíciles que no paraban de abrumarme. Todo comenzó un día de febrero. Josh me había dicho el día anterior que no se encontraba muy bien y pidió cita para ir al médico. Se la dieron enseguida, seguramente les había insistido mucho. A las seis y media de la tarde cogió carretera. Me pasé la tarde mirando el reloj para ver cuánto tardaba. No es que estuviese excesivamente preocupada, la verdad, pero soy bastante impaciente, y más con eso de las visitas al médico, que me traen por el camino de la amargura.

Josh llegó aproximadamente a las ocho. Yo estaba limpiando la cocina y Adrien veía la televisión como merecido descanso. Abrió la puerta sin hacer ruido y se metió en la cocina. Por la cara que puso me figuré que no esperaba encontrarme allí.

-Hola cariño.-le dije.- ¿Qué tal en el médico?

Tardó en contestar. Se le veía nervioso, mucho más de lo que está alguien que sale de hacer una revisión.

-Bien.-respondió, titubeante.

-Entonces no hay ningún problema, ¿no?

-No, estoy bien.

-Me alegro. Que, oye, cuando me dijiste ayer por la noche que te dolía el pecho me puse mala. Pero bueno, todo se ha quedado en un susto.

Sí, eso era lo que me había dicho. Cuando lo oí, palidecí. Contando que el hermano de mi madre, mi tío Agnus, murió de un rollo de esos. Yo tenía 2 años, así que no tengo ningún recuerdo de él, pero vamos, que son cosas que intimidan lo suyo.

Entonces, sin pensarlo demasiado, me acerqué a Josh sensualmente. Me agarré a su cuello y le dije, en voz baja para que no me oyese nuestro hijo:

-¿Qué te parece si nos metemos en la habitación y lo celebramos?

Se puso colorado, lo vi enseguida. No parecía estar muy a gusto. Incluso me atrevería a decir que le incomodaba la situación.

-Está Adrien en casa, Emily.-dijo- Mejor que no.

La voz le temblaba. Lo miré a los ojos. Lo calenté pero bien, eso se notaba. Aún así, no lo forcé:

-Está bien. Ya lo haremos en otro momento.

Él no añadió nada más y se fue. Se pasó varios días hablándonos a Adrien y a mí lo mínimo. Cuando le preguntaba si le pasaba algo, siempre me respondía que no con voz triste y apartando su mirada de la mía. Llegué a pensar si había hecho algo que le incomodase. Quizás no veía con los mismos buenos ojos mi relación con Terry. O cualquier cosa. Comencé a deprimirme. No dejaba de pensar en qué estaba haciendo mal para que Josh me tratase así. Bueno, a mí y a Adrien, que no sé qué habría hecho el pobre. Había días en los que intentaba presionarlo para que volviese a ser el de antes, pero en cambio en otros intentaba incluso esquivarlo. Sentía como si entre nosotros hubiese una barrera infranqueable, que según iban pasando los días, las horas, las semanas, se iba engrosando y aumentado de tamaño.

Hasta un viernes, día 13, creo. Era por la noche. Como de costumbre, habíamos cenado todos juntos, había ido a ducharme, a mirar cómo estaba Adrien y a la cama. Me quedé dormida enseguida gracias a la ducha, que me había atontado un poco. Se hizo tarde. Toda la casa dormía. Me sentí levantar de la cama, en el aire, y volver a acostar. Luego, oía ruidos. Ruidos extraños. El viento. Gritos. Gente. Ajetreo. Luego la calma. El silencio. La tranquilidad. Y otra vez el alboroto. Abrí los ojos lentamente y conseguí ver, como entre niebla, luces. Luces de colores centelleantes. Farolillos. Miré a ambos lados. Josh estaba sentado a mi lado, sostenía algo en las manos. Entonces me di cuenta y vi que no era un sueño: estábamos en un coche, los dos. Él conducía. Naturalmente, me puse nerviosa.

-Josh, ¿qué coño hacemos aquí? ¿Dónde está Adrien?

-Adrien está bien.-dijo, con voz pausada y sin separar los ojos de la carretera- Está en casa durmiendo.

-P…Pero… ¿A dónde vamos?

Guardó silencio unos instantes. Mis manos temblaban y ansiaba de veras una respuesta. Sin a penas mover los labios, contestó:

-Emily, ¿recuerdas cuando te di ese anillo?-refiriéndose al anillo que me diera cuando compráramos la casa- Esa era una señal de amor eterno. Ahora vamos a hacer que sea bien visto por el Estado.

De repente comencé a verlo claro, aunque me parecía una locura viniendo de una mente tan cuerda y sana como la de Josh: quería que nos casáramos.

-¿¡Estás loco!?-grité, desquiciada.- ¡Da la vuelta ahora mismo!

-No tenemos tiempo, cariño. Cuanto antes, mejor.

-¡Josh, da la vuelta, por amor de Dios!

No me contestó. Estaba muy serio y pálido, muchísimo más que de costumbre. Sentí verdadero miedo, ¡miedo! ¡Con Josh! Era casi impensable. De pronto, aparcamos de golpe, y vi cómo él se desabrochaba el cinturón del coche.

-Baja.-me ordenó, muy seco.

Le obedecí. Creo que más por temor a lo que pudiese hacer que a otra cosa. De repente, entre la oscuridad de la noche, distinguí un edificio grande, antiguo, sostenido por unas columnas jónicas. Arriba de todo relucía un cartel. Me di cuenta enseguida de que era el juzgado de guardia. Allí, Josh y yo rellenamos todos los impresos para que nuestro matrimonio tuviese todas las de la ley. Luego volvimos a casa en coche sin mediar palabra. En cuanto llegamos subí las escaleras como un caballo a trote, entré en la habitación de Adrien y lo besé todo lo que quise. Por suerte no se había despertado aún.

Pasaron dos o tres semanas cuando pasó algo fatídico y funesto que cambió mi vida para siempre.

No me resultaba muy difícil ser la señora Sidle. Es más, lo llevaba con bastante diplomacia y orgullo. Desde que habíamos contraído matrimonio, Josh se mostraba muchísimo más cariñoso conmigo y con Adrien, aunque seguía intentando esquivarnos. Yo sólo trabajaba por la mañana, pero aquel día estaba de guardia, así que aproximadamente a las 4 de la tarde me dispuse a irme.

-¿Quieres que te lleve, mi amor?-preguntó Josh.

-No hace falta. Cogeré el autobús de las 4 y media y estaré en la oficina a tiempo.

Miré a Josh a los ojos mientras él me agarraba por la cintura. Estaba mucho más pálido que nunca. No le di importancia, pero era sin duda una señal de lo que iba a suceder. Adrien vino también a la puerta a despedirme. Me dio un abrazo y un beso muy fuertes.

-¿A qué hora vuelves, mamá?-preguntó.

-Sobre las 10, 10 y media, o quizás más tarde. No me esperes despierto.

Erguí la cabeza y besé a Josh en la boca muy suavemente.

-Procura que Adrien haga los deberes, ¿eh?-le dije- Y tenéis para cenar un poco de arroz en la nevera. Lo calientas unos 5 minutos y ala.

-Vale.-respondió él, mirándome embelesado.

-Adiós.-les grité, antes de cruzar la calle.

-Adiós.- me contestaron casi a la vez.

