domingo, 27 de septiembre de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XVII-Nuestro pequeño secreto


Dejé que los días siguiesen pasando. Me emborraché de tristeza, me drogué de impotencia, y sólo había una cosa que me quitase la abstinencia: la fe. Llega un momento en el que eso es a lo único que puedes aferrarte, en lo único en lo que puedes confiar, lo único que puede levantarte el ánimo. Pensar que hay un más allá, un Cielo que me espera con las puertas abiertas, ángeles y arcángeles que acogerían mi cuerpo, ya inerte, en un paraíso post-mortem. Era lo único que hacía que aceptase la muerte de un modo esperanzador. Aún así, cada vez que miraba a mi hija a los ojos, volvía a derrumbarme.

Mi pequeña. Tengo la sensación de que no he hablado lo suficiente de ella. Tenía el pelo castaño, como su padre, recogido en dos graciosas coletitas la mayoría de las veces, y los ojos grises, como los míos. Brillantes, llenos de vitalidad y de alegría, siempre con una sonrisa en aquella carita dulce, con aquellas mejillas rosadas. En aquel entonces no se apartaba ni un momento de Sally. Sí, se la había dado. El día del funeral de mi padre, en cuanto la fuimos a recoger a casa de la tita, se la di. Se quedó sorprendida en cuanto la vio.

-Toma, Amy,-le dije.- te hemos traído un regalo.

La cogió con sus manitas pequeñas y blancas como la cal, sin apartar la vista de ella.

-Era de cuando yo tenía tu edad. Tienes que cuidarla bien.

No respondió. Estaba ensimismada. No se esperaba en absoluto un regalo.

-¿Cómo se llama, mamá?-preguntó.

-Se llama Sally.

Desde aquel día, jugaba con ella todo el tiempo. Yo, en cambio, me pasaba las tardes acostada en el sofá, leyendo un misal que me había comprado. Los fines de semana me enfrascaba en aquellas sagradas palabras, hasta más o menos las 8, que era cuando hacía la cena para Amy y para mí, ya que Terry solía llegar más tarde y, además, no probaba bocado. Ya comenzaba a ser preocupante.

Los días laborales, tenía que ir a radio. La verdad es que no era muy agradable tener que meterme en aquel aparato, de apariencia cercana a la de un ataúd. Cuanto más tiempo tenía que permanecer en la máquina, más parecía angustiarme; tanto, que a veces parecía que me faltaba el aire al estar allí encerrada. Salía siempre con las mejillas tremendamente coloradas. Llegué a pensar si estaba comenzando a tener claustrofobia. Creo que fue entonces cuando cogí la manía de tener las ventanas o la puerta abiertas de la habitación en la que estoy. Aún así, no detestaba ir a radioterapia, por una simple razón: porque siempre, al acabar, salía por la puerta de atrás y me encontraba a Sharon esperándome, apoyada en la valla del aparcamiento, vestida de negro rigurosamente de la cabeza a los pies y sosteniendo un porro con sus largos, finos y pálidos dedos, dispuesta a ir al bar de siempre a tomar algo. En cuanto me veía, me saludaba con la cabeza, mientras me guiñaba un ojo y esperaba a que me acercase a ella. A medida que iban pasando los días, mejor me iba cayendo. En serio, con ninguna de mis otras amigas había sentido tal simpatía, con ninguna. Recuerdo un día, un día en especial. Hacía un par de semanas que estaba en radioterapia, por lo que me encontraba aún algo asustada. Sharon estaba en el mismo lugar de siempre, vestida con una falda corta violeta con bordados de telarañas en negro, medias negras, un corsé también violeta y negro y un abrigo negro desabrochado, a pesar de ser invierno y hacer muchísimo frío. Yo iba envuelta en un abrigo gris de plumón. Aún así, me estaba congelando.

-Hola, Sharon.-le dije.

-¡Hey!-respondió ella levantando una mano.

-¿Qué tal estás?

-Yo bien, dentro de lo que cabe, ¿y tú?

-¿Yo?... Yo ya no sé.

Sharon notó enseguida que estaba algo deprimida. Se acercó a mí e inclinó la cabeza para poder mirarme a los ojos, pues yo había dirigido la mirada al suelo.

-¿Por? ¿Te pasa algo, Emily?

Exhalé un hondo suspiro. Un suspiro que hizo vibrar mis frágiles y enfermos pulmones. Sharon se inquietó.

-Es que… Antes, cuando tenía el cáncer pero no lo sabía, me sentía bien, ¿entiendes? Como todos los días. Y estaba enferma. Ya siento que no entiendo mi cuerpo, ni las señales que me da.

-¿Se lo has contado ya a alguien más?

-No. Ni mi tía, ni mis hermanas, ni mis hijos saben nada. Me reconcome no hacerlo, pero tengo la sensación de que no debo.

-Así que sigue siendo nuestro pequeño secreto, ¿no?

-Sí.-respondí, hasta con asco.- Nuestro pequeño y sucio secreto.

Sharon me envolvió con uno de sus brazos y me arrimó a ella. Ella llevaba unas botas con muchísimo tacón, así que estaba a la altura de su pecho. Aquella dulzura con la que lo había hecho, hizo que un par de lágrimas se deslizaran por mis mejillas. Creo que era porque tenía ganas de poder mostrar mis sentimientos ante alguien, pues ni siquiera con Terry me atrevía. Era como si tuviese miedo de preocuparle.

-No puedes estar tan deprimida, mujer.-dijo Sharon.- Anímate.

Tenía razón. Ya había derramado muchas lágrimas. Sabía que no podía vivir atemorizada y abatida, pero cada vez me costaba más arrancar de mis labios una sonrisa. Permanecí allí, cabizbaja, dejando que Sharon me abrazase y me acariciase el pelo con la otra mano. Seguro que a ella también le dolía verme triste.

-Yo llevo bastante tiempo enferma.-dijo Sharon, hablando muy suavemente.- Más de lo que desearía. Me costó cerciorarme, admitir el hecho en sí. Yo los primeros días también me sentí como tú, así que comprendo por lo que estás pasando. Los médicos no paraban de repetirme que me daban 4 meses de vida, quizás menos. Y ya ves, 6 meses después, estoy como una rosa.

Sus palabras lograron consolarme, y, a la vez, hacían que sintiese lástima por ella. ¿4 meses? ¿Tan mal estaba? ¿Tan propagado tenía el cáncer para que pudiesen darle tan poco tiempo? Aspiró el humo del porro otra vez, muy fuertemente; al tener uno de mis oídos apoyado en su pecho, pude escuchar cómo lo inspiraba y cuánto se le aceleraba el corazón al hacerlo. La aliviaba, lo noté, mitigaba su dolor interno. Me di cuenta en seguida que no era buena idea volver a recordárselo. Volver a recordarle la impotencia que sintió cuando todos los médicos la daban por enferma terminal. Y mientras me lo decía parecía tan serena, tan tranquila, como si no le importase. Pero tuve la sensación de que le había costado decir lo de los 4 meses de vida, como si se le atragantase. Opté por ofrecerle ir a tomar algo al bar de siempre. Ella, evidentemente, aceptó.

Nos sentamos en nuestra mesa de siempre. Sharon pidió un café irlandés, como siempre. Yo, sin embargo, quise un café solo. Necesitaba volver a entrar en calor, aunque no me habría importado tomar un cubalibre.

-¿Cómo están tus hijos?-preguntó Sharon.

-Bien, bien. Adrien está en época de exámenes, y está todo nervioso, ya me entiendes. Y Amy… toda contenta porque les están enseñando el abecedario.

-¡Qué ricura!-exclamó. Vi ternura en sus ojos.

-Estos críos, se contentan con cualquier cosa.-dije, para restarle importancia, aunque a mí también me enternecía.

-¿Y Terry como está?

-Como siempre. Bastante ocupado… un poco distraído.

Mis palabras comenzaron a entrecortarse. Desde hacía algún tiempo, era como si él estuviese más distante, más frío. Como si quisiera estar solo, perderme de vista, largarse y no volver. Intentaba disimularlo, pero cuando lo escuchaba suspirar, me daba cuenta.

-¡Estos hombres!-dijo Sharon.- Son todos iguales. No te pasa a ti sola, también a veces David…-entonces noté que volvía a trabarse.- Lo que pasa es que… bueno… a veces lo que les pasa es simplemente que tienen antojo de coño.

-¡Sharon!-exclamé, colorada como un tomate.- ¡Terry y yo no somos novios! ¿Cómo voy a darle… coño?
-Mujer, la niña no nacería por obra y gracia del Espíritu Santo.

-Ya te lo expliqué. Estábamos borrachos, no sabíamos lo que hacíamos. Y no volverá a pasar. Fin de la historia.

-Bueno, bueno. Sólo quería darte un consejo. Quizás aún te animabas tú también.

Me reí sarcásticamente. La verdad es que apenas recordaba cuando Terry y yo habíamos mantenido relaciones. Sólo sensaciones. Sensaciones que, por alguna razón, se habían quedado gravadas en mi memoria, y todavía me parece estarlas sintiendo en este mismo momento.

Estuvimos un buen rato hablando. Evitamos hablar del tratamiento, simplemente por no volver a deprimirme. Cuando estaba con Sharon hasta olvidaba que estaba enferma. Entre pitos y flautas, acabamos otra vez hablando de mi familia.

-El otro día-dije- fuimos al fotógrafo. Para hacernos una foto de familia, ya sabes.

-¿Sí? ¿Y qué tal quedasteis?

-Hombre, creo que bastante bien, pero bueno.-entonces comencé a rebuscar en el bolso.- Juzga por ti misma.

-No me digas que la tienes ahí.

-Bueno, es una copia.-respondí, sin apartar las manos del bolso.- Hice una para mí y otra para Terry, en tamaño más pequeño. La mía la tengo en la billetera.

En cuanto la encontré, la saqué para fuera y la abrí. En un bolsillito que tenía por dentro, estaba la susodicha foto. El tamaño era un poco más grande que una foto de carné. Se la alargué a Sharon.

-Mira.

-A ver, a ver…-musitó mientras la cogía.

La foto era preciosa, a mi parecer. Yo aparecía con un vestido rojo por la rodilla, de escote palabra de honor, y una chaquetita negra. Mis pies calzaban unos zapatos rojos con unos tacones bastante grandes. Estaba sentada en una silla de madera, un poco ladeada, sonriendo levemente. En mi cuello, evidentemente, estaba la gargantilla de mi madre.

-Joder, Emily. Tú estás impresionante.

Me sonrojé.

-Lo dices por cumplir.-dije.

-No, lo digo en serio. Saliste guapísima.

Amy estaba sentada en una silla igual a la mía, a mi lado, en medio de Terry y yo. Llevaba un vestido blanco, con un estampado de pequeñas florecillas rojas. Calzaba unos zapatitos blancos, a juego con los calcetines. En el pelo, tenía una colita en un lado de la cabeza, atada con un lazo rojo. Tenía una sonrisita lindísima.

-La niña está hecha un amor.-dijo Sharon.

-Sí. Es preciosa.

Entonces centramos nuestras miradas en Terry. Él llevaba una camisa blanca y un pantalón negro, con mocasines a juego. Estaba también un poco ladeado y sonreía, pero se notaba que lo hacía con desgana. Se había recogido el pelo en una coleta. Sharon cuando lo vio, no dijo nada. Simplemente se le quedó mirando, con los ojos extremadamente abiertos. Se había hasta tornado pálida.

-¿Te pasa algo?-le pregunté.

-No, no.-se apresuró en contestar.- Estoy bien.

Mintió, lo sé, se lo noté en los ojos, con los que seguía mirando a Terry sorprendida, anonadada. No llegué a comprender qué le pasaba con él. Quizás algo tan enrevesado que no sería capaz de imaginármelo, al menos por ahora.

Llegué a casa agotada. Siempre, después de radioterapia, llegaba a casa hecha un trapo, aunque me llenase el estómago de café. En cuanto llegué al salón, me quité los zapatos, dejé el bolso en el suelo y me senté en el sofá. Me puse a pensar, aunque me había prometido a mí misma no romperme la cabeza el mismo día en el que comencé a ir a radio. Nuestro pequeño secreto. Todo mi sufrimiento quedaba relegado a eso. A un secreto que Sharon, Terry y yo compartíamos, y que nadie más sabía ni debería saber. Y eso que ninguno de los dos lo sabía completamente todo. No les había contado lo que sentía, la impotencia al levantarme por las mañanas, el miedo al acostarme por las noches, la fragilidad el resto del día. ¿Y qué hacía para mitigarlo? Quedarme dormida en cualquier esquina, para soñar con la muerte y despertarme encharcada de sangre. Pero, ¿qué era todo eso? Sólo sangre, sólo impotencia, miedo, fragilidad. Tan sólo eso. No merecía la pena.

De repente, al ver la mesita en la que estaba el teléfono, se me ocurrió llamar a Adrien. Desde que habían comenzado sus exámenes, ni él me había llamado ni yo lo había llamado a él. No quería molestarlo, pero ardía de ganas por hacerlo. Sin pensarlo demasiado, descolgué el teléfono y le llamé. Tres pitidos sonaron en el teléfono antes de que pudiese oír por fin su voz.

-¿Diga?

-Adrien. Soy mamá.

-¿Mamá?-noté asombro en su voz.- N…No esperaba que me llamases.

-Lo siento si te he molestado. Solamente quería hablar contigo.

-No pasa nada. Gracias a ti no me quedé dormido.

-¡Pobre! ¿Mucho trabajo con los exámenes?

-La verdad es que sí. Llevo así como dos noches sin pegar ojo.

-Pues eso no puede ser, Adrien.-dije, con el típico tono de madre indignada.- Estás estudiando medicina, DEBERÍAS-recalqué.- saber que estar tanto tiempo en vela es malo.

-Lo sé, mamá. Pero es que tengo que aprenderme un libro de anatomía entero para el viernes.

-Bueno, haz como tú veas mejor. No te he llamado para regañarte.

Nos callamos un instante. Hablar con él me estaba reconfortando, como si fuese una medicina, aunque no le estuviese contando nada importante.

-¿Qué tal estás mamá?-preguntó Adrien.

Podía habérselo contado. Podía, y Dios sabe que tuve deseos de hacerlo, pero no. Era nuestro pequeño secreto.

-Bien, cielo. Cansada.

Seguramente se me notaba el cansancio en la voz.

-¿Y Amy y Terry?

-Amy está estupenda. Terry está ocupado, como siempre.

-¿Te cuida bien?

Esa pregunta. Era una pregunta venenosa, con trampa. Adrien me había visto sufrir con Robert, y temía que volviese otra vez a sufrir. No llegaba a comprender que no era el mismo tipo de relación.

-Claro que me cuida bien, Adrien. Y si no, me sé cuidar sola. No deberías preocuparte por eso.

-Pero soy tu hijo, por supuesto que tengo que preocuparme.

Sonreí. A veces hablaba como si quisiese recordarme que era mi hijo. No hacía falta, lo recordaba en todo momento. Aunque alguna vez me resultaba raro tener un hijo de 18 años, teniendo yo 29. Proseguí:

-Terry siempre ha sido bueno con nosotros, siempre nos ha ayudado y nos ha tratado como si fuésemos de su familia. Y lo sabes. No tienes que preocuparte por eso.
Al decir eso, parece que no me estaba dando cuenta de que Adrien, Amy y yo éramos su única familia.

-Ok, me despreocupo.

Me reí.

-Bueno, Adrien.-dije.- Te dejo. Sigue estudiando. Y duerme un poco, ¿eh?

Descuida mamá. En cuanto acabe de estudiar un par de temas me echo un rato. Cualquier cosa, me llamas.

-Vale. Adiós.

-Chao.

Colgué. Me di de cuenta de que, aunque había tenido la oportunidad, no le había confesado nada sobre el cáncer. Pude haberlo hecho y me quitaría un peso de encima. Pero era nuestro pequeño secreto.

Todavía recuerdo la melancolía que asolaba mi alma aquellos días. Sí, la paloma estaba ya herida, sangrante, moribunda, y buscaba un sitio dónde caerse muerta, sin que a nadie le importe. Morir, cada vez me atemorizaba más esa palabra. Pero si iba a morir, prefería hacerlo en mi casa, sola. No quería a nadie llorando mi ausencia. Simplemente acostarme en la cama, mirar al techo e inmediatamente cerrar los ojos. Quedarme quieta, dejar de respirar, sentir como mi corazón deja de latir. En un instante, en un suspiro, tranquila. Desgraciadamente, lo más seguro era que me mandasen a morir al hospital, agonizando y retorciéndome de dolor, mientras las enfermeras me inyectan morfina, como si les fuese la vida en ello. Intentaría gritar, pero la mascarilla amortiguaría mis palabras, y la empañaría con el poco aire que pudiese quedarme. Y, por si fuese poco sufrimiento, Terry estaría allí. Lo sé, lo conozco, no me dejaría sola. Se limitaría a cogerme de la mano, a morderse el labio y a contener las lágrimas. Y seguramente sería eso, sería verle angustiado y resignado a que fuese a morir, lo que haría de verdad que me muriese. Pero no, prefiero no pensar en eso.

Mucho pensé en mamá en todo ese tiempo. Seguro que si estuviese allí, no podría ocultárselo. Siempre le contaba todo. Lloraría. Lloraría muchísimo, me abrazaría, me besaría, y seguiría llorando. Varias horas, días, quizás semanas. Su muerte había sido mucho más rápida. Sí, el golpe en la cabeza la habría dejado inconsciente, después, simplemente se desangró. Ella ni siquiera se dio cuenta. No pude evitar, sin embargo, compararme con Josh. Cuando él estaba enfermo intentaba mantenerse alejado de Adrien y de mí, quizás para que lo odiásemos por ello y no nos resultase tan dura su muerte. Yo, por el contrario, creo que me volqué mucho más en mi familia. Pensé en que debería pasar con ellos lo que me podía quedar de vida, que disfrutasen de mi compañía, aunque viese que sufrir en silencio. Podía pasarme horas junto a Amy, al pie de su cama, leyéndole un cuento o, sencillamente, acariciándola. En cuanto a Terry, el mayor mimito que podía hacerle era acurrucarme a su lado en cuanto tuviese la ocasión. Él me acariciaba el pelo sin decir nada. Era casi el único que sabía lo que estaba pasando.

Cuando caía la noche, me asomaba a la ventana. Mientras inundaba la fresca e embriagadora brisa nocturna con el humo de mi cigarro, observaba cómo las estrellas, gozosas de haber nacido sin vida, se burlaban de nosotros los mortales, que teníamos que cuidar de la nuestra. Era inevitable echarme a llorar. Tristeza, melancolía, miedo. No hay muerte más horrible y más cruel que sentir como tu corazón se va deteniendo.

