viernes, 13 de noviembre de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XXII- Las palomas dejarán de volar


No veía la hora de que me dejasen ir a mi habitación a descansar. Habían estado toda la tarde haciéndome pruebas en aquel primer día agotador. Me instalaron al fin en la habitación. Esta vez me había tocado en la cama que no tenía acceso a la ventana, lo cual quería decir que iba a pudrirme de aburrimiento durante mi estancia en el hospital. Me recosté en la cama. De mi pecho se escapó un hondo suspiro, un suspiro en el que la resignación era claramente palpable. No pude controlarlo, simplemente había estado pugnando por salir desde que habían comenzado a hacerme miles de pruebas. Ese suave ruidito hizo que la persona que estaba a mi lado apartase la cortina que nos separaba. En ese momento me asaltó la curiosidad de quién sería. Descubrí que detrás de aquella cortina se escondía un viejecito, que me miraba con una ternura comparable a la de un abuelo.

-Así que tú eres mi compañera de habitación.-dijo, con voz entrañable.

-Sí, lo soy.

El señor giró la cabeza. Había unas cuantas palomas blancas apoyadas en la cornisa de la ventana, mirando hacia el interior curiosas.

-Las palomas se alegran de verte. Siempre se alegran de ver a las mujeres bonitas.-se dio la vuelta y añadió, sonriente.- Ven a verlas.

Me levanté de la cama. Las palomas me miraron con admiración, pero seguían sin moverse, como si confiasen plenamente en mí. Me acerqué a la ventana y las observé. Ellas simplemente giraron levemente la cabeza hacia un lado, intentando verme desde otro ángulo. Quizás al verme con la piel tan blanca pensaron que era también una paloma y me invitaban a escapar volando por la ventana en su compañía. Nunca había entendido el comportamiento de aquellos animalitos.

-Vamos, iros a volar.-dije, golpeando suavemente el cristal. Las palomas me hicieron caso omiso.

-Prefieren mirarte.-respondió el viejecito.- Es comprensible, con esos ojos tan claros y tan bonitos. Hasta las propias palomas se asombran al verte.

Sonreí, mirándolo de reojo. Era bastante gratificante pensar que las palomas estaban allí para verme. Para ser las únicas que pudiesen consolarme en aquel día duro en el que me ahogaron los recuerdos provocados por una amarga ausencia. Antes de que las lágrimas de gratitud y emoción pudiesen abordar mis ojos, el viejecito volvió a hablarme:

-Yo tomándome tantas confianzas y todavía ni sé cómo te llamas.

-Emily. Me llamo Emily.

-Y Yo Angus. A tu servicio.

Angus se levantó de la cama, pues había estado recostado todo el rato, y se situó a mi lado, acompañándome en la observación de aquellos mórbidos y gráciles animales.

-Cuando yo era pequeño, mis amigos les arrancaban las patas a las palomas. Yo lo hice sólo una vez. Era bastante pequeña, se la arranqué de cuajo, de un tirón un poco fuerte. En cuanto lo hice, comenzó a dar bocanadas para coger aire, pero se murió en mis manos. ¿Te das cuenta? Años después me di cuenta de que las palomas tienen como unas bolsas de aire por el cuerpo o algo así. Mis amigos lo sabían. No sé cómo no les atormenta la visión de las palomas muriéndose ante sus ojos.

Lo escuché pacientemente, a pesar del hecho de que me horrorizaba imaginarme a aquellas palomas que estaban tan felices mirándonos agonizando, asfixiándose, muriendo, como yo. En cuanto llegó la enfermera, le pedí permiso para hacer una llamada. Al principio se resistió, pero acabó cediendo. Me metí en el pequeño cubículo donde se encontraba mi ropa y de ahí cogí el móvil.

-¡Terry!... ¿Me escuchas?... ¿Qué tal?... Desde el hospital, me dejó una enfermera, aunque no podré hablar mucho tiempo… Estoy bien, no te preocupes, sólo un poco cansada…. ¿Y la niña cómo está?... ¡Ay, Dios! Dale un beso de mi parte, ¿de acuerdo?... ¿Mañana vendrás?... De 4 de la tarde a 8 de la noche… Hum… Y, ¿podrías traerme una cosa?... Eso mismo… ¿Me lo traerás mañana?... Acuérdate…Voy a tener que dejarte… Hablaremos mañana. Un beso… Chao… Chao…

Había estado durante toda la llamada eufórica. Hasta me temblaban las manos de la emoción. Tenía tantas ganas de hablar con Terry. Acababa de colgar y me moría por volver a escuchar su voz otra vez. Hacía que me sintiese segura. Volví a meter el móvil en el bolsillo del pantalón y me dirigí hacia la habitación. Inconscientemente, posé una mano sobre mi pecho delicadamente. El corazón me latía muy rápido. En cuanto me asomé por la puerta, Angus me dijo:

-Hablando con el novio, ¿eh?

-No.-me apresuré a contestarle.- Era un amigo mío.

-Estás colorada.

-Estoy nerviosa, eso es todo.

Poco más pude saber de Angus más que era un señor finlandés que había venido a vivir a Estados Unidos de joven y que había contraído cáncer de colon. Ahorré contarle algo sobre mí. Quise mantener mi vida en secreto. Aunque no fuese importante, era mi vida. Sharon era un caso aparte, pero a ese señor no le contaría nada.

Al día siguiente llamé a Sharon al móvil por la mañana sin que nadie me viese. Cuando le conté que estaba ingresada, le faltó tiempo para preguntarme, a voz de grito y con la voz temblorosa, qué tal estaba, qué me habían hecho y cuándo podría ir a verme. Le conté lo del horario de visitas. Me prometió que a las cuatro estaría allí.

Más o menos a esa hora, me despertó de mi plácida siesta unos ruidos que procedían del exterior de la habitación. La puerta de abrió. Una esbelta figura se erguía en la oscuridad de aquel día nublado y lluvioso.

-Ya hemos llegado, señorita.-escuché una voz, era la de un hombre.

Me incorporé. Pude verificar que era Sharon, vestida con un corsé violeta apretado de un modo que realzaba al máximo su lúbrico cuerpo, y una falda larga negra, cubriendo pudorosamente sus larguísimas y esculturales piernas. Una manada de médicos la rodeaba, mirándola de arriba abajo como si fuese un objeto a vender. Un voluptuoso y sensual objeto.

-Gracias, de veras, pero podía haberme acompañado uno solo.-dijo ella.

-Todo es poco para usted, señorita.

-Es verdad.-respondió un enfermero, que estaba a punto de agarrarle las caderas. Sharon lo apartó posándole una de sus blanquísimas manos en el pecho.

-Si necesita algo más, no dude en llamarnos.

-Descuidad, encantos, lo haré.

Dicho esto, se apresuró en cerrar la puerta. Suspiró aliviada.

-¡Por Dios!-exclamó.

Dicho esto, y después de haberse asegurado de que los médicos seguían con sus tareas allegando su oído a la puerta, vino hacia mi cama. Se sentó en el suelo, a mi lado, y sostuvo una de mis manos entre las suyas, suavemente.

-Emily, ¿cómo…? ¿Cómo estás?

-Estoy bien, Sharon. No te preocupes.

-Es que… cuando me dijiste que estabas en el hospital… se me detuvo el corazón, pensé que te había pasado algo malo.

-Las malas hierbas no peligran.

-¡No digas eso, tonta!-exclamó.- Tú por lo menos eres una rosa… o un clavel. No una mala hierba.

-Preferiría ser una paloma.-musité.

-¿Qué?

-Nada, cosas mías.

Tras un instante de silencio, Sharon prosiguió.

-Es admirable que quieras operarte. Debe dar mucho miedo.

-Da mucho miedo. Pero el miedo hay que procurar vencerlo, o no me curaré nunca.

-Yo también me operaría.-dijo, bajando la cabeza.- Pero me asusta tanto.

Me agarré a su cuello para abrazarla. Ella puso una de sus manos en mi espalda, para que no me separase de su lado.

-No desesperes.-le dije.- No vale la pena rendirse.

Sentí como una lágrima que emanaba de sus ojos ambarinos caía en mi hombro, álgida como si fuese un copo de nieve. Hizo que me estremeciese. Lo que menos deseaba era entristecer a Sharon. La aparté suavemente de mí. Ella cerró los ojos y dejó que una lágrima más se deslizase por su rostro de fracciones perfectas, dulcemente. Esa última lagrimita parecía querer agradecerme que no dejase caer a Sharon en la desesperación. Le acaricié el pelo. Sonreí. Ella hizo un esfuerzo por mirarme y acompañarme en mi sonrisa.

Nos pasamos un buen rato hablando, intentando distraer nuestras mentes de un asunto que estaba demasiado presente en nuestras vidas. La conversación acabó recayendo en Terry. Y una cosa lleva a la otra.

-¿Dónde está Terry?-preguntó Sharon.- ¿No ha venido a verte?

-Vendrá un poco más tarde, sobre las 7. En teoría tendría que estar en el trabajo hasta las 8 media, pero dice que mientras esté en el hospital vendrá a verme a esa hora cueste lo que le cueste.

-¿Y tu familia vendrá?

-Le comentaré a Terry que los llame y los avise. Ya te he explicado que no nos dejan hacer llamadas aquí. La tuya fue una excepción porque no había nadie. Y la de Terry ayer… fue suerte.

-Supongo que les será un golpe duro.

-Lo sé, pero no puedo ocultárselo durante más tiempo. Tarde o temprano tendrán que saberlo.

Tras un momento de silencio, proseguí:

-¿Sabes? Por quien más me duele es por Amy. Si me costó explicarle cómo iba la enfermedad, imagínate esto. ¿Cómo coño le dices que a su madre le van a abrir el pecho y…? Ya no sé.

-Sabrás hacerlo, estoy segura.

De repente, la puerta de la habitación se abrió. Se me aceleró el corazón. Apuesto que a Sharon también, pues vi que sus siempre pálidas mejillas se sonrojaban ligeramente. Era Angus, que había salido a dar un paseo acompañado de su inseparable bastón. Detrás de él entró una mujer de largos y rubios cabellos, de clara ascendencia nórdica. Parecía su hija.

-¡Eh, Emily! ¿Ha venido una amiga tuya a verte?-preguntó, mientras se acercaba a Sharon y le besaba las manos.- Es usted más hermosa que todas las flores que han pasado por delante de estos ancianos ojos.

Sharon sonrió. Aquel gentil piropo de un entrañable viejecito le había llegado a su enigmático corazón, mucho más que aquellos halagos que decenas de médicos le habían dicho al entrar.

-Muchas gracias.-dijo ella mientras Angus sostenía una de sus manos, la cuál había sido besada.

-Padre, por favor.-exclamó aquella mujer.- No moleste a estas señoras.

-Señorita, si no le importa.-respondió Sharon, airosa.

Angus se separó de Sharon con algo de dificultad y se acostó en su cama, ayudado por su hija. Esta, en cuanto se hubo acostado, cerró la cortina que nos separaba con rapidez.

Sharon se fue aproximadamente a las 7 menos cuarto, excusando que tenía cosas que hacer. Poco después, llegó Terry. En cuanto lo vi cruzar el umbral de la puerta, me puse eufórica. Le eché los brazos al cuello, perforadas por los goteros, y lo abracé fuertemente. Por poco me habría echado a llorar, pero parecía que me faltaban las fuerzas. Todas ellas estaban concentradas en mis extremidades, y en mis labios, los cuales recorrían sus mejillas repartiendo besos intermitentes, rápidos, breves pero intensos, como si fuesen los salvajes latidos de mi corazón. Lo único que pude hacer fue sollozar en su oído con los ojos secos como arenales. Me separé de él en cuanto la alegría desmesurada del primer momento se fue paliando.

-¿Cómo estás, reina?-me preguntó Terry, tan nervioso como yo, acariciándome el pelo.

-Bien. Pero no te puedes ni imaginar cuantísimo te eché de menos.

-Yo también te he echado de menos. Tenía tantas ganas de verte.

-Y yo.-tras una breve pausa, dije:- ¿Me trajiste lo que te pedí?

-Claro, no te lo iba a traer.

Dicho esto, rebuscó con una mano en el interior del bolsillo de su chaqueta. De él sacó mi más preciado objeto, aquel que me acompañó durante toda mi vida, aquel que enroscado en mis manos parece mitigar el dolor de mi espíritu: El rosario de perlas de sangre y fuego de mi abuela.

Terry lo depositó con cuidado en mis manos, como si se tratase de la más delicada alhaja. Lo sostuve con dos de mis dedos, dejando que el Cristo crucificado de metal danzase en el aire, como si estuviese ejecutando el baile más exquisito que podrían degustar mis ojos. Las perlas jugueteaban entre mis dedos, titilando como si fuesen pequeñas estrellas hijas de Arcturus. Aparté la vista un momento del rosario y miré a Terry a los ojos.

-Muchas gracias por traérmelo.-dije.

-¡Bah! No ha sido nada. Si todo se redujera a traerte un rosario…

Sonreí levemente. Los dos estábamos en el fondo demasiado tristes. Tristes por el miedo a perdernos mutuamente, por lo que pudiese pasar al cabo de 4 días, o por lo que pudiese pasar justo aquella noche. En el transcurso de mi enfermedad, nunca habíamos estado tan confusos como entonces.

-Terry,-dije.-me gustaría que llamases a Adrien y a mis hermanos para contarle todo esto. No pueden seguir desconociendo el problema.

-¿Qué quieres decir con todo?

-Diles lo que tengo y que estoy aquí. De tranquilizarlos y eso me encargo yo, que para algo son mi familia.

Poco tiempo estuvo Terry conmigo, pues le insistí mucho para que se fuera a casa a descansar y a cuidar de Amy. Pensé mucho en ella por la noche. En el pabellón en el que estaba ingresada no dejaban entrar a los niños, sobre todo porque había gente sometida a unos tratamientos enormemente fuertes que podían perjudicarles. Aún así, moriría por verla, aunque solo fuese un segundo, poder besarla en la frente, darle un abrazo tranquilizador, decirle que no me pasaría nada, aunque pudiese ser mentira. Poder estar con ella antes de que me metiesen en una gélida habitación de la que puede que no saliese.

