viernes, 17 de julio de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo VII- Mensajeras de la muerte (2ª parte)


-¿Sí?... Sí, es esta la casa, ¿con quién hablo?... … No… per… ¿Cómo ocurrió?... … … Entiendo… Entonces se lo comunicaré. Muy amable. Buenas noches… Buenas noches.

En ese momento colgó. Yo me desperecé y le pregunté:

-¿Quién era, cariño?

Josh guardó silencio. Seguramente no era capaz de decírmelo. Tampoco es que sea fácil decir algo así. Tragó saliva y se armó de valor.

-Llamaron del hospital. Es por tu madre. Una de tus hermanas llamó a una ambulancia. Ha… ha…

Me temí lo peor.

-No… No puede…-dije.

-La encontraron con un golpe en la cabeza, desangrándose. Los médicos no pudieron hacer nada…

Me llevé las manos a los labios, para evitar no gritar.

-No puede ser…

-Lo siento, Emily.-dijo Josh, acercándose a mí.

-¡¡No puede ser!!-chillé, entre lágrimas.

No podía creérmelo. No era capaz de asumir que mi madre, esa madre que siempre me quiso y me protegió por encima de todo, esa madre que siempre había dado la cara por mí, esa madre que me había enseñado a ser mejor persona y a que aprendiera de mis errores y de los suyos propios había muerto. ¡Muerto! En aquel momento sentía como si mis apesadumbradas lágrimas se tornaran de hielo y me rasgaran los ojos. Me abracé a Josh con todas mis fuerzas. Necesitaba sentir que alguien me devolviese el calor que me parecía estar perdiendo. Allí acurrucada en su pecho lloré como nunca antes lo había hecho, tanto que a veces se me cortaba la respiración.

-Ese maldito hijo de puta...-sollocé.

-Los médicos no han podido determinar si las heridas que la mataron fueron producidas por él.-dijo Josh.

-¡Si nadie lo dice, lo diré yo!-grité desquiciada, levantando la cabeza.- ¡Y me escucharán! ¡Ese bastardo pagará muy caro lo que le ha hecho a mi madre!

-Emily, tranquilízate. No puedes hacer nada. Nadie puede. No hay suficientes pruebas incriminatorias.

-Pero…ella…

-Sería inútil.

Volví a abrazarlo, empapándolo de lágrimas. Cerré los ojos fuertemente, escuchando los latidos de su corazón, que no tenían nada que ver con los míos, pues el corazón me golpeaba como si no tuviese sitio. Cuando comencé a tranquilizarme, le dije a Josh, sin que dejase de acariciarme el pelo, y sin dejar yo de abrazarlo.

-Tengo que ir a ver a mis hermanos… Estarán viviendo un auténtico infierno.

-Ahora necesitas dormir, Emily, no te encuentras en condiciones. Además, conviene mantenerte alejada de tu padre un tiempo.

Intenté protestarle, pero ni para eso tuve fuerzas. Me separé de él, mientras él me acariciaba la mejilla con una mano, a la que yo me aferraba.

-Ambos sabíamos que iba a pasar tarde o temprano. Tú me lo dijiste en la consulta.-dijo Josh.

Era cierto, se lo había dicho. Siempre me había horrorizado pensar que esto podía ocurrir, y ahora que había ocurrido…

-Serénate, mañana será otro día.

Dicho esto, Josh se acostó en la cama, recostándome a mí en el acto, pues me agarraba ahora por la cintura. Él no tardó en quedarse dormido. Yo no podía. Pensaba en lo frágil que era la vida, en lo fácil que era que mis más oscuros temores se hiciesen realidad. Costaba creer que hacía unas horas estaba con ella, riéndome sin parar, y en ese momento estaba llorando desconsolada por su muerte. Acabé quedándome dormida entre lágrimas.

Toda la noche fue una pesadilla que para qué contarla. Era como revivir los momentos cuando mi padre encerraba a mi madre en la cocina y comenzaba a arrearle, sin importarle que ella es un ser humano con los mismos, o quizás más, derechos que él. Yo los contemplaba a través de una puerta de cristal. Veía cómo la boca de mi madre emanaba sangre, que empapaba su vestido blanco impecable. Intentaba entrar en la cocina, pero la puerta estaba atrancada y el cristal era tan grueso que mis débiles puños no eran capaces de romperlo. Era imposible no oír su llanto. Él le gritaba “que no-se-qué de Emily”, “que no-sé-cuantos de Emily”, “que esa puta de Emily esto”, “que esa puta de Emily lo otro”… Mi madre al principio del sueño, me defendía, pero a medida que transcurría, de lo único que se preocupaba era de mantenerse respirando. ¡Era horrible! Josh me despertó. Yo estaba empapada de sudor frío y sangrando a mares por la nariz. Me tranquilizó saber que era una pesadilla, pero parecía estar diciéndome algo: que mamá había muerto por mí.

Me duché. En agua fría. Lo cual fue raro, pues yo siempre me duchaba en agua caliente, pero necesitaba espabilarme. Después, con la toalla anudada al cuerpo, miré en mi fondo de armario. Me puse una falda negra, una camisa blanca y una chaqueta negra, con zapatos negros. Acto seguido, abrí el cajón de mi mesita y cogí un rosario rojo de un pequeño joyero. El rosario era de mi abuela, de la madre de mi madre, que también había sido una sufridora. Era ciega. Murió a mis 7 años, pues tenía hepatitis ¡Si ella estuviese aquí!

Hice unas cuantas llamadas telefónicas. Primero, a unas pompas fúnebres que recogiesen el cadáver; después a la Iglesia de mi antiguo pueblo, por el entierro y el funeral; y por último a mi tía Margarite, pues no iba a dejar que mis hermanos siguiesen viviendo con ese monstruo.

En cuanto me llamaron los de las pompas, me dirigí al tanatorio, que me llevaría Josh. Estaba en mi antiguo pueblo. Pasaba muchas veces por delante de él cuando tenía que ir al colegio. Nunca había entrado dentro. Cuando pasaba un entierro por cerca de nuestra casa, mamá o la abuela cerraban las puertas, las ventanas y las persianas, sumiendo la casa en la penumbra. Siempre quisieron protegerme de la muerte y que nunca descubriese el oscuro final que nos depara la vida. Cuando Amy murió fue cuando me di cuenta de que todo es efímero, de que nuestra existencia apenas dura un suspiro. Entonces no pudieron seguir ocultándomelo.

En cuanto llegamos al tanatorio, noté que mi corazón se aceleraba. No estaba preparada para verla. Entramos a dentro, cogidos de la mano. La tía Margarite estaba allí, vestida toda de negro, sosteniendo un pañuelo blanco con sus largos y huesudos dedos. En cuanto nos vio, se levanto apresuradamente.

-¡Emily! ¡Cariño!-gritó.

Se dirigió hacia mí corriendo y me abrazó. Yo intenté parecer impasible, pero una lágrima salió inevitablemente de mis ojos.

-¡Te estaba esperando!

-¿Dónde están mis hermanos?-dije yo fríamente.

Me soltó, extrañada por mi actitud.

-Los he dejado con una vecina. Tranquila, es de confianza, Los traerá cuando comience el funeral.

Yo asentí. No podía ignorar la presencia del cadáver de mi difunta madre, por mucho que lo intentase. Se me helaba la sangre.

-Está como un ángel.-dijo la tita acercándose al féretro, y añadió, mirándome a mí.- ¿Quieres verla?

-N…No. Por ahora no.

Ella notó mi aturdimiento y calló. Estuvimos horas y horas allí sentadas, sin intercambiar palabra. Josh me miraba de vez en cuando. Debía esta hecha una mierda. Entre lo de Jimmy y esto había adelgazado bastante. Tenía unas profundas ojeras a base de no dormir y mi piel estaba tan pálida como la de un muerto. Todo aquello me estaba conduciendo a la autodestrucción.

Aproximadamente a las 6 de la tarde los de las pompas fúnebres optaron por trasladar el cuerpo a la Iglesia, y allí fuimos los tres. Lo peor fue al llegar allí. Toda la gente del pueblo quería entrar, ver el cadáver y darle el pésame a la hija destrozada. Montones y montones de vecinas y vecinos entraron para escuchar el funeral. Yo estaba sentada en primera fila, con la tita y Josh. De repente, y para mi asombro, veo que entra, prácticamente desapercibido en la Iglesia, mi padre. Sí, aquel desalmado que mató a sangre fría a mi pobre madre, pero “In dubia, pro reo”, por lo que lo dejaron en libertad. El despecho nubló mi juicio completamente. Me dirigí hacia él con actitud desafiante y lo agarré de un brazo para llevarlo a la puerta.

-¿Qué haces aquí?-pregunté, desquiciada-¿Cómo te atreves?

-Quiero ver por última vez a mi mujer, antes de que no pueda volver a hacerlo.

-¿¡Pero cómo puedes decir eso!? ¡Tú la mataste, y todos lo sabemos!

-El juez no lo sabe, y su opinión vale más que la de todos vosotros juntos.

-Tu libertad pende de un hilo.-dije- Si mis hermanos o yo decimos algo…

Sin dejarme terminar, me agarró por el cuello y me apoyó contra una de las paredes exteriores de la Iglesia.

-Ni tus hermanos ni tú vais a decir nada, ¿entendido? ¡No os creerán!-murmuró, conteniendo su ira.

-Aprieta más fuerte, papá.-logré decir, con la voz entrecortada y sin apenas poder respirar.- ¡Aprieta! Tú todo lo arreglas matando, ¿no? Eres un vulgar asesino.

Dicho esto le escupí en la cara con la poca saliva que mi boca podía albergar en aquel momento. Noté que mi rostro se enrojecía, a causa de la falta de aire.

-Por mucho que intentes ahogarme, seguiré respirando.-dije con un hilo de voz.

Mi padre se dio cuenta de que la gente podía percatarse de lo que estaba haciendo, así que me soltó. Me agarré la camisa fuertemente y comencé a recobrar el aliento.

-Puta insolente.-gruñó él.

-Todo el que se enfrenta a ti lo es, ¿no es cierto?

Guardó silencio por unos segundos. En cuanto me hube recuperado del todo le dije, acercándome a él:

-Puedes ahogarme, pero seguiré respirando. Puedes cortarme las piernas, pero seguiré estando de pie. Puedes derramar mi sangre, pero seguirá transitando por mis venas. Puedes incluso arrancarme el corazón, pero seguirá latiendo en tus manos. ¿Quieres saber por qué? Por que no te tengo miedo. Se acabó la servidumbre hasta la muerte. Yo no voy a soportar lo que ella ha soportado. Si me matas, alguien me pondrá voz, porque dos muertes son demasiadas.

Noté la furia en sus ojos. Furia desmedida que se descargó en su puño. Justo en el momento en el que Josh salió de la Iglesia para ver cómo estaba, mi padre me asentó un puñetazo. El más fuerte que nadie me había dado nunca. Me llevé ambas manos a la nariz y vi que sangraba a mares.

-¡Emily!-gritó Josh en cuanto lo vio.

Se acercó a mí y me sostuvo, pues yo estaba tan aturdida que apenas podía mantenerme de pie. En cuanto la gente comenzó a venir a socorrerme, mi padre se fue.

-¡Ahora huye! ¡Cobarde! ¡Asesino!-grité yo fuera de mí.

-Emily, por favor.-dijo Josh, pretendiendo calmarme.

Yo no estaba calmada en absoluto, pero no añadí nada más. La tía Margarite se me acercó y me sostuvo, susurrándome angustiada:

-Mi niña, ¡ay! Mi niña.

Josh giró la cabeza bruscamente y le dijo a todos los que me rodeaban.

-¡Ya no hay nada que ver! ¡Entrad para dentro!

Margarite comenzó a llorar, abrazándome fuerte. Yo me encontraba bastante mareada, por lo que no dije palabra.

-Señora,-dijo Josh- váyase a dentro y déjemela a mí.-ella iba a protestarle, pero él añadió.-Tranquilícese, soy médico.

La tita se resignó a entrar, empapada en lágrimas. Josh me ayudó a sentarme en el suelo, apoyada en la pared. Sacó un pañuelo del bolsillo y comenzó a limpiarme la sangre.

-Estás loca, Emily. Completamente loca. Dios sabe lo que pudo haberte hecho.

-Lo desarmé. Le jodió oír las cuatro verdades que le solté a la cara, por eso lo hizo.

-Pudo haberte matado.

-Si no consiguió detener mi respiración, aún será menos capaz de detener mi corazón. Por eso estoy muy tranquila.

En ese momento, Josh dejó de limpiar y me miró fijamente a los ojos.

-¿Intentó asfixiarte?-logró preguntar.

-Lo intentó, pero que siga soñando.

Él no añadió nada más. Estaba tan aturdido que se había quedado sin habla, hasta que terminó de limpiarme y dijo:

-Te ha roto la nariz. Tienes el tabique algo desviado.

-¿Y no puedes hacer nada?-pregunté.

-Poder, sí puedo, pero te dolerá.

-He demostrado que aguanto bastante bien el dolor, como ves. Haz lo que tengas que hacer.

Josh puso el índice y el pulgar sobre mi tabique torcido. Entonces, de un golpe seco, me lo colocó correctamente. Me dolía, sí, pero noté cómo me dejaba de sangrar.

-¡Au…!-me quejé yo, en voz baja y llevándome las manos a la nariz.

-Te dolerá un buen rato, pero se te acabará pasando.-dijo Josh.

Me acarició. Realmente lo había preocupado mucho, quizás mucho más de lo que pensaba en ese momento. Aunque yo estaba satisfecha. Mi padre había quedado como un cobarde al haber huido de aquella manera. Aún me costaba tragar y la nariz me dolía cosa mala, pero había valido la pena.

-¿Te encuentras mejor?-preguntó.

-Sí, creo que sí.

-Deberíamos entrar. El sacerdote ya ha llegado, no creo que falte mucho para empezar.

Yo me levanté resignada, sin necesitar la ayuda de Josh. Él me dejó pasar a mí primero al interior de la Iglesia mientras me susurraba al oído:

-Sé fuerte.

Estuve a punto de echarme a llorar. Josh estaba siendo mi único apoyo en aquellos momentos de desesperación. Aunque nunca se lo dije, no sabía cuanto le agradecía en mi interior que estuviese allí, ayudándome a seguir adelante.

Dio comienzo la misa. La mayoría de las mujeres del pueblo de la edad de mi madre subieron al altar para expresar su dolor. Al acabar ellas, subió la tía Margarite, que acabó deshaciéndose en lágrimas. Mis hermanos, que habían llegado poco después de dar comienzo la misa y que estaban sentados a mi lado, optaron por no subir. Yo sería su representante, una vez más. Thomas se aferraba a mí, eso lo noté enseguida. Toda la misa quiso estar apoyado en mi costado, mientras yo lo acariciaba. La verdad es que no se me ocurría otra forma de tranquilizarlo. Entonces, y casi sin darme cuenta, me tocó a mí.