Recuerdo un día en el que había venido de radioterapia, quizás, más cansada de lo habitual. Abrí la puerta de la entrada casi sin fuerzas. No había nadie en casa, sólo estábamos la oscuridad y yo. Amy habría ido a la casa de la tita, como cada viernes. Subí las escaleras, sin ánimo, casi sin aliento. En cuanto me vi en mi habitación, me tiré encima de la cama, atravesándola, con los brazos colgando por el borde. Abrí una de mis manos para soltar el bolso y que cayese en el suelo, como si fuese basura. Sin apenas moverme, me quité con un pie el zapato del otro. Ni siquiera me vi capaz de volver a repetirlo para descalzarme por completo. Me quedé un rato quieta. El silencio era abrumador. Podía escuchar con total claridad mi propia respiración. Los párpados me pesaban. Cerré los ojos lentamente. El sonido del viento golpeando contra la ventana, mi respiración suave. Luego, el silencio absoluto.

Abrí los ojos como entre niebla, con la extraña sensación de no saber qué había pasado. Estaba acostada en la cama, descalza, tapada con una mantita. Erguí un poco la cabeza, intentando espabilar, recordar qué me había pasado, saber quién me había tapado. De repente, alguien abrió la puerta de la habitación. Era Terry. Seguro que él lo había hecho.

-¿Ya estás despierta?-preguntó, esbozando una dulce sonrisa.

Tardé en responder. Todavía estaba algo aturdida.

-Sí.

Se sentó al borde de la cama. Lo miré fijamente.

-¿Cuánto tiempo llevo dormida?

-No sé, reina. Cuando llegué, te encontré tumbada en la cama, así, atravesada, con ropa de calle, inmóvil… Llegué a pensar que estabas…

Interrumpió la frase. No se atrevía a decirlo. No era fácil decirlo. Era una palabra que, en un momento así, era difícil de pronunciar. Supe inmediatamente a lo que se refería.

-Llegaste a pensar…-repetí.- que estaba…

Costaba decirlo. Se me había atragantado como un trozo de manzana en la garganta. Conseguí decirla en un hilo de voz:

-… ¿Muerta?

Terry bajó la mirada y se armó del valor suficiente como para asentir.

-Bueno,-intentó rectificar.- simplemente se me pasó por la cabeza que te pasara algo. Me puse nervioso.

-Te entiendo.

Permanecimos un rato callados, apartando la mirada el uno del otro. Ninguno de los dos se atrevía a decir nada, pero era bien sabido que sería él el que rompería el hielo.

-¿Qué tal el día?-preguntó.

-Como siempre, aunque…

Me miró intrigado.

-He estado pensando… En que sólo lo sabemos… Ya sabes, lo del… de la enfermedad, y todo eso… Sólo lo sabemos tú y yo.

-¿Y? ¿Quieres contárselo a tu tía o a tus hermanos?

-No lo sé. No sé cómo se lo tomarían.

¿No lo sabía? Si Terry, con lo impasible que era, se había echado a llorar, imagínate ellos, sobre todo la pobre tita Margarite.

-Quizás,-dijo Terry.- dadas las circunstancias, es mejor seguir manteniéndolo en silencio. Por lo menos un tiempo.

Tenía razón, o eso creía. Sería mejor callarse. Inconscientemente, reproduje las palabras de Sharon, ante el asombro de Terry.

-Seguirá siendo nuestro pequeño secreto.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XVI- Miedo


Recuerdo algo, para mí, bastante trascendental, moralmente hablando. Era el domingo de esa misma semana. Como todos los días, me había levantado a las 6 de la mañana para hacer mi carrera habitual. Siempre tenía un ruta fija, calculada minuciosamente para llegar a casa a una hora a la que me diese tiempo ducharme, vestirme, desayunar y salir a trabajar. Pero, no sé por qué, aquel día me desvié de la ruta habitual. Fue un impulso repentino que sentí, al ver un camino que bifurcaba. Siempre había ido por la izquierda pero… ¿por qué no? El caso es que, después de llevar bastante tiempo corriendo por un paraje desconocido y sin rumbo fijo, me fatigué. Tuve que parar para coger aire. Me aferré a mis rodillas, bajé la cabeza y respiré fuerte. Las gotas de sudor de mi frente caían en el suelo como si fuese lluvia. En cuanto retomé un poco el aliento y fui capaz de enderezarme, coloqué dos de mis dedos en el cuello, con el fin de calcular mi frecuencia cardiaca. Mierdas que nos enseñó el señor Patterson, y que ahora me estaban siendo útiles. Al levantar la vista del reloj, con el cual me cercioraba de estar tomándome el pulso durante exactamente un minuto para que mis cuentas fuesen correctas, vi una Iglesia. ¿Por qué una Iglesia? ¿Me desvié del camino, justo ese día por primera vez, para encontrarme con una Iglesia? ¿Con qué propósito me hacía esto el destino? Entré allí. La verdad es que no me sentía demasiado cómoda estando en chándal y sudando a mares en la casa del Señor, pero tampoco era plan de dar media vuelta e ir a cambiarme a casa. La Iglesia era bastante grande, de estilo románico, católica. En la entrada había un par de grotescas gárgolas de piedra, para ahuyentar al Demonio, que hicieron que me asustase un poco, pero en cuanto entré en la capilla, dejé de tener miedo. En las paredes había tallados ángeles pequeños, sonrientes y rechonchos, que parecían estar agradeciéndome mi presencia. El altar era casi majestuoso, estaba construido con madera de ébano, o al menos eso parecía; y, al fondo de la Iglesia, como presidiéndola, un sagrario hecho de plata y oro. Avancé, sin saber ni siquiera a dónde quería ir. En una esquina, casi escondido, vi un par de confesionarios. En uno de ellos, había un hombre que se estaba confesando. Me senté en un banco y me puse a rezar, sin dejar de mirar a aquel hombre. Era de aspecto débil, enfermizo y estaba extremadamente delgado y pálido, muchísimo más que yo; barajé la posibilidad de que fuese un drogadicto. Al cabo de un rato, vi como bajaba la cabeza, seguramente porque el Padre le estaba dando la bendición, y se dirigía a los bancos donde yo estaba sentada, seguramente para rezar lo que le había sido impuesto en penitencia. En ese momento, me levanté y me dirigí al confesionario. Sentí que tenía que era el momento idóneo de limpiar mi alma.

-Ave María purísima.-dijo el Padre, que evidentemente había percibido mi presencia.

-Sin pecado concebida.- respondí, mientras me arrodillaba.

-¿Qué le ha traído aquí, hija mía?

-Ni siquiera yo lo sé. No conocía este lugar. Llegué aquí por casualidad.

-Nada sucede por casualidad, hija.-respondió, con firmeza.

Esa frase me asustó un poco, pero a la vez me hizo pensar. Quizás estar allí era una señal divina para librarme de mis pecados. Opté por comenzar.

-Verá, hace bastante tiempo que no vengo a la Iglesia. La verdad es que no sé por qué, si por pereza, si por estrés… El caso es que… me he puesto muy enferma. Empiezo a tener miedo. Me gustaría retomar mi fe, porque si hay alguien que puede salvarme, ese es Dios. Lo sé.

-Nunca es tarde para pedir el perdón del Señor.-después de una pequeña pausa, añadió:- Escuche, como veo que esta confesión es un poco precipitada, le haré una serie de preguntas para ayudarle a encontrar sus pecados, ¿le parece bien?

-Sí, perfecto.

-Empecemos por el primer mandamiento: ¿Alguna vez ha dejado de amar al Señor?

-Creo que sí. Mi hijo y mi madre murieron hace algunos años, cuando esto ocurrió, tuve una crisis de fe, ya me entiende. Darle vueltas a la idea de por qué Dios nos arrebata a las personas que más queremos de maneras tan crueles. Mi hijo era solo un bebé.-comenzaron a caer por mis mejillas un par de lágrimas; su simple recuerdo me mataba de tristeza.- no había pecado, Dios no tenía que castigarlo.

-No debería ver la muerte como un castigo, si no como un regalo. Su hijo estará feliz al lado del Señor. No debería temerla así, aceptarla es lo más sensato.

Esa última frase, seguramente iba referida a mi cáncer. No pude evitar pensar en la muerte en aquel momento. ¿Aceptarlo? No ver a mi niña terminar el colegio, ir al instituto, a su primer baile, a la universidad, casarse, tener un hijo… Es lo peor que Dios podía hacerme. Comencé a morderme los labios para no romper a llorar; aquella confesión parecía estar abriendo las viejas heridas, haciéndolas sangrar de nuevo. El Padre notó mi abatimiento enseguida.

-Bueno,-dijo.-pasemos entonces al segundo mandamiento: ¿Ha blasfemado contra Dios, la Virgen o los Santos?

-La verdad es que sí, alguna vez.

-Tercer mandamiento: ¿Va a misa en días festivos?

-Sí, desde siempre.

Al fin un mandamiento que cumplía.

-Cuarto mandamiento: ¿Ha ofendido a su padre y a su madre? ¿Alguna vez los ha odiado o insultado?

Ahora tocaba el tema de mi padre. La verdad es que estaba pensando en si había sido buena idea confesarse. Le respondí, por supuesto:

-A mi madre siempre la he querido y siempre la querré; ella lo era todo para mí. De mi padre, desgraciadamente, no es así.

Quise dejar el tema zanjado, pero el Padre insistió.

-¿Por qué?

-Porque mi padre me pegaba. Me pegaba y pegaba a mi madre. Él fue el que la mató. Le dio una paliza, la empujó contra una mesa, hizo que se desangrara. Es un ser tan inmundo que ni merece que malgaste en él el más absoluto de mis desprecios.

-Hasta los seres inmundos necesitan una segunda oportunidad.

-Destrozó mi familia. Me dejó sin madre, dejó a mis hermanos sin madre. En el funeral me agarró por el cuello que casi me ahoga. ¿Ese tipo de persona merece una segunda oportunidad?

-El asesino más despiadado puede acabar recapacitando. No puede vivir odiándolo, hija mía. Si quiere tener su alma limpia, si quiere morir tranquila, debe perdonarle.

“Morir tranquila” Esa frase me hizo hasta gracia. Simplemente le dije que estaba enferma y ya daba por hecho que iba a morirme.

Después de unas cuantas preguntas más, las cuales revelaron que no tenía ningún pecado más, el Padre me impuso la penitencia: Tres Avemarías y dos Padrenuestros. Podía haber sido peor, la verdad.

Salí de la Iglesia sintiéndome extraña, pero a la vez limpia. Sí, ahora tenía el alma libre de pecado para, como decía el Padre, morir tranquila. Volví por el mismo camino y conseguí situarme y volver a casa.

Al día siguiente, lunes, volví a repetir la rutina de todos los días. Levantarme a las 6, ir a correr, desayunar e ir a trabajar. Esta vez había hecho un esfuerzo y había conseguido tomar una taza de café y un par de galletas, a pesar de la inapetencia. Ya en la oficina, embutida en aquella americana roja, por encima de mi camisa blanca, en aquella falda que me marcaba bastante el culo, aunque ahora que había adelgazado me quedaba un poco floja, y en esos zapatos de tacón incomodísimos. Recibí varias llamadas, sobre gente que me venía con los problemas de siempre, que si seguro de coche, de salud, de no sé qué más. Aproximadamente a las 10 de la mañana, sonó el teléfono. Lo cogí y, como si fuese una autómata, dije:

-Seguros “Happy House”, al habla Emily Gray, ¿qué desea?

-Señora Gray.-respondieron, al otro lado del teléfono.

No parecía la voz de un cliente que me fuera a romper la cabeza con su seguro. Era una llamada totalmente diferente y lo supe enseguida.

-S…Sí.-dije, titubeante.- ¿Desea algo?

-Soy del Departamento de Policía. Temo informarle que su padre, Paul Gray, ha sido hallado muerto en su casa. Lo sentimos.

Al oír eso, sentí como mi corazón se aceleraba.

-¿C…Cuándo ha sido?

-Suponemos que durante esta noche. Lo encontró una vecina por la mañana sosteniendo un bote de pastillas, en el baño. Llevaba muerto al menos unas 5 o 6 horas.

-Suicidio.-conseguí decir.

-Eso sospechamos. Le haremos una autopsia para determinar qué lo mató. Mañana, si no hay ningún contratiempo, podrán enterrarlo.

-De acuerdo, gracias.

-Gracias a usted, mi nuestro más sentido pésame.

Colgué el teléfono. Me tapé la boca con ambas manos e intenté encajar lo que había sucedido. ¿Mi padre? ¿Muerto? ¿Suicidio? Me atrevería a decir que rozaba los límites de lo surrealista. Mis pensamientos hacían que sintiese como si estuviese ahogándome en un vaso de agua, o en un charco de sangre. Nadie en la oficina se había percatado de mi abatimiento. ¿Abatida? ¿Realmente sentía abatida? ¿Valía la pena derramar mis lágrimas de luto por alguien así? Recordé lo que el Padre me había dicho el día anterior: “Nada sucede por casualidad”, “Hasta los seres inmundos necesitan una segunda oportunidad”. Era como si él lo hubiese predicho, era como si el destino me hubiese estado alertando del inminente suceso, o quizás me estaba volviendo loca. Esperé pacientemente a que fuese la hora de salir. Menos mal que, por recomendación del oncólogo, ahora trabajaba a tiempo parcial, sólo por la mañana.

Me fui a buscar a Amy al colegio. Se subió al coche con una sonrisa en los labios. Comenzó a contarme qué tal le había ido el día, pero ni la escuché. Estaba demasiado nerviosa por lo que había pasado. Sentía que me latían las sienes tan fuertemente que era como si no escuchase nada más que aquellos golpes, que parecían de un martillo dispuesto a quebrarme la cabeza. Nos fuimos a casa y preparé algo de comer mientras Amy veía la televisión. A ella le preparé un filetito de ternera con patatas. Yo, sin embargo, opté por comer una ensalada; no tenía muchas ganas de comer carne muerta y repleta de venas en aquel momento.

Me pasé la tarde encerrada en casa. No tenía ganas de ver a nadie, ni de hablar con nadie. Amy estaba en casa de una amiga suya, así que me desentendí. Además, iba a quedarse a dormir allí. Al día siguiente era festivo, con lo cual, no había problema. Me encontraba bastante cansada desde el comienzo del tratamiento. La enfermera ya me lo había comentado, pero no me imaginaba que fuese tan fuerte. Me acosté en el sofá aproximadamente a las 5, que fue cuando vinieron a buscar a Amy, y me desperté a las 7, un poco sobresaltada y con un pequeño reguero de sangre saliéndome de la nariz. Aún faltaba teóricamente una hora para que Terry llegara. Tenía ganas de verle y contarle todo. Solía venir aproximadamente a las 2 del mediodía y marchar a las 4, para volver otra vez a casa a las 8, a no ser que hubiese algún contratiempo. Me había dejado a la hora de comer un mensaje en el contestador diciendo que no vendría hasta la noche. Seguramente Charlie le habría retenido allí, como hacía siempre.

Terry llegó a casa sobre las 9 y media. En cuanto oí abrirse la puerta, comencé a ponerme todavía más nerviosa. Me dirigí a la entrada con ímpetu. Allí estaba, colgando el abrigo en el perchero, suspirando, como siempre. No se había percatado de mi presencia. Se había quedado inmóvil enfrente del perchero, mirando hacia el suelo. Estaba enfrascado en sus pensamientos, como lo había estado yo durante todo el día. De repente, exhaló un hondísimo suspiro, que hizo que me estremeciese, mientras susurraba:

-Señor, Señor.

Me acerqué a él.

-¿Te pasa algo, Terry? ¿No te encuentras bien?

Se sobresaltó. Giró la cabeza bruscamente, con el fin de mirarme, y cerciorarse de que realmente estaba allí. Se apresuró en responderme:

-No pasa nada, Emily, no te preocupes. Estoy molido, eso es todo.

Quise creerle para poder tranquilizarme. Fui hacia él y lo abracé. Él me abrazaba con ternura, como siempre, pero noté que lo hacía mucho más suavemente que de costumbre, como si no quisiera hacerme daño. Yo, en cambio, lo hice tan fuertemente que parecía cortarle la respiración. Estaba contenta de tenerle al fin en casa, conmigo.

-Te eché de menos.-le susurré.

Al haber dicho esto, sentí como su corazón se aceleraba. Entonces, me digné a soltarlo.

-¿Quieres algo de cena?-pregunté, mirándole a los ojos.- Yo estoy cenando un yogur, que es mejor que nada.

-No te molestes, no tengo hambre.

-Y luego te quejas de que yo no como.-dije, bromeando.- Llevas días con esa manía de no comer.

Sonrió un poco forzado. Acto seguido, nos fuimos juntos a la cocina. Me senté encima de la encimera para terminar el yogur. Él, que era mucho más civilizado, se sentó en una silla.

-Mi padre ha muerto, Terry.-le solté, son más. Tenía ganas de contárselo a alguien.

-¿Bromeas?-dijo, incrédulo.

-Me temo que no. La policía me llamó hoy al trabajo para comunicarme la noticia. Parece ser que se ha suicidado.

-Y… ¿Cómo te sientes?

-Ni yo misma lo sé. No estoy contenta de que sucediese, por supuesto, pero tampoco triste, ¿entiendes?

-Sí.

Tras una pequeña pausa, opté por compartir mis pensamientos con él:

-Es extraño. Es como si años después se arrepintiese de todo lo que nos había hecho… Aunque seguramente no se suicidó por eso.

Terry no sabía qué decir. Evidentemente, estaba tan confuso como yo.

-Dice la policía que mañana podremos enterrarlo.

-¿Vas a organizar su entierro?

-Supongo.

-Si fuese mi padre,-dijo Terry con furia.- juro que dejaba que comiesen su cadáver los perros y los bichos, y créeme que no habría de sentir lástima por él.

- Hasta los seres inmundos necesitan una segunda oportunidad, ¿no crees?

Había reproducido exactamente las palabras de aquel cura. Me asusté de mis propios actos. Creo que Terry también se extrañó de oír algo así de mis labios.

-Yo ya no sé qué pensar.-respondió.

Después de una breve pausa, proseguí.

-Simplemente vamos a hacerle un entierro cristiano. Me niego a pagarle un funeral y, por encima de todo, me niego a que sea en el mismo cementerio que mamá. Será aquí. Después, confío en que la policía nos deje coger lo que es nuestro de su casa.

Cuando mi madre había muerto, mi padre se había instalado en nuestra casa, impidiéndonos entrar y que cogiésemos los objetos de mamá y nuestros que había en aquel lugar. ¿Esa clase de persona se merecía una segunda oportunidad?

-Seguramente.

-Por la mañana arreglaré todo. Calculo que aproximadamente a las 7 de la tarde…

Terry se levantó, con el fin de posarme uno de sus dedos en mis labios.