A las 3 del día siguiente, mientras dormía una siesta, pues estaba agotada de pasarme la noche en vela, escuché unos gritos ininteligibles que procedían del pasillo. Solamente pude diferenciar una voz que me resultaba familiar. Era la voz de un hombre. “¡Quiero verla! ¡Dejadme!” chillaba. Permanecí con los ojos cerrados, escuchando atentamente lo que decían aquellas enigmáticas voces, planteándome la hipótesis de que todavía siguiese soñando. Descarté automáticamente esa opción cuando la puerta se abrió bruscamente y se cerró de un portazo. De un salto, abrí los ojos y me incorporé, con el corazón en un puño. Era Adrien, que había entrado en la habitación a verme fuera del horario de visitas. Estaba nervioso, sudaba aparatosamente. La puerta volvió a abrirse sin que me diese tiempo a reaccionar y entraron un par de enfermeros.

-¡Este no es el horario de visitas, ya te lo hemos dicho!-dijo uno de ellos.

Entonces comencé a comprenderlo todo. Terry había llamado a Adrien y este se había apresurado a venir, saltándose el horario de visitas. Yo, que todavía tenía los nervios de punta, me llevé una de mis manos al pecho en un acto involuntario y les dije a los enfermeros, con un tono bastante sereno:

-Déjenlo estar. Hora más, hora menos. Por favor, no lo obliguen a marcharse. No querrán montar otro espectáculo, ¿verdad?

Seguramente esta última frase fue la que los hizo callar e irse, dejándonos al fin a Adrien y a mí solos. En cuanto llegamos a esta situación le dije, con un tono de voz bastante alto:

-¡Adrien! La próxima vez no me asustes así, que aún me va a dar algo.

-No pretendía…-respondió él excusándose.- Es que me llamó Terry… y me dijo que…

-Me imagino lo que te dijo.-respondí seria.

Adrien, que permanecía de pie enfrente de la cama, se apretó los puños por la brutal colisión entre la impotencia y la rabia que se produjo en su interior. Entonces se dio cuenta de que lo que le había relatado Terry era verdad, que no le había mentido, como seguramente intentaba suponer para buscar consuelo. Mi semblante fue el que confirmó sus temores. Se acercó a mí, intentando contener las lágrimas.

-Mamá, ¿por qué no me lo contaste? Podría haberte ayudado.

-¿Cómo?-grité, a punto de echarme a llorar.

-Te apoyaría.

Nos quedamos un momento en silencio. Él me miraba; yo clavaba la vista en las impolutas sábanas de mi cama.

-Cuando me lo dijeron no pensé en eso. No me paré a pensar en el apoyo que necesitaba. Lo único que pretendía era no haceros sufrir, y lo he empeorado todo.

Una lágrima se deslizó por mi pálida mejilla. Lo necesitaba. Necesitaba llorar, sacar todo aquel cúmulo de tensión, todo aquel veneno, fuera de mí. Llorar delante de mi hijo me producía bastante vergüenza, él nunca me había visto llorar, pero ya no era capaz de aguantar más. Sentí que unos brazos me envolvían. Me dejé llevar. Seguí llorando. Le acaricié su cabello rizado con mis manos eternamente frías. Lo único que quería era arrancar de mi ser toda aquella tristeza.

-No quería hacerte daño.-sollocé.- Pero no sabía qué hacer, ni cómo decirlo. Perdóname.

-No tengo nada que perdonarte, mamá.

Al cabo de un rato me separé de él, con el rostro empapado de lágrimas. Temblorosa en sollozos me lo limpié con el dorso de la mano. Me había comportado de una manera bastante inadecuada; no debí llorar delante de Adrien, de mi hijo. Le preocupé todavía más. Retrocedí unos cuantos años, a cuando era una cría y lloraba abrazada a mi madre. Tornamos los papeles.

Después de haberme tranquilizado, estuvimos un par de horas hablando hasta que vino Terry. Él entró en la habitación acompañado por un aura de angustia y preocupación. En cuanto vio a Adrien pareció calmarse algo.

-Hola,-dijo, desde la puerta.

-Hola.-respondí. Adrien parecía que no se atrevía a hablar.

-¿Cómo estás, Emily?

-Bien. Muy contenta.-añadí, mirando hacia Adrien. Él se percató enseguida y me sonrió.

Terry fue a su lado y le posó una mano en el hombro, con una gran ternura.

-¿Qué tal te encuentras?-le preguntó.- ¿Quieres salir a tomar el aire? Te acompaño, si eso.

-No, estoy estupendamente.

-Tu madre es una mujer fuerte. Soportará eso y mucho más.-al decir esto, me guiñó un ojo. Me reí.

-Más no, por Dios.-dije.

Al cabo de un rato, opté por echar a Adrien de la habitación. Lo vi muy cansado. Me rompía el alma que siguiese allí.

-Cariño, necesitas irte a casa.

-Me quedo, mamá.

-No me hagas esto, Adri. Aún tienes que llegar al Campus, hacer la cena… Mañana será otro día, ¿de acuerdo?

-Pero…-quiso contradecirme.

-Yo la cuidaré. Vete tranquilo.-interrumpió Terry.

Adrien se rindió a nuestros argumentos y al agotamiento que estaba sintiendo. Me besó en una mejilla. Lo abracé. Quería sentirlo en mis brazos, como cuando era un niño, cuando lo adoptamos. Era una personita tan débil y tan inocente. Parecía que lo notabas al mirarlo a los ojos, al dejar que te agarrase de la mano, del cuello, con el propósito de sentirse seguro. Al soltarme, le dio una palmada en la espalda a Terry, a modo de despedida, y se fue resignado.

-¿Qué tal la tarde con Adrien?-preguntó Terry.

-Por una parte bien, porque tenía muchísimas ganas de verle, pero… Nunca pensé que podría hacerle tanto daño.

-Es normal que una noticia así haga daño.

-Ya, pero… No sé, quizás debería habérselo dicho antes.

-De los errores se aprende. No te preocupes más, mi reina, que ya has estado demasiado mal todo este tiempo.

-¿Has llamado a mis hermanas?

-Lo haré mañana, no creí conveniente que viniesen todos a la vez.

Estuvimos un momento en silencio. Comprendí sus razones. Si hoy tuviese que estar también con mis hermanas, escuchar sus llantos, sus gritos… Creo que me habría vuelto loca.

-¿Y la niña cómo está?-pregunté.

-Está bien, pero no deja de preguntarme cuándo volverás a casa.

Me llevé las manos a la cabeza. Estuve al borde de las lágrimas.

-No sé si podré soportarlo más, Terry. Todo esto es superior a mí.

Me abrazó, con una dulzura mayor de la habitual. No como a una amiga, sino como quien coge en brazos a un bebé que llora, o a un objeto tan sumamente delicado que sería fatal ejercer demasiado fuerza sobre él. No quise dejar que las lágrimas se escapasen, pero de lo más hondo de mis pulmones se escaparon unos lastimosos sollozos, que se introdujeron en su oído, provocándole un perceptible escalofrío. Él también estaba asustado.

De repente, la cortina que separaba las dos camas de la habitación se corrió. Terry giró la cabeza muy bruscamente. Yo simplemente la ladeé, sin separarla ni un solo momento de su hombro. Sabía que era Agnus, que quería algo de charla.

-Es muy puntual tu novio.-dijo, sonriendo.- Todos los días a la misma hora lo tienes aquí como un clavo.

-No es mi novio.-afirmé, luego añadí, al ver que Terry levantaba cómicamente una ceja.- A ver, Terry, este es Angus, mi compañero de habitación. Angus, este es mi amigo,-recalqué.- Terry.

Se dieron la mano. De un modo muy cortés, Terry pronunció un “encantado” en voz baja. Angus, lejos de seguir por la línea caballerosa y habitual de saludarse, le dijo, sin soltarle la mano:

-Deberías cortarte esas greñas, hijo, que generan mierda y pareces un hippie.

Él, en un acto inconsciente, miró sus propias rastas, pensando quizás, en si sería verdad eso de que acumulaban suciedad, o que parecía un hippie, algo que él no era ni nunca había sido. Yo me reí a carcajada limpia. La cara que ponía Terry, el absurdo comentario de Angus, desencadenaron en mí la más descabellada de las alegrías.

-¡Tú ríete aún por encima, tonta!-exclamó Terry, sonriendo también.

Se acercó a mi cama y me empujó suavemente, para bromear conmigo. Yo se lo devolví mientras me tapaba la cara con una mano. De repente, y sin poder preverlo, se convirtió en una lunática pelea de empujoncitos, como si fuésemos niños pequeños. De repente, le agarré las muñecas, y nuestros rostros se encontraron, se toparon súbitamente. Nuestros labios se encontraban tan cerca, que era inevitable que no se me pusiera la piel de gallina, al mirar inevitablemente en lo más hondo de aquellos ojos oscuros, que dejaban entrever unos reflejos ambarinos al empaparse con los últimos rayos de sol que entraban por la ventana.

-Si no me gustase, te las tendría cortado yo.-susurré.

Nos soltamos. El impulso era demasiado abrumador. Abrumador, promiscuo, lúbrico. El impulso de volver a cometer un acto tan carnal, placentero y a la vez descabellado, sin ni siquiera estar ebrios. Delante de Angus, delante del mundo. Sólo éramos amigos, eso sería contra-natura, pero sentir el suave calor que desprendían sus manos, sentir aquella proximidad palpable, inminente, latente, era algo que se escapaba de mi control.

Terry estuvo allí un rato más. Poco más, pues tenía que irse con Amy. Recuerdo lo que hablamos antes de irse.

-¿Ya te vas?-pregunté.

-O me voy o me echan. Van a ser las 8.

-Prométeme que volverás mañana.

-Vendré a verte todos los días que estés aquí, te lo dije.

-Odio este sitio, Terry.-sentencié.

-Y yo odio que estés aquí, sin poder sentir tus pataditas en la cama mientras duermes.

Levanté una ceja y sonreí.

-No doy pataditas mientras duermo.

-Bueno, a veces sí. No es la primera vez que me has arreado.-entonces, agregó:- Pero hasta eso echo de menos.

-Yo también te echo tanto de menos.

Antes de irse, al ver que estaba comenzando a entristecerme, Terry me besó en la frente, con mucha suavidad, dejando que sus labios ejerciesen una cálida y dulce presión contra mi frente. Yo le atenacé un brazo, por miedo a que me dejase. Después, se separó de mí. Permití que se fuera. Lo solté. Tenía que cuidar de Amy, tenía que hacer las tareas de la casa, tendía que irse a descansar, pues al día siguiente madrugaba. Lo comprendí, con gran dolor en mi interior. Cada vez me resultaba más duro que Terry se fuese a casa y me dejase allí, sola. En cuanto cerró la puerta, Angus me dijo:

-Es majo el chaval. Hacéis buena pareja, ¿sabes?

-No somos novios, repito.

-A ver, él te trata bien, te quiere…

-Es otro tipo de cariño, Angus. Nos conocemos desde hace años, es como si fuésemos hermanos, ¿comprendes?

-Ya me habría gustado ser tan atento con mi mujer, que en paz descanse.-dijo él, como si no me escuchase.- Si lo hubiese hecho, no se habría muerto.

Me daba algo de reparo formular aquella pregunta, pero la curiosidad era demasiado fuerte en mí.

-¿De qué murió su esposa?

Angus miró hacia la ventana, hacia el cielo, con ternura.

-Murió de tristeza, hija. Mi queridísima Anja murió de tristeza.-volvió a repetir, con amargura en la voz.

Seguía mirando al cielo, recordando. Quizás albergaba la esperanza de que ella lo estuviese mirando desde allí, alegrándose de que se diera cuenta de su error. Angus prosiguió:

-Pero yo no lo veía. Estaba ciego porque no le prestaba atención. Y Anja, mi Anja se moría. No me di cuenta hasta que fue demasiado tarde, como el estúpido que soy.-entonces, me miró.- Terry no cometerá ese error. Mientras él viva, no dejará que te mueras. Verás que es cierto lo que te digo, te vas a dar cuenta. Esas cosas se detectan. Los que nos equivocamos, lo detectamos.

-Anja…-repetí en un susurro casi imperceptible, como si estuviese invocándola.

Estuve dándole vueltas al tema toda la noche. Quizás yo también me moriría de tristeza. No de la tristeza a la que se refería Angus, sino a otro tipo de tristeza. Tristeza por tener miedo, por pasarme la vida de hospital en hospital, por el dolor, por haber perdido tanto tantas veces. Se suele decir que si Dios cierra una puerta, abre una ventana. A veces tengo creído que Él, además de cerrarme la puerta, me cierra la ventana en los morros justo antes de salir por ella. Para encontrar una felicidad relativa más que salir por una puerta o por una ventana, salía por el conducto de ventilación, o por el alcantarillado.

-Oye, Angus.-le dije, después de estar un rato en silencio.- ¿Aquella chica que vino a visitarte ayer, era tu hija?

-En efecto. Se llama Sirkka. ¿A que es preciosa? Sale a su madre.

-¿Cuántos años tiene? Parece joven.

-Eh... Tiene más o menos como tú, 20.

-¿Me echas 20 años? No me lo puedo creer.

-¿Y luego cuántos tienes?

-29.

Se quedó callado un instante.

-29 años como 29 soles. De verdad que aparentas mucho más joven.

-Créeme que no querría volver a tener 20 años ni que me pagasen.-murmuré.

Era cierto. No quería volver a sentir la frustración de no poder ir a la universidad y tener que casarme con Robert. Todo lo que me recuerda a Robert suscita en mí una rabia desorbitada. Lo único bueno que salió de él fueron nuestros hijos, y hasta eso me arrebató. Hacía tiempo que le deseaba la muerte, pero comprendí que el mayor sufrimiento para él en aquel momento era seguir vivo.