Me fui, inocentemente, al trabajo. No había mucho que hacer, así que me aburría bastante. Pero de repente, a las 10 de la noche, cuando el cielo estaba ya oscuro como la boca del lobo, sonó el teléfono:

-Seguros “Casa feliz”, al habla Emily Gray. ¿Qué desea?

-M…M… ¿Mamá?

Era Adrien. Su voz temblaba y parecía estar llorando. Sentí como si me diese un vuelco al corazón.

-¡Adrien! ¡Sí, soy yo, mi amor! ¿Qué ocurre?-dije, alarmada.

-Es papá… Pap…

-¿Qué le pasa a papá?

-Está en el suelo… No se mueve…

Ahora sí que me puse nerviosa. Me temí lo peor.

-¡Adrien, llama a una ambulancia! ¡Y no te muevas de casa, que voy enseguida!

Colgué el teléfono y me puse el abrigo apresurada.

-¡Sustitúyeme! ¡Tengo que irme!-le dije a Mary, una compañera.

Salí del edificio y llamé a un taxi. Vino con rapidez. Me monté y le grité a dónde quería ir.

-¡Y rápido!-añadí.

Así lo hizo. El taxista pisó el acelerador todo lo que pudo. Yo no dejaba de morderme las uñas, que ni de fumar tuve ganas. No dejaba de darle vueltas a si Josh estaba muerto, vivo, si había sido una simple caída, o un desmayo, o algo mucho, muchísimo peor. Al llegar a casa, vi la ambulancia y el coche de policía aparcados en el césped y por lo menos tres policías haciendo guardia en la puerta. Me bajé del taxi apresurada.

-16 dólares con 75, señorita.-dijo el taxista.

Le alargué un billete de 20 dólares mientras le decía, ansiando perderlo de vista:

-¡Quédese con el cambio!

En cuanto el dueño del taxi hubo cogido el billete y se hubo marchado, corrí hacia la puerta, agarrando el bolso para que no me cayese. Antes de poder entrar, un policía me agarró por un brazo tan fuerte que consiguió hacerme daño.

-¿A dónde se cree que va, señora?-dijo, con tono autoritario y cierta prepotencia.

-¡Soy la madre del niño!-grité- ¡La mujer del hombre que… que estaba en el suelo! ¡Déjeme entrar de una puta vez!

Me soltó como con asco. Subí las escaleras a galope y vi, aterrorizada, a Adrien llorando en la puerta de la habitación. Dentro, unos sanitarios hablaban entre ellos, rodeando el cuerpo inerte y blanquecino de Josh, que tenía la camisa desabrochada, seguramente por intentar reanimarlo. Dos de los cuatro médicos que había se levantaron y salieron de la habitación. Al verme, aturdida en medio del pasillo, uno de ellos me dijo:

-Lo hemos intentado todo, pero aquí ya no hay nada que hacer. Lo siento.

Me llevé las manos a la cabeza y me agarré el pelo fuertemente. No podía creer lo que estaba oyendo.

-P…Pero… C…Cómo…-dije, tartamudeando temblorosa.

-Sufrió un infarto. Todavía esperamos hacerle la autopsia para determinar la causa exacta de la muerte.

En ese momento no había lugar a dudas, había muerto. ¡Muerto! ¡Josh! No podía creérmelo. Sentí de repente como si mi mundo se derrumbase mientras me acercaba lentamente a la habitación, donde unos sanitarios lo metían en una bolsa negra y la cerraban apresuradamente con una cremallera, sin brindarme la oportunidad de ver su rostro por última vez. Era completamente insoportable aquella sensación de impotencia que todavía recuerdo como si fuese ayer. Me acerqué a Adrien y lo abracé, con las pocas fuerzas que albergaba.

-¡Fue por mi culpa mamá!-chilló, mientras lloraba desconsolado- ¡No supe qué hacer!

-Normal que no lo supieses. Tranquilo.

Dejé que las lágrimas se deslizasen libremente por mis mejillas, sin hacer nada para impedirlo. La verdad es que esta vez había actuado con mucha más serenidad que cuando mi madre había muerto, quizás porque esta vez aquel que me consolaba ya no podría volver a hacerlo nunca más. No en esta vida.

En cuanto todos se fueron, fui a acostar a Adrien. Logré, después de estar dos horas y media sentada al borde de la cama, que quedase dormido. Lo besé en la frente y me fui al piso de abajo. No me atrevía a dormir en la misma habitación en la que mi marido había muerto hacía tan solo un par de horas. Me acosté en el sofá, tapada con una mantita de punto que había hecho mi madre una vez, y me puse a ver la televisión. La programación nocturna era una mierda. Allí me echaba a llorar como una boba cuando veía los anuncios del fútbol, que a Josh lo traía loco, o por cualquier otra gilipollez. Todavía no sé cómo conseguí quedarme dormida. Eso sí, sin pesadilla, sin sobresaltos, ¡era como el sueño de un muerto!

Me desperté alrededor de las 7 de la mañana. El teléfono comenzó a sonar, como si chillase de dolor. Lo cogí mientras me desperezaba.

-¿Sí?-dije, con voz cansada.

-Señora Sidle, han llegado los resultados de la autopsia.

Seguramente era la policía. En ese momento sí que me desperté por completo.

-¿Y?-pregunté, exaltada.

-Fue por un infarto. Padecía una enfermedad coronaria que solamente se podría curar con una costosa operación. Son todos los detalles que podemos darle.

Mi garganta no fue capaz de producir ni el más mínimo sonido. La enfermedad de Josh tenía curación, ¿por qué no me lo había dicho? ¿El coste? No habría problema: trabajaría horas extras, me quitaría de mis vicios, incluso… Incluso creo que sería capaz de darle mi propio corazón para poder salvarlo; pero no. Prefirió mantenerlo en silencio. Y el silencio tejió redes de mentiras como una viuda negra, que fueron devorando su vida lentamente. Al cabo de un rato, el señor que me atendía, que había permanecido callado todo este tiempo, dijo:

-¿Señora? ¿Se encuentra bien?

-S…Sí, sí, estoy bien.-titubeé.

-Puede decirle a los de las pompas que vengan a recoger el cuerpo a partir de las 8, ¿le parece bien?

-Sí.

-Pues por mi parte, nada más. Mi más sentido pésame y disculpe por las molestias.

-Adiós.-respondí, fríamente.

-Adiós.

Acto seguido, me dispuse a llamar a la funeraria y las pompas. Lo enterrarían esta tarde a las 6, en un ataúd negro con detalles en dorado, como el estuche de una pluma cara. Después, me senté en el sofá y me detuve a pensar, clavando los ojos en el suelo. ¿Tan poco confiaba Josh en mí como para no decirme algo tan importante como eso? Realmente nunca comprendí por qué no lo hizo. Quizás fue porque era demasiado caro, o porque no quería preocuparme. ¿Pero de verdad no se figuraría algo como esto? ¿No se paró a pensar que mi dolor sería muchísimo más insoportable desconociendo la verdad? Se me pasó por la cabeza llamar a Terry. No estaba como para tener muchas luchas internas más, así que lo hice. En cuanto le expliqué lo que pasaba, le faltó tiempo para venir disparado. Cuando llegó, le abrí la puerta y le di dos besos.

-Emily, mi más sentido pésame.-dijo, apesadumbrado.

-No hace falta que lo sientas.-respondí- Estoy hasta el coño ya de tanto pésame.

-¿Dónde está Adrien? ¿Se encuentra bien?

Me pareció un auténtico detalle que se preocupase por él.