-No te preocupes tanto ese capullo.-dijo, suavemente.- Preocúpate por ti.

-Ya lo hago, Terry.

-¿Qué te parece si nos vamos a la cama? Ambos hemos tenido un día agotador.

-Y que lo digas. Friego los platos y voy.

-Mientras, voy a darme una ducha.

Me acarició una mejilla. Él también había tenido ganas de estar conmigo. La verdad es que, desde que me había enterado de que estaba enferma, necesitaba su compañía más que nunca. Cuando él no estaba me sentía sola, desprotegida. Quizás porque tenía miedo de que me pasara algo y él no pudiese ayudarme, o quizás porque, si iba a morir, querría morir en sus brazos, en vez de en los de algún médico. Entonces sí que moriría tranquila.

Me acosté antes que él, pues después de ducharse tenía que ir a tomar las medicinas. Intenté evitar pensar leyendo un libro; aún así, no era capaz de distraerme. En mi mente sólo residía el amargo recuerdo de mi padre, la visión de su cuerpo putrefacto en el suelo atiborrado de pastillas… en cuanto llegó Terry y apagamos la luz, me acosté de espaldas a él, con el propósito de que me abrazase por detrás, como solía. Así lo hizo. Me sentí menos asustada. Con todo, era como si un viento gélido me congelase el pecho, haciendo que comenzase a temblar entre los brazos de Terry. Me costó resignarme a cerrar los ojos. Entre escalofríos me quedé dormida.

Tuve un sueño. Sólo uno en toda la noche. Mi padre. Estaba allí, en casa. No sé ni cómo había entrado ni cómo le había dejado yo entrar, ni me esforcé en cuestionármelo. Estaba sola. Se plantó delante de mí, con aquel orgullo y aquel complejo de superioridad que lo caracterizaban.

-No te tengo miedo.-dije, temblorosa.

-Pues deberías.

Su voz sonaba ronca y distorsionada. Entonces, sentí que me atenazaba la muñeca y me tiraba en el suelo. Lo demás era puñetazos y patadas en todo el cuerpo. Yo gritaba desesperadamente “¡Terry, Terry!” pero no encontraba respuesta. Parecía que la garganta se me cerraba progresivamente, impidiéndome respirar y apagando mis gritos como si fuesen velas.

-¡Eres una puta, como tu madre!-escupía.- ¡Y vas a morir como la puta que eres!

Sentía que me moría. Sabía que me moriría allí. Dejé de respirar, pero seguía moviéndome, intentando, no detener sus golpes, si no cerciorarme de que todavía seguía viva. De repente, gracias a Dios, abrí los ojos. Terry había estado intentando despertarme. Me sostenía en brazos. En cuanto recuperé la consciencia y me di cuenta de que todo había sido una pesadilla, me abracé a él llorando y temblando como un conejo, o como una palomita asustada.

-¿Estás bien, Emily?

-He… he tenido una pesadilla horrible.

-Me imagino. Sufriste convulsiones y me llamabas a voz de grito.

-¿Convulsiones?

-Sí. Me desperté con el corazón en un puño, y cuando me levanté para ayudarte, me di cuenta de que estabas dormida. Me figuré que sería una pesadilla.

-Nunca me había pasado.

Y era verdad. En mi vida había tenido convulsiones ni había gritado en sueños. Cuando tenía pesadillas, quizás me movía un poco, pero casi nada. Lo único llamativo que me pasaba era que sangraba por la nariz. Entonces, me acordé. Todo aquel tiempo había estado abrazada a Terry, pero entonces me separé y vi que él tenía el pijama y las manos encharcados de sangre. Me palpé la nariz, efectivamente, estaba sangrando.

-L…Lo siento, Terry.- me apresuré en decir.- Te he puesto perdido.

-No te preocupes.

Miré el reloj. Eran las 9 de la mañana. Demasiado temprano para un festivo.

-Voy a darme una ducha.-dijo él mientras me besaba en la frente.

-Yo iré después.

En cuanto Terry se marchó de la habitación, arranqué, casi con furia, las sábanas ensangrentadas de la cama. Acto seguido, me desvestí. Odiaba tener sangre en mi ropa. Cuando percibí mi propia desnudez, corrí a ponerme una bata. Luego, me senté en la cama. Todavía podía sentir lo fuerte que golpeaba mi corazón contra mis débiles costillas. La muerte de mi padre había hecho revivir aquellas horripilantes pesadillas que hacía tiempo que no tenía, y ahora, además, con convulsiones. Cogí un pañuelo de la mesita y me limpié la sangre de la nariz, con mucho cuidado. Sin temor a equivocarme, puedo afirmar que lo que más me crispaba del asunto es que no podía llevarme un pitillo a la boca para reducir mi ansiedad.

En cuanto Terry salió de la ducha, me metí yo. Aquel chorro de agua fría arrastraba la sangre que tenía en el cuerpo como si fuese una ola. Sentía como si me purificase. Aún así, me digné a salir pronto, o acabaría cogiendo frío. Me sequé enérgicamente con la toalla y conseguí recuperar el escaso calor que poseía antes de entrar en la ducha. En cuanto me vestí, comencé a hacer llamadas para preparar el funeral, aún sin la confirmación de la policía. Quería tener todo listo antes de desayunar.

En cuanto colgué el teléfono por quinta vez, concluyendo así la última llamada, comencé a notar un leve aroma procedente de la cocina. Olisqueé. Era el inconfundible olor a café: Terry había preparado el desayuno. Me dirigí a la cocina, guiada por aquella fragancia. Allí estaba él, vertiendo un chorro de café en una tacita con el dibujo de un gato, mi taza. La suya, que, en un alarde de originalidad, era completamente blanca, estaba al lado, rebosante de café.

-Será tostado, como a mí me gusta, ¿no?-le pregunté.

-Tú sabrás.-respondió, dándose la vuelta.- Al fin y al cabo, eres la experta.

Volví a olisquear. En efecto, olía a café tostado.

-Cómo me conoces.-dije, sonriendo.

-Lo fui a comprar ayer antes de ir a trabajar en aquella tienda que te gustaba tanto…-intentó recordar el nombre.- “Cafelito”.

-Me reafirmo en lo que dije.

-Todo es poco para ti, reina, lo sabes.

Sonreí, sonrojándome un poco. Él siempre había sido mi mejor amigo, aunque nunca me había tratado tan bien. Desde que vivíamos juntos, me conocía mucho mejor, además, la manera en que me hablaba…

-¿Ya has hablado con los de la funeraria, con el párroco y con toda esa tropa?-preguntó, cambiando de tema mientras colocaba las tazas en la mesa.

-Sí, lo he hecho. Además, también he llamado a Margarite para que cuide de la nena mientras estoy en el entierro.

-Estamos.

-¿Tú también vas a venir? ¿No tienes que ir a trabajar por la tarde?

-Bueno, digamos que yo también he estado haciendo mis llamadas.

Estuvimos hablando un buen rato hasta que sonó el teléfono.

-La pasma.-dijo Terry, sin apartar la vista de la taza de café.

Me levanté, me dirigí al salón, con el enervante sonido del teléfono de fondo, y lo cogí.

-¿Diga?

-¿Es esta la casa de la señora Emily Gray?

-Sí, ¿desea algo?

-Somos del Departamento de Policía.

Había acertado.
-La autopsia de su padre, Paul Gray,-prosiguió.- así como los exámenes toxicológico y forense, revelan que él mismo ingirió las pastillas. El cadáver está en el depósito de cadáveres, puede decirle a los de las pompas fúnebres que vayan a recogerlo cuando desee.

-De acuerdo, gracias.

-A usted. Que tenga un buen día, y nuestro más sentido pésame.

Colgaron. Llamé lo más rápido que pude a los de las pompas para quitarme el asunto de encima cuanto antes. Acto seguido, me dirigí a la cocina, donde Terry estaba removiendo la cuchara mientras el café se enfriaba, absorto en sus pensamientos.

-Tenías razón.-dije, haciendo que se sobresaltara.- Era la policía. Dicen que fue suicidio, que podemos enterrarlo ya.

Se hizo el silencio un breve instante. Él aún seguía un poco distraído.

-Quizás vales para adivino.-bromeé.

-¡Ja!-se rió sarcásticamente. Luego, volvió a ponerse serio, sin dejar de remover la cuchara.- Cómo me gustaría poder serlo para poder salir de este agujero e irme a algún sitio donde nadie me conozca.

-¿Por qué dices eso?-le pregunté, preocupada.

-Por nada. Locuras que se me pasan por la cabeza.

No hablamos más sobre eso. La verdad es que parecía casi disgustado. Era como si un odio hacia aquel lugar hubiese estallado dentro de él, pero, ¿cuál era el detonante? O quizás, la verdadera pregunta tendría que ser: ¿llegaría yo a saberlo algún día?

A las 7 fue el entierro, como yo había previsto, en el cementerio de la ciudad. Terry y yo fuimos los primeros en llegar, o debería decir los segundos, pues el Padre ya estaba allí junto al ataúd desde hacía poco. Después llegaron Liza y Thomas. Varios minutos más tarde, llegaron Lorelay y su novio, Mike. Ella ya había cumplido la mayoría de edad hacía tiempo, por lo que se fue a vivir con él a un pisito que habían alquilado. Liza, sin embargo, optó por quedarse con la tita y cuidarla lo que podía quedarle de vida. En cuanto la pareja de enamorados llegó, Lorelay se disculpó por el retraso y, acto seguido, se dignó por presentarme a su novio, del cual solo había oído hablar.

-Mike,-dijo- esta es mi hermana mayor Emily.-y luego añadió, dirigiéndose a mí.- Emily, este es mi novio: Mike.

El novio de Lorelay era alto, muy joven, desgarbado, rubio y lleno de tatuajes por ambos brazos. En un lateral de su cuello colgaban un par de piercings. Iba vestido de oscuro, pero bastante informal: un pantalón pirata verde musgo y una camiseta de manga corta negra. Por el moreno de su piel y su musculatura, intuí que era deportista, o simplemente que era un fanático del culto al cuerpo. Después de hablar mi hermana, Mike me estrechó una de sus manos grandes y fuertes diciendo:

-Encantado.

-Lo mismo digo.-respondí, dejando que estrujara una de mis manos débiles y enclenques.

-Lamento que haya tenido que ser en estas circunstancias.-añadió.- Mi más sentido pésame.

Asentí con frialdad en un gesto de cortesía. Lo que menos me agradaba en aquel momento era tener que enfrentarme a la realidad de que el cadáver de mi padre estaba presente en aquel lugar, por no hablar de los pésames. No estaba disgustada, no del todo. Sentía como una congoja en medio del pecho, una tensión que me agotaba, un desánimo, una debilidad. Pero me mantenía imperturbable al lado de Terry, saludando a aquel armario empotrado que se hacía llamar Mike.

-Y este, Mike.-prosiguió Lorelay, refiriéndose a Terry.- es el… el…

-Amigo.-dijo él.

-El amigo de Emily, Terry. Terry, este es mi novio, Mike.

Se estrecharon la mano. Mike le dedicó un “tanto gusto”, pero Terry no le respondió. Simplemente le tendió la mano fríamente, reteniéndole la mirada. Creo que había logrado intimidarlo, pero el novio de Lorelay siguió sonriendo, aunque más forzadamente. Terry se apresuró en soltarle la mano. Lo miré, y él me devolvió la mirada de reojo. Ambos estábamos nerviosos, no por conocer a Míster Musculitos, si no por lo que sabíamos que iba a venir después.

En aquel entierro no había bancos, por lo que tuvimos que estar de pie. Me agarré al brazo de Terry y me mantuve al lado de Thomas y Liza. Apenas le presté atención al sermón del cura; opté por desviar la mirada hacia Terry cuando tenía la ocasión. Tenía las manos metidas en los bolsillos de su pantalón negro. Tenía también una camisa y unos mocasines del mismo color. Él tampoco atendía al sermón, si no que miraba hacia algunas tumbas, leyendo las inscripciones. Llegué a preguntarme si estaba buscando a alguien, quizás a su madre, o mismo a su padre también.

-¿Alguien-preguntó el Padre al acabar.-desea darle el último adiós al difunto?

Nadie se acercó. Nadie se atrevía. Nos miramos unos a los otros, esperando a que alguien diese el paso. Creo que todos sabían que yo había de ser esa persona. Di un paso adelante, mientras todos me miraban. Giré la cabeza para llegar a ver los ojos de Terry, él sí que estaba tremendamente extrañado. Volví a mirar hacia el ataúd abierto y caminé hacia él, escuchando los fuertísimos latidos de mi corazón golpear contra mis sienes. En cuanto me situé enfrente de él, escalofríos comenzaron a recorrer mi espalda. Agarré un borde del ataúd con una de mis manos, observando cómo temblaba, para poder mirarlo con más detenimiento. Allí estaba, su cadáver putrefacto y horrible, con los ojos todavía abiertos, encharcados en sangre, como si todavía estuviese vivo, vestido todavía con una camisa sucia y llena de vómito y unos pantalones vaqueros. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, aquellas manos que tantas veces habían castigado mi rostro, aquellas manos que habían acabado con la vida de mi madre, después de habérsela destrozado mientras ella todavía vivía. Con una de mis manos, sin dejar de aferrarme al ataúd con la otra, se las toqué. Sí, toqué aquellas manos que hasta habían llegado a intentar asfixiarme. Comencé a tener una sensación de ahogo, que no parecía sofocarse por muy fuerte que respirase, pero seguí acariciándole aquellas manos frías, frías como la propia muerte. Me puse a temblar, todavía más que antes, hasta el punto de que casi parecían convulsiones. Me separé del ataúd, llevándome una mano al pecho. Terry se apresuró a acercarse a mí.

-Emily, ¿qué te pasa?-preguntó, preocupado.

Comencé a sentir náuseas, a sentirme mareada, al borde del desmayo. Entonces, y sin que nadie pudiese preverlo, vomité. Vomité allí, enfrente del ataúd de mi difunto padre. Terry me sostuvo el pelo. Cuando todo aquello pasó, me abrazó por detrás. Yo, que todavía no me podía creer lo que acababa de hacer, me puse a llorar desconsoladamente, tapándome la cara con las manos. No lloraba de tristeza, ni de culpa, y todavía menos de arrepentimiento; eran lágrimas de miedo, de incredulidad, de rabia contra mí misma. Terry, sin dejar de abrazarme, y al ver que mis hermanos comenzaban a acercarse a nosotros, dijo:

-Voy a llevármela de aquí.

Entonces me cogió de la mano y me acompañó hasta el exterior del cementerio, pues las lágrimas no me dejaban ver, aunque me sentí segura aferrándome a él. Nos sentamos en el suelo, en una de las paredes que rodeaban el camposanto. Seguí llorando, pero algo más tranquila, abrazada a Terry nuevamente. Me acarició el pelo con mucha suavidad, pero no me dijo nada. Quizás era lo mejor, en mi estado. Al cabo de un rato, dejé de llorar, pero todavía seguí gimoteando. Terry me separó un poco de él. Lo miré a los ojos, con una mirada casi infantil. Me acarició la mejilla, dulcemente, deslizando por ella sus dedos largos.

-¿Estás mejor?

Asentí, bajando la mirada. Dejé de temblar, pero de vez en cuando un escalofrío recorría mi cuerpo como una ola.

-N…No sé…-logré contestarle.

-¿Sabes?-dijo.- Creo que si me viese en tu situación, me pasaría lo mismo.

Lo miré extrañada, con los ojos completamente abiertos.

-Es que… No es tristeza… es…

-Miedo.-interrumpió.

Mi corazón dio un salto en cuanto lo escuché pronunciar aquella palabra. Cada vez que lo oía hablar de su padre, era como si me estuviese oyendo a mí misma. Entre nosotros existía una empatía especial, siempre lo noté. Entonces Terry concluyó, para mi mayor asombro:

-Yo también lo sentí cuando murió mi madre.

Su madre. Para mí era una auténtica desconocida, un fantasma, desgraciadamente en sentido literal. Él siempre evitaba hablarme de ella, apenas tenía información, pero aún así creo que no era como mi madre. No, aquella mujer era distinta, algo le tuvo que hacer a Terry, a su propio hijo, algún daño, algún desprecio, para que rehusara hablar de ella. Me acerqué más a él y, muy suavemente, acurruqué mi cabeza en su pecho, con el fin de que, al igual que él me consolaba a mí, poder consolarlo yo, o por lo menos demostrar que compartimos ese dolor. Me agarró por la cadera. Evitó hacerme mimos, noté que le costaba aguantar las lágrimas y se lo perdoné.

-Hasta mis hermanos han podido aguantar el entierro.

-Él no les pegaba a ellos.-dijo Terry, con voz trémula.- No es lo mismo.

Tenía razón. Los niños seguramente también habían estado traumados por culpa de aquel monstruo, pero, mientras mi padre le pegaba a mi madre, ¿quién intentaba alejarlos de aquella realidad? ¿Quién los protegía? ¿Quién ejercía como una segunda madre para ellos? Y lo más importante, ¿quién era la primogénita, aquella que le había robado a mi padre el privilegio de tener un primogénito varón? Solamente yo. Era normal que me afectase en exceso.

Al cabo de un rato, mis hermanos y Mike salieron del cementerio y se acercaron a nosotros. Liza se abrazó a mí, la noté preocupada. Todos estaban preocupados.

-¿Qué te ha pasado?- preguntó Lorelay nerviosa.

-He… he tenido una bajada de tensión. Ya sabéis que me dan algunas veces, pero ya me encuentro mejor.

Les mentí, opté por mentirles. No quería que supiesen lo mucho que me afectaba. No merecía ni el peor de mis desprecios, yo misma lo había dicho. No podían saber que el hecho de tener el cadáver putrefacto, pálido y rígido de mi padre ante mis ojos me producía… miedo. Un miedo desbocado, indomable, casi irracional. El mismo miedo que me producía en vida, la misma impotencia. Pero mis hermanos no debían saberlo.

-Menos mal.-dijo entonces Lorelay.

Escuché a Liza suspirar aliviada. Seguramente habían pensado en lo peor, sobre todo Liza, que era algo que la caracterizaba. Thomas simplemente tragaba saliva cada poco tiempo, él también había temido por mí. Terry se levantó apresuradamente y me tendió la mano para ayudarme a ponerme de pie.

-Ahora tenemos que ir a casa a coger las cosas.-dijo Lorelay. Entonces añadió, con predisposición, dirigiéndose a mí:- ¿Trajiste las llaves?

-Sí, tranquila.

Yo era la única que tenía una copia de las llaves de casa, ya que, cuando mi madre murió, yo ya era mayor de edad. Ella era la que, cuando me fui a vivir con Robert, siendo pequeña e indefensa, me dio la copia de las llaves por si quería volver, fuera la hora que fuese, sabía que mamá estaría allí, esperándome con los brazos abiertos.