Angus pasó bastante mal aquella noche. Apenas me enteré de nada, pero el barullo que produjeron los médicos por dos veces me despertó. Parece ser que el dolor que sentía en el vientre se había multiplicado. Seguramente el simple recuerdo de su mujer lo había hecho empeorar. Tuvo fiebre, también, seguramente por la infección. Mientras dormía, pronunciaba unas palabras ininteligibles, pero que me recordaban mucho al nombre de Anja. Después, por puro agotamiento, me quedé profundamente dormida.

Me despertó una enfermera a la hora del desayuno. Es de destacar que en aquel hospital eran bastante estrictos con los horarios de las comidas y eso. La cortina que nos separaba a Angus y a mí estaba corrida. Él estaba acostado en la cama, con la cara ardiendo y una sonda en la mano. En la barriga tenía un tubo de drenaje que se entreveía debajo de las sábanas. Su hija, Sirkka, estaba allí a su lado. Se supone que al estar su padre tan enfermo, dejaron que se quedara con él.

-¿Cómo está?-le pregunté, sosteniendo la bandeja de la comida que estaba posada en mis piernas.

-Mal; lleva toda la noche mal. Con dolor, con mucha fiebre… Estoy muy preocupada, tengo miedo de que le pase algo. Aunque no sé por qué te digo esto, si no te conozco de nada.

-Soy la compañera de habitación de tu padre.

-No, si eso ya lo sé.

-Pues ya sabes mucho más que otra gente.

Sirkka giró la cabeza. Seguramente esperaba una respuesta que le esclareciese algo sobre mi identidad, pero como ya he dicho, intento no contar nada de mi vida a los desconocidos, a no ser la excepción que confirma la regla: Sharon.

-Escucha, Sirkka.-le dije, sin apartar la vista de la bandeja en la que yacían un huevo duro, bacon, tostadas y café.- No te agobies. Va a pasar lo que tenga que pasar, pongas como te pongas.

-¿Y qué quieres? ¿Qué permanezca insensible viendo como mi padre se muere?

-No he dicho eso. Sé que es imposible. Simplemente prepárate para lo que pueda pasar, y no dejes que él te vea mal en lo que pueda quedarle de vida.

Al decirle aquello, no apartó la vista de mí, sino que me miró fijamente, como si quisiera hablar más conmigo, contármelo todo, o como si esperase una respuesta a alguna pregunta que tendría preparada. Ignoro si mi respuesta inmediata la satisfizo, pero la formulé:

-Te lo digo por experiencia.

La verdad es que me estaba pasando algo parecido. Me estaba muriendo progresivamente y sin ni siquiera darme cuenta mientras no me operaba, y esa operación podría devolverme la vida perdida, acortármela, o quitármela simplemente. Ver a la gente llorar por mí, a mi hijo, a Terry, a Sharon, a quien fuese, me ponía todavía peor. Me sentía todavía peor. En cambio, con las bromas de Angus, y sobre todo, con las de Terry, pasaba todo lo contrario. Es extraño, cada vez que veía sonreír a Terry, que era algo bastante difícil de esperar acorde con la situación, pero en cambio pasaba bastantes veces, era como si ganara un minuto más de vida, como si mi corazón se animara a latir una vez más. Una sola vez, pues sabía perfectamente que aunque bromeáramos, el dolor seguía por dentro.

Al mediodía comí. Poco, muy poco, pero comí. A Angus ni siquiera le dejaron. Le proporcionaron todo lo que necesitaba a través de una sonda. Hasta no sé qué me daba tomar aquel bistec con patatas, a pesar de que sabía bastante bien. Llegada la tarde, en cuanto se abrió la veda del horario de visitas, mientras yo bisbiseaba mis rezos sosteniendo el rosario de la abuela muy, muy cerca del corazón, se abrió la puerta. Eran mis hermanas, no había duda. Ambas se quedaron unos segundos en la puerta, mirándome, cerciorándose de que era yo aquella que estaba en la cama. Liza, al momento, rompió a llorar desconsoladamente y se apresuró a acercarse a mí y abrazarme fuerte, escondiendo la cabeza en mi pecho, como cuando era pequeña. Le acaricié el pelo, un tanto aturdida.

-¡Emily! ¡No puede ser!-gritaba Liza entre sollozos.

-Liza, mi vida, no te preocupes.-dije, con una voz bastante tranquilizadora.- ¿No os comentó Terry que me iba a operar? Pues en cuanto lo haga, muera la historia.

-¡Podrías habérnoslo dicho tú!-dijo Lorelay, con rabia en la voz.

-Yo no podía. Tenía miedo de haceros daño, por eso no os lo dije antes.

-¡Habrase visto! ¡¿No ves cómo estamos ahora?! ¡Parece que siempre optas por contar todo en el ultimísimo minuto!

-Escucha, Lorelay.-respondí, con mucha solemnidad.- No puedes comprender la situación en la que me vi envuelta. Es muy jodida, hazme caso, no sé si te haces una idea. Pero mira, la única manera que tienes de saber exactamente cómo me sentí y qué me rondaba en la cabeza es a través de la experiencia. Y créeme que no se la deseo a nadie, a nadie, a nadie.-recalqué, mientras movía la cabeza ligeramente hacia los lados.

Lorelay se quedó callada. Creo que se arrepintió de decirme lo que me dijo después de oír mi rotundo argumento. Lo peor del asunto es que también lo había oído la pobre Liza, quien reforzó su llanto, sin separarse ni un solo milímetro de mi pecho. A veces, la sentía sollozar tan fuerte que parecía ahogarse.

-Liza, que no pasa nada. Ahora ya me encuentro mejor.-le decía. Nada, ni un gesto de alivio ni de tranquilidad, sólo lágrimas.

-¡Liza, joder, que llorona eres! ¡Estás siempre igual!-exclamó Lorelay.

Ella ni siquiera se atrevió a responderle. Yo miré a Lorelay con reproche. Supongo que había captado el mensaje o seguiría metiéndose con su hermana.

-¿Dónde están Thomas y la tita?-pregunté.

-¿Dónde van a estar?-respondió Lorelay.- En casa. La pobre tita agarró un disgusto que no te puedes ni imaginar cuando le conté lo que me dijo Terry. Thomas se quedó cuidando de ella, pero te manda saludos.

-Dales saludos de mi parte también a los dos. Y dile a la tita que por Dios no se preocupe, que yo me encuentro perfectamente y que me pondré bien en nada.

Al cabo de un rato, en el cual no mediamos palabra entre nosotras, y Liza ni siquiera se movía, Lorelay se levantó del sillón y dijo:

-Me voy un momento a tomar el aire. ¿Vienes, Liza?

-No.-respondió ella con una vocecilla diminuta y quebrada.- Me quedo aquí.

Dicho esto, Lorelay se fue. En cuanto lo hizo, Liza colocó la cabeza de modo en que uno de sus oídos seguía apoyado en mi pecho. Así podría hablar algo conmigo.

-Yo no entiendo por qué pasan estas cosas.-dijo Liza.- Por qué las personas caen enfermas así, de esta manera, y ni se dan cuenta. Yo sí que me imagino cómo te sentiste, ¿sabes? No como “esa”.

-Mujer, no le llames “esa” a tu propia hermana.

-No le voy a llamar. No hace más que insultarme. Es una hija de puta.

-¡Eh! Más cuidado, que si ella es una hija de puta, tú y yo también lo somos, que nos parió la misma madre.

-Tú eres distinta. Tú siempre me protegiste, me defendiste, me consolaste. Me gusta estar contigo, tú me comprendes. Y no me llamas “llorona”.

Nos quedamos un instante en silencio.

-No tienes que avergonzarte por llorar, Liza, por mucho que te digan. Yo también lloré cuando me enteré. Lloré durante toda la tarde, muchísimo. Amy también lloró cuando se lo conté.

-¿Se lo contaste a la niña?-interrumpió Liza.- Criatura…

-Tenía que hacerlo. Quería hacerlo. Terry y ella son las personas que viven conmigo día a día, tenían derecho a saberlo antes que nadie, ¿comprendes?

-Sí.

-Fíjate,-proseguí, retomando el tema.- que hasta Terry rompió a llorar cuando se lo conté.

Liza giró la cabeza bruscamente para mirarme, sin separarla de mi pecho.

-¿Hablas en serio?

-Y tan en serio. Se sintió muy impotente, Liza. Sabes que él nunca permitió que me pasase nada malo.

-Nunca lo vi llorar. Qué palo, ¿no?

-Que va. A ti te puede resultar extraña la idea, pero es que apenas lo conoces. Sabía que se disgustaría.

-¿Y qué hiciste?

-¿Qué iba a hacer? Romper a llorar como una boba yo también.

Ella bajó la cabeza. Seguramente se estaba imaginando la escena. Solamente recordarlo a mí me producía un dolor inimaginable.

Estuvieron un rato más allí y se fueron. Estuve una hora viendo la televisión y mirando el reloj, ansiosa. No llegaba la hora en la que venía Terry a verme. Angus estaba al lado, con la cortina corrida para que no lo viese, bajo la atenta mirada de Sirkka. Llegué a temer algo por él. Era como si el recuerdo de su esposa desencadenase en él un agravamiento desmesurado de la enfermedad. En medio de mis pensamientos, apareció Terry, cruzando la puerta, todavía con la mochila donde llevaba la ropa de trabajo al hombro. Se apresuró en venir a mi lado y abrazarme.

-Lo siento, es que tuve que quedarme un rato más. Ya ves que vengo sin aire y…

Posé una mano en sus labios para interrumpirlo. Pude sentir entonces las cosquillas que me hacía en ella cuando respiraba por la nariz.

-¿Te pedí explicaciones, acaso?-dije, sonriendo.- Recupérate y luego ya me dirás lo que quieras.

Entonces le aparté la mano. Por consiguiente, él volvió a retomar su agitada respiración y se sentó en el sofá que había al lado de la cama.

-¿No sabes lo que son los coches o que?-bromeé.

-Vine en coche.-recalcó.- Pero igual estuve bastante apurado para poder verte.

-Para poder verme…-repetí, y al hacerlo se me aceleró el corazón.

-Claro. Lo peor es que no voy a poder estar mucho a tu lado.

-Aunque sólo estés un minuto. Lo único que quiero es verte.

Creo que Terry también se sintió halagado cuando le dije aquello. Vi que se ruborizaba un poco, pero intentó disimular cambiando de tema.

-Y bien, ¿cómo estás, mi reina?

-Un poco nerviosa ya, pero bien.

Era normal que estuviese nerviosa, pasado mañana me operarían. No podía evitar pensar en el destino que correría, en todas las variables posibles para llegar a una desagradable y desalentadora verdad: sobrevivir o morir.

-No tienes por qué estar nerviosa, Emily. Todo saldrá bien. Siempre has tenido mucha suerte.

-¡Ja!-reí irónicamente.- ¿Desde cuando?

-Por lo menos desde que estás conmigo.

-Tener cáncer no es tener suerte.-afirmé. Llevaba tiempo sin pronunciar esa palabra, y cuando lo hice, se me erizó la piel.

-Tener una hija es tener suerte. Tener un apoyo incondicional de bastante gente es tener mucha suerte. Hacer amigos en cada rinconcito por el que pasas, también es tener suerte. Tener una familia que te quiere es tener suerte. ¿Te parece poco?

-La mayor suerte que tengo-dije, cogiéndolo de la mano.-es tenerte a ti.

-Emily, por Dios, no digas eso.-dijo Terry, escondiendo la cara.

-Un amigo como tú no lo tiene cualquiera.

-Ni falta que hace. Nadie querría.

-Si no quieren es que son igual de gilipollas que tú.

Después de decir esto, me reí a carcajadas. Terry me golpeó un hombro.

-Hablando de todo un poco,-dijo- ¿dónde está Angus?

Bajé la cabeza.

-¡Oh!, Angus está en la cama. Se encontró muy mal esta noche.

-¿Por? ¿Qué le pasó?-lo noté algo preocupado.

-No lo sé demasiado bien. Creo que empeoró la cosa y…

-Ya entiendo. Cuando puedas dile de mi parte que se mejore.

-Descuida. Por cierto, ¿cómo está Amy?

-¿Cómo va a estar? Preciosa, como siempre. Hoy me estuvo recitando el abecedario, que se lo enseñaron en clase.

-¿Sí? Debe estar toda emocionada la pobre.

-Tenías que verla. Estaba que no cabía en sí de gozo.

-Eso es lo que quiero, Terry.-murmuré.- Verla.

-Ya pronto podrás hacerlo. Ten un poco de paciencia.

-¿Y si no llego a volverla a ver?

-No pienses en eso, mi reina. Intenta pensar positivamente.

Positivamente. Tendría que ver positivamente mi futuro incierto. ¿Pero cómo? ¿Vendándome los ojos y haciendo como si nada estuviese pasando? Desde fuera parece muy fácil ver todo con optimismo, pero si ya es difícil estando en contacto con el mundo exterior, todavía es más difícil en contacto directo con la enfermedad, en un ambiente como aquel. Terry no tardó demasiado en marcharse. En marcharse muy a su pesar y volver a dejarme sola una vez más.

Al cabo de un rato, vi que la hija de Angus se marchaba de la habitación. Intuí que iría a tomar el aire o al servicio. En cuanto ella cerró la puerta, la cortina que separaba ambas camas se abrió. Él la había abierto.

-Emily. ¿Qué tal estás, bonita? No te he visto nada en todo el día.

Angus estaba tumbado en la cama, conectado a mil y un aparatos y con un aspecto muy desgastado. Aún así, se le iluminó la cara al verme.

-Yo estoy bien, un poco nerviosa. ¿Y tú?

-Bueno, he tenido tiempos mejores. Pero, ¿por qué andas nerviosa?

-Pasado mañana me operan. Tengo miedo de lo que pueda pasar.

Bajé la mirada. Se hizo el silencio. Miré de reojo a Angus. Vi como una lágrima se deslizaba por su rostro, recorriendo las marcas que el tiempo había dejado en él. Comencé a sentirme culpable de su angustia. Entonces, dijo algo que se me quedó grabado para siempre:

-El día que tú mueras todas las palomas dejarán de volar.