-Ahora, me gustaría que subiese Emily, la hija primogénita de Rose, para compartir con nosotros su dolor.-dijo el Pastor.

Me pareció una expresión muy equívoca la de “compartir con ellos mi dolor”. No creo que ninguno de ellos sintiese el dolor que yo estaba sintiendo, y verdaderamente no estaba de humor como para decir nada. Aún así, subí al altar, notando como mi agitado corazón golpeaba violentamente contra mis sienes, y dije, nerviosa y titubeante:

-Eh… En fin… ¿Qué podría decir de mi madre que no hayan dicho ya?... Ella era una mujer luchadora. Tenía una paciencia preocupante. Sí, han oído bien, preocupante.-recalqué- Porque ha estado soportando a alguien como mi padre desde los veintitantos años, y todo por lo que ha pasado no debería haberlo tolerado nunca. Debería haber cortado por lo sano hacía muchísimos años. Es más, creo que ni debería haberme tenido, si con eso nunca hubiera conocido a semejante monstruo, a semejante cobarde, a tal lobo que se esconde bajo la piel de una oveja mutilada. Ella siempre intentó protegernos a mis hermanos y a mí de que no cometiésemos sus mismos errores. ¡Si lo hemos hecho, no ha sido por que no nos lo hubiese dicho! ¡Habría sido porque nos habría dado la puta gana!... O… O porque nos hubiesen engañado… En cualquier caso, creo que no sería capaz de decir, una a una, todas las cosas que ha hecho por nosotros. Desde darnos la vida…Hasta permitir que provocásemos su muerte…-al decir esto, una lágrima, y sólo una, se deslizó por mi mejilla- Sé que quizás esperaban otro tipo de discurso… y lo comprendo… no se me da bien improvisar… Aún así, espero… espero que hayan captado el mensaje…

Después de hablar, y viendo como toda la gente cuchicheaba, sorprendida por mi chocante, y no por eso menos profundo, discurso, me fui a mi asiento. Josh me miraba fijamente, algo preocupado por mi actitud, aunque yo fingí no percatarme de ello y volví a sentarme al lado de Thomas, que le faltó tiempo para volver a abrazarse a mí.

Al acabar la misa, la gente, una a una, se iba acercando al ataúd, que estaba en el altar. Antes estaba cerrado, y encima de él había una foto de mi madre, vestida con una chaqueta roja, sonriente, pero ahora lo habían abierto y se veía con claridad su cadáver, blanquecino y casi de un tono amarillento. Se divisaba la herida que le había abierto la cabeza, limpia y algo tapada por el pelo. La foto era muy poco realista, a mi parecer, pues casi nunca reía. Dios sabe cuándo se la había sacado, pero estaba claro que no era reciente. De último fuimos la familia, cuando todo el mundo nos había dado el pésame y se había marchado. La tía Margarite lo estaba pasando realmente mal. A veces me imaginaba lo que estaba sintiendo, ver a su hermana pequeña dentro de un ataúd de madera de roble. Yo pensaba que si una de mis hermanas se muriese, se moriría algo dentro de mí, eso seguro, como se murió cuando Amy pasó a mejor vida. Josh había sido el primero, para poder estar con Thomas mientras nosotros montábamos procesión hacia el féretro. Por último, como era costumbre, me tocaba a mí. Ya no estaba tan nerviosa. Estaba rodeada de gente que conocía, no tenía de qué avergonzarme. La miré un momento. Recuerdo con exactitud la expresión incluso triste de su rostro. Iba vestida de domingo, con un vestido blanco. Parecía un ángel. Las lágrimas comenzaron a fluir por mis mejillas. No era capaz de contener el llanto. Acerqué mi cara a la suya. Nunca había estado tan fría. Allí la besé cuanto quise, empapándola con mis lágrimas y repitiendo, una y otra vez como si de una obsesión se tratase:

-Nos engañaron a las dos. Nos engañaron a las dos. Nos engañaron a las dos.

Le di mil vueltas a esa frase, y cada vez que la decía sentía como un mazazo en medio de mi pecho. Josh tuvo que separarme de ella. Me cubrí el rostro con las manos para que mis hermanos no me viesen llorar, sobre todo lo hice por Thomas, que el pobre ya estaba sufriendo lo suyo. Pero, sin que me percatase, todo aquel sufrimiento que reprimía duplicaba su daño.

Josh y yo decidimos quedarnos a dormir en un motel que habíamos visto al ir hacia la Iglesia. Así podríamos estar en el pueblo para asistir al entierro. Por la noche, mientras Josh dormía, Terry me llamo. Me dijo que se hubiera tenido que enterar por el periódico de la muerte de mi madre. Creo que estaba algo indignado. La verdad es que no se lo discuto, tenía razón, debía habérselo contado. Le expliqué que no había estado en condiciones y lo comprendió. Vendría al pueblo para asistir al entierro, por petición mía. Al acabar de hablar con él, me acosté en la cama, pero no dormí en toda la noche.

Al día siguiente me levanté pronto. En cuanto Josh se despertó, fuimos a desayunar y a misa. Quise ir, pues consideraba que, al estar de luto, debería rezar por mi madre. Aún así, apenas atendí al sermón. Me vino a la memoria el recuerdo de mi abuela, de la madre de mi madre. Lo único de lo que lograba acordarme con todo lujo de detalles era del último día en que la vi:

Era un domingo. Como todos los domingos, íbamos mis padres y yo a su casa. Aunque ella había caído enferma, por lo que la tita estaba cuidándole. Mientras mi padre nos esperaba en el coche, mi madre y yo entramos en aquella ruina de casa que parecía venirse abajo. Sentí un terror horrible al estar allí que, cuando antes estaba con Amy, parecía apaciguarse, pero ahora que había muerto… Mi madre y la tita hablaban en el vestíbulo. No recuerdo qué decían exactamente, pero veía a mi madre llorar, y eso me estremecía. Al rato, ella me miró y me dijo:

-Princesa, ¿por qué no vas a la habitación de la abuelita a verla?

Yo asentí, y acto seguido me dispuse a subir aquellas empinadísimas escaleras, que lograban poner los pelos de punta al producir ruidos extraños cuando las pisabas. De pronto, me vi enfrente de la puerta de la habitación. Sentí verdadero pánico por entrar, quizás porque no sabía cómo me iba a encontrar a la abuela. Abrí la puerta muy despacio y me metí dentro, procurando no hacer ruido. Allí estaba, en la cama, sosteniendo un rosario de piedrecillas rojas. Yo permanecí de pie cerca de la puerta mientras escuchaba los latidos de mi agitado corazón. No me atrevía a decir nada, era como si algo me atenazase la garganta. De repente, ella, que no sé cómo demonios pudo reconocerme, dijo:

-¿Emily? E… ¿Eres tú, tesoro?

-Sí, abuela.-respondí, titubeante.

-Acércate aquí, Emily. Quiero poder tocarte una última vez.

Aquella frase logró ponerme los pelos de punta. No dejaba de pensar si la abuelita correría la misma suerte que Amy. A pesar de mi aturdimiento, me acerqué a ella. En cuanto me sintió cerca, con una de sus manos huesudas me acarició mis mofletitos, que habían palidecido desde que había entrado allí.

-¿Cómo estás, cariño?-preguntó, llena de ternura.

-Bien. ¿Y tú estás mejor, abuela?

-He tenido tiempos mejores, pero me voy a poner bien. Ya lo verás.

Sin duda lo decía para tranquilizarme. Observé que había adelgazado muchísimo y su piel había adquirido un desagradable tono amarillento. Las lágrimas comenzaban a fluir de sus ojos blanquecinos y sin vida. Yo permanecí quietecita a su lado mientras ella me hablaba de cosas sin importancia, como de cuando tenía mi edad y trabajaba de costurera para contribuir al sostenimiento de su paupérrima familia. De repente, mamá llegó a la habitación, muy nerviosa y temblando.

-¡Vamos, princesa!-dijo-¡Tenemos que irnos a casa!

-¡No quiero!-grité, fuera de mí.

No solía contradecir a mi madre, pero sentía que, si me iba de aquella casa, dejaría sola a mi pobre abuela.

-¡Emily, por amor de Dios! ¡Vámonos!

Dicho esto, me agarró del brazo fuerte, pero yo me agarré con todas mis fuerzas a la cabecera de la cama.

-¡No me lo hagas más difícil todavía, cariño!

Entonces, mi abuela dijo, con semblante serio:

-Esta prisa te ha entrado por él, ¿me equivoco, Rose?

-¡No te metas en esto mamá!

Mi madre comenzaba a llorar de la rabia y del miedo.

-Todas las noches rezo para que mil cuervos le arranquen los ojos al cabrón de tu marido y sienta de una vez por todas lo que yo estoy sintiendo.

Mamá dejó de agarrarme. Ese comentario que había hecho la abuela, que recuerdo con total nitidez, había conseguido ahondar en ella.

-Antes de que os vayáis-prosiguió- quiero darle algo a mi nieta.

Yo la miré desconcertada. Ella me agarró de un pulso y, con la otra mano, me colocaba suavemente su rosario, su querido e inseparable rosario, en la mía.

-Reza mucho con él, vida mía.-dijo, con voz débil.

Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos. Aún así, contuve el llanto un momento y conseguí agradecerle el regalo dándole un gran abrazo, sintiendo su débil respiración cerca de mi oído. De repente se oyó un ruido que hizo asustar a la abuela.

-¿Qué ha sido eso?-preguntó, asustada, agarrándome con fuerza y moviendo la cabeza, intentando indagar la procedencia de aquel sonido.

Lo volvimos a oír otra vez. Inconfundiblemente, era la bocina del coche de mi padre. Se estaba impacientando. Mamá sabía perfectamente que cada bocinazo era una paliza más que él iba a darle en cuanto llegásemos a casa, por lo tanto dijo, un poco más tranquila.

-Vámonos cielo.

Me separé de la abuela con sumisión y cogí de la mano a mi madre, que me llevaba afuera de la habitación. Pero, antes de cerrar la puerta, miró a la abuela y le dijo:

-Adiós, madre.

Estoy segura de que ella sabía que aquel adiós era definitivo.

A las 5 de la tarde comenzó el funeral de mi madre. El día estaba nublado y ya había llovido un par de veces, como si fuesen las lágrimas que mil millones de ángeles derramaban sobre aquella tierra donde mi madre iba a descansar. La gente comenzó a llegar, todos dándome el pésame, llenándome de besos. También llegó Terry, casi de los últimos. En cuanto lo vi, sentí como un latigazo en el corazón. Se plantó delante de mí y, antes de darle tiempo a hablar, me abracé a él muy fuerte. Y yo lloraba, y Terry lloraba, y la gente se emocionaba o murmuraba barbaridades sobre nosotros, pero no me importó. Tuve miedo de que fuese a Josh a quien le hubiese importado, pero era evidente que no, pues después en el hotel me dijo que estuvo muy bien que le mostrase mis sentimientos a alguien. Mis hermanos llegaron un poco más tarde que él. Thomas me abrazó tan fuerte que casi me deja sin respiración.

-Chicos,-les dije-tenéis que ser fuertes. Nos tenemos unos a los otros, y recordad por encima de todo que yo siempre estaré ahí. Mi casa es vuestra casa y podéis venir cuando os dé la gana. Y si os pasa algo, no dudéis ni un solo segundo en llamarme. No voy a abandonaros nunca.-recalqué.

Mis hermanas se echaron a llorar como si fuesen fuentes. Thomas simplemente levantó la cabeza y me miró con una cara muy triste. Yo le acaricié el pelo y volvió a recostarla en mi pecho. Poco después llegó el Pastor. Nos sentamos en nuestros sitios: Josh y Terry a mi lado, mis hermanas al lado de Josh y Thomas en mi regazo. La misa era tediosa y aburrida. Yo leía y releía la lápida: “Rose Gray. Madre y esposa. Fallecida a los 40 años de edad. Tus hijos, tu hermana y tu marido no te olvidan.” Y debajo de eso, una estrella con la fecha de nacimiento y una cruz con la de la muerte. Me pareció hipócrita e innecesario poner eso de “tu marido no te olvida”. Creo que debí decir, o mejor, gritar, que lo quitasen, pero no lo hice. Ya había dado mucho el cante en el funeral.

Al acabar la misa, los sepultureros se dispusieron a enterrarla. Me desgarraba ver cómo miles de toneladas de tierra nos separaban a una de la otra. Yo, que siempre había estado tan unida a ella y que siempre la había necesitado tanto. Comencé a llorar en silencio con aparente serenidad, para que la gente no me viese, pero en realidad aquel dolor me estaba matando.

En cuanto terminó el entierro, la gente se marchó, dejándonos a Terry, a la tita Margarite, a mis hermanos, a Josh y a mí solos delante de la tumba. Estuvimos allí en el cementerio bastante tiempo. En cuanto fueron las 7, me volví hacia Terry y le dije, muy aproximada a él:

-Terry… yo… No sé cómo agradecerte que hayas venido.

-No tienes nada que agradecer.

-Te he echado de menos en el funeral. Siento no habértelo dicho, pero es que todo se había convertido en una carrera a contrarreloj.

-Tranquila, Emily. No te disculpes por eso.

En ese momento miré mi reloj de pulso. Me escandalicé al ver que hora era ya y le dije:

-Terry, tienes que irte. Ya es tarde y oscurecerá pronto. Tienes un autobús a las 7 y media. Puedes cogerlo en el centro. Si te vas ahora, aún podrás pillarlo.

Volví a abrazarme a él. Su simple presencia lograba tranquilizarme un montón, pero las despedidas me quebrantaban el alma.

-Adiós, Terry. Llámame cuando puedas.

-Descuida. Y si te pasa algo, avísame. ¿De acuerdo?

-Sí.

Me acarició. Acto seguido, dejó una rosa blanca que había traído encima de la tierra mojada bajo la que yacía mi madre. Volvió a despedirse de mí y seguí mirándole hasta que lo vi desaparecer entre todas aquellas lápidas con nombres de gente que ni siquiera conocía, y que acompañaban a mi madre en su descanso eterno. Josh me abrazó por detrás. Vio que me estaba poniendo triste y me besó en el cuello. Lo miré agradecida. Necesitaba su amor más que nunca.

-¡Uy, qué hora es ya!-dijo Margarite, mirando su reloj- ¡Vámonos, niños! ¡Decidle adiós a vuestra hermana!

Así lo hicieron. Los tres, tan cariñosos como siempre, me abrazaron. Yo los llené de besos, y los encharqué con lágrimas. Después de que se hubiesen marchado, Josh me dijo, sin dejar de abrazarme.

-Tienen razón, Emily, se está haciendo de noche. Y a mí personalmente no me gusta mucho estar a estas horas en un cementerio. Vámonos al motel, ¿de acuerdo?

-Vete yendo tú a la salida. Yo te alcanzo ahora.