Fuimos en coche. Terry conducía, aunque yo también sabía hacerlo. Llegamos aproximadamente en diez minutos. Llegamos a casa, a la que siempre había sido nuestra casa. En cuanto la vi a través de la ventanilla, noté como mi corazón se aceleraba. Volver a entrar en aquel lugar, en aquel lugar en el que había sufrido tanto, aquel lugar que me traía tantísimos malos recuerdos me producía… miedo.

Nos bajamos del coche. Liza y Thomas, que iban en el coche de ella, ya estaban esperándonos. Mike y Lorelay estaban al llegar. Mientras Terry cerraba las puertas con la llave, Liza se acercó a mí.

-¿Te encuentras bien?-preguntó.

-Perfectamente, no te preocupes.

Liza sonrió. Adoraba verla sonreír, aunque no sucedía muy a menudo, ella era muy pesimista. Para no serlo, en esta vida. Thomas, que siempre fue de naturaleza tímida, no se acercó a nosotras, pero también sonrió. Cada vez que los miraba, asolaba mi cuerpo una ternura inimaginable. Entonces, llegó Lorelay con su novio, estando él al volante, presumiendo de coche. No sé de qué marca era, pero parecía nuevo. En cuanto se dignaron a bajar, entramos en casa.

En cuanto crucé el umbral, sentí como si volviera a rememorarlo todo. Ante el asombro de todos, comencé a andar decidida, hacia el frente, como si fuese una autómata. La puerta de la cocina estaba abierta. Me parecía estar viendo a mi padre golpeando a mi madre, llamándole puta, llenándose en puño de sangre, y ella encharcando el suelo de lágrimas, ahogándose en sus propios gritos. Gritos que todavía parecían estar flotando en el aire. Los demás me siguieron. Subí las escaleras con rapidez, quise escapar de ese recuerdo. Al encontrarme en el piso de arriba, me encontré con las habitaciones. Con la habitación de las niñas. Con la habitación de Thomas. Allí los encerraba, para intentar protegerlos de aquellos gritos, como mamá me mandaba. A veces, el ruido era tan insoportable que era casi imposible ocultarlo. Yo los abrazaba, sostenía a Thomas en brazos, intentaba distraerlos, pero era casi inútil. Mis hermanos se morían de curiosidad. Yo me moría de miedo.

-No me gusta este sitio.-musité.

Entonces fue cuando me encontré con mi habitación. Mi pequeña habitación, todavía pintada de rosa pastel, algo desgastado por el tiempo. Mi camita, estrecha, todavía hecha. Mi baúl donde guardaba los juguetes. Mi mesita de noche. Estaba todo tal y como lo recordaba. Entré. Me parecía estar sintiendo el pulso de un recuerdo que todavía seguía vivo. Me acerqué al baúl. No sé por qué, pero quise hacerlo. Lo abrí. En cuanto lo hice, sentí como si se me detuviese el corazón. Allí estaba, rota, descosida, algo vieja, mi muñeca, Sally. Mi muñeca de trapo, con sus dos ojitos de botón, su boquita cosida, su pelo rubio de lana, su vestidito rosa de tela. La arrimé a mi pecho, entre escalofríos, suavemente. ¡Cuántas veces había hecho lo mismo cuando era una niña! La abrazaba, como si fuese una hija, como si fuese un bebé delicado. La acercaba a mí, posaba su cabecita de trapo en mi pecho, con el fin de dejar que escuchase todo lo rápido que latía mi corazón. Dejé que las lágrimas se deslizasen por mis mejillas. Unas lágrimas dulces que demostraban que todavía recordaba lo mucho que había llorado, abrazada a aquella muñeca, oyendo a mi padre gritando, llamándole puta a mi madre. Todavía no sabía lo que significaba aquella palabra, pero el tono de su voz hacía que me asustase. Y la abrazaba, con delicadeza, pero contundentemente, repitiendo que no pasaba nada con unos susurros desgarrados, como intentando tranquilizar a un bebé que llora, aunque era yo la que estaba llorando, presa del miedo. De aquel miedo.

-Emily.-escucho, detrás de mí.

Me di la vuelta bruscamente, sin dejar de aferrarme a la muñeca. Era Terry, como debía haberlo imaginado. Estaba arrodillado en el suelo, al igual que yo. Seguramente me había estado buscando, al ver mi anterior reacción. Entonces, me miró a lo más profundo de mis ojos.

-¿Qué te pasa, reina?-me preguntó.

-Tengo miedo.-le susurré, entre lágrimas.

Me abrazó. Seguí sin soltar la muñeca, interponiéndola entre los dos. Supo inmediatamente el por qué de mi estado, lo noté enseguida. Era capaz de ver dentro de mí, como si fuese un libro abierto. Abierto sólo para él.

-No voy a dejar que te pase nada, Emily.-dijo, con una voz muy suave, muy dulce.- Ya no tienes que tener miedo.

Levanté la vista. A su lado, no tenía que temer. Terry siempre me había protegido, siempre, desde la primera vez que nos vimos, siempre. Pero sólo había una cosa de la que no podría protegerme: de mí misma, de mi propia mente, de mis recuerdos. Y a eso es a lo que le tenía miedo.

Me ayudó a levantarme nuevamente. Al ver que no soltaba la muñeca, la miró. Me percaté de su aturdimiento, por lo que le dije, simplemente:

-Me la llevo a casa.

Lo comprendió, por lo que optó por no añadir nada más. Lo único que hizo fue asentir, para darme a entender su aprobación.

Salimos de la habitación juntos. No lo cogí de la mano, no sé por qué razón, pues ardía en deseos de hacerlo. Seguramente por el hecho de que todavía sostenía la muñeca. Mis hermanos estaban el pasillo del piso de arriba, quizás, buscándome. En cuanto me vieron, se acercaron a mí.

-¿Dónde estabas?-preguntó Liza, ansiosa por la preocupación.

No me veía capaz de hablar, era como si tuviese un nudo en la garganta. Me limité a intentar no echarme a llorar, ahora que me había calmado.

-Me la encontré en el baño.-respondió Terry.- Se encontraba un poco mareada.

Lo miré de reojo. Realmente agradecía muchísimo que me encubriese, aunque no dudaba en que él lo haría, otra vez. Mis hermanos optaron por no hacer más preguntas, al ver mi aspecto. El rímel corrido por las mejillas, la piel pálida, blanquecina, cadavérica, con la mirada triste, con las pupilas ahogándose en mis lágrimas… Y con una terrorífica y angustiosa expresión de miedo.

Nos dirigimos a la habitación de mis padres. Estaba todo desordenado y sucio. Aún así, las cosas de mamá seguían en el mismo lugar, exactamente donde las había visto por última vez. Era como si mi padre le atemorizase cambiarlas de sitio. Me turbaba estar allí. Parece que todavía puedo sentir aquel insoportable olor a alcohol. Efectivamente, había botellas por todos los sitios, de diferentes tipos. Llegué a pensar que mi padre intentaba olvidar las atrocidades que había hecho refugiándose en el alcohol, pero parecía impensable, teniendo en cuenta el carácter de mi padre. Él nunca se rebajaría de ese modo.

Mis hermanos comenzaron a coger cosas, casi sin pensar. Teníamos, en teoría, que vaciar la casa, pues ninguno de nosotros viviría allí. Los muebles los dejaríamos, pero los objetos tendríamos que cogerlos. Avancé temerosa por la estancia, prestando atención a todas las cosas que había encima de la cómoda y en las mesitas que parecían escoltar a aquella enorme cama de matrimonio. Entonces, me detuve. Sí, encima de aquella cómoda, como siempre, estaba el joyero de mi madre. Me quedé paralizada, mirándolo fijamente. Cuando era pequeña, el contenido de aquel pequeño cofre me parecía un auténtico tesoro. Mi madre no me dejaba abrirlo, pues pensaba que le cogería las joyas, pero no lo hacía por eso. Cuando ella no me miraba, lo abría con el simple propósito de ver la bailarina de juguete que había en su interior. Aquella figura estilizada, tallada trazando formas redondas, suaves, moviéndose de manera dulce y grácil, como una princesa. Por muy típico que sea un joyero de ese estilo, a mí me impresionaba. Podía pasarme horas mirándolo, inventándome mis historias, maravillada por aquella perfección, pero no podía arriesgarme a tener una buena regañina. Me dirigí a ella y la abrí sin pensar. Aquella música… Todavía recuerdo cómo se me aceleró el corazón al escucharla. Allí estaban. Las brillantes joyas de mi madre. La grácil bailarina. Todo tal y como lo recordaba, tal y como siempre.

Mi acción, a pesar del ruido que podía haber producido, no sobresaltó a nadie. Mie hermanos estaban muy ocupados cogiendo cosas, y Terry, en fin, estaba escuchando, con aquella paciencia que lo caracterizaba, el sermón del novio de Lorelay, aunque se le veía en la cara que lo hacía por cumplir. Al ver que no había llamado la atención, me puse a rebuscar en las joyas de mi madre. El joyero todavía guardaba aquel olor característico, perceptible al abrirlo, y todas aquellas alhajas eran fuente inagotable de recuerdos. Entonces, y de forma completamente casual, la encontré. Sí, la encontré, y en ese momento palidecí. La gargantilla de mi madre, su inseparable gargantilla, siempre adornando su cuello largo, desde que yo era una niña, hasta el último día que la vi con vida. La tomé en mis manos, temblando. Era de plata, vieja, ennegrecida, con una cruz negra colgada. Parece que todavía la estoy viendo, con su colgante, tan radiante y hermosa como era. Sin ni siquiera pensar, opté por ponérmela. El metal estaba frío, y parecía congelar cada una de mis venas al entrar en contacto con mi piel. Levanté la cabeza para poder verme en el espejo. Era casi como verla a ella reflejada. Me aparté el pelo con una mano, sin dejar de mirarme. Era tal la nostalgia, me atrevería a decir, el dolor que me producía aquella visión de mí misma. Me mantuve allí, inmóvil, embrujada, hipnotizada por mi propio reflejo, por la visión de aquella gargantilla. Como si al mirar hacia aquellos recuerdos me convirtiese en una estatua de sal, inerte y vacía. De repente, sentí una mano en mi hombro, una mano que pareció devolverle a mi cuerpo parte del calor que había pedido. No me sobresalté, sabía quién era. No lo miré, no hacía falta.

-Estás preciosa.-me dijo, con una voz muy suave.

Sin apartar la vista del espejo, me fijé entonces en su reflejo. Sabía perfectamente que era Terry. Quién si no iba a reaccionar así, hablarme de aquel modo. Mis labios esbozaron una tímida sonrisa.

-Eres su vivo retrato. Te pareces muchísimo a ella.

Extrañada, volví a clavar los ojos en mi reflejo. ¿De verdad me parecía a ella? Quizás en los ojos y la piel, pero… ¿La gargantilla? Quizás era el broche de oro. Llegué a pensar que podía haber alguna razón en que la encontrase, llegué a creer que no era una simple casualidad. Era su joya favorita, la que siempre llevaba puesta, ¿por qué estaba entonces en el joyero? Tuve la intención de quitármela, pero me di cuenta de que tenía que llevármela. Sentí como si ella, como si mi madre, me lo hubiese pedido. En ese momento, oí a Lorelay gritando:

-¡Vámonos!

Parece que ya habían cogido todo lo que querían llevarse. Sin haber soltado la muñeca ni un momento desde que la cogí, me separé del espejo, haciendo un gran esfuerzo. Crucé el umbral de la puerta de la entrada. Ya podía respirar aire puro, y alejarme de aquel agobiante ambiente, de aquellos recuerdos que me asfixiaban, me anegaban. Pero, aunque el coche corría veloz como el viento, todavía seguía siendo perseguida por una insoportable aura: el miedo.

lunes, 24 de agosto de 2009

El Lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XV- Puñaditos de gusanos


La espera hasta el jueves me parecía interminable. Los días pasaban lentamente, y yo, enfrascada en mi actitud pesimista, pensaba: “un día menos”. No podía evitar pensar en la horrible idea de que podría acostarme por la noche en la cama y no volver a despertar, por consiguiente, evitaba dormir. Tenía algo de sueño, pero podía resistir perfectamente las noches en vela fumando pitillo tras pitillo. Ni siquiera por el día estaba cansada, simplemente sentía como una congoja, que parecía sofocarse al ocultarla tras el humo de un cigarrillo. Un día, Terry decidió hacerme entrar en razón. La verdad es que si él no lo hacía, no lo haría nadie, y mucho menos yo, con lo terca que soy. La verdad es que creo que escogió el día idóneo, el día en que mi congénita cabezonería había bajado la guardia. Llegó a la cocina, donde estaba yo fumando, como el que no quiere la cosa y cogió la botella de agua del frigorífico. Yo lo miré, con la cabeza gacha; quizás pensé que así pasaría un poco desapercibida. Se sirvió el agua en un vaso y se sentó enfrente de mí, para poder mirarme a los ojos. Levanté un poco la cabeza, pero sin aventurarme a dejar entrever las horribles ojeras que acunaban mis ojos. Antes de que pudiese reprocharme nada, yo me apresuré a decirle:

-Sé lo que vienes a decirme. Que no puedo estar así. Lo sé y he estado pensando.

Me tomé una pausa. Él me escuchaba atentamente.

-Hay millones de gente que está pasando por la misma situación que yo.-proseguí.- O una situación aún peor. No quiero hacerme la víctima, no busco eso en absoluto. Quiero seguir llevando una vida normal.

-Y la vas a llevar.-dijo Terry, finalmente.- Contarás con todo mi apoyo, y lo sabes.

Sonreí.

-Pero quiero hacer todo lo que esté en mi mano para curarme lo antes posible. A partir de ahora mismo, dejo el tabaco.-en cuanto pronuncié esa frase, apagué el que iba a ser mi último cigarrillo en el cenicero.- Y voy a levantarme todos los días a las 6 de la mañana para ir a correr.

Terry se quedó extrañado. Lo del tabaco seguro que le chocó, pues ni yo misma me imaginaba diciendo esa frase. Pero lo del ejercicio también le impactó; él sabía que yo era más de actividades creativas como la escritura y, sobre todo, la pintura. Adoraba pintar, solía hacerlo a carboncillo, pero hacía años que no hacía ni un simple boceto a pesar de que, desde siempre, mi sueño había sido ser pintora.

-¿Ir a correr?-preguntó.

-Digo yo, para aumentar la capacidad respiratoria y… ya sabes… todas aquellas cosas que decía el profesor de gimnasia. Puede venirme bien.

-Yo a ese hombre prefiero olvidarlo.

Y con razón. El profesor de gimnasia que teníamos, el señor Patterson, era un malnacido. No es la primera vez que Terry sufrió una crisis en su clase, y por su culpa. La verdad es que yo no era demasiado mala en gimnasia, pero no era demasiado comprensivo cuando se trataba con gente con limitaciones como un asma. Y, desgraciadamente para Terry, cuya asma no era tan manejable como el de otra gente. Su padre se negaba a llevarlo al médico y, cuando tenían que ingresarlo, intentaba sacarlo del hospital lo antes posible. Decía que era gastar el dinero. Terry siempre quedó marcado por su padre, limitado por él cuando era menor de edad, y limitado por sus actos cuando pudo independizarse.

-Lo intentaré, al menos.-añadí, cambiando de tema.

-Lo conseguirás, estoy seguro.

Pronto se hizo de día. Terry estuvo toda la noche a mi lado en la cocina, hablando. Sólo el hecho de escuchar su voz, me tranquilizaba. Cuando estaba a su lado, ni siquiera me acordaba de fumar; estaba ante una droga más potente que el alcohol, el tabaco, la coca o el caballo, mucho más. Y no todavía ni me había dado cuenta.

Pasó la semana volando. Yo comencé con mis carreritas matinales, la primera de las cuales fue horriblemente agotadora, tanto que no veía la hora de llegar a casa, y me llené los brazos de parches de nicotina. No era la misma sensación, y la echaba de menos, cada día más.

Recuerdo con exactitud aquel jueves. El día estaba nublado, aún así, no llovía, pero el ambiente estaba cargado. Cogí el coche y me dirigí al hospital, una hora antes de la cita. Aparqué cerca de la entrada. En cuanto cerré la puerta, me quedé contemplando atentamente mi reflejo. Había adelgazado bastante, a base de no comer durante toda la semana. Tenía ojeras y en mis mejillas, que en otro tiempo habían sido rosaditas y hermosas, se entreveían unas enfermizas líneas, producto de la delgadez. No comía por el mero hecho de no tener hambre, no por querer mantenerme más delgada, ni nada por el estilo. El por qué de esa repentina inapetencia me traía de cabeza. Y apuesto que a Terry también.

Me dirigí a la sala de espera. No le pregunté a la recepcionista, no tenía ganas de hablar, simplemente me limité a seguir los cartelitos. Allí había un silencio sepulcral, solo interrumpido por el ruido que producían mis tacones al andar. Había mucha gente esperando, mayormente mujeres, de las cuales casi ninguna conservaba su pelo natural, por lo que miraban con envidia mi longuísima y lustrosa melena negra. Al no haber sillas libres tuve que esperar de pie, apoyada en una pared. Estaba bastante ansiosa, y me atrevería a decir que un poco intimidada, ya que no me quitaban ojo de encima. De repente, y sin más previo aviso, la puerta de la sala de radioterapia se abrió. Todos dirigimos nuestras miradas hacia allí. Entonces salió una mujer, vestida de negro, que se fue apresurada de allí. Era como si necesitase huir, escapar, respirar aire puro. Los ojos se me clavaron inevitablemente en ella. Vi que tenía una melena larga rizada, de color negro, pero no llegué a verle la cara. De repente, escuché la voz de una señora. La recepcionista me llamaba para entrar yo en aquel lugar.

Era una sala amplia, pero se empequeñecía por causa de aquella máquina enorme que se alzaba delante de mí, como un monstruo, provocándome un pavor semejante. El primer día era simplemente para evaluar cuál era la posición correcta que tenía que adoptar, dónde debían aplicarme la radiación, y esas cosas. Una enfermera, al terminar de deliberar sobre estos asuntos, me marcó en el pecho con tinta. En una parte determinada del pecho, hacia la derecha. Me advirtió que, cuando me duchase o me asease, limpiase esa zona con cuidado de que no se borrase la marca. En cuanto salí de la sala, no paraba de mirármela. De mirarla y de palparla con mucho cuidado, pudiendo sentir en el acto, mi corazón golpeando salvajemente contra mi mano. Salí por la parte del aparcamiento. Allí, un puñado de enfermeros y médicos fumaban sus pitillitos a escondidas. Yo me allegué a una esquina, me apoyé en una verja que separaba el parking de la carretera, y saqué un cigarro del bolso. Antes de llevármelo a los labios para poder fumarlo, lo miré con detenimiento. Esa había sido mi perdición. Si aquel día, cuando tenía 17 años, no le hubiese aceptado a Rosalyn, mi compañera de clase, aquel pitillo, mis pulmones estarían completamente sanos, no sufriría, no haría sufrir a Terry, no gastaría dinero en un costosísimo tratamiento… Y, a pesar de todo eso, estaba sosteniendo un cigarro en mis manos, a punto de encenderlo y de tirar por la borda todos mis esfuerzos de dejar de fumar. ¿Estaba dispuesta a consentirlo? Lo arrojé al suelo con furia y, acto seguido, me llevé las manos a la cabeza, mientras caía de rodillas en el suelo.