Creo que palidecí cuando lo oí. No comprendí qué relación me encontró con las palomas, desde el primer momento en el que me vio, sin ni siquiera saber mi historia, o ver el tatuaje que tenía en la espalda. Encontró un vínculo que nos unía a aquellas aves y a mí, un vínculo tan fuerte que si me moría, ellas estarían para siempre en periodo de duelo. Las palomas, esos animales leves, inocentes, libres. Desde pequeña habían despertado fascinación en mí. Un magnetismo lo suficientemente fuerte como para perdurar en el tiempo.

Tardé en quedarme dormida. Estuve despierta por lo menos un par de horas, dándole vueltas a la cabeza, con la vista fijada en la cortina cerrada. Oía hablar a Sirkka y a su padre en un idioma que yo desconocía, probablemente finlandés. No me importaba entender lo que decían, me hacía una idea, y el hipotético contenido de sus palabras me aterraba.

Me dormí. No sé por cuánto tiempo. Fue un sueño muy leve. Era como si sólo hubiese cerrado los ojos. El sueño profundo que acostumbraba a tener no me invadía aquella vez. En la habitación reinaba el silencio absoluto, sólo interrumpido por los pitidos que emanaban de una máquina a la que estaba conectado Angus. El sonido era bastante enervante, pero a la vez lograba tranquilizarme. Entraba punzante en mis oídos, y salía convertido en un foco de serenidad. Me mantuve escuchando atentamente. Uno…tras otro… tras otro… tras otro… tras otro…

De repente, sonó uno. Uno que en lugar de ser intermitente como los otros, parecía no dejar nunca de sonar. Era un sonido estridente, como si fuese un chillido de angustia, un lastimoso alarido de dolor. Abrí los ojos automáticamente y comencé a comprenderlo todo. Escondido entre aquel pitido se encontraba el llanto de horror y de incertidumbre de una mujer. Gritaba palabras casi ininteligibles, pero con toda la fuerza que su garganta le pudo proporcionar. Un médico entró en la sala corriendo. Escuché sus pasos acelerados sin moverme de la cama. Me mantuve acostada, como si siguiese dormida. Escuché sonidos, demasiados para poder procesarlos todos. Gritos autoritarios. Sollozos. Pitido. Más pasos. “¡Vamos! ¡¡Vamos!!”… Después, todo eso cesó. Todo, menos aquel pitido. Pude escuchar un “¡mierda!” escondido en un suspiro. Supe que había acabado. Solamente levanté la cabeza para llegar a observar el cuerpo de Angus tapado por una sábana de pies a cabeza como si fuese un fantasma.

Me quedé sola en la habitación. Sola y asustada. Me operarían dentro de poco, así que no pude evitar pensar si correría la misma suerte. Sabía que ir nerviosa a la sala de operaciones lo único que haría sería empeorar las cosas, por no decir que me podría dar una crisis de ansiedad como otras veces. Soñé, soñé sin dormir. Soñé con encontrarme allí acostada en aquella cama fría, completamente desnuda, sólo cubierta por una manta blanca hasta la cintura. Mi madre estaba allí. No físicamente, pero su espíritu guiaba la mano del cirujano que tendrá que cortarme, con el fin de no hacerme daño, de no producir dolor alguno, de apaciguar el desbordamiento de la sangre por la herida. Y mi abuela, ella estaba rezando en una esquina, encomendando mi cuerpo, mi alma, la totalidad de mi ser a Dios Todopoderoso. Angus, para mi sorpresa, apareció también en mi sueño. Se sentó a mi lado, agarrándome una mano, una mano prácticamente inerte. Acercó sus labios fríos a mi oído y pronunció unas palabras, que lograron calmarme completamente:

-El día que tú mueras, las palomas dejarán de volar. Emily, tú nunca, nunca morirás.

domingo, 8 de noviembre de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XXI- Alguien como él


Are you the one?[1]

Who'd share this life with me

Who'd dive into the sea with me


Are you the one?

Who's had enough of pain

And doesn't wish to feel the shame, anymore

Are you the one?

Are you the one?-Sharon Den Adel ft. Timo Tolkki


En cuanto le comuniqué al oncólogo mi decisión, se apresuró en ingresarme en el hospital. Aquel día pasé bastante miedo. Me hicieron bastantes pruebas, y ni siquiera dejaron que Terry viniese a verme dentro del horario de visitas. Lo eché de menos. Tanto, que recuerdos que habían echado raíces en mi subconsciente, volvieron a aflorar, con el fin, quizás, de paliar mi soledad.

Recuerdo cuando conocía a Terry. Tenía 17 años; él, 18. Íbamos en la misma clase, y ambos intentábamos sacar el “Leaving Certificate” para poder acceder a la universidad. Nunca nos habíamos fijado uno en el otro. Sentíamos mutuamente que el otro era un alumno más, un afortunado que seguramente llevaría una vida menos sacrificada que la nuestra. Menos un día que, por una casualidad, nos dimos cuenta de todo.

Si Terry no hubiese llegado tarde aquel día, nada habría sucedido. Habían pasado 15 minutos desde que sonó la campana y el profesor, un hombre serio, alto, que tenía la ridícula costumbre de llevar las gafas en la punta de la nariz como si fuese un intelectual, había pronunciado por lo menos un par de veces el nombre “Terence Grives”, sin que nadie contestara. De repente, antes de darle tiempo a llamar a algún otro alumno, la puerta se abrió bruscamente. Todos nos dimos la vuelta. Allí estaba Terry, empapado en sudor, jadeando, sosteniendo la puerta con una mano. Tenía un corte sangrante y enorme en una mejilla.

-Grives, llega usted tarde.-dijo el profesor.

-Lo siento.-respondió Terry, con la voz entrecortada.- Me he quedado dormido.

Ninguno de nosotros éramos capaces de resistirnos a no mirarlo de arriba abajo. Ya tenía rastas en el pelo, pero lo tenía bastante más corto. Y creo que sobra decir que la ropa también era completamente distinta. Iba a cerrar la puerta, cuando el profesor exclamó:

-¡Un momentito, Grives!

Terry giró la cabeza bruscamente, con el fin de mirarle de una manera fría y casi amenazante.

-Debe ir a secretaría y coger un justificante de falta. Que yo el retraso del parte no se lo voy a quitar.

Resignado, Terry se dio la vuelta y se marchó, descargando buena parte de su angustia en un portazo. Pasados un par de minutos de aquello, levanté la mano para que el profesor me prestase atención.

-¿Qué quiere, Gray?

-¿Puedo ir al baño?

Realmente no tenía ganas de ir, simplemente quería cruzarme con Terry en el pasillo, poder hablar con él. Era una necesidad que me pedía mi cabeza.

-Acaba de venir de casa, ¿no pudo ir al servicio allí?

-¡Uy! Me olvidé.

Toda la clase se rió a carcajadas. El profesor me miró encolerizado.

-Está bien, vaya. Pero vuelva pronto.

Me fui. Cerré la puerta, al contrario que Terry, con mucho cuidado, con el fin de no entorpecer todavía más la clase. Mientras avanzaba por el pasillo, miraba instintivamente a la derecha y a la izquierda a ver si lo veía. Encontrármelo fue más fácil de lo que me esperaba. Estaba sentado en la escalera, con los codos apoyados en las piernas, sosteniendo la cabeza con ambas manos. Adiviné que se había pasado la orden del profesor por el forro. Me acerqué a él, quizás con un poco de miedo por su reacción, pero con mucha, muchísima curiosidad.

-¡Hey!-exclamé, para captar su atención.

Giró la cabeza sobresaltado, seguramente pensaba que era alguna profesora. Al ver que era yo, no me dijo ni una palabra.

-¿Puedo sentarme?-pregunté, señalando las escaleras.

-Este es un país libre.-respondió, sin siquiera mirarme.

Lo hice. Me puse a su lado. Mis ojos no tardaron en posarse en su herida. Parecía reciente, seguramente se la habrían hecho ese mismo día, y le empapaba la cara y la ropa de sangre. Acerqué, inconscientemente, mi mano a la mejilla que tenía la susodicha llaga.

-Estás sangrando.

Pude tocarle con la punta de los dedos cerca de allí. La zona estaba palpitante todavía, y la sangre brotaba ardiente. En cuanto los sintió, me apartó el brazo bruscamente.

-Tranquilo.-le dije, un poco asustada.- No voy a hacerte daño.

Metí la mano en el bolsillo. Terry me miró de reojo. Saqué un paquete de pañuelos de papel. Cogí uno y lo acerqué a su rostro. Él retrocedió.

-¡Vamos! Sólo quiero limpiártela.

Al decir esto, logré que Terry se me acercase un poco. Deslicé el pañuelo por su mejilla muy despacio, con el fin de no causarle dolor. A pesar de que limpié con especial hincapié la herida, para que no se infectase, no escuché ni una palabra de queja. Sólo una respiración fuerte.

-¿Ves cómo no es nada?-dije, sonriendo.- Si te digo que no te voy a hacer daño es porque no te voy a hacer daño.

Me miró. Sonrió levemente. Era una sonrisa casi imperceptible, pero que supe ver perfectamente. Y había gratitud en ella. Cuando ya no tenía sangre en la cara, le entregué el pañuelo.

-Apóyalo en la mejilla. Te seguirá sangrando un rato.

Terry obedeció. Volví a examinarlo, con semblante serio. Noté en él una ira amordazada, pero a la vez un miedo intenso, una angustia que intentaba controlar. Opté por hacerle aquella pregunta.

-¿Quién te hizo eso?

-¿Debería importarte?-dijo, con recelo.

-Pues sí. ¿Sabes qué? Me lo jugaré todo a una carta y diré que fue tu padre.

Terry me miró con sorpresa.

-¿Cómo coño lo sabes?-preguntó.

El corazón se me aceleró. En ese momento se confirmó una sospecha sin fundamento que se me había pasado por la cabeza por casualidad.

-Supongo que se nos nota en la mirada, ¿no crees?

-A… ¿A ti también…?-preguntó, con voz trémula e incrédula.

Asentí, con bastante serenidad. Me di cuenta de que el profesor tendría que esperar un buen rato por nosotros. Terry dejó de mirarme y sonrió.

-Debería estar prohibido pegarle a las chicas bonitas.-dijo.

Me estaba lanzando una indirecta. Me sonrojé como una boba.

-Bo… ¿Bonita? ¿Yo?

-Tía, claro. ¿Alguien te ha dicho que no? Porque si es así, le parto la cabeza al cabrón que se la haya ocurrido soltar una trola como esa.

Me aparté un mechón de pelo para detrás de la oreja. Me puse roja como una manzana. O roja como la sangre que teñía el pañuelito blanco y que lo rompía por algunos sitios. Terry se percató enseguida y optó por contármelo.

-¿Sabes cómo me hizo esto el muy cabrón? Con una botella de ginebra rota. ¿Te parece normal? Si se le hubiese cruzado un cable, habría sido capaz de estampármela en la cabeza.-tras una breve pausa, añadió.- A ti no te hará así, ¿no? Porque si no le vuelo los sesos.

-No… Gracias a Dios, por ahora no. La verdad es que le pega a mi madre a menudo, y si intento entrometerme o algo, que es algo que pasa muchas veces, comienza a arrearme y no me suelta hasta que se cansa.

Me miró. Y yo lo miré a él. Había una fuertísima empatía entre ambos.

-¿Tu padre te pega cuando se emborracha?-le pregunté.

-No siempre. Si me pegase una hostia por cada botella de alcohol que se bebe, estaría muerto.-puso especial énfasis en esta última palabra.

-¿Y tu madre? La mía es el único apoyo que tengo.

Se quedó callado un instante.

-La mía murió cuando era un crío.

-¡Oh! ¡Lo siento, de veras! ¡Mi más sentido pésame!

-No te lamentes. Ya hace que lo tengo asumido.

-¿La mató él?-pregunté, con un poco de reparo.

-No. Murió de una enfermedad. No sé cómo fue, ni qué era. Mi padre la encerró en una habitación y no me dejaba ir a verla. La última vez que la vi estaba en la cama, toda rodeada de médicos, retorciéndose como una puta culebra. Aquella misma noche, murió. Vino mi padre a mi cuarto en medio de la noche y me dijo: “Tu madre la ha palmado”. Así, sin darme más explicaciones.

Eso era lo único que sé de la muerte de la madre de Terry, y seguramente él no sabía nada más. Lo noté un poco decaído.

-Era buena contigo, ¿verdad?

Tras una breve pausa, me contestó:

-No era mala.

Es lo poco que me contó de ella. Entonces comprendí el por qué de su carácter. Era simplemente un mecanismo de autodefensa. No quería que nadie más le hiciese daño. En cuanto se dio cuenta de que los dos navegábamos en el mismo barco, supo que no se lo haría.

-¿Tienes hermanos?-le pregunté.

-No, soy hijo único. ¡Ja! Y eso que dicen que los hijos únicos somos unos mimados. Casi lo prefería, antes que esto. ¿Y tú tienes?

-Sí. Tengo 6 hermanos. Bueno… dos de ellas están muertas. Una falleció al nacer, y otra a los 4 años.

-¿Tan pequeña?

-Ahá, se cayó de un árbol. Tenía yo 6 años cuando ocurrió y aún parece que fue…-interrumpí la frase, pues mi voz comenzaba a entrecortarse.- Yo sí que no lo he asumido.

-El duelo acaba desapareciendo. Todo se olvida, todo es pasajero.

-Es que no quiero olvidarla.

-No la olvidarás. Dentro de unos años hablarás de ella con ternura, no con angustia. Eso es lo que se pierde.

Lo miré. Una lágrima resbaló por mi mejilla, aún así, miré a Terry con muchísima dulzura.

-Sé lo que vas a preguntarme.-dijo.- y la respuesta es que una madre y una hermana pequeña son cosas distintas. TU hermana y MI madre son personas demasiado distintas como para que compartamos el mismo sentimiento por ellas. Confío en que entiendas mi respuesta.