Nos besamos levemente en la boca. Acto seguido, hizo lo que le mandé. Miré a mí alrededor. En circunstancias normales me tendría puesto los pelos de punta estar allí, pero no me importaba, porque mi madre estaba conmigo. En una tumba humilde, mucho más humilde que las demás, que estaban rodeadas de velas, fotos, flores y había alguna que estaba acompañada de alguna estatua de piedra. Miré al cielo. Entre la oscuridad, vi cientos de palomas blancas sobrevolando el cementerio como mensajeras de la muerte. Como si le estuviesen gritando al pueblo que mi madre había fallecido. Y pensar que seguramente aquellas palomas la habían visto crecer, o la habían visto jugar conmigo, criarme, educarme. Quizás aquellas palomas habían visto morir a Amy y también habían contemplado cómo la sumergían bajo tierra. Quizás aquellas palomas le estaban diciendo adiós a mi madre. Su último adiós. Y quizás también me lo estaban diciendo a mí, sabiendo que nunca más volvería a pisar aquel pueblo, aquella tierra húmeda de aquel cementerio. Me fui de allí, girando la cabeza de vez en cuando y viendo cómo me alejaba de ella cada vez más, y más, y más, y más hasta perderla de vista en la lejanía.

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo VII- Mensajeras de la muerte (1ª parte)


Mi primera semana en nuestra nueva casa fue, quizás, una de las mejores de mi vida. Adoraba ver cómo no era yo sola la que me ocupaba de la casa, si no que Josh colaboraba y me hacía el trabajo muchísimo más llevadero. Y las noches… ¡Qué noches! Pero bueno, eso ya es personal. Pero la felicidad tiene un precio.

Fue el día 15 de marzo, un día lluvioso y horrible, mientras Josh y yo cocinábamos, cuando recibí una llamada. El teléfono de la sala de estar sonó como si fuesen chillidos de dolor de un alma penitente.

-Atiendo yo.-dije, inocente- No dejes que se pasen los espaguetis, ¿eh? Si ves que tal, tira uno a la pared, a ver si están hechos.

Me dirigí a la sala, secándome las manos con un trapo.

-¿Les echo la salsa ya?-preguntó Josh desde la cocina.

-Todavía no, eso al final.

Dicho esto, cogí el teléfono, esperando que fuese la llamada diaria de mamá para saber qué tal estábamos. ¡Qué equivocada estaba!

-¿Sí?-pregunté, contestando al teléfono.

-Emily, ¿eres tú?

La reconocí. Era Liza, mi hermana más pequeña. La voz le temblaba, y la escuchaba respirar fuerte. Estaba… ¿llorando?

-¡Claro que soy yo! ¿Qué pasa?

-Es mamá… Ella…

Mi corazón comenzó a palpitar.

-¿Mamá?-grité, fuera de mí- ¿¡Qué le pasa a mamá!?

En ese momento, Josh llegó a la sala y me abrazó por detrás. Yo ni siquiera reparé en eso. Estaba escuchando atentamente lo que me decía Liza, ahogándose en sus propias lágrimas. Cuando hubo acabado, dije, quizás sin pensarlo demasiado, con ira desmedida en la voz:

-¡Maldito hijo de puta! ¡Me cago en la madre que lo parió!

Josh me miró extrañado, aunque creo que sabía a quién me estaba refiriendo.

-¡Liza, cariño! ¿Sigues ahí?-dije, alarmada-¿Dónde estáis?... … Ahá…Ahá… De acuerdo. Voy ahora mismo, ¿entendido? Un beso. Hasta ahora.

Colgué el teléfono, dejando caer mis brazos a lo largo del cuerpo. Josh me besó en el cuello.

-¿Qué te ha dicho?-preguntó.

-Mi padre… Le ha…

Apenas era capaz de relatar lo que Liza me había contado. Josh me acarició la mejilla.

-Mamá está ingresada en el hospital St. Bleeding Mary.-dije al fin- Está en la ciudad, cerca del materno en el que nacieron mis hermanos, así que sé indicarte más o menos el camino. Necesito que me lleves a allí.

Y así lo hizo, dejando los espaguetis en el congelador, para comerlos cualquier día. La verdad es que en cuanto oí la voz de Liza al otro lado del teléfono, se me pasó el apetito. Nos metimos en el coche y nos encaminamos hacia el hospital. El camino me resultó bastante largo y angustioso, pero al final logramos encontrar el sitio.

Afortunadamente encontramos aparcamiento cerca de la entrada. Salimos del coche y entramos en el hospital, separándonos del movimiento y la vida de la calle e introduciéndonos en un lugar de tristeza y desesperación, donde las camillas con enfermos a las puertas de la muerte iban y venían sin cesar por delante de mis ojos. Nos acercamos a recepción y pregunté, con muchísima más cortesía y serenidad que la última vez:

-Disculpe, ¿podría indicarme cuál es la habitación de la señora Rose Gray?

La recepcionista, muy amable, me contestó:

-Sí señorita. Es la habitación 123, en la segunda planta, al final del pasillo. Si ve que no la encuentra, pásese por aquí y la acompañaré personalmente.

-Muchas gracias.

Dicho esto llamamos al ascensor. Al ver que tardaba, combinado con mi claro nerviosismo, me encaminé a las escaleras y las subí corriendo, oyendo los pasos de Josh detrás de mí, pues, evidentemente, me seguía. Pronto di con la habitación. El letrero de hierro con el número 123 hizo temblar mi pulso cuando me disponía a abrir la puerta. ¿Cómo me la encontraría? Y lo que más me intrigaba, ¿con quién me encontraría?

Abrí la puerta despacio, asomando un poco la cabeza. A lo contrario que pude pensar, y acorde con lo más lógico, en la habitación solamente estaban mis hermanos y, por supuesto, mi madre. No sé por que llegué a pensar que mi padre podía estar allí. Quizás porque me moría de ganas de decirle cuatro cosas a la cara, de poder decirle claramente, y por primera vez en mi vida, el desprecio y la repulsión que siempre sentí hacia él. Seguramente fue mejor así.

Mamá estaba acostada en aquella cama incómoda de sábanas blancas, con uno de esos incómodos mandilitos que te ponen en los hospitales y que parecen hacerles publicidad de la manera más grotesca del mundo. Yo estaba tan conmocionada que no había abierto la boca. Eso sí, era indudable la chispa de felicidad que brilló en los ojos de mi madre en cuanto me vio entrar por la puerta.

-¡Emily!-exclamó, a punto de echarse a llorar-¡Sabía que vendrías!

Me fui a su lado casi corriendo y la abracé, deshaciéndome en lágrimas. Siempre temí que esto sucediese, pero intentaba pensar en otra cosa. Y ahora que había sucedido lo único que se me pasó por la cabeza fue ponerme a llorar como una boba.

-Mamá,-dije al separarnos- ¿cómo estás?

-Mejor, mejor.

-¿Qué te hizo?-le pregunté, simplemente y sin pararme a pensar en el daño que podía estar haciéndole.

Resignada, pero quizás un poco agradecida por poder contármelo, me enseñó aquellas heridas enormes y algunas todavía sangrantes: Dos en la espalda, cuatro en las piernas, tres en los brazos y una descomunal en el pecho. Me horroricé.

-¡Ese hijo de puta! ¡Capullo de los cojones! ¡Como lo pille lo voy a matar!

Evidentemente no pensé lo que dije.

-Emily, por favor, no hables así de tu padre.-sentenció ella, bajando la cabeza.

-¡Ni por favor ni hostias, mamá! ¡Esto ha pasado de castaño oscuro!

-Emily, por favor. Haz el favor de dejarlo ya.

Me mordí la lengua. No le dije todo lo que pensaba sobre él, ni todo lo que llegaría a hacerle si estuviera allí, aunque yo acabase muerta, pero vi que le hacía sufrir y me callé. En ese momento entró Josh en la habitación, que creo que estaba aún más amedrentado que yo.

-¿Se puede?-murmuró.

-¡Josh, has venido! Eres todo un caballero. Me da la impresión de que mi hija está aprendiendo, ¿eh?

Josh sonrió agradecido. Sé perfectamente que la última frase se refería a Robert. Mamá nunca sintió mucho cariño hacia él, y todavía menos después de lo que había pasado.

-¿Y se encuentra usted mejor?-preguntó Josh.

-¡Ay, no me tutees, que me haces sentir mayor!-respondió ella, soltando una modesta carcajada. Hacía tiempo que no la veía reír- Pero sí que estoy mejor, sí.

Las horas parecían nacer y morir caprichosamente. Josh y yo nos pasamos la tarde en el hospital. El cielo oscurecía lentamente, como si alguien hubiera derramado encima tinta negra que se extendía poco a poco. Cuando ya comenzaba a ser de noche, Josh me sacó afuera de la habitación.

-¿Qué pasa?-pregunté.

-¿Quieres que nos quedemos o nos vamos y volvemos mañana?

-Josh, no hace falta que te quedes.-respondí, acariciándole la mejilla y mirándolo a los ojos llena de amor.- Yo me quedaré aquí algunos días, pero no voy a arrastrarte a ti.

-No me estás arrastrando, princesa. Quiero estar contigo.

-Tengo que cargar con esto yo sola, mi amor. Debo hacerlo. Aún así, agradezco…

-No tienes que agradecerme nada.

Dicho esto, me besó. Delante de todos los médicos, delante de todos los enfermos. Sus miradas se clavaban en nosotros como cuchillos, pero el amor combate al dolor. Yo sostenía su rostro entre mis manos mientras él me agarraba por la cintura y me acercaba a sí. Nos separamos, pero no nos soltábamos. Ninguno de los dos quería que aquel momento se terminase nunca. Fui yo la que le dije con mucha dulzura:

-Vete a casa, Josh. Necesitas descansar.

-¿Y si te…?

-Si me pasa algo te llamaré, no te preocupes.-interrumpí.

-Volveré mañana.-dijo, arrimando su frente a la mía.

-Te esperaré.

Entonces nos separamos. Contemplaba con tristeza cómo se alejaba de mí y lo perdía de vista entre todas aquellas personas. Entré en la habitación, resignada. Cuando todos mis hermanos estaban dormidos, mi madre aprovechó para decirme:

-Menudo beso te plantó antes tu chico.

-¿Lo viste?-pregunté, un poco preocupada.

-¿Qué si lo vi? ¡Creo que lo vio todo el hospital!-dicho esto, comenzó a reír- ¡Lo estarán comentando días! Pero no te estoy criticando ni nada, cariño. Hacéis bien en expresaros, sois jóvenes todavía.

Yo esbocé una sonrisa. Mamá nunca había estado tan contenta, y sospecho que era por la ausencia de quien le arrebataba la felicidad.

-Eso sí, me fijé antes de que la enfermera esa rubita que vino a cambiarme el suero, ¿te acuerdas? No le quitaba ojo al culo de Josh. ¡Ji, ji! ¡Así que vigílalo bien!

-Si vuelve a hacerlo le diré: “a mirarle el culo a tu santa abuela, niña, que este ya está fichado”.

Mi madre se moría de risa. Mis hermanos no se despertaban ni a tiros, estaban muy cansados.

-Eres tremenda.-murmuró ella sin dejar de reír.

Al cabo de poco, dejo de sonreír y me dijo:

-Pero ten cuidado, princesa. No quiero que vuelvan a hacerte daño otra vez. Me niego a que sigas mis pasos y que te pase esto.

-Mamá, no pienses en eso.

-Te lo digo para que no empieces a creer que vivir con un hombre es un camino de rosas. Yo lo pensé, y fíjate. Es un camino de espinas, empinado y llevando una cruz a cuestas.

Observé que una lágrima se deslizaba lentamente por su mejilla. Se me encogió el corazón. Se cubrió la cara con las manos, para amortiguar su llanto, mas era inútil.

Mientras estaba en el coche no pude evitar pensar si, como ya han hecho infinidad de veces, habían discutido por mí. Era lo más probable, teniendo en cuenta todo lo que me estaba pasando. No pude evitar preguntárselo, pues tenía una sensación de culpabilidad insoportable.

-Mamá, quiero que me contestes sinceramente, ¿por qué te pegó?

-Y… ¡Y yo qué se! Por lavarle mal una camisa, por hacer la comida demasiado salada… Pudo ser por cualquier chorrada. Yo no estoy en su mente.

-Mientes.-sentencié- Apuesto a que discutió contigo. Y aún diría más, apuesto a que fue sobre mí y sobre Josh, o sobre mi divorcio.
En ese momento entró una enfermera, interrumpiéndonos. Esta era una morena, que ya conocía yo de venir a la habitación más veces. Mujer de pocas palabras. Simplemente le inyectó algo a mi madre, seguramente un calmante fuerte. Noté en su rostro muchísima tristeza. En aquel momento deseé haberme callado la boca y no haber mencionado el tema. En cuanto la enfermera se hubo marchado, mi madre sostuvo mi rostro entre sus débiles manos, perforadas por el suero, y me dijo, muy bajito:

-Eres lo que más quiero en este mundo, diga lo que diga tu padre. Por ti es por quién todavía estoy viva.

Me estremecí. Estaba a punto de echarme a llorar. Mamá me besó en la mejilla y comenzó a quedarse dormida. Yo, por el contrario, no pegué ojo en toda la noche.

Exactamente cuatro días más se quedó mamá en el hospital reponiéndose de las heridas, que fue lo equivalente a cuatro días sin trabajo y cuatro días oyendo constantes chismorreos sobre “la hija de la de la 123 y su novio”. Mamá se moría de risa cuando me lo contaba. Mis hermanos asumieron bastante bien la estancia de nuestra madre en el hospital. El que peor se lo tomó creo que fue Thomas, que si podía no se movía de mi regazo en todo el día.

El día en el que le dieron el alta mamá estaba feliz, muy feliz.

-Lo que más adoro es quitarme esta mierda de batita que no me cubre ni el coño y darles a todos a tomar por culo.-me dijo mientras se vestía.

Salió del hospital como una mujer nueva. Llena de heridas por todos lados, pero nueva. Hasta llegué a notar un aspecto saludable en su rostro.

-¿Os acercamos hasta casa?-dijo Josh.

-No hace falta, gracias. Cogemos un bus que pasa por la plaza de aquí al lado y nos deja cerca de allí.

-Piénselo bien.-insistió.

-No, gracias. ¡Ay, princesa, que pesado es tu chico! No sé cómo lo aguantas.

-¡Eh!-refunfuñó Josh- ¡Emily, dile algo!

Yo no pude intervenir. Me meaba de risa.

-Bueno, pues ya tendremos que despedirnos.-dijo mamá.

Dicho esto, le dio dos besos a Josh.

-Adiós, encanto.-dijo ella.

-Adiós, generosa.

Mi madre se acercó a mí mientras se reía. Me abrazó fuerte.

-Adiós, cariño.

-Cuídate, mamá.

Después de las despedidas, nos fuimos cada uno por nuestro lado. Aunque mamá gritó en la lejanía:

-¡Emily! ¡No dejes que conduzca Josh, que es capaz de dar cinco vueltas a la manzana antes de marchar!