-Pero, ¿qué estoy haciendo?-murmuré.

Estaba nerviosa, llena de rabia, impotente, y con una adicción increíble. Ni yo misma comprendía lo que me estaba pasando por la cabeza. De repente, escucho una voz cerca de mí. Una voz femenina.

-Chica, ¿te encuentras bien?

Levanto la vista, con los ojos llenos de lágrimas y con el rímel desparramado por mis mejillas. Era una mujer, efectivamente, aparentemente de treinta y pocos. Tenía el pelo largo, negro y ondulado. Su piel era pálida, casi como un cadáver. Sus dedos eran finos, y estaban coronados por unas larguísimas uñas rojas. Era poseedora de unas piernas quilométricas, que se dejaban entrever, ya que el abrigo que llevaba sólo le cubría hasta las rodillas. Y sus ojos eran color miel, casi amarillentos. Su mirada felina reflejaba una ternura y una comprensión inimaginables desde el momento en el que la miré, y en sus labios rosados, dotados de perfección, se dibujó una cálida sonrisa. Me tendió la mano, y yo me aferré a ella sin más, sin pararme a pensar que no la conocía de nada, y que podría hacerme daño. No, en ella no sé por qué confié. En cuanto me hube levantado, ella me miró a los ojos fijamente, y me dijo, con una voz muy dulce y serena:

-Tú también lo tienes, ¿no?

-¿Yo también tengo el qué?-pregunté, extrañada.

-Cáncer. Tú también lo tienes.

Me quedé callada un instante, intentando averiguar cómo lo había adivinado.

-C… ¿Cómo lo…?-titubeé.

-Te vi en la sala de espera de radioterapia.

Entonces me di cuenta de quién se trataba: ella era la mujer que había salido apresuradamente de la sala, antes de que me llamasen a mí. En un acto prácticamente involuntario, agarré el abrigo que llevaba y me tapé la marca de tinta del pecho, pues llevaba un poco de escote y se me veía. No quería que se me viera. Ella se percató en seguida.

-¿Puedo preguntarte de qué lo tienes?-me preguntó aquella mujer, un poco intimidada por mi posible negativa.

Aunque esa negativa no llegó a producirse.

-De pulmón.-respondí, mirándola con timidez.- Cáncer de pulmón. ¿Y tú?

-De mama.

Levanté la cabeza bruscamente, casi como si me arreasen un puñetazo. Intercambiamos las miradas. ¿Existía alguna compenetración entre nosotras? ¿Había alguna posibilidad de que el destino dispusiera nuestro encuentro, guiándose por esa fatídica coincidencia?

-Los dos…-dije- lo suficientemente cerca del corazón como para…

-Yo también lo he pensado.-interrumpió.- ¡Es tan agradable imaginarse un puñadito de gusanos en cada ojo!-esto lo dijo con una graciosa ironía- Justo por eso evito hacerme preguntas. Ya se las haré a ellos. Tendré toda la eternidad para hacerlo.

No sé muy bien por qué, quizás porque ella me contagió aquel aparente buen humor, a pesar de su enfermedad, me eché a reír.

-¡Puñaditos de gusanos!-exclamé, entre carcajadas.

-¿A ti también te va el humor negro?

La miré. Asentí. La verdad es que sí, me gusta el humor negro. La risa es la única manera de ahuyentar a la muerte, o por lo menos, temerla poco. Entonces, ella interrumpió mis carcajadas, diciendo:

-¡Lo siento! Yo preguntándote todo eso sin ni siquiera presentarme.-entonces, extendió su brazo hacia mí, mientras decía:- Me llamo Sharon.

Yo repetí el ritual, hasta poder llegar a agarrar su mano. Estaba tibia, en cambio las mías estaban congeladas.

-Yo me llamo Emily.-respondí.

-Emily…-repitió Sharon.- Me encanta ese nombre.

Sonreí. Entonces, como si de empatía se tratase, las dos nos sentamos en el suelo, a la vez, mano a mano. Era como si supiésemos lo que la otra quería hacer. Tras un breve instante de silencio, le pregunté:

-¿Se lo has contado a alguien?

-¿Lo del cáncer?

-Sí.

-A mi novio, David. Es mi única familia, tenía que hacerlo.

La verdad es que esperaba otra respuesta. Una respuesta más parecida a mi situación, aunque, en cierto modo, lo era.

-¿Y tú?-preguntó.

-Yo… Yo sólo se lo conté a… al padre de mi hija; un muy buen amigo mío.

-¿Tienes hijos?-noté que le brillaban los ojos.

-Sí. Tengo una hija de 5 años, que es mía propia, quiero decir, biológica, y un hijo adoptado, de 18 años.

-¡Qué envidia!-exclamó.

-¿Envidia? Creo que todo esto es más difícil de sobrellevar así, mirando sus caritas inocentes… Sus ojitos… que te ven llorar sin saber qué te está pasando…

-Un hijo-dijo Sharon, que parecía que ni me había escuchado.- es… es sangre de tu sangre. Es alguien a quién querer… alguien que te quiere… Es algo muy bello, a mi parecer.

Hablaba con emoción en la voz, a pesar de que, a su vez, temblaba y contenía las lágrimas. Me privé de preguntarle más sobre ese asunto, aunque me reconcomía la curiosidad. Ella metió la mano en un bolsillo de su chaqueta y sacó una cajita. Pensé que iba a enseñarme algo, así que la miré con curiosidad. Era plateada, con el dibujo de unas flores. La abrió y de su interior sacó papel de fumar y algo que aparentemente era tabaco. Con eso, hizo un cigarro a toda velocidad, demostrando una habilidad increíble.

-¿Tienes fuego?-me preguntó.

Le encendí el pitillo con un mechero que tenía a mano. En cuanto lo hube hecho, Sharon aspiró con fuerza el humo y luego lo exhaló todavía más fuerte. Necesitaba un alivio, calmarse. Sé lo que es eso. Inocentemente, y al ver que el humo olía bastante extraño, le dije:

-Oye, ¿de qué marca es?

-¿De qué marca es el qué?
-El tabaco que te estás fumando.

Sharon soltó una estruendosa carcajada.

-¿Tabaco?-respondió- Querida, esto es maría.

Al oír esa palabra, me turbé. No tenía ni idea de que ella fuese una drogadicta, pues su aspecto jovial y amable no la delataba, aunque quizás era que yo estaba cayendo en los tópicos de siempre.

-Oye, no te asustes.-dijo Sharon- No quiero que pienses que soy una yonky. Simplemente, lo necesito. La quimioterapia hace que pierda el apetito. Esto es lo único que me hace comer, ¿entiendes?

En cuanto oí aquella última frase, sentí como si mi corazón saltase. ¿Comer? ¿Un porro podría devolverme el hambre? No lo pensé demasiado. Estaba desesperada, hice lo primero que se me pasó por la cabeza. Me acerqué a ella un poco más y le pregunté, en voz baja:

-¿Me das un poco?

Creo que le sorprendió mi reacción.

-Claro. Si quieres…

Dicho esto me lo dio. Antes de que arrimase mis labios al porro, me advirtió:

-Aunque, la verdad, no te recomiendo que lo fumes, teniendo cáncer de pulmón.

Le agradezco que me lo dijese, eso demostraba que estaba, en cierto modo, preocupada por mí. Aún así, no le hice caso, por lo que le respondí:

-A la mierda el cáncer y la puta madre que lo parió. Llevo días sin comer.

Dicho esto, inspiré muy fuerte, hasta el punto de dolerme el pecho, aquel humo de sabor parecido a la hierbabuena. Lo solté lentamente, saboreándolo, sintiendo como se expandía por mis pulmones. Debería sentirme culpable después de hacerlo, pero la verdad es que me produjo una enorme satisfacción. Sharon había estado examinándome, seguramente apoyándose en lo que dije de que llevaba sin comer mucho tiempo.

-¿Por qué no comes?-preguntó.- ¿Tienes anorexia…o algo?

Seguramente lo decía por lo delgada, enfermiza y débil que estaba. Me apresuré en responderle:

-¡No! No soy anoréxica, lo que pasa es que… no tengo hambre. Debe ser el tratamiento.

-Te entiendo.

Entonces fue ella la que le dio una calada al porro.

-Y…-dijo Sharon.- ¿Cómo es tu novio?

-¿Qué novio?

-El que me dijiste que era el padre de tu niña. ¿No es tu novio?

-¿Terry? No, no lo es.-al decir esto, me reí nerviosa.- Es un amigo íntimo mío… Es una historia muy larga y muy absurda, cualquier día te la cuento.

-Yo estoy aquí todos los días en cuanto salgo de radio, por ahí de las cinco, cinco y algo.

Después de decirme eso, recordó su pregunta anterior, e insistió en ella con todavía más ahínco:

-Pero, cuéntame, ¿cómo es…-dudó un momento en el nombre.- Terry?

-Bueno… él… es más o menos tan alto como yo… aunque quizás un poco más. Ojos marrones, pelo castaño, con rastas, perilla… Hazte una idea.

-Tiene pinta de ser guapo.-respondió, con algo de picardía.

-Y tu novio, ¿cómo es?

-David.-suspiró Sharon.- David es… es lo mejor que pudo pasarme nunca. Tiene unos ojazos… Y un cuerpo…

Dicho esto, sacó del bolsillo de la chaqueta una cartera negra con una calavera bordada. De su interior, sacó una foto de carnet. Me la enseñó.

-Este es David.-añadió, mientras me la daba.

La foto era de un hombre joven, aproximadamente de la edad de Sharon. Tenía los ojos grises, como yo, pero todavía más claros. El pelo era castaño, alborotado, como un rebelde sin causa, o un chico malo. Tenía algo de barba, pero no demasiada. Era guapísimo, ciertamente. Por un momento, sentí verdadera envidia de ella, aunque no era de extrañar que una mujer tan hermosa tuviese a su lado a un hombre así.

-¿A que es divino?-me preguntó, orgullosa, y algo sonrojada.

-Lo es. ¿En qué trabaja?

Sharon se quedó un momento en blanco, ni siquiera la escuchaba respirar. La miré extrañada. Algo le había pasado. Aquella pregunta había desencadenado algo en su interior.

-David y yo trabajamos en un bar.-respondió, al fin.- Yo soy camarera, y él… él atiende en la barra.

-Yo trabajo de operadora en una compañía de seguros.-dije.- Y Terry es mecánico, está a punto de abrir su propio taller.-entonces, recapacité.- Bueno, suyo y de un amigo: Charlie.

Sharon sonrió. Estaba pálida. La noté turbada desde que le hablé del empleo de David. Volvió a ofrecerme porro, y yo no le hice ascos. De repente, después de tomar aquella segunda calada, mis tripas comenzaron a rugir. Me palpé la barriga.

-¡Coño!-exclamó ella.- Te ha hecho efecto prontísimo.

-¿Hambre?-pregunté, tímidamente.

-Eso parece.-al decir esto, ella también posó una mano sobre mi vientre. Efectivamente, eran las tripas.- ¿Quieres venirte al bar a tomar algo? Invito yo.

Asentí. Pensé que quizás me llevaría a su bar, pero no. Fuimos a una cafetería que estaba cerca del hospital. Deduje que Sharon sería asidua del local, por la naturalidad con la que trataba al camarero cuando le dijo:

-Johnny, mira, me traes un café irlandés con un bollito de chocolate y… ¿Tú qué quieres, Emily?

-Pues… Un cubalibre y… otro bollito de chocolate.

En cuanto el camarero, que era un hombre de veintitantos, se dirigió a la barra, Sharon me dijo, sonriendo:

-¿Bollito con un cubata?

-¿Qué le quieres, hija? Tengo antojo.

La verdad es que sí, era una combinación bastante extraña, pero me moría por algo de alcohol con el que mojarme los labios. Sharon, poco después de decir esto, optó por quitarse el abrigo. Llevaba puesto un vestido de licra negro. La marca de tinta que le había puesto la enfermera en el pecho, como me había hecho a mí, a penas se veía, a pesar de tener el vestido un escote enorme. Tenía un cuerpo precioso, envidiable. Nunca había visto nada igual. Nos pasamos un buen rato hablando. Debo reconocer que el bollito me sentó genial, además de que estaba de muerte. Pronto oscureció. Cuando me di cuenta, eran las 7 y media y tenía que ir a recoger a Amy de la casa de mi tía. Me despedí de Sharon, muy a mi pesar, pues era una persona estupenda y muy interesante. Cuando me alejaba con el coche y la veía por el espejo retrovisor, tenía ganas de dar la vuelta e ir a tomar algo juntas. Tendría que esperar hasta mañana.

A las 10 de la noche llegó Terry a casa. Era más tarde que de costumbre, por lo que me extrañé. No pude evitar preguntarle, en cuanto llegó:

-¿Dónde estabas? Me tenías preocupada.

-Estaba con Charlie, arreglando unos asuntos de trabajo.
-¿No podíais hacerlo mañana?

Terry enmudeció un instante. Seguramente estaba buscando la manera de terminar con mis reproches y endulzar mi corazón. Por eso, me plantó un beso en la mejilla y me dijo:

-La próxima vez te llamaré. Lo siento.

Me ruboricé un poco. Aún así, intenté disimular y añadí:

-Esperemos que te acuerdes.

-Descuida.

Colgó el abrigo en el perchero. Estaba cansado, lo noté desde el momento en el que entró por la puerta. No hacía más que suspirar. Me acerqué a él por detrás y apoyé una mano en su espalda.

-¿Quieres cenar algo?-le pregunté.

-¿Eh?... No, la verdad es que no tengo hambre.

Él se percató enseguida de mi preocupación, por lo que optó por cambiar de tema con rapidez.

-¿Qué tal en radio?

-Bien. Todos han sido muy amables conmigo. Aunque hoy ha sido día de prueba, por así decirlo. Mañana empezará lo duro.

-¿Quieres que te acompañe?-dijo Terry, para mi sorpresa, mirándome a los ojos.

-N…No, no hace falta. Ya he encontrado con quién estar allí.

Ardía en deseos por contarle lo de Sharon.

-¿Sí? ¿Quién es? ¿Alguien que yo conozca?

-Lo dudo mucho. Se llama Sharon. Es camarera. Una mujer muy agradable.

-Haces amigos prontísimo en todos los lados.

-Ya ves.

Sonreí.

-Y, ¿has conseguido comer algo?

Lo noté algo intranquilo al formular aquella pregunta. Seguramente temía que mi respuesta fuese un no.
-Pues sí.-respondí, alegre.

Giró la cara para mirarme. Estaba completamente anonadado, creo que si le hubiese pegado un puñetazo no lo habría sorprendido más.

-¿En serio? ¿Y ese milagro, reina?

La parte de la droga debía habérmela saltado. Debí inventarme una excusa, no debí decírselo. Pero en aquel momento sólo el hecho de haber comido después de tantos días era para mí increíble, por muy alto que fuese el precio que tuviese que pagar.

-Si quieres que te diga la verdad,-dije- es que me…en fin… tomé un par de caladas de un porro. Y fue mano de santo.

Esta vez, su semblante cambió radicalmente. La agradable sorpresa inicial dio lugar a un desconcierto embargado por la preocupación.

-¿Qué?-preguntó, como con incredulidad.

-Ya sé que suena poco ético, pero si funciona…

Estaba comenzando a arrepentirme de habérselo contado.

-¡Joder, Emily! ¿Y ahora qué?

-Bueno, bueno, que sólo han sido dos caladas.

Ahora hablaba con dureza en la voz:

-Se empieza con un par de caladas y se acaba uno viciando.

-Sé controlarme, Terry.

-Lo mismo dijiste mil veces del tabaco, y ya ves. Hasta que no caíste enferma, no te diste cuenta. ¿Qué pasa? ¿Para ver el suelo tienes que caerte de morros?

-¿Pero tú qué coño sabrás sobre esto?

-Sé más de lo que piensas. Si no quieres hacerme caso, es cosa tuya.

Ambos nos estábamos irritando. Creo recordar que mencioné que Terry cuando se cabreaba, se cabreaba, y ahí está la prueba. A mí casi me saltaban las lágrimas de la rabia.

-¡Cómo te gusta exagerar!-grité.- ¡Coño, Terry, no soy una cría! ¡No tienes por qué estar pegado a mi puto culo todo el rato!

-¡Después vienes llorando con no se qué de un tratamiento, y soy yo el que tiene que acarrear con los gastos!

Eso ya me pudo. Esa frase atravesó mi pecho como un dardo envenenado. No podía creer que el Terry que me había abrazado y había secado mis lágrimas sentado al borde de la cama aquel fatídico día en el que me dijeron que tenía cáncer era el mismo que me lo estaba reprochando.

-Mira, cancela el tratamiento si quieres, o haz lo que te salga de la punta del nabo. No te necesito.

Comenzaban a caerme las lágrimas. A pesar de tener el privilegio de decir la última palabra, me invadió una impotencia y una falta de cariño desorbitadas. Me fui de allí, antes de que pudiese decirme nada. Ni una palabra de disculpa, ni una palabra de reproche. No quería ni siquiera oír su voz. Me encerré en el baño y me eché a llorar. Terry y yo nunca habíamos tenido una discusión tan fuerte, nunca. Siempre nos habíamos entendido a la perfección, y ahora, por una chorrada así… Cuánto maldije a Sharon en ese momento, a pesar de que ella lo había hecho con buena intención. Cuánto maldije también a Terry, el hecho de haberme acostado aquel día con él, el hecho de tener a Amy juntos. Cuánto me maldije a mí, por no haber detenido la pelea antes de que estalláramos, por haber fumado aquello como una inocente, desconociendo todos los peligros que albergaba. Comencé a sentirme algo mal. Tuve miedo de que fuese a darme una bajada de tensión, pues soy hipotensa, como mi madre. Me puse de rodillas mirando al váter y vomité. En cuanto pude levantarme, me miré al espejo. Tenía los ojos rojos y la cara preocupantemente pálida. Los nervios podían conmigo. Mi temperamento, nuestro temperamento, había hecho que dijésemos cosas que no pensábamos. De repente, golpean la puerta con suavidad. Escucho una voz:

-Emily, ¿estás ahí?