-Más de lo que desearías.

Nos quedamos en silencio un instante. Creímos conveniente no añadir nada al asunto, estaba todo lo suficientemente claro.

-Por cierto,-dijo Terry.- ¿cómo decías que te llamabas?

-Er... Emily. Emily Gray.

-¿Grey?

-No, no,-respondí riéndome.- Gray. Ge, erre, a, y griega-deletreé.- Y tú eras... ¿Grives...?

-Terry. Te, e, erre, erre, y griega. ¿Hace falta que lo deletree?

-No.-dije, riéndome a carcajadas.- Conozco el nombre lo suficiente. No me he olvidado.

Quizás puede sonar ridículo, pero la compenetración entre ambos era palpable. Yo la sentía, cada vez que lo miraba, que él me miraba con aquellos ojos. Los más bonitos que había visto hasta entonces.

-¿Quieres que vayamos ya a clase?-preguntó él.

-No. Quedémonos un rato más. No creo que el viejo del señor Miriello note nuestra ausencia.

Sonrió, lo vi clarísimamente. Y fue entonces cuando me di cuenta de lo mucho que me gustaba verlo sonreír. Había tanta sinceridad en aquella sonrisa, tanto cariño en su mirada, tanta comprensión en sus palabras. Sólo habíamos estado hablando unos minutos y era como si nos conociésemos desde siempre.

Pero no todo fueron alegrías. Tenía muchos problemas; algunos que conocía, muchos que no. En mi casa éramos 4 hermanos para apoyarnos los unos a los otros, pero él no tenía a nadie. Quizás a mí, pero, ¿de qué le servía? No podía estar con él todo el día, no podía animarle en momentos de bajón, fuera del ámbito escolar, pues mi padre se enfurecía si me veía con chicos, aunque solo fuésemos amigos. Podía haberme llamado, podía haber hablado con él y tranquilizarlo, pero fue lo suficientemente impulsivo como para hacerlo. No lo creía capaz de hacer algo así, nunca lo creería capaz de llevar a cabo un acto semejante. La tristeza, la angustia, nublan el juicio mucho más de lo que desearíamos. Son ellas las que nos proporcionan ese impulso, esa ira ciega en un afán de destrozar a la vida tal como ella nos destrozó a nosotros. Tuve que enterarme por su primo, por un snob pijo que venía en la clase de al lado. La verdad es que cuando lo vi entrar por la puerta de nuestra clase, no me creía que fuese pariente de Terry. Ni siquiera que pudiesen tener algún tipo de relación.

-Perdonad,-dijo.- estoy buscando a una tal Emily. Emily Gray o Grey o algo así.

-Soy yo.-dije, extrañada.- ¿Qué quieres?

-A ver, soy primo de Terry. De Terry Grives, sabes quién es, me imagino, ¿no? Le he oído hablar de ti muchas veces con sus amigos, así que quería avisarte de una cosa. Bueno, avisarte y conocerte, que ardía de curiosidad. Pero bueno, a lo que iba, mira, es que esta noche… lo encontramos en el suelo de su habitación. Se cortó las venas con una navaja.

Se me detuvo el corazón por un instante. No podía seguir latiendo con la incertidumbre de si él estaba vivo o no.

-¿¡Cómo está!?-grité.- ¡Dime que está bien!

-Claro que sí, tontina. El chico es duro como una piedra. Menos mal que yo me había quedado a dormir en su casa y llamé a urgencias, que si no. Criando malvas, así de claro te lo digo. Bueno, por si quieres ir a verlo, está en el hospital St. Holy Joseph, uno de estos de seguros baratos, ya me entiendes, ¿no? Con lo que me gustaría que mi primo estuviese en un hospital como Dios manda, como el mío, el Zúrich Center Hospital, pero claro, una personita… como decirlo… pobre no se lo puede permitir. Lo que es la vida, ¿no?

Opté por no oír sus comentarios estúpidos. Estaba demasiado preocupada por Terry como para darle importancia a algo así. Fui por la tarde, poco después de comer. Cogí un autobús, obviamente, pues mi padre no me llevaría, ni yo tampoco querría que me llevase. Esa fue la primera vez en la que entré en un hospital. Había ido al materno a ver nacer a mis hermanos, pero no es lo mismo. No es el mismo ambiente. Me angustiaba, me sofocaba, me daba hasta miedo. Y lo que me limité a hacer fue aferrarme a la bolsita de caramelos que llevaba en las manos para regalársela a él.

La puerta de la habitación 197 estaba entreabierta. Seguramente alguna enfermera se habría olvidado de cerrarla. Entré silenciosamente. Temí que estuviese durmiendo y que fuera a despertarlo. Temía su reacción al verme, que quizás no era como yo esperaba. Estaba en la cama, sentado, mirando hacia la ventana. Estaba abierta, y la cálida brisa primaveral entraba por la ventana. Aún así, tenía las manos congeladas. Nunca las tuve calientes, nunca; mis manos permanecían frías pasase lo que pasase, y mi cuerpo nunca encontraba aquel calor que tanto ansiaba. Mi madre se preocupaba, llegué a pensar si tendría algún problema circulatorio, pero la verdad es que nunca lo miré. No me importó. Me acostumbré a tenerlas así. Terry bromeaba muchas veces con llevarme a las Bahamas para ver si con un clima más tropical entrarían en calor. Quizás sí, quién sabe. Pero cuando llevas años teniendo esa sensación, parece que te da nostalgia desprenderte de ella.

Me acerqué a él despacio. A pesar de llevar botas con tacones, mis pasos eran lo suficientemente suaves y ligeros como para que no produjeran apenas ruido. Le toqué en un hombro, para intentar llamar su atención. Se dio la vuelta sobresaltado. En cuanto me vio, por la cara que puso, intuyo que no esperaba mi visita.

-¿Emily? ¿C…Cómo sabes que estaba aquí?

-Me lo contó tu primo.

-Esa mierda de pijo no se podía estar callado. ¿Qué pasa? ¿Qué tengo que graparle la boca?

-Si quieres me voy.-dije, un poco asustada por su reacción.

-No lo digo por ti, Emily. Lo que pasa es que ahora todo el puto instituto va a estar al tanto, y eso es lo que me revienta.

Nos callamos un instante. Estábamos un poco nerviosos ambos, y eso que llevábamos varios meses siendo amigos, hablando fluidamente entre nosotros, incluso contándonos algunos secretos, pero era como si nos quedásemos de repente sin habla, como su en nuestras gargantas se formasen unos molestos nudos que nos impidiesen articular ninguna palabra. Me decidí al final a hablar, a preguntárselo:

-¿Cómo estás?

-Bien. ¿Quieres verla?

Hablaba como si fuese algo banal, como si no le importase lo más mínimo estar a punto de perder la vida. Asentí. No debía hacerlo, pero un impulso curioso me hizo aceptar. En su mano izquierda tenía una venda, la cual se despegó un poco, lo suficiente como para que la herida quedase completamente visible y desprotegida. Atravesaba las venas de su muñeca, en posición horizontal. Era honda, y todavía rezumaba algo de sangre. Me estremecí al imaginarme con qué frialdad y decisión se automutiló, con cuanta ira se lo clavó hondo. No pude evitar acercarle mis dedos fisgones; tocarla, con suavidad, para no hacerle daño; sentir cómo todavía palpitaba. Lo miré a los ojos, y fui capaz de decirle:

-¿Por qué lo hiciste?

-Porque ya no puedo más, Emily. Estoy harto de todo.

Las lágrimas golpeaban contra mis ojitos tristes e inocentes. Las reprimí, todavía no tenía tanta confianza con él como para llorar en su presencia. Comprendí cómo se sentía. Yo misma me sentí así muchísimas veces, aunque todavía no comprendí el concepto de suicidio en todo su esplendor hasta que no lo sufrí en mis propias carnes. Aún así, alcancé a comprender que suicidarse era morir, y lo último que quería era perder a Terry.

-Si piensas que no le importas a nadie-dije, en un hilo de voz.- estás muy equivocado.

-Quizás la que estés equivocada seas tú por preocuparte por alguien como yo.

Alguien como él, ¿a qué se refería? ¿A alguien que era maltratado? Yo también lo era. ¿A alguien cabreado con el mundo? Como todos. ¿A alguien misterioso, frío, enigmático? Creo, sin miedo a equivocarme, que eso era lo que más me atraía de él.

-Los dos estamos en el mismo barco.-le respondí, con serenidad.- Ni tú eres más que yo, ni yo soy más que tú. Y hasta que no te lo meta en la cabeza, voy a insistir hasta la saciedad.

Terry sonrió levemente. Después hablamos. No recuerdo de qué, pero hablamos muchísimo, y comimos entre los dos los caramelos. A él no le dejaban comer nada que no le diese allí, pero al estar solos, aprovechó la ocasión. Me fui de allí al cabo de una o dos horas, cuando una enfermera me echó de allí. Le prometí que volvería a verle, pero al día siguiente, estando aún débil, su padre se empeñó en sacarlo del hospital.

Su padre, Bill. Cada vez que me acuerdo de él, un escalofrío recorre mi columna, como si fuese una serpiente. Solamente lo vi una vez, no quise volver a saber de él. Esa vez la recuerdo con total nitidez.

Terry y yo teníamos que hacer un trabajo juntos. Como en mi casa estaba el problema de mi padre nos fuimos a la suya, pues Bill no estaba. Seguramente se encontraría en alguna taberna, empinando el codo, bebiendo para olvidar, o quizás para recordar algo.

Su casa estaba un poco desordenada, y no tenía la mejor decoración del mundo. Algunas paredes estaban medio rotas, y las ventanas, con los cristales rajados. Por el suelo del salón había bastantes botellas tiradas y rotas. Terry evitó llevarme allí, es más, evito enseñarme la casa. Simplemente nos dignamos a seguir recto el pasillo hasta su habitación. Esta sí que estaba mejor ordenada. No era mucho de mi gusto, la verdad, pero se respiraba bastante armonía.

Me senté en la silla que había frente a su escritorio. En cuanto él vio que no había más que esa, fue a la cocina a coger otra. Posé mi carpeta sobre la mesa y dejé mi chaqueta de cuero negro encima de la cama. Enfrente del escritorio había una ventana, la cual me quedé mirando mientras él no volvía. El barrio en el que vivía Terry no era el mejor, desde luego. Su paisaje era desolador, álgido, decadente, como un alma atormentada, como una lágrima, como el desconsuelo permanente de un corazón que desea dejar al fin de latir. Me resultaba un poco incómodo estar allí. Hacía quizás unas semanas que conocía a Terry, y me parecía bastante insólito haber acudido ya a su casa, a aquel lugar extraño.

Sin que pudiese percatarme, él entró en la habitación y dejó su silla al lado de la mía. Yo permanecía mirando por la ventana, algo turbada, pero con muchísima curiosidad. Terry, que era igual de curioso que yo, cogió mi carpeta y la abrió. Entonces sí que supe que estaba allí.

-A ver qué escondes por aquí…-dijo.

-Terry, deja mi carpeta.-conminé, intentando cogérsela.

Acabó abriéndola, descubriendo todo lo que había en su interior: bocetos. Folios en blanco y miles de bocetos. De mi antigua y añorada casa, de su jardín paradisíaco, de mis hermanas, de los edificios que coronaban la ciudad… Terry se quedó con la boca abierta. Yo me sonrojé como una boba.

-¿Dibujos?-preguntó, sin apartar la vista de ellos.- ¿Tú dibujas?

-Hombre, es evidente, ¿no?-respondí.- ¡Venga! Di que son una mierda y pongámonos a trabajar.

Pensé que eso sería lo que diría. La gente era muy cruel, y muchas veces me decían que eran malos para desmoralizarme y que no volviese a hacerlos. Es más, una vez una chica envidiosa de mi clase me rompió uno mientras yo estaba en el baño, a la hora del recreo. Podría habérselo enseñado a algún profesor de dibujo, y seguramente me dirían que eran estupendos, pero era demasiado vergonzosa. Lo único que tenía para sustentar mis deseos de ser pintora era mi propia ilusión. Aunque la valoración de Terry fue bastante distinta:

-Son buenos.

-¿Qué?-pregunté exaltada. Hacía tiempo que nadie me decía eso.

-Son jodidamente buenos.-repitió.- Las formas, el realismo, el sentimiento… Puede que sea un negado, pero sé reconocer una buena pintura cuando la veo.

-Sabes mentir muy bien, pero dime la verdad.

-Joder, te la estoy diciendo. Dibujas de puta madre. Deberías dedicarte a eso cuando seas mayor.

-Es lo que pretendo. Si puedo, me gustaría ir a la universidad a estudiar Artes Gráficas.

-Yo también quiero ir a la universidad, hacer Ingeniería.

Tras una breve pausa, él añadió:

-Tienes que retratarme un día de estos… O hacerme un autorretrato tuyo, para acordarme de ti cuando estemos en la universidad.

-Ok, en cuanto tenga algo más de tiempo, me pondré a ello.-dije, sonriendo.

Comenzamos el trabajo en cuanto zanjamos el tema de los dibujos. La guerra civil no era lo más interesante del mundo, pero nunca me había reído tanto como entonces. Terry aprovechaba cualquier ocasión para decir alguna parida y yo, que siempre había sido de risa fácil, parecía que me moría. De repente, y sin más previo aviso, escuchamos un ruido procedente de la entrada. Seguramente era la puerta cerrándose.

-Mierda.-musitó Terry.

Intuimos de quién se trataba, y nuestras sospechas se confirmaron cuando la puerta de la habitación se abrió de un golpe. Terry no se movió, yo, sin embargo, opté por girar la cabeza. Era su padre. El parecido entre ambos era más que evidente, aunque él tenía un aspecto descuidado, su ropa estaba impregnada de alcohol, tenía el pelo muy corto, y la mirada desviada, que hacía que me pusiese nerviosa y, quizás, todavía más asustada. Llevaba una botella en la mano, si no me equivoco, de whisky.

-¿Quién es esta, niño?-preguntó, casi gritando.