-Je, je, je. ¡Qué graciosa!-dijo Josh con sarcasmo.

Me gustaba el buen rollo que había entre ellos. Realmente nunca había visto a mi madre de este modo; tan sonriente, tan alegre, tan dicharachera… Me metí en el coche con una sonrisa en los labios. Creía que todo iba a mejorar para ella, pero cuán equivocada estaba.

Al llegar a casa, Josh y yo nos comimos los espaguetis congelados que habíamos dejado.

-Habrá que terminar lo empezado.-dijo él.

-A ver cómo saben.

No estaban del todo mal. Eso sí, la salsa la volvimos a hacer. ¡Y vaya risas en la cocina! Era grandioso cocinar con Josh. Comimos hablando de todo lo que me había pasado en el hospital: de los cotilleos, de la enfermera rubia… Josh reía sin fin.

-¿De verdad que la rubia esa…?-decía-¡Oh, Dios! ¡Te prefiero a ti mil veces!

Realmente, nadie lo pasa bien en un hospital, pero este caso había sido una excepción.

Nos acostamos tarde, alrededor de la una de la madrugada. Yo estaba agotada, y Josh me figuro que lo mismo. Y aún por encima tenía que ponerme a trabajar al día siguiente… O al menos eso creía.

Las horas esta vez pasaban veloces como si fueran aviones surcando el cielo estrellado. De repente, a las 6 de la mañana, sonó el teléfono. Yo abrí un poco los ojos, pero fue Josh quien dijo, con voz cansada:

-Cojo yo.

Escuché atentamente lo que decía. Me lo sé de memoria ya de tantas veces como lo repetí mentalmente:

-¿Sí?... Sí, es esta la casa, ¿con quién hablo?... … No… per… ¿Cómo ocurrió?... … … Entiendo… Entonces se lo comunicaré. Muy amable. Buenas noches… Buenas noches.

En ese momento colgó. Yo me desperecé y le pregunté:

-¿Quién era, cariño?

jueves, 16 de julio de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo VI- El castillo de una princesa


Ya estaba completamente decidido. Y, por supuesto, no iba a cambiar de opinión. Me quedaría con Josh, con mi Josh, en su humilde casita a las afueras de la ciudad.

Al día siguiente del juicio, la policía me concedió una copia de la llave de mi antiguo piso para poder coger mis cosas. Fue un día duro. Josh y yo tuvimos que hacer un par de viajes en coche para recoger toda la ropa, las joyas y demás objetos de valor, sin olvidar los juguetes de los niños. Mientras los sostenía en las manos para depositarlos en cajas de cartón, recordaba cuánto había jugado con ellos, y cuánto les habían gustado cuando se los habíamos regalado.

Los que más daño quizás me habían hecho fueron los de su primera Nochebuena: dos peluches de osito, uno azul para Jimmy y uno rojo para John. Sólo tenían unos meses, pero era reconocible sus caritas de ilusión cuando vieron que debajo del árbol de Navidad que había en casa de mi madre estaban los regalos que Papá Noel les había dejado. Gatearon los dos hacia ellos casi al mismo ritmo y rompieron el papel de regalo. No creo que supieran por qué estaban esos regalos allí, pero era indudable su felicidad. Mamá me miraba de reojo, sonriendo. Se los había comprado ella, porque yo en aquel entonces no tenía ni un duro; el dinero que ganábamos daba para comida, ropa, calzado y alquiler, y a Dios gracias. Mucho fue lo que lloré sosteniendo uno de esos peluches, arrodillada en el suelo de su habitación. Menos mal que Josh, que se percató de mi abatimiento, me abrazó por detrás y me devolvió a la realidad.

Después de bastante tiempo acostumbrándome a vivir con Josh, sin Jimmy y sin John, comencé a incorporarme al trabajo. La verdad es que creí que estaba cayendo en una depresión, pues apenas comía, apenas dormía, apenas reía… Eso, sí, estaba feliz al lado de Josh. Feliz y segura, más de lo que he estado con ningún otro hombre. Eso, y sólo eso, me indicaba que me estaba poniendo mejor, que la época de llorar postrada en la cama toda la noche y de las crisis de ansiedad había terminado, y daba paso a una época de felicidad y alegría, al lado del hombre de mis sueños. Además, ahora que por fin había conseguido el divorcio, nuestra relación estaba mejor vista a los ojos de Dios, aunque no lo estuviese a los ojos de la gente.

Ahora por fin pude retomar contacto con mis amistades, sobre todo con Terry, pues lo echaba muchísimo de menos. Quedamos algunas veces para tomar café. Realmente tenía ganas de contarle todo tal cual lo sentía, sin ahorrarme nada, pudiendo expresarme con total naturalidad. Cuando le conté la parte en la que lloraba desconsolada al lado del cadáver de mi hijo, por sus mejillas comenzaron a resbalar un par de lágrimas. Creo que él era una de las pocas personas que eran capaces de ponerse en mi lugar, aunque no lo hubiesen vivido. El día en el que le conté todo aquel horror, cuando íbamos a irnos a casa, me abrazó fuerte. Lamentó no poder estar ahí para darme todo su apoyo. Yo le dije que no importaba, pero la verdad es que agradecí enormemente su actitud.

Un día, mis hermanos vinieron a nuestra casa, acompañados por mi madre. Tenían ganas de verme. Yo también las tenía. Thomas me abrazó como si le fuese la vida en ello. Las chicas, igual. Salimos todos juntos a tomar algo. Josh, mamá y yo un café y mis hermanos, un helado cada uno. El de Thomas tuve que acabárselo yo, pues era enorme y se cansó a la mitad, o quizás antes. Charlamos de muchas cosas: del colegio de Thomas, del instituto de Lisa y Lorelay… en fin, y todo por el estilo. Eso sí, nadie quiso tocar el tema de Jimmy. Realmente lo agradecí, pues parecía que, cuando la gente me miraba por la calle, veía a esa chica de la que hablaron en las noticias hasta la náusea que había perdido a su hijo a manos de su marido, no veía a la trabajadora eficiente que trabajaba en la oficina toda la mañana y parte de la tarde, o a la enamorada feliz que era entonces. Me llamó la atención que mamá no paraba de mirar el reloj cada poco, y eso que, en su tiempo libre, nunca le importaban los horarios a los que estaba sometida día tras día. Aproximadamente a las siete de la tarde, sacó disimuladamente un bote de pastillas del bolso y, escondiéndolo debajo de la mesa, cogió una para, acto seguido, introducirla en el café. Pasó bastante tiempo hasta que pudiéramos estar las dos solas, que fue al volver a mi casa, cuando los niños dormían y Josh fregaba los platos de una segunda ronda de cafés, y pude preguntarle:

-¿Qué te tomaste antes?

Ella guardó silencio un momento. La preocupación era palpable en mi voz.

-Nueva medicación. Una pastilla antes de desayunar y otra en cuanto pasen 12 horas. Siento no habértelo dicho antes.

-No pasa nada.-concluí.

Nuevos antidepresivos. Seguramente más fuertes. Parece que la brutalidad de mi padre aumentaba día tras día, dejando tras de sí desesperación y tristeza desmedidas, sólo controladas por el efecto de una potente droga. ¿Hasta cuándo había de estar así? Quizás, y para su desgracia, toda la vida.

Josh y yo estuvimos viviendo un par de meses allí en aquella casita tan pequeña y cuca juntos. Lo peor sin duda eran las camas, que eran separadas. Sólo alguna vez dormíamos en la misma cama (la suya, que era un poco más grande), pero nos moríamos de calor. No obstante, nuestra vida era muy feliz. Nuestro amor era fuerte, y claramente palpable. Algunas de mis amigas me envidiaban. Otras no, pues decían que Josh era un poco feo para mí, aún así nunca me importaron los comentarios de la gente.

Mi vida por aquel entonces semejaba un cuento de hadas. Hablando de eso, a Josh le había contado una vez una anécdota: Mi familia y yo vivíamos en un pueblecito. Un pueblecito verde y precioso en el que las palomas revoloteaban por el cielo como pétalos de rosas blancas. Los campos estaban vestidos de flores, que en primavera mamá, Amy y yo recogíamos. La tierra era fértil y los frutos de nuestros árboles eran deliciosos, hasta me atrevería a decir que las manzanas de aquel manzano que sembró la desgracia en nuestra familia sabían quizás mejor que las que Adán y Eva comieran en el Paraíso. Pero después de perder a Amy, mi padre decidió que era mejor marchar de allí. Mamá, por supuesto, no discrepó. Yo no quería marchar, pero aún así lo hicimos. Nos mudamos a la ciudad donde vivía con Robert. Allí los edificios eran tan grandes que no dejaban crecer la vegetación. Cuando era pequeña, le llamaba “El lugar donde no vuelan las palomas”, y era cierto, pues las palomas yacían en algún parque, sin atreverse a emprender el vuelo, amedrentadas, como lo estaba yo cuando vivía con Robert. El cambio de aires, combinado con la reciente muerte de Amy, hizo mella en mí. Me desperté la primera noche que estábamos en la nueva casa, a las 3 de la mañana, con 41º de fiebre. Llegué a creer que me moría. Mamá un día, después de que los médicos estuviesen en casa, se sentó al borde de la cama y me dijo:

-Emily, las princesas enferman cuando las separan de su reino, ¿no lo sabías? Tú también debes de serlo, aunque ni tu padre ni yo seamos reyes.

Y ese fue el mote que llevé toda mi infancia: princesa. Cuando mis hermanas no oían, pues si no se celaban, mamá me llamaba así. A veces aún lo seguía haciendo. Y ahora, a raíz de contárselo a Josh, comenzó a llamarme “princesa” él también.

Una mañana de sábado, Josh me despertó, a las 11 y media de la mañana.

-Despierta, dormilona, que voy a llevarte a un sitio.

Me desperecé perezosa. Me puse un vestido blanco un poco por encima de las rodillas, pues hacía sol, desayuné una taza de café y nos metimos en el coche.

-¿A dónde vamos?-le pregunté en la mitad del camino.

-Ya lo verás.-respondió mientras sonreía pícaramente.

De pronto, y sin preverlo ni imaginarlo lo más mínimo, aparcamos delante de una hermosa y gran casa también a las afueras de la ciudad. Estaba pintada de color salmón. Un gran manzano se alzaba cerca de la puerta, entre un montón de flores bonitas. Bajé del coche embelesada.

-Qu… ¿Qué es…?-pregunté.

-Es nuestra nueva casa.

Giré la cabeza y lo miré extrañada. Si me hubiese pegado, no me sorprendería más.

-¿De qué estas hablando, Josh? ¿Te has vuelto loco?

-¡Para nada! Es una casa majísima, con jardines y un huerto en la parte de atrás, amueblada en un estilo así muy antiguo, con una enorme cama de matrimonio y toda, toda para nosotros dos.

Yo seguía admirando maravillada aquel paraje. Nuestro nuevo hogar.

-Toda princesa necesita un castillo, ¿no crees?-me susurró al oído.

Me volví hacia él y lo abracé. No podía creer lo que estaba viendo, que esa fuera ahora mi casa, después de vivir en casitas pequeñas y humildes toda mi vida.

-¿Cómo te la permitiste?-pregunté.

-Cuando mi padre murió me dejó una herencia considerable. Con toda aquella pasta me la pude permitir.

Dicho esto, nuestros labios se fundieron en un gran beso. ¡Entonces sí que me sentí como una verdadera princesa! Nos cogimos de la mano y caminamos hacia la puerta.

-Creo que ahora es el momento adecuado de darte esto.-dijo.

Acto seguido, sacó del bolsillo un anillo. Era enorme y brillaba más que todas las estrellas juntas. Me lo colocó suavemente en uno de mis dedos. Las lágrimas comenzaron a fluir por mis mejillas.

-¡No puedo creérmelo!-exclamé, llevándome las manos a la cabeza.

-¿Feliz?-me preguntó Josh.

Lo miré a los ojos. Esa pregunta me la había hecho Robert hacía tiempo, pero la respuesta fue distinta.

-Muchísimo, Josh. Eres lo que más quiero en este mundo.

Me acarició suavemente y acercó sus labios a los míos, pero antes de dejarle hacer nada, dije, interponiendo mis manos entre él y yo:

-Pero tienes que prometerme algo.

-¿El qué?-casi se preocupó.

-No quiero tener un manzano en mi casa. Me trae malos recuerdos.

Él comprendió mi decisión, le mencioné lo de Amy hace tiempo. Aún así, suspiró aliviado y gritó eufórico:

-¡No hay problema, princesita! ¡Si quieres lo corto ahora mismo! ¡Con estas manitas!

Volvimos a besarnos, con mucha más intensidad que antes. Pensándolo bien, es verdad que toda princesa necesita un castillo, pero aunque viviese con él debajo de un puente me sentiría como en un cuento de hadas. Sin duda, era mi príncipe azul, con el que soñaba encontrar de pequeña, y todos me decían que no existía. ¡Qué equivocados estaban!

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo V- Ojo por ojo


Dada mi situación, lo mejor era quedarse recluida en casa de Josh, como si hubiese desapareci-do, cuidando del niño. Ser ama de casa, sin la ayuda de Dorothy, era agotador: que si lavar la ropa, que si fregar los platos, que si hacer las camas, que si atender a Jimmy… Eso sí, en cuanto Josh llegaba del trabajo me ayudaba mucho, ¡y buena falta me hacía! ¡Pobre mamá! Ella no tenía a nadie que le ayudase, y éramos 4 hijos, por lo que el trabajo que estaba haciendo yo se multiplicaba por 4, o por 5, porque mi padre aún le daba más trabajo que nosotros. Pensé mucho en ella todos los meses que estuve en casa. ¿Pensará que he desaparecido? Quizás Robert, con lo alarmado que se pondría, puso carteles y anunció mi secuestro por la televisión. Justo por eso evitaba verla, ni siquiera cuando Josh se sentaba a ver el partido.

A la hora de la cena, cuando llegaba Josh a casa, me hablaba de todo lo que le pasaba en la consulta, eso sí, sin quebrantar el juramento hipocrático. Me contaba, también, todo lo que le pasaba en la calle o en el bar, cuando iba a descansar con los amigos. Yo, sinceramente, gozaba oyéndole hablar de las cosas que había fuera de aquellas cuatro paredes en las que estaba prisionera. A veces imaginaba que podía salir otra vez, pasear por las calles, llevar a mi hijo al parque, tomar algo en una terraza… La culpa de aquello no era de Josh, por supuesto, era de Robert. Si él nunca hubiese… Nunca hubiese hecho tal atrocidad, yo nunca me habría escapado, nunca habría tenido miedo, nunca estaría viviendo un infierno en mi interior.