-Está durmiendo. Aunque no sé si dormiría mucho esta noche. Perder a sus padres… ahora esto… ¡Uf, no sé!

-¿Y tú qué tal te encuentras?-preguntó, mientras me abrazaba por detrás- Dormirías algo, ¿no?

-No te creas que mucho. Dormité un poco, pero es como si nada.

-Apuesto a que todavía no has desayunado, ¿verdad?

-No es que me diese mucho tiempo.

-Te prepararé un café.

Y dicho esto, me soltó y se dirigió a la cocina. Sabía perfectamente dónde estaban las cosas y cómo funcionaban, por lo que se puso manos a la obra.

-Terry, no hace falta.-dije- De verdad, no tengo hambre.

-Pues empieza a tenerla. Déjate de tonterías, porque como te pase como la última vez…

Se refería a cuando intenté suicidarme, evidentemente. No quise decir nada más. Estaba en lo cierto, dejar de comer así era una soberana gilipollez. Yo esperé a que acabase de preparar el café de pie en la puerta de la cocina, cerrándome mi bata azul con una mano.

-Toma.-dijo Terry mientras me alargaba la taza con el café.- Pero te aviso que está ardiendo.

-¡Bah! No importa.- exclamé mientras la agarraba.

La verdad es que sí que quemaba, pero apenas sentí aquel cúmulo de calor a pesar de tener las manos congeladas. Nos sentamos los dos en el sofá.

-Terry, me siento tan miserable.-le dije, a punto de llorar.- ¡Josh no tuvo confianza en mí! ¿No me quería lo suficiente como para contarme lo del corazón? Si lo hubiese hecho, ahora…

-No te comas la cabeza, mi reina. Tendría sus razones, pero dudo que sean esas.

-Aún así, Terry-dije mientras posaba en la mesa la taza de café- y aunque te parezca raro, parece que el dolor que siento es mucho menor esta vez, aunque haya perdido a mi pilar maestro, por así decirlo.

-Es normal. Seguramente, aunque no lo quieras, estás reprimiendo parte del dolor que sientes para que Adrien no se ponga peor.

Dicho esto, tomé su cara entre mis manos y le susurré, deshaciéndome en lágrimas:

-Hablas igual que él.

Bajé las manos lentamente hacia su cuello, mientras bajaba la cabeza poco a poco y lo abracé, rompiendo a llorar. Terry me acarició la cabeza sin decir nada. Sabía que lo necesitaba. Creo que nunca había llorado tanto como allí con él en ese momento. Me fui calmando. No quería bajo ningún concepto que Adrien pudiese oírme llorar.

-El funeral es esta tarde, a las 6.-dije, levantando la cabeza con el fin de alcanzar los ojos de Terry.- ¿Vendrás?

-Pues claro que iré. No pienso dejarte sola.

Sus palabras me calentaban el corazón. Creo que en aquel momento nadie más que él podría tranquilizarme. Entre los preparativos y todo el rollo la hora del funeral llegó revoloteando como una mariposa, tiñendo de negro mi alma. Me vestí con lo mismo que llevé al funeral de mi madre, que no tenía yo muchas ganas de ponerme a elegir modelito. Adrien iba con un pantalón y unos zapatos negros, y en la camisa blanca cruzaba una corbata negra como la rúbrica de una esquela fúnebre.

Josh siempre había dicho que cuando él muriese no quería ceremonias ni aglomeraciones en su entierro, y que pasaba de las cursiladas de los funerales. Eso sí, quería enterrarse en el cementerio, al lado de su padre. Aunque él no era creyente, estaba bautizado y había hecho la confirmación de niño, por lo que estaba admitido.

El funeral dio comienzo antes de lo que yo desearía. La gente fue llegando y dándome el pésame. Eso sí, sólo los más allegados: amigos, compañeros de trabajo y algún que otro familiar con los que no tenía trato. Luego llegó la tía Margarite con los niños. Josh tenía mucho trato con ellos y lo querían un montón. Se les veía destrozados. La verdad es que ninguno de nosotros se esperaba algo como esto. Terry ya estaba allí, es más, no me había abandonado desde que había venido por la mañana a casa. La ceremonia fue tediosa y aburrida. Yo apenas escuché lo que el Padre decía y me centré en memorizar uno a uno, sin albergar ninguna emoción, todos los detalles del rostro de Josh. Me horrorizaba verlo con aquel tono blanquecino y cadavérico, muy alejado de la faz morena y curtida por el sol de la que yo me había enamorado. Estaba vestido con una camisa y pantalones negros, como si fuese la ropa de los domingos. La verdad es que es innecesario trajearlo tanto, cuando nadie volverá a verlo nunca jamás. Me estremecía pensar que hacía tan solo unas horas nuestros labios estaban en contacto uno con el otro, pudiendo sentir el calor que desprendían sus fuertes brazos; y ahora, se acabó. En cuanto los enterradores lo sumergían bajo tierra me fui despidiendo de todos nuestros momentos felices, de todos sus besos, de sus abrazos, de sus caricias, y pensando en enfrentarme a la realidad otra vez sola.

Terry no se había separado de mi lado. Realmente le agradecí su comprensión. Mientras él me cogía de una mano, seguramente para que pudiese percibir su presencia, yo envolvía a Adrien con un brazo. Todo lo que nos estaba pasando era irremediable y escapaba a nuestro control.

En cuanto Josh ya descansaba bajo tierra, la gente comenzó a rezarle responso tras responso. El ambiente comenzaba a atosigarme por lo que di media vuelta y me alejé de allí.

-¿A dónde vas?-me preguntó Terry, agarrándome de un brazo. Estaba preocupado por mí, lo sé. Lo noté en su voz.

-A fumar. Vuelvo pronto.-respondí fríamente.

Entonces me dejó ir, aunque sentí que su mirada cargada de angustia en la nuca. En la puerta del cementerio logré sacar un pitillo y fumármelo en tranquilidad, sin que la gente me mirase raro, sin que nadie me mirase con falsa compasión. Necesitaba estar en soledad, saboreando aquel puñal. Sí, la muerte de Josh se había clavado como un puñal en mi espalda. Otro puñal que la indefensa paloma tendría que sobrellevar. De repente, veo una sombra detrás de mí proyectada en el suelo. La observo sin dejar de fumar. El miedo se apodera de mí un instante. De repente, veo como dos brazos musculosos me envuelven. En los nudillos de aquellas recias manos estaban tatuadas las palabras KISS y KILL respectivamente. BESA y MATA. ¿Había alguien que fuese capaz de hacer compatibles aquellas dos palabras?

-Hola, corderito.-escucho.

Sí lo había. Me di la vuelta sobresaltada y contemplo, horrorizada, que el dueño de esos brazos, que seguía sin soltarme, era Robert.

miércoles, 22 de julio de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo IX- Reabrir mi corazón


Pasó un año de aquello. Josh y yo vivíamos felices en nuestra casita, como si fuésemos personajes de un cuento de hadas que parecía no tener fin.

Una noche, mientras yo estaba acostada, leyendo, si no me equivoco, un libro sobre nazis o no sé qué historia, y fumando un pito. Josh se sentó en una esquinita de la cama, a mi lado, y me dijo:

-Emily, tengo que hablar muy seriamente contigo.

Me alarmé. No me gustaba la expresión “hablar muy seriamente”. Casi siempre traía consigo desgracias.

-¿Qué pasa, Josh?-pregunté, preocupada, dejando el libro en la mesita de noche.