Mi corazón comenzó a palpitar. Era Terry. La verdad es que no sabía si contestarle. Quería arreglar el asunto, pero verme cara a cara con él me producía un brutal nerviosismo. Miré hacia la puerta. Me dirigí hacia ella, sin darme tiempo a pensar si era lo que realmente quería, y la abrí. Allí estaba Terry, efectivamente. Se quedó horrorizado cuando me vio. Intenté aparentar indiferencia ante su presencia, pero ansiaba con todas mis fuerzas echarme a llorar en sus brazos.

-Emily,-dijo él, titubeando.- lo… lo siento. Me he dejado llevar. Ya…ya sabes cómo me pongo a veces…

-No pasa nada.-logré decir, con voz débil.

-Lo que dije estaba fuera de lugar.-prosiguió.-Estoy feliz de haberte pagado el tratamiento, y no me arrepentiré nunca de haberlo hecho.

Intenté reprimir las lágrimas, pero no fui capaz. Me tapé la cara con las manos y él me envolvió en sus brazos. Volví a sentirme segura, volví a sentirme feliz tenerme acostado con él y orgullosa por haber tenido a nuestra hijita. Terry estaba perdonado, y él lo sabía. Yo también supe que estaba perdonada. Levanté un poco la cabeza:

-No volveré a hacerlo. Fui una insensata.

Él me miró sin decir nada. Vi ternura en sus ojos. Volví a acurrucarme en su pecho esperando tranquilizarme. Sobraban las palabras.

jueves, 20 de agosto de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas. Capítulo XIV- ¿Cuánto cuesta una vida?


Los primeros añitos de vida de Amy, al contrario de los de los gemelos, fueron como un paseo. Lo peor fue alguna que otra visita al hospital por lo del asma y tal. La mayoría de esas veces me asolaban los pensamientos negativos de que iba a perderla. Una vez recuerdo que habían tenido que ingresarla en el hospital, cuando tenía 6 o 7 meses, como medida preventiva, pues sufrió de insuficiencia respiratoria. Todo ese tiempo pensé que me daba algo. El día en el que la ingresaron, le monté un escándalo a Terry en casa, repitiéndole una y otra vez: “¡Que se me muere! ¡Que se me muere!” Pero todo se quedaba en un susto.

Por las noches, cuando la pequeña lloraba, ya no tenía que ir yo, por muy cansada o mal en general que estuviese, a atenderla siempre. Muchas veces, Terry me susurraba al oído: “Ya voy yo”, aunque algunas veces ni siquiera me enteraba si lloraba o no de lo agotada que estaba.

Él era un padre excelente. Para qué engañarse, era prácticamente perfecto. Aunque a veces era demasiado modesto o demasiado introvertido, y a veces callaba demasiadas cosas; y como lo calentaras demasiado en una discusión, se ponía como una hiena. Todos tenemos defectos, eso es cierto, pero aún así era inimitable. Cuando estaba con él me sentía alguien; no como con Robert, que hacía que me sintiese como una mierda, o como con Josh, que él era tan inteligente y tan tal que a veces hacía que me apocase. No, Terry era un igual. Siempre había sido mi mejor amigo, siempre me había comprendido y escuchado mejor que nadie. Aunque a veces me preguntaba si lo que realmente sentía por Terry era algo mucho más intuitivo, salvaje e indomable que una simple amistad.

Adrien cumplió los 18 y se marchó a la universidad, como yo siempre deseé. La despedida fue muy emotiva. Todos llorábamos como fuentes, sobre todo yo, que perdía a mi pequeño. La verdad es que aquel mozo no tenía nada que ver con aquel niñito que lloraba en una esquina en el patio del orfanato.

Todos aquellos años transcurrieron sin incidentes. Pero como era de esperar, a las épocas de felicidad le siguen las épocas de depresión y tristeza. Y esta vez no iba a ser menos. Pero ahora me había metido en una espiral de amargura y sufrimiento de la que no iba a volver a salir. Nunca más.

Todo comenzó un día cualquiera. Por la mañana estaba profundamente dormida boca abajo en la cama. Terry había ido ya a trabajar y entonces tendría que levantarme yo para hacer lo mismo que él y dejar a la niña, que ya había cumplido los 5 años, en el cole. Pero se me olvidó. Permanecí tumbada, soñando con los angelitos, a pesar de que el sol que se entreveía por las mirillas de las persianas me arañaba la cara. De repente, noto una mano pequeñita en mi espalda. Y una voz. “Mamá, mamá. Despierta”. Era Amy, la reconocí enseguida. Seguramente pensando que era sábado, enderecé un poco el cuerpo, busqué su cara con una mano y, en cuanto la hube encontrado, la acerqué a mí y le besé muy fuerte en la mejilla. Acto seguido, volví a caer en la cama dormida mientras murmuraba:

-Déjame dormir un ratito más, mi amor. ¿Sí?

-¡Pero mamá!-gritó Amy mientras me seguía moviendo de un lado para otro- ¡Voy a llegar tarde!

¿Llegar tarde? ¿A dónde? Entonces fue cuando hice cuentas: lunes, martes, miércoles… ¡Estábamos a jueves, no a sábado! Error tonto que se suele cometer cuando el cansancio le gana la batalla a la coherencia, el deber y al almanaque. Eché las sábanas para atrás apresurada mientras chillaba:

-¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!

Amy se asustó un poco, pero es que mi comportamiento era normal en aquella situación. Mientras iba hacia el armario, le dije:

-¡Cariño, vístete ya!

Ella así lo hizo. Se fue corriendo a su habitación. Cuando volvió ya tenía puesto su camisita y su vestidito rojo por encima. En cuanto me hube vestido, la peiné, le hice una coleta anudada con un lacito a un lado de la cabeza y bajamos las escaleras a toda velocidad.

-Pero mamá, ¿no desayunamos?-dijo, jadeante, agarrándome de una mano y sujetando de otra la mochila, que la tenía en la espalda.

-No, ya comerás más después.

En cuanto nos hubimos metido en el coche, arranqué y no dudé ni un segundo en pisar el acelerador a fondo. Pensaba en la bronca que me iba a caer del gilipollas del jefe, tal y como era. Tenía miedo de que me recortase el sueldo, o me despidiese. En cuanto llegamos al colegio, me giré hacia Amy. Le vi el rostro encendido y caliente como el fuego, y tenía la respiración agitada y forzosa, que la escuchaba yo desde el asiento del conductor, estando ella atrás. Malditas prisas, me había olvidado de que Amy era asmática y había puesto en peligro su delicada salud. Me sentí como la peor madre del mundo. Me desabroché el cinturón de seguridad del coche y me giré completamente para poder acariciarle la mejilla.

-Cielo, ¿estás bien?-pregunté, dominada por la preocupación.

Amy asintió. Aún así, le ardía la cara, lo noté enseguida. Pero lo que más me inquietaba era su respiración, cada vez más fuerte. Vi que sufría.

-Coge el ventolín de la mochila.-le ordené.

Ella así lo hizo. Sacó de un bolsillo exterior de la mochila el pequeño inhalador azul. Se lo arrebaté de las manos, presa del pánico, y lo agité. Le quité la tapa y eché una dosis al aire para comprobar si funcionaba. Acto seguido se lo acerqué.

-A ver, echa el aire.

Amy echó todo el aire en un golpe seco. Entonces le metí el inhalador en la boca.

-Respira fuerte.

Me obedeció. Comenzó a coger aire lenta pero fuertemente, dándome tiempo de subministrarle la dosis. Hecho esto, se lo quité.

-Aguanta un nadita sin respirar, cielo.

Ella asintió. Parecía tener mejor color, aunque le costaba mantener el aire. En cuanto pasaron unos segundos y el medicamento se hubo asentado en su cuerpo, le dije:

-Respira normal. Estás mejor ahora, ¿a que sí?

-Sí.

-Vamos a hacerlo otra vez, ¿vale?

Repetimos el procedimiento, aunque esta vez mi angustia era mucho menor, al ver que comenzaba a reponerse. En cuanto le vi ya buena cara, le dije:

-Ya tienes mejor cara. Anda, vete a clase. Y si te preguntan por qué llegas tarde, diles que fue por culpa de mami que se quedó dormida.

Amy se rió. Agarró su mochilita rosa y se la puso a la espalda.

-Dame un besito antes de irte.

Aceptó mi petición con una sonrisa y me besó en la mejilla. Adoraba cuando me besaba. ¡Eran unos besitos tan delicados y dulces! Se lo devolví plantándole un beso con mucha ternura en la frente. Ella era mi felicidad, todo por lo que yo vivía. Es mi única hija y la guardo dentro de mí como a un tesoro.

En cuanto salió del coche, todavía me dijo adiós con la mano un par de veces antes de meterse en aquel amplio y maravilloso colegio. En el momento en el que la perdí de vista, cogí un pitillo del bolso. No me gustaba fumar delante de ella. Lo encendí y arranqué para el trabajo.

Cuando llegué, me cayó una bronca de parte del jefe, eso no se puede negar, aunque no presté mucha atención. Luego me senté en mi silla, enfrente de mi humilde ordenador y de mi mesa de mercadillo. Y toda la mañana con la misma rutina: “Seguros “Happy House”, al habla Emily Gray. ¿Qué desea?”. Era prácticamente automático. Aunque en cuanto podía, me escabullía para fumar un cigarro fuera o encerrada en el baño. Quizás era ansiedad provocada por la monotonía, no sé, pero la verdad es que sí que fumaba muchísimo. Era apagar un pitillo y vender mi alma al Diablo por otro.

A las 14:30 salí de la oficina. Menos mal que no tenía más guardias aquel mes. Cogí el coche y salí disparada para el colegio. La pobre Amy me estaría esperando a la puerta, como de costumbre. Era en mayo, así que podía esperar allí por mí sin acabar mojada de pies a cabeza y con un resfriado que duraba días, semanas o incluso meses si le pillaba muy fuerte. Entró en el coche y comenzó a hablarme de qué había dicho en el colegio. La escuché con atención, aunque hoy por hoy no recuerdo qué me decía exactamente. Algo de unos dibujos que habían hecho sobre animales o no sé qué. En cuanto llegamos a casa se empreñó en enseñármelos. Subió las escaleras con rapidez, mientras gritaba:

-¡Vamos mamá! ¡Te los enseño en la habitación! ¡Sube!

Las tres o cuatro primeras escaleras las subí sin ningún tipo de problema, pero después comencé a sentirme cansada. Sí, cansada en aquellas escaleras que subía todos los días desde que habíamos comprado la casa. Aunque hacía al menos una semana o más en la que me encontraba un poco decaída, pero no tanto como aquel día. A la mitad de las escaleras parecía notar como si mi corazón intentase escapar por la boca. Entorné la cabeza hacia arriba. El recorrido parecía infinito. La escalera parecía no terminar nunca y perderse ante mis ojos salpicados por el sudor. El esfuerzo que hacía por respirar era tan grande que hacía que me doliese. Al final, y sin llegar a creérmelo de todo, conseguí llegar al piso de arriba, sofocada, tosiendo y a punto de desfallecer. Amy salió de la habitación y se acercó a mí.

-Mamá, ¿estás bien?-preguntó, un poco asustada.

-C…Claro, cielo.-respondí como pude.- No te preocupes… Vete a la… A tu habitación, que yo voy ahora.

Aunque la que me había preocupado era yo. Nunca me había pasado nada semejante. Realmente yo siempre había subido esas escaleras con agilidad, me preguntaba qué estaba pasando. Qué estaba pasando dentro de mí.

Aproximadamente a las 8 y media llegó Terry del trabajo. Yo estaba haciendo la cena. No es que estuviese muy acostumbrada a cenar, pero no iba a dejar que Amy se muriese de hambre. En cuanto entró, se dirigió a la sala de estar, donde nuestra hija estaba viendo los dibujos animados. Todos los días a las 8, no fallaba. Al cabo de un rato, más largo de lo que esperaba, Terry vino a la cocina. Se acercó a mí y me besó muy suavemente detrás de una oreja. El cuchillo que estaba utilizando para cortar las zanahorias me resbaló de las manos tal si fuese un pez. Me giré y le eché las manos al cuello.

-¡Hola, Emily!-dijo.

-¡Hola, Terry! Hoy vienes un poco más pronto que de costumbre.

-Me dejaron salir antes, eso es todo.

Cruzamos por un instante las miradas. Sonreí, aunque no conseguí sacarle a él ni la más mínima sonrisa. Me di cuenta de que estaba preocupado por algo.

-¿Qué te pasa?-le pregunté.

Le costó lo suyo decidirse a decírmelo, pero tragó saliva y se armó de valor:

-Amy me contó que te encontrabas mal por la mañana. ¿Es cierto eso?

Solté una carcajada nerviosa.

-¡Estos niños! Solo es que estaba un poco fatigada. Tampoco es para montar un drama de eso, ¿no?

-Quizás deberías ir al médico.

Lo solté. Me puse nerviosa.

-¿Al médico? ¡¿Al médico?! ¡No digas chorradas, Terry, joder!

-¿Por qué no? ¿Qué es lo que te da tanto miedo?

Miedo. Me daba miedo que me encontrasen algo. Me daba miedo que tuviesen que ingresarme o algo peor. Me daba miedo simplemente que de verdad estuviese enferma.

-¡Esto se me pasa! ¡Tampoco me voy a morir!-chillé.

-Tampoco te vas a morir porque te miren. Es que no sé, Emily…

Noté que estaba realmente preocupado. Simplemente para tranquilizarle y terminar la discusión, me acerqué a él y le dije, más calmada:

-Está bien, iré. Pero ¿a cuál voy?

-Vete a mi neumóloga. No es la más agradable del mundo, pero es lo suficientemente eficiente como para decirte qué te pasa.

-¿Está lejos?

-No, si quieres te acompaño…

-¡No!-dije, esta vez, nerviosa de nuevo- No hace falta. Co… Con que me apuntes la dirección en un papel, me sobra.

Me miró extrañado. Aún así, lo hizo sin contradecirme. Se lo agradecí. En el papel que me daba figuraba el número de teléfono de la consulta y la dirección. El precio por consulta no era excesivamente caro. Nos lo podíamos costear. En cuanto pude llamé para confirmar la cita. Según aquella mujer con voz de pito, el lunes a las 11:30 tenía que ir. Fue lo más parecido que sentí que había hecho a firmar mi sentencia de muerte.

Llegó el lunes como si fuese una mosca revoloteando hacia un montón de mierda. Me levanté de la cama, abrumada por el despertador, como si fuese una marioneta. Sin fuerzas, sin ánimo, sin voluntad. Aunque a veces me pasaba. Me dirigí a la consulta en coche, sin desayunar. Terry había llevado a Amy al cole, pues había cogido vacaciones. Aquel día yo había pedido permiso en la oficina, pues iba a faltar toda la mañana, y seguramente toda la tarde.

La consulta estaba en un hospital. Palidecí al entrar allí. Se respiraba la tristeza, la desesperanza, la enfermedad en cada persona coja, que tosía o que simplemente sollozaba sentada en un sillón o se paseaba nerviosa por el pasillo. Bajé la cabeza y me limité a seguir los carteles que me indicaban a dónde tenía que ir.

En la sala de espera había un montón de viejos que se me quedaron mirando, pensando que quizás me quedaban dos telediarios. Me senté en medio de ellos, intentando que no me afectasen sus miradas acusadoras. Cogí una revista y me entretuve un poco, pero sin dejar de pensar que en cualquier momento una enfermera saldría de la consulta y diría:

-Emily Gray.

Cuando lo oí, mi corazón pareció dar un salto. Era la primera vez que iba a una consulta de ese tipo, por lo que no sabía qué iban a hacerme y con qué me iba a encontrar. Intenté calmarme mientras colocaba la revista sobre el montón de la mesa donde la cogí. Luego, como si de un cordero que va hacia el matadero se tratase, me dirigí hacia el interior de la clínica, procurando respirar hondo y no caer desmayada, de los nervios.

La doctora era una mujer pelirroja, con muchas pecas sobre la nariz. Tenía los ojos pequeños y verdes. La enfermera que me acompañaba, me dejó allí, sin darme ni los buenos días, y le dijo:

-Ya está aquí la señora Gray.

Acto seguido, cerró la puerta bruscamente. A pesar del estruendoso portazo, la doctora no dejó de mirar atentamente a su ordenador. Me estaba ignorando por completo. No supe qué hacer, así que me limité a esperar en la puerta, mirando hacia abajo y esforzándome en seguir respirando hondo.

-Siéntese.-dijo, sin más previo aviso y sin apartar la vista de la pantalla del ordenador.

En cuanto me senté, me miró al fin. Sus ojos parecían escáneres que me observaban de arriba abajo, intentando buscar alguna tara en mi aspecto.

-¿Qué le pasa exactamente?-me preguntó.

“Si lo supiese, no estaría aquí”, pensé. Pero en vez de eso, e intentando expresar cortesía, le respondí:

-Pues que me encuentro un poco fatigada y con tos. Pero seguro que no es nada.

-Eso ya lo veremos.-musitó, no sé si en buen o en mal plan, mientras se volvía a girar cara el ordenador.-Ahora le haré unas preguntas para incluirlas en su ficha médica. Responda sinceramente, ¿entendido?
-Si, entendido.

-A ver… ¿Es usted fumadora?

Realmente odio que me hagan esa pregunta.

-Sí.

-¿Cuántas cajetillas consume al día?

-No sé, no las ando contando. Pero creo que entre una y dos.

-¿Tiene algún familiar con problemas pulmonares?

-No, que yo sepa.

-¿Ha sido sometida a alguna intervención quirúrgica?

-¡No!-no sé por qué me alteré tanto al oír aquella pregunta.- ¡Cielos, no!

-¿Ha sufrido algún episodio parecido a lo largo de su vida?

-No, no recuerdo ninguno. Igual, igual a este, no.

-¿Es una tos persistente…?

-Sí, creo. Dura un rato, unos minutos.

Vi que la doctora separaba las manos del teclado.

-Ahora, si hace el favor de quitar la camisa. Voy a auscultarla.

-S…Sí.-contesté.

Mientras la doctora se colocaba el fonendoscopio, yo dejé el abrigo y el bolso en la silla que estaba al lado de mi asiento y me desabroché la camisa como ella me había mandado. Me levanté y me fui a su lado. Me colocó aquel aparato, frío como la mano de la Muerte, en la espalda. Noté como los pelos de los brazos se me erizaban.

-Respira por la boca, fuerte.-ordenó.

Lo hice. Respiré creo que lo más fuerte que pude, tanto que a veces me parecía sentir que me temblaban las manos.

-Ahora tosa.-dijo.

-¿Qué tosa?-pregunté, girándome para mirarla.