Ambos teníamos miedo de que Robert me encontrara, y reclamara lo que era “suyo”, por lo que Josh me dio su pistola, pues tenía permiso de armas. “Llévala siempre contigo, pase lo que pase” me ordenó. Toda precaución era poca. La puerta tenía 2 cerraduras y las ventanas permanecían cerradas todo el día, excepto algunas veces, que había que abrirlas para ventilar la casa.

Por suerte, Jimmy estaba bien, pero cuando se hacía algún rasguño, o lloraba, o algo, me daba un vuelco el corazón. A mi madre le pasaba lo mismo. Me juré mil y una veces que nunca haría eso y… Aunque realmente esos días tenía el instinto maternal a flor de piel.

Muchas veces, mientras intentaba dormir algo, venían a la memoria recuerdos de mi juventud, de mi infancia. El que más se repetía, sin duda, eran las escena de mi padre arreándole a mi madre en la cocina, cuando yo era adolescente y metía a los niños en una habitación e intentaba distraerlos, pero era imposible no oírla gritar. Yo estaba nerviosa, lo sé y se me notaba. Sospecho que los niños sabían de sobra lo que pasaba, pero mi madre siempre insistía que lo hiciese, que no quería que se enterasen. Después siempre se encerraba en el baño a curarse y a llorar. Esto pasaba millones de veces por la noche. A veces se me ocurría llamar a la puerta, pensando que me la abriría y que podría calmarme, pero en vez de eso, me gritaba, sollozante y fuera de sí:

-¡Vete! ¡Déjame sola!

Me entristecía enormemente verla en ese estado. Aunque pasaba continuamente, no era quien de acostumbrarme. ¿Alguna vez terminaría ese horror? Definitivamente, no.

A veces recordaba las tardes que pasaba con Robert, con Josh o con Terry. Sobre todo con Josh, y eso que nunca habíamos estado mucho tiempo los dos solos, si no que solíamos encontrarnos porque algún amigo suyo sería novio de alguna amiga mía, o viceversa. Nunca me había imaginado que pudiésemos llegar a vivir juntos, y por supuesto nunca antes había sentido nada por él. Me resultaba tanto menos extraño que me temblasen las manos cada vez que abría la puerta, o que se me acelerase el corazón cada vez que lo veía…

Las tardes que pasé con Robert… no sé… Eran como las de cualquier pareja de novios, nada especial. Eso sí, con Terry es con el que siempre he tenido una relación más abierta, hablaba con él de cualquier cosa, y lo más importante, me escuchaba. Eso sí, apenas sé nada de él, simplemente lo que antes he mencionado, ¡ah! Y que es asmático. La peor herencia que pudo dejarle su abuelo, sin ninguna duda. Ya ha sufrido en mi presencia algunas crisis, y creo que yo estaba aún más preocupada que él cuando esto ocurría. Además, siempre llevaba encima el inhalador, por si acaso. La verdad es que debe ser molesto andar con ese trasto a todos los sitios y, según él, sabe a farmacia. ¡Mucho pensé en Terry todo ese tiempo! Tenía tantas ganas de que hablásemos, y poder contarle todo. ¡A saber lo que se estaría imaginando! Lo que más temí en mi reclusión fue preocupar a mis seres queridos, pero sabía que si les contase lo que en realidad estaba pasando, me comprenderían. A veces me asomaba a la ventana y veía cómo los días nacían y morían caprichosamente.

Pero esa calma y quietud se vieron brutalmente interrumpidas por, seguramente, el hecho más duro que he vivido.

Era un día 20, martes del noviembre más gris de mi vida. Aunque Dorothy ya no estuviese para ayudarme, fue fácil cuidar de Jimmy sin ella aquel día, pues apenas me molestó. Aproximadamente a las 9 de la noche, Josh me dejó un mensaje en el contestador automático. Lo oí tantas veces que me lo sé de memoria:

-¿Emily? Soy Josh. Siento molestarte a estas horas, pero tengo que quedarme en el trabajo unas horitas más. Sé que esto te pilla desprevenida, es decir… No está Dorothy, y tal, pero volveré lo más pronto que pueda, te lo prometo. Bueno, pues dale un besito de buenas noches a Jimmy de mi parte. Y no te preocupes por mí, que sé cómo te pones, ¿vale? Te quiero, un beso.

Cada vez que lo oía se me ponía la piel de gallina, sobre todo al escuchar el “Te quiero”… ¿Realmente me quería? ¿Sentía él también esa confusa sensación al estar conmigo? Las horas pasaban tan lentamente que parecían clavárseme como cuchillos. Por fin llegaron las 10: hora de bañar y acostar a Jimmy. ¡Bien! Algo que hacer. Después de haberlo bañado, me dispuse a acostarlo. Estaba en su habitación, enfrente de la cuna, cuando oigo un ruido. Miro a la puerta en un acto prácticamente involuntario. Nadie. Miro a los lados. Nadie. Pensé que podía haber sido un delirio de mi imaginación, o el viento, pues la ventana de la cocina estaba abierta y el viento soplaba fuerte. Pero en ese momento, y sin más previo aviso, siento como si alguien me agarrase la cintura. Me estremezco. Giro la cabeza y observo, con el cuerpo paralizado por el terror, que detrás de mí está la persona hacia la que sentía más odio en ese momento, la persona que me hizo vivir un infierno en vida, la persona de la que me quería esconder: Robert.

Allí estaba, mirándome con un desprecio inimaginable. Yo no podía hacer nada, simplemente abrazar todavía más fuerte a Jimmy, hasta que llegaba a cortarle la respiración.

-Sabía que estarías aquí, Emily, eres tan obvia.-dijo Robert, con altivez y rechazo.

-Qu…Qué…C…Cómo…-tartamudeé, con pánico en la voz.

-¿Qué te crees, que no sé quién es tu querido amiguito y qué sientes por él? ¡Desde que lo conocí, me imaginé algo así!

-No me escapé por Josh. Me escapé por…

-¿¡Por quién!? ¿Eh? ¿¡Por quién!? ¿Por este saco de huesos?

Entonces, agarró a Jimmy por el pijama y me lo arrebató de los brazos con suma facilidad.

-¡¡Suéltalo!! ¡¡Suéltalo!!-le grité.

Jimmy lloraba asustado mientras Robert lo agarraba, asfixiándolo.

-¡Así que te escapaste por él de casa! ¿Eh? ¡Veo que no eres tan gilipollas como creía! ¿¡Pues sabes lo que te digo!? ¿¡Sabes lo que te digo!? ¡¡Que ya no te vas a escapar por él nunca más!!

Dicho esto, y con una brutalidad sorprendente, lo tiró contra la pared. Sentí como si mi corazón se detuviese. De mis labios se escapó un grito desgarrador. Corrí hacia él sin pensarlo dos veces. Cuando llegué, su pequeño y frágil cuerpo yacía en el suelo, encharcado de sangre, recordándome al de Amy cuando había caído del árbol. No me atreví a tocarlo, simplemente lo empapé con mis lágrimas, allí de rodillas. La imagen era tanto menos repulsiva, pues su cráneo se había deformado del golpe. Giré la cabeza y vomité. Robert se me acercó. Yo me agarré el pelo con las manos mientras murmuraba, ahogándome en mis propias lágrimas:

-Esto no me puede estar pasando. Esto no me puede estar pasando. Esto no me puede estar pasando. Esto no me puede estar pasando.

Robert se arrodilló a mi lado y me dijo, ahora con voz suave, aunque inquietante:

-¿Ves? Ya se han acabado nuestros problemas. Ahora iremos los dos a casa y haremos como si nada de esto hubiera pasado. ¿Qué te parece, Em?

No sé qué se apoderó de mí. Quizás la ira y la tristeza colisionaron brutalmente en mi interior, haciéndome hacer algo que ni siquiera pensé. Saqué la pistola del bolsillo de mi sudadera y, sin titubear, disparé a su pierna derecha, haciéndolo sangrar aparatosamente.

-¡¡Puta!!-gritó, fuera de sí, mientras se retorcía de dolor en el suelo.

Me levanté, furiosa, y apunté con la pistola a su corazón.

-¡Te aviso que la segunda vez no fallaré!

-¿Es que quieres matarme?

-¡No me importa ir a la cárcel, Robert! ¡Es ojo por ojo! ¡¡Has matado a mi hijo!! ¡¡A mi hijo!!

-¡Nuestro, Emily!

-¿Nuestro? ¿¡Nuestro!? ¿¡De verdad te estás oyendo, Robert!? ¿¡Acabas de matarlo y aún tienes la sangre fría de decir que es tu hijo!?

Robert guardó silencio unos segundos todavía sangrante y muerto de dolor.

-¿Qué quieres para que me dejes vivir?-preguntó.

-El divorcio. ¡Y créeme que seré generosa si con eso te perdono la vida!

-¡Haré lo que quieras! ¿El divorcio? Bien, mañana a las 7… ¡no, no, a las 8! En los juzgados ¿te parece bien?

Llamé entonces a la ambulancia, informándolos del suceso, eso sí, ahorrándome la parte del disparo. Acto seguido, me eché a llorar, con un insoportable dolor en el alma, sin dejar de apuntar a Robert.

-¡Yo te quería, Robert!-dije, con voz débil- ¡Te quería, y quería a mis hijos! ¿Por qué lo hiciste? ¿No podías dejarme ser feliz?

Feliz. Realmente ese matrimonio no había sido feliz, pero creo que me había dado cuenta de que mis hijos me habían dado la felicidad que Robert se negaba a brindarme.

-Yo también te quiero, Emily.-dijo.

Esas palabras… Las usó para desarmarme y eso consiguió. Caí en el suelo y allí lloré desconsoladamente, tapando la cara con mis manos, que aún sostenían la pistola. Sentía incluso terror de mirar a mi alrededor y ver cómo mi mundo, el mundo que yo misma había labrado, se destruía en mil pedazos al compás que la negra sangre de Robert corría por el suelo, arrasando todo por lo que yo había luchado a su paso. Poco después, pude llegar a oír ruido en el jardín. Indudablemente era las ambulancias y la policía. En ese momento, Robert me arrebató la pistola de las manos. Temí que fuera a dispararme, pero no.

-Si con esto conseguiré tu amor de nuevo, que así sea.-murmuró.

De pronto, llegaron los sanitarios y los policías, que le gritaron:

-¡¡Tire el arma!! ¡¡Tire el arma!!

Lo apresaron, por supuesto, y se lo llevaron de la habitación, mientras él clavaba su arrogante mirada en mí. Yo me sentí indefensa, impotente, dolorida y furiosa. Una enfermera se me acercó. Entonces sentí como si me faltase el aire. Un dolor insoportable en el pecho parecía paralizarme. Llegué a ver entre lágrimas como me separaban del cadáver de Jimmy y me sacaban de la habitación. Luego, no sé bien qué pasó. La vista se me nublaba. Quería gritar, pero sentía como si algo me atenazara la garganta. Oía, como entre niebla, una voz que me decía, con tono casi autoritario:

-¡Respire! ¡Respire!

Yo lo intentaba, pero apenas era capaz de coger aire por la boca. Por la nariz ya ni lo intentaba, era imposible. Después de un rato angustioso, fui recobrando el conocimiento. Vi, casi con horror, como estaba rodeada de médicos, acostada en la camilla, dentro de una ambulancia. Estaba aún aparcada en casa, pero tenían intención de arrancar; evidentemente, al ver que me había puesto mejor, no lo habían hecho. Tenía una mascarilla, de ahí seguramente el que me pidiesen que respirase. Percibí enseguida la presencia de Josh a mi lado.

-¡Emily, mi amor! ¡Casi llegué a pensar que no salías de esta!-dijo, agarrándome la mano izquierda, pues la derecha la tenía encima del corazón, que me latía fuerte.

-¿Qué… qué me ha…? ¿Qué me ha pasado?-logré preguntar, empañando la mascarilla.

Josh bajó la cabeza. No había sido nada bueno, seguro, pero yo insistí en saberlo.

-¿Qué me ha pasado, Josh?-repetí, nerviosa.

-Has sufrido una crisis de ansiedad.-contestó- Creo que lo mejor es que pases la noche en el hospital, por si tienes una recaída.

-¡No!-exclamé- ¡No voy a irme de mi casa!

Josh miró a uno de los médicos. Este le miró igualmente. Estaban hablando con los ojos, como hacen los médicos, y el que no es médico, no entiende. Entonces un enfermero me quitó la mascarilla y dejó que pudiera abrazar a Josh con fuerza, llorando desconsoladamente.

-Yo le disparé, Josh.-susurré, lo suficientemente bajo como para que los médicos no se diesen cuenta-Le disparé con tu pistola. ¡Acababa de matar a mi hijo, era lo menos que podía hacer!

Él me acarició con ternura sin decir nada. ¡Pobre Josh! ¡Se le notaba tan preocupado! Temí estar metiéndolo en algo que escapase a mi control, pero, gracias a Dios, todo parecía quedarse en un mal pensamiento. Nos fuimos a la cama, pues ya era tarde. Él dormía, pero yo no podía, a pesar de estar débil. Miré en Internet y me chapé todo lo que venía sobre la crisis de ansiedad. Me costaba creer que acababa de tener eso. Realmente, me costaba creer que todo lo que me estaba pasando fuese verdad. A veces, hasta se me pasaba por la cabeza si había sido una horrible pesadilla de la que me iba a despertar, pero no. Era dolorosamente real.

A la mañana siguiente, Josh me preguntó por el entierro del niño. Que si íbamos a hacer funeral, que si qué gente quería que fuese. Yo le contesté fríamente:

-Voy a ir yo sola, y punto.

Él insistía en hacer funeral, y luego un entierro algo más familiar, pero yo no cedí.

-Jimmy no tenía más familia que yo. Además, ¿para qué un entierro? Dios ha demostrado que todo lo que nos pasa se la pela. ¿Qué Dios quizás ha perdido el tiempo conmigo? Pues que disculpe las molestias, pero ni mi hijo ni yo vamos a perder el tiempo con él.

Hasta a mí misma me asombró la dureza de mis palabras, pero en aquel momento lo único que buscaba era descargar toda mi ira contra alguien, fuese quien fuese. Esos dos días, mamá me había estado llamando, cosa que le agradecí muchísimo, y, sobre todo, tener que aguantar mi mal humor, porque hasta tacos soltaba por teléfono, y ella no me dijo nada. Quizás, cuando había muerto Amy, había hecho lo mismo.

Al día siguiente se celebró el juicio, y posteriormente el entierro, por orden del juez. Parecía que la gente estaba dispuesta a putearme, juntando todo aquello, pero yo callé, como de costumbre. ¿Para qué hablar, si nadie va a escucharte?

El juicio fue… como todos los juicios, supongo. Aburrido y tedioso. Me subieron al banquillo de los acusados. Debería estar nerviosa, pero no me temblaban las manos, ni se me entrecortaba la voz cuando testifiqué en contra de Robert. El juez lo condenó a 7 años de cárcel, por “intento” de asesinato, pues las pruebas no eran del todo concluyentes, y nos concedió el divorcio. Se le había rebajado la pena a petición de su abogado. Inconscientemente me llenó de satisfacción saber el veredicto, pero por otra parte me parecía muy poco para lo que se merecía.