-Verás… Llevamos ya mucho tiempo juntos y… Como todo ser humano, tengo la necesidad de… Ya sabes, de crear descendencia… Ignoro si has superado lo de Jimmy y John, pero como creo que sí lo has hecho, te pregunto: Emily, ¿quieres que tengamos un hijo?

Realmente no me esperaba eso. ¿Un hijo? ¿Otro hijo? ¿Yo? Me quedé en blanco unos segundos, hasta que pude llegar a decir, titubeante:

-No… No sé si…

-Emily, serás una madre inmejorable, y lo sabes.- contradijo Josh- Que el padre no fuese el indicado, no significa que fuera culpa tuya, te lo digo siempre.

Lo pensé detenidamente. Quizás sí era hora de tener otro bebé, de empezar de cero. No sabía qué contestarle, tuve miedo. En cuanto miré los ojos de Josh, supe que tenía muchísimas gana de tener un hijo, un portador de sus genes, por lo que le dije, aunque no muy segura, mientras apagaba el pitillo en un cenicero:

-De acuerdo. Tengámoslo.

Estaba convencida de que no habría mejor padre que Josh, convencidísima. Por lo tanto, nos pusimos, como se suele decir, manos a la obra. Por primera vez en mi vida iba a tener un hijo conscientemente, es decir, sin sorpresas, sin llantos, sin angustias. Un hijo querido y esperado. En cuanto acabamos, recosté la cabeza en la almohada, invadida por el placer, mientras Josh, que estaba a mi lado, acariciaba mi vientre mientras decía:

-Ahora dejemos que la naturaleza haga lo suyo.

Sonreí. Estaba algo asustada, es decir, no era fácil pensar que iba a tener a otro niño creciendo dentro de mí, no era fácil pensar que volvería a ser madre otra vez. Recapitulé mentalmente todo lo que había hecho con mis otros hijos, para que no volviese a suceder. ¿Realmente estaba preparada para hacerlo, para reabrir mi corazón, para reabrírselo a otro niño? Me costó mucho quedarme dormida.

Durante unos meses, no dejaba de ir al médico, y siempre su respuesta a la pregunta de si iba a concebir otro hijo era un rotundo no que a Josh le taladraba las entrañas. Lo intentamos, y Dios sabe que lo intentamos varias veces, pero no había forma. Un día, me detuve a hablarlo con Josh, mientras fumaba cigarro tras cigarro con avidez.

-¡No hay forma!-repetía él una y otra vez llevándose las manos a la cabeza.- ¡No sé qué está pasando!

-Algo está yendo mal, eso fijo.-sentencié.

-¡Pero lo hemos probado todo! ¿¡Qué nos está pasando, Emily!?

-Josh, creo que lo mejor sería que fuésemos a hacer unos análisis por si acaso. Imagínate que el parto de los gemelos me ha hecho algo, no sé, o…

-O quizás el problema sea yo.-dijo entonces él, muy serio.

-Hazme caso, Josh.-le dije, acariciándole la cara.-Es lo más sensato.

Me asombró oírme hablar a mí misma sobre sensatez, yo, que siempre fui la impulsiva. Josh me miró a los ojos. Estaba a punto de llorar.

-Está bien, Emily. Por los dos.

-Por los dos.-repetí.

Así lo hicimos. Un especialista nos tomó muestras de sangre y orina. Al cabo de una semana, en la que Josh no levantó cabeza, llegaron los resultados. Mientras estábamos en la sala de espera, sentí cómo me cogía de la mano y me la apretaba hasta hacerme daño. Nunca lo había visto tan nervioso, por lo que no se lo impedí. En cuanto nos llamaron, sentí que comenzaba a temblar. El médico nos hizo sentar en las sillas que había enfrente de su escritorio y dijo, mirando detenidamente unos papeles que sostenía en las manos:

-Señorita Gray, según estas pruebas, usted no presenta ningún tipo de anomalía que le impida tener hijos. De hecho, según consta en los archivos, ha dado a luz una vez, a un pequeño llamado Jimmy, ¿me equivoco?

-No.-murmuré bajando la cabeza.

Me molestó que comenzase a tocar el tema de mis hijos. Aún así, ¿cómo iba a ocultarlo, teniéndolo tatuado en mi piel e inscrito permanentemente en lo más profundo de mi corazón? Y lo peor era que no había nombrado a John, básicamente, porque gracias a las mariconadas que había hecho Robert de venderlo y cambiar su identidad. A pesar de haber notado mi abatimiento, el médico prosiguió fríamente, todavía muy serio.

-Es perfectamente evidente que el problema es de él. Lo siento, señor Sidle, pero usted es estéril. De ninguna manera podría concebir.

Josh se quedó completamente perplejo, eso lo noté yo. Creo que no le habría hecho tanto daño ni aunque lo matase a hostias. Salimos de la consulta poco después de saberlo. Él no habló en todo el camino, pero, en cuanto llegamos a casa, se cubrió la cara con las manos y gritó:

-¡Mierda de vida!

Yo, que aún estaba en la puerta, entré y la cerré en el acto. Me acerqué a Josh por detrás y lo abracé muy fuerte.

-Josh, no te preocupes.

-¡¿Cómo no me voy a preocupar?! ¡Soy un ser inservible! ¡No podré darte un hijo!

Evidentemente, todo lo que estaba diciendo era fruto de su tristeza. Ese no parecía ser el Josh científico y calculador que se tomaba todo con filosofía, no. Estaba viendo a un Josh completamente destrozado. Entonces, lo cogí por los hombros y lo giré para que me mirase a los ojos.

-No está todo perdido.-dije- Todavía podemos tenerlos.

-¿Cómo?

-Adoptando. ¿No te das cuenta? Esos niños quieren padres que los quieran y nosotros queremos hijos a quien querer. Me encantaría hacerlo.

-No sé, Emily…-dijo, no muy convencido.

-No sabes por qué han pasado esos niños. Deben estar hartos de sufrir, y yo también lo estoy. Venga, Josh. Ayudémosles.

-Está bien.-dijo, después de estarlo pensando un buen rato, sin apartar su mirada de la mía.- Lo haremos.

Lo abracé con toda mi alma. Había estado pensando en adoptar en el coche. Eso era lo que hacían los padres que no podían tener hijos: adoptar. Esa misma noche quedé con Terry para tomar una copa en nuestro bar habitual: “El Templo de la Salsa”. Él ya estaba al tanto de todo el rollo del intento de suicidio, así que no quiso tocar el tema. Alabó mi tatuaje, eso sí, que lo acababa de descubrir, pues se veía a la perfección con el top rojo abierto por la espalda que llevaba. Estuvimos hablando horas, y, por supuesto, le conté lo de la adopción.

-Mañana iremos al orfanato “Holly Ghost” para que la asistente social nos evalúe y nos presente a los niños.-le dije, tomando de vez en cuando un trago de cubalibre o dándole una calada al pitillo.-Estoy nerviosísima. Tengo miedo de que no me lo den por el tema de Jimmy y eso.

Terry se quedó muy serio, entonces afirmó, mientras se desabrochaba algo del cuello:

-Eso no pasará.

Entonces, sostuvo en sus manos el collar que se había quitado. Era un collar con la cadena de plata. En el centro, como si fuese una espada, colgaba un diente de tiburón.

-Es mi amuleto. El diente de tiburón simboliza la fuerza. No es que crea mucho en estas cosas, pero me lo había regalado mi madre y significa mucho para mí. Me gustaría que te lo quedases.