-Pues sí. Haga un esfuerzo y tosa.

Así lo hice. Me salió una tos cavernosa y profunda. Era sin duda la misma de todos los días, pero no me había dado cuenta de lo realmente mal que sonaba. De repente, y sin más previo aviso, la doctora apartó bruscamente el fonendoscopio de mi espalda, sin ni siquiera decirme que dejase de toser como una boba. De repente, se plantó enfrente de mí sin que me diese cuenta, como si fuese un fantasma, y me dijo:

-Aparte las manos, que tengo que escucharle el corazón.

Lo decía porque tenía las manos cruzadas en el pecho para paliar el dolor que me había producido toser. Las quité de allí y dejé que volviese a ponerme aquella cosa horriblemente fría en contacto con mi piel.

-Respire hondo.-me ordenó otra vez.

Suspiré. Acto seguido, lo hice. La verdad es que estaba incómoda y cansada de estar allí encerrada. Tenía ganas de que me soltase lo jodida que estaba y que me dejase salir de aquel deprimente hospital de una vez para poder aspirar aire fresco. Observé a la neumóloga mientras repetía lo que me había mandado. Era difícil leer su expresión, pero parecía algo preocupada. Comencé a angustiarme. No había nada más desagradable que aquel silencio. En cuanto al fin hubo acabado y sentí que mi piel volvía a recuperar calor, ella se sentó en su silla y volvió a teclear en el ordenador.

-Vístase y siéntese.-dijo, con aquella frialdad que parecía caracterizarla.

Me puse la camisa, con todas las ganas de estar cubierta otra vez, y me senté en la silla. En el momento en el que lo hice, sentí que un cúmulo de nervios me paralizaba desde la barriga hasta el cuello, haciendo que mi cerebro solamente prestase atención a lo que la doctora iba a decirme.

-Señora Gray, seré franca con usted.-ahora hablaba mirándome a los ojos- No me gusta nada la tos que tiene, ¿me explico? Por lo tanto me gustaría que en un momento que tenga usted libre fuese en un momento a radiología para hacerse una radiografía de tórax y cuando tenga la próxima consulta se haga una espirometría. También agradecería hacerle una broncoscopia, por si acaso. Tendría que abonar algo más de dinero, pero no creo que le suponga ningún problema.-me pareció notar sarcasmo en sus palabras.

-No, no lo supone.

-Pues vuelva a pasarse por la consulta el día 14, ¿de acuerdo?

-De acuerdo.

Salí de la consulta lo más rápido que me dieron las piernas intentando no dar la sensación de estar huyendo. Tenía ganas de apartarme de aquel ambiente tan jodidamente depresivo y volver a mi casa, con mi niña, con Terry y olvidarme de todo. Mientras iba caminando por la calle, dirigiéndome a mi coche, me puse a pensar. ¿Broncoscopia? ¿Espirometría? ¿Qué era eso? ¿Qué iba a meterme en el cuerpo aquella bruja? Por mucho que intentaba no pensar en ello, no era capaz. Esos pensamientos rondaban en mi mente, hambrientos de mis sesos. Me di cuenta, gracias a una pequeña valla publicitaria que había en la calle y que tenía un reloj digital, de que eran las 3 de la tarde, es decir, me había comido toda la mañana encerrada en aquel deprimente hospital. Aún así, pensaba que iba a tardar mucho más. Si me iba ahora a casa me daría tiempo de comer algo calentito y no precocinado. Mientras conducía y hacía esfuerzos por centrarme en la carretera, las palabras de la doctora resonaban en mi cabeza como si fuesen las campanas de una Iglesia tocando para un funeral: “Seré franca con usted, no me gusta esa tos que tiene…” ¿Por qué no le gustaba? ¿Qué tenía de extraño? ¿Cómo sonaba? ¿Qué estaba yendo mal dentro de mí? Es increíble que, a pesar de haber vivido con ese cuerpo 29 años, no sabía responder a ninguna de esas preguntas. Llegué a casa.


En cuanto me di cuenta, estaba enfrente de la puerta, abriéndola todo lo rápido que podían mis manos. Entré en la cocina, y allí estaban Amy y Terry comiendo. Pescado con patatas, lo vi perfectamente, aunque se podía adivinar por la carita de asco que ponía Amy.

-¡Emily!-dijo Terry, mientras se levantaba de la mesa- ¿Ya has llegado?

-Sí.-respondí, un poco decaída.

-¿Todo bien?-me dijo, un poco más bajo para que Amy no lo oyese.

-Sí, lo que pasa es que me tengo que hacer unas pruebas.

-¿Qué pruebas?

-Una radiografía, una broncoscopia y una espiro…no sé qué.

-Espirometría.

-¡Sí! ¡Eso!

Había notado a Terry preocupado en cuanto le dije que me iban a hacer unas pruebas. En cuanto supo de cuáles se trataba, quedó más aliviado.

-Eso no es nada, Emily. No tienes de qué preocuparte. Una radiografía no hace ningún daño y la espirometría… ¡Le has visto a Amy hacer 50.000! Es simplemente soplar.

-¿Y la broncoscopia qué?

Terry se quedó callado un instante. No sabía qué decirme para tranquilizarme en aquel aspecto. Al ver que tardaba en contestar, me preocupé.

-Seguro que no es nada. Esas pruebas suelen ser gilipolleces.

No añadí nada más. Él había intentado tranquilizarme, pero yo comenzaba a imaginarme más y más aparatos dentro de mí y me asustaba. Cené algo. No demasiado, pues no tenía el cuerpo para comer, y nos fuimos a la cama. Pasado mañana iría a hacerme la radiografía, por lo que al día siguiente pediría cita. Mientras Terry dormía, me incorporé en la cama y puse el portátil encima de mis piernas, intentando no moverme demasiado como para despertarle. Lo encendí. Miré en Internet todo lo que pude sobre la broncoscopia. Me horrorizaba que llegasen a meterme un tubo por la boca y me lo deslizasen hasta llegar a lo más hondo de mis pulmones. En cuanto vi aquellas fotografías, comencé a palidecer. Realmente me haría falta mucho valor para enfrentarme a todo aquello, y mucho más para enfrentarme a lo que estaba por venir.

El día que fui a hacerme la radiografía tampoco acudí al trabajo. Evidentemente mi jefe me iba a matar, pero yo en lo único que pensaba era en hacer todas las pruebas de una vez y despreocuparme. No tenía ni idea de cuán preocupante era mi situación.

Llegué al hospital con ganas de nada. Le entregué a la recepcionista el volante firmado por la doctora y la pasta. Acto seguido, me senté en la sala de espera, como un autómata, esperando a que me llamaran, como un preso espera que lo ejecuten. Miré a mi alrededor. Estaba completamente rodeada de enfermos, lo cual hacía que me sintiese mucho más agobiada y nerviosa. A mi lado había una mesa, con unas cuantas revistas encima. Cogí una al azar, la única que no hablaba de salud, de médicos ni de enfermedades. No me importaba en absoluto cuál era la locura que la lunática de Britney Spears había hecho esta vez, pero por lo menos dejaba de pensar en mi inminente futuro. La leí sin prestarle demasiada atención, es más, a decir verdad solamente me digné a mirar las fotos. Todas prácticamente iguales y agrupadas en dos tipos: los que posan y a los que pillan por sorpresa, y vaya diferencia hay de unas a otras. Cada poco levantaba la vista y miraba el reloj que estaba colgado en la pared, casi enfrente de mí. Por un lado deseaba que mi nombre nunca fuese pronunciado por aquella gente, pero por otro quería acabar con todo aquello de una vez por todas y poder salir a fumar un cigarro. En cuanto la desesperación se apoderó de mí, comencé a leer en serio la revista para calmarme: “Recientemente Angelina Jolie ha declarado que no está embarazada, como varias fuentes han afirmado al ver que la actriz presentaba una barriguita prominente y…”. De repente, mientras procuraba no morirme de asco al leer aquellas estupideces, escucho una voz, que parece venir del inframundo:

-Veroniek Stephens, Shonna Brown, Gabriel Parker, Emily Gray.

Al oír mi nombre, levanté la cabeza bruscamente. Vi como dos mujeres, una de color bastante mayor y una rubia de unos 40 o 59 años, y un chico con la pierna escayolada se dirigían hacia un hombre joven, que llevaba una bata blanca y que los miraba como si fuese a juzgarlos por un crimen, o a castigarlos por sus pecados. Entonces, me di cuenta de que yo también tendría que verme las caras con esa especie de Demonio terrenal. Dejé la revista encima del asiento y me levanté silenciosamente, con la intención de no llamar la atención. Pero aquel hombre, en lugar de mirarme como a los otros, no pudo evitar posar su mirada como si fuesen un par de moscas en mis pechos y erguir una ceja en el acto. En cuanto me planté delante de él, salimos de la sala de espera.

A lo largo del pasillo había varias puertas blancas. El señor mandó meter en una a la señora, en la siguiente a la otra señora, y en la siguiente al chico. En cuanto se metieron, les dijo algo, a cada uno por separado, y cerraron las puertas. A mi me ordenó abrir la puerta contigua a la del chico. Era un cubículo minúsculo en el que sólo había un espejo, un perchero en la pared y una banqueta. Enfrente de la puerta de entrada, había otra puerta más. El joven, que en una placa que había en su bata ponía: “Enfermero Johnson”, estaba revisando unos papeles, al igual que había hecho durante todo nuestro paseo por el pasillo. Entonces, mirándome con picardía, dijo:

-Desvístase de cintura para arriba y espere a que le llame. No cruce la otra puerta hasta que se lo pida, ¿de acuerdo?

-Sí.

En ese momento cerró la puerta, dejándome a mí allí, al borde de la claustrofobia. En aquella habitación fría, sólo iluminada por una enervante y casi cegadora luz blanca. Me desabroché la camisa lentamente, mientras me miraba inevitablemente al espejo, como tenía por costumbre. En cuanto me encontré desnuda, me cubrí con uno de los batines que dan en los hospitales, el cual estaba colgado en la percha. Volví a mirarme al espejo. No me sentía cómoda. Sentía como si mi cuerpo y todo lo que en había pudiese ser descubierto. La verdad es que es un sentimiento extraño, pero me infundía tal debilidad que sentía como si fuese una muñeca de trapo.

Después de esperar un rato, por la otra puerta se asomó el enfermero diciéndome que ya podía pasar a hacerme las radiografías. Lo hice. Traspasé aquella puerta y me encontré, como me temía, con él y conmigo solos.

Aquella sala estaba prácticamente vacía. Entre otras cosas estaban la camilla y una pantalla pegada a la pared para hacer las placas. Comencé a ponerme algo nerviosa.

-Apoye el pecho en la pantalla de la pared.-me ordenó el enfermero.

Así lo hice. Me mandó también levantar los brazos, seguramente para que no saliesen en la radiografía. En cuanto lo hice, se refugió en una cámara de cristal en la que había un panel, el cual toqueteaba mientras me decía, casi gritando:

-¡Contenga la respiración!

Obedecí. Observé como una especie de haz de luz blanca se deslizaba por la pantalla, rozando mis pechos. Cuando hubo pasado, volvimos a repetirlo un par de veces más y luego se acercó a mí descaradamente, diciendo:

-Y… Dime, bonita… ¿A qué has venido a este hospital?

A lo que yo contesté, mirándolo con verdadero desprecio:

-¿Y a usted qué coño le importa?

¡Habrase visto! Acto seguido, me largué a la habitación en la que había estado inicialmente y me vestí. Al haberlo hecho, me apresuré en coger el coche y marcharme a casa. El resto del día me lo pasé haciendo las tareas de la casa, y por la noche no pude ni pegar ojo: al día siguiente tenía que ir a hacerme la broncoscopia.

Pronto se hizo de día, aunque la noche fue lo suficientemente larga como para poder pensar, y recordar aquellas horribles fotos que había visto en Google, aquellas personas a las que les metían tubos por la boca, como iban a hacerme a mí, para coger una muestra de tejido de sus pulmones. Cuando me hube levantado de la cama eran las 5 de la mañana. Terry seguía profundamente dormido.

Lo peor de todo es no podía comer nada; me habían dicho que había que ir en ayunas, porque podían darte arcadas y tal, por lo que ni una tila pude tomar. Fumé durante horas. Me llené los pulmones de humo, poco antes de que me los examinasen. Era y siempre fui una insensata.

A las 7 fui a la parada a coger el autobús. No pude llevar el coche, pues los calmantes que iban a administrarme eran demasiado potentes como para poder concentrarme en la conducción. En el autobús también le fui dando vueltas a la cabeza, pensando en la prueba, sobre todo en el dolor. El hecho de si iba o no a dolerme me traía de cabeza. Sabía que iban a drogarme, para paliar el dolor, pero no estaba completamente segura de su efectividad. Una de las fases del nerviosismo es, ciertamente, la paranoia.

Después de estar un rato en la sala de espera, me llamaron. Entonces sí que comencé a inquietarme. Antes de comenzar, me sentaron en la camilla donde iban a examinarme y me introdujeron tres o cuatro calmantes distintos por vía intravenosa. Esperamos pacientemente a que hiciesen efecto. En cuanto comencé a notar que tenía la garganta dormida y, por consiguiente, tragar era una tarea ardua, me di cuenta de que era el momento idóneo de comenzar. Me tumbé en la camilla, ayudada por una enfermera, que era la que me había pinchado hacía apenas unos minutos. Otra sanitaria que estaba con ella, me colocó una mascarilla y me conectó a una máquina, que controlaba el ritmo de mi corazón. Debían vigilarlo por si algo salía mal. Una de ellas sacó el broncoscopio de marras y lo aproximó a mi boca. A aquella boca que rebosaba de saliva a causa de las drogas que no me dejaban tragar. La ansiedad se apoderó de mí. Cerré los ojos fuertemente. No quería ver cómo me metían aquel tubo enorme con aspecto de anaconda por la garganta. Nada más metérmelo en la boca, sentí como volvía a sacarlo. Abrí los ojos.

-Tranquilícese.-dijo la enfermera.- Respire hondo, así será mucho más fácil practicarle la prueba.

Me di cuenta de que estaba, ciertamente, respirando demasiado rápido, a causa de la inquietud. Giré suavemente la cabeza sin que pudiesen percibirlo. Según reflejaba aquella máquina, mi corazón latía acelerado. Parecía que ninguna droga que me diesen pudiese calmarlo. Efectivamente, no me dieron ninguna droga, si no que esperaron un rato hasta que notaron que me iba serenando.

-Ahora procure estar tranquila y no moverse. ¿De acuerdo?-dijo una de ellas.

Asentí. Entonces, dio comienzo, y ahora sin interrupciones, la prueba. Estuvieron alrededor de 15 minutos hurgando en mi interior con aquel aparato, hasta que, por fin, se dignaron a retirarlo de mi tráquea y dejarme marchar. Mientras me libraba de todos los aparatos a los que estaba conectada, una enfermera me hablaba:

-Ahora no debe conducir ni realizar ninguna actividad que requiera reflejos y suma atención, pues el efecto de la anestesia y los calmantes durarán unas horas. Durante uno o dos días, no más, escupirá o toserá sangre, pero es algo normal. También puede experimentar algo de fiebre, convulsiones y depresión respiratoria. Si advierte otro tipo de síntomas o esos que le he nombrado se prolongan demasiado, venga al hospital inmediatamente.

-Vale, vale.-respondí.

La verdad es que la mitad de las cosas no se las escuché. Me parecía una de estas pibas que salen en los anuncios y se poner a hablar durante varios minutos de cosas que seguramente sólo ellas entienden. Cogí el primer autobús que pude pillar, después de haber comido una sopa en un bar que estaba cerca de la estación, y me fui a casa.

Serían alrededor de las 3 cuando llegué. Me había hecho esperar muchísimo en la sala de espera, como siempre, de ahí la demora. Llevaba un pañuelo de papel en las manos. Efectivamente, durante todo el viaje en autobús había estado escupiendo cantidades bastante considerables de sangre, pero lo más desconcertante es que todavía no me dolía.

Abrí la puerta. Intenté no hacer ruido, pues sabía que Amy estaba arriba durmiendo; después de comer le obligábamos a que se durmiese una siestecita. Oí un ruido que provenía de la cocina. Agua. Terry estaba fregando los platos. Me acerqué a él por detrás y apoyé la barbilla en su hombro. Giró la cabeza sin estar demasiado sobresaltado. Sabía que era yo.

-Hola-dijo, suavemente-¿qué tal te ha ido en la prueba?

-Bien. He conseguido soportarla.-respondí, sin separar la cabeza de él.

-Te lo dije. ¿Ves como no confías en mí?

-Claro que confío, Terry. Dime una sola vez que no me haya dejado guiar por ti.

Sonrió. Sabía que eso nunca había sucedido, que yo siempre había seguido sus consejos. Siempre había sido como un hermano para mí, por lo que era casi profano que en ese momento estuviese apoyada en su hombro, proyectando mi aliento sobre su mejilla, la cual dejaba entrever una sonrisa limpia y perfecta. Y aquella mirada, aquellos ojos… parecían querer envolverme con su cálido influjo, invitándome también a sonreír. Optó por cambiar de tema:

-Por cierto,-dijo- hoy he hablado con Charlie. Hemos encontrado un solar bastante bueno para el negocio, tirado de precio.

Se le veía contento, y no era para menos. Terry y Charlie, un amigo suyo, estaban trabajando para montar su propio taller. Él había soñado con eso creo que desde pequeño, por lo menos desde que yo lo conocí. Seguro que le parecía mentira que se estuviese cumpliendo a una velocidad de vértigo.

-El día que abramos, nos vamos a tomar algo a mi cuenta.-prosiguió Terry.

-¿Con Charlie?-pregunté.

-Sin Charlie. Tú y yo nos bastamos.

Lo miré a los ojos. Sonaba tentador revivir las noches locas que pasábamos antes. Después de tener a Amy, nuestras salidas eran algo más moderaditas, pero todavía en el mismo local. Eso sí, bebiendo menos y, por lo menos yo, fumando más. Entonces, me acordé de Amy.

-¿Y la nena, que?

-Al mediodía, al mediodía. Pero por la noche no la vamos a llevar.

-Ahí me has pillado.

Me separé de él mientras se reía. Si seguía allí de pie un segundo más, se me destrozarían los pies.

-¿A dónde vas?-preguntó, quizás con miedo de haber dicho algo que no me gustara.

Aunque todo lo que había dicho me había sonado a gloria.

-A cambiarme. Odio esta ropa, odio estos zapatos, y cuanto antes me los quite, mejor.

Subí las escaleras, escuchando a Terry reírse y volver a abrir el agua para seguir fregando. Verlo feliz me alegraba el día.