El entierro se celebró una hora después del juicio. Entonces sí que abandoné mi actitud fría y distante y me deshice en lágrimas al contemplar cómo encerraban a mi niño en aquel nicho estrecho, entre toda aquella gente, que parecía ahogarlo. Realmente, creo que si alguien pasara por allí, se fijaría involuntariamente en su tumba.

Al llegar a casa, la reacción de Josh se hizo de esperar. Me abrazó fuerte, besándome el pelo. Yo lo abrazaba sin decir nada, no estaba de humor.

-¿Qué tal te encuentras?-me preguntó.

-Psé.-contesté.

-¿Qué tal el juicio?

-Creo que bastante bien. Lo condenaron a tres años.

-¿Sólo? Cabrones.

-Ni aunque se pasara la vida en la cárcel, le perdonaría lo que ha hecho.

Josh guardó silencio. Yo sabía que estaba siendo una borde con él, pero es que me sentía despechada, y no podía evitar mostrar mis sentimientos. Se me ablandó el corazón, quizás por el amor que sentía por él, y lo abracé por detrás, apoyando la cabeza en su espalda.

-Lo siento.-dije- Siento cómo me estoy comportando contigo.

-Te amo, Emily. No me importa cómo me hables. Sé que ahora lo necesitas.

Mi corazón comenzó a palpitar.

-Yo también te amo, Josh, diga lo que diga Robert.

Él se dio la vuelta suavemente y me cogió de las manos. Bajé la mirada, pues no quería que viese cómo me ruborizaba.

-Quédate conmigo, Emily.-dijo Josh, agarrándome la barbilla para que levantase la cabeza y poder mirarme a los ojos- No quiero que vuelvas a tu casa, a morir de soledad. No te dejaré. Te necesito, y hasta que viniste a mi humilde casa, empapada de lluvia y sangre, no me di cuenta de ello. ¿Te gustaría… quedarte a vivir aquí?

No me detuve a pensarlo. ¿Para qué? En aquel momento sentí una enorme atracción hacia él, tan fuerte que no era capaz de resistir. Entonces le respondí, acercando mis labios a los suyos:

-Sí, quiero.

Esas palabras hicieron que nos fundiésemos en un profundo beso que hizo que en mis ojos comenzaran a llorar de felicidad. Una nueva y mejor vida aparecía delante de mí. Todo iba a empezar a cambiar.

martes, 14 de julio de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo IV- ¿Es este el precio que tengo que pagar?


Fue el 20 de diciembre, unos días después de mi cumpleaños, por la noche, cuando comencé a tener contracciones. Robert cogió el coche apresurado y nos fuimos, en pijama, al hospital. Aún me parece estar sintiendo aquellos horribles dolores, y lo peor es que tenía miedo de quejarme, bueno, no era miedo exactamente, pero era una sensación que me oprimía las entrañas.

-¡Robert!-logré decir, entre lágrimas-¿Dónde estamos?

Sí, yo ni siquiera era consciente de dónde estaba. Por aquella carretera había pasado mil veces, pero en aquel momento no era capaz de reconocerla.

-¡Ya llegamos, ya llegamos! Tú respira hondo, ¿Vale?

Estaba muy nervioso, mucho. No era quién de asumir que iba a ser padre de dos niños. Aunque no lo culpo, yo tampoco me acababa de creer que tuviese a alguien creciendo dentro de mí, ni que ese alguien me estuviese haciendo tanto daño en aquel momento.

Me ahorraré los detalles de antes del parto. Todo era un dolor enorme, y vomitar cada muy poco. Eso sí, sin haber comido nada. Robert insistió en que no me pusiesen la epidural, se puso a decirle a las enfermeras que éramos cristianos, que tenía que parir con dolor, y que no y que no, por mucho que ellas intentaban convencerlo. Me acostaron en una camilla fría, muy fría, y venga a empujar. ¡Tenía yo unas ganas de arrancármelos de dentro y que se me calmara el dolor! No sé muy bien cuánto duró aquello, pero debió ser mucho. Yo agarraba las sábanas con fuerza mientras las enfermeras intentaban tranquilizarme.

-Respire, señora Piadget.-oía, como entre niebla.-Ya casi está, respire.

Por mucho que me pidiesen que respirase no era capaz. Tenía la respiración entrecortada, ahogada nuevamente por mis lágrimas. De repente, sentí un alivio muy grande, inmenso. ¡Entonces sí que pude respirar tranquila! Oí llorar. Buena señal.

-Son dos niños sanísimos, señora.-me informó una enfermera.

Me los acercó al cabo de un rato, limpitos, con los trajecitos que les había comprado mamá. Los acostaron a mi lado. Lloré, pero esta vez no de dolor, sino de felicidad. De felicidad por haberlos tenido, con lo que los había maldecido cuando estaban en mi vientre, y ahora… Ahora… Nunca antes había comprendido por qué la gente lloraba cuando estaba contenta, pero en aquel momento se disipó esa duda, al comprobarlo en mis propias carnes. Me trasladaron, un poco más tarde, a una habitación del hospital. Tenía las cortinas y las sábanas blancas, muy bonita. A los niños los acostaron en una cuna. Yo los miraba con mucha ternura. El instinto maternal comenzaba a pugnar por hondar en mí. Aquella noche sí que dormí tranquila, sin pesadillas, sin sufrir. ¡Fue una sensación tan bella que no la cambiaría por nada del mundo! Robert se había empeñado en ponerles el nombre, por ser varones y tal. A uno, el que había nacido antes, le llamó John; y al más pequeño, Jimmy. Mi madre se pasaba en la habitación día y noche, acompañándome. Robert, en cambio, sólo venía de vez en cuando. Días después, salí de allí, llevando a mis niños en un cochecito azul con ositos que me había regalado mamá.

Al principio, estaban casi todo el día tranquilos, pero según fueron creciendo, mi vida se fue convirtiendo poco a poco en una pesadilla. Lloraban toda la noche. Y si lloraba sólo uno, el otro se le unía, era pura empatía. En muchos matrimonios, cuando pasa esto, los padres se turnan para ir a atenderlos; en el nuestro no pasaba eso, si los niños lloraban, yo iba a atenderlos, siempre yo. Y eso comenzó a notarse en mi rendimiento laboral, en mi estado de ánimo… Me pasaba el día deprimida, angustiada. Me “auto-convencí” para ir a un psiquiatra. Por suerte, entre todos los psiquiatras que había en la ciudad, que no eran pocos, me topé con Josh. Josh había sido compañero del colegio, en primaria. Éramos muy buenos amigos, aún entonces, pero hacía tiempo que no nos veíamos. En cuanto entré por la puerta de la consulta, me soltó el típico: “¡Emily! ¡Quién te ha visto y quién te ve!” Sí, quizás era verdad que había cambiado mucho desde la última vez que fuimos a tomar un café, pero no precisamente para bien: tenía unas ojeras enormes, la piel se me había tornado pálida, enferma, débil y mis ojos infundían una tristeza tan grande… Y no por los niños, ¡qué va! Ellos lloraban porque tenían que llorar, sino por Robert, porque lo notaba tan despreocupado, tan distante… En cambio, Josh sí que estaba guapo. Cierto que lo estaba. Sus ojos azules transmitían tanta alegría y sinceridad, su cabello pelirrojo brillaba de una manera asombrosa. Tuvo que recomendarme otro psiquiatra, según él, el mejor de la ciudad. Dijo que lo hacía porque un psiquiatra tiene prohibido atender a sus amigos y conocidos. Aquel otro señor no estaba mal, pero lo que habría dado porque Josh me atendiese; él me conocía mejor que nadie. Aún así, retomamos nuestra amistad.

Aunque un día, todo cambió. Mi vida, y la de Robert dieron un giro de 360º. Todavía me pregunto por qué lo hizo, cómo se le pudo pasar por la cabeza una acción tan ruin y despreciable.

Sí. Recuerdo aquel día como si fuera ayer, y cuando lo hago siento como si se me encogiese el corazón. En el trabajo, bien, me acababan de cambiar de empresa, es decir, mejor trabajo, mejor sueldo… Aunque ser operadora era muchísimo más agotador, y volvía a casa con el ánimo por los suelos. Allí me esperaba Dorothy, la niñera, y mis dos niños, de dos añitos. Dorothy era una mujer mayor, quizá tendría unos 70 u 80 años. Siempre llevaba el pelo recogido en un moño, una chaquetita de lana y una falda muy larga. Cuando yo llegaba, me ayudaba con los niños un rato hasta las 9 y media, que marchaba. Ese día, repetimos ambas la rutina.

-Tiene unos niños preciosos, señora Piadget.-me dijo, cuando recogía sus cosas para marcharse.- De verdad que lo son. Espero que la hagan muy feliz., como me hicieron a mí los míos.

Sonreí. Dorothy había dicho aquello con una palpable tristeza. Ella tenía dos hijos, Saúl y Ryan. Cuando tenía 8 años, Ryan cayó en un pozo, un río, o algo así un día que estaban de vacaciones y se ahogó. Me había dado qué pensar aquella historia. Sé lo horrible que es perder a un hijo: Mamá a Amy, Dorothy a Ryan… ¿Pero correría yo la misma suerte? Cada vez que me lo contaba, comenzaba a temblar, tanto que Dorothy me tuvo hecho una que otra tila, y a veces por la noche no podía dormir, y me echaba a llorar en silencio, acostada al lado de Robert, que roncaba como un cerdo. Era dolorosísimo ponerse en la piel de ellas, o de cualquier madre que pasase por esa situación.

Además, y para más INRI, Saúl nunca ayudaba a su madre y la trataba como a una mierda, y eso la hacía estar siempre deprimida. Era tanto menos extraña la empatía que sentía con la pobre Dorothy, pero era algo que no podía evitar.

Más tarde, a las 10 de la noche, aproximadamente, yo acababa de conseguir que los niños se quedasen dormidos y los miraba, con mucha ternura. De repente, llegó Robert a la habitación y me abrazó por detrás. Me sorprendió su actitud, pues hacía día que no se portaba así conmigo, pero al mismo tiempo me halagó.

-¿Se han dormido?-me preguntó.

-Sí. Parecen angelitos.

-Oye, Em. Estás muy cansada de todo el día. Vete a la cama, que yo te prepararé un vasito de leche caliente.

-Ahora recuerdo por qué me casé contigo.-dije, dándome la vuelta para mirarle a los ojos.

Nos besamos en la boca. Me pareció percibir más cariño en los labios de Robert que de costumbre. En aquel momento me alegré, pero ¿quién podía saber qué venía después? Al cabo de un rato, Robert vino a mi habitación y me dio la taza de leche. La cogí. Me calentaba las manos, que las tenía heladas, pues era febrero y llovía. En cuanto hube bebido la leche, comencé a sentirme muy, muy cansada. Parecía costarme incluso respirar. Apoyé la cabeza en la almohada y me quedé profundamente dormida.

No sé cuánto tiempo estuve así. Quizás una hora. Me desperté como en una nube. En un acto prácticamente involuntario, miré por la ventana. Seguía lloviendo. No me pareció extraño, pues para mí era como si sólo me hubiese dormido un par de minutos. Lo que sí que no esperaba ver eran dos paraguas. Dos paraguas negros que salían de mi casa. Como era un primer piso, pude distinguir perfectamente que eran un hombre y una mujer. Él llevaba debajo del brazo una especie de carpeta o fichero, y ella llevaba en brazos a un niño que lloraba. Lloraba mucho. Aquel llanto me resultó desgarradoramente familiar. De repente, sentí como si mi corazón se paralizara cuando lo metieron en el coche y vi, con total claridad que era John, mi pequeño. Observé, sin atreverme a hacer nada, que aquel coche nuevo y reluciente se alejaba del piso, arrebatándome a mi hijo. No sabía qué hacer. Me encontraba tan confusa, asustada, triste… Me senté en la cama y me eché a llorar en silencio, cubriéndome la cara con las manos. Sentía una impotencia tal por no saber qué hacer ni qué había pasado… ¿Por qué esas personas de los paraguas negros se llevaban a lo que yo más quería en el mundo? ¿Por qué no lo impedí? ¿Por qué no bajé al portal e hice que me lo devolvieran? ¿Por qué no llamé a la policía para reclamar lo que era mío?... En ese momento, oí un ruido. Unos sollozos muy débiles que procedían de debajo de la cama. Comprobé, atemorizada, si había alguien. Para mi sorpresa, Jimmy estaba allí, agazapadito, muerto de miedo. Lo cogí en brazos e intenté tranquilizarlo mientras me preguntaba cómo había hecho para que no lo raptasen aquellas horribles personas. Quizás había logrado salir de su cuna y ocultarse bajo mi cama, o estaba jugando y, en cuanto vio gente extraña, entró en mi habitación, o… O quizás tuvo mucha, mucha suerte. En cuanto Jimmy se hubo tranquilizado, me dispuse a marchar, pero recordé que Robert seguía despierto y rondando por la casa. Miré el reloj, ya eran las 11 y media. Para fortuna mía, a esta hora comenzaba el programa de televisión favorito de Robert, ese que no se perdía por nada en el mundo, aunque ahora mismo no recuerdo con claridad su nombre. Logré salir de la habitación y colarme a través de la cocina al vestíbulo. Abrí la puerta con cuidado y me fui.

Anduve un rato por las calles mojadas y oscuras en camisón y descalza con mi hijo en brazos, estrechándolo contra mi pecho muy fuerte. No sabía hacia dónde dirigirme, hacia dónde encaminarme. Me sentí indefensa, marginada y sola, sin saber qué hacer. Entonces, se me ocurrió ir al hospital donde trabajaba Josh. Sabía que allí no iba a encontrarlo, pero podían decirme al menos cómo localizarle. Fui hasta el hospital corriendo. Llegué cansada, jadeante y a punto de caer desmayada. Me acerqué a la recepcionista y conseguí decirle, ahogando mis palabras en mi entrecortada respiración:

-Necesito… saber… dónde está el…doctor… Josh… Joshua… Sidle…

-Lo siento, señorita, pero en estos momentos el doctor Sidle no se encuentra en el hospital.-respondió la recepcionista, atemorizada por mi aspecto.

-¡Ya sé que no está aquí! ¡Déme su dirección, o su teléfono… o algo!

-No me está permitido darle esa información, lo siento.

-Oiga, ¿hace falta decirle que si no veo al doctor Sidle inmediatamente podrían matarme? ¡O quizás algo peor! ¡Ya no sé! Así que, por favor, se lo pido por lo más sagrado, por lo que más quiera, ¡ayúdeme!

En cuanto me di cuenta, estaba agarrando una de las solapas de la camisa de la recepcionista con fuerza, mientras me miraba con cara de miedo. Me había dejado llevar, pero cualquiera que hubiese pasado por algo así me comprendería.