Terry no le contestó, ni siquiera le miró. Su padre se acercó a mí y dejó su botella en el escritorio. No pude apartar la mirada de él, aunque casi temblaba de miedo. Si a Terry le había cortado la cara con un cristal, ¿qué me haría a mí?

Lo que hizo, en contra de lo que pudiese pensar, abrazarme por detrás y tocarme los pechos. Acariciármelos, oprimírmelos, con aquellas manos recias y sucias, que llegaban a hacerme daño. Estaba a punto de llorar. Llegué a temer que me violase cuando me dijo:

-Está cachonda. Déjame que te toque.

Intenté resistirme, moviéndome un poco de un lado a otro, pero él me sujetaba con demasiada fuerza. Bajó una de sus manos a mi entrepierna, con el fin de subirme la falda. Comencé a gritar, pero era inútil.

-Estate quieta.-me ordenó, repetidas veces.

Incluso llegó a taparme la boca con la mano con la que me acariciaba el pecho. Aunque fue poco tiempo el que estuvo haciéndome eso, yo sentía casi como si fuesen años. No me dejaba. Me agarraba una pierna con fuerza, y me metió la mano en donde yo no deseaba que lo hiciese. Entonces sí que quedaron claros sus deseos.

De repente, Terry agarró una de sus manos con fuerza, la que me toqueteaba en las piernas, y la apartó, aunque su padre opuso resistencia. Le retorció la muñeca, hasta el punto en que el dolor era tan insoportable que me soltó por completo.

-A Emily no la toca ni Dios.-dijo Terry, con una expresión rebosante de ira.

Su padre consiguió soltarse. Con una velocidad impropia del estado en el que se encontraba, volvió a coger la botella y se la rompió a su hijo en la cabeza con una fuerza brutal. Me llevé las manos a la boca al ver que Terry había caído en el suelo en el acto. Estaba inmóvil.

-Mira que hacerme eso mi propio hijo. Así aprenderás, maricón.

Dicho esto, y no sé por qué razón, se fue. Yo me apresuré a levantarme de la silla y arrodillarme a su lado. Grité su nombre un par de veces; no hubo respuesta. Lo moví de un lado para otro, con los nervios a flor de piel; no abrió los ojos. Llegué hasta a abofetearlo, lo más fuerte que pude; no se movía. El suelo comenzó a encharcarse de sangre. Llegué a pensar que estaba muerto. Me alarmé. No sabía qué hacer. Lo único que se me ocurrió para poder tranquilizarme fue aproximar mi oído a su boca. Lo escuché respirar. Suspiré aliviada. Seguramente sólo se había desmayado. Me levanté lo más rápido que pude y cogí mi chaqueta de la cama y se la puse sobre los hombros, mientras bisbiseaba un Padrenuestro, con el fin de que Dios le ayudase. Pensé en acostarlo en la cama, pero en un pequeño curso de primeros auxilios al que nos obligaron a asistir en el instituto, nos dijeron que cuando una persona recibía un traumatismo en la cabeza, lo peor que podíamos hacer era movérsela. También pensé en llamar a una ambulancia, pero si su padre era como el mío, ambos correríamos una suerte fatídica. Me llevé las manos a la cabeza, nerviosa, echándome el pelo empapado de sudor para atrás. Lo único que podía hacer era seguir rezando.

Al cabo de un rato, abrió los ojos. Intuí que el golpe no le había herido demasiado. Lo noté bastante aturdido. Miró hacia los lados, como si no recordase lo que había pasado.

-¡Terry!-grité.- ¡Menos mal que estás bien!

-¿Te ha hecho daño?-preguntó él. Era evidente que sí recordaba lo sucedido.

-No tanto como a ti, desde luego.

Con un poco de dificultad, intentó incorporarse.

-No deberías moverte demasiado. Recuerda lo que nos dijeron en el curso.

-Estoy perfectamente, Emily. Sólo me ha arreado con una botella. Podría haber sido mucho peor.

-Por lo menos deberías desinfectarte la herida. Estás sangrando.

Al oír esto, se llevó una mano a la nuca. Comprobó que, efectivamente, estaba encharcada de sangre. Alargó la mano hacia un cajón de su maltrecho escritorio y cogió una bolsita de pañuelos de papel, de la cuál sacó uno hacia fuera y se limpió con él.

-Estás loco, Terry. Haber hecho algo así por mí.

-¿Crees que dejaría que te siguiese manoseando? ¿Qué clase de tío crees que soy?

-Podrías haber muerto.-argumenté.

-Y tú podrías haber salido de esta casa sin virginidad y llena de hostias.-repuso.

-No importa.

-Pero a mí sí me importa. No te lo mereces.

Terry se empeñaba en tratarme como si yo fuese superior, como si él fuese el súbdito de una princesa de ficción. Nunca comprendí por qué se desvalorizaba de aquella manera. Aunque al mismo tiempo, me trataba como si fuese su hermana pequeña, protegiéndome de todos los peligros, dando la cara por mí.

-Deberías irte a casa, Emily. Me niego a que vuelva a hacerte algo. Terminaremos el trabajo mañana en la biblioteca.

Le hice caso. Yo tampoco quería volver a pasar por aquel infierno otra vez, además, sabía que si yo no me marchaba, Terry me echaría de su casa a patadas. No porque quisiese hacerme daño, si no por todo lo contrario. Entregamos el trabajo un día o dos fuera de plazo. Nos pusieran un 8.

Otra cosa que recordé, bastante a mi pesar, fue un incidente que me había pasado con mi profesora de gimnasia, la señora Taylor. Ella era de baja estatura, bastante mayor, con el cabello largo, grisáceo y siempre recogido en una coleta o en una trenza. Sus gafas, poseedoras de unos cristales con un aumento considerable, mostraban unos ojos marrones enormes llenos de ira. ¿Contra nosotros? No sabría decir. Nosotros nunca le decíamos nada que no le gustase, o eso procurábamos. Creo que era un rencor que había estado almacenando desde hacía muchos años.

En aquella clase estábamos trabajando el equilibrio. Las chicas, porque los chicos estaban en una clase aparte en la hora de gimnasia, con un profesor varón. Recuerdo que nos hacía caminar por una tabla estrechísima, sujeta en lo alto por dos palos de metal, como si la profesora fuese un pirata que nos hiciese desfilar hacia los tiburones. Y los tiburones eran los suspensos que te caían si te caías o lo hacías mal, corrijo, si no lo hacías como la profesora quería. Llegó mi turno. Recuerdo que estaba bastante nerviosa, pues la señora Taylor tenía la manía de presionarnos demasiado antes de las pruebas. Temblaba como un flan, por no hablar de que mi equilibrio siempre había sido pésimo. Me subía la tabla con mucho cuidado y comencé caminar. Mi corazón palpitaba de horror al ver que la tabla se movía demasiado, seguramente por tener alguna pata más pequeña que las otras. Me caí. Me caí de lado. No pude soportar el movimiento, el peso de mi cuerpo. No fui capaz de coordinar mis pasos, de que mis brazos equilibrasen mi peso. Me apresuré a levantarme. Estaba asustada por lo que me diría la profesora, pero no podía hacérselo ver. No podía rebajarme de ese modo.

-Gray, te dejo otros dos intentos, y espero que los aproveches como es debido. –dijo la profesora, mirándome por encima del hombro.

-Sí, profe.-respondí, volviéndome a subir a la tabla.

Le puse todo el empeño que pude, pero no era capaz de mantenerme más de 1 minuto caminando por la tabla. Miento, más de 5 segundos. La profesora, desde abajo, me gritaba, bajo la atenta mirada de mis compañeras:

-¡Gray, tensa las piernas! ¡Pon más duro ese trasero!

Por mucho que me riñese y me intentase ayudar, eso no mejoraba para nada el poco equilibrio que tenía, por lo que, después de haber caído 2 veces, la tercera caí al suelo de cabeza, dejando el cuerpo relajado, casi a modo de rendición. Me mantuve un momento sin moverme. Las sienes me latían, y me encontraba demasiado agotada como para levantarme. La profesora, sin ayudarme ni siquiera a ponerme de pie, me pisó una mano y dijo:

-Eres una inútil, Gray. Si no sabes mantenerte derecha, no sirves para nada.-y añadió, en un tono autoritario:- Vete a fuera del gimnasio, no quiero verte delante.

Logré levantarme, muy a pesar pues tenía cardenales por todos los sitios y me dolían, y me fui. Intenté no echarme a llorar. Aquella bruja no podía verme triste, o sabría que había ganado; aún así, mi respiración fuerte se escuchaba en todo el gimnasio, además del estentóreo portazo que di al salir. Me largué al patio. Sabía que el recreo había terminado y que no había ni un alma. O eso creía. Mientras veía cómo los chicos se deslomaban corriendo en las pistas, escuché a alguien tosiendo cerca de allí. Me di la vuelta. Terry estaba apoyado en una pared que había a pocos metros de mí, agitando el inhalador enérgicamente.

-¡Hey!-le grité, para captar su atención.

Se dio cuenta enseguida de mi presencia. Noté en su mirada que estaba extrañado por verme. Se acercó a mí, y situándose detrás del banco en el que me encontraba sentada, me habló, jadeante:

-¿Qué haces aquí?

-¿Y tú?-contraataqué.

-Yo me encontraba mal y fui a buscar el inhalador al vestuario. Ahora te toca a ti.

No tenía ganas de contárselo. En aquel momento me sentía como una fracasada por no saber caminar sin caerme sobre una tabla maltrecha y sospechosamente movediza. Aún así, cedí:

-La profesora me echó fuera de la clase. Dice que no tengo equilibrio.

-Me lo temía.

Lo miré, sin llegar a saber muy bien lo que intentaba decirme.

-¿Qué insinúas?-dije.

-Las princesas no tienen equilibrio. ¿No lo sabías?

Me reí. Después de estar tan hundida, consiguió que sonriese la única persona que siempre lo hacía.

-¿Quién te dijo eso?

-Lo leí no sé dónde.

Él también sabía la historia de mi madre, del mote de la princesa, de las palomas. Sólo él la sabía. Ni siquiera Robert, y eso que ya éramos novios. El hecho de que me llamase reina hacía referencia a sus raíces latinas, por parte de su madre, pero en parte lo hacía por la susodicha anécdota.

-¿Y por qué no lo tenemos?

-Porque sois demasiado sensibles para este mundo.

-Pues preferiría ser una plebeya y aprobar gimnasia.

Nos reímos. La verdad, no era eso exactamente lo que había estado pensando. En cuanto formulé la pregunta de por qué no teníamos equilibrio, pensé inmediatamente en una respuesta que esperaba que él me diese:

“Para que alguien como Terry nos ayude a no caernos”.









[1] ¿Eres tú aquel que compartiría esta vida conmigo?/ ¿El que se zambulliría en el mar conmigo?/ ¿Eres tú aquel que ya tuvo suficiente dolor y que no quiere volver a sentir vergüenza nunca más?/ ¿Eres tú aquel?

sábado, 24 de octubre de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XX- La decisión


Me desperté como entre niebla. Pude diferenciar que estaba en un sitio muy blanco, y una manchita borrosa de color bastante oscuro estaba en un lateral. Parpadeé un par de veces, para poder adivinar qué me había pasado. En efecto, me encontraba en una habitación con las paredes de un blanco impoluto. Me encontraba tumbada en una cama. Terry estaba a un lado de esta, sentado en un sillón, mordiéndose las uñas. Sin más previo aviso, giró la cabeza, para mirarme. Al ver que estaba despierta, se levantó bruscamente.

-¡Emily!-exclamó, nervioso, mientras se arrodillaba al pie de la cama y me cogía una mano.- ¿Cómo estás, mi reina?

-¿Dónde estoy?-pregunté, mientras me incorporaba, agitando los brazos para destaparme, lo suficientemente exaltada como para estar a punto de golpearle a Terry.- ¿Qué ha pasado?

-Emily, cálmate. Has sufrido una bajada de tensión y te has desmayado. Han tenido que llamar al hospital. Ya me estaba comenzando a preocupar, pero parece que has respondido bien al tratamiento.

Lo escuché desconcertada, mirándole a los ojos. Siempre que había tenido una bajada de tensión, me había mareado un poco, pero no lo suficiente como para impedirme ir hasta la cocina y prepararme una tacita de café para que me aumentase. Nunca había sentido aquel dolor, aquella debilidad… Debió bajarme muchísimo aquella vez, y probablemente el tratamiento era el agravante.

-¿Y Amy dónde está?-pregunté, ya más calmada.- Recuerdo que estaba en el súper con ella.

-La he dejado en casa de tu hermana.-se refería a Lorelay.- Cuando vine aquí, después de llamarme ella, me la encontré en la recepción, llorando. Tuve que darle el Ventolín un par de veces, o se ahogaba. Yo creo que si estuviese aquí, ya le tendría dado una crisis.

-¡Ay, Dios, mi niña!-exclamé, llevándome ambas manos a los labios.

-La comprendo. A mí casi me da algo. Me llamó Amy, toda asustada, llego aquí y el médico me pone de los nervios… Casi llegué a pensar que no salías de esta.

-¿Por?

-Me dijeron que tu tensión era crítica, que tu corazón apenas bombeaba sangre. Te inyectaron no sé qué cosas, vinieron aquí cientos de veces, y no me daban ninguna señal de que la cosa fuese bien. Pero bueno, parece que no hay de qué preocuparse ahora.

Sonreí levemente. Todavía estaba un poco cansada, a pesar del hecho de que había estado inconsciente bastante tiempo, quizás hasta horas. Terry no había soltado mi mano en todo el tiempo. Lo noté tremendamente aliviado. Me imagino el miedo que habría pasado. Al cabo de poco, cuando más o menos me hube cerciorado de lo que me había pasado, y ya no notaba a Terry temblando de los nervios, le dije, con voz calmada:

-Terry, recoge a Amy de casa de Lorelay e iros a casa. Lo necesitáis los dos.

-No.-respondió él, rotunamente.- Me quedo aquí contigo.