-¿Estás loco? No, me niego. ¡Te lo ha dado tu madre, no te quitaré una cosa así!

-No me lo estás quitando, te lo estoy dando yo. Quédatelo.

Por mucho que le decía que no, Terry era mucho más insistente que yo. Acabó por cogerme de la muñeca y metérmelo en la mano.

-Toma.-reiteró.

Acabé por cogerlo. Era un colgante precioso, pero me sabía mal aceptárselo, pues era de su madre y yo sabía mejor que nadie que la echaba de menos. Aún así, me lo puse.

-Te dará suerte.-dijo.

-Muchas gracias, Terry.

-De nada.

En ese momento, sonó mi canción favorita y lo saqué a bailar. Parecía que el ritmo fluía por mis venas. Me lo pasé genial esa noche, y apuesto a que Terry también. Aún así, nos fuimos pronto del bar. Tenía que descansar.

Al día siguiente, por la mañana, Josh y yo nos encaminamos al orfanato. Yo me vestí de traje, que consistía en una falda y una chaqueta, y me recogí el pelo en una coleta. Debía estar perfecta para la entrevista. Por supuesto, en mi cuello, estaba el collar de Terry, faltaría más. Necesitaría mucha suerte para que me aceptaran.

El orfanato era grande pero parecía caerse a cachos. Estaba pintado de marrón rojizo, y tenía un enorme reloj a lo alto. En la puerta estaba la asistente social.

-Buenos días, señor Sidle.-dijo, estrechándole la mano a Josh, y luego añadió, haciendo lo mismo conmigo.-Señora Gray. ¿Les parece que comencemos con la entrevista?

-Sí, por qué no.-respondió Josh.

Entramos. Los niños estaban en el recreo. Mientras aquella mujer interrogaba a Josh mientras miraba unos informes, yo contemplaba por la ventana del despacho cómo aquellos preciosos pequeños jugaban inocentes. Me fijé en uno, en uno en concreto. Era de piel color café, con el pelo corto, ricito y negro como el petróleo. Los ojitos eran color miel, los reconocí perfectamente. Estaba en una esquinita, sentado, apartado de todos. Cuando yo era pequeña, también hacía lo mismo. Eso era una mala señal. Indicaba que algo en su vida estaba fallando. De repente, la agente social, que no había dejado de mirarme de reojo en ningún instante, nos dijo:

-Me gustaría que viesen los dibujos que han hecho los niños. Verán qué monada.

Nos llevó a varias clases, diciéndonos quién lo había pintado, cuántos años tenía y enseñándonoslo en fotos que llevaba ella en una carpeta. De repente, en un aula, vi encima de un pupitre un dibujo. No tenía firma. En él, se veía a un hombre blanco desfigurado apuñalando a una mujer negra. Abundaba el color rojo, en pinceladas hechas con golpes secos y temblorosos, llenas de miedo y angustia. No pude evitar imaginármelo, imaginar cómo aquel desalmado mataba a puñalada limpia a la mujer, indefensa. Comencé a sentirme mal. Relacioné directamente ese dibujo con el asesinato de mi madre. Me apresuré a ir al baño, corriendo y tapándome la boca.

-¡Emily!-gritó Josh en cuanto vio que huía.

Allí en el baño vomité lo que quise. Cuando volví a la clase, la agente social me miró con recelo y preguntó:

-¿Se encuentra bien, señora?

-S…Sí.-respondí, todavía temblando- Creo que el almuerzo me sentó mal.

-Entiendo…

-Y… ¿Podría decirme una cosa? -me atreví a decirle.

-Pregunte lo que quiera.

-¿Quién pintó ese dibujo?

Lo señalé con el dedo. Josh se horrorizó al verlo, aunque no tanto como yo, claro. La asistente, en cambio, se mostró muy serena.

-Ah, ¿ese? Lo pintó Adrien Meltzler. Tiene 10 años, vino el año pasado.

-Algo tuvo que pasarle para que pintara eso.-repuse.

-Pobrecillo. Es porque su padre mató a su madre y luego se suicidó, por la noche, mientras él estaba en la cama. Se despertó al oír el jaleo y, evidentemente, lo vio todo.

El corazón me golpeaba en el pecho como si no tuviese sitio. Era inevitable pensar en el trauma que tendría, casi tan grande como el de mis hermanos, o el mío. Me resultaba imposible pensar en las similitudes que tenía con él emocionalmente hablando.

-Esperen,-dijo la asistente rebuscando en su carpeta.- Creo que tengo aquí una foto suya.

Nos la enseñó. Casi me desmayo, lo puedo asegurar. Era el niño que había visto por la ventana, sin duda alguna. Estaba visto que estaba predestinada a ayudarle. En cuanto Josh y yo volvimos a casa, se lo conté.

-Josh, ese pequeño me necesita. ¡Me necesita de veras!

-Ni siquiera te fijaste en los otros chavales. Puede que nos necesiten más que él.

-Lo dudo. Por un momento llegué a sentir lo que él sintió y ver lo que él vio a través de aquella pintura. Nunca me había pasado.

-Lo relacionas con lo que te ha pasado a ti, eso es todo.

-Y justo por eso quiero a ese niño. Nunca te pido nada, Josh. Accedí a tener un hijo porque tú me lo rogaste. Lo necesito. En cuanto lo vi por primera vez volví a sentir ese instinto maternal que tuve con mis hijos biológicos.

Josh se lo pensó un rato. Comencé a ponerme muy nerviosa, tanto que hasta me vino el mono del tabaco, que lo había sabido controlar todo el día.

-De acuerdo, Emily. Tienes razón, os necesitáis uno al otro, y eso se nota. Si nos conceden el derecho a adoptarlo, lo haremos.

Lo abracé con todas mis fuerzas, mientras dejaba que las lágrimas de felicidad se deslizasen por mi rostro con total libertad. Ardía en deseos de volver a ver a Adrien y darle aquello que tan desesperadamente necesitaba: amor.

Días después nos llegó una carta. Buenas noticias, muy buenas. Nos concedieron el derecho a adopción. En cuanto lo oí de los labios de Josh, que era quien la había abierto, me harté de besar el collar de Terry una y otra vez. Luego lo llamé por teléfono para darle la noticia. También llamé a mis hermanos, que casi lloran de emoción cuando se enteraron de que iban a ser tíos por 2ª vez. Josh, Terry y yo nos fuimos de copas por la noche para celebrarlo. Lo peor fue la resaca del día siguiente, pero valió la pena.

Estuvimos varios días teniendo encuentros esporádicos con el pequeño Adrien, es decir, haciendo salidas al campo, al parque, y un largo etcétera, para conocernos mejor. Creo que le caí bien desde la primera vez que me vio, pues a los pocos días de vernos ya me llamaba “mamá” con toda naturalidad. Eso me calentaba el corazón.

Pasamos un mes así, hasta que pudimos llevárnoslo a casa. Lo encontré muy nervioso y un tanto asustado. Mientras le ayudaba a hacer la maleta me preguntaba, con aquella vocecilla de ángel:

-¿Cómo es la casa, mamá? ¿Es grande?

-Sí, cielo, es grande.-respondí- Y tiene un jardín muy bonito lleno de flores y árboles. Ya lo verás.

-¿Y tiene piso de arriba?

-Claro. En el piso de arriba están las habitaciones.

-No me gustan los pisos de arriba.-musitó.