-¡No me haga nada, se lo suplico!-dijo la recepcionista, y añadió, alargándome temblorosa, un papel- Aquí tiene la ficha del doctor Sidle. Figura todo. ¡Todo lo que me pide! ¡Pero no me haga daño!

La solté. Creo que entre las dos habíamos escandalizado a todo el hospital, pero me daba igual. Cogí el papel y me largué de allí. La casa de Josh estaba bastante lejos de allí. En medio de la carretera, andando kilómetros y kilómetros sin saber dónde estaba, me sentí como si fuera un animal moribundo que intenta buscar el camino a casa en plena noche, cegado por las luces de los coches. Me perdí unas cuantas veces, pero al final acabé dando con ella. Era una casita pequeña con un jardincito ínfimo, aún así, era muy cuca. Llamé apresurada al timbre. Salió Josh en pijama a la puerta. Evidentemente se escandalizó de verme empapada, temblorosa, llorando y sangrando, pues me había caído muchas veces y mis rodillas y mis pies sangraban aparatosamente.

-¡Josh!-grité, sollozando- ¡Necesito que me ayudes! ¡Ha pasado algo horrible!

-Tranquilízate, Emily. Entra dentro y abrígate.

Así lo hice. Me senté, sosteniendo a mi hijo en brazos, en el sofá y Josh nos cubrió con una manta y me trajo una tila.

-Ahora cuéntame. ¿Qué haces aquí, descalza, a estas horas de la noche?

-No… He visto cómo unas personas extrañas se llevaban a mi hijo… a John… Eran una pareja… Llevaban también unos papeles… No sé… Me fui de casa… Tenía miedo… Tengo la impresión de que Robert tiene algo que ver, no sé por qué. Me lo da el corazón.

-¿Papeles dices?... Sospecho que sé lo que pasa.

Lo miré con nerviosismo y curiosidad, Ardía en deseos de despejar las ideas y cerciorarme de lo que había visto.

-He atendido a varios padres con este problema.-prosiguió.- Se trata de una práctica ilegal, bastante conocida que consiste en que padres que tienen hijos pero generalmente no los quieren se los dan a otros padres que no pueden tener hijos, a cambio de una gran compensación económica, que suele rondar entre los 5 y los 10 millones de dólares. Nadie se da cuenta, pues simplemente cambian el nombre del niño por otro distinto, y el de los padres por el de los nuevos. De esta manera, en los archivos oficiales consta que el niño que ha sido dado ha nacido de esos padres. Es algo bastante complejo, lo sé, y por supuesto no es fácil de asimilar en una situación como la tuya.

-¿Eso quiere decir que, mientras dormía, Robert vendió a John a unas personas extrañas para deshacerse de él?... Entonces… En la leche… ¡Dios Mío!

Me eché a llorar desconsoladamente, agachando la cabeza y arrimándola a la de Jimmy. Josh se sentó a mi lado y me acarició. ¡Pobre Josh! Temía estarlo vinculando en algo horrible, que escapara a mi control y que debería afrontar sola. Robert era tremendamente celoso, y si se enteraba de esto… Nos mataría a Josh y a mí. A mí, por lo menos, seguro.

-¡Soy una madre horrible!-grité, fuera de mí.

-No es cierto, Emily, no lo eres.-dijo Josh, intentando sosegarme, con un tono amigable y cariñoso- Que tu marido sea un mal padre no implica que tú también lo seas. Cualquier niño desearía tener una madre como tú.

Levanté la cabeza suavemente para alcanzar sus ojos y lo miré. Mi mirada era seguramente más infantil que la de Thomas, pero es que en aquel momento necesitaba que alguien me alentase. Verdaderamente, su comentario me tranquilizó mucho más de lo que creía que podía hacerlo y dejé de llorar.

-¿Tú crees?-le pregunté en un hilo de voz.

-¿Y tú lo dudas?-contraatacó.

Miré a Jimmy. Él también estaba empapado, pero gracias a Dios no estaba herido. Lo acaricié. Tenía sueño. Lo sabía, son cosas que sabemos las madres. Me detuve un momento a pensar en que, si nos íbamos de allí, tarde o temprano Robert nos daría alcance, además, que no teníamos ni dinero ni ropa limpia, así que no tendríamos dónde pasar la noche. Volví a mirar a Josh y le dije, a punto de volver a romper a llorar:

-Josh, te ruego por lo que más quieras que dejes que Jimmy y yo nos quedemos aquí una temporada. ¡No te daremos ningún problema!-me apresuré en asegurar- Y yo te haré la comida, la colada, limpiaré la casa… ¡Todo lo que me pidas! ¡Absolutamente todo! Además, si quieres, Jimmy y yo dormiremos en el sofá, sin hacer ruido. ¡Pero, por el amor de Dios! ¡Déjanos quedarnos!

Temí que la respuesta de Josh fuese una rotunda negativa, pero en vez de eso, sonrió levemente y me respondió:

-No vais a dormir en ningún sofá, que vais a dormir en mi cama hasta que yo compre otra. Y no hace falta que hagas nada de eso. Os quedaréis, hagas lo que hagas y pase lo que pase.

Yo, en un arrebato de euforia, dejé apresuradamente a Jimmy en el sofá y me eché en los brazos de Josh. Allí lloré, lloré como una idiota; pero no de tristeza, sino de alegría y agradecimiento. Me sentía segura ahora que iba a vivir con Josh. Sentía como si ahora nadie me pudiese hacer daño, por mucho que lo intentase, y por mucho que lo desease.
Me di una ducha y bañé a Jimmy, para limpiarnos del lodo de las calles. Después, envolví a Jimmy en una mantita y lo acosté. Yo me quedé un rato charlando con Josh mientras se me secaba el pelo, pues Josh no tenía secador. Y allí en el salón, sosteniendo la toalla de ducha, que era lo único que cubría mi cuerpo mojado, sentados en el sofá, hablamos horas y horas. No recuerdo muy bien sobre qué, pero no volvimos a tocar el tema de John. Josh no quería volver a verme llorar, eso seguro. Luego, él me prestó la parte de arriba de uno de sus pijamas, ¡me quedaba grandísimo! Nos reímos un buen cacho viendo como mi cuerpo frágil y esquelético estaba cubierto por una tela enorme y gruesa. Nos dimos dos besos y me fui para la cama. En cuanto entré en la habitación sentía como mi corazón golpeaba muy fuerte contra mis manos. Entonces me di cuenta. Josh sería el que sustituiría a Robert, sí. Estaba completamente enamorada, más de lo que lo había estado nunca. Pero si Robert se llegara a enterar… No quiero pensar en lo que me habría hecho. Intenté alejarme de mi padre y me topé con alguien peor, con alguien que daría a su hijo, al fruto de su amor, al portador de sus genes, a gente que desconoce para ganar cuatro duros. ¿Es ese el precio que tendría que pagar?

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo III- Nos engañaron a las dos


Me río yo de los sensibleros romantico-nes de mierda que les da por decir que casarse es lo mejor que le puede pasar a una mujer. Ja, ja, ja. Mi boda, esta boda, fue la peor del mundo.

Se celebró el 13 de mayo. Yo me vestí en casa, ayudada por mi madre. El vestido era de un blanco inmaculado que cegaba. Dicen que sólo las mujeres vírgenes pueden casarse de blanco; yo me había saltado la regla, así que me sentía bastante extraña. Aún así, era innegable que el vestido era bonito, ¡como para no serlo, con lo que había costado! Era muy amplio, para disimular la barriga. Estaba ya de cuatro meses. Las mangas eran también grandes, y caían. Tenía una cinta atada al cuello de color lila, a juego con las que traía consigo el vestido debajo del pecho y en los codos. Llevaba el pelo recogido en un recatado moño, dejando que dos mechones negros cayesen, como cascadas, por mis hombros. Y a lo alto de todo, cubriéndome algo los ojos, estaba el velo, transparente y largo, muy muy largo. Había ido a la peluquería las 6 de la mañana. Allí me habían peinado y me habían maquillado, los ojos de negro con la sombra en lila y los labios de rojo. Parecía la princesa de un cuento de hadas con final aciago.

Mi madre y yo llegamos a la Iglesia bastante tarde. Habíamos ido desde casa de mis padres hasta allí corriendo. Nunca me había imaginado que correr vestida de novia fuese tan incómodo, y que además llamase tanto la atención. La gente de la calle me miraba con ojos asesinos como pensando: “¿Qué hace esta loca así disfrazada?” En la puerta de la Iglesia me esperaba la madre de Robert, mi madrina, Diana. Ella siempre me había odiado, desde que Robert le dijo que estaba embarazada de él, más o menos. Siempre pensó que yo era una puta y que su hijo era un santo. Si supiese…

-Se supone que la novia llega tarde, pero no tanto.-refunfuñó.

-Lo siento, Diana, fue culpa mía.-dijo mi madre.

-Pues hay que mirar más el reloj.-y añadió, mirándome a mí- A ver, niña, arréglate un poco y entra rápido, que mi hijo está de los nervios.

Así lo hice. Me coloqué un poco el moño y el velo. Acto seguido, arrimé el ramo de dientes de león al pecho y me dispuse a entrar en aquella iglesia gótica enorme y majestuosa.

Mi entrada causó expectación. Las viejas y cotillas amigas de Diana me miraban con recelo y cuchicheaban a mis espaldas. Los demás asistentes me miraban extrañados, preguntándose dónde había estado y qué había hecho hasta que entré. Sólo percibí una cara amiga, una mirada limpia y tierna. Una sola. ¡Y cuánto bien me hizo! Robert estaba en el altar con mi padre, lanzándome miradas acusadoras. Intenté esquivarlas y me situé a su lado. Dio comienzo la misa.

En las películas que había visto, las bodas duraban poquísimo tiempo. Entonces me di cuenta de la paciencia que tiene que tener una para soportar tal sermón. Era interminable. Hasta que, al final, pronunció esas frases que había esperado toda la misa en oír:

-Robert Piadget, ¿quieres a Emily Gray como legítima esposa en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte os separe?

-Sí, quiero.

-Y tú, Emily Gray, ¿quieres a Robert Piadget como legítimo esposo en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte os separe?

-S…Sí, quiero.

Titubeé. Verdaderamente titubeé. En aquel momento sentía como si estuviesen firmando mi sentencia de muerte, o peor, como si me hubiesen condenado a cadena perpetua.

-El que no esté de acuerdo con esta unión, que hable ahora o que calle para siempre.

Se hizo un silencio absoluto. Todos los asistentes (miento, casi todos) se miraban unos a los otros para ver quién se atrevía a impedir nuestro matrimonio. Desgraciadamente, nadie tuvo el valor de hacerlo.

-Entonces, por el poder que Dios me ha concedido, os declaro marido y mujer. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Robert, puedes besar a la novia.

Así lo hizo. Me cogió con la cintura y me besó. Pero aquel había sido el beso más frío, falso y desganado que me había dado nunca. Me di cuenta de que mi vida estaba cambiando a velocidad de vértigo: ayer era una niña inocente, feliz y despreocupada y al día siguiente me había convertido en la “señora de Piadget”. Esa cruel realidad me llenaba de amargura.

Después de la sesión de fotos, salimos de la Iglesia y toda la comitiva se dirigió corriendo como alma que lleva el diablo en sus respectivos coches al restaurante. No estaba lejos. El menú había salido bastante barato y no era mal lugar. La comida tenía una pinta deliciosa, pero yo apenas probé bocado. Cuando estábamos tomando el segundo plato me levanté disimuladamente.

-¿A dónde vas?-preguntó Robert con recelo.

-A tomar el aire.

Me dirigí al jardín de atrás y me puse a fumar un pitillo que le había birlado a Robert sin que se diese cuenta. No debía estar fumando, estando embarazada, pero el cuerpo me lo pedía. En ese momento llegó allí alguien. Antes de que le diese tiempo a hacer o decir nada, percibí su presencia y me di la vuelta sobresaltada. Para mi alivio, era Terry, mi Terry. Fue compañero mío de clase, y amigo. ¡Cuánto tuve que agradecerle en mi vida! Pero bueno, eso ya se verá.

-¿Estás bien, Emily?-dijo, con su voz grave y dulce.

-Sí.

Se acercó a mí y me miró a los ojos.

-Dime la verdad, fue de penalti, ¿no?

Gran habilidad de Terry: adivinar siempre lo que me pasaba, por muy oculto que lo tuviese. A veces pensaba que era suerte, pero el pobre no es que fuese muy afortunado. Su padre era un puto borracho, y su madre había muerto cuando tenía 14 años. No tenían dinero para apenas nada, por lo que, evidentemente, él tampoco pudo ir a la universidad y se escapó de casa. En aquel entonces trabajaba como empleado en una gasolinera. Trabajo mal pagado y mal agradecido, pero le daba para comer y para el alquiler. Habían circulado sobre él rumores de que trapicheaba con droga, pero sospecho que no eran para nada ciertos. Yo lo quería como si fuese un hermano, y lo mejor de todo es que ese cariño era mutuo.

-Sí.-logré contestar, en mi asombro.

-¿Niño o niña?-preguntó, acariciando mi vientre suavemente, y con más ternura que Robert, cuando lo hacía, sobre todo, para quedar bien.

-Todavía no lo sé, sólo estoy de 4 meses. Lo que sí sé es que son dos. Gemelitos.

-Espero que hagan muy feliz, a pesar de su origen.

Sonreí. Después de días, semanas, ¡meses! Sonreí. Le sonreí a Terry. A mi Terry. ¿Quién sino él me diría algo así? ¿A quién sino a él podría sonreírle con tanta sinceridad?

El resto de la boda transcurrió sin novedad. Yo intenté dar la falsa imagen de novia feliz e ilusionada, simplemente para mantener satisfechos a los comensales. A la única a la que no pude engañar fue a mi madre. Ella siempre sabía lo que me pasaba. Siempre. Por mucho que fingiera.

Pronto llegó la noche. Todos los invitados se fueron, casi en manada. Los últimos fueron mis padres, mis hermanos y mis suegros. Antes de irse, se quedaron a hablar un poco con nosotros. Diana, como si fuese una leona atacando a su presa, me enganchó a mí.

-¡No sabes qué joya te llevas, niña!-me dijo, orgullosa- ¡Mi Robert es un auténtico cielo! ¡Ya verás, ya!

Yo le daba la razón en todo, como se hace con los locos. Sí, sí, sí, ¿no se callará nunca?... Mientras me hablaba de lo cuco que era su hijo de pequeño, de lo bien que comía y de lo bueno que fue siempre, yo desviaba la mirada hacia mi madre, que estaba al lado de mi padre, que hablaba abiertamente con Robert y su padre, mientras mis hermanas jugaban con Thomas. ¡Pobre mamá! ¡Sometida durante toda su vida a un marido así! ¿Realmente se lo merecía? Me fijé en ella. Estaba preciosa. Llevaba un traje de chaqueta y vestido lila, como mi vestido, y una camisa blanca inmaculada, cubriéndole el pecho, que todo era piel y costillas, la verdad, de lo delgada que estaba. Tenía un mechón del pelo cubriéndole un ojo. No era la primera vez que se hacía ese peinado. Siempre que tenía un ojo morado, se peinaba así. Deduje que papá y ella habían discutido recientemente. Y lo que más me dolía era que seguramente había sido por mi culpa.