Le acaricié una mejilla dulcemente, mirándole a los ojos.

-Estoy bien. Simplemente un poco cansada, pero no es nada. Cuando tengo bajadas de tensión, me pasa. Vete a casa, por favor.

Le hice un mohín. Debía hacerlo, o no me haría ni caso. Lo miré a los ojos. Yo también estaba preocupada, pero no por mí, sino por ellos. El hecho de que mi hija estuviese al borde de una crisis, me estremecía; aunque no menos que el hecho de que Terry se pasara Dios sabe cuánto tiempo con el corazón en un puño al lado de mi cama. Él no quiso contrariarme. Asintió y se fue, no sin antes darme un beso en la frente.

Apenas pasados diez minutos desde que Terry se había marchado, un médico entró en la habitación. Era alto, recio, moreno, de unos 50 años. Llevaba una bata blanca un par tallas más grande, aunque era casi imperceptible. Tenía también unas gafas enormes, que le cubrían por lo menos media mejilla cada cristal. Sus mocasines negros impecables y relucientes dejaban claro que era un hombre con clase.

-Veo que ya se ha despertado, señora Gray.-dijo, casi sin mover los labios.- ¿Qué tal se encuentra?

-Un poco aturdida.

-Es normal, ha estado bastante tiempo inconsciente. A ver, extienda el brazo, que voy a tomarle la tensión.

De un enorme bolsillo que poseía la bata, sacó un esfigmomanómetro digital, el cual utilizó para realizar dicho procedimiento, manteniéndome yo acostada para intentar aumentarla. No sé cuánto tiempo estaría con aquel aparato en el brazo, reinando un silencio casi incómodo en la habitación, sólo interrumpido por unos leves y enervantes pitidos que producía la susodicha maquinita. De repente, el médico, que había estado mirándola todo el tiempo, percibió alguna señal que había hecho y optó por quitarme aquella incómoda especie de brazalete.

-Todavía la tiene un poquito baja.-dijo él.- Me parece que va a tener que pasarse aquí la noche, como precaución. Mañana por la mañana le daremos el alta.

Cuando le oí decir que tendría que quedarme allí, me estremecí. Me atemorizaba estar allí toda la noche. Tener que respirar aquel aire humedecido por las lágrimas, aquel sofocante y tétrico ambiente. Además, al estar sola en la habitación, esa ansiedad parecía multiplicarse. Deseaba decir, o quizás gritar, que no estaría allí ni un solo minuto más. Intenté serenarme en la medida de lo posible y atenerme a la situación.

En lo poco de tarde que quedaba, solamente vinieron dos personas a mi habitación. La primera, una enfermera, que venía a cambiarme el suero. Era una mujer de pocas palabras, que no quiso darme ninguna conversación, a pesar de que me encontraba sola y aburrida.

La segunda persona que vino, me pilló de improvisto. No esperaba en absoluto su visita, y lo tuve allí enfrente de mí, con aquel porte magnífico, portando un pequeño maletín de cuero. Se quedó mirándome desde la puerta hasta que optó por llamar mi atención:

-Señora Gray.

Era mi oncólogo, la persona que había estado tratándome durante mes y medio, que sabía mucho más de mi cuerpo que mí misma y que sus palabras no eran en absoluto hirientes y lograban hasta apaciguarme, dándole siempre una solución a mis problemas, o por lo menos intentando buscarla. Médicos así no se encuentran en todos los sitios, pero sospecho que nunca se lo hice ver.

-¿Doctor Fortman?-dije, extrañada.- ¿Qué hace usted aquí?

-Hoy la he echado en falta en radioterapia.- se refería a que no había acudido, debido al síncope del que hacía apenas una hora había despertado.- Me comunicaron lo que le había pasado, y quise venir a verla. ¿Se encuentra mejor?

-Sí, todavía un poco cansada, pero estoy bien.

-Incorpórese.- me ordenó, mientras se colocaba el estetoscopio que portaba colgando en su cuello.

Lo hice, obedientemente, dándole permiso en el acto para apoyar aquella piececita metálica en el pecho. Al no tener que desnudarme, pues la bata ya era lo suficientemente fina, pude tener la suerte de no sentir aquel frío envolvente que transmitía aquello. Cerré los ojos y respiré hondo, hasta que dejé de sentir la débil presión que hacía el estetoscopio.

-Parece que su corazón late con normalidad. Seguramente después de dormir un rato, estará como una rosa.

Sonreí, un poco por compromiso. Entonces él decidió cambiar de tema y hablarme de la operación.

-¿Está decidida ya a operarse?

-No demasiado. Tengo mis dudas.

-No tiene de qué preocuparse. Estará en buenas manos. Y si es por el dinero, simplemente tendrá que abonar una pequeña cantidad. Ahora mismo todavía no lo he calculado, pero en cuanto se decida le diré el importe exacto. La ingresaría quizás una semana o cinco días antes de la operación para hacerle algunas pruebas y mantenerla vigilada, además de que tendría que firmar un impreso que me permite realizar la intervención. Piénselo y si tiene alguna duda, llámeme.

Dicho esto se marchó. Lo pensé, durante toda la noche. Me atemorizaba el hecho de que me pasara algo, que hubiese alguna complicación, que llegase a morir. Aunque creo que me producía todavía más aversión el que aquel tumor siguiese allí, alimentándose de mi vida. Había en mi cabeza una lucha encarnizada entre dos opiniones terriblemente diferentes, y ninguna de las dos parecía ganar nunca. Tardé mucho en poder cerrar los ojos y rendirme a la dulce tentación de Hipnos.

Metáforas aparte, pasé la noche bastante tensa, pero por lo menos me había subido la tensión, tal y como me dijo una enfermera. Me dieron el alta aproximadamente a las 9 de la mañana, después de que desayunara. Tomé un café, y además, bastante rico, con tostaditas. Me devolvieron la ropa y el bolso de los que había tenido que separarme en mi estancia en el hospital, mientras almorzaba. Aproveché para llamar a Terry por teléfono, para comunicarle la noticia. Me dijo que iría a recogerme.

Deseaba quitarme aquella bata incómoda y poder ponerme ropa de calle. Mis vaqueros largos, mi jersey calentito, mis botas de tacón. Apenas me hube desnudado, cuando escuché la puerta abrirse. Intentando cubrir mi torso con el jersey, que fue lo que tenía más a mano, me di la vuelta sobresaltada. Era Terry.

-¡Joder, qué susto!-le dije.- Podrías haber llamado a la puerta.

-Mujer, no tenía ni idea de que… Bueno…

-Sal un momento, que acabo ahora.

Salió sin rechistar. No tendría por qué avergonzarme, pues ya me las había visto una vez, pero me sentía incómoda sintiendo cómo mira mi cuerpo desnudo un hombre. No tardé demasiado en vestirme. Terry me esperaba apoyado en la pared, al lado de la puerta. En cuanto me vio, me extendió su brazo, flexionado.

-Vámonos.-dijo.

Introduje uno de mis brazos por el hueco que había dejado él entre el brazo y el pecho y lo agarré, como si fuesen dos piezas de un puzle, o de una máquina trabajando a máxima potencia, encajando a la perfección. Mientras íbamos por el pasillo, bromeó:

-¡Ah! Por cierto, la próxima vez no tienes por qué taparte tanto. He visto más tetas que las tuyas.

Me sonrojé, quizás por el hecho de que los médicos y enfermeros se nos quedaron mirando, y lo empujé con el codo, sin llegar a hacerle daño.

-¡Tonto!-exclamé, riéndome.

Cuando llegamos al coche, me digné a hablar con él más seriamente. Quizás no era el mejor lugar para contarlo, pero no podía aguantar más.

-Terry,-dije, mirando al suelo.- he tomado una decisión.

Me miró de reojo. Seguramente temía que fuese a contarle algo malo. Proseguí:

-Quiero operarme.

-¿Estás segura, Emily?

-Sí. El oncólogo me lo ha planteado y, mira, si lo pienso demasiado, me voy a acobardar. Y si tengo que morir, voy a morir igual.

-No pienses en esas cosas.

Desde que había enfermado, parecía que Terry sentía aversión por la muerte, por el hecho de morir, porque hoy podía estar bien como mañana podía estar postrada en la cama de un hospital. Era una realidad que él no podía controlar, y siempre había querido protegerme de todo.

-Es que no sé, Terry. Dice el médico que lo haga, que lo haga. Pero… el dinero…

-Del dinero me encargo yo, ya te lo dije.-respondió con decisión, sin apartar los ojos de la carretera.- Simplemente piensa si quieres o no quieres y yo te apoyaré en tu decisión.

Intenté mantenerme firme. Ahora no iba a echarme atrás. Si quería rendirme, debí haberlo hecho antes. Ahora no.

-Es lo que quiero, estoy segura.

sábado, 10 de octubre de 2009

El lugar donde no vuelan las palomas, Capítulo XIX-Por momentos como este


“Siento el encanto de una noche entre tus brazos.
(…)
Mira la gente, mira la gran ciudad
Se detienen por ti y por mí.”

“Casi un hechizo”, Jerry Rivera.

Pensé que el día perfecto, que la noche perfecta no existían, pero me equivocaba, y no sabía cuánto. ¿Podía ser que unas inofensivas caricias, unas miradas amigables, unas palabras dulces se que quedasen gravadas de aquel modo?

Me levanté por la mañana, despertada por el sonido de la lluvia. La verdad es que me molestaba tener que irme a trabajar, y todavía más teniendo en cuenta que sólo faltaban un par de minutos para que sonase el dichoso despertador, pero al mismo tiempo sentí placer. El sonido de la lluvia era tremendamente relajante. Me pasaría horas escuchándolo si pudiese, pero pronto aquella lluvia que tanto me tranquilizaba, llegaría a causarme repulsión cuando empapase mi ropa de trabajo, lavada y planchada apenas en la tarde anterior. Debía disfrutar de su rítmico sonido mientras no lo hiciese.

En cuanto el despertador sonó, me digné a levantarme. Debía vestirme, levantar a Amy, ayudarla a arreglarse, maquillarme, peinarme, desayunar algo y marchar. Era, quizás, la parte más agotadora del día. Se había convertido, progresivamente, en una carrera contrarreloj. Si Amy llegase tarde, la castigarían. Si llegase tarde yo, podrían hasta despedirme. Y ninguna de las dos quería arriesgarse a eso. Como todos los días, me puse una falda carmesí, una camisa blanca y la americana roja cortesía de la empresa en la cual aparecía su logo: una casa, cuyos ojos eran las ventanas y cuya nariz era la puerta, sonriente; debajo de ella, rezaba el nombre: “Seguros Happy House”. Detestaba aquella ropa. Cada vez que me la ponía, no veía la hora de quitármela y volver a vestir como yo quisiera. Ese día me fui sin desayunar, pues no tenía demasiada hambre. Mientras Amy lo hacía, aproveché para acicalarme con calma. Abrí el perfume con olor a vainilla que Terry me había regalado por mi cumpleaños y me eché unas gotas en el cuello.

El trabajo, como siempre, fue repetitivo, monótono, cansino y rutinario. Pero aquel día, no sé muy bien por qué, me lo tomé con filosofía, con calma y, me atrevería a decir, con cariño. Una cosa que me pareció llamativa era que muchos de los hombres que había en la compañía, cada vez que se cruzaban conmigo, se me quedaban mirando. Supuse que sería el perfume. Yo nunca uso perfume para ir al trabajo, sólo cuando salgo a comprar o a tomar algo, por lo que debió extrañarles. Además, aquel aroma a vainilla era hechizante.

Ese día, Terry había venido para comer. Me alegré muchísimo, pues había veces que se quedaban Charlie y él en el taller a comer. Aunque no sé si comería demasiado, con el poco apetito que tenía últimamente. Aquel día hice carne al horno. Antes de que estuviese hecha, se me ocurrió ir a mi habitación y coger todas las flores de camomila que tenía en un ramo de flores que había recogido en un campo que había encontrado mientras corría el día anterior para, posteriormente, echárselas a la carne. ¿Era algo disparatado? Tal vez. Seguramente un día normal no se me habría ocurrido, pero hay días en los que tu cuerpo te pide arriesgar y tu suerte te incita a ganar. Pocos días de eso hubo en mi vida, pues la suerte no suele estar de mi lado, pero aquel día desde el principio fue especial.

Comimos todos juntos, como siempre, pero con la presencia de Terry, que, por supuesto, siempre era bien recibida y, cómo no, especialmente grata. Por un momento, tuve miedo de que el asado me saliese mal, pero nada más lejos de la realidad. La camomila le había dado a la carne un regusto dulce, suave y casi placentero.

-Está riquísimo, Emily.-dijo Terry.- Tiene un sabor…

Sabía que iba a preguntar qué le había echado tarde o temprano, así que me adelanté:

-Le puse camomila. Flores de camomila.

-¿Y cómo se te ocurrió eso?

-No sé. Tuve una corazonada.

-Está “riquísismo”, mamá.-dijo entonces Amy, intentando reproducir las palabras de su padre.

-Se dice “riquísimo”, cariño. Y gracias. Gracias a los dos.

-Las gracias debemos dártelas a ti y a tus corazonadas.-respondió Terry.

Fue una comida estupenda y agradable. La casa estaba radiante, pues sólo había pasado una semana desde Navidad y todavía no había quitado muchos de los adornos. Sumémosle a esto el hecho de que la presencia de Terry le daba vidilla a la casa, no sé explicar por qué, y todavía tardé algo de tiempo en darme cuenta. Después de comer, mientras Amy se iba a dormir, me quedé hablando con Terry, que se ofreció para lavar los platos. Yo opté por descansar un rato, sentada, con los brazos apoyados en la mesa.

-¿Sabes?-dije.- Echo un poco de menos nuestras salidas. ¿Te acuerdas? Y ahora con esto de que no puedo exponerme al humo del tabaco tal y cual, ya no podemos volver al Templo. Y eso que me había propuesto sacarte a bailar algún día.

-¿De verdad?-preguntó Terry, girando un poco la cabeza, pero sin apartar las manos del fregadero.- Por eso insistías tanto.