Pronto llegó el día 14, el día en el que me tendría que hacer la espirometría y, acto seguido, oír el diagnóstico de la doctora, fuera cual fuese. Me levanté pronto, me tomé una ducha, desayuné una tacita de café con un par de galletas, cogí el coche y me fui. Recuerdo como si fuese ayer, que Terry, antes de irme, me besó en la frente.

-¿Vendrás para comer?-me preguntó.

-No creo. Pude que llame a Faith para tomar una café por la tarde, con lo cual…

No terminé la frase. No hacía falta. Sabía que no iba a volver a casa hasta la noche. Entonces fue cuando me besó. La verdad es que no me lo esperaba, por lo que me sonrojé. Acto seguido nos miramos. Noté que estaba algo preocupado.

-Espero que te vaya bien.-dijo.

-Tranquilo,-respondí- llevo el amuleto que me diste.

Mientras decía eso, saqué de mi camisa el collar, que estaba colgando en mi cuello. Terry sonrió. Nos despedimos y dejó que me fuese.

Estuve esperando aproximadamente media hora para hacer la espirometría. La verdad es que estaba un poco asustada pero resultó ser lo que dijo Terry: una bobada. Una prueba tal como era soplar por un tubo era lo más estúpido y la mayor pérdida de tiempo que me podía imaginar. Aunque esa prueba servía para saber muchas cosas.

Volví a la sala de espera. Parecía ser que tenían que volver a repetir la prueba, por si acaso, lo cual significaba otra media hora de espera. Me revolví por dentro. Después de haber hecho la prueba, tuve que volver a la sala de espera a que la neumóloga me atendiese. Aquella hora de espera me parecía eterna. No era capaz de distraerme ni mirando una revista. No dejaba de mirar el reloj cada poco tiempo, y descubrir que la aguja parecía no moverse cuanto más la miraba. Mi corazón latía muy rápido, muchísimo más que la aguja de los segundos, que, al igual que las otras, parecía estar inmóvil. Lo que habría dado por un pitillo, pues la ansiedad era insoportable. Sólo eso me serenaría. Sólo eso calmaría mi corazón. Sólo eso haría que las agujas del reloj se apresurasen un poco, y que llegase el momento en el que la enfermera gritase a pleno pulmón desde su despachito, con aquella voz prepotente e insoportable:

-Emily Gray.

En medio de mis pensamientos, el peor de mis temores se había cumplido. Me levanté de mi asiento y me dirigí a la consulta, acompañada de la susodicha enfermera, la cual me abrió la puerta. La doctora estaba allí sentada, mirando hacia la puerta. Me esperaba.

-Puedes retirarte, Stephanie.- le conminó.

La enfermera, entonces, se fue, dejándonos solas, no sin antes dirigirle una mirada a la neumóloga, que esta supo interpretar a la perfección. Ese tipo de miradas, quien no está en el mundillo de la sanidad, no las entiende.

-Siéntese, señora Gray.

Señora. Me resultaba extraño que me llamase así. Me senté, evidentemente. La doctora estuvo un buen rato mirando informes y tragando saliva. De vez en cuando me miraba disimuladamente, pero pronto volvía a refugiarse en aquel montón de papeles.

-Oiga,-dije- llevo aquí un rato. ¿Me dice lo que tengo o no?

Al decir esto, ella por fin se dignó a separar la mirada de los informes. Respiró hondo y me miró largo.

-Escuche, señora Gray, no es fácil decírselo, pero tanto la radiografía como la broncoscopia no dejan la menos duda.

-Q… ¿Qué pasa?- tartamudeé, haciéndome oír por encima de los agitados latidos de mi corazón.

Se hizo un silencio incómodo, la doctora no se atrevía a decírmelo. Pero logró armarse de valor y escupírmelo en la cara.

-Señora… Tiene usted cáncer.

Esa frase… Todavía la recuerdo. Recuerdo cómo la dijo, cómo aquella palabra, “cáncer”, se le había atascado en la garganta y le había costado decirla, para que se clavase en medio de mi pecho como un dardo envenenado. Me había quedado paralizada, congelada, sin poder articular ni una sola palabra.

-Lo siento.-dijo la neumóloga.

Por mucho que lo sintiese, nada de eso podría hacerlo desaparecer y devolverme la salud. Me llevé las manos a la boca, muy despacio, sin dejar de clavar la vista en aquellos informes, como intentando interpretarlos y poder averiguar que todo aquello era mentira. Desgraciadamente, no era así.

-¿Necesita que le traiga algo?-preguntó, levantándose un poco de la silla y acariciándome el pelo.- ¿Un vaso de agua? ¿Una tila?

Cerré los ojos y me negué con la cabeza, moviéndola con algo de dificultad. Con esto, hice que la doctora volviera a sentarse y dejase de abrumarme con su falsa compasión.

-Quizás será mejor que hablemos otro día…

-No.-interrumpí, con un hilo de voz.- Si tiene que decirme algo, dígamelo ahora.

Creo que la dejé algo sorprendida. Seguramente esperaba que le diese la razón y que pudiese ir a tomar algo y tranquilizarme, pero no. Yo siempre he sido así. La verdad es que no podría dormir ni comer hasta que me dijese cómo estaba y cómo me podía poner bien. Después de un breve instante en silencio, se decidió a hablar:

-Verá, debo decirle que ha tenido mucha suerte, por un lado, porque el cáncer está en fase inicial, por lo que será más fácil erradicarlo.

-P… ¿Pero de qué es?-interrumpí.

-De pulmón.-respondió- Seguramente por el tabaco.

Esa última frase me hizo callar. Si no, seguramente le haría muchas más preguntas.

-Sabe usted-prosiguió- que el cáncer evidentemente tiene varias curas, pero ninguna de ellas es especialmente barata, ¿me explico? Dada su situación (mujer joven, sana y en fase inicial de cáncer), el remedio más barato, que sería aplicarle la radioterapia, costaría aproximadamente 25.000 dólares.

Entonces sí que me quedé de piedra. 25.000 dólares me parecía excesivo, me parecía querer matar a la gente, así, sin más.

-¿No me lo cubre el seguro?-pregunté.

-No, he estado mirando y procedimientos de este calibre no los cubre. Tendrá que intentar abonar esa cantidad de su bolsillo.
Le faltaba aclarar que si no podía pagar aquella gran suma de dinero tendría que resignarme a morir, para acabar de rematarme. La doctora me miraba, seguramente estaba esperando a que dijese algo, pero no fui quién de hacerlo. Simplemente intentaba no echarme a llorar allí mismo, pues las lágrimas golpeaban contra mis ojos, furiosas por querer ver la luz. Entonces, la neumóloga se levantó.

-Yo que usted-dijo- me iría a mi casa, me prepararía una tila, e intentaría despejar la cabeza. Cuando esté más tranquila, piense en lo del tratamiento. ¿De acuerdo?

Asentí, intentando coordinar mi respiración para intentar no parecer abatida y para no llorar. Yo también me levanté. Ella me acompañó a la puerta y me la abrió.

-Intente no tardar demasiado en pensarlo. Debe saber que puede desencadenar en algo peor.

En cuanto pude, me marché de la consulta, sin darle las gracias, sin despedirme, aquello que había dicho, había hecho que me desmoronara por completo. Aceleré el paso, cegada por las lágrimas, que se agrupaban en mis ojos, luchando por salir. Las personas que estaban en la sala de espera, en su mayoría viejos, se quedaron mirándome extrañados, seguramente porque mi nariz comenzaba a gotear sangre. En cuanto me percaté, me tapé la nariz con ambas manos y me apresuré todavía más para llegar a la salida. Cuando la hube alcanzado, dejé por fin que las lágrimas se deslizasen con libertad por mis mejillas, al tiempo que emití un sollozo desgarrador, sin apartar las manos de mi rostro. Necesitaba ir a algún sitio en el que pudiese llorar tranquila. Me fui a la parte de atrás del hospital. Estaba oscuro, pues allí no daba el sol, y hacía frío. Las ambulancias aparcaban por la parte de adelante, con lo cual estaba sola, allí, entre los cubos de basura. Me acurruqué en una esquinita, apartada del mundo y de cualquiera que quisiera molestarme, y me puse a llorar, de cuclillas en el suelo, mientras notaba cómo la sangre encharcaba mis manos. Todo aquello me parecía una horrible pesadilla en la que estaría atrapada por siempre.

Me quedé allí un rato pensando. Pensando en cuál fue el pecado que había cometido para que Dios me sometiese a tan duro castigo. Pero quizás peor que aquella enfermedad, que consumía mis pulmones como un Demonio que me arrancaba lentamente la vida, era el precio de su curación. Y eso me hacía preguntarme, ¿cuánto vale una vida? ¿25.000 dólares? Este país realmente me pone enferma. Si no abonaba esa cantidad los médicos me dejarían morir como una perra, dominada por un insoportable dolor. ¡Lo que hube maldito aquella consulta! ¡Lo que hube maldito ir allí a que me obligasen a firmar mi sentencia de muerte! En cuanto la nariz comenzó a emanar una cantidad menor de sangre, me levanté y me fui de allí. Ansiaba sentir que estaba lejos, lejos de ese lugar. Lejos.

Me limpié la nariz. Aunque seguía sangrando, con ponerle un taponcillo ya estaba arreglado. Así lo hice, pues siempre llevo algodón en mi bolso, para casos como ese. Lo que sí que no podía contener eran mis lágrimas. Por mucho que intentaba dejar de llorar, volvía a recaer al momento. Había pasado una hora. Eran las dos del mediodía. Pensé en comer algo, pero me abordaban las náuseas al pensar en comida. No probé bocado.

Pronto dieron las 5. Antes de ir a la consulta tenía planeado llamar a Faith para tomar algo. No lo hice. No quería que me viese llorar. Aún diría más, no quería que se enterase de lo de la enfermedad. No debía enterarse nadie, había tomado esa determinación. Prefería morir en silencio, como lo había hecho Josh. Aunque pensé en el daño que me había hecho en su momento que no me contase lo de su enfermedad, determiné que sería lo correcto. No podía soportar la idea de disgustar a nadie. Y menos a Terry, que fue en el que más pensé. No me merecía sus lágrimas.

Me pasé la tarde en el parque, sentada en un banco, acurrucada, mirando las personas que pasaban. Todas madres con hijos. Pensé en Amy inevitablemente. ¿Cómo encajaría mi muerte? Seguramente mal, pero era lo suficientemente pequeña como para borrar de su memoria mi recuerdo en pocos años. Entonces, sería como si nada hubiese pasado para ella. Quizás Terry cogería novia, o se casaría con una mujer, y Amy la asimilaría como su madre. Ya no significaría nada para ella. ¿Y Adrien? Él ya era lo suficientemente mayor como para saber lo que es un cáncer y lo alto que es su índice de mortalidad. Aunque se sentiría muy dolido, pues su madre biológica también había muerto. Estuve allí sentada, llorando, y quebrándome la cabeza, largo rato.

Me digné a volver a casa a las siete y media. Cogí el coche, aunque las lágrimas apenas me dejaban ver la carretera. Aún así, llegué sana y salva. Me planté delante de la puerta, sin llegar a acercarme. Todavía estaba llorando, y me atemorizaba enfrentarme a la realidad, al hecho de que Terry y Amy estarían en casa esperando y me preguntarían cómo me había ido todo. Me sequé las lágrimas. Les diría que todo había ido bien. Evitaría llorar delante de ellos. O por lo menos lo intentaría. No, no debía decírselo. No podían saberlo. No. Me armé de valor y entré en casa.

En cuanto me vio, Amy me abrazó. La acaricié sin ninguna emoción. Terry me preguntó qué tal la consulta, como me temía. Le dije que bien, sin novedad. Lo único que quería era quitármelo de encima. Aguanté, muy a mi pesar, las lágrimas.

Acostamos a Amy a las 10. La arropé y le di las buenas noches, como era común en mí. Terry y yo nos fuimos a la cama acto seguido. Mientras él estaba tomando los medicamentos que tenía que tomar antes de dormir, en la cocina, yo me acosté en la cama y me puse a pensar. Estaba comportándome exactamente igual que Josh. Había casi rechazado un abrazo de mi niña por miedo a emocionarme por ello. Apenas había intercambiado un par de palabras con Terry desde que había llegado de la consulta. Mi propio comportamiento me estaba consumiendo. En cuanto él llegó a la habitación, se sentó en un borde de la cama. Seguramente quería hablar conmigo. Yo permanecí acostada.

-Emily,-dijo- ahora que no está Amy quiero que seas totalmente franca conmigo. Has llorado, te lo he notado. Quiero que me digas que ha pasado.

Iba a inventarme una coartada, pero ¿de qué serviría? ¿De qué me serviría mentirle?

-Mira, si no hubiese pasado lo de Josh, seguramente no te lo diría, pero no puedo soportarlo más.

Me miró serio. Sabía que iba a soltarle algo horrible. Me eché a llorar.

-Tengo cáncer, Terry.-le solté, entre lágrimas.

No se lo esperaba, por supuesto que no, ni yo me esperaba habérselo soltado así. Se quedó callado, sentado en la cama, mirándome a los ojos, incrédulo.

-Por eso he llorado.-proseguí, con lágrimas en los ojos.-Me pasé la tarde llorando. Me duele la cabeza.

En cuanto se cercioró de que estaba hablando en serio, giró la cara y se llevó las manos a la cabeza, apoyando los codos en las rodillas.

-No puede ser.-susurraba.-No puede ser.

La segunda vez que lo dijo, noté que le temblaba la voz. Me incorporé y lo miré fijamente. Vi que una lágrima resbalaba por una de sus mejillas y se desprendía en la barbilla. Iluminada por la feble luz de la lámpara, se veía como una esquirla de cristal. Estaba llorando. ¿Terry? ¿Llorando? Lo había visto llorar alguna vez, pero no así, no evitando mirarme a los ojos, no con aquel desconsuelo, con aquella congoja que le notaba en la respiración. Eran lágrimas de impotencia, impotencia por no poder hacer nada para curarme, ni para impedir que el cáncer remitiera. Salí de entre las sábanas y me acerqué hacia él, gateando encima de la cama. No lo abracé, no sé por qué, simplemente apoyé mi frente en su espalda.

-No llores tú también.-le dije, sin dejar de sollozar.

Se giró. Quizás se dio cuenta entonces de lo horriblemente destrozada que estaba. Me abrazó, y yo me abracé a él. Ya no tenía tanto miedo, supe que él me apoyaba.

-Emily, cálmate.-dijo, con voz serena. Nadie diría que seguía llorando.- Vas a salir de esta.

-No lo entiendes. No van a poder curarme. ¿Sabes cuanto cuesta la radio? ¡25000 dólares! ¡No tenemos tanto dinero!

Estaba completamente histérica. Aún así, mi tono de voz era lo suficientemente bajo como para, aparentemente, no despertar a mi hija. A pesar de la noticia, me pareció notar que Terry se calmó. Se secó las lágrimas con el puño de la camisa; todavía estaba vestido con ropa de calle.

-Del dinero me encargo yo.-respondió, seriamente.

-P…pero…

-Deja que me encargue yo y punto. ¿De acuerdo?

Lo decía con un tono muy firme. Seguramente tenía algún as en la manga. Asentí, mientras me separaba de él.

-¿Cómo te encuentras?-me preguntó.- ¿Mejor?

-S…Sí, creo. Un poco más tranquila.

-Lo importante es que te sientas bien.

Me acosté en la cama otra vez. Vi como Terry, en vez de ponerse el pijama, y para mi asombro, se puso una chaqueta. Tenía la intención de salir.

-¿A dónde vas?-pregunté, con voz débil.

-A dar una vuelta. Necesito pensar.

No le contesté. No dije nada más. No hacía falta. Me quedé mirando como se iba. No me besó, simplemente, antes de irse, me dijo, con voz muy dulce:

-Que descanses.

Miré fijamente hacia la puerta. Sentía la necesidad de verlo por última vez antes de que se fuera. Cerró la puerta lentamente, con el fin de no hacer ruido. En cuanto lo hizo, cerré los ojos, aunque tardé en quedarme dormida.

Me desperté aproximadamente a las 8 o 9 de la mañana; no sobresaltada y encharcada de sangre, como me temía, si no por mi propia voluntad, con el sonido de fondo de la lluvia golpeando los cristales. El invierno había llegado.

Fui a la cocina en pijama, descalza. Terry no estaba en la cama, así que me temí que aún no llegase de su paseo. Luego me di cuenta de que, a pesar de ser sábado, había tenido que irse a trabajar. Pobre. Creo que no tuve mucho tacto para contarle lo que me había pasado, aunque yo estaba demasiado nerviosa como para pensar en una manera más delicada de decírselo. Lo único que nunca quise fue hacerlo sufrir, y temía haberlo hecho.

No nos vimos hasta el mediodía. Preparé algo sencillo para comer, no tenía muchas ganas de ponerme a cocinar. Amy estaba viendo los dibujos en el salón, como todos los días a esa hora. Terry llegó a la cocina silenciosamente, sin que yo me diese cuenta; estaba demasiado ocupada calentando los canelones congelados en el microondas. Me acarició el pelo, con mucha dulzura. Me estremecí, pero no de temor, si no de placer. Giré la cabeza.

-Hola, Emily. ¿Qué tal el día?

Lo vi feliz. Yo también sonreí.

-Bien, ¿y tú? ¿Mucho trabajo en el taller?

-No más que otros días.

Entonces, se acercó a mí y me susurró:

-Tengo el dinero.

Me quedé perpleja. ¿Cómo había podido conseguir todo ese dinero en tan pocas horas?

-P…Pero… ¿Cómo?-titubeé, excitada.

-Tengo mis contactos.-dijo.

Supuse que se lo había pedido a Charlie, o que lo había sacado del banco, de alguna cuenta que tenía y de la que yo no tenía constancia. Eso es lo que quise creer.

-El jueves que viene tienes cita en el hospital St. Bleeding Mary, a las 5. No sé todavía en qué sala es el tratamiento, pero ya se lo preguntarás a la recepcionista, ¿no?

-Hasta has pedido cita.-dije, sin pensarlo, en un ataque de emoción.

-Bueno, que tampoco fue tanto.

Lo abracé. Él no se lo esperaba, pero yo lo hice. Lo hice, y casi me echo a llorar. No podía creer que estuviese haciendo aquello por mí, que consiguiera todo aquel dinero. Pero, ¿cómo lo había hecho? Esa pregunta me devoraba las entrañas. Era como si, de la noche a la mañana, hubiese transformado todas mis lágrimas en billetes de dólar. Ojalá, pero nada más lejos de la realidad. Él me acarició la espalda.

-¿Cómo puedo agradecértelo?

-Simplemente no me lo agradezcas.

Me reí. Él también sonrió. Le gustaba verme feliz, y yo gozaba viéndole feliz a él. Comenzaba a ver la luz al final del túnel.