-Bueno,-oí decir a mi padre- nosotros nos vamos que estamos muy cansados, ¿verdad, cariño?

Mamá asintió con resignación. Mi padre tenía la fea costumbre de hablar en plural, como si supiese lo que sentía y quería mi madre en todo momento. Su actitud me repugnaba. Les di dos besos a Diana y a su marido. Mi padre no quiso repetir el ritual, simplemente me miró con desprecio; sabía lo que pensaba de la boda. Yo le devolví la mirada, sin albergar temor dentro de mí. Ahora ya no le pertenecía. Mamá también me dio dos besos, pero yo la abrazaba fuertemente. Acerqué mis labios a su oído y le susurré, sin que nadie se percatase.

-Nos engañaron a las dos, mamá.

Ella se mordió los labios para no echar a llorar. Aún así, una lágrima se asomó al borde de sus largas pestañas temblorosas. Yo también hice esfuerzos para no llorar, pero no sucumbí. Nos separó papá, con su habitual nerviosismo, y metió a mamá en el coche, aunque no muy bruscamente, para no quedar mal delante de Robert y sus padres. Observé con tristeza como el coche blanco de mis padres se alejaba del restaurante, como una paloma, aunque todavía era capaz de vislumbrar a mi hermano pequeño, en el asiento de atrás, diciéndome adiós con la mano.

La noche de bodas la pasamos en un hotel de 4 estrellas, para variar. Diana, que era una mujer de dinero, lo había dispuesto todo. Champagne, velas, pétalos de rosa sobre la cama… Una verdadera mariconada, pero no me atrevía a decirlo. Aunque creo que Robert había pensado lo mismo que yo. Nos sentamos en la cama, uno a cada lado, dándonos la espalda. No nos habíamos hablado en todo el día, pero Robert rompió el silencio:

-Que, ¿te encuentras bien?

-¿Acaso tengo que encontrarme mal? Vamos a ser padres. Yo estoy muy contenta. No sé tú.

-Yo también estoy muy contento, más de lo que piensas.

-Me alegro por ti.

Noté enseguida que mi reacción le había parecido mal. Me abrazó por detrás y me besó en el cuello.

-¿Quieres…?-me preguntó.

-No. ¿Y si les hacemos daño?-interrumpí.

-El médico dijo que podíamos.

-El médico no tiene ni puta idea de lo que siento aquí dentro. Además, estoy muy cansada. Deberíamos dormir.

¡Qué excusa más vieja! Aún así, Robert la respectó. Me comportaba con él con una frialdad, como de anestesia, increíble. Nunca le había hablado con tanta dureza. Nunca. De mis labios siempre habían salido palabras tiernas hacia él. Pero todo cambió después de que me dijeran que estaba embarazada. Sí. En aquel momento les echaba la culpa a mis bebés, pero después, mucho después, no los cambiaba por nada, ni siquiera por todo el oro del mundo. Tardé en quedarme dormida. Toda la noche fue una pesadilla angustiosa y horrible, que todavía se ve clara en mi mente: Mi vientre estaba sangrando, sangraba aparatosamente, empapando mi camisón blanco. Alguien, un ente, una persona, se los llevaba, delante de mis ojos. Y ellos lloraban. Y yo lloraba. Quería ir a por ellos, pero sentía un dolor insoportable, que no me dejaba moverme. “¡¡Suéltalos!! ¡Mis bebés! ¡¡¡Suéltalos!!!” gritaba. Pero no había manera, se los llevaba. Yo lloraba, y me ahogaba con mis propias lágrimas. No podía respirar, pero seguía gritando y gritando hasta que el sonido de mi voz se iba apagando lentamente.

¿Quién iba a pensar que los sueños pudiesen llegar a decir tantas cosas?

lunes, 13 de julio de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo II- Infancia Perdida


El coche de Robert era de segunda mano, no recuerdo de qué marca. No iba a demasiada velocidad, pero yo sentía que corría como el viento, dejando mi juventud e infancia muy atrás, haciendo que dejase de ser una niña, y que no dependiera de mamá para todo. Ahora era yo la que tenía que decidir.

El apartamento de Robert, o debería decir ya, nuestro apartamento, que antes me parecía tan diminuto, se hacía angustiosamente amplio cuando tenía que limpiarlo. Siempre me había parecido que limpiar para tu hombre era una muestra de cariño, que era lo que me decía mi querida abuelita, que en paz descanse, pero realmente es una muestra de auténtica sumisión. Los primeros 2 meses que pasé en casa de Robert me parecieron los mejores de mi vida. Él me mimaba, me besaba, me acariciaba, me daba todo su amor… ¿Y yo cómo se lo pagaba? Limpiando y cocinando, que se me daba bastante bien. Pero luego todo cambió súbitamente, de la noche a la mañana.

Fue la noche de un 4 de abril (nunca olvidaré ese día) cuando todo mi mundo dio una drástica vuelta de tuerca. Estaba acostada en la cama con Robert, abrazándolo por detrás. Mi aliento estaba congelado, como si me envolviera un frío intenso. Él abrió un poco los ojos y me dijo, con voz cansada:

-Em, ¿’tas bien? Tiemblas.

Era cierto, estaba temblando. Tenía un dolor muy fuerte de barriga. No contesté, simplemente me levanté apresurada de la cama y me encerré en el cuarto de baño. De rodillas delante del váter, apartándome el pelo de la cara con una mano, me puse a vomitar. Parecía no tener fin, el dolor seguía sin calmarse, y yo seguía vomitando, aunque no sé muy bien el qué, porque en todo el día sólo había logrado comer una manzana y una rebanada de pan por la mañana, antes de irme a trabajar, que en aquel entonces trabajaba de secretaria en una empresa no muy buena. Robert estaba fuera, golpeando la puerta y preguntándome una y otra vez si me encontraba bien. Al fin me pasó. El dolor de la barriga fue calmándose poco a poco y ya fui capaz de levantarme. Me miré al espejo. Tenía lágrimas en los ojos y la cara muy encendida. Había estado llorando, seguramente al esforzarme en sacar todo aquello fuera. Me humedecí las sienes, y no salí de allí hasta que me calmé de todo. Robert seguía fuera. Cuando vio mi cara de dolor me abrazó fuerte.

-Emily, no puedes seguir así.-dijo, agarrándome por los hombros- Tienes que ir a un médico.

Tenía razón, llevaba un mes así, pero parecía que la cosa iba empeorando cada día. Aún así, no quería ir al médico. Para mí, ir al médico era sinónimo de “estás muy mal y vas a ir a que alguien te lo restriegue por la cara, y te haga infinidad de pruebas para confirmar tus horribles sospechas”.

-No, Robert, estoy bien.-sentencié, separándome de él.

Me dirigí a la habitación para coger la cajetilla de la mesita, necesitaba un pitillo, pero Robert seguía en sus trece:

-¡No, no estás bien! ¡Si estuvieses bien no vomitarías!

Hice como si no le escuchara. Encendí el cigarro y aspiré fuerte el humo. Entonces, y sin más previo aviso, Robert me agarró los brazos con fuerza y me ordenó, mirándome a los ojos:

-Vas a ir sí o sí.

Me estremecí. Por primera vez tuve miedo de Robert. Él, que siempre me había tratado con tanta delicadeza, con tanta ternura, me apretaba los brazos hasta hacerme daño. En el fondo él también estaba asustado, aunque no de lo mismo que yo. El corazón me golpeaba contra el pecho, desbocado, mientras lo miraba fijamente a los ojos. Robert se dio cuenta de mi terror enseguida y me soltó.

-Anda, apaga el pito y vámonos a dormir.

Lo hice. Me acosté en la cama y volví a abrazarlo por detrás. Él se quedó dormido enseguida, pues oía sus ronquidos, pero yo no fui capaz de conciliar el sueño en toda la noche.

“Consulta. Doctora Bárbara Stevens, Piso 4º Izq.”, nunca olvidaré el nombre que figuraba en la placa de la puerta de la consulta. Me lo pensé muy bien antes de tocar el timbre. Una enfermera me abrió y me indicó dónde estaba la sala de espera. Me senté en una silla, al lado de un hombre de unos 60 años que no paraba de toser, y de clavar la mirada en mis pechos, cubiertos por un jersey de cuello redondo verde oscuro. Realmente, en otra ocasión le habría dicho un par de cosas, pero no era el lugar, ni yo estaba de humor. Pasaban los minutos con una lentitud asombrosa, la aguja del reloj de la consulta que marcaba los segundos iba al mismo ritmo que mi corazón. Me echaba el pelo para detrás de la oreja, me arreglaba la falda, me subía el escote, rebuscaba en el bolso…

-Emily Gray.

Me sobresalté. Era la enfermera, me llamaba para pasar a la consulta. Agarré el bolso fuerte y me fui de la sala de espera, sintiendo la mirada de aquel viejo clavarse ahora en mi culo.

La consulta era angosta. Comencé a sentir agobio, claustrofobia, me atrevería a decir. La doctora, de unos treinta años, morena, me miraba extrañada desde su escritorio.

-Tome asiento, señorita Gray.-me ordenó.

Le obedecí. Me senté en una silla en frente de ella.

-¿Qué le trae por aquí?

-Pues… Tengo dolores de barriga… Y vómitos muy frecuentes.

La doctora lo apuntó todo en el ordenador.

-¿Fumadora?

-Sí.

-¿Bebe usted?

-Eh… ¿Alcohol?... No, no.

-¿Tiene usted alguna sospecha de qué puede ser?

-No. Por eso estoy aquí.

Acto seguido se levantó y me mandó sentarme en la camilla. Me desnudé de cintura para arriba y me auscultó.

-Tranquilícese. Respire hondo.-me dijo.

Yo estaba muy nerviosa, seguramente lo había notado. Era la primera vez que iba al médico sola, sin que mamá me acompañase. Siempre odié que me auscultaran, ella lo sabía, y me cogía de la mano, para que no estuviese asustada. Cuando fui adolescente ya no lo hacía, pero me miraba, y sólo con esa mirada lograba sosegarme.

La doctora siguió haciéndome pruebas. De la mayoría ya no me acuerdo, pero eso no importa. El resultado se hizo esperar, pero al final llegó:

-Señorita Gray, las pruebas lo reflejan claramente. Enhorabuena, está usted embarazada.

No podía creérmelo. ¿Embarazada? ¿Yo? Sólo tenía 18 putos años, no me lo merecía. A los 18 años nadie se ve cuidando niños, ¡hijos! Nadie. La doctora me recomendó un buen ginecólogo que siguiese los progresos del bebé y me explicó que era demasiado tarde para abortar. Salí de allí como una autómata. Las lágrimas comenzaban a aflorar de mis inocentes ojos grises, mientras acariciaba suavemente mi vientre. Me dirigí a casa andando. Era un camino bastante largo, pero necesitaba pensar. Hice cuentas, muchas cuentas. Me di cuenta de que, en mi primera vez, Robert no había tomado precauciones. Se había limitado a llevarse por la pasión, por el deseo, y ahora… ¡Embarazada! Repetía esa palabra entre dientes una y otra vez, como si quisiera encontrarle otro significado, pero nada.

Llegué a casa una hora más tarde. Robert estaba en la cocina, fumando, mirando el reloj de pared muy nervioso. Estaba asustado, y más que iba a estarlo. En cuanto percibió mi presencia se sobresaltó.

-¿Qué tal? ¿Qué te dijo?

No tenía las suficientes fuerzas para contárselo. Sentía como si se me hubiese hecho un nudo en la garganta. Aún así, logré decirle, después de largo rato, con un hilo de voz:

-Me preñaste.

Robert se llevó las manos a la cabeza. Comenzó a lanzar injurias, cegado por la desesperación, y a “cagarse” en Dios y en la Virgen. El mismo Dios y la misma Virgen a los que le había rezado tanto en la sala de espera de la consulta. Yo lo observaba atentamente, a punto de echar a llorar. Comprobé que el peor temor de Robert finalmente se había cumplido.

-¡Como lo sepan tus padres me van a matar!

-Tengo 18 años, Robbie.-logré responder- Ya no dependo de ellos.

“Robbie”. Pocas veces le llamaba así, muy pocas. Era un mote cariñoso. Se podría decir que en aquel momento, y a pesar de su reacción, lo quise. Lo quise porque sentía que era mi única familia, el único que tenía que ayudarme a cuidar y criar a mi hijo, a nuestro hijo.

-Pero… ¿no puedes…?

-No.-interrumpí. Sabía qué iba a preguntar- La doctora dijo que ya no puedo. Es demasiado tarde.

-Entonces… Sólo tenemos una salida, ahora que ha pasado.

Lo escuché atentamente. La respuesta que me dio no me la esperaba en absoluto de él.

-Tenemos que casarnos.

Me quedé con la boca abierta. Era lo típico que diría mi padre, pero… ¿Él? Me temía lo peor.

-Ca… ¿Casarnos?-titubeé.

-Somos cristianos, Em. No debemos tener hijos sin habernos casado.

Y así fue. Comenzamos a preparar la boda para poder casarnos en mayo. Mi madre me ayudó a buscar el vestido. Recuerdo ese día. Ella estaba triste, muy triste, y yo sabía por qué. En plena calle, me giré a ella y le dije, con dolor y verdadera rabia contra mí misma en la voz:

-¡Fui idiota, mamá! ¡Una idiota y una puta! ¡Lo sé! ¡Pero yo no…!

Antes de que pudiese reaccionar, ella me miró y me dijo, con mucha ternura:

-No fue culpa tuya, Emily. No lo fue. No tienes que culparte, porque tú no hiciste nada. Fueron esos hijos de puta que nos engañaron a las dos.

Nunca antes había sentido tan compenetrada con ella como en ese momento. Nunca la había comprendido tan bien. Nunca. Ella se había casado muy joven también, a los 19 años, todo por culpa de mi padre, que la preñó cuando quiso. Sí, realmente mamá en ese momento tenía 38 dulces años, pero su rostro estaba tan demacrado por el dolor… Sus ojos habían perdido brillo y vitalidad progresivamente, y sus labios se habían tornado secos y enfermos.

Aquella noche seguí dándole vueltas al tema. Muchas vueltas. No pude dormir. ¿Acaso Robert, mi Robert, era como Paul, el padre del que quise distanciarme? En mi cabeza sonaba la frase que me había dicho mi madre, como el mar chocando con las rocas con su eterna canción: “Fueron esos hijos de puta que nos engañaron a las dos”. Tenía razón, más de la que pensaba que tenía en aquel momento.