En cuanto hubimos hecho las maletas, bajamos a la recepción, donde nos esperaba Josh jugueteando con las llaves del coche.

-Ya estamos listos.-dije, cogiendo la maleta más pesada con una mano y cogiendo a Adrien por la muñeca con la otra.

-Bueno, pues vamos al coche y nos largamos de aquí.

Así lo hicimos. En cuanto llegamos a casa, noté como Adrien se impresionaba. La miraba con ojitos ilusionados, intentando cerciorarse de que aquella casa grande y bonita era su nuevo hogar. Josh y yo lo ayudamos a instalarse en su cuarto, el que habíamos pintado y arreglado para él. Pronto se hizo de noche. Vimos una película, reímos, cenamos una pizza riquísima y luego acostamos a Adrien. Me pareció que algo lo había horrorizado en cuanto se metió en la cama, pero intenté no darle importancia. Lo arropé y Josh y yo le dimos cada uno un besito de buenas noches. Lo vi muy complacido, seguramente añoraba aquellos besos paternales llenos de ternura que seguramente sus verdaderos padres le habrían dado.

Josh y yo nos fuimos a la cama un poco más tarde. Él estaba cansado y un poco deprimido porque al día siguiente tendría que ir a trabajar. Yo me quedé dormida enseguida, pues estaba agotadísima. Pero aproximadamente a la una de la madrugada, sentí como si golpeasen mi hombro muy despacio.

-Mamá…

Era la voz de Adrien. Abrí los ojos lentamente y giré la cabeza. Efectivamente, el pequeño estaba allí de pie detrás de mí, muerto de miedo.

-¿Te pasa algo, cielo?-murmuré.

-¿Puedo dormir contigo?

-Claro que sí. Acuéstate aquí.

Le hice un sitio en la esquina de la cama. Me giré para estar enfrente de él y poder mirarle a los ojos. Estaba a punto de llorar.

-Es normal que estés algo asustado.-le dije, acariciándole el pelo- Es tu primera noche aquí, pero ya verás como mañana estás mucho mejor.

Él permanecía a mi lado sin inmutarse. Miraba a Josh, me miraba a mí y sentía como temblaba entre mis dedos.

-Tengo miedo porque si me duermo pasan cosas malas.-murmuró.

Entonces lo comprendí. Cuando había pasado el desafortunado incidente de sus padres, él estaba dormido. Me estremeció la simple idea de que Josh pudiese hacerme algo semejante. Es más, desde que mi madre murió me pregunto por qué algunos maridos hacen eso, ¿por qué acceden a dar el “sí quiero” si se va a convertir en un “no te quiero”? La imagen que más se repetía en mi adolescencia resurgía en mi mente arrasando todo buen pensamiento a su paso. Lo peor es que mi padre no solo pegaba a mi madre, si no que nos tiene pegado a mis hermanos y a mí; alguna vez tengo estado en el suelo encharcada de sangre retorciéndome de dolor. Si nos odiaba, si de verdad nos odiaba tanto, que nos hubiese dejado en paz y que se hubiese ido. Pero bueno, dejémoslo estar. Ya no tengo por qué pensar en él.

Observaba cómo Adrien me miraba con aquellos ojos repletos de terror. Me acerqué un poquito más a él, llegando a sentir su agitada respiración, y le dije, en voz baja y con mucha ternura:

-No va a pasarme nada malo, cielo. No vas a pasar otra vez por ese calvario. Yo te protegeré.

Mis palabras debieron tranquilizarse, pues se quedó dormido al poco rato. Miré a Josh de reojo. Era completamente imposible que él llegase a hacerme eso. Era incapaz. Intenté dejar de comerme la cabeza con mis oscuros pensamientos y cerré los ojos. Ahora era yo la que temblaba. No sé cómo fue el quedarme dormida.

lunes, 20 de julio de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo VIII- Tres Puñales


Desesperación. Ese era el amargo nombre del sentimiento que pugnaba por hondar en mí. No tenía fuerzas para luchar y a veces llegaba a automutilarme, gozando al ver derramada mi propia sangre, o simplemente me echaba a llorar encima de la cama, hundiendo la cara en la almohada, intentando dejarme sin aire. Sentía como si fuese el ser más repugnante y cruel del mundo. Todo esto porque estaba convencidísima de que yo había matado, aunque fuese indirectamente, a mi madre y a mi hijo Jimmy.

Josh comenzaba a inquietarse. Los cortes en mis brazos y el mis manos eran abundantes y parecía haber más y más cada día. Apenas hablaba, no comía, no dormía. A veces, hasta sentía los labios fríos, como si la sangre dejase de transitar por ellos. Josh acabó recetándome un antidepresivo y un somnífero. Al dormir mejor, decía, comenzaría a recuperar el apetito poco a poco y, con ello, el humor y las ganas de vivir. Pero, si él no se daba cuenta, pasaba de tomar nada. Aunque había momentos en los que parecía faltarme el aire, o me ponía de los nervios, a gritar, o simplemente comenzaba a sufrir unos dolores en la cabeza, o a veces en el pecho, insoportables, y eso sólo los antidepresivos podían calmármelos.

Me pasé días así. Muchos días. Josh me planteó varias veces el ingresarme en el hospital y que pudiesen administrarme fármacos más potentes, pero lo único que obtenía por respuesta era un no rotundo, acompañado de un débil “estoy bien”. Eran unas de las pocas cosas que decía en todo el día.

Hasta que un día mi pompa de depresión y angustia acabó explotando, y sucedió lo que nunca pensé que llegaría a sucederme. Era por la tarde, más o menos a las 7 u 8. El cielo ya estaba oscuro, salpicado por pequeñas estrellas que semejaban diamantes. Estaba mirando por la ventana. No era capaz de llorar, pero sentía una tensión horrible. Parecía que se me hubiesen agotado las lágrimas. Josh me abrazó por detrás y me besó el cuello. No me inmuté. Tampoco dije ni palabra. Permanecí allí, muy quieta, observando la inmensidad del firmamento.

-Voy un momento al supermercado. Volveré en un santiamén.

Volvió a besarme. Yo no aparté la vista del cielo, por lo que Josh se fue, resignado. Pude oír claramente cómo se cerraba la puerta principal. Estuve largo rato en la ventana. No pude evitar permitir que me invadiesen los recuerdos, recuerdos desgarradores. Comencé entonces a escuchar voces… Voces que conocía perfectamente.

-¡¡Así que te escapaste por él de casa! ¿Eh? ¡Veo que no eres tan gilipollas como creía! ¿¡Pues sabes lo que te digo!? ¿¡Sabes lo que te digo!? ¡¡Que ya no te vas a escapar por él nunca más!!

-¡¡Que la puta de Emily no hace más que dar problemas!! ¡¡Atrévete a defenderla ahora!!

-¡¡Has matado a mi hijo!! ¡¡A mi hijo!!

-¡¡Suéltame, por favor!!

-¡¡Puta insolente!!

Todos aquellos sonidos se clavaban en mi cabeza cual si fuesen dagas ardientes. Me oprimía las sienes, intentando no seguir oyéndolos, pero todavía los oía más fuerte y mezclándose unos con los otros. Me fui, como pude, al baño, casi arrastrándome por el suelo. Un dolor inaguantable surgió de mi pecho, mientras seguía oyendo todos aquellos gritos, aquellos llantos. Me agarré al lavabo y cogí del mueble que se disfrazaba de espejo, alzándose ante mí, las pastillas que Josh me había recetado. Sin pensarlo demasiado, volqué unas cuantas en mi mano, que me temblaba, y me las tomé. Todas y casi sin masticar. A pesar de eso, el dolor seguía persistiendo, extendiéndose por los brazos. Volqué otras cuantas pastillas y también me las tomé. Pero ni todo eso me calmaba, ni hacía callar todas aquellas voces horribles:

-¡Las mujeres sólo servís para limpiar y parir!