-Palabrita del niño Jesús. Siempre quise saber cómo bailabas. Pero bueno, lo que no puede ser, no puede ser. Hay que joderse y punto.

A las 5, tuve que irme a radioterapia. Fue bastante llevadero, mucho más de lo que creí inicialmente. También tuve una pequeña consulta con el psicólogo, aunque se dio cuenta de que me encontraba bastante bien. Decir que me sentía estupenda quizás era exagerar demasiado, lo reconozco, pero aquel día estaba tremendamente optimista.

Me vi con Sharon después de radioterapia, como todos los días. Bueno, casi todos los días, exceptuando aquellos en los que el psicólogo me retenía o algo parecido. Tuve la sensación, de hecho, de que aquella iba a ser mi última consulta con Luke, y tenía razón. Sharon iba vestida con un corsé completamente negro, una falda larga negra, una torera negra con telarañas y unos mitones con los dibujos del esqueleto de una mano. Y yo, mientras fuese invierno, no me separaría de mi abriguito de plumón. Eso sí, en los pies llevaba unos incomodísimos zapatos de tacón que me comprara Lorelay por el cumpleaños, y tendría que utilizarlos.

-¡Hola Emily!-dijo Sharon.- ¿Qué tal?

-Bien ¿y tú?

-Bien.-respondió con un poco de dificultad.- Hoy te noto muy alegre.

-¿Lo dices en serio?

-Sí. No sé, estás como más risueña. ¿Te pasó algo bueno?

-Bueno, no se reduce a una cosa, sino a un conjunto de cositas. Ya me entiendes.

Ella sonrió un poco forzadamente. De repente, y quizás porque el destino, que hoy se encontraba de mi parte, quería que saciase mi curiosidad sobre el decaimiento de Sharon, una pequeña ráfaga de viento le descolocó la torera, dejándole un hombro al descubierto. Allí, un poco más abajo de la clavícula, tenía un moratón con bastante mala pinta. Ella intentó taparse, pero era demasiado tarde para esconderlo de nuevo. Acerqué la mano a su hombro, para poder examinar un poco mejor el moratón.

-¿Qué te pasó aquí, Sharon?-pregunté, palpándole la zona dañada.

-Nada. El otro día me caí en el bar y me accidenté un poco. Estoy llena de moratones.

Sonaba a mentira. Se lo noté en la voz. Supe que lo había inventado todo sobre la marcha, aunque no me atrevía decírselo.

-Pero no quiero amargarte el día con chorradas así.

Me preocupé. Tuve la sensación de que había sido su chico quien le había hecho daño. Lo intuía. Sharon era mi mejor amiga, y no iba a permitir que le hicieran daño. Intenté convencerme de que sólo era una paranoia mía y todo entre nosotras transcurrió como siempre, aunque con el insoportable dolor que me producían los zapatos, que me hacían un horrible daño atrás. Aunque Sharon me había prestado unas tiritas, ya no servían de mucho, pues las heridas ya estaban hechas. A pesar de todo, me lo pasé genial.

Llegué a casa un poco cansada, con los pies destrozados. Estando yo en el vestíbulo, colgando el abrigo, oí un sonido procedente de la sala de estar. Ese día era viernes, así que Amy estaba en casa de su tía abuela. Además, todavía eran las 7 y media. En teoría, tendría que estar sola en casa, pero no parecía ser así. A medida que me iba acercando a la fuente de aquel sonido, me di cuenta de que se trataba de música.

“Mira mis labios, acércate un poco más.
De manera casual guarda un suspiro.
Aprovecha mi descuido, ven y bésame.
Sin dudar.
Sin hablar”

Reconocí la canción perfectamente. En el Templo era una bastante sonada, que bailé muchísimas veces. Me asomé tímidamente por la puerta del salón, pero sin tanto miedo. Terry se encontraba sentado en el sofá, seguramente estaba esperándome, y la radio estaba en una mesa a su lado. En teoría, él no debería estar allí, sino en el trabajo, pero su perfil era inconfundible. No me atreví a hablar, estaba bastante desconcertada.

-Emily, por fin has llegado.-dijo en cuanto se percató de mi presencia, levantándose.

-Qué… ¿Qué haces aquí? ¿Qué es todo esto?

-¿Recuerdas que me dijiste que querías bailar conmigo? Quise cumplirte ese deseo.

Me llevé ambas manos a la boca, para no gritar de sorpresa. Era lo último que me imaginaba que estaba haciendo allí.

-Pero… el trabajo…-titubeé.

-Charlie supo comprenderlo.

Se acercó a mí y me agarró por la cadera, suavemente.

-Terry…yo… los zapatos me están matando, y…

-Quítatelos.-susurró.

Lo hice. Tiré los zapatos lo más rápido que pude. Separé a Terry un poco de mí y le extendí una mano, la cual me agarró. Con el brazo que tenía sobrante, envolví su cuello como si fuese una serpiente. Avancé, mientras él retrocedía al compás de mis pasos, sin apartar la mirada el uno del otro. Entonces, en cuanto conseguimos cogerle el ritmo a la canción, era como si mis pies descalzos adquiriesen vida propia. Mis caderas comenzaron a menearse al compás de la música, mientras sentía que una mano de Terry me las agarraba con fuerza.

Dame un beso así,
Que es lo que esconden tus besos, quiero descubrir.
Dame un beso así,
Llévame al paraíso.
Dame un beso así,
Porque yo quiero ser parte de tu dulce hechizo.

Di muchísimas vueltas, sintiendo su mano aferrándose a la mía, haciendo que me sintiese lo suficientemente segura. Después de darlas, mi espalda chocaba contra su pacho, notando nuestras manos entrelazadas y escuchando el ronroneo de su respiración en mi oído. Entonces, sin más previo aviso, volvía a girar y separarme de él, tal agilidad y rapidez que hacía que mi corazón se acelerase. Terry bailaba asombrosamente bien, no tenía ni la más mínima idea de su potencial, ni de lo tremendamente sensual que podía resultar bailar con él. Era casi increíble que fuese tan tímido como para no querer demostrarlo en una pista de baile.

De repente, mientras bailábamos, y sin que pudiese preverlo, él me agarró con más fuerza que antes. Cuando me pude dar cuenta, estaba a un palmo del suelo. Todo había sucedido en unos segundos, en un suspiro, en un latido de mi asustado corazón. En cuanto me percaté de la situación, me aferré al cuello de Terry como si me fuese la vida en ello, pero él no tenía pensado soltarme. Sus manos me sostenían con la suficiente fuerza como para que no me cayese, pero con la suficiente delicadeza como para no hacerme daño. Sentía como si el tiempo se detuviera, como si quisiera que disfrutase todo lo que pudiese aquel instante, que parecía eterno, placentero, maravilloso, que rozaba el limbo de lo carnal. Pude depositar toda mi confianza en Terry, el cual podía en aquel momento soltarme al vacío, pero en vez de eso, sostenía mi cuerpo débil, cansado y extremadamente delgado, que estaba a punto de sucumbir a la cruda ley de la gravedad. Al cabo de un poco, optó por levantarme. Yo temblaba del susto todavía.

-¡Eh! ¿Qué te pasa, Emily?-dijo él, riéndose.- ¿No te habrás asustado?

-Un… Un poco.

-Deberías saber que yo nunca dejaría que te cayeras. Nunca.

Sonreí. Era verdad, nunca lo había permitido. Siempre, desde el momento en el que nos conocimos, nos ayudamos mutuamente a no caer, a no rendirnos. Aunque estuvimos varias veces de hacerlo, sentir una mano que no deja jamás de agarrarte te da mucha más seguridad, y hace que te replantees la posibilidad de tirar todo por la borda, de rendirte a un destino atroz, de entregarte ya a la muerte. En ese momento, en el que Terry me había dicho aquella voz, que se había vuelto mucho más serena y segura a través de los años, me di cuenta de que, aunque fuera a morirme, dejaba unos hermosos recuerdos en este mundo, y decía mi abuela, que en paz descanse, que mientras haya alguien, aunque sólo sea una persona, que te recuerde, en parte seguirás vivo.

Acabó la canción casi en aquel instante y el disco se dejó de reproducir automáticamente, ya que debía ser la última en la lista de pistas. Al ver esto, Terry me soltó y fue a la cocina. Al cabo de un par de minutos, llegó con un de vaso colmado de cubalibre en cada mano.

-¿Cubalibre, mi reina?-preguntó, con aquella elegancia y cortesía que poseía.

-¡Alcohol, alcohol!-exclamé, riéndome.- ¡Si tú me dices ven, lo dejo todo!

Él también se echó a reír mientras me entregaba un vaso. En su interior había un par de cubitos de hielo que parecían danzar entre ellos como nosotros habíamos hecho anteriormente. Y aquellas burbujitas brillantes, casi como si fuesen pequeñas estrellas, estallaban sin cesar, haciéndome cosquillas en los labios, todavía antes de tomarlo. El licor era negro, como la noche, cuya oscuridad infinita se podía entrever por la ventana del salón. Poco tiempo me quedé contemplándolo, pues me moría de sed. Era tan dulce, refrescante, alegre. Parecía que sentir aquellas simpáticas burbujas en mi paladar, hacían que me sonrojase. O quizás era por el hecho de que Terry me estaba brindando la noche más hermosa de toda mi vida. Él alzó su vaso, mientras decía, mirándome a los ojos:

-Por momentos como este.

-Chin chin.-respondí, mientras brindaba con él, aunque ya hubiese bebido.

Volví a tomar otro trago de cubalibre. No me atrevía a decirle nada a Terry, pero ansiaba contarle lo bien que lo estaba pasando, lo estupendamente que bailaba y lo maravillosamente que me hizo sentir. De repente, y cuando estaba a punto de animarme a contárselo, sonó un móvil. Me extrañé. No era mi móvil, eso seguro, porque le había quitado el sonido al entrar en el hospital y todavía no se lo había vuelto a poner. Llegué a una conclusión, a la que ambos llegamos en el momento en que escuchamos aquel horrible sonido: era el móvil de Terry. Él, desganado, lo cogió.

-¿Sí?-dijo. No sé quien estaba al otro lado del teléfono, pero en cuento oyó su voz, su rostro se tornó serio.- Ajá… Bien… ¿Llevo?... Sí, ¿no?... Mh… Sí… Ahora voy.

Colgó lo más rápido que pudo. De su pecho se escapó un hondo y casi desgarrador suspiro, que a mí me puso los pelos de punta, sumado a la incertidumbre de quién había hecho la susodicha llamada.

-¿Quién era?-pregunté tímidamente.

-El jodido de Charlie, que me anda tocando los huevos con no-sé-qué rollo de la contabilidad. Tengo que pasarme por el taller.

Intentó parecer enfadado, pero noté una frialdad impropia de él, además de una resignación que no parecía ser la de alguien indignado. Es como si lo hiciese por deber, como si Charlie fuese su superior. No era la primera vez que mandaba a Charlie a hacer puñetas, ¿por qué aquel día no?

-¿Cuándo volverás?

Tardó en contestar.

-No me esperes despierta.

Me dio un beso en la frente. Con todavía el calor de sus brazos impregnado en mis hombros, y con el sonido de su respiración, y de su dulce voz vigente en mi memoria, escuché cómo cerraba la puerta lenta y débilmente. A la mañana siguiente, me desperté sola, otra vez sola.

Pocos días después, por la tarde, al poco de ir a recoger a Amy del colegio, fui al supermercado con ella. Debía comprar un par de cositas para no dejar la nevera vacía, o casi vacía, como estaba. Unos yogures, unas verduras, alguna comida precocinada… Cualquier cosa. No me apetecía demasiado ponerme a pensar. Amy se encaminó decididamente a la sección de las chucherías y las galletas. Supuse que quería que le comprase algo. Seguramente conseguiría que cediese, estaba demasiado agotada como para llevarle la contraria.

Había estado todo el día cansada, decaída, sin ganas ni siquiera de levantarme de la cama, de andar… Y no digamos ya empujar un pesado carrito. Al llegar a la sección de las conservas, me detuve. Ojeé la lista de la compra. Anchoas. Había que comprar anchoas. Eran uno de mis vicios, además, me subían algo la tensión, y eso a mí me venía de perlas. Alcé el brazo un poco, con el fin de alcanzarlas. Incomprensiblemente, me parecía hasta que me pesaban los brazos, que ni querían obedecerme. Comencé a ver todo borroso. Bajé el brazo y lo apoyé en uno de los estantes. Cerré los ojos suavemente, hasta que sentí que me encontraba un poco mejor. Volví a abrirlos. Veía todo normal. Me separé ligeramente del expositor, pero el equilibrio comenzó a fallarme, y volví a apoyarme de nuevo. No quise cerrar los ojos esta vez, necesitaba saber que todavía podía tenerlos abiertos. Me llevé una mano al pecho. Una opresión, un dolor, tenía allí un claro origen. Mi corazón golpeaba salvajemente contra mi mano.

-Mamá, ¿podemos llevarnos esto?

Una vocecilla angelical. Amy, mi pequeña. Seguramente quería que le comprase algo, o por lo menos, que le hablase, pero no tuvo esa suerte. De repente, y sin más previo aviso, caí en el suelo semiinconsciente, como quien tira una muñeca rota a la basura.

-¡Mamá! ¡Mamá!

Amy gritaba. Me movía de un lado para otro. Voces. Pequeñas manchitas de colores a mi alrededor. Personas, que seguramente intentaban ayudarme. Noté una ligera presión en un lateral del cuello. Alguien me estaba tomando el pulso. Me mantuve unos minutos con los ojos entreabiertos, como para cerciorarme de que todavía estaba consciente. La tarea de respirar se hacía ardua, costosa, por no decir, imposible. Ahora sí que el corazón me latía extremadamente lento.

-¡Mamá!

Una lágrima, caliente, cayó sobre mi mejilla. Una lágrima que brotara de unos ojos con vida, con fuerza. Eso fue lo último que recuerdo antes de sumirme en una absoluta oscuridad.