-Es por tu madre. Tu padre la… la ha…

-¡¡No puede ser!!

-¡¡Ya no te vas a escapar por él nunca más!!

-Esto no me puede estar pasando.

-¡¡Has matado a mi hijo!!

-¡¡Atrévete a defenderla!!

-¡Asesino!

-¡Suéltame! ¡No! ¡¡No!!

-Ni tus hermanos ni tú vais a decir nada, ¿entendido?

Cuando me di cuenta, el botecillo de pastillas estaba completamente vacío. Lo dejé caer en el suelo, escandalizada. Me tapé la boca con las manos y me eché a llorar desconsoladamente. Poco tiempo estuve así, pues el efecto de los antidepresivos fue rápido, y pronto caí en el suelo, semiinconsciente, sangrando por la nariz. No era capaz de respirar, mi débil aliento parecía desvanecerse. Comencé a temblar, como si se congelasen cada una de mis venas. En mi cabeza todavía residían pensamientos evanescentes que nacían y morían en los rincones más inhóspitos de mi mente como si fuesen lenguas de fuego sofocadas por un frío helador. De repente, oigo una voz, como si se produjese muy lejos de mí.

-¡Emily!

Sentí como si alguien me tomase en brazos, sin levantarme del suelo, y me apartase el pelo de la cara. Aunque mi visión no era del todo precisa, logré distinguir a una persona: Josh.

-¡Emily! ¡Qué has hecho!

No pude responder. Era como si mi boca no albergase saliva y fuese incapaz de articular sonido alguno.

-¿Me escuchas? ¡¿Me escuchas?! ¡Si me escuchas, asiente! ¿De acuerdo?

Asentí débilmente, sin apenas mover la cabeza. Josh se percató enseguida de que había tomado las pastillas, al ver el envase en el suelo.

-¿¡Cuántas te has tomado!?

Su voz me sonaba distorsionada, pero noté enseguida su notable preocupación. Seguí siendo incapaz de hablar, por lo que Josh se apresuró a coger el móvil y llamar a urgencias:

-Oiga, necesito que manden una ambulancia enseguida. Tienen que atender con urgencia a una mujer en estado de shock. Tiene el pulso muy irregular. Dense prisa, por amor de Dios.

Dicho esto, y sin dejar de agarrarme ni un solo momento, colgó el teléfono y volvió a hablarme.

-Emily, tranquila. No va a pasarte nada.-dicho esto, colocó una de sus manos en mi pecho y añadió- Respira. Eso es. Respira.

A veces, por mucho que lo intentase, no era capaz de coger aire. El simple hecho de inspirar me causaba un dolor muy fuerte en las costillas, pero Josh insistía:

-¡No dejes de respirar! ¡Emily, no dejes de respirar!

A pesar de parecerme casi imposible, una frase salió de mis labios sin vida:

-Déjame morir.

-¡No, Emily, no morirás! ¡Pongo a Dios por testigo de que no permitiré que te mueras!

Josh seguía ordenándome que respirase, pero mi respiración comenzó a hacerse costosa y pesada. Pude sentir cómo sus lágrimas ardientes caían sobre mi piel como si fuesen gotas de agua cayendo sobre una flor marchita. Dejé de ejercer control sobre mi cuerpo. Notaba cómo la vista se me nublaba. El dolor insoportable que albergaba mi pecho se iba disipando muy lentamente. Todos los sonidos se distorsionaron y se fundieron unos con otros, aunque podía oír con toda claridad los latidos lentos y débiles de mi ya cansado corazón. Pensé que aquella era la mejor manera de pagar por mis pecados. Ahora veía lo inútil que sería luchar por mi supervivencia. Cerré los ojos muy despacio, resignándome a mi aciago destino, mientras escuchaba a lo lejos cómo Josh intentaba devolverme la vida…


Todo estaba muy oscuro. No sabría describir la sensación de serenidad que se había apoderado de mí. No me preocupé si seguía respirando, creí que no tendría por qué hacerlo. De repente, delante de mis ojos veo una luz. Una luz blanca, cegadora. Cada vez comienzo a ver con mayor claridad qué se esconde tras aquel radiante resplandor. “Emily, Emily”, una preciosa voz me llama. ¿Serán los ángeles? ¿Será Dios? ¿Será Satán? Todas mis dudas son contestadas en cuanto recupero la consciencia. Era Josh, que estaba a mi lado, cogiéndome de la mano. Mi miedo a la inminente muerte desapareció.

-Emily, ¿estás bien?-preguntó.

Su preocupación era claramente patente. Yo no contesté. Era evidente que había tocado fondo, muy fondo. Josh me acarició, a punto de deshacerse en lágrimas. Entonces, fui capaz de decirle, con un hilo de voz:

-Perdóname.

Las lágrimas comenzaron a fluir por sus mejillas como nunca antes lo había visto. Lo miré a los ojos muy fijamente. Me dolía verlo entristecerse por mi culpa.

-¿Por qué lo hiciste, Emily?-preguntó, con palpable angustia.- ¿Por qué? ¿Por qué no dejaste que te ayudase? ¡Podría haberte ayudado a superarlo!

Bajé la cabeza con sumisión. Estaba consternado y furioso por lo que había hecho, y no era para menos. Si hubiese hecho lo mismo que hice yo, creo que me habría muerto con él.

-Sé que la muerte de tu madre tiene mucho que ver,-prosiguió-¡pero mi padre murió hace dos putas semanas! ¡Y aquí me ves! Vida no hay más que una, Emily. En cuanto se te para el corazón ¡fuera! ¡Ya no hay segundas oportunidades! ¡No puedo creer que hayas podido… llevar a cabo un acto tan egoísta! ¡Piensa en tus hermanos! ¡Y en mí!

No pude contener más mi llanto. Con la cabeza mirando a las sábanas blancas que envolvían mi cuerpo frágil y enfermo, dejé que las lágrimas se deslizasen por mi rostro libremente. Entonces, Josh me agarró por la barbilla e hizo que nuestras miradas se cruzasen.

-Estuve a punto de perderte.-dijo- No sé qué habría hecho sin ti.

Acercó sus labios a los míos. Nos besamos, muy intensamente. La verdad es que lo deseaba con todo mí ser. Cuando nos separamos, y teniendo mi rostro todavía próximo al suyo, le dije, entre lágrimas:

-Soy una mala madre, Josh, y una hija pésima.

-No es cierto, Emily, y con mi ayuda tú también te darás cuenta de que no lo es.

Aquella frase me llenó de fuerza. Comencé a sentirme avergonzada de querer hacerlo, de querer acabar con mi vida. Me imaginaba lo que dirían los periódicos: “La mujer cuyo hombre mató a su hijo intentó suicidarse”, como si lo viese.

En cuanto salí del hospital, me dispuse a curarme, a salir de aquel infierno en el que estaba metida. En el hospital me habían recetado unos medicamentos muy fuertes, por lo que no tardaron demasiado en hacer efecto. Con el paso de los días comencé a comer algo, a dormitar, a reír. Mi piel fue recuperando su tono habitual, abandonando aquel blanco enfermizo y en mis ojos brillaba a veces una pequeña chispita de felicidad.

Un martes día 29, al salir del trabajo, ocurrió algo que me marcó, y nunca menor dicho, para siempre. Iba por la calle tranquilamente hacia casa. Llovía. No llevaba paraguas y me estaba mojando, pero me daba bastante igual. Venía pensando en lo que me había estado pasando aquellos días, y por muchas vueltas que le daba, parecía una horrible pesadilla, o una macabra jugarreta del destino. Me metí por una calle por la que nunca había ido por equivocación. Vagué por allí bastante tiempo, hasta que la encontré. Allí, en una humilde esquinita, había una tienda de tatuajes, que poseía enormes letreros luminosos. Me acerqué al escaparate sin titubear. Los dibujos que había expuestos eran sencillamente preciosos, algunos los encontraba llenos de furia y angustia, y por eso gozaba mirándolos. Entonces encontré uno. No era uno cualquiera, no, era uno de un ave, seguramente un fénix, que tenía clavados en su pecho puñales. Puñales encharcados de sangre. Sentí un impulso irrefrenable de entrar. El dependiente, que era un chaval joven, lleno de piercings y tatuajes por los brazos, me miró impresionado. Debía ser una de las pocas veces que entraba una mujer allí, y menos una mujer empapada a la que se le transparentaba la camisa blanca y se le veía el sujetador. Me acerqué a él.

-Perdone,-dije, señalándolo- ¿cuánto cuesta el tatuaje del escaparate, el del pájaro?

-El del… ¡Ah, ese! Costar, cuesta 400 dólares, porque ocupa la espalda de punta a punta… pero por ser usted se lo dejo en 200 dólares, ¿le parece bien?

Miré en la cartera. Por suerte, llevaba allí la tarjeta de crédito que Josh me había dado.

-¿Aceptan tarjetas?-pregunté.

-¡Claro! ¡Claro! Venga por aq…

-¡Espere!-interrumpí- Antes de nada me gustaría pedirle un favor…

El chico me miró con curiosidad.

-Sus deseos son órdenes, señorita.

-A ver… El pájaro que aparece ahí es un ave fénix, ¿me equivoco? Pues en lugar de eso, agradecería que me hiciese una paloma.

-Una… ¿paloma?

-Sí, y a poder ser, con tres puñales.

Tres puñales, ni uno más ni uno menos. Tres puñales que impiden sobrevivir a la débil paloma: su madre, sus hijos y ella misma. Tres puñales clavados eternamente en su corazón, pero ella aún sigue ahí, de pie, luchando, aguantando todo aquel dolor, aquel veneno, sin más ayuda que su propia fuerza de voluntad. Era como si aquel tatuaje estuviese hecho para mí.

-Está hecho, señorita.-dijo el dependiente, alardeándose.- Confíe en el menda. Antes querría hacerle un boceto para que viese los cambios…

-De acuerdo. Perfecto.-interrumpí.

Así lo hizo. Realmente el simple boceto parecía ya una obra de arte en sí. La paloma se veía de perfil, con tres puñales muy grandes clavados en su pecho. Le di mi visto bueno al diseño e hice que el chaval se sonrojase.

-Acuéstese boca abajo en esa camilla de ahí.-dijo, señalándola.

Sacó los instrumentos de bolsitas esterilizadas y se puso manos a la obra. En cuanto noté la aguja clavándose en mi piel creí que me moría del dolor. Él se percató enseguida.

-No es fácil pasar de 0 a 100 de golpe.-afirmó- Intente relajarse un poco, que está tensa.

Lo hice. Poco a poco fui dejando de notar un dolor tan fuerte. Mi cuerpo se fue acostumbrando a él. Sentía cómo los trazos de la paloma eran dulces y redondeados, y los de los puñales eran rígidos y duros. Percibí enseguida que la camilla en la que estaba se encharcaba de sangre. Me horroricé al principio, pero luego se me pasó. Si iba a morir, no iba a ser allí, de eso estaba convencida.

Tardó lo suyo en hacerme el tatuaje, pero al final lo consiguió. En cuanto terminó dejó que me lo viese en un espejo. La sangre no dejaba verlo con claridad, pero le di mi visto bueno de todas formas. Me lo tapó con una gasa y me cobró. Marché de la tienda satisfecha, sin pensar ni por un solo segundo en lo que me diría Josh cuando me viese. No tardé en salir de aquella calle y ubicarme. Logré llegar a casa. Entré y me fui a la habitación sin ni siquiera molestarme en encender la luz. Me quité la camisa, que estaba empapada de lluvia y sudor y, enfrente del espejo, levanté un poco la gasa, encharcada de sangre. Allí estaba, el reflejo de mi alma gravado para siempre en mi piel. Una sonrisa asomó de mis labios inconscientemente. Aunque el sudor rozaba la zona todavía sangrante y parecía irritármela, no era capaz de dejar de admirar su belleza. De repente oigo que alguien abre la puerta.

-¿Hola?

Es la voz de Josh. Volví a tapar el tatuaje y me apresuré en coger la camisa. Aún así, Josh fue más rápido que yo y me pilló de espaldas a la puerta intentando taparme.

-Emily, ¿qué te ha pasado en la espalda?-preguntó, preocupado.

-Eh… Verás, Josh… No es fácil de explicar…

Vi su inquietud desmedida en el reflejo de sus ojos. Sin añadir nada más, me quité la gasa y se lo mostré. Me miró boquiabierto, creo que si le hubiese arreado un guantazo, no iba a sorprenderlo más.

-Me lo hice hoy, en una tienda que está en una calle cerca del trabajo.-dije, pues él no abría la boca.- Siento no haberte dicho nada, fue un arrebato, no sé si me…

-No…Me parece que… Te entiendo.-dijo, titubeante.

Había estado mirando el tatuaje con todo detalle, como solía hacer con todo. Supongo que comprendió el valor simbólico del dibujo, por eso, en lugar de echarme uno de esos sermones sobre los inconvenientes de los tatuajes y todo ese rollo, me dijo:

-Es precioso.

Me agarró por la cintura. Yo me dejé llevar. Al contrario que con Robert, con él no tenía ningún tipo de miedo, me conocía a la perfección. Era capaz de coger todo lo malo que había en mi mente y convertirlo en algo completamente hermoso. Comenzamos a besarnos con pasión. Nuestras lenguas parecían fusionarse y convertirse en una sola, que danzaba sin cesar por nuestros labios. Sus manos acariciaban mis caderas muy sensualmente. Yo lo agarraba del pelo, sin llegar a hacerle daño. Él me acostó, muy despacio, en la cama, sin dejar de besarme ni por un segundo. Se me olvidó el dolor de la zona todavía sangrante cuando sentí cómo me desabrochaba el sujetador. Yo le quité la camisa ardientemente y desabroché sus pantalones mientras él hacía lo mismo con los míos. Todas las sensaciones negativas que había experimentado con Robert en aquella inexperta e inocente primera vez se habían convertido en un auténtico paraíso sensorial, en el que cada caricia, cada beso frío, hacían que me estremeciera. Al acabar, nos quedamos completamente dormidos, tapando nuestros cuerpos simplemente con una fina sábana blanca. Después de eso, comprendí perfectamente por qué a ese acto tabú que es el practicar sexo, también se le llama hacer el amor.